Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor

CAPITULO XLVI

1816 - Batallones de Cachiri y El Tambo - Clérigos republicanos - Destierros y muertes - Altas dignidades de la Iglesia - Un fraile guerrillero - Gobierno eclesiástico intruso - Los vicarios de Morillo - Opiniones del Pacificador - Cadenas de presos - Los Oficiales J. H. López y M. Santacruz - Tribunales en Neiva y en funja - Patíbulos del dia 18 de septiembre-Morillo y MontaIvo - A sablazos - Ortiz Tello -Bolivar según Morillo-Sacrificio de José A. Vélez y tres compañeros - Mártires en Popayán y en Tunja-El Fogoso-Paseo de los Pacificadores a La Mesa. Caminos de antaño-Más víctimas-Otra vez don Juan Sámano-Hoguera del Santo Oficio-Fusilamiento de Camilo Torres, M. Rodríguez, J. M. Dávila y el Conde de Casa Valencia-Patíbulos en La Mesa y en Neiva-Diatribas contra el Libertador-Muerte de Salvador Rizo-El baile de las fieras-Varíes veletas-Patíbulo de J. Morillo-Proclama del Pacificador-Muerte de F. Cabal-Samano en Bogotá - Guerra de poetas, F. Aguilar y J. A. Monsalve, víctimas-Mártires de Pore-F. J. Gutiérrez y otros-El Santo Oficio-Cremación de un retrato-Patíbulos en Leiva, Caloto, Quilichao y Pitayó - Sacrificio de Caldas, I. M. Montalvo, F. A. Ulloa y M. Buch-Los restos de estos mártires-Su exhumación-Apoteosis de Caldas, género Caldasia-Juicios inapelables sobre Morillo el Pacificador.

 

Otra calamidad afligió a los patriotas en aquellos días, y fue el reclutamiento de jóvenes para formar nuevos batallones realistas. Morillo tenía bastantes pruebas de la utilidad con que servían los soldados del país, y con el objeto, decía, de «lisonjear el mérito de las gloriosas jornadas de Cachirí y El Tambo, perpetuando el nombre de las beneméritas tropas,» formó dos batallones de cazadores con esos nombres, con Jefes, Oficiales y Sargentos europeos.

El Batallón Cachiri se formó con una base de seiscientos hombres, hijos de las Provincias de Pamplona y Cúcuta, además de viejos veteranos de las tropas realistas, que comandaban Sebastián de la Calzada y Francisco Tomás Morales y algunos peninsulares, resto del Batallón Fijo de Puerto Rico y del Regimiento de Granada Los mandaba el español Manuel Carmona En esas filas se incorporaron, en calidad de soldados forzados, muchos Oficiales patriotas y multitud de personas distinguidas en quienes se castigaba su amor a la República; a éstos se les pasaba por las armas a la menor falta que cometieran. Las cornetas de las bandas del Cachiri eran de plata, y también eran de ese metal los botones de los uniformes. Contaba en Pamplona, antes de salir a campaña, con mil doscientas plazas, y se distinguió en combates con tropas mandadas por Ramón Nonato Pérez, José Concha. José Antonio Páez y Manuel Piar; la fama de esos soldados era reconocida por ambos Ejércitos, en las duras campañas de Venezuela.

Complementamos estas noticias recordando que en la gloriosa batalla de San Félix, que cubrió de laureles a Piar, el 11 de abril de 1817, el Gobernador de Angostura, don Nicolás María Ceruti, hacía oír durante el combate, la voz de ¡Firmes, Cachirí! origen de esta frase que equivocadamente se atribuyó a García Rovira en la desgraciada acción del páramo de Cachiri, en 1816 (1).

El Batallón de Cazadores del Tambo se organizó con un personal similar al del Cachirí y tuvo por base las tropas de Pasto y del 3° de Numancia (2) .

