Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XLIV
(Cuarta parte)
Sometidos a tales vejámenes, e impedidos para quejarse, estaban en sumisión forzada, y el terror reinaba en todos los corazones. Secretamente deseaban la caída de la tiranía, que por entonces crían imposible, y soñaban con las algazaras de un triunfo. Morillo, como Saint-Just, el revolucionario francés, creía que el fundamento de todas las grandes instituciones era el terror, y la suprema autoridad el sable.
El 1° de junio firmó Morillo una relación, redactada por él mismo, imponiendo una contribución a los vecinos de Zipaquirá y Nemocón, que castigaba como a insurgentes Anotaba después de cada nombre los servicios prestados a la revolución por el sindicado. Copiamos lo que decía de un indígena patriota, para que pueda juzgarse de la forma poco seria de la literatura del Pacificador:
El indio Manuel Rubiano: No tenía empleo pero era un gran revolucionario, y traía el retrato del Rey en la bragueta, en la Calle Real de Santafé, y decía: aguija este pendejo, Esto según han oído decir.
Rubiano era propietario de rica finca rural, había auxiliado pródigamente el movimiento revolucionario, desde sus orígenes, y se le castigó con la asignación de $ 3,000 (1) .
Inspirados por la lux de grandiosas tradiciones, y rodeados por las sombras de tantos próceres y mártires, vamos a relatar las escenas trágicas de aquellas días aciagos de tribulación y de lágrimas.
Nuestro conocido Rafael de Sevilla nos cuenta en sus .Memorias que el 2 de junio fue comisionado por Morillo para inventariar todo lo que había en la casa de la Botánica, que era un verdadero museo de historia natural, recogido por los miembros de la Expedición Botánica, que se agruparon al lado del sabio Mutis, en tiempos mejores:
«Imposible me habría sido-dice Sevilla-cumplir solo aquella comisión. Afortunadamente entre los prisioneros aristócratas había un sabio naturalista, que había sido Jefe de Policía bajo el Gobierno rebelde. Este señor, trabajando diariamente desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, con centinelas de vista, siendo yo simplemente su ayudante, en menos de treinta días ordenó y en vaso lo principal de aquel museo en ciento cuatro cajones. de a vara en cuadro» (1).
Ese distinguido naturalista, del cual con triste egoísmo calla Sevilla el nombre, era Sinforoso Mutis, hombre de fibra enérgica, de instintos nobles, que consagró su corazón a la causa de la Independencia. El ayudó espontáneamente al Brigadier José Ramón de Leiva, comisionado para los asuntos de la Expedición, a cuidar los objetos naturales de inapreciable valor científico, que se guardaron durante la Revolución en la casa de la Botánica.
En la página 100 del volumen II de esta obra, anotamos los trabajos del ilustre instituto, entonces floreciente. Pero como todos los hombres distinguidos de la Colonia coadyuvaron al movimiento de emancipación, los botánicos y los geólogos, los geógrafos y los astrónomos, abandonaron el estudio de la naturaleza y se incorporaron en los cuerpos civiles o en los ejércitos que defendían la libertad. Aunque el Gobierno General republicano quiso fomentar el progreso de las ciencias y de la instrucción y-reorganizarla Expedición Botánica, la borrasca revolucionaria se opuso a tan altos designios (2).
