Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XLIII
(Tercera parte)
Ciento ocho días duró el sitio de Cartagena. De sus 18,000 habitantes murieron 6,000, y no hubo una voz que en ocasión alguna pidiera la rendición de la plaza. Los Reyes de España le habían dado rico blasón y título de noble: la República cambió el título por el de Ciudad Heloica, y el blasón, por la orla de sangre de sus hijos, que hace resaltar mas la página de oro de nuestra historia (2) .
Cuando todavía se ignoraban en la capital estas desgracias de la patria, se fijaban pasquines, en los cuales se irrespetaba al Gobierno, y en sentido irónico se prohibía en ellos sonar cajas de guerra, para que el bello sexo no se sobresaltara, ni tampoco los pusilánimes. El Gobierno, con grandes esfuerzos, había logrado organizar algunas fuerzas las cuales salieron de la ciudad en esos días, al comando de García Rovira, Villavicencio y Timoteo Ricaurte, respectivamente.
A mediados del mes, de acuerdo con la reforma constitucional, hubo votaciones populares de segundo grado para nombrar mandatarios o apoderados que eligiesen los Alcaldes y Regidores para el nuevo año. Estos mandatarios declararon electos a don Joaquín Romana y a don Francisco Domínguez.
En tan apremiantes circunstancias es digno de notarse que adelantaron algunas obras materiales. En Chapinero se colocó la primera piedra para levantar una nueva capilla, de mejor arquitectura que la construida por don Ignacio Forero. La obra de la Catedral continuaba: estaban terminadas las dos torres y puesta la cruz de oro sobre la puerta principal, obra dirigida por el maestro Nicolás León, arquitecto bogotano, a la vez que Capitán de patriotas. El antiguo atrio de la Catedral, que se levantaba sobre el nivel de la plaza, únicamente en la extensión de la vieja iglesia, y estaba rodeado, por un pretil cubierto de sillares almohadillados y adornado con pirámides que remataban en bola, fue reconstruido también al terminar el año de 1815, en su forma actual, hasta el frente de laCapilla del Sagrario (1) .
Al comenzar el mes de enero de 1816 tomó la vara de Alcalde don Joaquín Romana, y estando impedido para hacerlo don Francisco Domínguez, segundo Alcalde, fue reemplazado por don José Antonio Leiva.
También fue nombrado Gobernador el doctor Ignacio Vargas, y Teniente Gobernador don José Tiburcio Echeverría, bogotano patriota y distinguido servidor de la Independencia.
En esos días en la capital había justa alarma. Por el Norte era inminente un combate entre el Ejército que mandaban García Rovira y su segundo, Santander, y las fuerzas de Calzada, que estaban ya en Su rata. Y no había mejores noticias de las Provincias del Sur, donde los realistas ocupaban el territorio antes libre.
Durante esas angustiadla zumba bogotana fijó un pasquín en los muros más centrales de la ciudad. Desempeñaba la capellanía de la iglesia de Egipto un presbítero muy conocido por su avaricia exagerada y por su ardiente amor a Fernando VII y a sus soldados. Los bogotanos leían:
El doctor Juan Zalamea, Capellán de Egipto, convida a todos los ciudadanos que quieran honrarle con su asistencia, a una comitiva que va a dar en obsequio de las noticias de Caracas, desde las once del día 6; y por la noche habrá una comedia intitulada La ambición española y la generosidad americana, y un monólogo que representará la viuda de don Luis Haro y hermana carnal de dicho Capellán, en las mismas casas de junto a la capilla de Egipto, de lo que quedará sumamente agradecido (1) .
El Gobierno organizaba fuerzas activa pero tardíamente, bajo la dirección de don Andrés Rodríguez, Secretario de Guerra, con el fin de auxiliar las tropas nacionales en las líneas defensivas en el No. te, en el Sur y en la Angostura de Nare, en el río Magdalena, hasta entonces defendida, con fortuna, por el Capitán José de la Cruz Contreras.
Continuamente había ejercicios de reclutas, se recogían donativos por medio de don Pedro de la Lastra, se acopiaban armas y municiones, se adiestraban las milicias de caballería de la Sabana, y se guardaban los prisioneros de Chire, todo bajo el comando del Generalísimo José Miguel Pey.
