Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor  
 

 

 


 CAPITULO XLVI (Tercera parte) 
 

 

La guerra entre poetas chapetones e insurgentes era viva y sin cuartel. En poesía anónima, que se publicó en Medellín, y que ya citamos, se dijo a don Pablo Morillo.

¡Salve, pues, valeroso y nuevo Alcides,
Que de piedad y de valor armado
Si eres rayo de Marte entre las lides,
En la paz por benigno eres amado.
España olvidará de hoy más sus Cides,
Siendo tu nombre encanto celebrado Por guerrero, valiente y animoso,
Por humano, benéfico y piadoso!

En la Plaza de San Victorino se alzaron dos nuevos patíbulos el día 25 de octubre. En ellos fueron sacrificados, por la espalda, como entonces se acostumbraba, el Capitán español Francisco Aguilar, vencido en la angostura de Nare, y el Oficial patriota José Antonio Monsalve. Aguilar era el hermano de la célebre actriz llamada La Cebollino, y se casó con la ciudadana Teresa Suárez , oriunda de Bogotá. Era tan buen patriota que el poeta realista le dedicó una décima:

                            De Aguilar debe contarse
                            Una cosa que yo vi:
                            Y es que así que llegó aquí
                            No pensó sino en casarse ;
                            Ya lo está; puede alegrarse,
                            Correr, saltar y brincar.
                            Tocar, cantar y bailar
                            Con el mayor regocijo,
                            Por verse padre de un hijo
                            Sin saberse persignar.

. Los cadáveres de Afilar y de Monsalve, beneméritos Oficiales, tuvieron sepultura común y desconocida en el único camposanto que entonces existía.

El coronel español Matías Escuté, digno Teniente del pacificador, hacía campana en los Llanos de Casanare, y ordenó que fueran fusilados, en Pore, el 25 de octubre, el ciudadano Fruto Joaquín Gutiérrez, y los militares Joaquín Zerda Coronel Francisco Olmedilla, Sargento Mayor Juan Salias Luis Abad y Luis Báez. Olmedilla era natural de Pore, y había servido con decisión, inteligencia y valor. El hogar, huérfano, quedo en su villa nativa. La mujer de Salías, dona Mariana Calderón, tuvo que regresar a Santafé, con incomparables penalidades, para buscar e! amparo de su familia (1) .

El doctor Fruto Joaquín Gutiérrez, oriundo del Rosario de Cúcuta, tenía cuarenta y seis años, y estaba condenado de antemano a la pena capital, pues la opinión que tenía Morillo de él era su sentencia. Ese maestro de Derecho Público, que desempeñó los primeros empleos de la república, se hizo notar por su actuación revolucionaria contra el Rey de España. Educado en el Colegio de San Bartolomé, propagó las nuevas ideas en la cátedra y en las célebres Carlas de Suba, y fue Secretario y miembro de varios Congresos. Literato de buen gusto y de general instrucción, tenía los crímenes de insurgente y de emigrado. Su esposa, doña Josefa Bailen de Guzmán, figuró desde el 20 de julio entre las matronas que tomaron parte en aquel movimiento. Ahora estaba desterrada con su familia, en Simijaca. Don José María Salazar, biógrafo de este mártir, cierra su silueta con estas palabras:

Ningún dolor es más justo por su memoria que el de su desgraciada viuda, una de las damas literatas de Santafe. Siempre la amó con la mayor terneza, a pesar del tiempo, y de su país de tempranas hermosuras. Pudo ser superado en otro género de mérito, pero difícilmente igualado como buen esposo. Por desgracia no ha dejado un hijo que consuele a esa señora en su adversidad, y nos indemnice a sus amigos de una pérdida tan sensible (2) .

El mismo día en que morían las víctimas de Pore, los inquisidores encendieron una grande hoguera cerca de la fuente pública de la Plaza Mayor. A ella llegó en carreta acopio de papeles, manuscritos e impresos, que circularon en tiempos de la Patria. Alimentaron el fuego sermones, periódicos oficiales, boletines, La Bagatela, de Nariño, El Anteojo, de Lozano, El Sabatino y El Aviso, del Padre Padilla, y muchas poesías, hasta las del Bibliotecario Socorro Rodríguez. «De estos papeles tengo algunos-escribe el ingenuo cronista Caballero-que liberté enterrándolos, aunque varios quemé, que después me pesó.» Y agrega: «En la punta de una vara traían el retrato de un colegial, que era el doctor don Frutos Gutiérrez, colegial de San Bartolomé, y lo echaron en la hoguera, junto con todos los papeles, y mientras se hizo este sacrificio, tocaron las campanas a descomunión.» Presidió aquel acto el inquisidor Santiago Torres y Peña. Cuando sepultaban el cadáver de Fruto Joaquín Gutiérrez, en Pore, quemaban su retrato en Santafé.

