Continuación del capítulo 7.
Un distinguido literato, don José Joaquín Borda, escribió en 1875 las siguientes líneas, refiriéndose al Doctor Sangre (20) :
Corría el año de 1604.
Nuestros Estados Unidos de Colombia, a la sazón Presidencia dependiente de nuestra querida España, dormían una paz octaviana. ¡ Dichosa edad y dichosos tiempos aquellos en que todo, vidas y haciendas, pertenecía de derecho a mi amo el Rey. Los dichosos colombianos dormían el sueño de la inocencia envueltos unos en sus capas de paño de San Fernando, cubiertos de galones y pieles, y los otros en camisetas y lienzos del afamado Ramiriquí. Nada de Constituciones ni de Derechos del Hombre, ni de imprentas, ni de todas esas patrañas con que soñamos en este pícaro siglo ! Todo era paz y contento a la sombra del glorioso pabellón de Su Majestad y bajo el amparo de la Real Audiencia.
Don Bartolomé Lobo Guerrero, de gloriosa memoria, regentaba la Silla arzobispal, y sus misioneros, traídos de Méjico, echaban los cimientos del gran Seminario de San Bartolomé, cuna preciosa de las letras colombianas, a la vez que daban ocupación y sustento a multitud de indígenas, privados ya de su libertad y condenados a las cargas de la vida civilizada. Ahí habían de tener lugar las disputas escolásticas, que por largos años formaron el único acontecimiento ruidoso de la Colonia, y allí brotaron también las chispas que, convertidas de repente en un incendio, devoraron en un momento el solio de los Virreyes y el antiguo edificio de la tiranía. Pero, como hemos dicho, por entonces todo era paz y contento, según decía el Presidente y repetían sus cortesanos.
En la esquina S.E. de la plaza había a la sazón un edificio nuevo y vistoso, por frente del cual no pasaban los bienaventurados colonos sin tocarse el sombrero y sin que les flaqueasen algún tanto las rodillas, como si fuese la habitación de algún duende, poblada de misteriosas y terribles tradiciones.
No temamos nosotros, que han pasado ya algunos siglos, y de esa morada sólo quedan reliquias. Entremos sin miedo, aunque sólo sea para ver por el resquicio de la puerta o por detrás de la mampara que cubre la del salón principal, a un célebre personaje de aquellos tiempos.
El ancho y grosero portón está abierto de par en par. Extiéndese en seguida un corredor tapizado de menudas y desiguales piedras, orillando un patio cubierto de yerba descuidada, entre la cual se elevan tristemente dos naranjos cubiertos de telarañas y un laurel por el tiempo encorvado. Los cuatro corredores altos que forman marco al patio están desiertos, y las puertas de sus cuartos, pintadas de blanco y llenas de molduras delicadamente trabajadas, están cerradas.
En el corredor principal está la mampara de cuero curtido, que nadie abre sin temblar, y al través de la cual han pasado tan terribles escenas.
Por supuesto que en aquellos corredores no hay ni envidrierados, ni alfombras, ni siquiera esteras, sino los ladrillos tales como salieron del horno.
Abramos la mampara.
Es un ancho salón que en vez de cielo raso, como se usa hoy, ostenta un brusco artesonado en que asoman las varas del enmaderado, pintado lo mismo que las paredes, de tierra blanca, cuatro sofás larguísimos, forrados en damasco rojo, con altos espaldares, ornados de arabescos y molduras, forman el principal adorno. Cuatro escaparates de cedro sin barniz, sostenidos en garras de león, muestran sus cajones medio abiertos y llenos de abultados expedientes.
En la pared del frente campea un cuadro de dimensiones colosales, con marco de caoba, en el cual está pintada una grande águila, con orla de nueve granadas: es el escudo de armas concedido a Santafé por la Corte española.
Cerca de la ventana principal hay una gran mesa, cubierta de damasco, llena de papeles y útiles de escritorio. En un sillón, hermano de los sofás, está sentado escribiendo el personaje que queremos ver. ¡ Lástima que en aquel tiempo no hubiese fotografía!
Es un anciano alto y delgado. Está envuelto en una rica capa azul, y por debajo del damasco de la mesa se alcanzan a ver sus flacas pantorrillas, forradas ea una media de seda color de carne, y sus pies calzados de zapato con hebilla de oro, que descansan sobre un cuero de oveja escarmenado y blanco como nieve. Asoma también bajo la capa su ligero espadín; una coposa peluca le cubre la cabeza hasta los hombros; está afeitado enteramente, y unos anteojos de filetes de oro cubren sus ojos bajo las cejas espesas como un bosque, y que a la par de los lentes, procuran ocultar las miradas del anciano.
Un grueso expediente tiene al lado y varias cartas escritas en tosco papel español y pegadas con obleas de colores, que el anciano ha devorado con ansiedad.
¿Quién es este personaje?
Nada menos que don Francisco de Sande, Presidente del Nuevo Reino. Hace ocho años que manda en la Colonia y espera mandar, por lo menos, otros ocho.
Tales eran las costumbres y el Palacio de Gobierno en 1600.
