Compendio Histórico –
Descubrimiento y colonización de la Nueva Granada.
Coronel Joaquín Acosta.
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CAPITULO XII  

 

Prosigue Quesada su descubrimiento.—Atraviesa el río Saravita, y pasando por Moniquirá y Tinjacá, suben los españoles la cordillera.—Llegan á Guachetá, Suesuca y Nemocón.——Primer contacto con las tropas del Zipa.—Apoderanse de sus almacenes de guerra y boca.—-Desampara­ éste su capital.­-Residencia de los españoles en la planicie de Bogotá.--Expedición y combate con los panches. —Marchan luego en solicitud de las minas de esmeraldas, y descubren los llanos de oriente.— Entran en los términos del Zaque de Tunja.—Minas de Somondoco.—. Exploración de los Llanos. —Entrada en Tunja y prisión del Zaque.—— Incendio del templo de Sogamoso. --Combate de Bonza.—Expedición al valle de Neiva.  

   

Nuestros sean su oro y sus placeres.  
Gocemos de ese campo y ese sol;  
!Hurra ! Volad: sus cuerpos, su tesoro  
Huellen nuestros caballos con sus pies.

ESPRONCEDA, Poesías.

   

Luego que hubieron reposado algunos días de las fatigas del penoso viaje del Magdalena, levantaron los españoles el campo de Cipatá y descendieron al fondo del valle, por donde. corre el río Saravita, de rápidas corrientes, á que dieron el nombre de Suárez que hoy conserva, por haber estado á punto de ahogarse, al esguazarlo, el caballo del Capitán Gonzalo Suárez. Fué tanto el asombro que la vista del escuadrón europea causó en los habitantes de aquella comarca, que algunos se quedaban inmóviles y como pasmados sin poder huir, ni moverse, ni acertar á articular una sola palabra; otros se prosternaban, y, pegando el rostro contra la tierra, no lo levantaban ni por golpes ó amenazas, prefiriendo la muerte á tan espantosa visión. Excepto los naturales del valle de Aburrá, hoy Medellín, en la provincia de Antioquia, que se ahorcaban de pesadumbre á la vista de los españoles, en ningún otro lugar hemos observado que hiciera tan profunda impresión la entrada de los castellanos y sus caballos.

Después que pasaron. á la orilla derecha del río  Saravita, que sale de la. laguna de Fúquene y va á juntarse con el Sogamoso para entrar juntos en el Magdalena, subieron a la loma limpia y llegaron en seguida al valle de Ubasá. Hallaron abandonado el pueblo, pero con muchas provisiones en las casas, y aun venados muertos y desollados, como si se hubieran preparado adrede, para alimentar los prodigiosos huéspedes que se temían y se veneraban al mismo tiempo. Pasaron luego á las tierras de Zorocotá, é hicieron noche en un pueblo en donde fueron molestados por insectos desconocidos para ellos, las niguas (pulex penetrans), que, sin la buena voluntad de algunas indias que se las extrajeron de los pies con los topos ó alfileres con que prendían sus ropas, habían, cuando menos, detenido su marcha por algunos días. Al cuarto día llegaron á Turca, que llamaron Pueblo Hondo por estar en lugar bajo, marchando siempre al sur en demanda de los pueblos en que se fabricaba la sal. Habían conseguido que algunos indios los siguieran voluntariamente cargando el bagaje. Pasaron por Moniquirá, Susa y Tinjacá; hallaron mantas, algunas esmeraldas, crecida población y temperamentos deliciosos. El día 12 de Marzo de 1537 llegaron á Guachetá, á que por esta razón dieron el nombre de San Gregorio, después de haber pasado el General nueva revista y prevenido segunda vez estrechamente á su tropa por bando militar la conducta más pacífica con aquellos moradores, dando por razón que si los reducían á desesperación por mal tratamiento, siendo el número tan considerable, en un levantamiento general no escaparía un solo español con vida, estando á tan larga distancia de los lugares adonde podían retirarse.

