26. RELACIÓN DE LA CONQUISTA DEL NUEVO REINO DE GRANADA.

Entre la provincia de Santa Marta y de Cartagena está un río que divide estas dos provincias que llaman el río de la Magdalena y, por nombre más conocido llamado comúnmente el Río Grande; porque en la verdad lo es harto, tanto que con el ímpetu y furia que trae en la boca rompe por la mar y se coge agua dulce una legua dentro por aquel paraje. Los de estas dos provincias de Santa Marta y Cartagena, aunque más los de San­ta Marta, porque estuvo poblada mucho antes que Cartagena, desde que Bastidas la pobló, iban siempre por este Río Grande arriba los goberna­dores o sus capitanes, descubriendo las tierras y provincias que halla­ban; pero ni los de una gobernación ni de la otra subieron el dicho río arriba de 50 a 60 leguas. Los que más lejos llegaron, fue hasta la pro­vincia que llaman de Sampallón, que está poblada en la orilla del dicho río; porque aunque siempre tenían esperanza, por lenguas de indios, que muy adelante, el río arriba, había grandes riquezas y grandes provin­cias y señores de ellas, dejaban de pasar adelante las veces que allí llegaron, unas veces por contentarse con las riquezas que hasta allí habían ganado o rescatado de los indios, otras veces por impedimentos de grandes lluvias que encenegaban toda la tierra y costa del dicho río, por donde habían de subir. Las cuales son muy importantes y ordinarias casi siempre por aquel río arriba. Y en la verdad, bien pudieran ellos vencer estos impedimentos, sino que los de Santa Marta se contentaron con la Ramada, que es una provincia pequeña pero rica, que está cerca de la misma Santa Marta, hasta que la acabaron y destruyeron, no teniendo respeto al bien público, ni otra norma que sus intereses.

También los de Cartagena se contentaron con las sepulturas del Cenú donde hallaron harto oro, y era cerca de Cartagena. Y como también aquello se acabó como lo de Santa Marta, los unos y los otros quedaron con sólo la esperanza de lo que se descubriese río arriba, por la grande noticia y lenguas de indios que de ello tenían. Y aún no solamente los de estas dos gobernaciones, pero aun los de la gobernación de Venezuela que poblaron los Alemanes, y los de Yuruparu, los cuales tenían también grande noticia por lengua de indios, de una provincia poderosa y rica que se llamaba Neta, que por la derrota que los indios mostraban venía a ser hacia el nacimiento del dicho Río Grande; aunque ellos no tenían el camino para ir allá por la costa del dicho río como los de Santa Marta y Cartagena, pero habían de ir atravesando sus gobernaciones por la tierra adentro.  Y todas las noticias de estas gobernaciones, así de las unas como de las otras, que tan levantados traían los pies a todos los de la Mar del Norte por aquella  costa, según despues ha  parecido, será una misma cosa, que era este Nuevo reino de Granada, que descubrió y pobló el licenciado Gonzalo Ximénez de Quesada, para el cual estuvo guardado esto, lo cual par de esta manera:

En el año de 1536, por el mes de abril, el dicho Gonzalo Ximénez de Quesada, mariscal que ahora es del dicho Nuevo Reino, partió de la dicha ciudad de Santa Marta, quee stá a la costa de la mar, a descubrir el río grande arriba por la banda de Santa Marta, con 600 soldados repartidos en 8 compañías de infantería y con 100 de a  caballo y así mismo con ciertos bergantines por el río, para que fuesen bandeando y dando ayuda el dicho licenciado, que iba por tierra descubriendo por la misma costa del río.  Los capitanes de infantería que llevó consigo se llamaban el capitán San Martín, el capitán Céspedes, el capitán Valenzuela, el capitán Lazaro Fonte, el capitán Lebrija, el capitán Juan de Junco, el capitán Suárez; y la otra compañía era guarda del dicho licenciado y capitán general.  Los capitanes de los bergantines, que iban por el agua, se llamaban: el capitán Corral, el capitán Cardozo, el capitán Albarracín.  Esta ermada se hizo por voluntad y consentimiento del gobernador que a la sazón de Santa Marta, el cual, después de la muerte de García de Lerma, era don Pedro de Lugo, adelantado de Canaria, padre del adelantado Alfonso, que ahora es gobernador; del cual adelantado don Pedro, el dicho licenciado fue capitán general y su segunda persona; el cual dicho adelantado, don Pedro, murió en estos mismo días que el dicho licenciado salió a conquistar.  Y así, todas las cosas de aquella provincia quedaron a cargo y devoción del dicho licenciado.