El General de Brigada Antonio Villavicencio y Verástegui, hijo de los Condes del Real-Agrado, natural de Quto, ex-Comisario regio y revolucionario convencido, había sido apresado en Honda, donde ejercía altas funciones civiles. Soldado distinguido de la Real Armada española» había tenido a sus órdenes a Pablo Morillo, ahora su poderoso Juez, cuando éste era un simple Sargento en la fragata que Villavicencio mandaba. Arrancado de los brazos de su esposa, doña Gabriela Barriga y Brito, fue conducido a las prisiones de Estado, juzgada brevemente y condenado por el Consejo de Guerra a ser pasado por las armas, por la espalda como traidor al Rey, y a sufrir la pena infamante de la degradacion. El 6 de junio de 1816 fue conducido al cadalso, entre doble fila de soldados, desde los claustros del Colegio deI Rosario hasta el extremo occidental del Paseo del Prado, al sitio mismo donde hoy se levanta la estatua de Colón, entonces lugar desierto. Un Cristo - el cristo de los Mártires (1) , del cual hablamos al tratar de la iglesia de la Veracruz- era llevado a la cabeza de fúnebre procesión por la hermandad del mismo nombre. Rindió Villavicencio la vida como bravo, al cumplir cuarenta y un años de edad, y en el mezquino féretro de los mismos Hermanos, en hombros de cuatro soldados fue levado el ensangrentado cadáver a dormir bajo el techo de la vieja Iglesia de la Veracruz, en una capillita consagrada al culto de Nuestra Señora de los Dolores. Se arrojó el cadáver en una fosa, sin caja mortuoria. Reconstruída la iglesia, se perdió el recuerdo de esa tumba, abrigada hoy por el panteón nacional (2).
Un pensador colombiano de preclara inteligencia es el autor de las siguientes palabras que en ningún lugar quedan mejor reproducidas que sobre el caballo de Villavicencio:
No es el simple hecho del Sacrificio de aquellos ilustres Padres de la libertad colombiana la causa de profunda emoción; porque morir por la Patria debe ser dulce, como lo dicen las palabras latinas tantas veces citada Pero se nos ocurre temer que las memorables víctimas del 24 de febrero de 1816 rindieron su postrimer aliento, heridos por las balas de los fusiles castellanos, con el espantoso pesar de haberse inmolado por una causa de imposible triunfo. En aquella época difícil habría sido, en efecto, presenta loa esplendores de Boyacá, Carabobo, Pichincha y Ayacucho. Pero en el cuadrante de la Providencia estaba marcada la hora final de la dominación española en el antiguo Virreinato, y las lágrimas de los perseguidos y la sangre de los mártires más aceleran que retardan de ordinario la babilónica ruina de los Gobiernos que no respetan a Dios ni a la historia (1).
La viuda de este mártir, doña Gabriela Barriga, había contraído primeras nupcias con don Juan Esteban Ricaurte, y ahora lloraba en desolación y miseria al protomártir. Morillo envió a la Corte esta necrología del mártir Villavicencio:
Fue Capitán de fragata de la Real Armada y Comisionado regio para la pacificación de estos países. Abusó de su comisión fomentado los partidos y siendo fanático sostenedor de la independencia. Fue además individuo del Congreso, del Poder Ejecutivo, del Consejo de la Guerra, General en Jefe del Ejército de reserva y Gobernador de las Provincias de Tunja y Mariquita, habiendo sido-últimamente prisionero en Honda. Se le degradó de su empleo. Como previenen las Reales Ordenanzas, fue pasado por las armas por la espalda y se le confiscaron sus bienes.
El mismo día dictó Morillo por bando, extensivo a todos los lugares del Nuevo Reino, disposiciones sobre policía militar, en el cual prevenía la entrega de armas, la denuncia de los bienes de los emigrados y la presentación, a los Comandantes militares realistas, de las proclamas, boletines, libros, constituciones y todo género de escritos de los rebeldes. Prohibía a los habitantes de las ciudades y pueblos recibir huéspedes en sus hogares sin anuencia de la respectiva autoridad.
Las familias de los presos estaban inciertas de la suerte que les esperaba, y en continua angustia y sobresalto. Largos días de congoja pasaron los hogares santafereños en aquel tiempo de rigor. En la ciudad reinaba verdadera consternación, y la tristeza se pintaba en todos los semblantes.
