Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez

 

CAPITULO XL
(Tercera parte)

 

En ese casón de antaño, en tiempos de Nariño tenían lugar veladas literarias en las cuales se hacían agradables lecturas, se conversaba sobre los grandes acontecimientos de la política exterior y Nariño mismo escribía en ella su célebre periódico La Bagatela.

Esa vieja casa, de aspecto pintoresto y anticuado, quedó olvidada por los bogotanos durante mucho tiempo, y al correr de los años se convirtió en ruinas,

 

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cuando ya era conocida con el nombre de Quinta de Ramos, que recibió de un acaudalado propietario.

Así, de su apacible retiro en las márgenes del Fucha, y desde su tranquilo gabinete y librería, donde sólo se alcanzaba a percibir el murmullo de la corriente, el rumor del viento entre los coposos árboles y el mugir de una que otra vaca que pacía en el vecino prado, pasó súbitamente al estruendo de cornetas y tambores con que, en fuerza déla antigua costumbre, le hacían los honores militares, y a las ruidosas exclamaciones de la muchedumbre que lo llevaba en brazos al antiguo Palacio de los Virreyes, para sentarlo de nuevo bajo el dosel de damasco, y ceñirle la espada con que algún tiempo después había de triunfar en las afueras de la capital del numeroso ejército que por el Norte venía a invadirla (1) .

En la quinta histórica existía una amplia sala de un solo piso y de pobrísima arquitectura, antigua capilla de la casa señorial, donde oraron las Virreinas. En el mismo sitio en que estaba edificado el caserón colonial, se ha construido una alquería de gusto moderno; y la prolongación de las calles de la ciudad hacia el Sur/, corta los antiguos prados que pertenecieron a La Milagrosa.

Nariño quedó plenamente autorizado para ejercer el Poder Ejecutivo y acordar medidas para la seguridad del Estado; y don Manuel Benito de Castro, con su capa colorada, volvió a la tranquilidad del hogar, aliviado de la pesada carga del Gobierno.

Por medio de bando se hizo saber el día 12 que los empleados debían jurar el nuevo Gobierno, que los hombres útiles debían alistarse en el Ejército y que los que apoyaran la Regencia española sufrirían pena capital.

Un patriota, don José Gregorio Gutiérrez Moreno, escribía lo siguiente el día 17, líneas en que condensó la situación política:

Se le concedieron (a Nariño) las facultad es de un sultán, sin otra ley a qué sujetarse que su voluntad y capricho. Desapareció el Senado, que mejor hubiera sido que, jamás lo hubiese, habido el pie en que estaba. Murió mi segunda Cámara, y me tienes con mucho gusto mío de ex Presidente. Se acabó también el Poder Judicial...».

No es fácil darse cuenta de cómo aquellos patricios, tan amigos de la libertad civil y que gozaban de vida independiente, profesaran tal devoción a una dictadura sin límites, que provocaba la guerra civil.

El Dictador era una mezcla de travesura y de seriedad: grave en las ocupaciones de Gobierno, cuya responsabilidad aceptaba, asumía en el hogar y en la sociedad el carácter festivo y alegre, tan común en la juventud bogotana. Y la suavidad insinuante de su trato social y su distinción en los salones explican en parte el influjo que ejerció sobre los hombres de su tiempo.

El Dictador disminuyó los sueldos, creó un Tribunal de Seguridad Pública, expidió bandos y proclamas y atendió a la organización militar para combatir con los federalistas.

Los Senadores don Joaquín Malo y don Cayetano Vásquez recibieron la comisión de percibir donativos y empréstitos.

Conmovieron la sociedad en esos días el suicidio del Ayudante de artillería Domingo Ardila, y las dificultades que se presentaron para sepultarlo en el templo de San Carlos, como entonces se usaba; «dijeron que por ceremonia y que después lo sacaron y lo tiraron al camposanto,» dice el cronista. También ocurrió entonces la muerte del médico Honorato Vila, el 6 de octubre de 1812. Este español, de quien ya hablamos, había llegado a Santafé en 1784, y desde entonces ejerció su profesión y el cargo de Visitador de boticas. En varios períodos fue el único esculapio para una población de 20,000 habitantes. Al principiar el siglo XIX casó con doña Isabel Rojas, y con ella vivía lleno de comodidades. La sal bogotana recordó que en el Libro de los Proverbios se lee: Honora medicum propter necessitatem, y con zumba cambió esas palabras por este latinajo: Honoratus est medicus propter necessitatem. Es curioso consignar que este Hipócrates se levantaba antes del alba, oía misa a las cinco de la mañana; ya en su casa, tomaba unas copas de viejo vino español, él mismo ensillaba una muía que lo conducía a sus visitas profesionales, «y se sabía en la ciudad cuál era su método: visita hecha, visita pagada: cuatro reales en mano, ni más ni menos, lo mismo al pobre que al rico» (1) .