Al día siguiente fue sacrificado en Villa de Leiva el ciudadano Manuel José Sánchez, y su cadáver fue ahorcado y despedazado. Escapó del patíbulo, allí mismo, otro republicano, Juan B. Gómez, distinto de Juan Gómez, español y conocido Alcalde de Santafé, en la época revolucionaria, quien para ese tiempo figura en la lista de insurgentes presos en el antiguo Colegio del Rosario.

En esos días murieron: en Calote, el Teniente Pedro López, y en Quilichao, después Santander, el Alcalde Agustín Navia y José Pino, El 29 se alzó un patíbulo en Pitayó, y se dio muerte afrentosa al Cacique Agustín Calambazo, a quien la República le había concedido insignias de Oficial (1) .

Como Francisco José de Caldas pertenecía de hecho al círculo de reos de alta traición, fue desde luego procesado ante el Consejo permanente de Guerra. No tuvo más defensa que la del Oficial español del Batallón Tambo, Braulio Molino. El Redactor del Semanario, el amigo de Humboldt y de Mutis, el astrónomo que adivinó lo que no halló en los libros y que construyó sus instrumentos en las alturas de los Andes, en la atrasada colonia; el autor de la teoría de medir las alturas por medio del agua hirviendo; el profesor de matemáticas en los claustros del Colegio del Rosario, que fueron también su prisión y su capilla, iba a morir como traidor al Rey. Cuando prisionero llegó a La Mesa, escribió desde allí una carta dirigida a Enrile, pintando sus labores, sus servicios a la ciencia, su anhelo por la prosperidad del Virreinato y lo provechoso que sería que se le diera tiempo para terminar sus trabajos. La súplica fue inútil. Y dice la tradición que Pascual Enrile y Luis Villabrille contestaron que España no necesitaba de sabios (1) .

Pasado casi un siglo, un español ilustre en las letras, escribió, refiriéndose a la muerte de este sabio:

Víctima nunca bastantemente deplorada, de la ignorante ferocidad de un soldado a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus Provincias ultramarinas (2) .

Caldas tuvo por compañeros de capilla y de suplicio al poeta y militar José Miguel Montalvo, a su conterráneo Francisco Antonio Ulloa, y al catalán republicano Miguel Buch. A los cuatro se les notificó la sentencia de muerte en la tarde del 28 de octubre; y en la mañana del 29 hicieron testamento Caldas y Buch. He aquí el testamento del sabio; el original reposa en la Notaría la de Bogotá, protocolo de 1816, página 157; y por ser documento de importancia lo insertamos, y porque fue dictado horas antes de morir Caldas:

En la ciudad de Santafé a veintinueve de octubre de mil ochocientos diez y seis, el doctor Francisco Caldas, habiendo obtenido permiso para poder hacer algunas declaraciones correspondientes al descargo de su conciencia, se me hizo comparecer para este efecto de orden del señor don Melchor Castaños, y en presencia del Oficial de guardia expuso ser católico, apostólico, casado y no velado con dona María Manuela Barona, de cuyo matrimonio han tenido y procreado por sus hijos legítimos a Liborio, Ignacia, Juliana y Ana María, de los cuales dos han muerto en su juventud y dos viven.

Declara que cuando contrajo dicho matrimonio recibió en parte del haber de su legítima esposa, una negrita esclava con otras frioleras de uso y de poco valor. Con lo que, y no teniendo otras cosas de qué poder hacer declaración para descargo de su conciencia, pues aunque debe algunas cantidades, no tiene con qué satisfacerlas, y sólo sí puede perdonar a los acreedores. Se concluyó esta diligencia que firma con el señor Oficial de guardia, por ante mí, de que doy fe.

                Antonio Hidalgo- Francisco Caldas- Eugenio de Elorga.

De requerimiento verbal del doctor don Melchor Castaños, Secretario del Excelentísimo señor General en Jefe, don Pablo Morillo, he protocolado el antecedente documento en mi registro corriente del presente año. Y para que conste, pongo la presente en Santafé a cinco de noviembre de mil ochocientos diez y seis.