Salierna de Mariaca residenció al Doctor Sangre; y éste dijo a sus confidentes, amigos y aduladores, entre otros, a los Oidores Diego Gómez de Mena y Luis Enríquez, quienes estaban en Santafé desde principios de aquel siglo, que su causa tendría buen fin, porque había comprado al Visitador, con barras de oro. Salierna supo que se le acusaba por soborno; llamó al Arzobispo para darle cuenta de lo que ocurría y pedirle consejo; el Prelado le ofreció conferenciar con Sande y afearle su mal proceder, por estar convencido de la inocencia y honradez del Visitador; pero el Presidente sostuvo su dicho ante el Prelado y ante el mismo Salierna, diciendo que no podían probarle lo contrario, porque la escena del soborno no había tenido testigos. Entonces el Visitador, que se hallaba gravemente afectado por la pena, lo citó para dentro de nueve días ante el tribunal de Dios, Juez que no necesita testigos ni comprobación de hechos. Esta cita se divulgó en la ciudad, donde se dijo también que el Visitador había sido envenenado por orden del Presidente, y que con tan indigno objeto había vuelto de la Villa de Leiva.
Murió Salierna de Mariaca, y al llevar el cuerpo a enterrar, salió el Presidente al amplio balcón del Palacio, con rostro risueño y señales de satisfacción.
Oigamos cómo cuenta el Padre Zamora (pág. 347, lib. cit.) el desenlace de esta curiosa crónica colonial:
Llegó el día 12 de septiembre, plazo en que, cumpliéndose la citación del Visitador, se cumplieron también los días del Presidente, muriendo con grande aceleración y espanto universal de la ciudad. Pero fue mayor el que tuvieron llevando a enterrar el cuerpo a la iglesia de San Agustín, porque estando en la calle de la Carrera, con aquella ostentación y acompañamiento acostumbrado en los entierros de los Presidentes, se empezó a oscurecer el cielo con temerosa tempestad de truenos, rayos y granizo, con tal asombro, que desamparando todos el cuerpo, que estaba sobre un bufete, recibió la violencia del torbellino, hasta que tarde de la noche cogieron el féretro los negros de su familia, y llevándolo a la iglesia, le dieron sepultura. Siendo ambos sucesos tan raros, fueron los discursos diversos, y en esta narración sólo tiene lugar la verdad, con que lo aseguran diferentes manuscritos de aquel tiempo, que don Juan Flórez de Ocáriz compendió en su Preludio.
Por la muerte de Sande, ocurrida el 12 de septiembre de 1602, quedó el Gobierno a cargo de los Oidores Diego Gómez de Mena, Lorenzo de Terrones, Alonso Vásquez Cisneros y Luis Enríquez, mientras llegó el Presidente interino Nuño Núñez de Villavicencio, quien murió durante la visita de la Audiencia, de la cual era Fiscal desde 1603 el Licenciado Buenaventura Cuadrado. Nuño Núñez falleció en la capital en 1607. Este Presidente había desempeñado el Gobierno de Charcas, y a Santafé trajo a su mujer doña Maria Enríquez junto con cuatro hijos menores. En Santafé vivió un homónimo del Presidente, que fue Canónigo de la Catedral (21) .
Durante el Gobierno de Sande se construyó, por el Licenciado Luis Enríquez, el primer puente de San Agustín, en la acera oriental de la hoy Plaza de Ayacucho. Llamó a trabajar en dicho puente a indígenas de los pueblos de Tunjuelo, Usme, Une, Cueca, Chipaque y Ubaque, y como era encomendero de Une y Cueca Alonso Gutiérrez Pimentel y tenía a los indígenas ocupados en labores de campo, lanzó palabras duras contra el Oidor, lo que, sabido por Enríquez, lo comunicó a la Audiencia en son de queja, y el Tribunal le dio comisión de levantar proceso, siendo en él a la vez parte y juez, y con este doble carácter condenó a la horca a Gutiérrez Pimentel, antiguo Alcalde y Alférez Real!
Cuentan también las crónicas que poco tiempo después de construido el puente de San Agustín llegó un Visitador al Convento de Santo Domingo, que se avino mal con los religiosos, causa por que fue nombrado Juez conservador fray Francisco Mahón, agustino calzado. Este fijó censuras en las puertas de la Catedral; el Arzobispo ordenó quitarlas; de nuevo las fijó el Padre Mallón comprendiendo en ellas el nombre del Prelado. Mandó el Arzobispo a su Provisor Porras Mejía a reducir a prisión al Padre Mahón, y al marchar aquél a cumplir su cometido, encontró en el puente de San Agustín al Oidor Gómez de Mena seguido de Alcaldes y alguaciles, a quien enviaba la Audiencia, sabedora de la ocurrido, a cortar el mal. Un clérigo asió al Alcalde ordinario Mayorga, lo ultrajó de obra y lo amenazó con una espada que traía entre los hábitos. Todos sacaron armas; el Provisor Porras Mejía puso censuras a grandes gritos; el Oidor Gómez de Mena declaró traidor al Rey al que se menease, y con esto calmó el alboroto y todos entraron en casa del Capitán Sotelo, contigua al puente. Nadie llegó al vecino convento, donde estaban los frailes prevenidos con armas para defender al Padre Mahón (22) . Mientras ocurría lo relatado, la Audiencia había embargado los bienes del Provisor y dispuesto que se llevase a prisión, lo que se efectuó en la cárcel de la plaza principal. El Arzobispo, rodeado de los Canónigos, se trasladó a las salas de la Audiencia, pero el Tribunal sólo dio entrada a Su Señoría. Una hora después salió el Arzobispo con la orden de libertad para el Provisor detenido, con lo cual terminó aquella curiosa escena de costumbres coloniales, sucedida en Santafé.
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(20) Prematura muerte le impidió al señor Borda concluir esta relación histórica, que en parte publicó en el periódico literario La Tarde. (Regresar a 20)
(21) OCARIZ, lib. cit., págs. 90 y 91. (Regresar a 21)
(22) El Carnero, 1ª edición, pág 175. (Regresar a 22) |