Los indígenas de Guachetá desampararon sus casas y se refugiaron en un lugar fuerte, desde el cual, notando que habían dado libertad los españoles á un indio viejo que dejaron atado, y creyendo que no lo comían por esta razón les arrojaron algunos niños, y, observando que tampoco los sacrificaban, les enviaron algunos venados, y finalmente bajaron de su fuerte perdiendo el terror que la presencia de los españoles les inspiró al principio. No se sabe por qué estos indígenas concibieron la idea de que los españoles debían alimentarse con carne humana, puesto que ellos mismos no eran antropófagos. ¿Creerían acaso que siendo hijos del sol, que era la denominación que les daban, (suegagua) habían de complacerse en los bárbaros holocaustos que hacían á este astro?.  Calcularon los españoles como mil casas en este valle de Guachetá,  dispersas entre las sementeras, y vieron el pueblo y habitación del Cacique situados en un lugar elevado al pié de un peñón que. les servia de fortaleza. Parece que los gachetáes no estaban sujetos inmediatamente al zaque de Tunja.

De Guachetá pasaron á Lenguasaque, y por todo el camino que seguían los españoles humeaban los braseros de resina que en su honor y por vía de homenaje quemaban los indígenas, y se hallaba algún oro, mantas y esmeraldas depositados con el mismo objeto. (1) .  

 Admiraron en el boquerón de Peña Tajada, por donde sale el río de Lenguasaque, las altísimas rocas cortadas á pico é inaccesibles por parte de la laguna, uno de los paisajes más grandiosos de aquella comarca, tan abundante en pruebas del esfuerzo violento con que se levantaron los estratos horizontales para formar estás montañas que ofrecen al geólogo todas las proporciones apetecibles para estudiar la formación casi homogénea de arenisca de que se componen. Si los españoles eran capaces de gozar de las emociones que ofrece la contemplación de las maravillas de la naturaleza, ¡cuán sorprendidos no han debido estar pasando por estos sitios testigos de las más espantosas convulsiones de la corteza terrestre, y al verse solos en hueste reducida lanzados en el corazón de un mundo nuevo tan extraordinario corriendo las más desesperadas aventuras! Por su parte los indios no acertaban á comprender de donde venían estos seres desconocidos, y como ya habían llegado al periodo del crepúsculo de la civilización, se observa en ellos el primer síntoma de este estado, es decir, todas las señales de la más viva y ardiente curiosidad. Las tribus salvajes no abrigan sino sentimientos hostiles, y á cuanto turbe sus dominios le hacen la guerra sin averiguar qué cosa es, como el cazador que tira, mata y sepulta en su saco cuantas aves divisa, mientras que el naturalista examina atentamente los animales que encuentra. Así en los Chibchas el sentimiento que predominaba era la admiración y el vehemente deseo de salir de sus dudas respecto del origen de aquellos forasteros (2) . Su propia defensa y la de sus tierras fué un sentimiento posterior.  

El pueblo de Lenguasaque estaba situado en tierra llana y fértil; sus moradores salieron á recibir á los castellanos á las puertas de sus casas y á ofrecerles cuanto tenían. La buena política de Quesada iba produciendo sus felices efectos, y al haber persistido en ella, la colonia granadina habría sido una colonia modelo. Un solo hombre culto en siglos anteriores había sacado al pueblo chibcha de la barbarie; la docilidad de estas gentes era, pues, un hecho probado. ¡Cuánto no habrían obrado en esta ocasión en favor de este mismo pueblo, algunos centenares de europeos civilizados, si hubieran tenido voluntad para ello, en vez de oprimirlo y exasperarlo!

Caminaron luego la vuelta de Suesuca (hoy Suesca), que quiere decir cola de guacamaya, por ser esta población una reunión colecticia de indígenas de diversas provincias, belicosos y de poca reputación de moralidad. Un soldado español quebrantó el bando del ejército tornando por la fuerza unas mantas á ciertos indios, que se quejaron de ello. No quiso el licenciado Quesada que quedara impune el delito, y mandó aplicar al culpable todo el rigor de las penas militares, con que fué condenado á muerte y ejecutado á pesar de la intercesión de los capitanes y capellanes. Critican los cronistas la severidad del jefe, fundándose en qué esta muerte manifestó á los indígenas que los españoles no eran inmortales y seres divinos, como si á cada paso no vinieran ellos dando señales nada equívocas de flaqueza humana.

