Real Orden sobre El contrabando

 

 

Introducción
 

 

 

Se habla del contrabando... (dice el "Co­rreo Mercantil" N9 21 del año último) y ¿quién no sabe que el contrabando por mayor, no es apenas posible sin el concurso de los que están encargados de impedirlo?     Esta verdad de todos los tiempos y países parece que se halla en oposición con la Real Orden expedida en Zaragoza a 26 de agosto de 1802, en la cual entre otras cosas que se pregunta, es una: la de que siendo muy interesante el conocimiento radical del contrabando en el distrito de ese Consulado, se quieren saber las causas de que procede, y el modo de evitarlo o contenerlo. Ella en efecto supone un cono­cimiento antecedente de dicho fraude, de su consideración y atención, y de las dificultades para extinguirlo.
 

 

Puntos propuestos

 

 

Este conocimiento desde lue­go envuelve el de la infidencia de los Jefes y Ministros encargados, mantenidos y obligados a evitarlo. Para saber pues las demás causas que concurren a promoverlo, y los medios de contener a lo menos este grave como radicado mal, parecía necesario remover desde luego aquella conocida y principal causa, que no solo hace nula la aplicación de los demás remedios, sino que aún dificulta el conocimiento de és­tos y a dos mil leguas de distancia del Sobera­no, en unos países tan corrompidos, y en que se respetan tan poco las leyes y los derechos de los ciudadanos, cómo se puede esperar que haya candor, y patriotismo bastante para ex­presar otras causas, y proponer los medios más propios para cortar de raíz su desorden, en que son interesados tantos particulares, y los que debían impedirlo? El ocio de los primeros, la arbitrariedad y las tropelías de éstos, no serán el fruto de su celo? Sin embargo, supe­rior a todas estas consideraciones, en servi­cio del Rey y de la Patria, y el cumplimiento de las palabras que hemos  dado, vamos a   manifestar: la consideración y publicidad con que se ha hecho el  contrabando en estos últimos años con los enemigos de la Nación, y se hace actualmente; las cau­sas de su extinción y fomento durante la gue­rra, y después de la paz; y los medios de reme­diarlo, que son los puntos indicados por la Real Orden.
 

 

Papel que se acompaña.


 

Más habiendo hecho, aunque sin fruto, igual trabajo por encargo del Tribunal de este consulado, en el año de 1800, en un informe que extendimos a su nombre para el Virrey del Reino, lo acompañamos en copia con esta Memoria; así porque en él se hallarán puntualizadas las causas del origen, progre­sos y consideración del contrabando­ durante la guerra última, como también verificadas las predicciones que entonces hi­cimos de la continuación, y aumento de dicho desorden después de la Paz, omitiremos así re­petirnos; y expresaremos solo cuanto conside­remos conducente, a cada uno de los puntos propuestos, en las presentes circunstancias, y estado actual de las cosas.

 

 

Estados del comercio de Cartagena con España en 88

      


 

Con motivo del expediente que promovi­mos, ante el Virrey Don Francisco Gil y Lemus, en el año de 1789, como Diputados de este comercio, para el establecimiento de un consulado de esta ciudad, formamos con reconocimiento de los archivos de la de la Aduana, y de la escriba­nía de  Registros, los estados de importación y exportación que también acompañamos. Aquel por un quin­quenio de 1784 a 1785; y este por solo el cua­trienio de 1785 a 1788, a causa de que en el de 1884, y anterior de 1883, primero de la Paz, se extrajeron los frutos y caudales rezagados por razón de la guerra declarada en 1779.
 

 

Importación

 

 

Por el 1º de estos estados se manifiesta que el comercio de importación en solo este puerto, desde los de la Península, ascendió en un año común, por los aforos de la Aduana y sin incluir el comer­cio de puerto a puerto, a la cantidad de 2.135.760 pesos, a que aumentado un 20% por su mayor valor, importa este la suma de 2.562.812 pesos; los cuales contribuyeron por sus varios dere­chos en la Real Aduana, la cantidad de 211.523 pesos y en cada año común, según en él se puntualiza.

 

 

Exportación

 
 

El 2º estado manifiesta igualmente, que la exportación de frutos y dinero por este puerto para los de España, ascendió en un año común a 2.315.552 pesos 6 reales, sin incluir los efectos que se   remitieron de cuenta de su   Majestad, los caudales que se   extrajeron para La Habana para compra de azúcares con destino a la Península; y el valor de varios efectos de corta consideración, que allí se relacionan, de modo que reunido al anterior, este importe y el de lo sacado para La Habana para dichas compras de azúcar, balanceaba más que superabundantemente en aquel tiempo la exportación a la importación;  y ascendía uno y otro comercio a la suma de 5 millones de pe­sos           
 

 

Total importe del Comercio de este Reino en 88

 

 

En otro millón más se podía graduar entonces el comercio de importación y ex­portación ara la Península, de los puertos de Riohacha, Santa Marta, Portovelo, Chagres y Panamá; y el total im­porte del comercio de este Virreinato con la Metrópoli, unido dicho valor al anterior (sin incluir las Provincias de Quito, Cuenca y Gua­yaquil que se proveen de Lima y otros Puertos del Perú), a la cantidad de 6 millones de pesos.

 

 

Valor actual de los efectos y dinero que se exportan


 

 

 El progresivo aumento que ha tenido nues­tra agricultura, desde aquella época de 1788
hasta la fecha,      no solo en los frutos que se puntualizan en dicho estado, sino también en otros de nue­vo              cultivo, y el mayor produc­to de nuestras minas, se reco­nocerá  por el Resumen Nº 1 que acompañamos, y hemos formado sobre documentos y noticias dignas de fe, así de la cantidad de los varios frutos que se acopian anualmente en este puerto de Cartagena de Indias, los del Ha­cha, Santa Marta y Portovelo, exportables para Europa; el de sus valores en el país al tiempo de su embarque, y el del importe en oro en moneda y pasta, producto de nuestras minas actualmente, que todo asciende a la cantidad de 4 millones y 200 . 000 pesos.
 

 

Comparación con el de 88.

 


 

De la comparación de dicho resumen con el estado de exportación antecedente de 1788, resulta: 1º que todos nuestros frutos hanaumentado en cantidad y aún en precio; 2~ que aquella en el algodón de estas provincias marítimas, brasilete, cacao y maderas se ha triplicado, y duplicádose en el moralete y cueros al pelo; 3º que en la actual exportación hay 12 .000 quintales de algodón de las provincias interiores, 2.000 di­chos de azúcar, 20.000 libras de añil, 260.000 de quina, 12.000 de raicilla, 2.000 de bálsa­mo, 4.000 astas, y 80.000 pesos valor de las perlas que anualmente se recogen en las pes­querías de Panamá, que no se hallan en aquel estado; 4º que el valor actual de nuestros frutos exportables para Europa, y que en efecto salen de nuestros puertos, asciende a la cantidad de un millón 200.000 pesos, cuando en la época de 1788 apenas llegaba a la cantidad de 200.000 pesos; 5º que el oro en moneda que se acuña en el día en las dos casas de moneda de Santa Fe y Popayán, llega a la suma de 2.500.000 pesos, cuando en 1788 apenas pa­saba de 2 millones de pesos; 6º que agregando a otro importe el de 500.000 pesos que a lo menos se extraen anualmente en pasta y alha­jas de oro y alguna plata, suma la cantidad de 3 millones de pesos el producto actual de nues­tras minas, para la exportación y excede en 800.000 pesos a la que entonces se hacía en numerario, y 7º que el comercio de exportación en el día asciende lo menos a la cantidad de 4 millones y 200.000 pesos en oro y frutos.
 

 

Importación actual

 

 

Relativos y proporcionados a estos medios de subsistencia y de comodidad, han debido ser los de nuestras necesidades y lujo; por consiguiente nuestro consumo de efectos de Eu­ropa debe estar en razón de aquellos, y   ascender a lo me­nos a igual suma de 4 millo­nes, y 200.00 pesos.
 

 

Medios de triplicarla.

 

 

Este y aquel valor podría desde luego tri­plicarse, con solo remover los principales obs­táculos que opone la naturaleza, el gobierno     y la ignorancia, pues siendo este Reino el más rico en todo género de producciones natu­rales, de cuantos posee en América la Monarquía Españo­la; y ascendiendo su población a millón y medio de habitantes, este número sería superabundante para ello, si fuere de hombres medianamente indus­triosos. Pero por desgracia la mayor parte son de miserables e indolentes, por la barbarie y servidumbre en que se hallan constituidos. La apertura a costa de la Real Hacienda de algu­nos caminos necesarios para la comunicación interior: la mejora de los actuales; facilitar la navegación de los ríos principales quitando o enmendando los estorbos que la impiden o ha­cen peligrosa: la moderación de las leyes fisca­les: la extinción de los estancos de aguardiente y tabacos, particularmente en las provincias marítimas de Riohacha, Santa Marta, Carta­gena, Panamá, Barbacoas y Chocó, la del dere­cho de capitación, o tributo de los indios, que los mantiene en su primitiva barbarie, y en una servidumbre y dependencia de los corregidores y curas, mayor que la de los escla­vos: el señalamiento de tierras en propiedad a cada una de las familias de estos, y de los demás habitantes que carecen de ellas: el esta­blecimiento de nuevas poblaciones o colonias rurales de unos y otros en parajes convenientes; la franquicia a los extranjeros católicos que quieran establecerse en ellas, o formar otras nuevas en lo interior, con iguales ventajas; la prohibición del comercio tan impolítico, como bárbaro de negros, y un nuevo sistema para extinguir la esclavitud, si se quiere salvar y conservar la América: el promover por todos los medios posibles la reunión y mezcla de las varias castas que la habitan, para que no haya más que una clase de ciudadanos en el orden común; el premiar y distinguir con señales de aprecio y confianza, a los que sean acreedores por su probidad, aplicación y conocimientos, nombrándolos jueces de sus respectivos pue­blos, y prohibiendo que lo sean otros advene­dizos: el escrupuloso y detenido examen en el nombramiento y elección de los Prelados, Jefes y Ministros de Real Hacienda y de Justicia; el necesario límite a las adquisiciones de las ma­nos muertas; un nuevo arreglo en los curatos, y reforma en las exacciones de los curas; re­forma de los conventos de regulares, y extin­ción de los que no tengan las rentas suficientes para hacer vida común y dar la correspondiente instrucción a sus novicios; el establecimiento de imprentas, de papeles públicos y sociedades patrióticas en las capitales de las provincias; es preciso en todos los pueblos de escuelas de primeras letras y de agricultura: la erección en las ciudades principales de escuelas de di­bujo, de estudios, de mineralogía, de botánica, de química, de matemáticas, de medicina, y una universidad pública en que enseñen con buen juicio las demás ciencias divinas y hu­manas; estas providencias tan obvias como necesarias producirían dentro de pocos años la revolución feliz que dejamos indicada, a fa­vor del comercio de la Metrópoli, de la Real Hacienda, y de estos vasallos. Porque en efecto si 8 millones de habitantes activos e indus­triosos que se computan en Inglaterra han po­dido hacer, según los estados presentados a la Cámara de los Comunes por el Ministro Pitt en 800, un comercio exterior que ascendió en dicho año a 66 millones de libras esterlinas, o 330 millones de pesos, los 150 de importación, y los 180 restantes de exportación (los 120 de éstos de producciones de su industria) que re­partidos entre los 8 millones de habitantes co­rresponde a cada uno la cuota de 22 1/2 pesos en la exportación, y de 18 3/4 pesos en la im­portación; suponiendo que los de este Reino, sacados del estado de apatía, inercia y servi­dumbre en que viven, por medio de las indi­cadas providencias, no tuvieren más sobrante anual que el de 8 pesos para invertirlo en efectos de Europa, nuestro comercio de impor­tación ascenderá desde luego a 12 millones de pesos y a otros tantos el de exportación, que en el día es solo de 4 2/10 millones cada uno, y se hace en la mayor parte por el contrabando consideración  del contrabando. Importación y exportación actuales con la Metrópoli. Idem por el contrabando.

