1.      En el cual se escribe la fundación de la Audiencia Real en el Nuevo Rei­no, y los primeros oidores que a ella vinieron, y cómo mandaron visitar la tierra de Tunja, y el orden que en la visita se tuvo y los naturales que se halló haber en los términos de aquella ciudad en este tiempo .

Desde que el general Jiménez de Quesada descubrió y pobló esta tierra del Nuevo Reino de Granada, que fue el año de treinta y siete, hasta el año de cincuenta, siempre fue sufragada a la Audiencia de Santo Domingo, donde iban con las apelaciones que se interponían de los gobernadores y de sus jueces; y era tan larga la navegación que desde el Nuevo Reino a Santo Do­mingo hay, y de tantos peligros y riesgos, así de agua como de tierra, que muchas personas perdían su justicia o la dejaban perder, y pasaban por mu­chas fuerzas y agravios y sinjusticias que no sólo los gobernadores pero sus tenientes y cualesquier alcaldes les hacían, sólo por no ponerse a una tan larga y peligrosa itineración, porque desde la ciudad de Santafé a la de Cartagena hay casi doscientas leguas, que todas o las más de ellas se caminan por el río grande de la Magdalena, por donde es más peligroso el caminar que trabajoso, respecto de su gran corriente y veloces raudales que en él hay, que muchas veces hacen trastornar las canoas y ahogarse y perderse todo lo que en ellas va, y para ir desde Cartagena a Santo Domingo se había de atravesar un golfo que en medio hay, que no se navega con todos tiempos ni con la facilidad que hacia otras partes; de todo lo cual, y de otros mu­chos inconvenientes fue informado el Rey y el Real Consejo por mano de pro­curadores y personas que para este efecto enviaron los vecinos del Nuevo Reino, y proveyeron que hubiese Audiencia en el Nuevo Reino, en la ciudad de Santafé, y para este efecto, y por primeros oidores, enviaron a los licen­ciados Góngora y Galarza, que entraron en Santafé el año de cincuenta, y fueron recibidos con mucho contento de todo el Reino; los cuales luégo sen­taron y fijaron su audiencia y estrados, y se gobernó la tierra por diferente modo que de antes. Las cédulas y provisiones que se despa (chaban) esta­ban libradas como provisiones reales y selladas con el real sello.

En esta sazón estaban ya algo asentadas las cosas del Perú de las alteraciones pasadas de Pizarro, y así comenzaron los oidores a dar asiento en las del Reino acerca de la moderación con que los naturales habían y debían ser tratados, y moderados sus tributos; lo cual, aunque antes había sido mandado, no se había efectuado, por las conspiraciones del Perú; para el cual efecto mandaron que la tierra se vitase y se hiciese discreción de los naturales que cada repartimiento tenía, y de los tributos que pagaban, y de las granjeras que tenían, y de lo que podían pagar, para que conforme a la visita que se hiciese, los oidores tasasen y moderasen los tributos.

Para este efecto fue nombrado por alcalde mayor el capitán Juan Ruiz de Orejuela, que visitó la provincia de Tunja; y la orden que en ello tenía era ésta: ante el escribano de visita que consigo llevaba, mandaba parecer ante sí al cacique y capitanes del repartimiento y pueblo donde estaba, y con una lengua e intérprete les preguntaba sus nombres, los cuales declara­dos y escritos, les demandaba cuenta de los indias que tenían por sujetos y en el tal repartimiento había, y los capitanes y caciques les daban, por granos de maíz, contados los indios que les parecía y ellos querían dar: recibíaseles la cuenta por granos de maíz, porque toda esta gente, según adelante de su naturaleza trataremos, no saben contar de coro más de hasta nú­mero de veinte, y en contando un veinte, luégo cuentan otro, y así, ratifi­cando la memoria de los veintes con granos de maíz, van acrecentando todo el número que quieren; y en esta cuenta de indios que daban los caciques solamente declaraban o contaban los indios casados, sin que en ella entrase los viejos ni los mancebos de hasta quince años y por casar. Esta discreción y cuenta de los indios que en cada repartimiento había, se hacia, y en cada visita se hace, dejados aparte otros respectos, pero el principal es por saber si los tributos que dan son excesivos y más de los que conforme al número de los indios y a la calidad de la tierra, y tratos, y contratos, y granjería de ella, pueden dar para que en todo haya una cristiana modera­ción, como siempre el rey lo ha mandado y encargada a sus jueces por parti­culares cédulas. Tras de esta se les preguntaba a los caciques y capitanes que a quién tienen por su encomendero, los cuales luégo allí nombraban.

