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CONTINUACIÓN DEL CAPITULO 1
Por su parte el Almirante envió al capitán Tristán á hacer agua y leña en el río.
Este oficial llegaba con su bote á la población cuándo la asaltaban los naturales, y no
se antevió a desembarcar y tomar parte en el combate, temiendo que si abandonaba su
embarcación, los indígenas la tomarían, quedándose entonces el Almirante sin
comunicación con los que estaban en tierra y sin poder emprender su viaje. Mas luego
abandonó aquella prudente resolución y siguió río arriba a coger agua donde está deja
dé estar mezclada con la del mar. Los indígenas, emboscados en las orillas del río, lo
cercaron por todas partes; y aunque él y su gente se defendieron valientemente, no
pudieron resistir a la multitud, y todos, con excepción de uno que logró escaparse y dar
aviso al Adelantado, perecieron miserablemente, y sus cadáveres bajaron por el río
seguidos de bandadas de cuervos, triste espectáculo que completó la desesperación de la
colonia. Al punto habrían abandonado la tierra cuantos españoles quedaban, á haber ten
ido en qué embarcarse para salir al mar mas la nave vieja que les había quedado, estaba
enteramente inútil.
Resolvieron, pues, á fin de
ponerse á cubierto de otra sorpresa, abandonar la población y acampar en sitio abierto
hacia la playa, atrincherados con los barriles y cajas de provisiones, entre tanto que,
calmando el tiempo y la reventazón del mar en la boca del río, podían enviar alguna
canoa al Almirante avisándole su triste situación. Ignoraba éste en qué consistía la
tardanza de su bote, y aunque la atribuía al mal tiempo, no dejaba de estar inquieto,
cuando un suceso inesperado le hizo concebir nuevos temores por los compañeros que
habían quedado en tierra. Encerrábase á los indígenas presos de la familia del Quibio
por la noche en la bodega de uno de los buques, y para mayor seguridad algunos marineros
dormían sobre la escotilla. Desesperados aquellos de verse privados de su libertad,
amontonaron una noche las piedras del lastre, y trepando sobre ellas empujaron fuertemente
la escotilla, y se lanzaron á la cubierta y de esta al mar, con el fin de salvarse á
nado hasta la playa que distaba casi una legua. La tripulación del buque impidió que
muchos ejecutasen su designio. encerrándolos de nuevo y asegurando con su cadena la
escotilla. Al levantarla la mañana siguiente contemplaron los españoles con estupor el
más horroroso espectáculo. Todos los presos, hombres, mujeres y muchachos, se habían
ahorcado, valiéndose de las cuerdas que hallaron á la mano, y como el puente no era
suficientemente alto, algunos hubieron de ahorcarse arrodillados y otros tirando el cordel
hasta con los pies. Semejante acto de coraje y de desesperación hizo la más profunda
impresión en Colón y en sus compañeros, aislados en la más angustiosa posición, sin noticia de la suerte del Adelantado y sin atreverse á enviar el único
bote que les quedaba
(5)
.
Por fin, un andaluz, llamado Ledesma, se ofreció á ir
nadando á la playa, desde donde el bote no pudiera avanzar por la violencia de las olas
que se estrellaban contra las rocas. Así se ejecutó, encontrando en un completo motín
á los de la colonia, y resueltos á que si el Almirante persistía en abandonarlos,
embarcarse en la nave carcomida que tenían y perecer ahogados antes que de hambre ó á
manos de sus irritados enemigos. Resolvió, pues, recogerlos y abandonar el proyecto de
colonia. Embarcáronse, pues, todos, luego que calmó el tiempo, dejando por despojo á
los indígenas el casco de uno de los buques.