La correspondencia entre Nariño y Baraya se agriaba diariamente, hasta llegar a un incidente curioso que vamos a citar. El Jefe de los federalistas dictó órdenes terminantes para que no se dejaran transitar pasajeros por los caminos del Norte, sin registrarlos e interrogarlos; y a la vez ordenó que en manera alguna se dejara llegar a los cuarteles revolucionarios a las vivanderas que salían de Santafé, «por ser éste el conducto de que se había valido el pícaro de Nariño para seducirle los soldados» (2) .

El 4 de octubre de 1812 se reunió en la Villa de Leiva el Congreso de las Provincias Unidas, al cual concurrieron don Manuel Bernardo Alvarez y don Luis Eduardo Azuola, por la Provincia de Cundinamarca. El Congreso eligió a Camilo Torres Presidente de las Provincias Unidas. Mientras que en el sur de Colombia y en las costas de Venezuela perdían terreno los patriotas, en Leiva y en Bogotá se agitaban en estériles contiendas centralistas y federalistas, y eran vejados en el Congreso los Representantes de Cundinamarca. Nariño rehusó sujetarse a las condiciones que le imponía el Congreso, conminado con declaratoria de guerra, y proclamó a Cundinamarca libre del pacto federal y, por consiguiente, emancipada del Congreso, de acuerdo con la Representación Nacional y con la opinión de una Asamblea popular que él mismo había convocado para deliberar sobre estos gravísimos sucesos. Además, supo Nariño que Baraya y Ricaurte habían apresado a los Diputados de Cundinamarca, con aquiescencia del Congreso, y que éste había expedido decreto en el cual lo declaraba traidor usurpador y tirano. Justamente irritado se aprestó a la defensa, y se puso a la cabeza de una expedición militar numerosa.

El 6 de octubre Nariño publicó bando en que hacía saber que las tropas del Congreso marchaban sobre Santafé, y fortificó la ciudad con la artillería. Nos cuenta el cronista que en estas graves circunstancias también hubo revolución en un convento. En la misma noche del día 6 se levantaron los frailes de San Juan de Dios contra su Provincial, el médico fraile Juan José Merchán, realista entusiasta, y en son de guerra hicieron pedazos su retrato (1) .

El Boletín de Noticias del mismo día 6 avisaba que Baraya había llamado a los socórranos para que vinieran con él a invadir a Santafé; que les había ofrecido la Salina de Zipaquirá y tres días de saqueo en la capital, con lo cual quedaría destruida. En el Boletín del día 7 se dijo que la separación de Mariquita no tendría ya lugar, merced a los buenos oficios del Subpresidente Antonio Viana.

Se había organizado una conspiración para matar al Dictador. Uno de los comprometidos, miembro de familia patricia, debía solicitar una audiencia reservada para darle muerte. Enterado Nariño, con pormenores, de estos sucesos, guardó silencio. Una tarde llegó a Palacio el conspirador; solicitó la audiencia, que le fue inmediatamente concedida, y los dos solos entraron en una sala. El Presidente, con serenidad, cerró con su propia mano las puertas, recogió las llaves y las puso en manos del presunto asesino. Lleno éste de asombro, preguntó al Dictador el motivo de su conducta.

«Favorecer la fuga del que me va a matar, contestó el Presidente. No quiero que usted vaya a sufrir por mi causa» Y dicho esto, tomó un asiento tranquilamente (1) .

Al momento el conspirador, que estaba ofuscado por la pasión política, le manifestó a Nariño que creía que venía a matar a un tirano y que hallaba a un gobernante generoso y caballero. Puso las llaves y un puñal sobre la mesa, y los dos actores de esta extraña escena departieron por largo rato como buenos amigos.

Apenas reunido el Congreso de Leiva, creó una Comisión militar. Fue su Presidente el General Antonio Baraya, y miembros los Coroneles Dionisio Tejada y Jorge Tadeo Lozano, algunos ingenieros y otros oficiales de menor graduación. El Congreso pidió también al Gobierno de Bogotá la imprenta que pertenecía a Francisco José de Caldas, quien la había cedido al mismo Congreso, aceptando éste la responsabilidad de los créditos con que pudiera estar gravada a favor del Gobierno (2) .

