Compendio Histórico –
Descubrimiento y colonización de la Nueva Granada.
Coronel Joaquín Acosta.
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CAPÍTULO III

 

Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.—Descúbrese una parte del curso del rio Atrato. y se sujetan los caciques de las orillas del golfo.—Balboa atraviesa el Istmo y descubre el mar del Sur.—Vuelve cargado de oro y de perlas.      

El mar profundo.
Naves aventureras,
Un ignorado mundo
A nuestra vista están: y el alta proa
De la velera capitana quilla.
Con el perdón triunfante de Castilla.
saludando al Darién Vasco Balboa.

Duque de Frías

 

Acosados de nuevo por el hambre los españoles después de la partida de Nicueza, y de que hubieron consumido cuantas provisiones trajo Colmenares, salieron hacia el poniente, en donde sabían moraba sobre la costa el cacique Careta, de quien exigieron víveres. Este les contestó como pudo que no tenía á la sazón ningunos, así porque á consecuencia de la guerra con su vecino el cacique Poncha ó Ponca, no habían podido coger los sembrados sus súbditos en tiempo oportuno, como por haber dado cuantos tenía á los castellanos que habían pasado por la costa en aquellos días. Nada satisfecho Balboa con esta respuesta, dió sobre el pueblo de sorpresa en la oscuridad de la noche, asesinó muchos indios que apenas se defendían, y prendió al cacique sus mujeres y familia. Era cierto lo que el indio había asegurado, así que poco ó ningún auxilio lograron, pero Balboa hizo allí un hallazgo que fué el principio de su ventura, en dos españoles desertores de la expedición de Nicueza que, refugiándose cerca de Careta, hablan sido tratados por este con la mayor humanidad, á que tan mal correspondieron sus compatriotas. Estos desertores, en más de un año, tuvieron tiempo para aprender el lenguaje de aquellos indios, y conocer su índole y costumbres, y de ellos recibió Balboa importantes noticias, entre las cuales se confirmó la de que no usaban saetas envenenadas, arma que los españoles temían más que todo, por los estragos hechos en Ojeda, Colmenares y sus compañeros.

A la sagacidad de Balboa no se ocultó que nada ganaba con mantener al cacique preso, y que mejor le estaría sacar partido de él, poniéndolo en libertad bajo la promesa de que obligaría á los indios de su tribu á hacer grandes sementeras, con cuyo fruto, cogido que fuese, Balbóa ofrecía, por su parte, ponerse en campaña contra Poncha, enemigo de Careta, proponiéndose desde entonces aprovecharse de las enemistades de los indios en cuanto pudiese. Así lo exigió de Careta por medio de los intér­pretes cuya adquisición le fué tan oportuna.

Puesto en libertad Careta cumplió religiosamente su promesa, pero mientras crecía el maíz, Balboa, que no podía avenirse partiendo el mando de la colonia con otros, logró persuadir á su colega Zamudio que fuese á España á dar cuenta de cómo habían vencido y sujetado muchas tribus de indígenas; del fin desdichado á que la incapacidad de Nicueza había traído la expedición, y á llevar los quintos de oro que hasta entonces habían tocado al fisco. Con Zamudio envió también á Valdivia á Santo Domingo provisto de oro para traerle auxilios de víveres, hombres, perros y armas. También se embarcó en la misma carabela el bachiller Enciso, á quien Balboa había prendido, y, confiscádole los bienes, so pretesto de haber ejercido las funciones de juez sin tener nombramiento real para ello.

Desembarazado de todos sus rivales, temido y respetado, por sus acciones, de indios y cristianos, Vasco Balboa se dedico á empresas que le dieran fama con que cubrir los atentados que había cometido usurpando la autoridad y transformándose de prófugo por deudas que lo obligaron á salir ocultamente de Santo Domingo, en jefe de una colonia, gracias á la influencia que le proporcionó la superioridad de su valor y talentos sobre sus compañeros.

Tres meses del año de 1511 habían apenas transcurrido, cuando provisto Balboa por Caretá de los víveres necesarios para la expedición, y acompañado de éste, salió de la Antigua y entró por el territorio de Poncha, el cual abandonó prudentemente sus habitaciones, que fueron saqueadas, hallándose algún oro y mucho maíz y raíces, lo que les sirvió de poco, pues no tuvieron cómo cargarlo á la villa por estar muy al interior las posesiones de Poncha. Para obviar este inconveniente, resolvieron visitar y sujetar primero todos los caciques cuyos pueblos no distaran mucho de la costa, y como supiesen que uno de los más poderosos era Comagre, allá se dirigió Balboa con cien soldados y Rodrigo de Colmenares, que entre los colonos del Darién era el segundo en fama, por haber militado en las guerras de Nápoles y ser valiente, robusto, emprendedor y sufrido, calidades esenciales para aquel país y aquel tiempo.

