4. LA ENCOMIENDA

“Respondió, pues, la reina Doña Isabel, persuadida de las razones fingidas ya dichas, teniéndolas  por verdades, que por cuanto ella deseaba y pudiera decir que era obligada y en ello no le iba menos que el alma, que los indios se convirtiesen a nuestra sancta fe católica y fuesen doctrinados en las cosas della, y que porque aquesto se podría mejor hacer comunicando los indios con los españoles y tractando con ellos y ayudando los unos a los otros, para que Isla se labrase y poblase y aumentasen los frutos della y se cogiese el oro para que los reinos de Castilla y los vecinos dellos fuesen aprovechados, por tanto, que mandaba dar aquella su carta en la dicha razón. Por la cual mandaba al Comendador mayor, su gobernador que “del día que viese aquella carta en adelante, cumpliese y apremiase a los indios que tratasen y conversasen con los españoles y trabajasen en sus edificios, en coger y sacar oro y otros metales y en hacer granjerías y mantenimientos para los cristianos, vecinos y moradores de la isla, y que le hiciese pagar a cada uno, el día que trabajase, el jornal y mantenimiento, que según la calidad de la tierra y de la persona y del oficio, le pareciese que debía haber; mandado a cada cacique que tuviese cargo de cierto número de los indios, para que los hiciese ir a trabajar donde fuese menester, y para que las fiestas y días que pareciese se juntasen a oír u ser doctrinados en las cosas de la fe, en los lugares deputados, y para que el cacique acudiese con el número de indios que le señalase a la persona o personas que él nombrase, para que trabajasen en lo que las tales personas le mandasen, pagándoles el jornal que por él fuese tasado, lo cual hiciesen y cumpliesen como personas libres, como lo eran, y no como siervos; y que hiciese que fuesen bien tratados, y los que dellos fuesen cristianos mejor que los otros, y que no consintiese ni diese lugar que ninguna persona les hiciese mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, y que los unos y los otros no hiciesen ende al, etc.“ Todas estas palabras son formales de la reina doña Isabel, de felice memoria, en su carta patente, que abajo a la letra se porná. En todas las cuales , es cierto, parece la intención que al bien y conversión destas gentes tenía y tuvo hasta la muerte, como pareció en su testamento, cuya cláusula tocante a esto abajo se porná, y que si alguna cosa proveyó disconveniente al bien dellas, fue por falsas informaciones y también por la ignorancia y error de los del Consejo que tuvo, los cuales, debieran considerar muchas cosas tocantes al derecho, pues lo profesaban y les daba de comer por letrados y no por caballeros....