Partiendo el dicho licenciado a la dicha conquista, subió por el río arriba, descubriendo más de un año por la costa del dicho río más de 100 leguas, más que los otros primeros habían subido, y paró en un lugar que se llama la Tora, por otro nombre el Pueblo de los Brazos, que será de la costa de la mar y de la boca del río, 150 leguas. Y hasta este lugar se tardó mucho tiempo, por las grandes dificultades de aguas y de otros malos camino, de montes muy cerrados que hay por aquella costa del río. En este pueblo de La Tora se paró para invernar el dicho licencia­do y su campo, porque se cargaban tanto as aguas que ya no se podía ir más adelante, y el río venía tan crecido que sobraba por la barranca; iba por la tierra y campos, que no se podía caminar por la costa de él. Y así envió el dicho licenciado los bergantines a descubrir por el río, porque la costa era imposible, como está dicho. Y subieron otras veinte leguas más arriba y se volvieron sin traer ninguna buena relación, por­que hallaron que el río venía ya tan fuéra de la madre que no había lu­gar de indios en la costa de él, sino muy pocos, en isletas. Todo lo de más era agua cuanto se veía.

Visto ya el poco remedio que para subir el dicho río arriba había, acordó el dicho licenciado de ir a descubrir por un brazo pequeño, que cerca del dicho pueblo donde estaba entraba en el Río Grande, y parecía venir de unas tierras montañosas grandes que estaban a mano izquierda; las cuales montañas, según supimos después de descubiertas, se llamaban las tierras de Opón.

Llevábamos antes de llegar a La Tora cierta esperanza, caminando por el río arriba, y era esta, que la sal que se come por todo el río arri­ba entre los indios, es por rescates de indios que la traen de unos en otros desde la mar y la costa de Santa Marta; la cual dicha sal es de grano y sube por vía de mercadería más de 70 leguas por el dicho río, aunque cuando llega tan arriba, ya es tan poca que vale muy cara entre los indios y no la come sino la gente principal, y los demás la hacen de orines de hombres y de polvos de palmas. Pasado esto, dióse luego con otra sal, no de grano como la pasada, sino en panes, que eran grandes como pilones de azúcar; y mientras más arriba subimos por el río más barato valía esta sal  entre los indios. Y así por esto, como por la diferencia de una sal y de la otra, se conoció claramente que si la de granos subía por el dicho río, esta otra bajaba, y que no era posible no fuese grande y buena tierra, habiendo respeto a la contratación grande de aquella sal que por el río bajaba.  Y así decían los indios, que los mismo que les venían a vender aquella sal, decían que adonde quella sal se hacía, había grandes riquezas y era grande la tierra, la cual era de un poderosísimo señor de quien contaban grandes excelencias.  Y por esto teníase por espanto haberse atajado el camino de arte que no se pudiese subir más por el dicho río y haberse acabado aquella noticia, de donde venía aquella sal.

El licenciado, como está dicho, fue por aquel brazuelo del río arriba en descubrimiento de aquellas tierra de Opón, dejando ya el Río Grande y metiéndose tierra adentro, y los bergantines volvieronse a la mar, quedándose la más gente con el dicho licenciado.  El cual aduvo por las dichas sierras de Opón muchos días, descubriéndolas, las cuales tienen de travesía 50 leguas.  Son fragosas y de mucha montaña, mal pobladas de indios, y con hartas dificultades de atravesó el dicho licenciado, topando siempre en aquellos pequeños pueblos que aquellas sierras, grandes cantidades de la sal, que habemos dicho, por donde pasaba la dicha sal por contratación al dicho Río Grande.

Después de muchas dificultades atravesó el dicho licenciado aquellas sierras montañosas y dio en la tierra rasa, que es el dicho Nuevo Reino de Granada, el cual comienza pasando las dichas sierras.  Cuanto aquí se vió, la gente pareció haber llegado a donde deseaba, y entendióse luego en la conquista de aquella tierra, aunque ciegos, por no saber la tierra en que estaban, y también porque la lenguas del Río Grande ya no se hablaba en la sierra y en el Nuevo Reino se habla la de las sierras.  Pero lo mejor que se pudo se comenzó a entender en la dicha noticia y descubrimiento y conquista del dicho Nuevo Reino, lo cual pasó de este arte:

Ha de presuponerse que este dicho Nuevo Reino de Granada, que comienza pasadas las dichas sierras de Opón, es todo tierra poblada, cada va­lle es su población por sí. Toda es tierra rasa y –el- Nuevo Reino está metido y cercado alrededor de sierras y montañas pobladas de cierta na­ción de indios que se llaman panchos, que comen carne humana; diferente gente de la del Nuevo Reino, que no la comen, y diferente temple de tierra, porque los panches es tierra caliente y el Nuevo Reino es tierra fría, a lo menos muy templada, y así como aquella generación, del Nuevo Reino se llaman moscas.