                                      ELORGA

Tal fue la última voluntad de «el famoso geómetra, físico, astrónomo y naturalista Francisco José de Caldas, hijo de Popayán, gloria de América y honor del mundo sabio, » según palabras del historiador argentino Bartolomé Mitre.

Del Colegio del Rosario salieron los cuatro reos en medio del Batallón Tambo, comandado ese día por Manuel Villavicencio. Después de la descarga que los privó de la vida, en la vieja plaza de San Francisco se oyó un largo alarido, último aliento del Sabio, quien recibió ocho tiros, siete en la espalda y uno en la región occipital. Caldas llegó al patíbulo horrorizado y afligido, y no mereció este mártir, en la conocida Relación de Morillo, sino estas frías palabras: «En 29 de octubre- Doctor Francisco Caldas: Ingeniero General del Ejército rebelde, y General de Brigada-Fue pasado por las armas por la espalda, y confiscados sus bienes.» Caldas no fue ni doctor ni general; fue docto e Ingeniero militar.

Caldas había pedido una esposa a Popayán, «sobre medidas, como se pide un traje o un sombrero,» dijo ya el compilador de sus obras, E. Posada. Doña Manuela Baraona quedó viuda con tres tiernas niñas: Carlota, Ana María y Juliana.

Frente al costado occidental del antiguo convento de San Agustín, en una casa de dos pisos, marcada hoy con el número 163 de la carrera 8a, habitó Caldas hasta el día que emigró, con la esperanza de salvar la vida. Años después, el 29 de octubre de 1881, 65° aniversario de su muerte trágica, innumerable concurrencia colocó sobre el portalón de esa casa, en presencia de doña Juliana Caldas, una lápida de mármol blanco con la siguiente inscripción latina, redactada por el filólogo colombiano Rufino José Cuervo.

HANC. DOMUM.
FRANC. JOS. DE CALDAS
INTEGERRIMA. VITA. SACRAVIT.
SCIENTIARUM. CULTU NOBILITAVIT.
PRO. PATRIA. MORIENS.
CIVIUM. VENERATIONI. TRADIDIT.

La versión la debemos al doctor Roberto Cortázar: Francisco José de Caldas consagró esta casa con una vida purísima, la ennobleció con el cultivo de las ciencias, y muriendo -por la Patria, la entregó a la veneración de sus conciudadanos.

Se ha atribuido a Caldas el acto de pintar un jeroglífico en la escalera del Colegio del Rosario, en el momento de marchar para el patíbulo. Se le ha dado tinte de veracidad, conservando en la misma escalera histórica una grande O, partida por una línea, signo a que se ha dado la traducción. de ¡Oh larga y negra partida! Sobre esta bella tradición se inspiró el artista bogotano Alberto Urdaneta para crear, en cuadro al óleo, una de sus mejores obras, que guarda el Museo Nacional.

Un historiador colombiano, José María Quijano Otero, atribuyó, desde 1872, en un artículo histórico, Nuestros mártires, la paternidad del simbólico jeroglífico al prócer Joaquín Camacho, fusilado el 31 de agosto de 1816.

Más tarde, en 1886, la brillante pluma de Antonio José Restrepo hizo notar en La Nación número 115, en carta dirigida al artista Urdaneta, que en las Oeuvres de Francois Rabelais se anota que, en la antigua Atenas, los Jueces del Areópago, en los juicios criminales, usaban el mismo signo como condenación a muerte; una T para los enjuiciados que eran absueltos, y una A como señal de ampliación. El anotador de dicha obra, Louis Barré, dice que el primero de estos signos vale por Theta o Thanatos, que significa «muerte» (1) .

Por el mismo tiempo otro colombiano, José Ramón Vargas, citando al mismo Rebeláis, hizo conocer estas palabras:

En el antiguo Atenas se valían de ciertas notas para anunciar al público la sentencia que recayera sobre los juzgados, y el signo O denunciaba que habían sido condenados a la pena capital. Este signo vale por theta, de thanatos, muerte. Y T, de tande, ialerio, absolución.

El doctor José Miguel Montalvo nació en San Antonio de la Honda, jurisdicción del actual Municipio del Gigante, en el Departamento del Hulla, en abril de 1782. Literato y poeta, autor del Zagal de Bogotá, que se representó en el teatro de la capital, en 1806, y de multiplicadas poesías, y soldado, prestó servicios militares hasta la invasión de los pacificadores en 1816. Cayó en manos de los españoles, en las montañas de los Andaquíes, y enviado a Bogotá, fue juzgado en el Consejo de Guerra.