Informó el usaque de Suesca al Zipa del número de hombres y del camino que llevaban hacia Nemocón. Resolvióse éste á no dejarlos acercar á su corte, sino atacarlos sin perder tiempo. Marchó, pues, inmediatamente con seiscientos soldados escogidos, creyendo que éstos bastarían para derrotar á los forasteros. Llegó la tropa del Zipa al pie de la colina que divide la rinconada de Nemocón de la de Suesca del lado del oriente, cuando ya Quesada había pasado con la vanguardia. En la. retaguardia marchaban los enfermos escoltados por una guardia de caballería á la que acometieron los bogotáes con mucha brío, llevando por enseña y bandera la momia de uno de sus valientes guerreros, según la costumbre establecida. Los dardos, tiraderas y armas arrojadizas de los indios, no podían hacer mucha mella en los castellanos, que se defendieron vigorosamente protegiendo el hospital, mientras llegó el refuerzo pedido al General, en el cual venían los más guapos capitanes y los mejores caballos, que arremetiendo al escuadrón indígena lo arrollaron con gran mortandad, arrojando el esqueleto de su antepasado y buscando la salud en la fuga. Siguieron los castellanos al alcance hasta la fortaleza de Cajicá, llamada Sumungotá por los indios, donde se encerraron los fugitivos. Estaba esta cercada de doble fila de fuertes maderos hincados en tierra con una cubierta de paja que servía para proteger á los defensores de las armas arrojadizas, y dentro se contenían los almacenes de armas y vituallas. Estaba situada á media legua de Cajicá, al pie de la sierra, y parecía de fácil defensa, que los españoles hicieron alto en la persecución. (3) .  

Mientras que la caballería perseguía á los soldados del Zipa, Quesada había llegado á Nemocón (lamento de león) así llamado por los ecos de las peñas á cuyo pié estaba situado junto á las fuentes de agua salada en donde mismo se ve hoy. Allí estaba la fábrica de sal en tiestos y hornos rústicos como se usan todavía. Luego que Quesada recibió el parte del éxito del combate y de la existencia de la fortaleza y almacenes de Sumungotá, marchó con el resto de su gente y bagajes. Ya se encontraban en la planicie de Bogotá, y por todas partes se veían las sementeras y los pueblos dominados por las altas habitaciones de los caciques, que se distinguían por el cercado que las rodeaba y el mástil pintado de encarnado y adornado de una gabia en la parte superior, y por la carrera ancha y perfectamente alineada que partía del cercado hasta alguna distancia, y en la cual se celebraban las ceremonias religiosas relacionadas con su calendario y épocas de sus cosechas. Llamó Quesada esta llanura, por su apariencia de jardín sembrado de torres, el valle de los Alcázares. Perdió este nombre luego que desaparecieron las casas, y que la raza indígena, sujeta y degradada, no pudo reedificar sus habitaciones con el primor y el aseo que antes del descubrimiento.

