|
Prólogo de la primera edición.
Pocas ciudades de América conservan tan numerosos archivos como Bogotá: el nacional, el histórico, el departamental, el municipal, el del Congreso, el del Arzobispado, los parroquiales, los manuscritos de la Biblioteca Nacional y varias colecciones de documentos de propiedad particular; y pocas ignoran tanto su historia.
El descuido ha sido deplorable, Es cierto que se han publicado algunas Guías de la ciudad, desde 1793 en adelante, en las cuales se ha dado cabida a noticias y relaciones más o menos completas de la historia local de la ciudad, en lo general concisas y sin atractivo y adulterando hechos y fechas; pero es lo cierto que se ha carecido de un libro que estudie, con método y verdad, el origen de los monumentos públicos y de otros edificios dignos de mención; que recuerde la etimología de los nombres populares de las calles y de las plazas; que compile el origen de las crónicas, leyendas y tradiciones al lado de la severidad histórica de los grandes acontecimientos; que recuerde las distintas nomenclaturas de las vías públicas, y que consigne los nombres de los gobernantes y los de los hijos distinguidos de la capital. En una palabra: la fisonomía moral y material de la ciudad, en los tres siglos y medio que cuenta de existencia, no se ha estudiado hasta el presente con método y detenimiento. Los puntos culminantes de su pasado los han consignado los historiadores nacionales, obedeciendo al extenso plan de la historia política, civil, religiosa y militar del país, sin poder romper las especiales condiciones en que escribían, para detenerse a relatar la entrada de un Virrey o de un Arzobispo a Santafé, la jura de un nuevo soberano en la Colonia, las fiestas civiles y religiosas de lejanos tiempos, los trágicos acontecimientos de interés limitado al terruño y los anales de un edificio, de un paseo o de una plaza. En esos libros, cuyas páginas encierran los progresos y los dolores de la patria, con frecuencia se toca la historia de Bogotá, porque ella es la historia de todo un pueblo, pero incidentalmente, sin unidad, sin paciente investigación, sin consignar incidentes, ni consejas, ni leyendas, ni tradiciones; dichas relaciones no hacen conocer la vida local, a veces alegre y bulliciosa, a veces sembrada de dolores y espinas.
Los asuntos de que tratamos los hemos estudiado con detenimiento; los hemos consultado en numerosos manuscritos, cubiertos por el polvo de siglos, y en cuanta noticia impresa nos ha sido dado hallar en libros y periódicos, antiguos y modernos. Sin pretender que se nos tenga por eruditos, citamos los autores de donde hemos tomado lo que referimos, como prueba de la verdad de las aseveraciones que dejamos consignadas. Con frecuencia transcribimos escritos y documentos fehacientes, especialmente en crónicas y apreciaciones artísticas, inéditos muchos de ellos, pues hemos querido conservarles el sabor que les dio el autor en tiempos ya remotos, y la amenidad de estilo a escritos recientes.
Por lo general seguimos orden cronológico; de él nos apartamos para estudiar materias que por sus antecedentes y consecuencias requieren clara y concreta exposición, pues en realidad este libro encierra asuntos heterogéneos difíciles de compilar siguiendo orden determinado con severa obediencia.
Al publicar este trabajo creemos llenar un vacío de la historia nacional, aún no escrita, después quizá imposible o muy difícil de colmar, pues gran caudal de datos los hemos recogido de las generaciones que están desapareciendo, tradiciones orales que el tiempo desfigura y borra, y de documentos que hacen parte de archivos privados, que no podrán consultarse fácilmente por quien emprenda tarea semejante a la nuestra.
No tenemos la pretensión de haber hecho una obra completa: agradeceremos toda indicación, toda rectificación y toda nueva noticia que complemente nuestro trabajo para edición posterior; creemos que la crítica bien intencionada es una enseñanza, y de ella nos aprovecharemos. Cuanto a la que no se funda en bases sólidas no la tememos, pues creemos con el Padre Benito Feijoo: que no hay más rígido censor de un libro que aquel que no tiene habilidad para dictar una carta.
Bogotá, como toda ciudad que cuenta siglos de existencia, tiene sus glorias; no solamente sus hijos, sino todos los colombianos, mirarán con simpatía, de ello estamos seguros, que recordemos los lugares inmortalizados por los grandes hombres que brillaron en otros tiempos. Los recuerdos del pasado nos hacen vivir múltiple vida: estamos persuadidos de que no solamente las glorias militares son las glorias de la Patria; el saber, la virtud y el patriotismo son aureola de legítimo orgullo para la Nación; himno de reverente gratitud elevamos a los colombianos ilustres que unieron su nombre al de la capital de Colombia y a los hilos de ésta que supieron ilustrar sus nombres legando útiles enseñanzas a la posteridad.
EL AUTOR
Bogotá, 6 de agosto de 1891, CCCLIII aniversario de la fundación de la ciudad.
Prólogo de la segunda edición.
Agregamos a lo dicho en el prólogo de la primera edición, que este libro no ha sido improvisado; que lo hemos formado paulatinamente, con amor a la verdad y a la Patria, y que esta segunda edición de las Crónicas de Bogotá ha sido llevada a cabo mediante cuatro lustros de paciente investigación.
Nos ha animado a la nueva publicación de esta obra el favor con que fue acogida la aparición de las Crónicas de Bogotá en 1891. Nos han prestado valiosa y especial ayuda para la impresión de ella dos miembros distinguidos de la Academia Nacional de Historia que ocupan actualmente elevada posición oficial, los doctores Carlos E. Restrepo y Pedro M. Carreño; a ellos y a muchos de nuestros colegas y amigos, cuyos nombres no consignamos en estas líneas por temor de omitir algunos, presentamos cordiales agradecimientos.
Pero la justicia nos impone el deber de dar especiales gracias al doctor Roberto Cortázar, miembro de número de la Academia de Historia, que ha sido nuestro brazo derecho en las difíciles labores de la publicación de este libro.
Guardamos la esperanza de que esta obra sea útil no sólo a los amantes de los estudios históricos, cuyo número es por fortuna muy crecido merced a los esfuerzos de la Academia Nacional de Historia, sino a la mujer colombiana y a los niños, los cuales, según gráfica expresión de Jules Ferry, tienen conciencia tan delicada que no se debe tocar sino con demasiado escrúpulo como cosa sagrada que es.
EL AUTOR
Bogotá, 16 de julio de 1913, primer centenario de la Independencia absoluta de Cundinamarca.
Regresar al índice Siguiente Capítulo
|