Durante la penosa marcha dijeron al Oficial de la escolta que Montalvo era improvisador; y aquél, por entretener el fastidio del viaje, lo llamó y le dijo :

-Vamos, insurgente : hazme una quintilla con pie forzado, y te doy un patacón.

-¡ Veamos el pie forzado!

Y entonces el Oficial, por ver cómo salía del apuro, le dio este pie:

Viva el séptimo Fernando
Con su fiel y leal Nación....
……………………………….
-Pero es con la condición
De que en mí no tenga mando,
Y venga mi patacón,

concluyó Montalvo, alargándola mano para recibir la moneda, que le sirvió para cenar aquella noche.

En Santafé compareció ante el Consejo permanente de Guerra, presidido por el Coronel Casano. Oída la acusación, empezó Montalvo su defensa, y la fundó en documentos españoles. Leyó el Manifiesto de la Junta de Sevilla, o sea el Consejo de Regencia, que dice : «Desde este momento, españoles americanos, os veréis elevados a la dignidad de hombres libres; no sois los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del poder.»

-¡ Eso no viene al caso ! interrumpió Casano.

-«Os miraban con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia... .»

- ¡Eso no viene al caso! gritó Casano.

- Vuestros destinos no dependen ya ni de los Ministros ni de los Virreyes: están en vuestras manos....»

-¡Eso no viene al caso! volvió a gritar Casano.

-Lo que no viene al caso, contestó Montalvo, es haber dado esa proclama para enviar luego a ustedes. Una de las dos cosas estaba por demás.

Casano le hizo callar, y al retirarse el preso, le dijo airado:

-Advierta usted que ha faltado al Consejo. -Pues entonces, échenle otra bala al fusil(1).

Dos balas rompieron el corazón de Montalvo, y acabaron con la vida del poeta, abogado y militar, a los treinta y tres años de su edad.

La tercera víctima fue Francisco Antonio Ulloa, nacido en Popayán en noviembre de 1783. Colaborador del Semanario de Caldas, había figurado entre los más distinguidos hombres de letras. Amigo de la revolución, sirvió la Secretaría General de la Junta revolucionaria de Popayán, y prestó servicios militares en diferentes Cuerpos de Ejército. Condenado a muerte como traidor al amado Rey Fernando, fue sacrificado el 29 de octubre (2) .

El catalán don Miguel Buch hacía largo tiempo que era vecino del Chocó, donde unió su suerte a familia de republicanos, y en 1814 fue Gobernador por los patriotas. En combate desgraciado, en el Arrastradero de San Pablo, en esa región, fue vencido Buch, y marchó preso a Popayán, y después a la capilla de Bogotá. En el protocolo 176 de la Notaría la se encuentra el testamento que otorgó este mártir, el mismo día de su fusilamiento. Buch, como Caldas, tuvo que solicitar permiso de don Melchor Castaños, ese día Secretario de Morillo, para extender su última voluntad en presencia del Oficial de guardia, Antonio Hidalgo, encargado de mandar la escolta que fusilaría a los cuatro mártires. Declaró que era casado en primeras nupcias con doña Manuela Rodríguez, unión de la cual nació su hijo Ramón; y en segundas, con doña Agustina Contó, matrimonio del que nació un niño, Miguel. Que su señora estaba en cinta cuando él fue vencido, y que no tenía noticias de ella Hizo algunas aclaraciones de intereses, refiriéndose en todo a su esposa, y mencionó una deuda de seiscientos pesos, cuya acreedora era la Madre Dionisia de Santa. Elena, su tía, monja del convento de La Encarnación de Popayán. Copiamos las últimas líneas de este documento, como muestra de las costumbres notariales durante la autocracia militar:

Con lo que se concluyó esta diligencia, que la hace para descargo de su conciencia, la misma que firma con el señor Oficial de guardia, por ante mí, de que doy fe. En este estado dijo que suplica que de esta memoria se le haga un manifiesto de ella a su esposa, para su inteligencia y derechos que puedan convenir, y firma, de que doy fe.

antonio hidalgo-miguel buch-Eugenio de Elorga

De requerimiento del señor Secretario del Excelentísimo señor General en Jefe don Pablo Morillo. (Al margen esta nota): «Don Melchor Castaños, queda protocolada en el Registro, conste, de instrumento público la antecedente disposición testamentaria. Santafé, 30 de octubre de 1816.