El jueves 13 de Junio apareció el primer número de la Gaceta, de Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada, con ocho páginas en 8°, y con el siguiente mote en gruesos caracteres: «VIVA FERNANDO VII, REY DE ESPANA Y DE LAS. INDIAS.» El pie de imprenta dice, después de un bigote: «Santafé de Bogotá, Imprenta del Gobierno. Por Nicomedes Lora, año de 1816.» Antes del artículo de fondo, se lee el siguiente epígrafe, entre dos líneas: «Nemo Sapiens, nisi fidelis. Tertul. »
Confió Morillo la dirección de la Gaceta al presbítero poeta bogotano Juan Manuel García Tejada de Castillo, ardiente realista y aventajado ingenio, cuyos versos contra Bolívar y gracejos de baja ley hemos visto en páginas anteriores.
En la reducida ciudad de entonces se vendían suscripciones al periódico en la' tienda de José Ignacio Ramírez, esquina de la primera Calle Real. Cada cuatrimestre, pagado por anticipación, o sea doce números, valía $6 para los habitantes de la localidad, y $ 10, fuera de ella, el semestre.
En él se dio aviso de que el Capitán General del Nuevo Reino, don Francisco de Montalvo, residía en la Plaza de Cartagena, y de que allí funcionaba la Real Audiencia que él presidía.
El Pacificador emprendió varias mejoras materiales-en la ciudad en los días del terror; por indicación del Gobernador Antonio María Casano destinó un amplio solar que hacía frente al Parque Militar en la calle de El Parque, después tercera Calle de Florián y hoy carrera 8ª, según la nomenclatura vigente, para área de nueva plazoleta. Era un cuadrado cerrado por tres lados en forma idéntica, y con el mismo espacio que se le había dado desde tiempos coloniales a la Plaza Rufino José Cuervo, situada frente a la iglesia de San Ignacio; la plazoleta facilitaba el servicio-de ruedas en el Parque de la reconquista, y rodeada de pobres edificios que servían para herrerías, existió, para el servicio público, hasta hace cosa de cincuenta años; su área no figura en los planos de Cabrer y de Esquiaqui, levantados a fines del siglo XVIII, ni en los de Lanz y Codazzi, dibujados antes de 1850. Construcciones modernas de ele-o-ante arquitectura se levantan hoy en la antigua calle de El Parque, y donde fue el área de la plazuela abierta por Morillo, se ve el sólido edificio de piedra que sirve de oficinas al Banco de Colombia, obra dirigida por el arquitecto bogotano don Julián Lombana, que acaba de desaparecer.
Hizo empedrar el Pacificador la Plaza Mayor y la Plazuela de la Artillería y algunas calles, donde hizo trabajar a los patriotas presos, de alta categoría social, y a honrados artesanos, bien entendido que sin remuneración alguna. También hizo construir con los mismos obreros el Puente de Lesmes, al cual nos referimos en la página 142 del primer volumen; ese nombre guarda el recuerdo del Oidor Lesmes de Espinosa Sarabia, cuya benéfica obra sobre el riachuelo de San Agustín fue destruida por una avenida en 1814. Aún existe en la carrera 6ª el que hizo levantar el Pacificador. En la misma carrera, que en esos tiempos terminaba en la calle 4ª, hizo construir el puente de San Juan sobre una barranca que allí existía y que el vulgo ha llamado siempre Puente de San Juanito, reemplazado hoy por obra de arquitectura moderna. Se gastaron en la obra del Puente de Lesmes, según la Gaceta, $ 2,700, y en el de San Juan, $ 256.
El 19 de Junio salieron del Colegio del Rosario para el patíbulo cuatro víctimas: don José Ramón de Leiva, anciano de setenta anos, nacido en Cartagena de Levante, que fue soldado en los Ejércitos de España y de Buenos Aires. En Santafé había sido Secretario de Cámara de los Virreyes Ezpeleta, Mendinueta y Amar, desde 1791 hasta la revolución. Su actuación en las guerras civiles de la Patria Boba nos es ya conocida. Ante el Consejo de Guerra, al oír el fallo que lo condenaba al último suplicio, y a degradación, dijo sonriendo: «Ya lo sabía…» (1) .
Dejó en desamparo a doña Ignacia Millán, y a huérfanos en la infancia.