Tiene de largo esto Nuevo Reino 130 leguas, poco más o menos, y de ancho tendrá 30, y por partes, 20, y aun por partes, menos, porque es angosto; y está mayor parte de él en 5 grados de esta parte de la línea, y parte de el, 4, y alguna parte, en 3. Este Nuevo Reino se divide en 2 partes o 2 provincias; la una se llama de Bogotá, la otra, de Tun­ja, y así se llaman los señores de ella del apellido y tierra. Cada uno de estos dos señores son poderosísimos de grandes señores y caciques que les son sujetos a cada uno de ellos. La provincia de Bogotá puede poner 60.000 hombres en campo, poco más o menos; aunque yo en esto me a corto, porque otros se alargan mucho. El de Tunja podrá poner 40.000; y también no voy por la opinión de otros sino acortándome. Estos señores y provincias siempre han traído muy grandes diferencias de guerra muy continuas y muy antiguas, así los de Bogotá con los de Tunja; y especial mente los de Bogotá, porque les caen más cerca, las traen también con la generación de panches, que ya hemos dicho que los tienen cercados. La tierra de Tunja es más rica que la de Bogotá, aunque la otra es harto; pero oro y piedras preciosas y esmeraldas siempre lo hallamos mejor en Tunja.

Fue grande la riqueza que se tomó en la una provincia y en la otra pero no tanto como la del Perú, con mucho. Pero en lo de esmeraldas, fue esto del Nuevo Reino mayor, no solo de las que se hallaron en el Perú en la conquista de él, pero mas que en este artículo se ha oído jamás desde la creación del mundo. Porque cuando se vinieron a hacer partes entre la gente de guerra, después de haber pasado la conquista, se repartieron entre ellos más de 7.000 esmeraldas; donde hubo piedras de grande valor y muy ricas.  Y esta es una de las causas porque el dicho Nuevo Reino se debe en más que otras cosas que hayan acaecido en Indias, porque en él se descubrió lo que ningún príncipe cristiano infiel sabemos que tenga, que es que se descubrieron, aunque mucho tiempo lo quisieron tener los indios muy secretos las minas de donde las dichas esmeraldas se sacan, que no sabemos ahora de otras en el mundo; auqnue sabemos que las debe haber en alguna parte, pues que hay piedras preciosas en el Perú y hay algunas esmeraldas.  Mas nunca se ha sabido las minas de ellas.

Estas minas son el la provincia de Tunja, y es de ver dónde fue Dios servido que pareciesen las dichas minas, que es en una tierra extraña, en un cabo de una sierra pelada, y está cercada de otras muchas sierras montuosas, las cuales hacen de una manera de puerta por donde entran a la de las dichas minas.  Es toda aquella tierra muy fragosa.  Tendrá la sierra de la dichas minas, desde donde se comienza hasta donde se acaba, media legua pequeña o poco más. Tienen  los indios hechos artificios para sacarlas, que son unas acequías hondas grandes, por  donde viene el agua para lavar la dicha tierra que sacan de las dichas minas para seguir las dichas ventas donde las dichas esmeraldas están. Y así, por esta razón, no las sacan sino en cierto tiempo del año cuando hace muchas aguas, porque como lleva aquellos montones de tirra, quedan las minas más limpias para seguir las vetas.  La tierra, quedan las minas más limpias para seguir las vetas.  La tierra de aquellas minas es muy fofa y movediza, y así es hasta que los indios comienzan a descubrir alguna veta, y luego aquella siguen cavando con su herramienta de madera,  sacando las esmeraldas que ella hallan.  Esta veta es manera de greda.  Los indios hacen en esto, como en otras muchas cosas, hechicerías para sacarlas, que son, tomar y comer ciertas yerba con que dicen en qué veta hallarán mejores piedras. El Señor de esas minas es un cacique que se llama Somondoco, adicto al gran cacique Tunja, asentada su tierra y minas en la postrera parte de la dicha provincia de Tunja.

Cuanto a lo de la conquista, cuando entraron en aquel Nuevo Reino los cristianos, fueron recibidos con grandísimo miedo de toda la gente, tanto que tuvieron por opinión entre ellos, de, que los españoles eran hijos del sol y de la luna, a quien ellos adoraban y dicen que tienen sus ayuntamientos como hombre y mujer; y que ellos los habían engendra­do y enviado del cielo a estos sus hijos, para castigarlos por sus pecados. Y así llamaron luego a los españoles uchíes, que es un nombre común de husa, que en su lengua quiere decir sol y chi -que es- luna. Y a sí, entrando por los primeros pueblos, los desamparaban y subían a las sierras que estaban cerca, y desde allí les arrojaban sus hijicos de las tetas, para que comiesen, pensando que con aquello aplacaban la ira que ellos pensaban ser del cielo. Sobre todo cogieron gran miedo a los caballos, tanto que no es creedero; pero después, haciéndoles los españoles tratables y dándoles a entender lo mejor que se podía sus intenciones, fueron poco a poco perdiendo parte del miedo, y sabido que eran hombres como ellos, quisieron probar ventura. Y cuando esto fue, eran ya -los españoles- metidos en el Nuevo Reino.