 

Para demostrar la consideración de éste, el inmenso robo que se ha hecho y se hace a la Real Hacienda, al comercio e industria de la Metrópoli, basta dirigir la vista a nuestros Estados de 1788 a los de la exportación e impor­tación actual después' de la Paz en 1802 y 1803 (Nos. 2 y 3) y al valor total de lo que en efecto se extrae (Resumen N9 1),comprobado con las labores anuales en estas casas de moneda, con las cantidades remitidas en partida de registro en pasta y alhajas de oro, en plata, y en frutos para los puertos de Espa­ña, en dichos, dos últimos años, sin embargo de los que en platina, perlas, añil, algodón, cueros, palo brazil, se llevan a Jamaica, y a otras colonias extranjeras, desde Maracaibo, el Hacha, Santa Marta y Pana­má para el contrabando. Com­parado dicho resumen N9 1 con las cantidades introducidas en    efectos en estos puertos, de los de la Metrópoli, después de la Paz, con los productos de esta Aduana; y con los valores extraídos para los mismos desde 1802 a 1803, se hallará que la importación apenas ha llegado a un millón 200.000 pesos en cada uno de dichos dos años; que la exportación, deducidas las cantidades de la Real Hacienda, y de particulares de Es­paña, retenidas por la guerra anterior, ha si­do   casi la misma y que los Reales Derechos no han producido la mitad del valor que en 1788  cuando debían haberse casi casi duplicado.
 

 

Pérdidas para la nación

 

 

 Por consiguiente es visto: que el comercio de contrabando asciende en cada año a tres millones de pesos de introducción de efectos extranjeros, y a otros tantos de ex­portación que se hace la mayor parte en dinero:  que además de la pérdida para  la nación de este numerario,   y de las utilidades que le producirían en su agricultura, in­dustria     navegación y comercio sufre una concurrencia con la industria y comercio extranjero­ que absorberá y aniquilará enteramente el de la Metrópoli: que la Real Hacienda, no solo ha perdido anualmente los derechos que debió cobrar en América por dichos 3 millones de pesos introducidos en efectos de manufactu­ra extranjera y las cantidades en dinero y frutos con que se han pagado, sino también las que deberían haberle producido unos y otros en España, al tiempo de su introducción en los puertos de la Península y exportación para los de América, y extranjeros: que regulando a razón solo de 33 1/2% el importe total de los derechos sobre los 3 millones dichos de efectos extranjeros, a su entrada en España, salida pa­ra América, e introducción en esta, resulta defraudada anualmente la Real Hacienda por dicho comercio en un millón de pesos en solo la introducción clandestina de ellos, sin contar lo que debían producirle el dinero y frutos con que se pagan: que suponiendo que en los 4 años últimos de la guerra desde 1798 a 1801 solo se hayan introducido por el contrabando seis millones de pesos en dichos efectos, por los obstáculos que entonces le                ponían nuestros corsarios de Cuba,  los de los franceses, que no sufre en el día con mo­tivo de la Paz, unidos aquellos a los 6 que com­putamos en estos dos años de 1802 a 1803, la suma defraudada al erario en dicho tiempo por solo la importación, asciende a la cantidad de 4 millones de   pesos, según el cómputo ante­cedente, y finalmente que el total importe de la introduc­ción y exportación en dichos 6 años por el contrabando, por un cálculo el más moderado, es el de 24 mi­llones de pesos.
 

 

Publicidad de estos fraudes
 

 

Aun cuando no fuere un axioma, el que de­jamos sentado al principio: de que el contra­bando por mayor es casi imposible el hacerlo sin el concurso de los que están encargados dé impedirlo, ¿có­mo es posible suponer que esta cantidad asombrosa se haya podido introducir y extraer en tan corto número de años, sin noticia y conocimiento de los respectivos Jefes y Ministros por donde se ha hecho? ¿Cómo el que los particulares hayan aventurado no solo su fortuna y subsistencia, sino también su persona y su vida (pues este comercio se ha hecho en tiempo de guerra con los enemigos de la nación), sin una seguridad absoluta de que no serían molestados? ¿Quién podía darles estas seguridades? Y ¿cómo es pre­sumible que se las dieren, ni que aquellos las creyeren, sin tener éstos una inmediata parti­cipación y concurrencia en dichos fraudes? Redúzcase cuanto se pueda la suma antedicha del importe anual del contrabando y disminú­yase también la fuerza y el valor de estas razones; siempre resultará comprobada su con­sideración y publicidad; pues siendo incontes­tables nuestros estados de 1788, comparados estos con los valores de los efectos introducidos de los Puertos de la Metrópoli en 1802 y 1803 y el de sus derechos, ellos solos la manifiestan hasta la evidencia. Si a esta prueba se añade la que se deduce del aumento del actual pro­ducto disponible de nuestra agricultura y mi­nas, que manifiesta nuestro Resumen Nº 1, no menos cierto, y comprobado, no quedará duda alguna sobre la exactitud de nuestros cálculos, y la verdad de la consideración y publicidad del contrabando. Examinemos sus causas.

 

Causas durante la guerra


 

La necesidad, el interés de los particulares, la falta de previsión en el superior gobierno de este Reino, la indiferencia de su jefe para el comercio, y la venalidad de los Jefes y Ministros Reales de estas Provincias Marítimas fue­ron las verdaderas y únicas causas del contrabando con los enemigos de la nación, duran­te la guerra, los cuales le pro­tegían con diferentes franquicias concedidas en sus puertos a nuestras embarcaciones, con sal­vos conductos que les expedían y hasta con sus buques de guerra, que las comboyaban a nues­tros puertos. A medida que la codicia se aumen­taba, y que la corrupción hacía progresos en el interior del Reino, crecía también dicho desorden, se organizaba y consolidaba, en tér­minos que cuantas providencias se dictaron después por la superioridad para contenerlo, fueron nulas y eludidas, como que su ejecución y cumplimiento estaba cometido a los princi­pales autores de dichos fraudes, y cuando más sirvieron de pretexto para alguna particular venganza, o para velar a los hombres honrados que no habían tomado parte en aquellos.
 

 

Después de la Paz

 

 

Restablecida la paz en Europa, no solo ha continuado dicho desorden, sino que se han aumentado prodigiosamente en los térmi­nos que dejamos manifestado. Las causas para ello, son: 1º la enunciada de la venalidad de los jefes y ministros Reales; y el haberlos continuado o mantenido en sus empleos y mandos; 2ª la pronta, segura y mayor utilidad que hallan los particulares en dicho comercio que en el distante de la metró­poli (aún después de deducidas las contribu­ciones establecidas por aquellos y por sus de­pendientes); 3ª que removido, con la Paz el único obstáculo que se oponía al contrabando por los corsarios franceses y por los españoles de Cuba, que apresaron en la guerra, diferentes de sus embarcaciones; estas se han aumentado basta el Nº de 30 goletas en los puertos de Río Hacha, Santa Marta, Chagres y Portovelo, en términos que se han multiplicado los viajes y las entradas, sin que los guardacostas de este apostadero, los puedan impedir, ya por su cor­to número y ser poco a propósito para el corso, ya porque aquellas no solo las eluden con su mayor andar y con los avisos que les comuni­can de la salida de estos, sino también con el apoyo y protección de los Ministros y Jefes, en el caso de aprehensión, sosteniendo la legitimi­dad de sus documentos, o disputando su auto­ridad, y ya finalmente por los obstáculos de todo género que les oponen a dichas embarca­ciones del Rey, habiendo llegado el caso de hacerles fuego, de negarles hasta el auxilio de víveres, y de exigirles con amenazas, y aún con fuerza armada las que han detenido de los par­ticulares; 4ª porque permitiéndose sin causa provocada, y con el más notorio abuso, la na­vegación en lastre de puerto a puerto a dichas embarcaciones, llevan por alto considerables cantidades en oro y frutos a las colonias extran­jeras, regresando cargadas de efectos, que de­jan en los puntos convenidos en la costa, o en los mismos puertos de la salida, a donde vuelven como de arribada, sino hay algún guardacosta, de que se les avisa por señales convenidas; y 5º que estando reunidas en unas manos todas las autoridades en nuestros puertos (reunión que solo podrá ser conveniente en el Jefe Supe­rior del Reino) falta la contención, el mira­miento y la emulación que resulta necesaria­mente de la separación de las autoridades; los gobernadores ambiciosos y déspotas protegen dichos fraudes, y los Ministros subordinados a ellos, por imitación, por propio interés, por debilidad, o por temor se han templado, y aco­modado a sus ideas, y las siguen servilmente. Esta verdad aun cuando no fuese por si bas­tante perceptible, tenemos una prueba de bulto de ella en Cartagena, donde la independencia del Jefe de Marina, del de la Plaza, y la rivali­dad, digámoslo así, de sus autoridades ha pro­ducido el efecto saludable, tanto durante la guerra, como después de la paz, de impedir en mucha parte el contrabando, aunque no ha dejado de hacerse alguno siempre pero nunca con el escándalo, y de la consideración con que se ha hecho, y se hace actualmente en los puer­tos del Hacha, Santa Marta y Chagres, de este Virreinato. Manifestadas las causas de este desorden nos resta hacerlo solo de los medios para contenerlo.