Esta orden que este juez tuvo en hacer la descripción de los indios es diferente de la que ahora los visitadores hacen, de la cual adelante se dirá. Pero fuele necesario hacerla así, porque ni en la tierra había el asiento y quietud que ahora hay, ni estaban los indios tan recogidos ni coadunados como en este tiempo, y otras muchas causas que había, que justamente impedían el no poderse haber entera ni cierta discreción de los indios que en cada pueblo había, y así se daba crédito a lo que el cacique y sus capitanes de­cían y daban por cuenta. Luégo se les interrogaba la demora y tributo de oro y mantas que daban en cada un año a su encomendero; el cacique hacía de­mostración de cierta pesa de plomo o de piedra que tenía, que pesaba una libra y media o dos libras o más, y decía que daba a su encomendero cada año tantas pesas de oro de aquella suerte, y también hacía demostración de la suerte de oro que pagaba o daba de tributo, porque en este tiempo no daban los indios oro fino sino oro bajo, desde siete hasta trece o catorce quila­tes, porque siempre tuvieron por costumbre estos bárbaros de humillar y abajar los quilates y fineza del oro con echarle liga de cobre. Demás de esto los encomenderos se concertaban con los caciques de la cantidad de oro y  mantas y otros tributos personales y serviles que les habían de dar y daban en cada un año, porque ni las encomiendas las declaraban ni los gobernado­res los habían osada tasar por la incomodidad del tiempo, que nunca en Perú había dejado de haber novedades y motines y rebeliones, que eran causa de que los jueces con rigor no cumpliesen las cédulas reales que sobre estos y otros casos el rey proveía.

Demás de esto es de saber que no todos los indios pagaban oro a los encomenderos, porque no todos lo podían haber en tanta cantidad que con ello pudiesen cumplir su tributo y demora, y así en la parte donde había esta fal­ta pagaban la demore en mantas de algodón blancas, coloradas y pintadas, y, así hacían los indios la declaración.

Preguntábaseles que sí el oro que pagaban (de) tributo sí lo sacaban en su tierra o dónde lo habían; a esto respondieron que por vía de rescates lo compraban en los mercados y lo juntaban para pagar a su encomendero, pero que en su tierra no lo sacaban, como es cierto que hasta este nuestro tiem­po no se averigua que jamás los indios Moxcas sacasen oro en su tierra, ni se ha hallado en ella de minas, mas que todo lo traían de rescate de Mariquita y Neiva y otras provincias (que) de la otra banda del río grande hay, donde los propios naturales antiguamente labraban minas y sacaban oro y lo fundían y rescataban y hoy se halla en las minas que los españoles han labrado y labran en Mariquita, los socavones y espeluncas y otros vestigios y seña­les que son clara muestra de haber en aquel lugar sacada los indios oro.

Interrogábaseles más: que otros tributos daban, y declaraban las labran­zas de trigo, cebada, maíz y turmas (que) hacían, señalando el sitio de la tierra que le sembraban. Declaraban asímismo los bohíos que en el pueblo hacían y madera que para ello le llevaban a Tunja, y que ultra de esto, cuan­do su amo y encomendero iba (a) alguna parte, le daban todos los indios que había menester para que le llevasen las petacas y cargas, aunque fuese camino muy lejos y apartado de su pueblo, y que le proveían la casa de toda la hierba y laña que había menester para gastar en todo el año; y en algunos pueblos que eran fértiles y abundosos de caza y de otras cosas, daban a sus encomenderos venados, conejos y curíes y algunas cargas de hayo, que es cierta hierba que están mascando y rumiando los indios como ovejas lo más del día y aun de la noche.

