5. COMO EL GOBERNADOR RODRIGO DE BASTIDAS VINO A LAS INDIAS, Y LO QUE DESCUBRIO EN LA COSTA DE TIERRA FIRME, E COMO FUE GOBERNADOR DE SANCTA MARTA E OTRAS COSAS

El año de mil e quinientos y dos, el capitán Rodrigo Bastidas, con licencia de los Reyes Católicos, salió de la cibdad de Cádiz con dos carabelas muy bien armadas e vitualladas a costa suya e de Joan de Ledesma, e otros sus amigos, para ir a descubrir en la Tierra Firme todo lo que se pudiese saber della, como se dijo en el capítulo VIII del libro III de la primera parte destas historias; e traía por piloto a Joan de la Cosa, qe fué hombre muy diestro en las cosas de la mar. E fueron a la isla de la Gomera, donde se proveyeron de algunas cosas que convenían al viaje, así como carne, y agua y leña, e quesos y otros refrescos, Y desde allí tomaron su derrota con buen tiempo, y la primera tierra que de las Indias vieron, fue una isla verde, de la cuál no supieron que nombre tenía entre los indios, porque no hobieron plática con ellos; pero este nombre bien se podía dar  a todas las demás, porque siempre están verdes, a la causa de la mucha humadad que estas tiene, pues son muy pocos los árboles que acá pierden la hoja.  Esta isla está a la parte que la isla de Guadalupe mira a  la tierra del Sur o austral y cerca de las otras islas de aquel paraje.  Creyóse que debía se la isla Deseada o Marigalante.  Y tomaron agua allí, e prosiguieron su camino hasta la costa de la Tierra Firme, por la cual fueron platicando con  los indios, o rescatando en diversas partes, e hobieron hasta cuarenta marcos de oro.  E continuaron la  costa al Poniente desde el Cabo  de la Vela, e pasó este capitán por delante de Sancta Marta, e descubrió los indios coronados que hay en aquella costa, y el Río grande, y el puesto de Zambra, y el de Cartagena, y las islas de Arenas, y las de Sanct Bernardo y Baru, e isla Fuerte (que es una isla llana donde se hace mucha sal), a dos leguas o tres desviada de la costa de Tierra Firme, enfrente de Caparoto e del río del Cenú.  E más adelante halló la isleta de la Tortuga, y descubrió más al Poniente la punta o promontorio de Caribana, que ésta a la boca del golfo de Urabá  , y entró en el golfo que digo, e vió los farallones que están junto a la otra costa, cerda del Darién.

E hasta allí descubrió ciento e cincuenta leguas de costa, poco más o menos, todo ello de indios caribes flecheros, e de la más belicosa gente que se sabe en toda la costa destas Indias. E dentro de aquella punta Caribana halló la mar dulce e potable en cuatro brazas de agua, donde surgió con las dos carabelas, de lo cual se maravillaron mucho. E nombró este capitán golfo Dulce a aquel que agora llaman golfo de Urabá.  Pero no vieron entonces los que allí iban el Río Grande, que torna dulce aquel golfo, cuando es bajamar, en más espacio de doce leguas de longitud, y otras cuatro o cinco, y en partes seis, de latitud que hay de costa a costa dentro deste golfo de Urabá.

Y como los naviós hacian ya agua, por mucha broma que tenían, acordaron de dar la vuelta, e atravesaron la vuelta del Norte, e tomaron tierra en la isla de Jamaica, donde se proveyeron de agua e leña. Y desde allí vinieron a esta isla Española, y entraron en el golfo o ensenada de Xaraguá, que está entre el cabo de Sanct Nicolás y la otra banda en que esta la punta de Sanct Miguel, que otros llaman el tiburón.  Allí perdieron los navíos, que no los pudieron tener sobre el agua, e salieron en tierra e viniéronse a esta cibdad de Sancto Domingo, donde estaba por gobernador el comendador Bobadilla, el cuál perdió al capitán Rodrigo Bastidas, e tenía preso al Almirante don Cristobal Colom.

La causa porque prendió a  Bastidas, fue porque viniendo por tierra a esta cibdad desde que salió de la mar, rescató algund oro por el camino con los indios.  E fue enviado con el Almirante a España en un mismo navío, e llegado a Cadiz, fue entregado a Gonzalo Gómez de Cervantes, caballero de Sevilla que a la sazón era allí coregidor.  E dióse noticia a los Reyes Católicos e mandáronlo soltar e que se fuese a su corte, que a la sazón estaba en Alcala de Henares.  E por sus letras reales, proveyeron que el oro que llevaba  desde descubrimiento que había hecho, le mostrase en todas la cibdades e villas por donde pasase hasta llegar a la corte; e a los corregidores e justicias mandaron que en sus jurisdicciones lo recibiesen públicamente, porque fuese a todos notorio e los viesen.

Esto se hacía porque las cosas destas Indias aún no estaban en fama de tanta riqueza que deseasen los hombres pasar a estas partes; antes, para traellos a ellas, había de ser con mucho sueldo e apremiados.  E yo me acuerdo que los Reyes Católicos  mandaron en toda Castilla a sus jueces e justicias, que los que hobiesen de sentenciar a muerte, o a cortar la mano o el pie, o a darles otra pena corporal e infame, los desterrasen parasen para estas Indias perpetuamente, o por tiempo limitado, según la calidad del delicto, en lugar o recompensa de la pena de muerte que así se les comutase.