De este grupo formó parte el doctor Ignacio Vargas, oriundo de esta ciudad. Tenía borlas de doctor en abogacía desde el 3 de julio de 1794, y era conocido con el apodo de El Mocho, «porque le faltaba un dedo,» dice el cronista. Hemos visto ya que sirvió altos cargos civiles, que fue Teniente de Gobernador y que se le honró con la Presidencia del Tribunal de Vigilancia. Viudo de doña Ignacia París, había formado nuevo hogar con una hija del español Mateo Trespalacios, y su habitación estaba situada en la Huerta de Jaime, a pocos metros del patíbulo que ahora lo esperaba Las segundas nupcias de Vargas fueron fugaces; solo duraron ciento diez y ocho días (1) .
Fue la tercera de estas víctimas el Capitán José de la Cruz Contreras, también padre de familia, prisionero después del desgraciado combate de la Angostura de Nare, donde su pericia y valor quedaron ahogados por la indigna traición de un soldado.
Por último, fue al banquillo ese día otro bogotano, don José María Carbonell. en la flor de la vida, pues apenas contaba cuarenta y un años este brillante adepto a las nuevas ideas, que sirvió desde el 20 de julio con singular energía. Alumno fue del Colegio de San Bartolomé y luego empleado de la Expedición Botánica; en 1800 casó con doña Petrona Duro, enlace que no tuvo descendencia (2) .
Llegada la fúnebre comitiva al lugar del suplicio, y mientras ejecutaban la infamante ceremonia de la degradación del General Leiva y tomaban el asiento fatídico Vargas y Contreras, el ex-Ministro del Tesoro, Carbonell, subía a una plataforma para ser ahorcado.
Oigamos cómo refiere un testigo presencial la escena conmovedora:
Los españoles, aparte de sus crueldades, se han hecho célebres por la gravedad e imponente aparato con que han sabido investir las escenas de terror, desde el auto de fe hasta una simple ejecución. Ocho batidores blandiendo relucientes espadas abrían paso ahuyentando la multitud que por todas partes se apiñaba a reconocer a los ajusticiados. La comitiva rompía presidida de un crucifijo sostenido a regular altura. Dos faroles de singular construcción a los lados, alumbraban con dudosa luz la imagen del Hombre-Dios. La voz de la piedad se anunciaba por el tañido de esa campana que hoy mismo (1850) la oímos resonar para advertir a los Hermanos de la venerable Orden Tercera que uno de ellos ha dejado de existir. La seráfica comunidad de franciscanos, con su sayal destinado para servir luego de sudario, calada la capilla y salmodiando a compás el oficio de los agonizantes, formaba las filas que cerraban atrás los destinados al suplicio, sostenidos cada uno por dos ministros del altar y rodeados de sayones y de verdugos. Piquetes por todas partes, cubriendo las avenidas, corriendo la multitud, daban a conocer la importancia de las víctimas y el recelo de sus sacrificadores... No era sólo el número de los ajusticiados, ni su categoría lo que llamara la atención: era ¡un ahorcado! En efecto, al pie de la máquina mostrábase un ser humano, con rostro feroz y atraidorado, avesado al crimen y diestro en dar la muerte. Llevaba vestido colorado, ribeteado de blanco, las piernas desnudas, cubierta la cabeza con un sombrerillo apuntado: parecía el bufón del drama, y no era sino el ¡verdugo! ... El recuerdo de aquellos tiempos de asombro y de amargura, hoy sería para nosotros de profundo rencor, si de otro lado no pudiéramos decir: A lo menos somos independientes (1) .
El cronista Caballero refiere también como testigo de vista, que el verdugo le pidió perdón a Carbonell, y que éste le dijo:
«Yo te perdono de corazón, que tú no tienes la culpa.»
Y luego cuenta que aquél lo soltó, y que no habiendo muerto, fue menester que los soldados lo acabasen a balazos. Los tacos de papel que se usaban en los fusiles prendieron fuego en la túnica de lienzo con que habían cubierto a Carbonell para ahorcarlo, y pasando el fuego a toda la ropa, le quemó las carnes antes de morir.