También las primeras dignidades de la Iglesia republicana y el clero tuvieron penas y tribulaciones durante el régimen del terror. Noventa y cinco eclesiásticos, muchos de ellos ancianos respetables, fueron arrancados de sus prebendas, de sus curatos y beneficios, por la arbitrariedad del Vicario Luis Villabrille y por la culpable aquiescencia de Morillo. Este había recibido instrucciones del Ministro de la Guerra de Fernando vil, desde noviembre de 1814, y en ellas se le prevenía que tratara a los eclesiásticos con las mayores consideraciones (1).

Ya en el mes de Junio había enviado el General pacificador once clérigos desterrados a Cartagena, para que de allí los enviara el Capitán General Francisco de Montalvo a España. Pero este funcionario y la Audiencia, no encontrando autos en este negocio, no obedecieron la voluntad de Morillo, y dejaron a los clérigos encubertad. Enojado el autócrata militar por la conducta de las autoridades que gobernaban en Cartagena, resolvió enviar, el 11 de septiembre de 1816, cuarenta y cuatro eclesiásticos por la vía de Venezuela. Los condujo como Jefe de la escolta el Capellán de Húsares, don José Melgarejo, el mismo Fiscal en los procesos que instruyó Villabrille, como Juez superior.

Bastan para pintar la conducta censurable del clérigo Melgarejo, estas palabras del Pacificador, escritas algún tiempo después, bajo el número 611 de la documentación que acompaña la biografía de Morillo, por el señor Rodríguez Villa:

De la información hecha por el orden militar forense resultan cómplices de los enormes delitos de cohecho y baratería los Capellanes del referido Ejército, señor Villabrille, don Francisco García, don José Melgarejo, don José de León y don Francisco María Jaureguiberri, como también, de los horrendos crímenes de usurpaciones de alhajas públicas, sagradas y religiosas; de sumas de dinero considerables arrancadas con el título de donativo forzoso para las atenciones del Ejército, bajo aquel delincuente aspecto, dilapidando en usos escandalosos e impropios del carácter sacerdotal y en gravísimo daño de la pacificación de aquel Nuevo Reino.

De manera que, en opinión del Jefe Militar, cometieron los Capellanes del Ejército, a cuya cabeza estaba Villabrille, bribonadas y bellaquerías.

Entre los eclesiásticos desterrados figuraron las más altas dignidades de la Iglesia. Iban don Juan Bautista Pey, hijo de Bogotá, que contaba sesenta años de edad, el cual, después de muchos padecimientos, murió en Santa Marta en 1819. Con Pey marchó su hermano el presbítero Joaquín Pey, y también falleció en el hospital de Puerto Cabello, en 1819, sin haberse mezclado en asuntos políticos.

Otro bogotano setentón, el doctor Domingo Duquesne, montado en mula, en las puertas del convento de San Francisco, y rodeado por escolta y por mucha gente que presenciaba aquella escena, dijo: «Me llevan sin haber cometido delito, porque ni aun siquiera he dicho ¡VIVA LA PATRlA!» Esta voz del Canónigo realista que había excomulgado a Bolívar, alarmó a la concurrencia. El nombre de Patria no podía pronunciarse en esos tiempos. El Pacificador había dispuesto que jamás se usara de la palabra patriota para designar a los hombres afectos al sistema revolucionario. Ese adjetivo, decía Morillo, precisamente significa las virtudes que los republicanos desconocen, porque ellos son, simplemente, insurgentes y facciosos: «El Rey y la Patria es la divisa de los buenos españoles de ambos mundos, y la que les recuerda sus obligaciones y la heroica nación a que pertenecen» (1). Duquesne, Canónigo realista, por otra parte sacerdote ilustrado y depositarlo de las últimas tradiciones de los indios, marchaba al destierro después de haber pagado, en asocio del Canónigo Pey, $ 11,000 para sostener el Ejército que lo trataba como a un galeote. Sufrió prisión en las bóvedas de Puerto Cabello, y tuvo la buena suerte de volver a Bogotá, su patria, en donde murió, en 1822, convertido en fervoroso republicano (2) .