Detuviéronse los españoles algunos días en el cercado de Cajicá rodeados de la mayor abundancia de provisiones y regalos de toda especie; pasaron luego en Chía el tiempo de la Semana Santa. El Cacique de este pueblo huyó, y aun se les dijo que había ocultado sus tesoros en unos altos peñascos situados al oriente del pueblo, es decir á la orilla izquierda del Funza, por la Yerbabuena, mas nunca pudieron hallarse. Algún semblante de hostilidad mostraron los indígenas enviados por el Zipa á observar los extranjeros, con grita y otras demostraciones, mas evidentemente el terror supersticioso que había proporcionado á los españoles una recepción tan benévola en todos los pueblos chibchas, desmoralizó completamente las tropas del Zipa, y les hizo caer las armas de las manos. La unanimidad de la resistencia, á pesar de la diferencia de las armas, habría sido suficiente para destruir ciento sesenta hombres, cuando los habitantes de la planicie se contaban con centenares de miles, pero, en lugar de resistencia, se veían venir las gentes de los pueblos con braseros en que quemaban moque y otras resinas delante de los españoles, á cuyos pies depositaban sus. mantas, diferentes aves y provisiones, pero muy poco oro y esmeraldas, por lo que se manifestaban estos descontentos. El Zipa mismo enviaba á Quesada todos los días mensajeros cargados de venados y otras carnes, mas se denegaba á venir á visitarlo en persona, antes bien se preparaba á abandonar su capital y á trasportar á parajes lejanos sus tiguyes y sus penates. El Cacique de Suba, pueblo situado, como hoy, cerca de la colina que se levanta en medio de la llanura, vino de paz al cam­po español á Chía, y les ofreció mantas, oro y otros regalos  convidándolos á venir á sus habitaciones, y como éstas se hallaban en el camino de Muequetá, adonde deseaban llegar los, castellanos,  ansiosos de apoderarse de los tesoros del Zipa, marcharon prontamente éstos, y se detuvieron aquí ocho días, abriendo Quesada negociaciones con el Zipa, y rogándole con la paz. La conducta del jefe español era la más prudente y mo­derada que podía desearse; él mismo recibía los mensajeros que venían de los diferentes pueblos, los abrazaba, acariciaba y despedía con los pocos regalos de cosas de Castilla que aún le quedaban. Perdieron los castellanos su buen amigo el Cacique de Suba, que falleció de una breve enfermedad, recibiendo antes el bautismo, y fué el primer cristiano de estas regiones.

Conociendo Quesada que el Zipa lo entretenía con mil dilaciones, marchó á verse con él personalmente, pero fué detenido en el paso del Funza por la hostilidad de los indígenas, que se mostraron aparejados á defenderlo, y como estaba este río muy crecido con las avenidas de Abril, sufrieron algunas dificultades antes de pasarlo. Así, cuando llegaron á Muequetá, hallaron el pueblo casi desierto, y aunque admiraron las vastas habitaciones del Zipa, en donde se alojaron, no hallaron la cantidad de oro y esmeraldas que se habían imaginado, y, lo que es peor, no pudieron adquirir noticia alguna de los lugares adonde se había retirado Tisquezuza con sus bienes y mujeres. Ninguna descripción detallada nos dejaron los conquistadores de la capital de los chibchas; sabemos solamente que había varios adoratorios, que las casas principales eran muy aseadas (4) , todo el interior revestido de cañizos atados con cordeles de varios colores formando diseños caprichosos, y que los soldados no se atrevieron á saquear al descubierto las casas, sabiendo que Quesada no permitía que se infringieran sus mandatos de respetar la propiedad de los indios. Estos no les daban descanso, y frecuentemente venían á atacarlos, recogiéndose á las lagunas luego que eran perseguidos por la caballería. Creyendo que el mejor medio de arrojar á sus enemigos del país sería incendiar el pueblo, arrojaban para ello sus dardos con materias combustibles en el silencio de la noche, y consiguieron, en efecto, quemar algunas casas, mas los españoles atajaron el incendio. Para. cortar la ocasión de estas hostilidades, suponiendo que el Zipa era el que las ordenaba, hicieron, todo esfuerzo por averiguar su paradero, y, sabiendo que tenía unas casas de recreo en Tenaguasá, salió una partida con mucho sigilo en esta dirección, aunque nada hallaron.