En la provincia de Bogotá salieron a dar una batalla, lo mejor y en orden que pudieron, gran cantidad de gente, que será la que hemos dicho arriba. Fueron fácilmente desbaratados, porque fue tan grande el espan­to que tuvieron en ver correr los caballos, que luego volvieron las es­paldas. Y así lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en esto, que no fueron pocas. Y en la provincia de Tunja fue lo mismo, cuando en ello se quisieron poner, y por eso no hay para dar particular cuenta de todos los reencuentros y escaramuzas que se tuvieron con aquellos bárbaros, más de que todo el año de 37 y parte del 38 se gastó en sujetarlos, a unos por bien y a otros por mal, como convenía, hasta que estas dos provincias de Tunja y Bogotá quedaron bien sujetas y asentadas en la obediencia debida a Su Majestad. Ylo mismo quedaron la nación y la provincia de los panches, que como indómitos e intratables, y aun como gente más valiente, que lo son así por sus personas como por ayudarles el sitio de su tierra, que es montañas fragosas donde no se pueden aprovechar de los caballos, pensaron que no les había de acaecer como a sus vecinos. Y pensaron mal, porque les sucedió de la misma arte, y los unos y los otros quedaron en la sujestión que está dicha.

Los del Nuevo Reino que son las 2 provincias de Bogotá y Tunja, es gente menos belicosa; pelean con gran grita y voces. Las armas con que pelean son unas flechas tiradas con unas tiraderas como a viento sobre el brazo; otros pelean también con macanas, que son unas espadas de palmas pesadas; juéganlas a dos manos y dan gran golpe. También pelean con lanzas, asimismo de palma de basta 16 o 17 palmos, tostadas, agudas a la punta. En sus batallas tienen una cosa extraña, que los que han sido hombres afamados en la guerra y son ya muertos, les confeccionan el  cuerpo con ciertas unturas, que queda todo el armazón entero sin despegarse, y a estos los traen después en las guerras así muertos, cargados en las espaldas de algunos indios, para dar a entender a los otros que pelean como aquellos pelearon en su tiempo, pareciéndoles que la vista de aquellos les ha de poner verguenza para hacer su deber. Y así, cuan­do las batallas primeras que con los españoles hubieron, venían a pelear con muchos de aquellos muertos a cuestas.

Los panches es gente más valiente, andan desnudos en carnes si no son sus vergüenzas. Pelean con más fuertes armas que los otros, porque pelean con arcos y flechas y lanzas muy mayores que las de los moscas. Pelean asimismo con hondas, pelean con paveses y macanas, que son sus espadas, y con todo este género de armas pelean cada uno de ellos sólo, de esta manera: tienen unos grandes paveses, que los cubren de pies a cabezas, de pellejos de animales aforrados, y el aforro esta hueco y en aquello hueco del aforro traen todas las armas ya dichas, y si quieren pelear con lanza, sácanla de lo hueco del payés donde la tienen atravesada, y si se cansan de aquella arma, sacan del mismo hueco el arco y las flechas o lo que quieren, y echanse el paves a las espaldas, que es liviano por ser cuero; otra –sacan- en lo adelante, para defenderse cuando es menester. Pelean callando, al revés de los otros. Tienen estos panches una costumbre en la guerra también extraña, que nunca envían a pedir paz ni tratan acuerdo con sus enemigos, sino por vía de mu­jeres, pareciéndoles que a ellas no se les puede negar cosa, y que para poner en paz los hombres tienen ellas más fuerzas para que se hagan sus ruegos.

Cuanto a la vida y costumbres y religión y las otras cosas de estos indios del dicho Nuevo Reino, digo que la disposición de estas gentes es la mejor que se ha visto en Indias, especialmente las mujeres, que tie­nen buena hechura de rostros y bien figurados. No tienen aquella manera y desgracia que las de otras indias que habemos visto, ni aun son en la color tan morenos ellos y ellas, como los de las otras partes de Indias. Sus vestidos de ellos y de ellas son mantas blancas y negras y de diversos colores ceñidas al cuerpo, que las cubren desde los pechos hasta los pies, y otras encima de los hombros, en lugar de capas y mantos. Y así andan cubiertos todos, en las cabezas traen comúnmente unas girnaldas hechas de algodón, con unas rosas de diferentes colores de lo mismo, que les viene a dar enderezo de frente. Algunos caciques principales traen algunas veces bonetes, hechos allá de su algodón, que no tienen otra cosa de qué vestirse, y algunas mujeres de las principales, traen unas cofias de red, algunas veces.