El Gobernador Ignacio Vargas presidio fiestas para reemplazar el árbol de la libertad que se había secado, y que por esta vez fue un cerezo.
El domingo 4 de febrero una comitiva de gente distinguida y altos funcionarios civiles y militares hicieron paseo al pueblo de Bogotá-hoy Funza,-con el objeto de plantar allí también el árbol de la libertad. El Cura Policarpo Jiménez alojó en la casa presbiterial a señoras y caballerosa luego presidió una procesión. Los músicos acompañaban a una joven vestida de india, con corona de plumas. A ella le tocó decir en el centro de la plaza Je la antigua capital de los chibchas: «Planto aquí el árbol que nuestros enemigos arrancaron con crueldad de este mismo lugar.» En seguida el Gobernador Vargas arengó elogiando a la Libertad. Después hubo bailes, músicas, corrida de toros y fuegos de artificio (1) .
Se creó por entonces el Batallón de Honor, guardia especial para el Presidente de la República, La bendición de su bandera fue solemne. Se hizo en la iglesia de San Francisco, y ocupó el pulpito, con brillo, el benemérito prócer cartagenero Juan Fernández de Sotomayor.
Otra fiesta de carácter privado tuvo lugar en esos días. El abogado Ignacio Vargas, el conocido Gobernador, viudo de la ciudadana Ignacia París, contrajo segundas nupcias con una hija de don Mateo Trespalacios, español y entusiasta realista. La fiesta fue suntuosa, y a ella dejaron de concurrir algunos patriotas, los que desaprobaban dicho enlace por escrúpulos políticos.
A fines de febrero recibieron los santafereños la grata nueva de que Miguel Guerrero, unido a José Antonio Páez, habían vencido en Arauca una vanguardia española mandada por Ildefonso Arce, y que como consecuencia las fuerzas del General Ricaurte habían ocupado a Guasdalito. Llegó a la vez la infausta noticia de la derrota que habían sufrido los republicanos a órdenes de García Revira y Santander, en los páramos de Cachiri
Difícil era la situación del Secretario de Guerra, doctor Andrés Rodríguez, benemérito patriota, natural de Cartagena. Bastaba que prestara tan útiles servicios para que el realista Caro hiciera de él la siguiente silueta:
A Andrés Rodríguez es Justo
Que lo saquemos al baile:
Ha sido tres veces fraile
Y ninguna por su gusto.
Lo llaman Hijo del Susto:
Pero entre sus nulidades
Tiene mil habilidades:
Sabe la ley del embudo
Y enamorar a lo mudo
Sin reparar en edades.
El Ejército expedicionario que ocupaba a Cartagena había hecho numerosas víctimas allí en los meses de enero y febrero de 1816 (1) .
El 24 de este último mes fueron fusilados en la histórica plaza fuerte nueve ilustres ciudadanos. Entre ellos se contaba el acaudalado comerciante don José María Portocarrero y Lozano, hijo de Bogotá, quien tenía a la sazón treinta y cuatro años. Había unido su suerte con doña Josefa. .Ricaurte, y él prestaba al Gobierno republicano importantes servicios en el ramo civil; conducía para Santafé un cargamento de fusiles cuando fue hecho prisionero en el partido de Lorica, y fue fusilado (2) .
También fue hecho prisionero en las sabanas de Corozal el benemérito Coronel bogotano Salvador Cancino, y fusilado en Cartagena por orden de Morillo (3) .
Entre los emigrantes de la plaza se contaron, oriundos de Bogotá, don Juan Rozo Vargas y don Manuel Romay Campuzano, aquél, comerciante, y éste, abogado, defensores de la ciudad en el célebre sitio de 1815 (4) .
Para que se vea la parcialidad con que relataron escritores españoles las escenas de sangre de aquellos tiempos, transcribimos unas líneas de las Memorias de don Rafael de Sevilla, uno de los vencedores:
Todos creíamos-dice el Oficial realista-que el castigo correspondería al crimen y a la obstinación de los rebeldes. Pero nunca como en el momento de penetrar nuestro Ejercito en aquella ciudad contumaz, se vio más de bulto la magnanimidad española.
Y nada dice este escritor de las ilustres víctimas del 24 de febrero, de los muchos fusilamientos ocurridos allí en ese tiempo, ni de las crueldades y carnicerías de Francisco Tomás Morales, délas que ya hicimos mención.