Y para ver si eran ciertas y verdaderas estas cosas que los caciques y, capitanes declaraban, el juez tomaba juramento al encomendero, el cual las, más veces conformaba con ellos y se hallaba ser verdad la declaración que las unos y los otros hacían; y para más claridad de los tratos y usanzas de la tierra, se les hacían otras preguntas extraordinarias, que para memoria, de lo venidero y mudanza que en todo vaya haciendo el tiempo, como en otras partes he dicho, pondré aquí; aunque primero o antes de esto que quiero es­cribir, se les preguntaba que si el tributo y demora así real como personal que a su encomendero pagaban en cada un año, si lo daban sin recibir en ello notable molestia ni daño, ni que por ello fuesen vejados  molestados de sus encomenderos. Algunos respondían que en el juntar y buscar el oro pasaban trabajo, pero que lo demás lo hacían sin pesadumbre, por estar ellos hechos y habituados a semejantes trabajos; y para declaración de lo demás es de saber que en las tierras frías del Reino no se coge hayo ni algodón, si­no en algunos valles calientes que en los remates y caídas de esta tierra fría hay, por lo cual les es necesario a los indios que habiten en la región fría ir a buscar y comprar estas dos cosas a las tierras donde las hay. Pues preguntáseles a estos tales indios que cómo habían (y) traían el hayo y el agodón de las partes referidas, y lo que en cada cosa interesaban, a lo que decían que el algodón lo iban a comprar a donde lo había, que en esta provincia de Tunja era hacia la parte de Sogamoso, en más cantidad, y que  allí dan por una carga de algodón por desmontar, que es lo que un indio pue­de cargar, una manta buena, y que traída a su tierra, aderezándolo, hílándolo y tejiéndolo, hacían de ella otra tan buena manta como la que habían da­do y cuatro mantas chingomanales, que se llaman de este nombre por ser pe­queñas y bastas y mal torcidas y por tejidas, y suelen dar por una buena manta tres (o) cuatro de estas chingamananales. Y esto es todo lo que intere­san y granjean en lo del algodón.

Por el Hayo van asímismo a los lugares donde lo hay, y allí compran una carga, que como dije, es lo que un indio caminando puede llevar a cuestas, y por ella dan dos mantas buenas y una chingamanal, y traída al mercado de Tunja les daban por ella y la vendían por dobladas mantas de lo que les ha­bía costado y ahorraban la comida del camino, que salía de la carga princi­pal.

Demás de esto se les preguntaba a los caciques si antes que los españoles entrasen en su tierra y los sujetasen, sí cada uno era señor por sí, sin reconocer otro superior a quien fuesen obligados a tributar y pagar feudo u otro reconocimiento de vasallaje. A esto generalmente todos los indios Moxcas de la provincia de Tunja respondían haber de muchos tiempos atrás siem­pre tenido por superior al cacique o señor llamado Tunja, al cual tributa­ban y servían en muchas cosas, como eran hacerle ciertas labranzas para las vituallas de la guerra y otras borracheras, ir a sus llamamientos y juntas de gente que para guerrear con la gente de Bogotá de ciero a cierto tiempo juntaba, renovarle y adornarle las casas de sus simulacros y sus cercados, y las casas en que él vivía y otras que para el depósito de las vituallas de la guerra tenía el cacique de Tunja fuera de su pueblo en otras parte acamodadas, para de allí llevarlas a las partes que conviniese como y cuando fuese necesario. Demás de esto le pechaban y tributaban con oro y mantas que de tanto a tanto tiempo le daban los capitanes al cacique. Y queriendo saber qué tanto era lo que le tributaban y el tiempo en que se lo daban, no declaran en ello cosa cierta, porque unos dicen que de dos a dos lunas le iban a ver los capitanes y le llevaban cada (uno?) veinte mantas, y otros, a más tiempo y con menos feudo. Y en esto debía de ser la orden el posible de cada uno, y los caciques pechaban y pagaban en mucha más cantidad.