Esta tierra, como está dicho, es fría, pero tan templadamente que no da el frío enojo ninguno y no deja de saber bien la lumbre cuando se llega a ella. Y todo el año es de esta manera uniforme, porque aunque hay verano y se agosta la tierra, no es para que se haga notablemente diferencia del verano al invierno. Los días son iguales a las noches  por todo el año, por estar tan cerca de la línea -equinocial-. Es tierra en extremo sana sobre todas cuantas se han visto.

Las maneras de sus casas y edificios, aunque son de madera y cubiertas de heno largo que allá hay, son de la más extraña hechura y labor que se ha visto, especialmente la de los caciques y hombres principales, porque son a manera de alcázares, con muchas cercas al rededor, de manera que acá suelen pintar el labertinto de Troya. Tienen grandes patios, las casas de muy grandes molduras y de bulto, y también pinturas por todas ellas.

Las comidas de estas gentes son las de otras partes de Indias, por que su principal mantenimiento es maíz y yuca. Sin esto tienen otras 2 o 3 maneras de plantas de que se aprovechan mucho para sus mantenimientos, que son unas a manera de turmas de tierra, que llaman ionas, y otras a manera de nabos que llaman cubias, que echan en sus guisados y les es gran mantenimiento. Sal hay infinita, porque se hace allí en la misma tierra de Bogotá, de unos pozos que hay salados en aquella tierra, a donde se hacen grandes panes de sal y en grande cantidad, la cual, por contratación por muchas partes, especialmente por las sierras de Opón, va a dar al Río Grande, come ya está dicho.

Las carnes que comen los indios en aquella tierra son venados, de que hay infinidad, en tanta abundancia que les basta a mantener como acá los ganados. Asimismo comen unos animales a manera de conejos, de que también hay muy gran cantidad, que llaman ellos fucos. Y en Santa Marta y en la costa de la mar también los hay, y los llaman curíes. Aves hay pocas tórtolas, hay algunas ánades de agua; hay mediana copia de ellas que se crían en las lagunas, que hay por allí muchas. Pescado se cría en los ríos y lagunas que hay en aquel Reino. Y aunque no es en gran abundancia, es lo mejor que se ha visto jamás, porque es de diferente gusto y sabor de cuantos se han visto. Es sólo un género de pescado y no grande sino de un palmo y de dos y de aquí no pasa, pero es ad­mirable cosa de comer.

La vida moral de estos indios y policía suya es de gente de mediana razón, porque los delitos hechos, los castigan muy bien, especialmente el matar y el hurtar y el pecado nefando, de que son muy limpios, que no es poco para entre indios. Y así hay más horcas por los caminos y más hombres puestos en ellas, que en España. También cortan manos, narices y orejas por delitos no tan grandes, y penas de vergüenza hay para las personas principales, como es rasgarles los vestidos y cortarles los cabellos, que entre ellos es gran ignominia.

Es grandísíma la reverencia que tienen los súbditos a sus caciques, porque jamás les miran a la cara, aunque estén en conversación familiar de manera que si entran donde está el cacique han de entrar vueltas las espaldas hacia él, reculándose hacia atrás; y ya sentados o en pie, han de estar de esta manera, que en lugar de honra, tienen siempre vueltas las espaldas a sus señores.

En el casarse no dicen palabras ni hacen ceremonias ningunas, mas de tomar su mujer y llevársela a casa. Cásanse todas las veces que quieren y con todas las mujeres que pueden mantener, y así uno tiene diez muje­res y otro veinte, según la calidad del indio; y Bogotá, que era rey de todos los caciques, tenía más de 400. Les es prohibido el matrimonio en el primer grado, y aun en algunas partes del dicho Nuevo Reino, en el segundo grado también. Los hijos no heredan a sus padres sus haciendas y estados, sino los herederos, y si no hay, los hijos de los herederos muertos, y a éstos tampoco no les heredan sus hijos, sino sus mismos sobrinos o primos. Viene a ser todo una cuenta con lo de acá, salvo que estos bárbaros que van por estos rodeos, tienen repartidos los tiempos de meses y año, muy al propósito: los 10 días primeros del mes, comen una hierba que en la costa de la mar llaman hayo, que los sustenta mucho y les hace purgar su indisposiciones. Al cabo de estos días, limpios ya del hayo, traen otros días en sus labranzas y haciendas, y los otros 10 que quedan del mes, los gastan en sus casas, en conversar con sus mujeres y en holgares con ellas. En uno y en otro repartimiento de los meses, se hace en algunas partes del Nuevo Reino de otra manera: hacen de más largo y de más días cada uno de estos repartimientos.