Determinó entonces Quesada mandar don partidas á las órdenes de los Capitanes Céspedes y San Martín, por el sur y el occidente, á descubrir. San Martín bajó la cordillera al poniente, y observando la actitud belicosa de los panches, regresó á los cinco días diciendo que la fuerza que llevaba no era suficiente para internarse sin peligro por tan fragosas tierras, en las que sería preciso pelear desde el primer día con indios esforzados y tenaces, como le aconteció á él. Céspedes sufrió mucho por el frío, viviendo en los páramos de Sumapaz de tal cual sementera de papas y de los conejos que hallaban por manadas. Desde Pasca dió aviso al General que se proponía cruzar el valle de los sutagáos para entrar en las tierras de los panches. A fin de reforzarlo, marchó el Capitán San Martín, que se le reunió en Tibacuy, en donde hallaron un destacamento de guechas que componían la fuerza permanente del Zipa, la cual estaba siempre en la frontera de los panches.  Escogíanse estos guechas entre los hombres más robustos y esforzados de entre los chibchas, llevaban el cabello cortado para no dar asidero a sus enemigos; la boca, narices y orejas horadadas, y de ellas pendientes sartas de canutillos de oro cuyo número correspondía al de los enemigos que habían muerto en los combates. Estas eran sus decoraciones. Los guechas recibieron bien á los españoles, porque les hallaron un aire marcial, y quizá porque se proponían también marchar contra los panches, sus inveterados enemigos, que ocupaban todos los valles de este frente desde Tocaima, que era su asiento principal, hasta Villeta, en donde comenzaba el territorio de los colimas. Decían los guechas á los castellanos que era temeridad entrar con tan corto número de soldados en las tierras de estos indios feroces que devoraban crudos á cuantos hombres caían en sus manos, bebiéndoles la sangre con atroz regocijo. No hicieron caso alguno del aviso los oficiales de Quesada, antes bien, seguidos de los chibchas, atravesaron la sierra que divide el valle de Fusagasugá, de las vertientes del Pati y del Apulo. Marchaban los españoles en son de combate con las armas encolchadas de algodón, preservativo de las flechas envenenadas, con cuyas rociadas los asustaban los chibchas, las espadas desnudas, guardias avanzadas y cuantas cautelas sugiere la disciplina militar. Las poblaciones de los panches estaban situadas en lugares altos y fuertes por naturaleza, adonde no podía llegarse sino por un solo camino, y éste lo tenían cortado y con hoyos y púas envenenadas en el fondo de cada uno. Hallaron abandonadas las primeras casas, hasta que á mayor distancia avistaron dos hermosos escuadrones de panches que bajaban á encontrarlos por los dos costados de una loma limpia; no brillaban las armas, pero sí las coronas de plumas de los más vivos colores; el sonido de los tambores y caracoles de guerra; el excelente orden con que marchaban, que parecían tropas bien disciplinadas; y con ser tres á cuatro mil, sin embarazarse, y adelantándose con paso resuelto, de suerte que los castellanos no tuvieron más tiempo para no ser envueltos, que picar sus caballos los delanteros, y, con lanza en ristre, arremeter y meterse haciendo estragos por entre aquellos indómitos indios, que, aunque sorprendidos con tan imprevisto modo de combatir, no por eso cejaron, sino que se defendían como podían con sus mazas y macanas. Los del escuadrón de la izquierda tuvieron más tiempo de valerse de las hondas, flechas y dardos, de manera que el combate duró algún tiempo, lo bastante para que muchos de los chibchas dieran por perdida la batalla, y por sendas y veredas que sólo ellos conocían subieran á la llanura y llegaran á Bogotá á dar cuenta del suceso infausto y de haber perecido los españoles á manos de los panches, noticia falsa que llenó de sentimiento el campo en donde se esperaba por momentos á los que hubieran podido salvarse.  