Los cuatro cadáveres fueron sepultados en fosa común en el templo de La Veracruz.
Don José María Carbonell había sido empleado del Tribunal de Cuentas, en tiempo de la República, y fueron tantos sus servicios a ella, que en la ensaladilla del español Caro se había herido su probidad en estos versos, que desautorizó la majestad de la muerte:
Carbonell, que es sustituto,
Y que en todo lleva parte,
Es aguililla en el arte
De arrapiñar su tributo:
Otro gato más astuto,
Más ladrón ni más sutil
Ni de proceder más vil,
En punto de mala fe,
No es fácil se encuentre aunque
Se busque con un candil.
A la terrible situación que atravesba la ciudad se agregó el desenvolvimiento de una epidemia de viruela traída esta vez a la capital por el Ejército expedicionario. El flagelo era temido en el país, cuyas poblaciones había asolado antes cinco veces. El Gobierno militar omnímodo tomó acertadas providencias para aislar a los enfermos y para propagar la vacunación de brazo a brazo, no sólo en la capital, sino fuera de ella. Virolentos había en el Hospital de San Juan de Dios y en otros especiales para la epidemia, que don Pablo Morillo llamaba lazaretos, y que estaban situados en una casa de la calle de Las Cunitas, hoy carrera 9ª; en el Hospicio de hombres, o sea el Hospital de San Fernando, destinado a los militares, y en el convento de Las Aguas. Había camas para convalecientes en la casa que fue de Acebedo Gómez, frente a la antigua Universidad de Santo Tomás, hoy carrera 8ª, número 355. La creación del Hospital Militar de San Fernando, que fue benéfica con sus salas de aislamiento, acabó con el asilo de la Inclusa, dejando sin amparo a niños desgraciados y huérfanos.
Coincidían estos sucesos con la renuncia que presentó José Fernández Madrid del cargo de Presidente de la República, la que le fue aceptada por la Comisión del Congreso, que actuaba en Popayán el día 23 de junio. Fue designado para reemplazarle el General Custodio Gacía Rovira, pero hallándose ausente, recayó esta elección en el benemérito Coronel Liborio Mejía, oriundo de la ciudad de Ríonegro de Antioquia.
El mismo día que renunciaba Madrid, había recibido Morillo el título de Conde de Cartagena; y él y don Pascual Enrile habían sido condecorados con la Gran Cruz de Isabel la Católica (1) , nueva orden militar creada por Fernando VII para premiar a los Jefes que se distinguieran en la pacificación de las Américas (2).
Satisfechos los dos Jefes con estas gracias, resolvieron hacer una expedición de recreo, para conocer el gran Salto de Tequedama.
Una bella tarde tropical salieron los Generales de Santafé, con numerosa comitiva y pernotaron en la hacienda de Canoas, que pertenecía al realista don Fernando Rodríguez. Al día siguiente admiraron el bello Salto, ya pleno sol despacharon almuerzo campesino en las pintorescas riberas del río Bogotá, allí de corriente impetuosa. Y Morillo y Enrile «no sólo se sentaron sino que se acostaron» sobre verde césped, y cuando el sol moría regresaron a la ciudad. Nos cuentan los biógrafos de Morillo que éste era admirador de todas las curiosidades científicas, especialmente las que tenían relación con la historia natural y la topografía; y que encargó a don Julián Waller, ilustrado alemán que servía en las tropas del Rey, y a los Oficiales Campuzano y Sevilla, para que levantaran un croquis lo más exacto posible de la bella cascada y de sus pintorescos alrededores (1).
Los nexos que tuviera don Pablo Morillo con la historia natural debían ser de igual solidez a los que tenía el Virrey don Francisco Gil y Lemus, en 1789, ya anotados en la página 73 del segundo volumen de esta obra. Se recordará que cuando este Virrey regresaba de visitar el Salto de Tequendama, recogió, en un campo llamado Los Gigantes, algunos huesos del mastodonte americano, los que clasificó sin vacilación el señor Virrey de despojos humanos, pues según él, los animales no pueden formar osarios.