Los que han de ser caciques o capitanes, así hombres como mujeres, métenlos cuando pequeños en unas casas encerradas. Allí están algunos  años, según la calidad del que espera heredar, y hombre hay que está 7 años. Este encerramiento es tan estrecho, que en todo este tiempo no ha de ver el sol, porque sí lo viese, perdería el estado que espera. Tienen allí con ellos quien les sirva, y danles muchos y terribles azotes, y en esta penitencia están el tiempo que he dicho. Y salido, ya puedense horadar las orejas y las naricez para traer oro, que es la cosa entre ellos de mas honra. También traen oro en los pechos, que se los cubren con unas planchas. Traen también unos capataces de oro, a manera de mitras, y también los traen en los brazos.

Es gente muy perdida por cantar y bailar a su modo, y estos son su placeres. Es gente muy mentirosa, como toda la otra gente de Indias, que nunca sabe decir verdad. Es gente de mediano ingenio para hacer cosas artífices, como en hacer joyas de oro y remendar las que ven en nosotros, y en el tejer de  su algodón, conforme a nuestros paños, para remendarnos; aunque lo primero no lo hacen tan bien como los de la Nueva España, ni lo segundo, tan bien como los del Perú.

Cuanto a lo de la religión, digo que en su manera de errar, son religiosísimos. Porque allende de tener en cada pueblo sus templos, que los españoles llaman allá santuarios. Tienen fuera del lugar, asimismo muchos, con grandes carreras y andenes, que tienen hechos desde los mismos pueblos a los mismos templos. Tienen sin esto infinidad de ermitas en montes, en caminos y en diversas partes. En todas estas cosas de adoración tienen puesto mucho oro y esmeraldas. Sacrifican en estos templos con sangre y agua y fuego de esta manera: con la sangre, matando muchas aves y derramando la sangre por el templo, y todas las cabezas dejándolas atadas en el mismo templo colgadas. Sacrifican con agua así mismo, derramándola en el mismo santuario y echando ciertos sahumerios. Y a cada cosa de estas tienen apropiadas sus horas, las cuales dicen cantadas. Con sangre humana no sacrifican sino e en una de dos maneras: la una, que es, si en la guerra de los panchas, sus enemigos, prenden algún mu­chacho que por su aspecto se presuma no haber tocado a mujer, a éste tal, después de vueltas a la tierra, lo sacrifican en el santuario, matándolo con grandes clamores y voces. La otra es, que ellos tienen unos sacerdotes muchachos para sus templos, cada cacique tiene uno y pocos tienen dos, porque estos están muy caros, que los compran por rescate en grandísímo precio. Llámanles a estos mojas. Van los indios a comprar los a una provincia que estará treinta leguas del Nuevo Reino que llaman la Casa del Sol, donde se crían setos nulos mojas. Traídos acá al Nuevo Reino, sirven en los santuarios como está dicho; y estos, dicen los in­dios, que se entienden con el sol y le hablan y reciben su respuesta. Estos que vienen siempre de 7 a 8 años al Nuevo Reino, son tenidos en tanta veneración que siempre los traen en los hombros. Cuando estos llegan a la edad que les parece que pueden ser potentes para tocar mujer, mátanlos en los templos y sacrifican con su sangre a los ídolos; pero si antes desto, la ventura del moja ha sido tocar a mujer, luego es libre de aquel sacrificio, porque dicen que su sangre ya no vale para aplacar los pecados.

Antes que vaya un señor a la guerra contra otro están los unos y los otros un mes en los campos, a la puerta de los templos, toda la gen te de la guerra cantando de noche y de día, si no son pocas horas que hurtan para comer y dormir, en los cuales cantos están rogando al sol y a la luna y a los otros ídolos a quien adoran, que les dé victoria. Y en aquellos cantos están cantando todas las cosas justas que tienen para hacer aquella guerra. Y si vienen victoriosos, para dar gracias de ha victoria, están de la misma manera otros ciertos días, y si vienen des­baratados, lo mismo, cantando como en lamentación su desbarato.

Tienen muchos bosques y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no dejan cortar un árbol ni  tomar un poco agua, por todo el mundo. En estos bosque van también a hacer sus sacrificios y entierran oro y esmeraldas en ellos; lo cual está muy seguro que nadie tocará en ello, porque pensarían que luego se habían de caer muertos. Lo mimo es en lo de las lagunas, las que tienen dedicadas para sus sacrificios, que van allí y echan mucho oro y piedras preciosas que quedan perdidas siempre.