Organizada la campaña por Morillo y puesta la plaza de Cartagena a órdenes de Francisco de Montalvo, salió don Pablo de allí el 16 de febrero con su segundo Pascual Enrile y rodeado del Estado Mayor del Ejército, por vía de tierra, y llegó a Mompós el día 29 (1) .
Los primeros días del mes de marzo los ocupó el Gobierno de Bogotá en preparativos de nuevas fuerzas militares para reforzar los restos del Ejército del Norte, y en recaudar un empréstito por medio de los comisionados José T. Echeverría y Joaquín Vargas Vesga.
El 7 de marzo concedió despacho el Secretario de Guerra, de General en Jefe del Ejército del Norte, al Oficial francés Manuel Roergas de Serviez, para cuyo efecto fue ascendido; y nombró Mayor General del mismo al Coronel Francisco de P. Santander.
El General Serviez sirvió a la Independencia desde 1813. En tiempo anterior había pertenecido a los Ejércitos de Inglaterra y Rusia. Vino a Colombia con don Agustín Gutiérrez Moreno, como instructor de tropas; y en 1814 estuvo en Antioquia con ese carácter. En el valle del Cauca y en el norte de la República prestó luego importantes servicios (1) , y había organizado las milicias como fuerza de línea. Concurrió a la célebre batalla del Palo, en 1815.
A principios de 1816 organizó en Sogamoso un Cuerpo de caballería; y ascendido a Jefe superior, comandó el Ejército del Norte. Era militar de resolución y valor, de actividad sin límites, y lo reputaban como poseedor de amplios conocimientos y de grandes aptitudes como Jefe. En la organización de caballerías fue colaborador de Serviez el inglés Thomas Richards, nacido en Manchester en 1789, el cual había coadyuvado activamente a sacar de los presidios españoles al célebre Canónigo José Cortés Madariaga y a otros beneméritos republicanos, condenados por el Gobierno peninsular (2) .
Morillo escribía en aquella época una filípica contra Serviez y demás extranjeros que servían a la República. He aquí unas frases del Pacificador:
Un francés (Serviez) se ha puesto a la cabeza de la pretendida segunda línea de defensa. La segunda y cuantas se presenten las trastornarán las tropas del Rey. Son aquellos que supieron humillar a los Masenas, Sules, Dupones, Victores, etc., y ahora sabrán hacer desaparecer a los de la escuela miserable de los Bolívares, de este monstruo que sólo os ha dejado memoria de él por los males que os causó (3) .
Merece consignarse otra noticia personal. Un descendiente del comunero Ambrosio Pisco, el ciudadano Miguel Pisco, nativo y vecino de la antigua capital de los zipas, ofreció sus servicios y comandó un batallón de milicias desde marzo de 1816 (4).
Por orden del Gobierno se encargó el Coronel de Ingenieros, F. J. de Caldas, de levantar puentes en las llanuras inmediatas a la capital, de montar en ellas baterías y de abrir fosos. Los trabajos empezaron en la hacienda de Techo, ya nombrada.
Las circunstancias eran críticas. Las columnas de Morillo, obedeciendo a plan previsor, invadían nuestro territorio por diferentes vías. Una columna al mando de Francisco Warleta sojuzgaba las montañas de Antioquia. Otra al mando del Coronel Miguel de Latorre llegaba a Ocaña y tenía por objetivo unirse a las fuerzas que comandaba Calzada; otra columna subía por el Magdalena y debía apoderarse de Honda; estaba a órdenes de Donato Ruiz de Santa-cruz. Morillo, con su Cuartel General y respetables fuerzas, abandonaba a Mompós y se situaba en Ocaña. Julián Báyer dominaba el Chocó.
Por orden del Gobierno el preclaro patricio Francisco-Morales Fernández y don Tomás Barriga organizaron en Zipaquirá escuadrones de caballería; y en Mariquita prestó el mismo servicio el ciudadano Nicolás M. Buenventura.