lnterrogóseles este feudo o pecho que pagaban a este cacique de Tunja si se lo daban de su voluntad o si por alguna vía fueron o eran forzados y constreñidos a ello: a esto replicaban y respondían cómo en tiempos pasados e los fueron libres de semejantes cargas e imposiciones, y que solamente ca­da puebla o población reconocía a su cacique y señor natural, a quien pagaban cierta manera de leve tributo, y andando el tiempo creció la elación y ambición del cacique Tunja, mediante ser hombre supersticioso y que se mos­traba ser perfecto en la observancia de su idolatría y en la interpretación de los oráculos de sus simulacros, con lo cual se hizo persona poderosa y de mucha reputación y veneración acerca de los bárbaros de esta provincia de Tunja; y coadunando y juntando así algunas gentes, comenzó a tiranizar la tierra por fuerza de armas y hacerse señor de ella, derramando la sangre de muchos caciques y capitanes, que con obstinación pretendían defender y conservar su antigua libertad, cuyas cabezas el tirano Tunja quitaba, y con crueldad de bárbaro castigaba a los demás súbditos e indios que seguían la, misma opinión de libertad, ahorcando y cortando píes y manos y narices y orejas, y haciendo y ejercitando en ellos otras muchas crueldades; y con este tiránico terror constriñó y forzó a los que dende en adelante sucedieron en los cacicazgos y señorios a que fuesen sujetos y tributarios y le reconociesen por supremo señor; y así puso en ellos la imposición que quiso, la cual se le guardaba y guardó hasta el tiempo que el general Jiménez de Quesada y los demás españoles entraron en la tierra, dende el cual tiempo en adelante aunque reconocían a Tunja por superior señor, pero no le eran tan sujetos como de antes, a causa de las novedades que en la tierra hubo con la entra­da y conquista y poblada de los españoles.

Acerca de sus caciques particulares se les interrogó a los indios el tributo que cada indio le daba y los servicios que le hacían en cada un año antiguamente; y la claridad que a esto dan sólo es decir que le hacían cierta cantidad de labranzas y le renovaban en ciertos tiempos del año sus bohíos de morada y sus casas de idolatría, y cuando a estos trabajos iban o se juntaban los indios para hacerlos, le daban cierto oro y mantas por tributo, y demás de esto le servían en todo lo que les mandaba y le proveían de vena­dos, conejos, curíes y todos otros géneros de caza que podían haber.

Preguntábaseles más, que si antes que fuesen sujetos a los españoles andaban en sus contrataciones y por los mercados más libremente que en este tiempo. A esto decían que no, porque antiguamente nunca dejó de haber entre los caciques particulares algunas domésticas pasiones y discordias, que eran causa de ponerse los unos a los otros asechanzas y matar a los contrarios que en sus tierras entraban, y así no osaban apartares a contratar muy le­jos cada uno de su natural; pero que ahora, mediante el calor y favor de los españoles y la general paz y conformidad que entre ellos han puesto, y por temor del castigo que las justicias les harán, aun (que) cualquier indio va ya a contratar y a mercadear a cualesquier mercados, aunque sean muy apartados de su tierra, van sin ningún temor, porque por esta causa no hay quien les ose ofender ni matar como de antes lo hacían.

Y con esto daba el juez fin a su visita, dando a entender a los indios cómo perpetuamente habían de permanecer los españoles en la tierra, y que muriéndose los encomenderos que eran vivos habían de servir a sus hijos y serles feudatarios; y con esta forma discurrió este visitador en este año de cincuenta y uno, por todos los repartimientos de la provincia de Tunja, en los cuales entran los indios llamados Laches, que están de la otra banda del río Sogamoso y haciendo la descripción de los naturales en la forma y manera dicha, halla que habían cuarenta y un mil indios casados, sin los viejos y mozos y muchachos de quince años para abajo.

De la tasa y retasa que por esta visita se hizo, trataremos adelante, en tiempo de Briceño y Montaño, porque estos oidores Góngora y Galarza nunca retasaron la tierra, ni tuvieron lugar para ella.

(Fray Pedro de Aguado. Recopilación Historial I, p. 403 es.)

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