Antes anotamos el hecho de que cuando fundaron el Diario Político Caldas y Camacho, en 1810, La Junta Suprema les confió una cantidad de dinero, a la cual hace referencia lo resuelto por el Congreso de Leiva.

Para entonces la correspondencia que venía del Cuerpo Soberano era dirigida al Gobierno de la Provincia de Cundinamarca, con prescindencia del nombre y títulos del Dictador.

Este había desterrado al Canónigo Rafael Lasso de la Vega, natural de Panamá y conocido partidario del Gobierno español; tal medida no asustó a las gentes piadosas, cuyas simpatías se había sabido granjear Nariño, no obstante sus opiniones emitidas en La Bagatela contra el clero y las beatas, y aun era felicitado por los conventos de monjas. La Abadesa de Santa Inés se congratulaba por su elección, le daba plácemes y enhorabuenas, y hablando por la comunidad, le decía: «Nos ofrecemos de nuevo a su disposición para que nos mande.» Y la Abadesa de la Concepción repetía los ardientes votos, en oficio especial (1) .

Nariño, hábil político y conocedor del pueblo que gobernaba, dictó medidas para ganarse al clero, y aprovechó una manifestación de los padres de familia, que dormía en su mesa de despacho hacía meses, en la cual se quejaban de la ausencia de Prelado, para resolverla favorablemente. Atendía con esta resolución, idéntica solicitud hecha por el apoderado del Cabildo eclesiástico. Dispuso que no oponiéndose el Arzobispo Sacristán, que se hallaba detenido en La Habana, a reconocer la transformación política, ordenaba se le diese pasaporte y se le suministraran las cantidades necesarias para su viaje (2) .

Existen documentos en los archivos del Gobierno civil, anexos a la Biblioteca Nacional, volumen XXI, relacionados con la causa que se seguía a la sazón con motivo de la separación de los Gobiernos de Bogotá y Tunja, confiada a don Ignacio Ricaurte; también están allí los documentos contra los vecinos de Guatavita, por conservarse neutrales en la contienda entre centralistas y federalistas.

El 26 de noviembre publicó Nariño un manifiesto en que exponía la necesidad que tenia de separarse del Gobierno y de crear una Junta formada por cinco individuos de conocidos patriotismo, probidad y luces.

En este concepto, he nombrado a don Felipe de Vergara, actual Secretario de Estado y Guerra, que será el Presidente de ella; a don Juan Dionisio Gamba, Secretario de Hacienda; a don José Ignacio Sanmiguel, que lo es de Gracia y Justicia; a don Manuel Camacho Quesada, y a don José María Arrubla (1).

Don Felipe Vergara y Caicedo, bogotano nacido en 1745 e hijo del Colegio del Rosario, abogado, ex-Contador del Tribunal de Cuentas, había servido durante la República los cargos de Alcalde de barrio y de Representante al Congreso.

A don Juan Dionisio Gamba, también antiguo Alcalde de barrio y miembro del Consejo de Gobierno, lo retrataba así la pluma satírica de Caro, el español:

   Gamba si usara muletas
No hay duda que la certara,
Y con eso se excusara
De andar haciendo gambetas:
Este viudo cuyas tretas Son chismear en secreto,
Este uncionado esqueleto Descarnado y asqueroso, Sobre baboso y gangoso
Es alcahuete completo.

Don José Ignacio Sanmiguel, de quien ya hemos hablado en el volumen u de esta obra, fue el abogado defensor de José Antonio Ricaurte en agosto de 1795, miembro de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, Alcalde que le tributó honores al Virrey Amar y a su esposa, y Corregidor de Neiva, puesto de que fue destituido por el mismo Amar. Como Síndico Procurador General en 1801 apoyó la creación de cátedras de Química y Mineralogía en el Colegio del Rosario. La poesía realista le castiga sus servicios a la Patria, así:

Sanmiguel, por lo que veo,
A todos les echa el gallo
Con su cara de caballo
Y entrañas de fariseo:
Este astuto corifeo
Tan marrajo y camastrón,
A aquel pérfido Simón
Que inventó aquella tramoya
Para el incendio de Troya,
Le pudiera dar lección.

Don Manuel Camacho y Quesada, hijo del Colegio de San Bartolomé, doctor en Derecho, profesor de latinidad, signatario de la Constitución de 1811 y miembro del Gobierno plural, pertenecía a distinguida familia.