La prisión del Jefe republicano José María Mantilla, en Cúcuta; las consecuencias de la pérdida de la batalla de Cachiri y la ocupación de las Provincias de Pamplona y Socorro por fuerzas del Rey, alarmaron a los habitantes dé la capital. Muchos pensaban, con acierto, que el Presidente Camilo Torres no era el hombre capaz en estas circunstancias para llevar el bastón del Gobierno. Sabido esto por el Presidente, hizo renuncia formal del alto cargo. Se había llevado a cabo la reforma de las instituciones envejecidas, demasiado lejos, y de ahí las frecuentes oscilaciones para llegar a la organización sólida del nuevo Gobierno.
Torres era hombre austero y el jurista más sabio de aquellos días; pero político idealista, dio el prestigio de su nombre al federalismo y a los Gobiernos plurales, causas principales de la situación creada, que no podía terminar sin sangre y sin lágrimas.
En la noche del martes 12 de marzo de 1816 el pueblo de Santafé pidió al Congreso un Dictador, y esa Asamblea eligió a don José Fernández Madrid, Presidente de la República, con facultades dictatoriales.
También renunció, en la misma noche, el Gobernador Francisco Javier García Hevia. No quiso aceptar este cargo don José Gregorio Gutiérrez Moreno, y tomó posesión de él don José Nicolás Rivas, con ejemplar patriotismo.
El nuevo Gobernador era militar distinguido, miembro de noble familia de Santafé; había nacido en 1772. En los claustros del Colegio de San Bartolomé recibió el título de abogado; dueño de ricas dehesas en la Sabana de Bogotá y de minas de oro en el Chocó, fue a la vez agricultor y minero. Ya lo vimos figurar como Alcalde en la penumbra de la Colonia; como Coronel de los centralistas en las guerras civiles, y como legislador en los primeros Congresos. En 1815 había tenido su segundo hijo, en cuya partida de bautismo encontramos esta fórmula, que prueba la adhesión de Rivas a las ideas de la revolución francesa. El Cura de la Catedral bautizó al niño «hijo legítimo de legítimo matrimonio del Coronel del Regimiento de Caballería del Estado, ciudadano José Nicolás de Rivas y de la ciudadana María Buenaventura Quijano.» Los abuelos, que pertenecían a la nobleza colonial, eran designados por el Cura Nicolás Mauricio de Omaña con el mismo adjetivo revolucionario. En aquellas difíciles circunstancias no se ocultaba a Rivas que al aceptar cargo tan importante se comprometía a sufrir fatales consecuencias: fue heroísmo nacido de la reflexión y del patriotismo (1) .
El 13 de marzo el Presidente Madrid dio una proclama al pueblo excitándolo a la unión y al amor ardiente de la Patria. Tema el nuevo mandatario veintisiete años de edad, v había nacido en Cartagena. El Claustro del Colegio del Rosario le había dado borlas de doctor en Derecho y en Medicina. Antes lo vimos figurar en los círculos literarios de Santafé y colaborar en periódicos de índole distinta: El Semanario y El Argos de La Nueva Granada, Tenía buenos talentos, era orador elocuente, poeta y dramaturgo de mérito y miembro de la más distinguida sociedad. Su mejor biógrafo hace de él el siguiente retrato:
Era Madrid de mediana estatura, delgado y flexible el cuerpo, fino el cutis y más bien blanco que moreno; su barba, cejas y pelo, negros, el último rizado, abundante y sedoso, lo mismo que la barba. Las cejas eran finas, los ojos grandes, rasgados, de color pardo muy oscuro, sumamentes expresivos, como toda su fisonomía. La frente era perfecta, ni grande ni chica, blanca y tersa; la nariz un poco larga e inclinada hacia abajo; la boca de tamaño regular, pero con el labio inferior bastante más grueso que el superior; llevaba hermosa barba (1) .
Poco antes de aceptar la Presidencia había contraído Madrid matrimonio con doña María Francisca Domínguez, de familia distinguida de Bogotá, la que fue la Armida inspiradora de su estro.
No era Madrid tampoco el llamado para dar vigorosa dirección al movimiento revolucionario. La guerra requería la presencia de un veterano, como Jefe del Estado.
Como que el Presidente era médico, aceptó el Gobierno de la República moribunda. Esta misma idea reinaba en el público y la expresaron vigorosamente dos damas patriotas en el siguiente diálogo:
-Hemos entregado el enfermo a un médico, decía la heroína Gabriela Barriga, esposa de Villavicencio, a doña Josefa Baraya, su digna amiga.