Ya el anciano Comagre tenía noticia de la venida de los forasteros, y estando establecido de asiento en un valle ameno y cultivado, con aguas corrientes y árboles frutales, le dolía abandonar sus comodidades para entregarse á la vida de las selvas como habían hecho otros caciques, antes que tratar con los españoles. Resolvió, pues, de acuerdo con sus hijos, entre los cuales se señalaba por su cordura y buen entendimiento el primogénito Panquiaco, salir á recibir de paz á los castellanos y festejarlos en cuanto pudiera.

Quedaron sorprendidos éstos al llegar á las habitaciones de Comagre al ver que excedían en comodidad y decencia á cuantas hasta aquí habían hallado en las islas ó el Continente. La casa del cacique, separada de las del resto de la población, ocupaba todo el frente de una gran plaza de ciento cincuenta pasos por cada lado, rodeada de palmas juntas que ofrecían una sombra continua y muy grata en tan ardientes climas. La casa fabricada de fuertes maderos y cubierta de paja, formando al interior artesonados curiosamente construidos, tenía ochenta pasos de ancho y se componía de un gran salón que daba entrada por la derecha á la sala del cacique, la cual comunicaba con el cuarto de sus mujeres, y este con una espaciosa sala en donde estaban colocados en orden los cuerpos de los caciques antecesores de Comagre, el último su padre, todos bien conservados, secos al fuego y suspendidos de cuerdas al arrimo de la pared. Ningún mal olor se percibía en esta especie de panteón. Del lado opuesto y simétricamente á los aposentos de oriente, se entraba del salón común: 1° al almacén de víveres, en donde había abundante provisión de pan de maíz, raíces, cocos y otros frutos secos:  2° á la bodega de depósito de tinajas de barro llenas de licores fermentados de maíz, de palma y de otros frutos, y últimamente á la cocina que servía también de vivienda á los esclavos, cuya capacidad era igual á la de la sala de las momias del lado opuesto. Sirva esta descripción, quizá demasiado minuciosa, de ilustración á las costumbres de los jefes indios más adelantados en cultura de los que se encontraban en el istmo.

La comida, bebida y agasajos con que Comagre y su familia se esmeraban en contentar á sus huéspedes, no produjeron la mitad de la satisfacción que les ocasionó la vista de un considerable presente de cerca de cuatro mil castellanos de oro en pulseras, narigueras y otros adornos de que se despojaron por complacer á los españoles. Balboa, con su acostumbrada rectitud, hizo sacar allí mismo sobre la plaza el quinto del Rey, y distribuir lo demás entre todos. Una violenta riña se siguió entre los soldados por el modo de pesar en la balanza, que siempre llevaban de preferencia á cualquier otra cosa, de lo cual indignado Panquiaco arrojó con desprecio el oro, diciendo que era una vergüenza que quisieran matarse por alhajas que no apetecían sino para desbaratarlas, fundirlas y guardarlas sin adornarse con ellas, pero que si el ansia de recoger oro era lo que los había sacado de su patria, y la que los obligaba á andar turbando é inquietando la paz de otros hombres, él les mostraría países en donde los vasos más comunes eran hechos de aquel metal, y en donde podrían juntar montones, capaces de satisfacer el apetito más insaciable, pero que para ello no bastaba la poca fuerza que llevaban, porque era preciso atravesar la cadena de montañas que á lo lejos se descubría, y en la cual habitaban tribus de caribes belicosos. Que sería menester mil hombres para ir hasta el otro mar, en donde verían gentes que navegaban á la vela y en buques. grandes. El atrevimiento del indio le fué fácilmente disimulado con tan alegres nuevas. Vasco Balboa, trasportado de júbilo, no se cansaba de averiguar la distancia al otro mar, y se creía ya perdonado y dichoso si lograba descubrirlo. Apresuróse, pues, á volver á la Antigua con víveres y algún oro de la parte que, aunque pequeña, siempre reservaban para los enfermos y para los que se quedaban guardando el fuerte. A su llegada encontró á Valdivia que había regresado de Santo Domingo en una pequeña embarcación que, aunque corto, algún auxilio les ofreció, y le ordenó que se aprestase para volver por otros artículos de primera necesidad y á dar las lisonjeras noticias que en su última entrada habían adquirido. Llevó Valdivia quince mil pesos de los quinientos reales, sin las remesas que todos hicieron á sus familias en España.