El 24 de junio se fijó un aviso oficial, el cual insertamos :
De orden del Excelentísimo señor General en Jefe, se avisa a los señores Oficiales y demás individuos del Ejército, que mañana se empieza la almoneda de los bienes secuestrados en la casa de la Botánica, para el que guste concurrir a comprar algunos efectos, que serán preferidos en su precio.
Esta literatura la firmaba don Rafael de Córdoba, alto Jefe militar que había suscrito el Acta de la Independencia en 1810, y que ahora servía con entusiasmo al Gobierno del Rey.
Se remataban los bienes expropiados a los patriotas. Ya hemos dicho que la casa de la Expedición Botánica se .había convertido en almacén de remates y martillo.
En esos días hubo procesiones y solemnes fiestas de iglesia para honrar el cuadro de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá; a ellas asistía el General Morillo con todos los militares de alta graduación. Atrás iban todas las tropas, con bandera, una Compañía de caballería y gran concurso de pueblo, llevando luces.
A fines del mes, el día 29, un sacrificio heroico salvó el honor de las armas republicanas: el combate de La Cuchilla del Tambo. Vencido Liborio Mejía y sus abnegados-compañeros, desapareció la República de la Nueva Granada (1). En ese campo quedaron 250 muertos y 300 prisioneros. Esos patriotas fueron enviados a Santafé por orden del vencedor don Juan Sámano y del pacificador Francisco Warleta. Un emigrado, después historiador insigne, don José Manuel Restrepo, refiere que marchaban por los caminos los vencidos, maniatados con esposas; que algunos fueron asesinados por los soldados conductores cuando se cansaban o enfermaban, y que entre ellos venían varios sacerdotes, que no eran respetados. El mismo prócer escribió sobre estos sucesos: «Sería demasiado molesto enumerar todos los hechos, las vejaciones ultrajes y crueldades que cometieron los Jefes y Oficiales del Ejercito expedicionario en la desgraciada Provincia de Popayán .... Azotóse a las mujeres públicamente, siempre que se les antojaba a los Oficiales militares que mandaban en los pueblos» (2) .
Ya que hemos consignado en estas páginas versos del poeta Francisco Javier Caro, en los que denigra a los patriotas, a veces en forma violenta e injusta, vamos a copiar una poesía que presentó al Pacificador el mismo día en que era vencida la bandera republicana en el infausto combate de La Cuchilla del Tambo. El autor la tituló Epigrama, y respetando su querer, con ser vamos ese inexplicable nombre iliterario:
Al Excelentísimo señor don Pablo Morillo, dignísimo General en Jefe del Real Ejército expedicionario, Pacificador de este Nuevo Reino de Granada.
Morillo ilustre: Sí para elogiarte,
Aunque Apolo su lira me prestara,
Hacerlo dignamente no lograra,
¿Cómo podré sin ella celebrarte?Si para empresa tal no alcanza el arte,
Cuando mi escaso numen intentara
Tus prendas encomiar, mudo quedara,
Extático y absorto de admirarte :Con decir que viniste y conseguiste,
Cumplir de nuestro Rey del mejor modo
Los preceptos, que atento recibiste;
Que imitas de Pelayo el valor godo;
Y finalmente que el timbre mereciste
De vasallo leal: lo dice todo.
PRUÉBALO ESTE PERÍODO:
No hay más que ser (después de ser cristiano,
Católico apostólico romano)
En cuanto el sol alumbra y el mar baña
Que ser vasallo fiel del Rey de España.
Esta vez fue infeliz el poeta. Sea que la pasión política hubiera apocado su numen o que el cansancio senil hubiese llegado a ese cerebro, el homenaje que le hizo a Morillo fue a la par que servil, de la más pobre literatura.
Las tropas que mandaba don Miguel de Latorre, y que hacían campaña en los Llanos de San Martín combatieron el 13 de junio con los republicanos en el río Ocoa y el 22 en Upía, y luego establecieron su Cuartel General en Pore (1) .