-Médicos tenía ya, contestó ésta; pero ahora se le ha nombrado médico de cabecera.
Sin medios de resistencia, Madrid carecía de autoridad y de prestigio, y aunque muchos patriotas estaban dispuestos a sacrificarse por amor a los ideales de la República, en realidad el Presidente no tenía sólidas fuerzas militares en aquellos momentos de inminente peligro, en los cuales Morillo y sus Tenientes ocupaban las Provincias del Norte, el río Magdalena y las montañas antioqueñas, las selvas del río Atrato e iniciaban la éra del terror, alzando patíbulos en Cartagena, en Mompós, en Ocaña y en Girón.
Tan crítica era la situación, que el Congreso dispuso abrir negociaciones con los Jefes expedicionarios para entregarles de nuevo el Gobierno del país en las condiciones más suaves y más provechosas para los pueblos. El Presidente comisionó al Diputado por Antioquia. José María Dávila, para desempeñar tan penoso y humillante encargo. Madrid a la vez continuaba sus preparativos de defensa. A mediados de marzo envió al ingeniero Caldas a prestar sus servicios en el Ejército del Norte, y tomó providencias para fortificar los caminos de Guanacas y Quindío, que cruzan la Cordillera Central. El Coronel Pío Domínguez, también ingeniero, fue enviado con zapadores, a órdenes de Serviez.
El español Francisco Aguilar, republicano distinguido, marchó a la Angostura de Nare como Comandante de artillería, para reforzarlos fuertes levantados por José de la Cruz Contreras.
Entonces se confió la Secretaría de Guerra, por exigencia de Serviez, al Presidente del Congreso, don José María del Castillo. Las otras dos Carteras las desempeñaban don Crisanto Valenzuela, la de Hacienda, y la de Relaciones Exteriores y Estado, don José María Domínguez.
Dispuso el Gobierno que todos los emigrados de las Provincias del Norte se reunieran en Moniquirá para formar la Legión de Emigrados del Socorro, quedando sujetos al General en Jefe Serviez.
Por enfermedad de don José Nicolás Rivas fue nombrado Gobernador interino don Estanislao Vergara. Este esclarecido servidor público había nacido en Bogotá en 1790, y era miembro de las mejores familias del Virreinato. El Colegio del Rosario le había dado título de doctor en Derecho, y de 1809 a 1814 había sido Vicerrector del histórico Claustro. Por sus ideas republicanas y su versación en literatura y en jurisprudencia fue nombrado Asesor del Cabildo en 1815.
Para mayor tranquilidad pública, cumpliendo ordenen del Presidente Madrid, el Gobernador organizó una Guarda Cívica y fomentó la organización de escuadrones de caballería en varias poblaciones de la Sabana de Bogotá, a las órdenes del Teniente Coronel N. Dufour.
Don José Antonio Olaya quedó encargado de formar en la ciudad de La Mesa, de donde era rico vecino, milicias disciplinadas. A don Francisco Antonio Ulloa se dio comisión de levantar caballerías en las llanuras de Ibagué y Neiva y en el valle del Cauca.
Trataban los gobernantes de mejorar la mala situación del Ejército patriota. A fines de marzo no existían en la ciudad sino 500 hombres; no había dinero, y no se había podido realizar un empréstito de $100,000, ni ofreciendo en prenda ricas alhajas de las iglesias. Los contingentes que llegaban a la capital, en verdad no eran de soldados sino montoneras de labriegos que carecían de armas y de disciplina. En esos días se supo que en Nare había logrado detener a una flotilla de españoles el Comandante José de la Cruz Contreras. El Secretario de Guerra, en su entusiasmo por esta noticia favorable, escribió al pie del parte:
Gracias al Dios de los Ejércitos, protector de la justicia, el orgullo español ha sido humillado en el Magdalena, lo mismo que en el Atrato.
La mayoría del Congreso, a quien el Presidente Madrid había dado cuenta del resultado negativo de la misión del Diputado Dávila, después de largos debates insistió en que el Poder Ejecutivo abriera negociaciones con el enemigo y le impuso responsabilidad si no cumplía esta determinación. Aquellos segundos pliegos tampoco llegaron a manos de los Jefes expedicionarios. Es disculpable aquel supremo recurso adoptado por el Congreso, que-veía crecer el pánico en los habitantes déla ciudad comprometidos en la revolución. Ellos creyeron posible una capitulación honrosa, porque desconocían el duro carácter del Pacificador.