                                         «Eugenio de Elorga»

Morillo comunicó a la Corte que Oficiales del Victoria habían batido en el Arrastradero de San Pablo, en El Chocó, a Miguel Buch, «el cual se titulaba Dictador y General en Jefe del Ejército de insurrectos» (1).

Las cuatro víctimas fueron sepultadas en la antigua iglesia de La Veracruz, en fosa común, sin señal ni inscripción alguna. Cuando se creían perdidos los restos de estos patricios, la pluma del bogotano Manuel Briceño lamentó las hasta entonces confundidas cenizas:

                                  Ni una inscripción, ni cruz ni monumento
                           Que muestre en esta iglesia silenciosa
                           El sitio santo donde está la fosa
                           Que haga del sabio-mártir el memento.
                           Quiso borrar el déspota sangriento
                           De este genio de luz, alma gloriosa,
                           Hasta el recuerdo, y muerte ignominiosa,
                           Huesa común le dio como tormento.
                           De esa huesa su nombre se levanta
                           Como al nacer el sol en la mañana,
                           Y el pueblo viendo en ella el ara santa
                           Con el laurel de triunfo la engalana.
                           No necesita mármol gloria tanta .....
                           La cubre la bandera colombiana.

El Coronel Cruz Ojeda, venezolano, sirvió como soldado forzado del Batallón Tambo, y fue obligado a llevar las andas con el cadáver de Caldas. Años después, en febrero de 1880, asistió el Coronel, en unión del historiador bogotano Ricardo Becerra, a la inhumación del cadáver del General Carlos Soublette, en un cementerio de Caracas. He aquí lo que refirió el veterano al historiador:

Fui prisionero en Cachiri, y me ocupaban los españoles en Bogotá en conducir a la fosa los cadáveres de los patriotas fusilados. En consecuencia, presencié el fusilamiento de Caldas y Ulloa, y fui testigo del horror con que murió el primero, y de la arrogancia que en el patíbulo desplegó el último. Caldas murió a la primera descarga, cuyos ocho tiros le entraron por la espalda y le abrieron una inmensa tronera en el pecho. El taco de uno de ellos incendió el vestido, y yo apagué el fuego con agua que tomé en la pila vecina. L/os cadáveres fueron colocados en sendas parihuelas; el de Caldas quedó como a horcajadas, y lo taparon con un paño de frisa de la que aún se estila usar en nuestro pueblo. Al conducir el cadáver de Caldas a la iglesia de La Veracruz, y ya en el vestíbulo de ésta, yo, que estaba enfermo de disentería, y además muy conmovido, caí en tierra, arrastrando conmigo el cadáver y manchándome con la sangre que de éste salía en abundancia.

También dio noticia el Coronel Ojeda de que los cadáveres fueron sepultados en la vieja iglesia, al doblar de la puerta situada entonces al Sur, donde hoy se levanta el altar mayor del panteón de los próceres. Allí descansaron los restos de Caldas y de sus compañeros hasta los primeros días de octubre de 1904, año en que se empezó a levantar una torre, que reemplazara la pobre espadaña en que colgaban las campanas de la iglesia colonial de La Veracruz.

El entonces Cura de la actual Parroquia de San Pablo, presbítero Nepomuceno Fandiño, concedió permiso a una Comisión de la Academia Nacional de Historia, presidida por el Gobernador de Cundinamarca, don Jorge Vélez, e integrada con varios caballeros y con el médico doctor Luis Fonnegra, para buscar los restos de estos mártires. Hecha la excavación en el lugar fijado por Ojeda, se encontraron los de cuatro cadáveres, con las cabezas hacia el Sur. La fosa tenía 80 centímetros de profundidad, circunstancia feliz que contribuyó ala conservación de los huesos, por estar el terreno seco. No se encontraron vestigios de ataúdes. Clasificados los restos por el doctor Luis Fonnegra, se hallaron, a más de los cráneos, huesos largos y fragmentos indescriptibles. Uno de los cráneos estaba casi destruido, y lo formaban pedazos de la bóveda craneana. Exornamos esta página con el diagrama de los tres cráneos conservados.

 

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Diagrama

 

De un serio estudio médico antropológico se pudo deducir, casi con certeza, teniendo en cuenta las edades de los mártires del 29 de octubre, que el cráneo número i era el de Caldas, el mayor en edad; que los marcados con los números u y ni eran los de Ulloa y Montalvo, muertos a los treinta y tres anos, siendo imposible diferenciarlos, por presentar caracteres análogos; y por exclusión pudo atribuirse el cráneo destruido al de Buch, que murió de menos edad que sus compañeros de martirio (1) .