Remedios, 1º Providencia Separación de los empleados

 

La primera providencia que desde luego ocurre, como la más urgente y necesaria para reprimir dicho desorden, es la remoción y se­paración de sus empleos y mandos de los Jefes y Ministros de Real Hacienda en estas Provincias Marítimas.            Más es­ta medida debe ser proporcio­nada al grado de                criminalidad,         consideración y publicidad de dichos fraudes, para que en su aplicación no padezca el servicio público, ni se ofenda a la justicia; y por tanto parece conveniente que se modere y temple según las diversas circuns­tancias de los tiempos, personas, lugares, y a las de los mismos fraudes. Porque el dejar im­punes unos delitos de tanta gravedad, domo el de un comercio público y considerable con los enemigos de la Nación durante la guerra, y después de la Paz: el de un robo, como el que dejamos manifestado a la Real Hacienda:

el de unos perjuicios inmensos e irreparables a la nación; y últimamente dejar que disfruten tranquilamente el fruto de sus rapiñas unos hombres, a quienes manteniéndolos el Rey pa­ra defender sus intereses, han abusado de un modo tan criminal de esta confianza, sería dar un estímulo de imitación para sus sucesores; no habría en éstos ni en los particulares ningún medio de contención en adelante; y el mal no solo se aumentaría sino que se haría incurable.

 

El principal teatro a Barlovento del. contra­bando han sido los puertos de Hacha y Santa Marta, y la Villa de Mompós, la cual . situada en la confluencia de los ríos Magdalena y Cau­ca, han ido a parar allí todas o las más intro­ducciones clandestinas, echas por ambos puer­tos y celebrádose en ella constantemente la feria general del contrabando para todo el Reino.

En el mismo caso que los puertos del Hacha y Santa Marta, se halla el de Chagres a Sota­vento, por donde se ha hecho un contrabando considerable que ha refluido a todo el Perú .

 

 

Finalmente en esta plaza de Cartagena, se han cometido también muchos fraudes y no de poca consideración, ya en los repetidos bu­ques, que con el pretexto de traer noticias du­rante la guerra del puerto enemigo de Kingston en Jamaica, lo hacían de cargamentos de gran valor que se introducían por alto; ya de los que vinieron del mismo puerto enemigo con regis­tros falsos o supuestos de otras de nuestras posesiones, y entraron sin reparo por la adua­na; y ya finalmente de los muchos que se ex­trajeron en frutos y dinero, como con destino a nuestros puertos, y se llevaron a los enemi­gos, cancelándose sus fianzas en esta con cum­plidos igualmente falsos

Aunque el puerto de Maracaibo correspon­de a la Capitanía General de Caracas, después de su segregación de este Virreinato en 1779, como por él se ha hecho durante la guerra el mismo criminal comercio con los enemigos, y extraídose en dinero, añil, cacao, algodón y otros frutos, cantidades considerables de los productos de las provincias interiores del Reino, señaladamente de la de Cúcuta, creemos que debemos hacer memoria de él en este lugar

 

 

Nos abstenemos de hablar de los lugares y pueblos del interior, por no ofender tal vez la inocencia. Pues aunque a vista de las consi­derables porciones que por todas partes del Reino se hallan en abundancia de efectos de algo­dón, y otros absolutamente prohibidos, de la libertad y bajo precio a que se venden públi­camente en las tiendas, parece difícil combinar esto con el cumplimiento de los deberes de aquellos ministros reales. Sin embargo, no debemos omitir, que mucha parte de dichos efec­tos se llevan e introducen con guías proceden­tes de las aduanas de los puertos 'de mar, y de la de Mompós, y que esto pone a cubierto en mucha parte a los administradores del in­terior. Baste lo dicho sobre la indicada provi­dencia, cuya aplicación exige la de un visitador íntegro; y pasemos a la discusión y examen de otras igualmente necesarias .
 

 

2ª Providencia, Reducción de derechos
 

 

La 2ª providencia que nos parece debe adoptarse para contener el contrabando, es la reducción de derechos, tanto en España, como en América, en los efectos de manufactura extranjera, que             no tienen concurrencia con los        nuestros o que no perjudiquen        al fomento de la industria, a que debemos aspirar. Si el ali­ciente  del contrabando es el interés de la ganancia, todo lo que contribuya a disminuir ésta, en términos que no compense los riesgos y gastos que aquel ocasiona, debe también disminuirlo y esta sola razón acredita la propiedad de dicha medida. El valor total de los derechos que sobre dichos efectos se exigen en unos y otros puertos, incluso los de Consulado, asciende a 33 1/2% a que agre­gados los gastos de seguros, fletes, reducciones, cambios, premios y las ganancias respectivas a las diversas manos por donde pasan, cuando llegan a las nuestras han duplicado el valor de la fábrica. El extranjero que los trae directa­mente de éstas a sus colonias, no hace la mayor parte de dichos gastos, los vende al español, con mucha ganancia, por un tercio o la mitad menos de lo que cuestan en España, y el com­prador además de ésta tan considerable venta­ja, tiene las de la pronta y menos costosa con­ducción y la del ahorro de los derechos de entrada que le compensan las exacciones y contribuciones que tiene que hacer a los Mi­nistros y Jefes, quedándole siempre una utili­dad proporcionada, sin que puedan tener con­currencia los efectos de igual naturaleza traídos desde España. Así vemos que cuando en Cádiz y otros puertos de la Península, cuesta actual­mente una pieza de platilla 15 y 17 pesos, y una de bretaña hamburguesa de 30 a 34 reales, se venden en el día otros géneros en Santa Marta, Mompós, y en otros pasajes del interior por 13 y 14 pesos las primeras, y por 22 y 24 reales las segundas. Esto mismo sucede con los demás efectos, entre los cuales citaremos la canela, que valiendo en España a 38 reales, se vende por menor en Mompós y Santa Fe a 20 y 24 reales la libra. Las muselinas, anchas, finas, bordadas de 11 y 12 varas a 9 pesos pieza, los Mahones por 10 y 12 reales; y a este tenor otros efectos de Europa y Asia.

 

 

Pero además de lo expuesto, la indicada providencia está fundada en los principios de la economía política: porque supuesta la im­posibilidad de las naciones para proveer a sus consumos, de necesidad, de conveniencia y lu­jo, con los productos de su propia industria y por tanto la necesaria conexión y dependen­cia para ello de unas con otras, en el sistema de una buena administración, las aduanas no deben formar sino subsidiariamente un ramo de los productos del Estado y ser principal­mente un medio político de fomento de la in­dustria nacional y de contención al influjo de la extranjera, que pueda perjudicar aquella; por consiguiente los productos y artefactos que no tengan concurrencia con los suyos propios, que no puedan suplirse con otros, y que él no haya hecho necesarios, no se deben gravar sino muy moderadamente, pues como dice muy bien Smith, en la Aritmética de las Aduanas, no solo dos y dos no componen cuatro, sino que por lo general cuatro y cuatro hacen solamente dos.
 

 

Industria de la Metrópoli. Ramo de caldos.

 

Sedería,  Cotonería Lanería

 

Aplicados estos principios a la España y a su comercio con la América, hallaremos que el ramo de caldos y licores de todo género, los                 tiene abundantes, y debe man­tener la absoluta prohibición de los          extranjeros en América  y hacer un comercio exclusivo de ellos, con notables ventajas para la agricultura y navega­ción de la Península, sin temor de la concurrencia de aquellos para el contra­bando, ya en razón de la buena calidad, y del precio de los nuestros, por no estar mayormen­te gravados, y ya por el costo y dificultad de su transporte; que en las ... y manufacturas de toda cla­se de ellas, tiene igualmente las          las necesarias para proveerse a sí y a la América, debe pro­hibir las extranjeras, y conti­nuar dispensando las mismas franquicias y protección a las nacionales, para que lleguen aquel grado de perfección y fomen­to que aún les falta, sin que puedan tampoco tener concurrencia    las extranjeras por el con­trabando   en América, por su mayor precio:   Que     en   el articu­lo de   algodones están en la infancia sus fábricas, pero que teniendo una compañía de Asia, y las primeras materias para ellas, el fomento de éstas y de aquellas, exige el mantener respecto de las extranjeras la prohibición existente, y las reglas adoptadas para la venta de las introdu­cidas legítimamente, a las solas manos de los agentes de dicha compañía, celando cuidadosa­mente la conducta de éstos para que no abusen de dicha facultad, imponiéndoles la obligación de que no las puedan vender sin estar selladas todas las piezas (debiendo tenerse por de con­trabando las que carezcan de este requisito) exigiéndoles una razón anual de las que tengan existentes, y hayan expendido; y concediendo premios a nuestros artistas que establezcan fá­bricas de dichos efectos, que sería también con­veniente fomentar en América e Islas Filipinas; sin que pueda esperarse de dichas medidas, ni de otras cualesquiera que se adopten, cortar enteramente el contrabando en la América de las manufacturas de algodón extranjero las cua­les por su buena calidad, duración y bajo precio a que las venden, respecto      de las nuestras, serán siempre          apetecidas: Que en las lanerías        debiendo tener la España to­das,  y las mejores manufactu­ras               de esta clase, por la abun­dancia calidad y diferencias de nuestras lanas, apenas tenemos en el renglón de paños y sombreros las necesarias para nues­tros consumos y hoy faltan casi todas las de­más, no obstante de ser más fáciles de estable­cer, menos costosas, y de un consumo inmenso en América, como son las bayetas de todas clases, las eternas, buratos, casimires, sargas, la­nillas, medias [palabra ilegible] debiéndose por tanto prohibir absolutamente, a lo menos para el comercio de América, los paños y som­breros extranjeros, aumentar los derechos en los otros artículos, de que saca tantas ventajas la Inglaterra, y ofrecer nuevas franquicias y premios a los que establezcan en la península fábricas de ellos; sin que el contrabando pueda impedir su consumo, a poco celo que haya pues como son efectos de volumen y de poco valor, son los menos a propósito para dicho comercio:
 

