Crónicas de Bogotá
Pedro M. Ibañez
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Continuación del capítulo 20.


Las indispensables corridas de toros empezaron el día 18 del mismo mes, y hubo durante dos tardes cuadrillas con jinetes vestidos de terciopelo, que el cronista que acabamos de citar llama “carreras de Zipaquirá.” Acabadas las fiestas reales, continuaron los lutos por el Rey muerto, que debían durar seis meses. 

Pasamos ahora a un asunto de carácter científico, por haber ocurrido en tiempo del Gobierno de Solís; trátase del desarrollo de una epidemia no estudiada por los historiadores y cronistas, y de la cual dice uno de éstos últimos: “la epidemia que vino del Japón, y causó estragos en Lima, Quito y demás lugares de América. Aquí llego con piedad y con aviso de aquellos lugares de su modo de curar, que ha sido con sudores frescos y ayudas, y no haciendo cama, siendo total veneno la sangría y agua fría, porque se ha de tomar caliente y por espacio de cuarenta días, siendo las recaídas peligrosísimas; y a los viejos y viejas se los va llevando” (12)

El historiador O. Benedetti anota que el año de 1759 se sufrió en la ciudad de Quito una epidemia que se extendió a las comarcas cercanas y de la cual murieron diez mil individuos, y que pocos años después, en 1785, murieron en la misma ciudad y lugares circunvecinos, de veinticinco mil a treinta mil (13)

El haber llamado Vargas Jurado esta epidemia peste del Japón, nos induce a creer que fue la peste bubónica la que llegó a Santafé en aquel tiempo, pues esta entidad patológica se ha conocido con los nombres de fiebre del Levante y tifo de Oriente. 

El eminente médico francés Grisolle anota el desarrollo de la peste bubónica en Moscou en 1771 (14)

Littré afirma que esta peste contagiosa es endémica en el Levante, a veces epidémica, y que se caracteriza por bubones y ántrax; acepta la distinción del médico Desgenettes, de tres grados de gravedad (15)

Bouchut tiene las mismas opiniones que el sabio últimamente citado: asevera que la enfermedad de que tratamos era endémica en todo el Oriente, y se hacía epidémica con frecuencia porque se desconocían las reglas de higiene publica, hoy implantadas en todos las países civilizados (16)

La epidemia en Santafé se desarrolló en mayo de 1760 e hizo numerosas víctimas, de las cuales no existe estadística. Aunque el comercio de América era relativamente limitado, bien pudo llegar el contagio de la peste bubónica a los puertos del Nuevo Reino, donde las medidas de sanidad eran desconocidas, y propagarse a las altiplanicies andinas como Quito y Santafé (17) .

El señor Solís dictó medidas sobre higiene para disminuir el contagio, y las hizo prácticas por medio de don Juan de Casanova, su cirujano.  

El Virrey tenía algunos amigos de intimidad con los cuales, sin desatender sus quehaceres oficiales, solía pasar ratos de solaz, y por tal motivo su nombre anduvo unido a la crónica de aventuras:  

Salíase por la noche de Palacio por una puerta falsa, disfrazado de particular, para ir con sus amigos a visitar casas donde no habría podido entrar de día a vista de las gentes, lo que lo expuso a varios lances. Uno de ellos fue el que pasó con su misma guardia, porque habiéndose e perdido la llave de la puerta por donde salía, tuvo que tocar en la principal, donde el centinela lo echó atrás, a pesar de dársele a conocer, basta que llamado el Oficial, tuvo que pasar por el bochorno de que lo vieran en aquel traje y supieran en las que andaba (18) .  

El mejor biógrafo de este simpático Virrey refiere que entonces Solís determinó abrir en las tapias que por el lado del mediodía cerraban el recinto del Palacio, una puerta reservada para su exclusivo servicio. “Nosotros hemos conocido aquella puertecilla, único monumento mezquino entre los muchos que quedaron para inmortalizar el nombre de Solís” (19) .  

El mismo biógrafo dice, hablando de la vida borrascosa de este mandatario:  

Vivían en su tiempo en Santafé y descollaban entre las más hermosas, ciertas jóvenes de no muy esclarecido linaje, desenvueltas y de livianas costumbres, conocidas comúnmente por el apodo de las Marichuelas. Conociólas el Virrey, trabó amistad con una de ellas, y esto dio ocasión a que su conducta fuese por algunos años el escándalo de las gentes cristianas. Ni fueron éstos sus únicos devaneos, pues sus contemporáneos pintaban su vida como muy disipada.    