Ni las necesidades de la colonia ni el carácter de Balboa le permitían estar ocioso. Determinóse, pues, á hacer otra correría para explorar la culata del golfo y los ríos que desaguan en él, salida tanto más indispensable cuanto que las copiosas lluvias de Noviembre consiguientes avenidas habían destruido las sementeras, en cuya cosecha fundaban todas sus esperanzas. Dejando, pues, los enfermos., y un corto número de soldados para cuidarlos, se embarcaron Balboa y Colmenares en el único buque que tenían y en varias canoas de un solo tronco de árbol hechas por los indios, en las que ya estaban acostumbrándose los españoles á navegar. (1)

Balboa entró por una de las bocas del río Grande, que hoy se llama Atrato, y Çolmenares por otro río más distante, que creemos fuera el conocido actualmente con el nombre de rio de León ó Guacuba. A diez leguas de la boca de río Grande estaba situada la población que gobernaba el cacique Dabaibe, en donde se decía que se había refugiado Cemaco luego que los españoles lo arrojaron del sitio en que fundaron la Antigua del Darién. Los pobres indios pescadores, temerosos de los españoles, cuya fama no muy favorable les había llevado Cemaco, se escaparon precipitadamente á los bosques, dejando en poder de ésos cuanto poseían, que estaba reducido á redes, pescado seco, algunos vasos de barro y muebles rústicos, con una que otra joyuela de oro, todo lo cual por de contado fué cogido y embarcado por los castellanos, que se consideraron burlados no habiendo hallado mucho oro y cantidad de maíz y otros víveres de que estaban muy escasos. Más afortunado Colmenares, fué recibido con su gente y provisto de algunos víveres por el cacique Turui, que no quiso huir. Vuelto al mar Balboa y asaltado de una borrasca, perdió las canoas y alguna gente, y reunido con Colmenares, resolvieron penetrar por el río Grande, divididos en dos partidas por cada orilla. 

A la primera isla del río dieron el nombre de isla de la Cañafístola, por haber encontrado tanta cantidad de ella, que pensaron morir de haber comido con exceso. No lejos de ella vieron un río que llamaron río Negro por el color de sus aguas, y es quizás el que lleva el nombre actualmente de río Sucio. En sus orillas hallaron un pueblo, cuyos habitantes abandonaron sus casas, y luego reunidos acometieron á los españoles cuerpo a cuerpo, sin más armas que macanas y lanzas de piedra, con que en breve experimentando lo cortante del filo de las espadas toledanas, fueron deshechos, y su cacique Abenamechey prisionero, á quien un soldado español, que había sido herido en la refriega, cortó después de preso un brazo, acción que le fué improbada por todos, y severamente reprendida por Balboa, que hizo curar al indio, el cual, luego que pudo, se fugó. Dejando en este pueblo la mitad de la gente que traía, con el resto en nueve canoas, continuó su viaje río Grande arriba; llegando por fin después de muchos días al sitio en donde sobre las copas de altísimos árboles vivía el cacique Abibeiba con sus súbditos, por hallarse inundada toda aquella comarca. 

Luego que observaron los indios las canoas, levantaron las escalas y se ocultaron en sus casas. Gritáronle al cacique los españoles por medio de los intérpretes que bajase con todos los suyos. Rehusólo diciéndoles que lo dejaran en paz, que él no perturbaba la de nadie; mas como viese saltar las astillas de los árboles al golpe de las hachas, bajó con su familia. Pidiéronle oro los castellanos, á lo que contestó que él no cuidaba de buscar sino aquello que necesitaba, y que como el oro no le servía para nada, no lo tenía; pero intimidado con las amenazas, dijo que iría á sacarlo de un monte ve­cino, prometiendo volver dentro de algunos días. Pasado este término, los españoles, viendo que no parecía, y cansados de remar río arriba, se tornaron río abajo, con las provisiones que habían tomado á los indios de los árboles.

Entre tanto, confiados los que habían quedado en río Negro en la debilidad de las armas de los indios, se descuidaron: y los indios de la tribu del cacique Abraiba mataron á tres, y cogiendo las armas de los muertos, se admiraban, según dijeron después los prisioneros, de que hombres que poseían tan resplandecientes espadas, que servían para la guerra y para tantos otros usos, anduvieran pasando trabajos en tierras lejanas en busca de oro, que no era tan útil. Conferenciaron sobre esto los caciques Abraiba, Abenamechey, que andaba fugitivo y con un brazo menos, y Abibeiba, y convinieron en deshacerse de tan incómodos vecinos, sorprendiendo primero á los que habían quedado en rio Negro, que eran menos. Por fortuna de éstos llegó Balboa la víspera del día señalado para el ataque, sin ser sentido. Así fué que los indios, hallando á sus enemigos más numerosos de lo que pensaban, quedaron desconcertados y vencidos á pocas vueltas, escapando los caciques y cayendo prisioneros muchos, que fueron llevados al Darién para cargar y trabajar la tierra. No es posible calcular cuántas leguas del curso del Atrato descubrieron los españoles esta vez, porque hay exageración y variantes en las relaciones de los cronistas, y porque ellos mismos no lo sabían; pero por la descripción de las ciénagas que rodeaban la población cerca de Abibeiba, parece probable que no pasaran de la altura de la Vigia de Curbaradó ó de las inmediaciones de Murindó.