Dicha  la substancia de la otra carta  de la reina doña Isabel, dirigida al comedor mayor sobre la orden que había de tener, si orden fuera, en hacer a los indios trabajar, fundada sobre la falta de información que se le había escrito, y declaradas las ocho partes de la carta contenía y que la reina pretendía que se pusiesen en ejecución será bien consiguientemente dar noticia cómo el dicho comendador mayor entendió la carta, o al menos,  si no la atendió, cómo la ejecutó. Cuando, pues, a lo primero y principal que la reina pretendía y era obligada pretender por fin, conviene, a saber, la instrucción, doctrina y conversación de los indios, ya dije arriba y torno a decir y afirmar con verdad, que todo el tiempo que el comendador mayor esta isla gobernó, que fueron cerca de nueve años, no se tuvo más cuidado de la doctrina y salvación dellos, ni se puso más por obra, ni hobo más memoria ni cuenta della ni con ella que si los indios fueran palos o piedras o gatos o perros, y esto no sólo por el mismo gobernador y a los que dio los indios que le sirviesen, pero ni por los religiosos de Sant Francisco, que con el vinieron, que eran buenas personas; los cuales cerca dello ninguna cosa hicieron ni pretendieron, sino vivir en su casa, la desta ciudad y otra que hicieron en la Vega, religiosamente. Solo esto vi que hicieron, conviene a saber: que pidieron licencia para tener en sus casas algunos muchachos, hijos de algunos caciques, pero pocos, dos o tres o cuatro y así, a los cuales enseñaron a leer y escribir, pero no sé que más con ellos de la doctrina cristiana y buenas costumbres aprendieran. Mas de darles muy buen ejemplo, porque eran buenos y vivían bien. Cuanto a lo segundo, que fue que señalase cierto número de gente a cada cacique, etc., deshizo los grandes y muchos pueblos que habían en esta isla, y da a cada español de los que él quizo, a uno 50 y a otro 100 y a otro más y a otro menos, según la gracia que cada uno alcanzaba con el; y en este número entraba niños y viejos y mujeres preñadas y paridas, hombres principales y plebeyos y los mismo señores y reyes naturales de sus pueblos y de la tierra.  Este repartir entre los españoles los indios, vecinos y moradores de los pueblos, llamó  y llamaron el repartimiento. Dio también el rey su repartimiento en cada villa, como a un vecino que hacías sus labranzas y granjerías y cogía oro para el rey; y porque de cada pueblo de indios se hacian muchos repartimientos, dado a cada español cierto número, como es dicho, dellos, con el uno dellos asignaba que fuese el señor o cacique, y este daba a al español a quien él más honrar y aprovechar quería; a los cuales daba una cédula de su repartimiento, que rezaba desta manera: “ A vos, fulano, se os encomienda en el cacique fulano 50 o 100 indios, para que os sirváis dellos, y enseñadles las cosas de nuestra secta fe católica”. Item, decía otra; “ A vos, fulano, se os encomiendan en el cacique fulano 50 ó 100 indios, con la persona del cacique, para que os sirváis dellos en vuestras granjerías y minas , y enseñadles las cosas de nuestra secta fe católica”. Y así todos en cuantos  había en el pueblo; por manera que a todos, chicos y grandes, niños y viejos, hombres y mujeres preñadas y paridas, señores y vasallo, principales y plebeyos, condenaba absolutamente a servidumbre, donde al cabo, como se verá, morían.  Y esta fue la libertad que de su repartimiento consiguieron. Cuanto a lo tercero, que debiera tener respeto a las grandes necesidades de las mujeres e hijos y a que se ayuntaran cada noche o al menos cada sábado, aunque esto era injusto, como dijimos, consistió que llevasen los españoles a los maridos a sacar oro 10 y 20 y 40 y 80 leguas, cierto, ya las mujeres quedaban en las estancias o granjas, trabajando en las labores de la tierra, cavando, no con azadas, ni arado con bueyes, sino con unos palos tostados rompiendo la tierra y sudando , en trabajos que nos son iguales, con mucho, a los mayores que los cavadores trabajan en Castilla.  Estos eran hacer unos montones para el pan que se come; y esto es alzar de la tierra que cavan cuatro palmos en alto y doce pies en cuadro, y déstos hacer diez y doce mil juntos, que gigantes lo molerían, y otros oficios y trabajos no menores o poco menos questos, cualesquiera que vían los españoles serles más provechosos para sacar dinero.  Por manera que no se juntaba el marido con la mujer, ni se vían en ocho ni en diez meses, ni en un año; cuando al cabo deste tiempo se venián a juntar, venían de la hambres y trabajos tan cansados y tan desechos, tan molidos y sin fuerzas, y ellas, que no estaban acá menos, que poco cuidado habían de comunicarse maridalmente; desta manera cesó en ellos la generación. Las criaturas chiquitas parescían, porqué las madres, con el trabajo y hambre, no tenían leche en las teta; por cuya causa murieron en la isla de Cuba, estando yo presente, 7000 niños en obra de tres meses; algunas madres ahogaban de desesperadas las criaturas; otras sintiéndose preñadas, tomaban hierbas para malparir, con que las echaban muertas. Por manera que los maridos morían en las minas y las mujeres en las granjas, con los trabajos dellas, y las criaturas nascidas por se les secar la leche, y cesando la generación para las por nacer, de necesidad habían, co­mo perecieron todos, en breve de perecer, y así se desnobló esta tan gran de y poderosa y fertilísima, aunque desdichada isla. Y es aquí de considerar que si en todo el mundo las dichas causas hobieran concurrido, no ha­berse todo evacuado de todo linaje humano en tan breves días fuera maravilla. Cuanto a la cuarta, que había de ser el alquilarse algún tiempo y no siempre, e inducidos con dulzura y piedad, etc., dióles el comendador pa­ra que continuamente trabajasen sin darles descanso alguno, como parece por la cédula del repartimiento; y si alguna limitación después puso, de que yo, cierto, no me acuerdo, al menos esto es cierto, que se les daba poco resuello, y que muchos y los más servían y trabajaban en aquel tiem­po continuamente; y sobre los trabajos importables, permitió ponellos y mandallos unos verdugos españoles crueles, y a los que andaban en las minas, unos llamados mineros, y a los que andaban y trabajaban en las granjas o estancias, estancieros. Estos tratábanlos con tanto rigor y austeridad y por modo tan inhumano, que no parecía sino que eran los ministros del infierno, que de día y de noche no dan de holganza un momento.”

(Historia de las Indias II. pag. 245-251)

Fuente

Casas, Bartolomé de las, Historia de las Indias, 3 Vols. (México, 1951).
 

 

 

 

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