Así que, llegado el capitán Bastidas a la corte, fué rescebido beninamente de los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, de gloriosa memoria. E favorescióle mucho el adelantado de Murcia, don Joan Chacón, contador mayor de Castilla, por cuya intercesión, e porque este servi­cio se tuvo en mucho, el Rey e la Reina le hicieron merced de cincuenta mill maravedís de juro en la provincia del Darién, para sus días, e mandáronle tomar todo lo que se le había tomado.

Después de lo cual, acordó el capitán Rodrigo de Bastidas de se venir a vivir a esta cibdad de Sancto Domingo; e como era hombre de buena diligencia, dióse a la granjería de los ganados e a otras haciendas, e subcedióle de manera que cuando murió, dejó ocho mill o más cabezas de ganado vacuno, puesto que en el principio que a tal hacienda se dió, le acaesció comprar la vaca o becerra a cincuenta pesos de oro o más. Y como buen poblador, envió por su mujer e hijos a Sevilla desde algunos años que acá estaba. Después, el año de mill e quinientos e veinte, el Emperador nuestro señor, le hizo merced de la conquista de la isla de la Trinidad, con título de adelantado e capitán general e gobernador della. E sabido por el almirante don Diego Colom, se opuso a ello, diciendo que era en su agravio, porque el Almirante su padre, don Cristóbal Colomb, había descubierto aquella isla; e así por esto como porque el ca­pitán Rodrigo de Bastidas era muy su servidor, no curó de insistir en la empresa, por no le enojar.

Después, el año de mill e quinientos e veinte y cuatro, la Cesárea Majestad le hizo gobernador desta provincia de Sancta Marta y sus anejos, con título de adelantado della e capitán general; e así como tuvo las provisiones, comenzó a armar, e juntó hasta cuatrocientos e cincuenta hombres, y envió parte dellos adelante, e desde a pocos días fue tras ellos con la gente restante e armas e municiones e bastimentos, con una nao e dos carabelas, en lo cual gastó muchos dineros. E salió desta cibdad el año de mill e quinientos e veinte y cinco; e llegado a su gober­nación de Sancta Marta, fué rescebido con mucho placer de la gente que había enviado adelante ende los que con él iban, comenzó encontinente a usar su oficio, e hizo de paz algunos pueblos de la comarca. E cierto se cree que hiciera mucho fructo si viviera, no obstante que era ya de sesenta años o más, apasionado de la gota; e comenzó a entrar en este trabajo de gobernación muy tarde, e con mezcvladas e diversas generaciones de gentes; lo cual fue causa del daño y muerte que se le siguió, puesto que era recio e de buen sujeto.

E hizouna entrada, aunque no estaba libre de su gota, llevándolo en una hamaca indios hasta el pueblo de Taibo, al cual nombre acresentando, mandó que lo llamasen Taibo de la Resurrección, porque llegó allí día de la Resurrección de Nuestro redemptor. En este lugar paresció que había mucho oro, e mandó el gobernador, so graves penas que puso a los cristianos, que no se les tomase a los indios, porque decía él que primero quería pacificar la tierra que entender en otros intereses; pero los soldados echáronlo a otro fin, e comenzaron a murmurar desta contenencia, diciendo que no había consentido que mediasen no hobiesen parte de aquel oro, por se lo tomar él después para sí solo por otra frorma, cuando e como le paresciese. De manera que quedaron muy indianos algunos contra él, de los que más aceptos e familiares amigos se le mostraban, e por quien él había hecho e gastado, dándoles de lo suyo. En fin, esto se quedó así por entonces, debajo de una cautelosa disimulación, duedándoles una espina e ira arraigada en el ánimo contra el gobernador, paralo que después mostró eltiempo e se siguó, como se dirá adelante.

Pero porque la historia no queda coja, ni a mí se me dé cargo si en la mesma sazón no se pobló por mi industria la provincia de Cartagena e sus anejos e islas, la cual gobernación por el Emperador, nuestro señor me estaba concedida. Decirlo he en el capítulo siguiente.

Pero, pues Dios me ha dado la vida hasta el tiempo presente del año de mill e quinientos e cuarenta y ocho en que estamos, no quiero dejar de acordar al lector dos cosas dignas de mirar en ellas, para que entendamos cuán diferentes son los tiempos. La primera es que de suso se dijo que los sentenciados e infames, mandaron los Reyes Católicos que pa­sasen a las Indias, y esto, si mal no me acuerdo, fué año de mill e quinientos y ocho. Agora, que estamos, como he dicho, en el de mill e qui­nientos e cuarenta y ocho, no consienten pasar a ninguno sin licencia expresa del Emperador o su Consejo, e que no sean infames ni sospechosos a la fe, ni padezcan otros defectos, e con limitación e ordenanzas que a muchos excluyen y excusan ser hábiles para tal navegación. Habéis entendido, lector, lo que el tiempo ha hecho? Oíd la segunda. Dije de suso que valía una becerra en aquel tiempo en la isla Española, un mar­co de oro. Hágoos saber que al presente vale una res de vaca un marave­dís, e una vaca o novillo un ducado. Habéis entendido estas diferencias notables? Pues yo os digo otra tercera, de que de suso no se hace mención; y es que vi en el puerto del Nombre de Dios valer los vestidos y ropas excesivos prescios, y lo que en Sevilla valía diez ducados, venderse allá por ciento, e vi después traer del Nombre de Dios véstidos a venderlos a Sevilla, Así que, el tiempo todo lo muda, e ninguno fíe en él hacienda ni su vida, ni menos su ánima, pues breve tiempo todo lo trueca, etc. Pasemos a nuestra historia.

(Fernández de Oviedo, III)

Fuente

FERNANDEZ DE OVIEDO Y VALDES, GONZALO, Historia General y natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano. 5 Vols. (Madrid, 1959).

 

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