               

Lencería y Varios efectos

 

 

Que en la clase de lencería, no  tiene ni puede tener la metró­poli, no solo las necesarias pa­ra el comercio de América, si­no ni aún para la cuarta parte de su propio consumo, y que por consiguiente los excesivos derechos cargados sobre ellas, siendo como son unos efectos de general uso, y de necesidad, son gravosos al vasallo, impolíticos, y los que convienen el contrabando en la mayor parte en América, debiéndose por tanto reducir el mí­nimo posible, manteniendo solo las actuales re­glas, con respecto a los renglones de pintados, encajes e hilo de coser, por tener fábricas de los primeros abundantes, ser nuestros linos los más a propósito para los segundos, y porque el último puede dar ocupación a muchas muje­res en la Península, concediendo nuevas fran­quicias a las fábricas estable­cidas en Galicia y demás partes de la península, las cuales        tendrán siempre dentro de ella         seguro el consumo de sus ma­nufacturas: que por lo respec­tivo a los artículos de hierro, acero, clavazón, herramientas, instrumentos, máquinas, peltrechos marítimos, drogas-medi­cinales, etc., se debe hacer la misma reducción de derechos en los de producción extranjera, y de Vizcaya, para fomento de la agricultura y minería en América, aunque en el contrabando tengan poca parte dichos objetos, y que en los de vidriería, loza, mercería, etc. en que empie­zan nuestras fábricas a mejorarse, y a tomar fomento, podrán mantenerse las reglas existentes, como también en el papel de todas clases (pudiéndose ya prohibir el extranjero) y por ser objetos pocos al propósito al mismo tiempo pa­ra el contrabando

 

 

Aplicación de la propuesta providencia

 

Resumiendo lo dicho resulta: Que la pro­puesta medida de reducción de derechos, solo debe tener lugar en todos los géneros de lencería­                extranjera (a excepción       de los pintados, hilo de coser y encajes), en los de hierro, acero, clavazón, herramientas, instrumentos, máquinas, eltrechos marítimos y drogas        medicinales; que convendrá mantener el actual sistema, en la mercería, lo­za y vidriería extranjera y el de prohibición en los efectos de algodón, caldos y licor, ex­tendiéndolo para América, a las sedas de todo género extranjeras, a los paños, sombreros y al papel, y que respecto a las manufacturas de lana, se deben recargar de nuevos derechos, pa­ra fomentar las nuestras, y privar particular­mente a los ingleses de sus ventajas. Esta na­ción orgullosa y enemiga natural de las demás industriosas, lo ha sido siempre de la nuestra, ya por el poder marítimo a que podemos aspi­rar, y que exige nuestra situación local y la conservación de la América, ya por ser dueños del oro y de la plata, que ha procurado apro­piarse exclusivamente en todos tiempos, y por los términos más injustos y violentos, y ya úl­timamente por nuestras necesarias conexiones con la Francia, su rival, pues prescindiendo de los robos, las devastaciones y crueldades de to­do género, cometidas a fines del siglo 16 en América por el inglés Dracke y otros: de la adquisición de la Isla de Jamaica, a mediados del siguiente y sus establecimientos en el golfo de Campeche, asegurados por la paz de Breda en 1667, y de las que con motivo de la guerra de sucesión legitimo y exigió por la paz de Utrech en 1713, en la posesión de Gibraltar, de Mahon, y tratado de asiento: de la de las islas de Bahama y destrucción de nuestra escua­dra delante de Mesina en 1718, sin previa de­claración de guerra; del insulto hecho a Carlos 3º en Nápoles, en el de la guerra de la suce­sión austriaca, y de las nuevas cadenas que lo­gró poner a nuestra industria y comercio por el tratado del Buen Retiro de 1750; de las venta­jas que nos sacó por el de la paz de 1763; y últimamente de la adquisición importante de la isla de Trinidad, por la de 1802 (agravios y exacciones que ningún español amante del honor y prosperidad nacional, de la buena me­moria de Carlos 3º y de la Casa Reinante olvidará jamás). Si sólo nos detenemos en con­siderar el objeto de dichas adquisiciones y el uso que hacen los ingleses de ellas en América, respecto a los españoles, en tiempo de paz y guerra, hallaremos que es el que dejamos antes indicado. Piratas en el de guerra, persiguen, desnudan y aprisionan a los particulares inde­fensos en medio del mar, contra el derecho de gentes, y contra el de las naciones se apoderan de sus propiedades y personas, hasta en los buques neutrales. Seductores y malos vecinos en el de paz, faltando a la fe de los tratados, y a todos los principios de la justicia, fomentan en sus vecinos toda clase de fraudes y delitos, con tal que les sean productivos. En todos tiem­pos codiciosos, vanos e inicuos, es interés ge­neral de las naciones, y particularmente de la nuestra, castigar su injusticia, abatir su orgullo, y disminuir sus ganancias. Esto se logrará po­niendo obstáculos y gravámenes a su industria, y favoreciendo la de otras naciones extranjeras en cuanto sea posible, sin perjuicio de la nues­tra, con lo que se disminuirá también el con­trabando, como que en la mayor parte lo hacen con la lencería alemana, de uso general en la América

 

 

3ª Providencia, prohibición del comercio de negros las colonias extranjeras

 
 

La 3ª providencia es la absoluta prohibición de toda comunicación con las colonias extranjeras, y con especialidad el comercio de negros, pues siempre que éste se per­mita, u otro cualesquiera y no      se restablezca el antiguo rigor          de nuestras leyes, será un pre­texto para el contrabando. Así se experimenta en el día en el que se hace en Panamá, en vir­tud  de Real Orden: con una licencia para traer de Jamaica, 100 o más negros, y llevar el dine­ro necesario para su compra, se hacen muchos viajes, pues a pretexto de que no los han pro­porcionado, y de que les han hecho dejar allí el dinero, por no ser permitido el extraerlo, dicen que retornan en lastre, para volver cuan­do los haya. Repiten los viajes llevando siem­pre nuevas cantidades en moneda por alto, tra­yendo en cortas porciones los negros, bajo los mismos pretextos, hasta completar el N9 de permiso, y en cada uno de ellos vienen cargados de efectos que desembarcan en la costa, o en el mismo puerto de Chagres, presentándose después en lastre en el de Portovelo, a donde sacaron el registro. Lo mismo sucederá en todas partes, donde se permita el ir a buscarlos a las colonias. Por tanto aun cuando la introduc­ción y comercio de negros en América, se con­siderase conveniente, debería concederse a los extranjeros, y limitarse para los españoles, a que los trajeren directamente del África. Pero si se examina a la luz de la razón dicho comer­cio se hallará no solamente inhumano e injusto, sino también impolítico, particularmente en las actuales circunstancias. El mantiene una gue­rra eterna entre aquellos bárbaros, impide su civilización y es causa de los más atroces delitos. Los padres, los hijos, las mujeres, los maridos, se venden mutuamente, viven entre si llenos de desconfianza, se aborrecen, no pueden amarse y satisfacen su odio con la más vil de las venganzas. El ilustrado europeo desde las orillas del Sena, del Támesis, del Tajo, va a asechar estos instantes, a multiplicarlos, a pro­ducirlos y por el vil precio de unas chaquiras, de un fusil destructor, o de un poco de aguar­diente, compra un hombre, lo reduce a la clase de bestia de carga, lo trata como tal, y lo priva hasta en su descendencia del más sagrado de los derechos. Pero si el interés y la convenien­cia nos hacen pasar, y cerrar los ojos a estas razones de eterna justicia, abrámoslos a la vista de las naturales y precisas consecuencias que han producido ya estos excesos. Sesenta mil franceses aguerridos, capaces de conquistar un Reino en Europa, han sido víctimas, o recibido la ley de los negros en Santo Domingo, cuya isla han evacuado enteramente. Este nuevo imperio, difícil si no imposible de destruir, va a hacer bien pronto tributarias a las naciones europeas, en la América, como ya lo son de las de África. Los ingleses en Jamaica serán los primeros que recibirán el digno premio de sus actuales socorros, y el de su codicia; ¡cuántas veces corre en sus ingenios con el jugo de la caña, la sangre de estos infelices! Nosotros ex­perimentaremos igual mal en la isla de Cuba, y aun en muchas partes del continente, si no se pone término a la introducción de negros, si no se adopta un sistema para extinguir la esclavitud en América, y si no se trata de mejo­rar y confundir esta desgraciada clase con las fíe los demás habitantes. Pero ¿por qué principios los más opuestos, cuando se permite, se autoriza y se fomenta un comercio en que se encuentran tantos inconvenientes, una pobla­ción de bárbaros, de siervos y de enemigos naturales de los blancos, se ponen tantos estor­bos, o por mejor decir se cierran las puertas de nuestra América a los europeos extranjeros? ¿Será más productivo el trabajo de aquellos que el de estos? ¿Serán menos desafectos y temibles, que el laborioso suizo, el industrioso alemán, el honrado flamenco, el paciente irlandés, el sociable italiano? Cuando la bondad y fertili­dad del país, el amor a la propiedad, al suelo que cultivan y a su familia, no reconcilie a es­os con su nueva patria, sus hijos, sus nietos, no serán verdaderos españoles americanos. Pero los de los negros, cuanto más ladinos, ¿ no les será más pesado el yugo, no conocerán mejor sus fuerzas, sus derechos, los medios de recu­perarlos y no serán siempre nuestros más irre­conciliables enemigos? Los Estados Unidos de América se pueblan y se cultivan ¡sin negros! Una ley prohíbe su comercio, y otra pone tér­mino a la esclavitud de los existentes. Su suelo, su cielo, ni los mejores de Europa, son com­parables con la fertilidad, temperatura y sere­nidad de los de nuestra América. Imitemos pues su ejemplo: abramos ésta a los extranje­ros católicos, que quieran trasladarse a ella, ofreciéndoles tierras, y los auxilios más preci­sos para sus establecimientos; equilibremos con su número el de los negros, ya demasiado supe­rior al nuestro en algunas partes; seamos pru­dentes, humanos y cultos y demos a la Europa culta el honroso testimonio, de ser los prime­ros europeos en proscribir dicho infame comer­cio, y en tener colonias de ciudadanos en la América.
 