Otro Canónigo, benemérito patriota, el doctor Fernando Caicedo y Flórez, ya sexagenario, idóneo director de la obra de la Catedral, fue llevado a España, de donde volvió seis años después, para ceñir la primera mitra de los Arzobispos de la República de Colombia. El mismo refiere las humillaciones y miserias que sufrió, las que llegaron al extremo de recibir medio real de plata-son sus palabras- que una pobre viuda le dio de limosna, cuando con sus compañeros de destierro caminaban hacia Puerto Cabello para embarcarse (1).

El popular Magistral don Andrés Rosillo, figura saliente de la revolución, era conducido con destino a la Cárcel de la Inquisición de Valladolid, y no volvería a ocupar su silla en el Coro Caledral de Bogotá hasta seis años más tarde (2) .

Un orador sagrado, fray Diego Padilla, oriundo de Bogotá, ex-redactor de periódicos insurgentes y culpable de infidencias, partía para la Península, por orden de los pacificadores, a los sesenta y dos años. Sufrió dura prisión en Cádiz y en Sevilla, como delincuente de infidencia. En tiempos de la Colonia viajó por Europa, como Discreto de los conventos de San Agustín del Nuevo Reino, para asistir al Capítulo de su Orden en Roma, y en él se distinguió por su erudición y talentos. Ya organizada la República, volvió a su celda conventual en la ciudad natal, y fue párroco de Bojacá algunos años (3) .

Los Curas de la Catedral, Pablo Plata y Nicolás Mauricio de Omana, fueron de los desterrados. El presbítero Plata tornó a la patria redimida. Cuando el Cura Omaña estaba tranquilo en su presbiterio, trabajaba en la estadística de Santafé y anteponía el titulo revolucionario de ciudadano a los nombres de ascendientes y padrinos de los bautizados, y lo hacía extensivo a las ciudadanas que desempeñaban funciones en la fuente bautismal. El importó armas e imprenta para el uso de los revolucionarlos. Salió de Bogotá, en donde se meció su cuna, cargado de años, de merecimientos y de prisiones, para no volver jamás, pues murió en La Guaira el 4 de abril de 1817 (1).

El Capellán de las huestes republicanas, Andrés Ordóñez y Cifuentes, antiguo Vicario de las tropas de Nariño, fue apellidado el clérigo hereje por Morillo y por Sámano (2) . Ya anotamos su suerte desastrada en la página 203.

En La Guaira rindió la vida el presbítero Francisco Javier Gómez, alias Panela, el mismo que notificó prisión a la Virreina en 1810. Fue muy popular en Santafé como activo revolucionario. Cuando la noticia de su defunción fue conocida en la capital, se recordó un dístico que dicho presbítero dirigió al pueblo de Bogotá, en los días revueltos de la revolución:

Muchas gracias, pueblo amado,
Por lo bien que te has portado.

En el destierro fallecieron los presbíteros Nicolás Mesa, Mariano Longas, Francisco Uribe, Concepción Caicedo, Jorge Mendoza y otros párrocos de distintas poblaciones.

Otros Curas más afortunados, entre ellos Andrés Pérez, Vicente Antonio Gómez Polanco y numerosos compañeros de destierro, todos republicanos y patriotas distinguidos, presbíteros y frailes de diferentes órdenes, tuvieron la fortuna de volver a la patria ya redimida (3) . Sacerdotes venerables, como el botánico Juan María Céspedes, Capellán de los Ejércitos republicanos, y Juan Fernández de Sotomayor, autor del Catecismo Popular, proscrito por la Inquisición de Cartagena, buscaron amparo en los bosques milenarios de las montanas andinas.