A pesar de sus descalabros, juzgaron los indios con acierto que era preciso hacer un grande esfuerzo para arrojar á los españoles de su territorio, antes de que, llegando los auxilios de gente y armas que esperaban, no se hiciese más difícil la empresa. Se conjuraron, pues, muchos de los caciques, instigados por Cemaco, que no dormía, y que ya había echado á pique una canoa con veinte enfermos enviada al Darién por el capitán Hurtado, á quien Balboa había dejado en la boca del río Negro. Hicieron en Tichirí el depósito de víveres y armas para el ataque al Darién, para el cual contaban con cinco mil indios en cien canoas para acometer por mar y por tierra á un tiempo. La indiscreción del hermano de una india que servía á Balboa, fué causa de que se descubriera todo, porque instándole aquél que se escapara para evitar el peligro que necesariamente correría el día de la batalla, ella, que amaba á Balboa, le reveló el secreto. Preso el hermano, y dándole tormento, confesó el infeliz todo el plan y condujo á los españoles á Tichirí, en donde efectivamente hallaron copia de víveres y licores fermentados, y algunos indios principales, que hicieron matar para ejemplar escarmiento. Viéndose, pues, descubiertos los indios y aterrorizados con la actividad que desplegó Balboa, abandonaron la empresa y se sujetaron pacientemente al yugo y á los mandatos de hombres tan superiores en armas como en inteligencia.

Casi dos años hacía que Zamudio había salido para España, y muy cerca de uno que Valdivia partiera para Santo Domingo, y el auxilio deseado y esperado con tanta impaciencia y pedido con tanta instancia, no llegaba. Mil recelos y desconfianzas asaltaban el ánimo de los colonos del Darién. Algunos sospechaban que los enviados, alzados con el oro que habían llevado, lo estarían disfrutando olvidados de sus antiguos camaradas; Balboa, que era uno de los más atribulados, viendo que el número de compañeros se disminuía por las enfermedades y accidentes, y que no le era fácil emprender nada de consideración, anunció su resolución de ir él mismo á la corte á dar cuenta dé todo y á traer la gente para su viaje al mar del Sur. 

Semejante decisión puso en la mayor consternación á todos los habitantes de la Antigua, que unidos le representaron que con su partida daba el golpe de muerte á la colonia, porque á él solo debía su existencia y fortuna este puñado de hombres colocados entre el mar y las selvas. Después de una lucha de algunos días, y reflexionando que si por una parte su presencia en la corte era de mucha necesidad, por otra su ausencia anulaba la población de la Antigua y se dispersaban los indios sujetos ya, todo lo cual era indispensable escala para nuevos descubrimientos, consintió finalmente en despachar á Juan de Caicedo, tesorero de la Corona, y elegido porque dejaba en prendas su mujer é hijos y su destino. 

Le dieron por compañero para el caso de muerte ú otro accidente á Rodrigo Colmenares, y los enviaron en el único buque que les quedaba, pues que el otro lo había llevado Valdivia, cuyo naufragio sobre las costas de Cuba con todo el oro que llevaba, se ignoraba hasta entonces en el Darién. Partió Valdivia en tiempo de brisas, en un mal bajel, con el cual no pudo remontar, y se perdió como Nicueza en alguno de los muchos escollos que rodean á Cuba. Los nuevos enviados reconocieron las reliquias del buque cuando se vieron obligados también á arribar á aquella isla.

Los repartimientos del oro adquirido en las expediciones y de los indios, fueron siempre la causa fecunda de disputas y animosidades entre los castellanos, las que muchas veces acabaron trágicamente, porque no siendo los méritos susceptibles de medirse con exactitud, cada uno tiene en más los suyos que los ajenos, y de aquí el embarazo y la tortura en que se han hallado en todos tiempos los repartidores de dineros, empleos, gracias y demás cosas apetecibles en la vida. Reducido por su debilidad Vasco Balboa á la inacción, comenzaron á fermentar en la colonia las semillas del descontento. Primero envidiosos del favor que Balboa dispensaba á Bartolomé Hurtado después de la partida de Colmenares, trataron algunos de conspirar, diciendo que Balboa no tenía derecho alguno para mandarlos. Mas este, que no se descuidaba, mantenía siempre espías, y adelantándose á los conjurados, prendió á un tal Alonso Pérez, que era el jefe de los descontentos. 