 

 

4ª Providencia, Prohibición en el comercio de puerto a puerto de los efectos extranjeros


 

 

La 4ª providencia que nos parece conve­niente tomar para disminuir el contrabando, es la prohibición, en el comercio de puerto a puerto, de los efectos de manufactura extran­jera     particularmente los de lencería lanería y los de todo género de quinquillería y mer­cería  fina.  Como estas clases  de efectos después de introdu­cidos clandestinamente, no se pueden distinguir de los de le­gítima introducción, que tampoco puede ser igual el celo en todas partes, y que es mayor la facilidad en unas que en otras para dicho ile­gítimo comercio; la propuesta medida pondría un obstáculo a su despacho, y consumo, y aun­que al mismo tiempo sería una traba para los traídos desde la península, además de que esta solo recaería sobre una industria extranjera, se podrían adoptar algunas disposiciones que la hicieren poco o nada agravosa al comercio de la metrópoli, ya concediendo a solo los pri­meros dueños que los condujeren el poderlos sacar, y llevar a otra parte para su expendio; y reduciendo dicha prohibición a un corto nú­mero de años; y ya limitándola a los puertos menores únicamente.

 
 

 

Ampliación de dicha providencia al comercio interior de los puertos menores


 

 

Para que dicha providencia produjere el deseado efecto debería extenderse en dichos puertos menores, a la introducción en las provincias interiores, de los expre­sados artículos de manufactu­ra extranjera, de modo que los que se llevaren de su clase desde los puertos habitados  de la península, a los de Mara­caibo, Río Hacha, Santa Mar­ta Portovelo y Panamá, deberían consumirse en sus respectivas provincias, sin poderlos in­ternar en las demás del Reino, las cuales se proveerían de ellos de solo la de Cartagena, quedando libre la circulación interior en todas partes para los nacionales. Esta providencia además de la ventaja propuesta para la con­tención del contrabando, tendría la de ser pro­ductiva a la Real Hacienda, respecto a que cuanto se introduce en dichos puertos menores, está exento de derechos lo que no sucede en el de Cartagena, como puerto mayor

5ª Providencia, Aumento de los guardacostas


 

La 5ª providencia es el aumento de estos buques guardacostas hasta el número de 12, re­duciéndolos todos a goletas de 50 a 60 toneladas­                hechas a propósito, veleras forradas en cobre, de poco             calado, manejables a remo y             vela, con un solo cañón gira­torio de grueso calibre a proa,    y cuatro pedreros, dos oficia­les       y 50 a 60 hombres de tripu­lación de estas matriculas, diestros en el manejo del machete, y propios para el abordaje. Es admirable el número y calidad de presas, que nuestros corsarios de Cuba, y otros franceses armados en dicha forma, han hecho a los ingle­ses. Durante la guerra última burlándose al mismo tiempo de sus fragatas de guerra, y ha­ciendo el corso, y cruceros sobre sus mismas costas y puertos. Citaremos entre otros al Ben­jamín Ritchard de 200 toneladas, con 16  cañones a 6 y 34 hombres de tripulación, apresa­do al abordaje por la goleta española la Isabel, de un solo cañón, 4 pedreros y 46 hombres; y la fragata Galatea, de porte de 360 toneladas, cargada de efectos, con 8 cañones de a 6 y 30 hombres, apresada igualmente por el falucho El Vizcaíno de 1 cañón de a 12 y 57 hombres, ambos conducidos a este puerto. Aun cuando los extranjeros hicieren en el día el contrabando como en otro tiempo en embarcaciones armadas, sería más convenientes las propuestas, que las que hay actualmente de 12 hasta 18 caño­nes, pesadas y poco a propósito para ir a Bar­lovento; pero haciéndolo en buques desarma­dos, y siendo éstos casi todos de españoles, es vista su utilidad y ventajas. Agregaré a esto, que con corto aumento en el gasto de las actua­les se podían mantener y tripular las 12 pro­puestas y atenderse al servicio debidamente, lo que no puede hacerse en el día, en una tan dilatada costa, con el número de 5 y de tan malas propiedades. Así es que las eluden los contrabandistas, o saben en tiempo de salida de este puerto para evitar su encuentro. Ínterin que no haya constantemente en ambas costas de Barlovento y de Sotavento, y en cada uno de los puertos, buques guardacostas que alter­nen en el servicio y reconozcan las embarcacio­nes que van y vienen, que entran y salen en ellos, no pueden esperarse lleven el objeto de su establecimiento, y se hará casi el mismo gasto
 

 

6ª Providencia: Establecimiento de  matrículas en los puertos habitados
 

 

La 6ª providencia que consideramos igual­mente necesaria es el establecimiento en los puertos de Río Hacha, Santa Marta y Portove­lo  de matrículas y de jefes de   ellas, independientes de los gobernadores y Ministros Reales     que hagan al mismo tiempo   de capitanes de puerto, y estén subordinados al comandante  de este aportadero. Además de lo importante que es para la defensa y conservación de la América, el fomento de la ma­rina militar, ya sea para reponer a nuestras escuadras destinadas a ella en tiempo de gue­rra, de los marineros que se desertan o mueren, o ya para rechazar los ataques de los enemigos, por medio del servicio de las lanchas cañone­ras, que son utilísimas para la defensa de las plazas marítimas (lo cual no puede esperarse, ínterin no haya en ellas un cuerpo arreglado de matrículas) el que nuestras embarcaciones  naveguen en adelante con las formalidades de­bidas de Real Patente, Real Decreto, y no con simples licencias de los gobernadores y Minis­tros Reales, manifiesta la propiedad de dicha medida. Pero si se reflexiona, que la interven­ción en su despacho de unos jefes independien­tes y émulos de la autoridad de aquellos; que su privativo conocimiento de cuanto correspon­de al armamento y navegación de los buques; y la absoluta y separada jurisdicción sobre su equipaje y oficiales, opondrán muchos obstácu­los al contrabando, y servirá de contención a los particulares, no quedará duda alguna sobre la utilidad u conveniencias de la propuesta providencia. Ella dará también la necesaria ex­tensión a la autoridad de este comandante de marina en los puertos y mayor facilidad para hacer el servicio de los guardacostas, remove­rá los estorbos que actualmente se le oponen en todas partes, y asegurará los medios de ad­quirir las noticias necesarias para perseguir dichos fraudes

 

Convendría cumplir dicho establecimiento al puerto de Maracaibo aun cuando aquella matrícula y Jefe de ella no estuviese dependien­te del de este aportadero, por pertenecer dicho puerto a la capitanía general de Caracas, a cu­ya marina debería agregarse.
 

 

7ª Providencia. Prohibición de navegar en lastre sín justa causa


 

 

La 7ª providencia también conveniente pa­ra contener el contrabando, es la de prohibir la navegación en lastre de los buques menores, sin causa justa probada para   hacerla. Aun cuando no fuera notorio el abuso que se hace de este arbitrio para dichos fraudes, son demasiado obvias    las razones que la acreditan de         sospechosa, y habiéndolas manifestado en el informe citado que acompaña­mos, omitimos el repetirlas.


 

 

8ª Providencia, Establecimiento de intendentes


 

 

La 8ª y última Providencia, que nos parece necesaria, no solo para reprimir dicho desor­den del contrabando, sino también para pro­mover                el fomento de la agricultura y comercio interior de       este Reino, es el establecimien­to en él de Intendentes, y           subdelegados de éstos en todas partes, principalmente en los puertos, que siendo independientes de los gobernadores militares, tengan la autoridad correspondiente y sean personas de probidad y luces para desempeñar dichos puestos. Dejamos indicada la utilidad que re­sulta al servicio público de la independencia y separación de las autoridades, y las dificulta­des que la emulación y choque de éstas, opone desde luego para las colusiones y fraudes, tam­bién es manifiesta la ventaja que resultará a la Real Hacienda de tener unos jefes propios e instruidos que atiendan exclusivamente de sus intereses y del fomento de la prosperidad nacio­nal de que aquella depende, y no se puede po­ner en duda que el estudio de la política econó­mica, y del vasto ramo de Hacienda, son en general forasteros a la mayor parte de los jefes militares, a quienes por otra parte, las atencio­nes del gobierno, de la Administración de justi­cia, de la guerra. Si las desempeñan debidamen­te, no les pueden dar tiempo para cuidar de éstos objetos y menos para adquirir sobre ellos los necesarios conocimientos. El establecimien­to pues de las intendencias traerá grandes ven­tajas a la causa pública, será útil y productivo al Erario Real, y opondrá muchos obstáculos al contrabando. Cooperando sus jefes y el supe­rior del Reino, con sus luces y autoridad, a los objetos del Instituto de este Consulado, se­rán mayores y más prontos dichos bienes. Pero para que esto se logre es indispensable mejorar y variar en alguna parte la presente organización de aquel cuerpo, que por los defectos de su constitución, y las circunstancias del país, es casi nula su utilidad, lo que nos proponemos manifestar en otra Memoria18
 

 

Conclusión

 