Rotos los panches, aunque sin dejar prisioneros ni botín, bajaron los españoles á unas casas á cauterizar las heridas de seis soldados y tres caballos, que era el único remedio eficaz contra el veneno de las flechas, y al día siguiente, por camino más corto y montaña fragosa, emprendieron los capitanes Céspedes y San Martín su retirada, después de haberse convencido por su propia experiencia de que los chibchas no exageraban nada respecto del valor de los panches. En los cadáveres de éstos se veía la extraña configuración del cráneo aplanado por la parte posterior y anterior con tablillas, lo que hacían desde niños para volver piramidal la cabeza, mientras que los chibchas no empleaban medio alguno para alterar sus formas naturales. Apenas se habían puesto en camino, cuando les dió alcance un indio panche solo, que esgrimiendo su macana los atacó brutalmente, diciendo que venía á vengar la muerte de sus parientes, por no haber podido hallarse la víspera en el combate. Quisiera Céspedes prender á tan valiente guerrero y no matarlo, á fin de conducirlo como trofeo y muestra al General, pero uno de los soldados que el bárbaro había derribado de un revés y herido, le cortó la cabeza, la cual tomaron los chibchas. Marchaban los españoles con la cautela necesaria en tierra de gente tan belicosa, á pesar de haber salido ya de los términos del cacique Conchima, en donde fué la acción, cuando observaron seis indígenas que se acercaban al trote; desplegóse la guerrilla para recibirlos, con lo cual advertidos de que iban á ser atacados, se sentaron y levantaron en alto una cruz y un papel, que eran los indicios de mensajeros de cristianos. Estos chibchas bajaban de orden de Quesada con una carta para Céspedes ó los que hubieran escapado de la batalla, en la cual manifestaba la mayor alarma ó inquietud. Así fué que tres días después llegaron al cercado del Zipa, cuartel general de Quesada, y tuvieron la acogida más afectuosa, curándose con esmero los heridos. Este fué el principal motivo de no pensar más entonces en expediciones por esta vía, en cuya dirección se les indicaba, sin embargo, que estaban las regiones de donde venía el oro.

Cuestionando Quesada á los indios que venían con provisiones, por medio de los indígenas que trajeron de la costa (y que habían aprendido ya bastante castellano y lengua chibcha para servir de intérpretes), sobre el lugar de donde sacaban las esmeraldas, le mostraban constantemente el nordeste. Creen algunos, que fué astucia del Zipaquirá sacarlos de sus estados, pero lo cierto es que los españoles, aunque provistos de cuanto necesitaban, en un país  de suelo y temple admirables, no estaban satisfechos por no hallar oro en abundancia, ni piedras preciosas, y naturalmente anhelaban por encontrar tierras  más ricas (5) .  

Abandonaron pues á Bogotá llevando por blanco, dice F. Pedro Simón, el verde de las esmeraldas, y se dirigieron por la vía de Usaquén, que entonces estaba situado una legua más al occidente del sitio actual, treparon la cordillera y llegaron á Guasuca, es decir punta elevada, que hoy decimos Guasca, en donde fueron recibidos con demostraciones de veneración; luego pasaron á Guatafita (hoy Guatavita), y continuando la marcha alcanzaron á Chocontá (sementera del páramo) (6) , que eran los límites del territorio del Zipa y. comenzaban los del Zaque, del cual no dieron los indígenas la menor noticia á los españoles, y á pesar de la enemistad que mediaba entre éstos dos jefes, tuvieron á deshonra valerse de auxilio extranjero para vencer á sus enemigos. Este es el primer pueblo americano que legó á los moradores futuros de la tierra tan noble ejemplo de patriotismo y de independencia. Sábese que en todas partes los españoles se ligaron con unos pueblos para oprimir y sujetar á los otros. (7)