Estos, por librar á su caudillo, se armaron y estuvieron casi á punto los colonos de matarse en la plaza de la Antigua unos con otros, cuando Balboa consintió por el bien de la paz en poner en libertad á Alonso Pérez, y luego se ausentó expresamente con pretexto de una cacería, dejando diez mil pesos que aún estaban sin repartir, á fin de que ellos mismos se los distribuyeran. En efecto, luego que Balboa salió, prendieron á Bartolomé Hurtado, y Alonso Pérez hizo la distribución, favoreciendo á la gente más baja con perjuicio de los más distinguidos. Es de advertir que con excepción de ciertos oficios de la corona, todos los demás, cualquiera que fuera su clase, se consideraban como iguales, y solo después de muchos combates era que se establecía la clasificación natural de valor y capacidad; entonces los que sobresalían en estas expediciones eran ya capitanes de hecho. El artificio de Balboa produjo la reacción prevista por él y el nuevo repartimiento hizo ver claramente que Balboa obraba con más justicia. Habiendo sido presos sus enemigos, mandaron llamarle al sitio en donde se hallaba, según decía, resuelto á irse á España en la primera oportunidad.

A pocos días de estos disturbios llegaron de Santo Domingo dos buques con algunos aventureros, armas, viveros, y lo que contentó mucho á Balboa, una especie de nombramiento que el Tesorero Pasamonte hacía de él para gobernar aquella tierra fundándose para ello en facultad que el Rey le había concedido en semejantes casos, en lo que nadie puso duda, así porque era notorio el favor que Pasamonte disfrutaba en la Corte, como por ser el nombrado también el más capaz. En lo sucesivo ninguno osó disputarle la autoridad á Balboa. Bien conocía él, sin embargo, que esta era precaria, y que los informes del bachiller Enciso le habían de atraer algún castigo severo, y así se resolvió á emprender el viaje de descubrimiento al otro mar con solo ciento noventa hombres, que pudo reunir entre los antiguos y los recién llegados, y con mil indios de servicio para cargar provisiones, armas y otros menesteres. 

Embarcó su gente en muchas canoas y un buque algo mayor para ir á Careta, en donde fué recibido con amistad como otras veces, y desembarcando en aquella costa, se internó al sur hacia las tierras de Poncha el 1°   de Septiembre de 1513. Este cacique huyó como lo había hecho antes, más Balboa se había propuesto no dejar enemigo ninguno á las espaldas, no ignorando que para atravesar una comarca habitada de numerosas tribus independientes con menos de doscientos españoles, le era indispensable guardar una política amistosa y observar la conducta menos hostil en cuanto le fuese posible, lo que no siempre era, acaudillando la gente de la naturaleza que llevaba. Con este ánimo envió mensajeros á Poncha convidándolo con su amistad y asegurándole que ella sería firme y duradera, y que viniera á verlo, que nada tenían que temer ni él ni sus vasallos. Poncha se dejó persuadir, se restituyó á su pueblo, y sirvió de mucho á Balboa dándole guías que lo condujeron al través del istmo.

Con grandes trabajos, por senderos fragosos, por tremedalés y precipicios, caminaron los castellanos hasta casi al pié de las tierras más altas, en donde encontraron al cacique Quareca ó Escuarague, que con más de mil indios les vedó pasar más adelante, amenazándoles que mataría á todos los que quisieran entrar en sus tierras, y como Balboa no hiciera caso de sus amenazas, le acometieron con tanto denuedo, que se vió obligado á ordenar á su tropa que combatiera con orden, sin dispersarse ni desbandarse. El ruido de la pólvora, el estrago de las balas, lo cortante de las espadas y picas y los mordiscos de los perros, triunfaron muy pronto de las macanas y dardos con que combatían los indios desnudos, que se dieron á huir, quedando muerto el cacique y seiscientos más, y prisioneros algunos. 

En el pueblo que estaba inmediato al lugar del combate, encontraron algún oro y provisiones, y observando algunos indios vestidos de mujeres cuidando de las casas, y juzgando, dice Herrera, «que del pecado nefando eran inficionados, los echaron á los perros que en un credo los despedazaron. Más de cuarenta sufrieron esta muerte cruel, entre ellos un hermano del cacique y otros indios principales. Allí despidió Balboa los indios de Poncha, y tomó los de Quareca, acariciándolos mucho, y haciendo caso de ellos porque los halló dóciles, al propio tiempo que habían mostrado valor para defender su tierra. Dejó también algunos españoles que ya no podían caminar, en aquel pueblo, y continuó trepando por aquellas serranías hasta que los indios le mostraron la cima desde donde podría divisar el otro mar. 