A mediados de este mes de junio don Juan Jurado y Laínez, a quien hemos visto figurar en muchas escenas de la revolución, había dejado a Bogotá, y unido con don Joaquín Carrión y Moreno en la ciudad de Panamá, reorganizaron la Real Audiencia. Ya los dos Oidores, únicos que integraban el Tribunal, habían sido declarados por el Rey fieles servidores, y por su real voluntad estaban reintegrados a sus plazas. El señor Montalvo residía a la sazón en Cartagena, y la jurisdicción de su mando se había limitado-a la Costa, porque Morillo, creyéndose autorizado para ello, desconocía de hecho las providencias del Capitán General, y había formado un gobierno de autocracia militar en Santafé.
En varias páginas de la Gaceta, dirigida en el fondo por Morillo, se encuentran largas listas de individuos del comercio de la ciudad que contribuían con raciones para el sostenimiento de las tropas del Rey con cuantiosas sumas de dinero. Allí están mezclados españoles realistas, antiguos partidarios de la Regencia y distinguidos republicanos, muchos de éstos a la sazón prisioneros de Estado, a quienes se juzgaba por traidores al Rey. Anotamos algunos nombres y las cuantías délas contribuciones: don Manuel Fuenmayor, $ 3,000; don Pedro Casis, $ 2,000; don Pedro Antorveza, $ 1,500. Otras nóminas de particulares vecinos de la ciudad contienen curiosos datos, como los siguientes: «La hermana del señor Gutiérrez, dos platos de plata, peso 23 onzas. Doña Candelaria Medina, $2. Doña Margarita Gómez, 121/2 castellanos de oro. Doña Ignacla Galavis, $10. Doña Dolores Nariño, $4» (1).
Se ven en esas páginas los nombres de los purificados, con la cuantía de las sumas con las cuales fueron multados. Allí dice: don Vicente Umaña, $600; don Juan N. Contreras, $ 400; don Santiago Umaña, $ 1,500, etc. Otros juzgados, en Bogotá y en sus alrededores, figuran en lista especial como contribuyentes para las cajas reales: José Antonio Sánchez, $ 3,000; Joaquín Sánchez Borda, S 2,000;, don Pantaleón Gutiérrez, $1,500; don Santiago Umaña, $7,000, etc. De los muchos que fueron víctimas en esos días, tomamos estos nombres: Pedro de la Lastra, $4,000; Ignacio Vargas, $ 4,000; José Nicolás Rivas, $1,000; Salvador Rizo, $1,000, y José María Carbonell-el ahorcado- $ 1,000.
(1) L. ORJUELA, lib. cit., 31, Boletín de Historia, voL, V, 700.
(1) A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., I, 202; F. MUTIS DORAN, Don Sinforoso Mutis ; R. DE SEVILLA, Memorias, 97.
(2) F. VESGA, Memoria, del estudio de la Botánica, 154,
(1) Véase la ilustración de la página 146 del primer volumen.
(2) J.M. CABALLERO, 400; J.D. MONSALVE, Fiestas y lágrimas.
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(1) RAFAEL NÜNEZ, García de Toledo.
(1) Boletín de Historia, III, 549.
(1) J. M. caballero, lib. cit., 252.
(2) J. M. restrepo saenz, José María Carbonell.
(1) R. E. SANTANDER Historia, de unas viruelas.
(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 444; R. SEVILLA, Memorias de un Oficial, 110.
(2) Pasado un siglo, el Encargado de Negocios de España, don Ginés Vidal y Saura, condecoró al Presidente de la Academia Nacional Historia, General Carlos Cuervo Márquez, con la misma cruz que llevaron los pacificadores.
(1) A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., III. 46; R. SEVILLA, lib. cit., 119.
(1) A. OBANDO, Autobiografía, Boletín de Historia, VIII, 543.
(2) J. M. RESTREPO, lib- cit., I, 436.
(1) A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., I, 226.
(1) Gaceta de Santafé, página 140.