El 1° de abril hubo arenga del Presidente al Batallón de Honor y vítores a la Nueva Granada. El Presidente salió de la ciudad el día 2 con dirección a Zipaquirá; llevaba alguna fuerza bien organizada y el propósito de ponerse a la cabeza de las tropas. El Subteniente Caballero, con simpática malignidad, refiere que el Presidente marchó a las diez y media del día con la caballería de honor y que el Palacio fue cerrado. Termina la noticia con estas palabras de triste ironía: «Hicieron bien, los godos lo abrirán,» y habían corrido dos meses cuando lo abrió el Pacificador don Pablo Morillo.
Otro cronista, natural de Zipaquirá, Santiago Talero, refiere que la comitiva presidencial llegó a esa ciudad el miércoles 4 de abril a mediodía, y que su palacio fue la casa de don Narciso Ortiz (1) .
En Zipaquirá dispuso el Presidente que el ingeniero Caldas y don Sinforoso Mutis sacaran copia de la carta de la Nueva Granada, aprovechando los trabajos de los pintores de la Expedición Botánica, para que se sirviera de ella el Ejército del Norte.
El General Joaquín Ricaurte se hallaba en la hacienda de Fusca, en los aledaños del Puente del Común, y fue enviado a La Mesa para levantar caballerías, y luego a las orillas de los ríos Bogotá y Magdalena para aprontar embarcaciones que sirvieran a las tropas que transitaran por aquellos territorios.
El 20 de abril regresó el Presidente a la capital (2) . El 1° de mayo el Gobierno estaba en Chía, y desde allí encargó el Presidente al Mayor General del Ejército del Norte, Coronel Santander, que de ningún modo verificara su retirada a Casanare; que llegado el día de hacerla, debía tener por objetivo a Popayán, y que dado el caso de que el General Serviez no abrigara idénticos propósitos, tomara él (Santander) el mando del Ejército y se hiciera reconocer como tal (1) Santander, con prudencia, no hizo uso de esta autorización, porque sabía de manera cierta que la opinión de la Oficialidad de aquella División era decidida por que en caso de retirada, se hiciera a los llanos orientales, bañados por los ríos Meta, Arauca y Apure, y por ningún motivo a las Provincias del sur del país.
Como Secretario de Guerra despachó en Santafé las órdenes militares José María del Castillo, hasta el 23 de abril; y el día 24 firmó con idéntico carácter, en el Puente del Común, Custodio García Rovira.
El 23, por la traición de un hombre oscuro, Ascensión Martínez, bellaco de cuenta, logró tomar Donato Ruiz de Santacruz, sin combate, la Angostura de Nare, llave militar del Bajo Magdalena: como consecuencia, los Comandantes Aguilar y Contreras tuvieron que retirarse a Honda, pues ya estaba perdida la Provincia de Antioquia. En Honda hubo una conmoción popular dirigida por dos españoles, quienes habían seducido a los negros esclavos de la hacienda de La Egipcíaca. Al terminar el mes de abril se apoderaron de la ciudad y del Gobierno, haciendo prisioneros,. entre otros, al General Antonio Villavicencio, Gobernador entonces de la Provincia, y a los militares Contreras y Aguilar(2) .
También el 23 de abril hizo más difícil la actuación del Presidente una solicitud del Cabildo de Santafé, en la cual le pedían que entablara negociaciones con los españoles. Llevó este mensaje a Chía el Procurador General Ignacio-Herrera.
El Congreso se disolvió en Santafé el día 24. Aquellos desgraciados patriotas no habían sabido adoptar antes medidas enérgicas que hubieran prolongado la existencia de la República. Los miembros de aquella alta corporación, gravemente comprometidos, en su mayor parte salieron de la ciudad, para escapar de la venganza española. Un grupo de ellos buscó la sombra de Fernández Madrid.
Don José María Saladar y don Fruto Joaquín Gutiérrez, los dos Representantes y el último Secretario del Congreso, unidos a los señores Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla, al abogado José Antonio Ardila y al venezolano Tomás Montilla, salieron de la capital el día 27 de abril con dirección a las llanuras de San Martín y Casanare, por la misma mala senda por la cual transitó, a principios del siglo XIX, el sarcástico don Juan María Romero, como lo dejamos anotado en las páginas 195 a 197 del II volumen de esta obra.