Entonces mandó hacer alto á su gente, y adelantándose solo, se prosternó al contemplar la inmensa extensión del océano Pacifico, dándose por recompensado de todos sus trabajos, pues la Providencia le había concedido el favor de ser el primer habitante del Viejo Mundo que viera aquel mar. Dando fervientes gracias á Dios por haberle dispensado tan señalada merced, llamó á sus compañeros y todos hicieron demostraciones tales de regocijo, que los indios se miraban atónitos los unos á los otros sin saber qué pensar. No hubo castellano que no ofreciera á Balboa respeto, obediencia y gratitud eternas por haberlos conducido hasta allí, y sin reparar ya en la fatiga, andaban solícitos buscando piedras para amontonarlas en forma de pirámides, colocando cruces encima, según Balboa lo había ordenado, como señal de posesión, grabando el nombre de Castilla en las cortezas de cuantos árboles hallaban á la mano. Esto pasó el día 25 de Septiembre del año de 1513 , poco antes de medio día, y forma una de las épocas notables en el descubrimiento de América.

Cumplida así la primera promesa de Panquiaco, el hijo de Comagre, se creían los castellanos en vísperas de recoger á manos llenas el oro y las riquezas de los países anunciados por el mismo, así fué que se precipitaron de la sierra como un torrente hacia el otro mar, llevándose por delante al cacique Chiape, que pretendió oponérseles, y se llevaron legiones mucho más numerosas según el ánimo que les había entrado. No era Balboa hombre que por entusiasmo omitiera el continuar la ejecución del plan que se había propuesto. Hizo, pues, detener á su gente en Chiape, y poner en libertad á los indios prisioneros en el combate, cargándolos de presentes para aquel cacique, al que mandó rogar que se presentase y que nada temiera, y en corroboración de que sabía cumplir sus promesas, envió con ellos algunos indios de Cuareca á fin que dijesen el modo cómo eran tratados. Chiape se presentó luego y trajo como presente cuatrocientos castellanos de oro. Despedidos los cuarecuanos, Chiape quiso con los suyos acompañar voluntariamente á los castellanos hasta el mar, mas antes y mientras llegaban los cansados de Cuareca, envió Balboa tres partidas de doce hombres cada una á explorar el camino más breve para caer al mar. 

La que mandaba el Capitán Alonso Martín de D. Benito, fué la que llegó en el corto término de dos días, y el mismo Martín el primer castellano que entró en el mar, no sin haber experimentado grande asombro por hallar canoas en seco en medio de la selva amarradas á los palos, asombro que se aumentó cuando vieron crecer la marea y que pudieron embarcarse y salir al mar, pues ignoraban que en aquella costa la marea deja en seco una grande extensión de tierra, mientras que en la opuesta del Darién apenas se siente el crecer y el menguar. Fué la partida que mandaba Francisco Pizarro, conquistador después del Perú, la segunda que llegó al mar. En seguida el mismo Balboa bajo con ochenta hombres, y se entró vestido y con espada desnuda y rodela dentro del mar, tomando solemne posesión de aquel mar del Sur y de todas sus orillas y cuanto en él se encontraba en nombre de los Reyes de Castilla y de León, y diciendo que aquella posesión defendería contra cuantos se la contradijeran. Gastaron los españoles todo el mes de Septiembre en atravesar el istmo desde la ensenada de Careta, no lejos del cabo Tiburón en el Atlántico, hasta las orillas del golfo que ellos llamaron de San Miguel, en el mar Pacífico, por haber sido descubierto el día en que la Iglesia celebra esta festividad, y que aún conserva su nombre.

Con el auxilio de Chiape y en canoas que éste proporcionó, Balboa atravesó un río considerable que desagua en el golfo, y sujetó al cacique Cocure ó Coquera, que contribuyó con algún oro, y luego se embarcó en las mismas canoas con el designio de pasar del otro lado del golfo, á pesar de que los indios le aseguraban que se exponía á una tormenta por ser estas muy comunes en el mes de Octubre. Sin embargo, Chiape no quiso abandonar á sus huéspedes, á quienes había cobrado cariño, y prefirió correr todos las peligros que él sabía eran seguros, así fué que en breve comenzó el mar á encresparse, y sin la destreza de los indios que se apresuraron á atar unas canoas con otras, se habrían ahogado los españoles, porque tan frágiles leños no podían resistir al ímpetu de las olas. Ni aun este arbitrio les hubiera valido, si no hallaran una pequeña isla en la que se refugiaron, pasando una ansiosa noche, pues la marea la cubrió y quedaron sumergidos en el agua hasta la cinta. 