El autor de una monografía que honra a los sacerdotes venezolanos patriotas, trae la siguiente frase a la que, con gusto damos cabida:

Siempre será muy grato el ofrecer al recuerdo y veneración de la posteridad una falange preciosa de eclesiásticos que, adscritos al servicio de la patria naciente, supieron hacer todos los sacrificios, al par que sus más calificados fundadores para llevar adelante aquella máxima impresa libertaria (1).

Un fraile dominico nacido en Chocontá, fray Ignacio Marino, a quien el General Morillo llamaba «el feroz Cura Marino» y «el traidor fraile Marino,» se había levantado en favor de la revolución con sus feligreses, los indígenas de Tame, Macaguane y Betoyes, y con ellos hacía campaña, bajo el sol de los llanos orientales, contra las poderosas armas del Rey. Bolívar y Santander llamaron al monje militar «señor Coronel Padre Marino,» en sus comunicaciones de guerra. Este Jefe de insurrectos no rompió los hábitos; simplemente se desceñía la espada y la rendía en el suelo, para celebrar misa. Terminado el sacrificio, volvía a empuñarla para acometer a los españoles.

El presbítero español, apasionado historiógrafo, José Antonio de Torres y Peña, pinta al fraile patriota:

                             El reúne el estambre religioso
                       Al collarín y vueltas encarnadas:
                       Ciñe sable y pistolas cual furioso?
                       Sobre túnicas santas profanadas.
                       Acaudilla rebeldes y alevoso
                       Conduce a la matanza encarnizadas
                       Las tropas de asesinos que a su mando
                       A Casanare siguen infestando.
   

                       El Arauca sofoca los gemidos
                       De los que en líos duros él envuelve,
                       Y en sus ondas corrientes son hundidos
                       Porque verter su sangre no resuelve.
                       Y cometiendo excesos tan crecidos
                       Ejerce el ministerio y aun absuelve
                       Quien el cargo dejó de misionero
                       Y el oficio tomo de bandolero (1).

Desterrados los Gobernadores del Arzobispado, y suspendidos de su autoridad eclesiástica indebidamente, quedó en manos del clérigo Luis Villabrille el Gobierno de la Iglesia, y en realidad ejerció las funciones de Arzobispo este intruso, pues hizo nombramientos de Curas, que como era natural después se declararon nulos, y fue necesario revalidar matrimonios.

Morillo informaba al Gabinete español que los eclesiásticos habían sido juzgados por el Capellán Mayor del Ejército, con arreglo a las fórmulas y usos del fuero castrense. Además avisaba que de todas las órdenes de religiosos, las que se habían mantenido más adictas a la causa del Monarca habían sido las de San Francisco y de Capuchinos; y que había mandado encausar a Villabrille y a sus compañeros de capellanía, los cuales se habían fugado sinque hubiera podido averiguar si tenían cómplices (2).

Al promediar el mes de septiembre, llegó a la capital una cadena de presos políticos de los vencidos en el combate de la Cuchilla del Tambo. Venía en ella un Joven de diez y ocho anos, don José Hilario López, Oficial de las fuerzas rebeldes, que había sido condenado a muerte en Popayán y que por rara casualidad salvó la vida, como tres de sus compañeros, estando ya sentados en los banquillos, levantados en la plaza de San Camilo, de aquella ciudad. Doce días gastaron en la marcha, a órdenes del cruel Oficial español don José Polit. Este ordenó a la escolta dar muerte al que se fatigara, suerte desgraciada que sufrió Martín Correa, Alférez, hijo de Antioquia, y un soldado de la gleba. El largo camino lo hicieron a pie, por el frío páramo de Guanacas y por las ardientes llanuras de Neiva y del Tolima. López refiere que llegaron a la capital cuando llovía, y que en la Plaza Mayor fueron detenidos por más de dos horas. Sabían estos reos que si eran destinados al Colegio del Rosario, saldrían de allí para el patíbulo.