Ya vimos en la página 136 de este libro que el 22 de junio de 1758, día sábado, la Marichuela amiga de Solís resolvió entrar al convento de Santa Clara (20) .  

Pero la Marichuela no alcanzó a ver en plena existencia mundana el fin del Gobierno de su amante, pues en junio de 1758 volvió los ojos al convento de Santa Clara, habiéndose originado su conversión de unos ejercicios espirituales. Así lo refiere con candidez de niño Vargas Jurado, quien a propósito agrega: no sé en lo que parará; nosotros tampoco (21) .  

La licencia de las costumbres del Virrey Solís hizo que tuviera disgustos con los Oidores, quienes informaron contra él al Rey Fernando VI, alcanzando del Monarca una cédula de reprensión. El Rey Fernando, amigo íntimo del Virrey, envió á éste a la vez carta particular en que lo excitaba, en el seno de la más cordial amistad, a evitar choques con sus compañeros de Gobierno, advirtiéndole que no se afanara por el contenido de la cédula, ni porque se repitiesen las quejas de los golillas.  

Un día la Audiencia se reunió en toda forma para notificar solemnemente a Solís el regaño del Monarca.  

En la tranquila vida de Santafé debió ser aquello un acontecimiento; la emoción de los Oidores debió ser profunda, y su sueño interrumpido por la íntima satisfacción que les produciría el arma terrible que poseían contra el joven Virrey. Citáronle a la Audiencia, y con la solemnidad acostumbrada, leyéronle la reprensión del Soberano; oíala Solís con extraña e inusitada calma, y cuando el Escribano de Cámara hubo terminado la lectura y los ojos de los Oidores se fijaban sorprendidos e interrogadores en la faz del joven, éste sacó del bolsillo una carta de Fernando VI, que era su íntimo amigo, y la leyó a su vez .... Al concluir la lectura dijo el Virrey al Escribano: “Vuestra real persona ha hecho que me lean la real cédula; ya habéis visto la carta que Fernando ha escrito a su amigo don José Solís Folch de Cardona” (22) .    

El Virrey tuvo la generosidad de ordenar que se llevase una abundante comida a los locos que entonces ocupaban un departamento bajo en el Hospital de San Juan de Dios. Poco tiempo después el Virrey visitó el manicomio, y habiendo preguntado a uno de los dementes si habían comido bien, le respondió: “Señor Virrey, asevero a Vuestra Excelencia que los frailes comieron cierto día como locos, y nosotros comimos como frailes” (23) .  

En los últimos años de su Gobierno, la conducta pública y privada del simpático Virrey tuvo cambio notable. Con frecuencia visitaba a los enfermos del único hospital que tenía Santafé, y él mismo, rodeado de sus amigos personales, les servía a la mesa y les regalaba dinero. Quizá lo movía a este acto generoso y liberal sus grandes sentimientos de caridad unidos a la cuerda respuesta del loco.  

En la cuaresma del año de 1759 se hizo una procesión de penitencia a la hora del angelus, a la que concurrieron la nobleza y el pueblo de Santafé, y anota Vargas Jurado que en ella “el señor Virrey llevó el cristo con corona de espinas y zoga al cuello.” El señor Solís regaló una pintura de Nuestra Señora de la Luz, con marco de plata, a la Capilla Castrense, que ocupaba el área del conocido Salón de Grados, en el edificio de Las Aulas. El mismo día, sábado 25 de enero de 1761, se puso la primera piedra de la iglesia de la Orden tercera, que describiremos adelante, y para cuya obra cedió Solís la suma de $ 2,000. Recuerda un cronista que en diciembre del año anterior, Solís invitó a sus amigos a visitar el templo e imagen de Chiquinquirá, exigiéndoles que para el viaje se vistiesen de azul. “Ya para entonces—dice un cronista—albergaba Solís el santo pensamiento de vivir en la Orden franciscana (24) .  

El 24 de febrero de 1761, después de ocho años de magnífico Gobierno, entregó Solís el bastón de los Virreyes del Nuevo Reino a don Pedro Messía de la Zerda, en cuya Administración nos ocuparemos adelante.

En las postrimerías de su Gobierno llevó él mismo en su carroza al Hospital de San Juan de Dios la cuantiosa limosna de $ 30,000 destinada a la construcción y mejora de enfermerías, benéfica liberalidad que ha hecho simpático su recuerdo a la posteridad.