La mañana siguiente, menguando el mar y aprovechando la calma, se embarcaron en los trozos de canoas que pudieron aderezar, y arribaron á la primera tierra que encontraron, en donde salió á recibirlos en son de combate el cacique Tumaco. Vencido y roto este con los suyos, y prisionero uno de sus hijos, Balboa le hizo vestir, adornar con sartas de cuentas de vidrio de diversos colores, y poner en libertad, instruyéndolo para que buscase y tranquilizase á su padre y demás fugitivos. La política de Balboa no dejó de producirle los favorables efectos que en otras ocasiones. Tumaco se presentó, aunque con alguna desconfianza que en breve se disipó con el trato afable de Balboa, y sabiendo ya cuáles eran los objetos más agradables á sus vencedores, hizo traer una cantidad considerable de oro, y lo que más llenó el ojo á los españoles, doscientas cuarenta perlas. 

Balboa comisionó siete de sus compañeros, los principales, á fin de que fueran á ver cómo y en dónde se pescaban las perlas; al cabo de algunos días volvieron con doce marcos que á su vista se habían sacado, y sabiendo que en una isla más distante que poseía un cacique Tetarequi, se cogían en más cantidad y de mayor tamaño, se preparaba á embarcarse si los indios y la experiencia no le hubieran persuadido que era empresa loca en la estación de las borrascas. Dejándolo, pues, para otra ocasión más favorable porque era ya el 5 de Noviembre y las lluvias y tempestades no cesaban en aquellas riberas, atravesó otro río, y despidiéndose de Tumaco y de Chiape, que le dieron indios para cargar y señalarle los senderos, determinó volver al Darién por camino distinto, á fin de conocer mejor aquellos países y aumentar su tesoro; que ya podía darse este nombre á la cantidad de oro que llevaban. El cacique Teoca ó Teoachan fue el primero que los salió á recibir de paz, dándoles oro y algunas perlas y provisiones. Este les piió que devolvieran á los indios de Chiape, que él haría el servicio necesario con los suyos, y así se practicó, aunque los chiapeses iban voluntarios. Teoca ordenó á su hijo que fuera á la cabeza de los indios y que no permitiera que ninguno se volviera sin permiso de Balboa.

Comenzaron á subir aquellas ásperas cuestas y á experimenar escasez de agua para beber, lo que los traía afligidos, hasta que llegaron al asiento del cacique Pacra ó Poncra, el cual desamparó precipitadamente sus casas, dejando lo que poseía, que solo en oro alcanzó á pesar más de dos mil pesos. Esta vez Balboa desmintió su acostumbrada fidelidad á las promesas que hacía á los indios, pues habiéndose presentado Poncra en virtud de las seguridades que le dieron, fué preso, se le dió tormento á fin de que descubriese de dónde sacaba el oro que le habían encontrado, y de que confesara feos pecados de que le acusaban, y habiendo negado con firmeza todo, mandó Balboa que lo entregasen á los perros con otros tres, á fin de que los devoraran. 

Este Poncra era el indio de figura más desapacible que hasta aquí habían encontrado, y por su severidad tenía muchos enemigos, lo que impidió, sin duda, que la felonía que con él se usó tuviera el efecto de retraer á los demás indios de la amistad de los españoles. Treinta días descansaron en los estados de Poncra, que llamaron Todos Santos. Allí se incorporaron los enfermos que habían quedado al cuidado de Chiape, y llegaron acompañados del cacique Bononiama, por cuyo pueblo habían pasado, atravesando por camino más corto. Este Bononiama resultó ser hombre muy racional, que confirmó á  Balboa las noticias vagas que Tumaco le dió por la primera vez de pueblos ricos y adelantados que vivían en la otra orilla del mar, y que se servían de animales de carga. Bononiama también les regaló algún oro, y les indicó el camino para atravesar la cordillera. Mucho sufrieron por aquellas espesuras y cenagales, y sobre todo del hambre, obligados á sustentarse con raíces y frutas silvestres. Algunos indios de los de Teoaca perecieron de necesidad. 

En la parte mas elevada y de buen temperamento hallaron dos ó tres pueblos miserables sujetos á los caciques Catoche, Zuirisa y Buquebuca; este último se ocultó en los montes, y mandándole llamar Balboa contestó que no teniendo nada que darle de consideración, no había creído que podía salirle al encuentro. Sin embargo, todos estos indios se despojaron, por contentar á los españoles, de sus planchuelas de oro en forma de patenas que traían colgadas al cuello, y las dieron á Balboa. Continuaron los castellanos su viaje por aquellas asperezas, desfalleciendo de hambre, hasta una población grande del cacique Pocorosa, en la que hallaron mucho maíz, y aunque los indios dejaron al principio solas las casas, luego, persuadidos por los intérpretes, volvieron y trajeron el consabido pasaporte a saber: las patenas, narigueras y otros adornos que pesados al instante, rindieron cuatro mil y más pesos.