Don José María Arrubla, nacido en la ciudad de Antioquia en 1780, también hijo del Colegio de San Bartolomé y patriota distinguido desde 1810, completaba la Junta de Gobierno de Cundinamarca.

El 23 de septiembre salió la expedición militar de Santafé a órdenes del Brigadier don José Ramón de Leiva. Marchó como Cuartel Maestre de ella el Teniente Coronel don Francisco García Olano, cuyo nombre figura con honor en los anales de Zipaquirá. Para Caro este patriota era personalidad insignificante:
 

                                Del Escribano García
                                 El más ruin de los patojos,
                                 Con más niguas y piojos
                                 Que hay moros en Berbería.
                                 ¿Quién pensara, quién diría
                                 Que este vil tragatajadas
                                 Con manos excomulgadas
                                 Y el más traidor desacato,
                                 De nuestro Rey al retrato
                                 Le diera de puñaladas?

Iba como Mayor General el Teniente Coronel José María Berrueco, y entre los Ayudantes del General se contaban Bernardo y Francisco Pardo y Antonio Ricaurte. Desempeñaba la Auditoría de Guerra el doctor Miguel Tobar. Marchó en calidad de Ingeniero el Capitán Pío Domínguez, bogotano, pintor distinguido y cosmógrafo. Lo fustigó la misma musa con la siguiente décima:
      

                               Los Domínguez que han quedado
                                Porque sus padres murieron,
                                Menos la ley que tuvieron
                                Lo demás lo han heredado.
                                Esta ley es bien mirado,
                                La ley del amor y unión
                               A la española nación;
                                Y no la ley de insurgentes,
                                Traidores, desobedientes,
                                Como los más de ellos son.

Al astrónomo del mismo apellido, don Benedicto, que había acompañado a Caldas, lo castigó con la siguiente injusta invectiva:

                               El simplón de Benedicto.
                               Aunque es un Juan de buen alma,
                               No parece que está en calma
                               Con su cara de conflicto;
                               Es calculador, adicto
                               A la cantidad sonora
                               Y con Caldas se asesora.
                               Calculando entre los dos
                               Cuántos cuartos da el relox
                               Antes de tocar la hora.

El cronista Caballero refiere que la primera tropa de esta expedición salió de Bogotá el 9 de noviembre; el mismo cronista marchó como Sargento 1° en un Cuerpo de milicias de infantería a órdenes del Comandante don Francisco Javier González (alias Gonzalón), patriota distinguido, hijo de esta ciudad. La sátira poética dice de él:

Mucho asco da Gonzalón,
Más negro que un cordobán,
Verlo andar de Capitán
Con sombrero de galón.
Este que en su batallón
Ninguno lo puede ver,
Por su indigno proceder,
Cree que ya no es perendengue
Y pretende este mutenque
Que lo llaman don Javier.

Saltando incidentes de esta campaña, anotaremos que el 25 de noviembre el Capitán don Tadeo Vergara combatió con ventaja en Hato viejo contra las avanzadas de las fuerzas de Baraya y Ricaurte. En Bogotá se habían organizado los españoles con anuencia del Gobierno, para mantener la tranquilidad pública, y habían formado una Compañía de a caballo, que no causaba gasto alguno al Erario Público. Llegó la noticia de que en las tropas federalistas corría la especie de que el Presidente Nariño era un hereje, tan grande como Juan Calvino y Martín Lutero, noticia que convirtió a los soldados de Baraya en entusiastas defensores de su religión y su Dios.

Entretanto el Dictador organizaba su retaguardia en Zipaquirá, de donde salió el día 28.

El 2 de diciembre tuvo lugar el encuentro en el Alto de la Virgen, serranía cercana al pueblo de Ventaquemada. Los federalistas estaban bien parapetados; los centralistas atacaron a pecho descubierto; la lluvia hizo el suelo fangoso, y el combate se decidió en contra de las fuerzas del General Nariño. Este no evitó medio decoroso y aun humillante para disminuir el desastre, pero ninguno fue aceptado por las tropas del Congreso.

Con la pena de la derrota y de la muerte de cuarenta de sus soldados, entre los cuales se contó el Oficial Mariano Portocarrero, Nariño voló hacia la capital, para promover una reorganización. Leiva, buen militar, salvó 800 hombres, con los cuales llegó a Nemocón el 3 de diciembre, y a Bogotá al día siguiente.