Con esta prevención esperábamos otra vez, como en el sorteo del quinto (se refiere al que sufrió en la cárcel de Popayán, donde sacó boleta de muerte), la suerte que nos estaba reservada, cuando se presentaron varios Oficiales con lista en la mano, y empezaron a llamarnos y separarnos. Los más de mis compañeros fueron conducidos a las cárceles, y cinco fuimos llevados al Rosario, que como acabo de referir, érala prisión de mal agüero. A mise me colocó en el calabozo en donde estaban los siguientes sujetos: doctor Vicente Azuero, José María Tejada y su hijo (que existen) y Agustín Navia, que ya es muerto (1).

Con esta partida de presos venía Manuel Santacruz, oriundo de Bogotá, quintado en Popayán, y miembro de distinguida familia. De este patriota dijo la ensaladilla:

                       Con su cara de sardina
                       Rebujado en su capuz,
                       Manolito Santacruz
                       Siempre de c... camina;
                       De galopín de cocina
                       Es su carácter y empaque,
                       No obstante este badulaque
                       Muy metido a cohetero,
                       Sabe en el gremio chismero
                       Disparar su triquitraque.

Por esos días los caminos estaban colmados de cadenas de presos que iban a la capital para ser juzgados. Los que no eran ejecutados en la ciudad se enviaban a las poblaciones donde habían figurado, para hacerles más dolorosa la muerte, sufriéndola en medio de sus deudos y cerca de la casa paterna, después del martirio de un dilatado viaje,, con conocimiento de su cercano fin.

Para entonces Morillo estableció Tribunales similares a los de Santafé, en Tunja y en Neiva, para facilitar testigos de los delitos de los insurgentes y evitar que por falta de ellos fueran absueltos los reos por los Tribunales de la capital (1).

El día 18 de septiembre se levantaron seis patíbulos en Neiva, para víctimas condenadas por el Tribunal de aquella ciudad. Era Presidente el Teniente Coronel Ruperto Delgado, y Vocales, Oficiales del Batallón Numancia. El Cura, fray Felipe Bernal, escribió en el libro de defunciones número 3°:

En 18 de septiembre de 1816 les di sepultura eclesiástica a los cadáveres del doctor Luís José García, Fernando Salas, Benito Salas, José Díaz, José María López y Francisco López. Se les administraron los sacramentos. Doy fe.

Al margen se lee: «Fueron abaleados por los-. . .españoles.»

Para entonces Morillo, en carta al Ministro de la Guerra, se quejaba dé los procederes de don Francisco Montalvo, el cual quería gobernar de acuerdo con las leyes. Decía Morillo que el Capitán General no tenía en cuenta la autoridad con que lo había investido Fernando VII, ni las consideraciones que se le debían. «Ni se hace cargo-escribía-de que las medidas que se toman cuando se entra a sablazos en un país, se resienten de las circunstanciasen que se tornan» (1) .

Miguel Ortiz Tello, oriundo de San Gil y avecindado en Neiva, fue juzgado en Bogotá y enviado con sus hijos, Miguel y Vicente, para ser fusilado en Neiva. Contagiado de viruela en el camino, falleció en el hospital de La Manguita. Esta desolada muerte le ahorró ir al patíbulo, por el delito de infidencia.

El Pacificador pretendía ahogar con mano inexorable el sentimiento de independencia, e insultaba a sus adversarios en forma inculta. En el número 15 de la Gaceta, que apareció el 19 de septiembre, se lee:

La memoria de Simón Bolívar debe, oscurecer la de todos los monstruos que han manchado los anales del mundo; ella inspirará horror a las generaciones futuras; su nombre será tomado por la más terrible injuria, y servirá de espanto aun a los mayores malvados.

Estrecha y desacertada era la visión política del Pacificador. Bronces gloriosos se levantan al gran caudillo de la Independencia en las prósperas Repúblicas de América, que él fundó; en Nueva York, y en la capital de Francia.