  Desde Turmequé destacó Quesada al Capitán Pedro Fernández Valenzuela, para pasar á la exploración de las minas de esmeraldas, por tener entendido que la comarca en donde estaban situadas no era abundante en víveres. Después de dos ó tres días de marcha llegó Valenzuela al pueblo de Somondoco, y subió á la sierra en donde estaban las minas, que no trabajaban los indígenas sino en tiempo de lluvias, por la escasez de agua en la altura para lavar las tierras y descubrir las piedras. Con trabajo, pues, y valiéndose de los mismos barretones de madera de que usaban los indios, pudieron  procurarse algunas de muestra. Con ellas, y la noticia que desde las alturas de Somondoco había descubierto dilatadas llanuras al oriente, volvió Valenzuela á Turmequé. Alborotáronse los castellanos con la noticia de las llanuras; ya suponían, juzgando por lo que sucede en Europa, que estando las montañas tan pobladas, los llanos lo estarían mucho más, y que iban á encontrar un nuevo Perú, incas y tesoros, que era con lo que deliraban. Salieron pues de Turmequé y llegaron á Ycabuco, no menos populoso ni menos fértil, y siguiendo su camino entraron en el valle de Tenisuca, hoy de Tenza, al cual dieron el nombre de valle San Juan, por haber entrado en la vigilia del Bautista. Hallaron este valle fertilísimo, muy poblado de tan delicioso clima, que resolvió el General hacer alto en Garagoa, mientras enviaba al Capitán San Martín á traer noticias de los llanos, con orden de no detenerse más de diez días, temeroso de que este oficial se hiciera dueño de aquellas riquísimas comarcas que su imaginación le pintaba con los más risueños colores. ¡Cuán otros habrían sido su pensamiento, al haber sabido que Fredemán y sus compañeros, hambrientos y desesperados, vagaban entonces por aquellos llanos, y que se ha­brían tenido por muy dichosos en hallar los restos de los festines que arrojaban los soldados de Quesada!

Lengupá era por esta parte la última población de los Chibchas. A pocas leguas-de este lugar comenzaron á bajar los españoles la cordillera al oriente, y á luchar con la aspereza de los caminos, pasando los torrentes por puentes colgantes de bejucos, que eran los primeros que veían, y alimentándose con tortas de cazabe sazonadas con hormigas, comida ordinaria de los pocos indígenas teguas que hallaban, y á los cuales, cuando se les preguntaba por señas lo que había en los llanos, se tapaban los ojos, entendiendo los españoles que querían decir que nada sabían ó que nunca habían bajado hasta allá, aunque no faltaba quien creyera que por aquello significaban que no valían la pena de mirarse aquellas regiones, que preferían ser ciegos á habitar en ellas; mas esta interpretación era mal recibida, porque á me­nudo acontece que los hombres, como los niños, gustan de ser lisonjeados con aquello que más apetecen, aunque sea lo menos probable. Sin embargo, por obedecer á la orden del General, y trascurridos ya diez días sin haber podido llegar á los llanos, determinaron volver á Lengupá, como lo verificaron todos los treinta hombres que llevó el Capitán San Martín, sin haberse quedado atrasado ni enfermo soldado ni caballo en tan penoso viaje de veinte días. Dióse aviso al General de que la entrada á los llanos parecía imposible por aquella parte, y que convenía buscar otra luego que se repusieran de las fatigas del viaje, como en efecto lo verificaron, reconociendo todo el país desde el valle que Llamaron de Baganique, Siachoque y Tocavita, deteniéndose en el pueblo de Toca, que llamaron Pueblo Grande por el número considerable de sus moradores, y últimamente llegaron á Yza, de donde partía el camino para los llanos, no sin haber tenido antes una refriega con los paveses, nombre que dieron á los indígenas de cierto pueblo al oriente de Toca, que probaron á defenderse engalanados con diademas de plumas.  

Cuando se disponían en Yza para bajar á los llanos, llegó un indígena mutilado por su cacique Tundama y cuyas narices y orejas cortadas traía pendientes de los cabellos. Decía que tan cruel castigo le fué impuesto por haber solicitado se enviasen mensajeros á dar obediencia á los Ochíes, que así llamaban á los españoles, y clamaba por venganza. Destacó San Martín una parte de su gente, porque se alegraban de cualquier pretexto de hostilidad que les permitiera entrar violentamente en los pueblos sin incurrir en las penas que el General había impuesto á los que sin motivo robasen y vejasen á los indígenas. No se atrevieron, sin embargo, á pasar de Firabitova, porque supieron que no era prudente con tan corto número de soldados atacar al Tundama, cacique el más belicoso del pueblo chibcha, y el único que manifestó energía para desechar los temores supersticiosos que hicieron caer las armas de las manos á tantos millares de hombres que estaban acostumbrados á los combates más sangrientos con los panches.