Asociado con el francés Antonio Bailly, amigo entusiasta del Gobierno, reorganizaron las tropas, crearon milicias y fortificaron los barrios de Las Cruces, San Diego y San Victorino; además, enviaron un destacamento de artillería a la capilla de Monserrate, elevado cerro que domina la ciudad por el Oriente.

Mientras las tropas de Baraya avanzan, en son de guerra, vamos a mezclar en este relato serio algo agradable, que borre el estiramiento de exposiciones rudas. Entre los Oficiales que hizo prisioneros la fuerza del Congreso, se contaba un tal L. Llana, llamado comúnmente Ñaña, glotón de enorme poder digestivo.

  Ocurrió su afligida madre al General Nariño, Presidente de Cundinamarca, para recomendarle que procurase el canje del prisionero.

  Nó, mi señora-contestó jovialmente Nariño;-por el contrario, lo que nos conviene es dejarlo allá para que les coma medio lado, y así se vean pronto obligados a entregarse. Resígnese, mi señora (1) .

El viejo Felipe de Vergara desempeñaba la Cartera de Guerra y carecía de salud; él ofreció al Presidente levantar la Legión de la Unidad, de la cual sería Prefecto, y Capellán, el fraile agustino José Vicente Echeverría, oferta generosa que aceptó el Gobierno «para ejemplo y vergüenza de los jóvenes y hombres robustos y acomodados que en los actuales peligros de la Patria no se han llenado del santo celo que anima a este benemérito ciudadano y a su digno Capellán» (2) .

Vimos ya que don Pedro de la Lastra y el Cura Nicolás Mauricio de Omaña habían partido el año anterior para los Estados Unidos de América, con la misión de comprar dos imprentas. Una de ellas llegó a principios de 1812, y fue nuevo y valioso elemento para el Gobierno de Bogotá.

Baraya y Ricaurte hicieron lentamente su marcha sobre Santafé, y llegaron a los aledaños de la ciudad con 5,000 hombres, entre ellos los veteranos que habían hecho ya la campaña del Sur. En el Ejército de la Unión estaban Dionisio Tejada, Antonio Villavicencio, Caldas, Atanasio Girardot, Manuel del Castillo y El Fogoso José María Gutiérrez, Oficiales distinguidos todos ellos.

Miradas con simpatía por Nariño y sus partidarios circularon profusamente algunas de las citadas décimas de Caro que herían profundamente a militares beneméritos que hacían parte del Ejército del Congreso.

Del General Joaquín Ricaurte y Torrijos, patriota ilustre, segundo Jefe de la expedición de Baraya, decía:

                      Ricaurte, llamado El Bola,
                    Tío carnal de Baraya,
                    Será un dolor que se vaya
                    Sin su espigón a la cola:
                    Quiso hacernos la mamola
                    Con gálico disimulo;
                    Pero viendo que lo chulo
                    Pega mal con lo francés,
                    No ha podido negar que es
                    Turrón de c... de mulo.

Del hijo de los Condes de Villavicencio, ex-Comisionado regio, que tan notables servicios había prestado a la revolución en Cartagena y en Bogotá, decía la ensaladilla:

                   De estos ídolos de lata
                   Que hasta a sus adoradores
                   Son indignos y traidores,
                 
Villavicencio es la nata:
                   Y en efecto, si se trata

  De observar su proceder,
  Mayor no le puede haber,
  Y es fuerza que a todos venza;
  Mas traidor tan sin vergüenza
  No ha nacido de mujer (1) .

Sobre el sabio Caldas escribió:

               Es Caldas una caldera
               De energúmeno rencor,
               Cobarde como traidor
               Y cruel como una fiera;
               Desde luégo si él pudiera
               Destruir a toda España.
               No lo excusara su sana;
               Y se carcome de envidia
               Pues ve que con su perfidia
               No vale una telaraña.

Atanasio Girardot era un joven todavía desconocido; por consiguiente no cayó esta vez bajo el látigo del poeta satírico; pero en cambio hirió éste a don Luis Girardot, francés que había tomado carta de naturaleza y servía a la República desde el 20 de julio de 1810, con las siguientes décimas:

Es Girardot, por el aire
Que allá en Francia respiró,
Un compendio de Ruso
Y Volter, o sea Voltaire:
Dice con tosco donaire
«Que tiene muchos novicios»:
Y en verdad que estos patricios,
Con negras ingratitudes
Dejan hispanas virtudes
Por tomar gálicos vicios.