El mismo día en que apareció la Faceta, otros hogares bogotanos se llenaban de inmensa e irremediable desolación. Cuatro banquillos se habían levantado en la Huerta de Jaime.

El último Comandante Militar de Ubaté, el bogotano Antonio José Vélez, de clase social la más distinguida, servidor de la República, Teniente Coronel, ardoroso republicano, iba a morir de cincuenta y seis años de edad. En 1812 envió a su primogénito Francisco de Paula Vélez, que apenas contaba diez y siete años» a las campañas de Venezuela, y ordeno que Tomás, otro hijo suyo, se afiliara en las tropas de Bolívar, en 1815. Miguel, el menor de ellos, también lució, más tarde, el uniforme militar. La viuda de Antonio José Vélez, dona Rufina Carbonell, ya vestía luto por la trágica muerte de su hermano José María, mártir de la Independencia (1) .

Allí murieron también dos paisanos naturales de Bogotá: Manuel Cifuentes y Bernabé González, entusiastas re publícanos. Fueron condenados por haber formado parte de la fuerza independiente que condujo al Virrey Amar a Honda, en 1810. Vencidos fueron con GarcÍa Rovira y Santander en Cachirí, y con Serviez en la acción de La Cabuya de Cáqueza (2).

La cuarta víctima fue el Capitán José María Ordóñez, oriundo de Girón, revolucionario desde el 20 de julio, soldado de Nariño en la campana del Sur y vencido en la Cuchilla del Tambo (3).

El mismo día 19 de septiembre fue sacrificado en Popayán José María Gutiérrez, nacido en Cúcuta, y conocido en nuestra historia con el nombre de El Fogoso. Maestro de Filosofía en el viejo Colegio de San Bartolomé, abogado y Jefe del Colegio-Universidad, creado por el filántropo español don Pedro Martínez de Pinillos, en la ciudad de Mompós. Gutiérrez escribió memorias útiles sobre materias variadas y levantó cartas topográficas y planos de fortificaciones (4).

En las conocidas décimas realistas, tantas veces citadas, se leía este esbozo de José María Gutiérrez, patriota que también rindió culto a las musas:

El hermano del tal Fruto,
A quien llaman El Fogoso,
Y de honesto y de piadoso
Le niegan los atributos,
Tiene modales de bruto,
Y profesa un odio eterno
Al hispánico Gobierno,
Con frases endemoniadas,
Y parece que a patadas
Lo han echado del infierno.

El Fogoso era hermano medio del jurisconsulto Fruto Joaquín Gutiérrez, mártir de la Patria, sacrificado en Pore poco tiempo después. Doña Ana Josefa de Silva, madre de don José María, residía en el Rosario de Cúcuta; su padre don Juan Ignacio Gutiérrez, había fallecido años antes.

Al día siguiente fueron fusilados en Tunja, por traidores al Rey, José Manuel Otero, Ignacio Plaza y Alberto Montero. Los tres, patriotas distinguidos, oriundos del Socorro (1).

En el número 17 de la Gaceta se dio cuenta de que don Pablo Morillo y su amigo el Mariscal de Campo Pascual Enrile, partían para La Mesa de Juan Díaz, distante una jornada de la capital, con el honesto fin de distraer el ánimo de las duras y prolijas fatigas de la reconquista. Cruzaron los viajeros la fértil Sabana por el camino de Occidente, hasta el ventorro que se hallaba en Cuatro esquinas, y tomaron al Sur, por el camino real. Llegaron a la Boca del Monte, por entre verdes colinas.