Deseamos haber desempeñado en la pre­sente cuanto por la Real Orden se pregunta relativo al contrabando, y propusimos al prin­cipio Creemos que para com­probar su consideración y pu­blicidad en estos seis años últimos, no se pueden dar unos datos más seguros, que nues­tros   citados de 1788: el que hemos formado del valor que en frutos y dinero anualmente se acopian y ex­portan para Europa, y los respectivos al comer­cio de importación y exportación con la metró­poli, en los dos años últimos de Paz de 1802 y 1803. De su mutua comparación resulta de­mostrado que la actual importación que se hace por el contrabando en efectos de manufactura extranjera, importa anualmente la cantidad de tres millones de pesos, respecto a que nuestra exportación asciende en el día a 4.200.000 pesos, y a que de la metrópoli solo se ha reci­bido el valor de 1.200.000 pesos, que el fisco­ es defraudado en un millón de pesos en cada año por los derechos que debían cobrar en Es­paña y América, sobre dichos efectos, a razón de 33 1/2%, sin incluir los correspondientes al dinero y frutos de la exportación clandestina, la cual debe ser igual a lo menos a la importa­ción, y finalmente que este vasto giro, no puede dejar de ser público, ni hacerse sin la coo­peración de los que inmediatamente están encargados de impedirlo. Hemos indicado las causas que dieron lugar a este desorden duran­te la guerra, y puntualizado las que lo han man­tenido, y aumentado después de la Paz. Final­mente hemos propuesto los medios que nos han parecido más proporcionados a éstas, y bastan­tes, cuando no a curar el mal de raíz, al menos a contener sus progresos, y a disminuirlo con­siderablemente. Porque si la infidencia de los Ministros y Jefes: el aliciente de la ganancia en los particulares: la seguridad y facilidad de la navegación a las colonias extranjeras y la reunión de las autoridades en unas solas ma­nos en los puertos, son las verdaderas causas del contrabando: removiendo a los primeros de sus empleos, y castigándolos debidamente: reduciendo los derechos como puede hacerse sin perjuicio de la industria nacional, en los efectos de lencería extranjera, que forman la base principal del contrabando: prohibiendo bajo graves penas toda comunicación con di­chas colonias y con especialidad del comercio de negros: reduciendo el de efectos de manu­facturas extranjeras en los puertos menores al consumo de sus respectivas provincias aumen­tando estos guardacostas a un número compe­tente y haciéndolos proporcionados al objeto de su instituto: estableciendo matrículas y jue­ces de ellas en todos los puertos: limitando la navegación en lastre a casos precisos; y crean­do en este Reino como en los de México y el Perú, intendentes y subdelegados de la Real Hacienda, independientes y separados de los gobernadores militares particularmente en los puertos de mar, desapareciendo en la mayor parte dichas causas, se disminuirán otras, y el mal no será tan grave, ni tan perniciosos sus efectos. No son éstos solamente los que sufre la Metrópoli en su agricultura, en su industria, en su navegación, en su comercio, los que ex­perimenta la Real Hacienda en sus intereses ni los que padecen los comerciantes honrados en los propios: hay otros mayores que tienen su origen de aquel mal, que tienen más íntimo con el orden social y que deben llamar toda la atención del gobierno. Tales son la corrup­ción de costumbres y de la moral pública que en todas partes se experimentan, a causa del contrabando? Que es en efecto un contraban­dista, sino un facioso, un hombre en relación y conexiones con el enemigo, un ladrón del Erario que igualmente atenta contra la fortuna pública que contra la particular, en una pala­bra un antisocial como su delito? Y cómo de­finiremos al magistrado que mantenido para guardar los intereses de la nación, rodeado de respetos y de autoridad para defenderlos, y honrado con grados, distinciones y premios pa­ra promoverlos, los mira con abandono, los permite defraudar, y los roba el mismo? Será un ingrato, un refractario, un infame, o un monstruo? Si la pureza de las costumbres pú­blicas se forma, y se compone de las de los particulares, en un país donde se ha hecho, y se hace un contrabando tan considerable, y con los enemigos de la nación, cuántos habrá de éstos y de aquellos malvados? Y unos hom­bres, cuya primera máxima de conducta es el tener, sin separar en los medios, a quienes do­mina la codicia, la más vil de las pasiones y propia solo de almas bajas, serán buenos padres de familia, fieles vasallos, amigos del bien pú­blico, jueces íntegros y celosos? Su ejemplo, sus conexiones, su influjo, su interés en co­rromper a los demás, cuánto daño no habrán hecho en todas las clases y órdenes del Estado? Así es que cada día se ven excesos de todo género: que el juego, el lujo, el libertinaje y la irreligión, hacen tantos progresos: que la intriga, el interés personal y la mala fe, inter­vienen en muchos negocios, y los dirigen: que el soborno y el cohecho han profanado tantas veces el santuario de la justicia: que el servicio público se halla desatendido, los talentos despreciados y la virtud combatida. Así es que és­tos hombres venales, creen que con el fruto de su infidencia, no solo podrán mantener la per­manencia de sus puertos, sino también aspirar a otros mayores; tal es su audacia! Tantos ma­les nos han venido de no haberse abierto este puerto, durante la guerra última a las naciones neutrales, como se hizo con los de la provincia de Caracas, isla de Cuba, y otros de América, y lo pidió este consulado. Con esta necesaria y útil providencia se hubiera evitado en la ma­yor parte el contrabando, la Real Hacienda habría tenido considerables aumentos: los ene­migos de la nación menores recursos, y la causa pública grandes ventajas; quiera Dios que todo se remedie y que esta triste experiencia nos ha­ga en adelante más prudentes!

 

 

 

 
 
La Real Orden que aquí se expresa fue comunicada a este consulado, cuya Junta de Gobierno nos dio el encargo y a D. Enrique Rodríguez de evacuar el informe pedido por S. M. cuando dimos cuenta de lo ocurrido con este motivo, ofrecimos emprender el presente trabajo
 
 
El Estado de los frutos y dinero que anualmente se acopian en éste y demás puertos del virreinato (excluso Guayaquil) y que se extraen para Europa por las embarca­ciones de la Península, y por las del contrabando a las colo­nias extranjeras, que ascienden a 4.200.000 pesos; los 3 millones en efectivo, y 1.200.000 pesos en frutos, está arre­glado a los precios que tienen actualmente en el comercio dichos frutos, a los valores que anualmente se acuñan en las dos casas de Moneda del Reino y al que se exporta en pasta y plata para España. Para demostrar que el valor actual de nuestros frutos disponibles, excede del millón y dos­cientos mil pesos computados en dicho estado, bastará ver en el Nº 3 de la Exportación para España en 1802 y 1803, que los frutos ascienden a la suma de 1.558.721 pesos por los aforos de Aduana, a que agregados sobre 500.000 pesos de algodón de Girón y Provincia de Santa Marta, extraído para colonias por este puerto en dicho tiempo; 150.000 pe­sos valor del palo llevado a las mismas desde dicho puerto y el de la Hacha; y además lo que en cacao, cueros, añil, platina, perlas y otros frutos se conduce anualmente a las dichas, se reconocerá la exactitud y verdad del citado Resu­men Nº1 y no se podrá dudar que la importación de efectos sea igual cuando menos a su total valor.
 
 
Todas las providencias que proponemos para el fo­mento de la agricultura y minería de la América, las consi­deramos no solamente utilísimas, sino también necesarias.
Por lo que respecta a las que al parecer son gravosas a la Real Hacienda, manifestaremos: que lo que esta gaste en abrir algunos caminos para facilitar la comunicación inte­rior, en mejorar los actuales y la navegación de los Ríos principales, lo resarcirá con ventajas con lo que le producirá el comercio interior, y el comercio de la agricultura: que el privilegio de extracción y derechos de preferencia, que se da al fisco en América (y no tiene en España) es contrario a los principios de justicia y la ruina de muchos vasallos: que prescindiendo de lo que sienten los buenos economistas del sistema de estancos, éstos en la América, en que debe fomentarse por todos los medios posibles la agricultura, le oponen un obstáculo invencible lo cual lo tiene reconocido el gobierno en otras colonias, respecto al de aguardiente, como en la provincia de Caracas, las Floridas, Habana, Puerto Rico, etc., en que no los hay; y donde los haya no pueden prosperar los ingenios de azúcar, como que no tiene aplica­ción la miel de purga, además de que la fábrica de aguar­dientes por cuenta de particulares, sería un ramo utilísimo a la navegación; e imponiendo un módico derecho sobre cada alambique de destilación, podría el Erario percibir el actual pequeño importe líquido de lo que le producen dichos es­tancos en las provincias marítimas, y lo mismo debería adoptarse respecto al de tabacos, gravando proporcionalmen­te cada arroba o libra que se exportase en América y sería un ramo de cultivo considerable, de mucha utilidad a la navegación de la península y que entraría desde luego en la Balanza del Comercio Extranjero en Europa, cuyas con­sideraciones y las vejaciones de todo género que experimen­tan los que lo cultivan, nos han obligado a proponer su extinción, aunque limitándola solo a las provincias maríti­mas: que el derecho de capitación o tributo de los indios, no solo los tiene sujetos y dependientes de los corregidores y curas, en los términos más abusivos, sino también envilecidos­ de modo que negros y muletos libres, se consideran mejores que ellos, y los desprecian impidiendo dicho dere­cho su unión y mezcla con las demás castas, y por consi­guiente su civilización, lo cual por el hecho de libertarlos de dicha contribución, y darles terrenos en propiedad se facilitaría; y sujetándolos a las contribuciones de los demás habitantes, la Real Hacienda resarciría el producto actual de dicho derecho: finalmente que por la mala elección de empleados y jefes, se experimentan los perjuicios y males en el día, que se han indicado en esta Memoria, además del contrabando. Tampoco estará además añadir aquí que la situación de algunos pueblos en el interior en pasajes pan­tanosos y malsanos, la absoluta falta de medios, pues no hay en todo el Reino, una sola cátedra de medicina, y la mala distribución de los terrenos, impide los progresos de la población, a pesar de la admirable fecundidad de las mujeres en esta parte de la América, y que par tanto con­viene mudar a aquellos a mejores situaciones, establecer estudios de medicina y mandar repartir los terrenos que estén sin cultivo, aun cuando tengan dueños; que sin cono­cimientos no pueden cultivarse las tierras con propiedad, y menos trabajar las minas, y que el establecimiento de escuelas de primeras letras y de agricultura en todos los pueblos, el de estudios de dibujo, matemáticas y química en las ciudades principales, y el de papeles públicos y sociedades patrióticas que difundan y promuevan estos conocimientos en las capitales de las provincias, es absolutamente necesa­rio. En todo el Reino no hay en el día ninguno de estos establecimientos, ni más imprentas que una mala, y casi sin ejercicio en Santa Fe, y otra cuyo uso se ha permitido, no alcanzamos por que, y propia de este consulado. No tiene de fecha 2 años el establecimiento de la Bahía Botánica en la Nueva Holanda, compuesto en la mayor parte de crimi­nales, y ya hay en él una gaceta y periódico, de que carece­mos nosotros después a tres siglos que somos dueños de esta América, la mejor parte del globo.
 