Y cuando se esperaba en Santafé que el ex—Virrey partiera para España, se supo con sorpresa que donaba su fortuna a los pobres, y con admiración, que al oscurecer la tarde del día 28 de febrero de 1761 había solicitado en la portería del convento de San Francisco el humilde hábito de lego de la Orden, renunciando los honores y títulos mundanos y despreciando las comodidades materiales que le brindaban su ilustre nombre y cuantioso caudal.    

El Virrey-fraile.  

Véase cómo refiere Vargas Jurado su llegada al convento, que hoy guarda su sepulcro:  

Sábado 28 de febrero de 1761, salió el señor don José Solís en calesa, a las nueve de la mañana, con la mejor gala y del mesmo modo sus criados y negros, fue a San Diego, donde oyó misa solemne, y a la tarde subió donde el señor Arzobispo, y a la noche se disfrazó de capa, y sin ser conocido de las guardias, salió a San Francisco, y despojándose de la gala tomó el hábito de lego del señor San Francisco, a cuyo tiempo hubo repiques, por donde se llegó a saber en su Palacio, escribiendo un billete al señor Zerda, quien de la confusión dicen no durmió en toda la noche (25) .  

Este varón esclarecido cambió en esa noche su nombre de grande de la Corte de España por el de fray José de Jesús María, y la vida regalada de Virrey por la austera del convento.  

En esos tiempos era tanto el acatamiento a la persona del Rey, que ninguno de sus funcionarios podía pronunciar votos monásticos sin su aquiescencia. Solís la pidió al Monarca español, mientras pasaba su noviciado según la regla de los franciscanos, y obtenida, hizo profesión solemne el 19 de marzo de 1762, y bajó a Santa Marta por falta de Obispo en Santafé, para obtener el presbiterado. Allí cantó su primera misa en 1769, y vuelto al convento máximo de Santafé el Virrey—fraile, terminó su vida el 27 de abril de 1770. El Virrey Zerda fue su padrino en la profesión que hizo de lego, y a él le tocó presidir los funerales de su antecesor.  

El Cardenal Arzobispo de Sevilla y otros deudos de Solís que tenían gran valimento en la Corte de España y en la del Vaticano, obtuvieron para fray José de Jesús María el capelo cardenalicio, pero cuando esta noticia llegó a Santafé como homenaje a su humildad, ya el fraile Virrey habla muerto.      

 

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(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 52. (Regresar a 12)

(13) C. BENEDETTI, lib. cit., 258. (Regresar a 13)

(14) A. GRISOLLE, Traite de Patkologie Íttterne. Novena ed., 1, 85. (Regresar a 14)

(15) E. LITTRÉ & CH., Dictionnaire de Médecine. (Regresar a 15)

(16) E. BOUCHUT y ARMAND DUPRÉS, Dictionaire de Médecine, etc. tercera ed. (Regresar a 16)

(17) Debe hacerse notar que la falta de conocimientos científicos en aquellos tiempos en que estaban muy lejanos la bacteriología y el bacilo de Jersin, y las dificultades de diagnóstico, disculpan a los cronistas por no haber dado noticias claras. 

Actualmente el Médico de Sanidad de Francia en Siria, H. de Brun, escribe desde Beyrouth: «La dificultad de diagnóstico es tal que algunas mortíferas invasiones casi desde el principio hasta el fin son desconocidas y apreciadas por epidemias de neumonía infecciosa, como la famosa peste de Bombay, clasificada como fiebre remitente, con afección de las vías respiratorias, hasta el día que Childe pudo demostrar su naturaleza.» (Regresar a 17)  

(18) GROOT, lib. cit., II, 59. (Regresar a 18)

(19) JOSÉ MANUEL MARROQUÍN, El Mosaico de Bogotá, 1864, ni, 291. (Regresar a 19)

(20) VARGAS JURADO, lib. cit., 48. E. POSADA, Narraciones, 96. (Regresar a 20)

(21) R. CORTÁZAR. Galería de Virreyes. El Gráfico de Bogotá, núm. 125. (Regresar a 21)

(22) HERMINIA GÓMEZ JAIME DE ABADÍA, Leyendas y Notas históricas, 144. (Regresar a 22)

(23) C. BENEDETTI, lib. cit., 231. (Regresar a 23)

(24) ANDRÉS MESANZA, Nociones de Geografía y de Historia de Chiquinquirá, 25. (Regresar a 24)

(25) VARGAS JURADO, lib. cit., 58.   (Regresar a 25)


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