Pocorosa les habló muy mal de su enemigo el cacique Tumanamá, de cuyo nombre y riquezas oyeron tanto los castellanos en su visita á Comagre,y creyendo Balboa que se le podría ir una presa de tanta consideración si no empleaba el mayor secreto y sagacidad, escogió sesenta españoles de los más adelantados con todos los perros, que fueron el azote de los indios en aquella expedición, y caminando sin cesar logró sorprender á Tumanamá dentro de sus casas á prima noche, mas no halló las inmensas riquezas que se prometía, de lo que irritado habría mandado, arrojar al río al infeliz cacique, si este no hubiera suplicado que esperasen, mientras que sus mujeres, reuniendo todo el oro que tenían, trajeron mil quinientos pesos, y al día siguiente dos mil más. Muy pronto conoció Balboa que el odio de los caciques vecinos á Tumanamá nacía de que este era hombre belicoso, que tenía sus vasallos acostumbrados á las armas, poseía una casa fuerte y muchas armas con lo cual era temido de Pocorosa, que habitaba sobre las alturas, y de Comagre, que vivía mas abajo en el valle y amena llanura que describimos antes.

Aunque importunado, Tumanamá nunca quiso declarar en sus tierras había minas de oro. Los españoles catearon, en diferentes lugares y hallaron, lavando las tierras, algunos granos como lentejas delgadas y polvo fino, pues el que habían visto hasta entonces estaba en piezas fundidas por los indios. Tumanamá insistió diciendo que el que tenía no lo había sacado en sus tierras, sino adquirido en las comarcanas. Suponían los españoles que su intento era que no vinieran ellos al amor del oro á establecerse en sus términos. Aquí pasaron los españoles los últimos días de Diciembre de 1513, y luego se encaminaron, al valle de Comagre; muerto ya este anciano, su hijo y sucesor Panquiaco salió á recibir á sus amigos y los hospedó y regaló en sus casas. Bien lo necesitaba Balboa, que acometido de calenturas había sido traído en hamaca por los indios desde Tumanamá y los otros que venían cada uno apoyado en dos indios para poder caminar.

Restablecidos del estropeo y males, con el cariño y regalos de los comagres, caminaron por la vuelta de las tierras de Poncha á la Antigua. Allí los esperaban cuatro mensajeros con la agradable noticia dé haber llegado varias embarcaciones de Santo Domingo cargadas de víveres y otras cosas. Balboa se adelanté con diez y seis compañeros, y entró en triunfo en su colonia después de una expedición de cuatro meses, la más lucrativa de las que se. habían ejecutado hasta entonces en el continente, cargado con más de cien mil pesos de oro, fuera de las perlas, todo lo que equivalía entonces á casi un millón de pesos, de nuestros días; sin haber perdido un solo hombre, habiendo descubierto el mar del Sur y asegurado el paso para futuras expediciones por haber ganado la amistad de los naturales, inspirándoles al mismo tiempo grande opinión de la fuerza de los castellanos y confianza en sus promesas. Que mucho, pues, que todos, grandes y pequeños, salieran en procesión á recibir á Balboa; que los buques se empavesaran y descargasen su artillería, y que los trasportes de alborozo de la colonia hicieran que el descubridor del mar del Sur mirase este día como uno de los más dichosos de su vida.

Reunidos todos, se apresuró Balboa á enviar á España a Pedro Arbolancha con los quintos reales del oro y perlas, y con la noticia del descubrimiento del otro mar, y á solicitar la Gobernación de Castilla de Oro; mas cuando este mensajero, llegó á la Corte, por Mayo de 1514 , no sólo estaba ya provisto el destino,. sino que había salido el agraciado con una numerosa expedición para venir á tomar posesión, como se verá en él capítulo IV. Se equivocó pues Robertson al asegurar que, á pesar del servicio ­importante de Balboa en descubrir el Océano Pacifico, la antipatía del Obispo de Burgos lo privó de la recompensa merecida, cuando por el contrarío la sensación que produjo la llegada de Arbolancha á la Corte con el oro y perlas, y la noticia del otro mar, no había tenido igual desde el primer regreso de Colón, y el entusiasmo por Balboa fué tal, que se revocó la sentencia que lo condenaba por sus primeras usurpaciones, nombrándole el Rey Adelantado del mar del Sur, con otras mercedes como adelante se verá.  

 

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(1) Aun hoy los bongos que fabrican los indios de aquella costa son muy estimados, tienen quilla, y en ellos se aventuran mar afuera, á pescar tortugas en los bajos é islotes. (Regresar a 1)


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