Salazar se dirigía a Venezuela con débil esperanza de una reacción en favor de la República. Pinta el distinguido escritor la tristeza de su ánimo, que era común a todo-, los patricios en aquel desastre, en las siguientes líneas, con la misma pluma con que cantó, pocos años antes, las virtudes y gracias de la última Virreina:
Nunca se borrará de mi memoria la noche del 27 de abril de 1816, más triste para mí que la que pinta Ovidio al ser desterrado de su patria. Yo dejaba la mía, y con ella los lazos preciosos que nos hacen amable la existencia, padres, deudos, compañeros y amibos; no contaba con volver a verlos, y la esperanza, último bien del hombre, se había extinguido en mi corazón. Salí de Bogotá con cinco amigos, resueltos a todo por salvarse, y nos apartamos de la ciudad cuando la noche era más oscura para no aventurar el proyecto ; nos hallamos al amanecer a una buena pieza del camino, y no sé cómo describir la profunda impresión de mi alma al ver desde una altura la hermosa explanada de Bogotá y las cimas de las montanas que la rodean en anfiteatro, alumbradas por la primera luz del naciente sol: parecía que aquella comarca ostentaba toda su belleza para que nos fuese más dura la pena de dejarla (1) .
El último día del mes de abril, y por haber sido creado de nuevo el Virreinato, don Francisco de Montalvo asumió en las costas del Atlántico las altas funciones de Virrey.
Existían pues tres Gobiernos principales: el del Representante del Monarca español, el Capitán General don Francisco de Montalvo, que residía en Cartagena; el del Presidente de las Provincias Unidas, que desempeñaba Fernández Madrid, cargo que dejó el 23 de junio de 1816, y el que ejercía militarmente don Pablo Morillo, Jefe del Ejército expedicionario, cuyo Cuartel General estuvo en Bogotá desde el 26 de mayo hasta el 20 de noviembre del mismo año trágico de 1816.
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(2) J. M. QUIJANO OTERO, Compendio de Historia Patria, 241; EDUARDO G. DE PIÑERES, Cartagena y sus Cercanías, 591.(Regresar)
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(1) J. M. CABALLERO, lib. cit., 229; FERNANDO CAICEDO Y FLÓREZ, lib. cit., 70.(Regresar)
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(1) J. M. CABALLERO, lib. cit., 230.(Regresar)
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(1) J. M. CABALLERO, lib. cit., 232.(Regresar)
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(1) E. GUTIÉRREZ DE PIÑERES, Cartagena y sus Cercanías (1912), 591; RAFAEL NÚNEZ, García de Toledo.(Regresar)
(2) F. LOZANO Y LOZANO, José María Portocarrero.(Regresar)
(3) M. E. CORRALES, Efemérides y Anales, II, 272.(Regresar)
(4) M. E. CORRALES, Historia de Cartagena., II, 530, 531.(Regresar)
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(1) A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., I, 190.(Regresar)
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(1) N. GARCÍA SAMUDIO, Las Memorias de Serviez, Boletín de Historia número 87.(Regresar)
(2) R. AZPURÚA, Bibliografías de Hombres Notables, III, 145.(Regresar)
(3) A. RODRIGUEZ VILLA, lib. cit., III. 46.(Regresar)
(4) D. F. O'LEARY, lib. cit., XIV, 385.(Regresar)
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(1) J. J. GUERRA, Don José Nicolás Rivas; R. RIVAS, José Nicolás Rivas.(Regresar)
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(1) C. MARTÍNEZ SILVA, Biografía de Fernández Madrid, 9.(Regresar)
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(1) L. ORJUELA, lib. cit., 58. (Regresar)
(2) J. M. CABALLERO, lib. cit., 243; D. F. O'LEARY, lib. cit., XVI, 540.(Regresar)
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(1) D. F. O'LEARY, llb. cit., XIV, 543; Archivo Santander, I, 37. (Regresar)
(2) J. M. RESTREPO, I, 400, 401.(Regresar)
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(1) J. M. SALAZAR, Obras inéditas. Excursión de Bogotá a la isla de Trinidad en él año de 1816.(Regresar)