 
5Para comprobar de otro modo la moderación del cálcu­lo de 24 millones de pesos importe del contrabando en los seis años últimos; los 12 de introducción de efectos y los otros 12 de exportación; supongamos que nuestros frutos y caudal disponible desde 1797 basta 1803 inclusive ascendiese solo a la suma anual de 4 millones (en lugar de los 4 200 pesos que manifiesta el Estado Nº 1) los cuales en los siete años componen la suma de 28 millones de pesos. Deduzcan de éstos los 6.200.000 pesos, total importe de lo extraído para la península en 1802 y 1803 (Estado Nº 3) incluso el valor de las dos expediciones de Santa Marta y el de lo sacado de cuenta de la Real Hacienda: rebajemos también otros 4.600.000 de pesos de exportación legítima durante los 5 años de guerra de 1797 a 1801 respecto a que el derecho de avería durante todo este tiempo en los Puertos del Hacha, Santa Marta, Cartagena y Portovelo ascendió a 46.000 pesos que corresponden a un capital de 9.200.000 pesos, comparando la mitad de este valor correspondiente a la exportación dicha, y demos además por extraídos fuera de registro en oro en los buques correos, corsarios y de comercio, para nuestro giro de La Habana en dicho tiempo, 1.200.000 pesos. unidas estas tres partidas, componen la suma de solos 12 millones de pesos que deducidos a los 28 presupuestos, aún nos queda un déficit de 16 millones, ex­traídos por el contrabando, en lugar de los 12 calculados. Si hacemos esta misma operación con respecto a la impor­tación, será mucho mayor el descubierto, y más sensible la moderación de los 12 millones que se suponen introduci­dos, pues solo tendremos de legítima importación los 2.400.000 pesos recibidos de España en 1802 y 1803 (Estado Nº2 ): los 4.600.000 pesos mitad del valor total del giro durante los 5 años de guerra y 1.200.000 pesos que se deben agregar a este importe por el que se supuso extraído en moneda fuera de registro para La Habana en dicho tiempo, que todo asciende a la cantidad de 8.200.000 pesos en los siete años. Más siendo nuestros comercios, aún en 1788, en que te­manes un tercio menos de medios, de 3 millones anuales de efectos de Europa, computándolos por solo ésta regla en los 7 años deberían importar 21 millones de pesos, de que deducidos los 8.200.000 pesos antes dichos, la diferencia excede a los 12 millones presupuestos. Si a esto se agrega que mucha parte de dicha introducción, que se supone le­gítima, se ha hecho en buques con registros falsos, proce­dentes de los puertos enemigos, y que de la exportación, una aún más considerable ha ido a parar a los mismos, can­celándose las fianzas de los registros con cumplidos también supuestos, se conocerá mejor la moderación de nuestros de­rechos calculados. Últimamente el bajo precio que han te­nido los efectos de manufactura extranjera particularmente de lencería en los años últimos de la guerra, y los que tienen en el día acredita que se han introducido aún más de los que podían consumirse.
 
 Se cree que aumentando los sueldos a los empleados se asegura su fidelidad. Lo que se adelanta es gravar la Real Hacienda, pues los hombres solo se contentan con lo que tienen cuando son honrados. La dotación de los oficiales reales de Santa Marta, se aumentó considerablemente a principios de la guerra, y el desorden nunca ha sido tan grande como después de aquella gracia.
 
 Parecerá increíble cuando decimos en este párrafo relativo al tratamiento que experimentan los buques del Rey Los siguientes hechos que hemos escogido por recientes, y que sabemos por el actual jefe de esta marina don Miguel de Irigoya no dejarán duda alguna sobre la verdad de lo expuesto.
En el mes de julio último el Bergantín de S. M. El Cartagenero, mandado por el teniente de fragata don Domingo Monteverde, hallándose en el puerto de Santa Marta, vio venir a él una goleta, que pareciéndole por sus manio­bras, sospechosa, envió a reconocerla al tiempo de entrar en él. De este acto resultó que dicha goleta que se llamaba San Francisco Javier, venía de arribada, estaba cargada de palo brasilete, aunque por sus papeles dados en aquel puerto, navegaba en lastre y que su capitán era francés. Llevado éste y su tripulación al bergantín, confesaron iban a Jamaica y que la carga la habían tomado en el mismo puerto. Reclamó desde luego aquel gobernador dicha presa, como pri­vativa de su autoridad, a causa de ser hecha dentro del puerto, y sosteniendo con el más decidido empeño su soli­citud, logró que dicho oficial se la entregare con la gente, bajo la obligación de tenerlos a la disposición del superior, reservándose en sí el sumario que había hecho. A los tres días ya se paseaba el capitán francés y poco después de la salida del Cartagenero para ésta, navegaba la goleta, la cual ha sido nuevamente apresada en el puerto del Hacha, por el guardacosta El Volador, en el mes de febrero pasado, con otro cargamento de palo brasil y cueros, que llevaba tam­bién para Jamaica! En dicha ocasión se dificultaron al co­mandante del Cartagenero, los víveres que pidió, y no tenía; y a no haber dado la casualidad de entrar en dicho puerto de Santa Marta, la Urca Polonia, y facilitándole su coman­dante los que necesitó, habría tenido que esperar que se los envíen de ésta.
En el mes de noviembre pasado, el mismo bergantín Car­tagenero, mandado por el capitán de fragata graduado don José Ortiz Canela, después de haber reconocido a la vista de Santa Marta, y con su bandera larga a una embarcación que había salido de dicho puerto se dirigió a él des­pués de puesto el sol. Le hicieron fuego desde el castillo del Morro con este pretexto y estuvo para perderse el buque del Rey, tan conocido en aquel puerto, pues su comandante se vio precisado a ir al castillo en su lancha para evitar mayores daños! Durante su permanencia allí, se le presentó a dicho Canela, el capitán de una goleta que iba a salir y preguntado por su destino y carga, le dijo se dirigía a Coro en lastre. Mandado reconocer el buque, se halló cargado de frutos, y reconvenido el capitán con lo que había dicho al comandante Canela, respondió había sido equivocación y que tenía registro. Pedido éste, que en algunas horas no encontró el capitán, lo hizo de un pequeño pliego, rotulado a los ministros de Real Hacienda de Coro, el que no estaba pasado por el correo, y menos rubricado por los de Santa Marta. Presentado a éstos dicho pliego, por el referido Ca­nela, le aseguraron era el registro y que por inadvertencia no se había franqueado, ni rubricado, con lo que impidieron todo ulterior procedimiento.
En el mismo mes de noviembre la goleta volador del mando del teniente de fragata, don Antonio Gastón, habien­do entrado en el puerto del Hacha, y advertido en él una goleta sin bandera, envió a su 2º a reconocerla y hallando éste por sus papeles que era inglesa nombrada el Despacho (The Dispacht) que su capitán también inglés estaba en tierra, que era el 4º viaje que hacía desde Jamaica a aquel puerto, con carga de efectos, y que la que había conducido últimamente la había desembarcado a la mitad del día, según estaba anotado en el diario de la navegación que le aprendió; la marina y remitió a bordo del volador la poca gente que tenía. Reclamó al instante ésta, y el buque aquel gobernador y negándose Gastón a entregárselos, envió un cabo y 6 hom­bres armados para que se apoderasen de la goleta, lo cual no consiguieron, y para evitar otra violencia la hizo dicho Gastón poner luego a la vela para ésta, en donde se declaró por buena presa.
 
 
 Para mayor comprobación de la publicidad del, contrabando en Santa Marta, y que se pueda formar el debido concepto de su consideración, referiremos lo que nos han dicho, dos sujetos veraces del comercio, que han estado allí últimamente, y ambos regresan a España, donde si fuesen preguntados no se excusarán a repetirlo en cualesquiera forma, pues conocen que éste es un mal público.
El 1º es don Josef Prast, capitán y dueño del bergantín Los Cuatro Santos, que habiendo tocado en dicho puerto de Santa Marta, en. octubre último, y deteniéndose como dos meses, en este tiempo encontraron allí 8 embarcaciones de colonias extranjeras, unas que habían desembarcado su carga en la costa, y otras que la trajeron al puerto. De éstas supo que una que se llamaba la goleta Amarilla, había conducido 600 tercios de ropas de lino y de algodón, y algunos frutos, y otra nombrada el Santo Cristo, había desembarcado sobre 300 tercios de los mismos efectos y porción de cajones toscos.
El 2º es D. ventura Mandrí, Maestro del bergantín Se­rrano de Cádiz, que tocó en Santa Marta en noviembre úl­timo, y estuvo allí unos pocos días, antes de venir a ésta, quien dice vio descargar los tercios de los buques proce­dentes de colonias, a la mitad del día, llevarlos en caretas por las calles, y venderse públicamente toda clase de efectos prohibidos.
Finalmente el que podrá informar mejor de estos des­órdenes, es don Dionicio Crespo y Peña, ex provisor del difunto obispo de dicha de Santa Marta dn. Fr. Eugenio Seré, que se: vuelve a España, y también don Pedro Pablo Viñolas del Comercio de Barcelona, que ha estado en dicha,y en Mompós, últimamente.
 
 
Para dar una idea del contrabando que se hace por el puerto de Chagres cual es trascendental al Perú, bastará decir: que de tres a cuatro millones de pesos que se han introducido en Panamá, en los cuatro años últimos, en plata fuerte, de los puertos del Callao, Paita, Trujillo y Guaya­quil, no se han extraído por el de Portovelo ni 800.000 pesos en dicha especie en partida de registro durante el referido tiempo, y que lo remitido a España en plata fuerte después de la Paz no pasa de 200.000 pesos.
 