Ellos tienen al sol y a la luna por creadores de todas las cosas, y creen de ellos que se juntan como marido y mujer, para tener sus ayuntamientos. Además de estos, tienen otra muchedumbre de ídolos, los cuales tienen como nosotros acá a los Santos, para que rueguen al sol y a la luna por sus cosas. Y así, lossantuarios y templos de ellos está cada uno dedicado al nombre de cada ídolo. Además de estos ídolos de los templos, tienen cada indio, por pobre que sea, un ídolo particular y dos y tres más, que es a la letra lo que en tiempo de gentiles llamaban lares. Estos ídolos caseros son de oro muy fino, y en el hueco del vientre muchas esmeraldas, según la calidad de oro en su casa, tiénelo de palo, y en lo hueco de la barriga pone el oro y las esmeraldas que pueden alcanzar. Estos ídolos caseros son pequeños, y los mayores son como el codo de una mano. Y es tanta la devoción que tienen, que ni irán a parte ningún, ora sea a labrar a su heredad, ora sea a otra cualquier parte, que no lleven en una espuerta pequeña, colgado de brazo. Y lo que más es de espantar, que aun también su ídolo, especialmente en la provincia de Tunja, donde son más religiosos.

En lo de los muertos, entiérranlos en dosmaneras: métenlos entre unas mantas  muy lindas, sacándoles primero las tripas y lo demás de las barrigas, y echan en ellas de su oro y esmeraldas, y sin esto les ponen también mucho oro por de fuera, a raíz del cuerpo, y encima todas las mantas liadas, y hacen unas como camas grandes, un poco altas del suelo, y en unos santuarios, que solo para esto de muertos tienen dedicados, los ponen y los dejan allí encima de aquellas camas, sin enterrar, para siempre; de lo cual después no han habido poco provecho los españoles. la otra manera de enterrar muertos es en el agua, en lagunas muy grandes, metidos los muertos en ataudes, y de oro sí tal es el indio muerto, y dentro del ataúd el oro que puede caber, y más las esmeraldas que tienen puestas allí adentro del ataúd con el muerto, lo echan en aquellas lagunas muy hondas, en lo más hondo de ellas.

Cuanto a la inmortalidad del alma, creenla tan bárbara y oonfusamente, que no se puede, de lo que ellos dicen, colegir si en lo que ellos ponen la holganza y descanso de los muertos, es el mismo cuerpo o el ánima, pues lo que ellos dicen es que el que acá no ha sido malo sino bueno, que después de muerto tiene muy gran descanso y placer; y que el que ha sido malo tiene muy gran trabajo, porque le están dando muchos azotes. Los que mueren por sustentación y ampliación de su tierra, dicen que éstos, aunque han sido malos, por sólo aquello, están con los buenos, descansando y holgando. Y así dicen que el que muere en la guerra y la mujer que muere de parto, que se van derecho a descansar y a holgar, por sólo aquella voluntad que han tenido de ensanchar y acrecentar la república, aunque antes hayan sido malos y ruines.

De la tierra y nación de los panches, de que alrededor está cercado todo el dicho Nuevo Reino, hay muy poco de su religión y vida moral que tratar, porque es gente tan bestial que ni adoran ni creen en otra cosa sino en sus deleites y vicios, y a otra cosa ninguna tienen aspiración. Gente que no se les da nada por el oro ni por otra cosa alguna, sino es por comer y holgar, especialmente si puede haber carne humana para comer, que es su mayor deleite. Y para este solo efecto hacen siempre en­tradas y guerras en el Nuevo Reino. Esta tierra de los panches es fértil y de mantenimientos y comía la mayor parte de ella, porque otra parte de ella e menos abundante, y otra, muy menos, y viene a tanto la miseria en alguna parte de los panches, que cuando se les sujetó, se topó en los que habitan la tierra de Tunja entre dos ríos caudalosos, en unas montañas, una provincia de gente no muy pequeña, cuyo mantenimiento no era otra cosa sino hormigas, y de ellas hacen pan para comer, amasándolas. De las cuales hormigas hay muy grande abundancia en la misma provincia y las crían en corrales para este efecto. Y los corrales son unos atajos hechos de hojas anchas; y así hay allí en aquella provincía diversidades cíe hormigas, unas grandes y otras pequeñas. ­Tornando al Nuevo Reino, digo, que se gasté la mayor parte del año de 38 en acabar de sujetar y pacificar aquel Reino. Lo cual acabado, emprendió luego el dicho licenciado en poblarlo e españoles y edificó luego tres ciudades principales: la una, en la provincia de Bogotá, y llamada Santa Fé; la otra llamóla Tunja, del mismo nombre de la tierra; la otra, Vélez, que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había entrado. Ya era entrado el año de 39 cuando todo es­to se acabó. Lo cual acabado, el dicho licenciado se determinó de venir en España a dar cuenta a Su Majestad, por su persona, y negociar sus negocios y dejó por su teniente a Hernán Pérez de Quesada, su hermano, cómo se hizo. Y para aderezar su viaje hizo hacer un bergantín en el Río Grande, el cual hizo descubrir desde el Nuevo Reino y lo descubrieron detrás de la tierra de los panches, hasta 25 leguas del dicho Nuevo Reino. Y así no fue menester volver por las montañas de Opón por donde ha­bía entrado, que fuera pesadumbre muy grande.