He nombrado a este extranjero,
Porque aunque no es patriota,
Embarcado en esta flota
Va en ella de pasajero:
Y asimismo considero
Que en el modo de pensar
Y en el de representar
Libertinos entremeses,
Los criollos y los franceses
Se pueden equiparar.

Quiso Baraya sitiar la ciudad, y para ello extendió su línea militar por los pueblos de Usaquén, Suba, Fontibón, Bosa y por las orillas del río Tunjuelo.

Los dos Jefes enemigos tuvieron una entrevista, provocada por Nariño, en una alquería cerca del pueblo de Usaquén. Nariño, dejando una escolta de veinte hombres que llevaba por ceremonia, avanzó solo por entre las tropas de su adversario dando plausible ejemplo de valor y patriotismo. Al mismo General cedemos aquí la pluma:

Lo primero que se presenta a la vista del Presidente de Cundinamarca en las inmediaciones de la casa destinada a la conferencia, es una avanzada de cien hombres armados y dos piezas de artillería; pero estos preparativos no intimidan su animosidad, y despreciando, por decirlo así, su interesante vida, se adelantó de las pocas personas que lo acompañaban, y entrando con espíritu sereno por medio de veinte fusileros que estaban formando en ala con las bayonetas caladas. avanzó hasta el lugar donde se hallaba el General Baraya, y echando pie a tierra, le dio abrazos como una prueba segura de las buenas disposiciones que lo animaban, y de que corría un espeso velo sobre las diferencias que hasta allí habían tenido, manifestándole, al mismo tiempo, la protección que el Dios délas bondades les dispensaba, cuando les permitía volverse a ver con el carácter de amigos (1).

No obstante las buenas razones de Nariño, expresadas con ingenuidad, aquella conferencia no dio resultado provechoso. Tampoco lo obtuvieron las comisiones de paz, confiadas por él mismo a don José Gregorio Gutiérrez Moreno, al Canónigo Fernando Caicedo y Flórez y a otros ciudadanos respetables.

Baraya intimó la rendición de la ciudad para el día 29, y exigió la deposición del Presidente y el sometimiento absoluto de su persona y de sus fuerzas.

Quiso el Presidente, como último recurso, convocar en su palacio a las señoras madres, hijas y esposas de los Oficiales de Baraya, pero este paso no produjo mejores efectos que los muchos que pública y privadamente había tomado en los días anteriores.

La situación de la ciudad era extremada. Corría la especie de que Baraya no dejaría «piedra sobre piedra» El terror había llegado a su colmo. Los habitantes todos se creían expuestos a un saqueo, y corrían rumores siniestros sobre lo que pudiera suceder con respecto a ultrajes a las mujeres y a las monjas. Los numerosos templos estaban abiertos y daban acceso a muchos que creyendo llegados sus últimos momentos, buscaban el amparo de la Providencia. En los campamentos de San Victorino y San Diego el espíritu público se reanimaba, y en ellos se veía al General Nariño hablar con todos, tranquilo y Jovial, y rodeado de señoras y de sus dos hijas, éstas con divisas militares iguales a las de los soldados de artillería.

Se veía en la población la actividad de una colmena; en los templos rezaban las mujeres, los viejos y los niños; en la maestranza se cortaban vestidos; en los parques se fabricaban correajes y toldos y se herraban caballos, y en los campamentos se limpiaban armas y se afilaban lanzas.

No había una sola persona ociosa ni una sola indiferente.

Baraya ocupaba con su Cuartel General el caserón exconvento que servía de presbiterio al Cura de Fontibón, a la sazón ausente.

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(1) J. CAICEDO ROJAS, Una quinta histórica. (Regresar)

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(1) J. F. ORTIZ, Reminiscencias, 16.(Regresar)

(2) D. F. O'LEARY, Memorias, XIII, 103.(Regresar)

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(1) J. M. CABALLERO, lib. cit., 152.(Regresar)

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(1) J. M. GROOT, lib. cit., III, 205.(Regresar)

(2) D. F. 0'LEARY, lib. cit., XIII, 113.(Regresar)

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(1) El Precursor, 355.(Regresar)

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(1) E. GÓMEZ BARRIENTOS, Don Mariano Ospina y su época, I, 25.(Regresar)

(2) D. F. O'LEARY, lib. cit., sin, 125.(Regresar)

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(1) Incompleta en el original. Los versos subrayados son del poeta Eusebio Robledo.(Regresar)

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(1) El Precursor, 378.(Regresar)

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