Colón conoció que debía navegar otra vez al levante á
fin de tomar altura para echar la travesía á la isla de Santo Domingo, aunque los
pilotos se imaginaban estar ya por el meridiano de las islas de Barlovento. En Portobelo
se vió forzado á dejar otro de los buques, que ya no podía navegar por estar taladrado
por dondequiera de la broma abundantísima en aquellos parajes. Ya para entonces,
disfrutando de más favorable estación, pudo seguir la costa hasta algunas leguas al
Oriente del golfo de San Blas, y por consiguiente más de veinte leguas de donde había
llegado en el mes de Diciembre. El día 1° de Mayo de 1503 dijo Colón el último adiós
á la tierra firme del Nuevo Mundo, y tomando la dirección del nordeste, creyó que
podía ir á descansar á Santo Domingo, en tanto que su suerte adversa lo llevó á
sufrir un año más de penalidades en la isla de Jamaica, adonde el objeto de nuestra
relación no nos permite seguirle.
Antes de terminar este capítulo, recopilaremos lo que
nos refieren los historiadores de aquel viaje, sobre los usos y costumbres de las tribus
de indígenas que visitó Colón, omitiendo las que se han mencionado ya en el curso de la
narración.
Los pueblos de la raza litoral del istmo, que fueron los
únicos conocidos en este viaje, se alimentaban principalmente de pescado, que recogían
con redes fabricadas de cabuya, fique ó pita (fibras de la agave americana) y con
anzuelos sacados de las conchas de las tortugas. Como en ciertas épocas del año abunda
mucho el pescado en las bocas de aquellos ríos, acostumbraban tostarlo envuelto en hojas
grandes para conservarlo el resto del año. También se dedicaban á la cacería de
ciervos y cerdos monteses, mas el producto de la caza no les proporcionaba muchos
recursos, por estar muy agotados los animales silvestres por el número considerable de
habitantes de que estaba poblada aquella costa entonces. Cultivaban grandes sementeras de
maíz y algunas raíces nutritivas, lo cual, junto con el pescado, formaba la base
principal de sus alimentos con el mismo maíz y con el jugo de las piñas preparaban
bebidas fermentadas. Tenían además el vino de las palmas,
otro licor que
fabricaban con el mamey, fruto abundante allí.
El algodón se producía espontáneamente en toda la
costa, gracias á la benignidad del clima, más no lo usaban sino para tejer fajas
angostas con que se cubrían los órganos de la generación. Llevaban el cuerpo pintado de
negro y colorado, y los más guerreros orlada la cabeza de una guirnalda fabricada de
garras de tigres y leopardos. Habitaban en cabañas cubiertas de palma y situadas en los
lugares mas altos á orillas de los ríos, y no formando poblaciones; sino á alguna
distancia las unas de las otras.
Las diversas tribus vivían en perpetua guerra entre sí,
y tenían lenguaje diferente, aunque con muchas palabras comunes. Eran valientes y
esforzados, y tenían en mucha estima á los que habían sacado de los combates cicatrices
ó señales en el rostro, á los cuales llamaban capia.
Parecían muy supersticiosos, y creían en hechizos. En el curso de esta historia se
notarán algunos otros usos, que Nicueza, Balboa y varios descubridores observaron
posteriormente.
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(5) Este fué uno de los días más crueles para Colón, y
su grande alma desmayó de congoja, como lo manifiesta en la carta que escribió á los
Reyes desde Jamaica, la cual contiene el famoso sueño ó visión, de que copiaremos un pasaje: Solo
(dice) en costa tan brava, con fuerte fiebre en tanta fatiga, la esperanza de escapar era
muerta; subí así con trabajo á lo más alto, y llamé socorro á todos cuatro vientos,
más nunca me respondieron. Cansado me dormecí gimiendo; oí entonces una voz piadosa que
decía: Oh estulto y tardo en creer y en servir á tu Dios, Dios de todos! ¿Qué más
hizo él por Moisés ó por David sus siervos? Desde que naciste siempre el tuvo de ti muy
grande cargo. Cuando te vido en edad de que él fué contento maravillosamente hizo sonar
tu nombre en la tierra. Las Indias que son parte del mundo tan rica, te las dio por tuyas,
tu las repartiste á donde te plugó y te dió poder para ello. De los atamientos de la
mar Océana que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dio las llaves y fuistes
obedecido en tantas tierras, y de los cristianos cobrastes tan honrada fama,
etc. (Regresar a 5)
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