La senda estaba sombreada por grandes bosques. En las inmediaciones de la Sabana reina la niebla en esas soledades, y escaleras de piedra daban descenso a las tierras templadas. Un sendero estrecho y tortuoso, cubierto por bosque sombrío, conducía a la aldea de Tena. En muchas leguas no se encontraba sino una casa pajiza, en la cual los viajeros buscaban descanso y refrigerio. Tena, aldea de clima medio y suave, tenía recuerdos como sitio de recreo de los zipas. Demoraban las humildes casuchas bajo frondosas arboledas, a orillas de un torrente. Esas tierras pertenecieron al opulento español Juan Díaz, y a la Compañía de Jesús, y ahora regía en ellas el español realista don Clemente Alguacil, rico propietario, quien dio mesa a los pacificadores.

 

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(1) J. M. restrepo, lib. cit., I, 433; A. rodríguez villa, lib. cit., I, 244 y III, 210; E. otero d'acosta, ¡Firmes, Cachirí! El Liberal de Bucaramanga, 1912; Boletín de Historia, vol. VIII, 353; R. de sevilla, Memorias cit., 119.(Regresar)

(2) A. rodríguez villa, lib. cit., I. 245. (Regresar)

(1) J. M. restrepo, lib. cit., 440; J. M. groot, lib.cit., III, 397.(Regresar)

(1) A. rodríguez villa, III, 704.(Regresar)

(2) J. pardo vergara, Datos Biográficos dé los Canónigos de la Catedral de Bogotá, 71; L. zerda, José Domingo Duquesne.(Regresar)

(1) F. caicedo v flórez, Memorias para. la historia de la santa iglesia metropolitana de Bogotá; J. A. caicedo. Biografía del Arzobispo Caicedo y Flórez.(Regresar)

(2) J, pardo vergara, lib. cit., 69.(Regresar)

(3) A sicard y perez, Fray Diego Padilla; J. M. vergara y vergara, lib. cit.,(Regresar)

(1) J. M. caballero, lib. ci.t., 267.(Regresar)

(2) G. arboleda, Diccionario cit., 93.(Regresar)

(3) J. M. caballero, lib. cit., 267. Este cronista, inserta una larga lista de sacerdotes que fueron desterrados a Venezuela y a España.(Regresar)

(1) presbítero N. E. navarro. Prólogo de la monografía de don manuel landaeta rosales, Sacerdotes que sirvieron a la causa de la Independencia de Venezuela, de 1797 a 1823,(Regresar)

(1) J. A. torres v pena, Santafé Cautiva (Patria Boba), 389.(Regresar)

(2) J. M. restrepo, lib. cit., I 442, 440; J. M. groot, lib.. cit. III, 393, 399; J. M. caballero, lib. cit., 256; J. pardo vergara, Canónigos de la Catedral de Bogotá, 59, 65; A. sicard y perez, El Padre fray Diego Padilla; G. arboleda, Diccionario cit.; J. M. quijano otero, El alma del Padre Marino; A. rodriguez villa, lib. cit., I, 243; III, 196, 334; M. garcía zamudio, El Coronel fray Ignacio Marino, El Gráfico, 1915.(Regresar)

(1) J. H. lópez, Memorias, 72, 73, (París. 1857).(Regresar)

(1) A. rodríguez villa, lib. cit., I, 242.(Regresar)

(1) A. rodríguez villa, lib. cit., III, 219.(Regresar)

(1) I. gutiérrez ponce, Antonio José Vélez; L. orjuela, José Antonio Vélez, Boletín de Historia, X, 703; Revista del Colegio del Rosario, XII, 322, Antonio'José Vélez.(Regresar)

(2) J. M. quijano otero. El Monumento de los Mártires, 33.(Regresar)

(3) jose H. lópez, Memorias, I, 9.(Regresar)

(4) J. M. salaza.r. Memoria Biográfica déla Nueva Granada, Boletín de Historia, VII, 759.(Regresar)

(1) J. M. quijano otero, El Monumento de los Mártires, 35; A. clavijo durán, José Alberto Montero; cayetano vásquez, bernardo caicedo; Mártires de Boyacá, Boletín de Historia, VIII, 302, 437.(Regresar)

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