 

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(1) Dice F. P. Simón que á poco de haber salido del valle de Guacheta dieron vista á la gran laguna de Cucunubá y Ubaté, lo que hace pensar que le laguna de Fúquene era mucho más extensa que hoy día, y confirma la opinión de Mr. Boussingault en su memoria sobre los perjuicios de las talas de árboles. (Regresar a 1)

(2) Los naturales estaban como abobados de cuantas cosas veían en los españoles. sus caballos y perros, y sobre esto fantaseaban dos mil vanidades (conjeturas) como gente tan dada á ellas por sus humildes y bajos entendimientos, tan sin fuerzas por su rusticidad, para salir con derechos y acertados discursos. No acababan de entender quién pudiera haber hecho aquellos hombres tan otros que ellos, ni aquellos animales raros que ni habían visto ni oído decir á sus mayores; porque si sus dioses los hubiera criado, decían no los hubieran dejado á ellos sin tenerlos. Así estimaban á los nuestros como cosa divina, y venían por bandadas á traerles abundancia de comidas y de cuanto tenían, como venados vivos y muertos, palomas, conejos, curíes, maíz, frijoles y raíces de muchas maneras. – F. P. Simón, parte 2.o, not. 20.  (Regresar a 2)

(3) Piedrahita dice que los indios eran cuarenta mil cuando atacaron la retaguardia de Quesada, en Nemocon, mas este número es exagerado porque, habiéndose ejecutado el acometimiento como sorpresa, la marcha de tan numeroso ejercito no había podido ocultarse. Me atengo aquí, como es natural, á la versión del P. F. P. Simón, escritor más antiguo que el obispo de Santa Marta, y en lo general más circunspecto y de mejor criterio. (Regresar a 3)

(4) Aunque de paja la habitación del Bogotá podía pasar por una de las mas bellas que se habían encontrado en las Indias. (Relación de los Capitanes San Martín y Lebrija). (Regresar a 4)

(5)    Vituperando el señor Piedrahita el espíritu de codicia que dirigía enteramente á los españoles, dice lo siguiente: “El motivo con que alentaron estas empresas desde Castilla, fué la predicación del Evangelio y conversión de aquella gentilidad á la verdadera fe; pues bien: aquí el concurso de Infieles que habían de participar de tanto bien no podía ser más numeroso: loe alimentos no consentían mejora en cantidad ni calidad, ni la tierra en el temperamento y los influjos, y sin embargo, luego que se persuadieron que faltaba la plata y el oro, loe vemos determinados á mudar de residencia.”. (Regresar a 5)

(6)   La noche que llegaron á Chocontá perdieron el juicio momentáneamente cuarenta españoles; se dijo que las indias de servicio que llevaban, cansadas de la sujeción, ó quizá maltratadas, les habían dado en los alimentos la semilla de una planta muy común en aquellos lugares, que llaman borrachero (datura arbórea), y en efecto, algunas indias se fugaron, pero lo que hay de más notable es la reflexión conque el licenciado Quesada acompaña el relato de este hecho: “Cobraron el juicio luego, pero quedaron más locos que antes, pues andaban entendiendo en hacer tan grande locura como era arrebatar las haciendas que no les pertenecían, y despojando gentes que vivían dos mil leguas de España.” Lo que prueba que este jefe era verdaderamente humano y que reprobaba las rapiñas y violencias de sus soldados. La historia no le ha hecho todavía justicia, pero espero que he de lograr persuadir á mis lectores que este caudillo fue muy superior á los demás conquistadores en respeto y consideraciones por la raza indígena, y que si a mi algunas veces al irresistible impulso de la época en que vivía, en las más mostró entrañas de cristiano y de hombre culto. (Regresar a 6)  

(7)    Estas enemistades de los dos reyes se les escondieron por muchos días tan del todo á los nuestros, que ni una pequeña centella de ellas se traslució, ni andando entre los bogotáes ni entre los tunjas. El haber ignorado un hecho tan notorio no sé a que lo atribuyamos, etc. Fray P. Simon, 2’ not., 2. parte. (Regresar a 7)  


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