Un mes antes de la partida del dicho licenciado, vino por la banda de Venezuela Nicolás Féderman, capitán de Venezuela del gobernador Jor­ge Espira, gobernador de la provincia de Venezuela por los alemanes, con noticia y lengua de indios que venían a una tierra muy rica. Traía 15O hombres. Así mismo, dentro de otros 15 días, vino por la banda del Perú, Sebastián de Benalcázar, teniente y capitán en el Quito por el marqués don Francisco Pizarro; y traía poco más de 100 hombres, que también acudió allí con la misma noticia. Los cuales se hallaron burlados  cuando hallaron que el dicho licenciado y españoles de Santa Marta estaban en ello cerca de 3 años había. El dicho licenciado les tomó la gente, porque tenía necesidad de ella para repartirla en los pueblos de españoles que había edificado. La de Féderman, tomóla toda, y de la de Belalcázar tomó la mitad y la otra mitad se volvió a una provincia que el dicho Belalcazár dejaba poblada entre el Quito y el Nuevo Reino, que se llama Popayán, de que al presente es gobernador.

Después de tomada la gente a estos capitanes y repartida, les mandó a ellos que se embarcasen en los bergantines con él para la costa de la mar y para España. Lo cual, así esto como lo de la gente, tomaron impacientísimamente estos capitanes, especialmente Nicolás Féderman que decía que se le haacía notorio agravio en no darle sus gente y libertad a su presencia, para volver a su gobernación. Pero sin embargo de esto, el licenciado los sacó de la tierra y los trajo en sus  bergantines a la costa de la mar, y de allí ellos holgaron de venir en España; a la cual vino el dicho licenciado por noviembre del año de 39, cuando Su Majestad comenzaba a atravesar por Francia, por tierra, para Flandes.

El dicho licenciado trajo grandes diferencias de pleitos con don Alonso de Lugo, adelantado de Canaria, casado con doña Beatriz de Noreña, hermana de doña María de Mendoza, mujer del comendador mayor de León. Los pleitos fueron sobre este Nuevo Reino de Granada, porque decía el dicho adelantado que su padre, el otro adelantado, tenía la gobernación de Santa Marta por dos vidas, por la del padre y por la del hijo, y por que el dicho Nuevo Reino entraba en la demarcación de la provincia de Santa Marta y metieron la una gobernación en la otra, y el dicho don Alonso las fue  gobernar. Y después vino, y Su Majestad, para mejor manera de gobernación, ha puesto allí una Cancilleria Real, con ciertos oidores que tienen cargo de aquellas provincias y de otras comarcanas.

A este Nuevo Reino de Granada puso este nombre el dicho licenciado, así por vivir él, cuando venía de España, en este otro Reino de Granada de acá y también porque se parecen mucho el uno al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, ambos son de un temple más frío que ca­liente, y en el tamaño no difieren mucho.

Su Majestad, por el servicio de haberle descubierto, ganado y pobla­do el Nuevo Reino el dicho licenciado, le hizo merced de darle título de mariscal del dicho Reino, dióle más de 2.000 ducados de renta en las rentas del dicho Reino, hasta que le de perpetuidad, para la memoria de él y de sus descendientes. Dióle más provisión, para suplir él la ausencia que había hecho del dicho Nuevo Reino, para que le den sus indios que rentan más de otros 8.000 ducados; y más le hizo su alcaide de la principal ciudad del dicho Reino con 40 ducados cada año, y más ciertos regimientos y otras cosas de menos calidad.

El dicho licenciado Gonzalo Ximénez de Quesada, mariscal que ahora es del dicho Nuevo Reino de Granada, es hijo del licenciado Gonzalo Ximénez y de Isabel de Quesada, su mujer, viven en la ciudad de Granada su naturaleza y el de sus padres es de la ciudad de Córdoba.

(Juan Friede, Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, pags. 256-73).

Comentarios () | Comente | Comparta c