 
 
 Uno de los buques destinados a llevar y traer noticias de Jamaica durante la guerra, además de las goletas Lu­cero, Isabel, Dolores, Carmen, era la Fanci. Esta en su 4º o 5º viaje fue apresada por el guadacosta la Nanci, del mando del teniente de fragata don Miguel Barabru sobre las islas del Rosario, inmediata a este puerto, a donde se dirigía a depositar su cargamento, el cual después de una competencia fuerte entre el gobierno y la marina, se mandó vender en pública subasta, y se nos remató en la cantidad de 80.000 pesos, incluso el derecho de alcabala. Lo más no­table en dichos buques conductores de pliegos, era que además de las ropas que conducían e introducían por alto, o con permiso, entraron libremente por la aduana efectos prohibidos por extranjeros como bacalao, licores, vinos, aguardiente, cer­veza, sidra, aceite, harina, loza, cuchillos-belduques, berme­llón, lacre, cintas de cáñamo y lana, hilo de carreto, plomo, pañuelos de zerbilla y otros efectos, según consta de los asientos de dicha aduana.
Entre los diferentes buques que han entrado en este puerto con registros falsos, citaremos la Balandra San Juan Nepomuceno, que en noviembre de 1798 trajo un cargamen­to de ropas, como procedente de Santo Domingo, y se ven­dió en 140.000 pesos por su capitán testaferro don Maria­no Olazo. Cuando entró este buque en el puerto, y durante todo el tiempo de su permanencia en él, hasta su salida, estuvo a la vista un corsario enemigo que desde luego lo trajo, y llevó a su destino. Descargó y cargó con la mayor celeridad y salió inmediatamente sin recelo alguno. Entre los efectos que introdujo por la aduana dicho buque fue­ron: 150 docenas de cuchillos belduques: 63 piezas listados de algodón, 51 docenas de pañuelos idem y 9 piezas de li­mones todos prohibidos. Sabemos privadamente que dicho buque no vino de Santo Domingo, y siendo constante que el mismo Olazo, fue después a Veracruz en agosto de 1799 en una goleta con bandera dinamarquesa desde Jamaica, con un cargamento de ropas, y el pretexto de llevar noticias al virrey Marquina, y que este la mandó embargar, y vender el buque y carga, no puede quedar duda sobre la proce­dencia y destino de la anterior.
De los buques que salieron durante la guerra, con carga de frutos para nuestras colonias no dudamos asegurar que una tercera parte, o la mitad de ellos, fueron a Jamaica y que con cumplidos falsos se han cancelado sus fianzas.
 
 
En 4 de diciembre de 1801 introdujo en este puerto don Juan Jover, capitán de la goleta Princesa Isabel, corsarío de Cuba, perteneciente a don Josef Díaz, una fragata y un bergantín nombrados María Josef y el Susana, carga­dos de cacao, que según su registro iban para Veracruz des­de Maracaibo, pero que navegaban unidos, con pasaportes ingleses y se dirigían a Jamaica, para donde eran concedidos.
El corsario sorprendió a la fragata, y el capitán de ésta teniéndolo por inglés, le presentó desde luego dicho documento en virtud del cual la apresó y también al bergantín, que botó sus papeles al agua. Esta causa ruidosa y extraordinaria, se halla pendiente en apelación en la corte; la citamos y a di­chas presas, en comprobación de lo expuesto acerca del puerto de Maracaibo, y de lo antes dicho de este de Carta­gena, y debe verse.
 
 
La providencia dé visita que indicamos, al final de este párrafo, es absolutamente necesaria para la averiguación de tantos fraudes, separación de los empleados delin­cuentes y nuevo arreglo de oficinas.
 
 No teniendo nosotros ningún establecimiento en el golfo de Curazao, en las costas de Malabar, Coromandel  y Oxixa en Bengala, Malacar, Siam, etc., siendo los ingleses dueños de los principales mercados, poseyendo lo inmenso territorio en esos países, y dominando casi exclusivamente en todos ellos, los efectos que allí se fabrican, y sus producciones, no los pueden adquirir los agentes de nuestra com­pañía de Asia, sino de 2ª o 3ª mano, de inferior calidad, y los derechos de aquellos, y de las demás naciones que tienen algún establecimiento. Esta diferencia, este recargo, el de los mismos agentes, el de conducción a Manila, y después a España, los derechos con que están gravados y los demás gastos de la compañía, triplican el precio de los efectos y no pueden tener concurrencia con los que acopien y traen a Europa los extranjeros, particularmente los ingleses. Por tanto parece lo más acertado fomentar el cultivo de aque­llas producciones y establecer fábricas, particularmente de algodón, en Filipinas, y en las provincias interiores de América, donde abunda dicho fruto, y la mano de obra es aún más barata que en España! Así no solo no dependeríamos del comercio extranjero en esta parte sino que nuestros artefactos si se perfeccionaban podría tener concurrencia con los que ellos acopian, y se fabrican en sus posesiones en la India. Con estos fundamentos hemos insinuado en este párrafo el establecimiento dicho de fábricas de efectos de algodón en América y Filipinas.
 
 
Citaremos como una prueba de que los efectos de lencería forman la base principal del contrabando, el comiso, de que antes hablamos de la goleta fánci y compramos en 80.000 pesos los cuales 27.000 eran de lencería, 30.000 de algodones, 6.000 de sedas porque entonces nos faltaban las de España: 3.000 de lanas y mercería y los 4.000 restantes importe del buque y derechos.
 
Estamos persuadidos como el que más, que los prin­cipios liberales son los únicos capaces de dar actividad al comercio, perfeccionar la industria y llevar la agricultura a aquel grado de adelantamiento que es necesario para que prosperen aquellos ramos y sea feliz una nación. Así cuando vemos que 8 millones de habitantes en Inglaterra y cinco o seis en los Estados Unidos de América, dan unos productos anuales de 40 y 30 millones de pesos, en frutos de su suelo, que exportan para el extranjero, nos afligimos de que más de un millón y medio que hay en este Reino fértil y rico en producciones naturales, apenas tenga el sobrante de 1.200.000 pesos en frutos, cuando debían ascender lo menos a ocho y que aquel pequeño producto y el de nuestras mi­nas, se lo lleve en la mayor parte el extranjero por el con­trabando Solo este mal grave y público nos ha podido de­cidir a proponer la traba de prohibir el comercio de efectos de manufactura extranjera desde los puertos menores en el de puerto a puerto y con las provincias interiores que se expresa en este párrafo.
La ventaja que en él se anuncia, debe resultar a la Real Hacienda de dicha providencia, o por mejor decir, la razón en que la apoyamos, parece que contradice lo que antes aseguramos, sobre la pérdida que experimentaba el fisco por el contrabando en los derechos que deja de cobrar, pues siendo libres tanto a la salida de España, como a su entrada en América, en los puertos menores, los efectos extranjeros, no es exacta aquella cuenta, ni tampoco la utilidad que se supone del contrabandista en su ahorro. Pero si se reflexiona que lo que se consume de dichos efectos en los puertos me­nores es de corta consideración: que para llevarlos a los mayores, o introducirlos en las provincias interiores, deben justificar todos los derechos que dejaron de pagar en España y América, y que no teniendo los contrabandistas abonos para hacerlo en forma, lo hacen con guías falsas, para pasar por los puertos del tránsito hasta llegar al de su destino, en que siendo lugares abiertos, y sin resguardo, como los de la salida, los introducen de noche, sin presentar aquellas, ni exponerse a la comprobación de este nuevo fraude, resulta el efectivo perjuicio del fisco y el de la utilidad dicha del contrabandista. Diremos también que la propuesta medida contendrá el fraude dicho de las guías falsas y los que se cometen con los abonos para sacarlos en registro, o con guías legítimas para otras partes. Últimamente añadiremos que no tenemos por buena policía, la de haber igualado en los puertos menores los efectos extranjeros con los nacionales, libertando aquellos de todos derechos.
 
 
 
 La providencia de aumentar el número de estos guar­dacostas, se propone también al Virrey en el informe citado. En el se limitó a solo 8 buques con concepto a que las circunstancias de la guerra no permitían extender el corso más allá de Santa Marta y de Portovelo. Pero debiendo en el día hacerse hasta el Hacha, y Coro a Barlovento, y hasta Nicaragua y Trujillo, en virtud de Real Orden, a Sotavento, hemos ampliado su número al de 12.
 
 El establecimiento de matrículas que proponemos, solo debe tener lugar en los puertos, ser voluntario el alistamiento y limitado a toda clase de gentes que se ejercite en la nave­gación y pesca. Lo demás sería quitar brazos a la agricultura, de que ante todas cosas deben cuidarse. Por este principio convendría extinguir las milicias, que causan tantos vejáme­nes a nuestros labradores, o cuando más limitar éstas en los artesanos y gente ociosa de las ciudades marítimas y demás pueblos del interior, eximiendo de ellas a los labradores.
 
Tenemos hecho en mucha parte el trabajo que anuncia­mos en este párrafo el cual hemos emprendido con preferencia a otros, deseosos de contribuir al beneficio público
 
En circunstancias de temerse una nueva guerra con la Inglaterra, no debemos dejar de recomendar la importancia de abrir los puertos de América a las naciones amigas, por el tiempo de su duración, si aquella se verifica prohibiendo absolutamente las producciones y efectos de manufactura inglesa .En el informe adjunto se manifiestan las razones de necesidad, de justicia y de utilidad para la adopción de dicha medida, sin las restricciones de la Real Orden de 18 de noviembre de 1797. Casi al mismo tiempo que extendía­mos dicho informe se publicaban en Filadelfia en 1800, las Observaciones sobre el comercio de España con sus colonias en tiempo de guerra que se atribuyen a nuestro Ministro cerca de los Estados Unidos del Sr. Dn. Carlos Martínez de Irujo, aunque de su contexto parece se manifiesta lo contrario. Sea quien fuere su sabio autor, es un papel lleno de luces, de reflexiones juiciosas, y de útiles observaciones, en que se demuestra con los mejores principios de economía polí­tica, con el ejemplo de las demás naciones que tienen colo­nias, y con nuestra experiencia propia, atendidas todas las circunstancias, la conveniencia y necesidad del comercio de los neutrales en la América durante la guerra. La coincidencia de sus ideas con las nuestras, el modo claro y distinto con que las desenvuelve, y manifiesta en todos sus puntos de vista, la convicción que dejan sus razonamientos, y sus jus­tas declaraciones contra el egoísmo e ignorancia del comer­cio de Cádiz, que ha causado tantos daños a la América, y a la Nación entera, nos hicieron leer con placer tan apre­ciable obra. Deseamos sea conocida, y que se tenga pre­sente para dichos casos. El bien de la América, el de la Es­paña, de la Real Hacienda, y de la Nación entera piden se adopte desde luego en ellos dicha providencia.

 

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