Después, por iniciativa del poeta Guillermo Valencia, estos despojos del tiempo del terror fueron trasladados a Popayán, cuna de Caldas y de Ulloa, y sepultados en las criptas de la iglesia de San José, que para entonces prestaba servicios de catedral.

El 29 de octubre de 1916, centenario del sacrificio, se trasladaron con pompa y solemnidad los restos a la Catedral metropolitana de Popayán, donde fueron inhumadas las sagradas cenizas.

La Ley 88 de 1880 honró la memoria del naturalista Caldas, y dispuso erigir una estatua de bronce en Popayán. En la celebración del primer centenario déla Independencia nacional, se levantó estatua, donada por el Polo Club, en la antigua plaza de Las Nieves de Bogotá.

Un próspero Departamento de la República, que lleva el glorioso nombre, erigió en su capital, Manizales, el tercer bronce, obra del escultor francés Verlet.

En el patio de honor de la Facultad de Matemáticas e Ingeniería se levanta un bello busto de Caldas, esculpido en mármol blanco de Carrara, por el artista Juan José Rosas.

Un barrio moderno y una calle de Bogotá se apellidan Caldas. En el Museo Nacional se conservan retratos del sabio payanes; también en las salas del Observatorio, en el salón de sesiones de la Cámara de Representantes y en el aula rectoral del Colegio del Rosario. Varios Municipios e institutos docentes llevan el nombre del sabio mártir.

Tres géneros de plantas, de familias distintas, se llamaron Caldasia, nombre que no figura en los catálogos de la ciencia usados al presente. El primero lo dedicó el ilustre José Celestino Mutis in memoriam Francisci Joseph de Caldas, pero no se publicó hasta 1810 en El Semanario, que no circulaba en Europa, y por esta causa, doce años mas tarde, Luis CLaudio Richard llamó al género, nuevo para él, Helosis, que fue adoptado por los botánicos, no obstante la prioridad del nombre Caldasia.

 

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Estatua de Caldas.

 

En 1813 el botánico alemán Carlos Wildenow llamó al segundo género Caldasia heteropylla, pero prevaleció el nombre de Bomplandia, que ya era usado.

Un botánico español, Mariano Lagasca, denominó Caldasia al tercer género de la familia de las umbelíferas; pero sólo subsistió el nombre de Oreomyrrhis, dado por el profesor de Viena, Esteban Ladislao Endicher, reputado botánico alemán (1) .

Con razón informaba el Fiscal de la Audiencia de Santafé que los pueblos del Nuevo Reino deseaban, cuando llegó el Ejército reconquistador, el restablecimiento del Gobierno del Rey; pero que disgustados «con los espectáculos numerosos y frecuentes de sangre que se dieron en casi todos los pueblos del Virreinato; con ver salir a infinitos aherrojados a los presidios y obras públicas; con los alojamientos eternos, en que los Oficiales debían recibir cuanto necesitaban de los dueños de las casas y se erigían en señores de ellas; con la contribución permanente de raciones, de empréstitos forzosos y otros extraordinarios; con el aumento de alcabalas desde el 2 hasta el 5 por 100 sobre todas las producciones; con la enorme subida del precio de la sal y del aguardiente de caña o estancado; con un trato duro y siempre desconfiado; y en fin, con todos los excesos de una conquista de país extraña, que no debieron cometerse en el que vino a pacificarse.»

Así apreciaba don Agustín Lopetedi, alto empleado de la Justicia Real, oriundo de España, con imparcialidad laudable, la dura conducta de los expedicionarios.

Otro voto, aún más respetable, es el del mismo Virrey don Francisco de Montalvo, cuyas regalías en el Gobierno fueron desconocidas por Morillo; dijo al dejar el mando:

Mas después de reducido a la obediencia de Su Majestad (el Nuevo Reino), ha tenido que sufrir contribuciones exorbitantes impuestas por el General Morillo: treinta mil -pesos a la del Chocó, según consta de la copia número 4 ; doscientos mil-pesos a la de Antioquia, como verá Vuestra Excelencia por el número 5; otro tanto las del Socorro y Popayán, según aviso de los Gobernadores, que corren agregados a los expedientes, fuera de muchos donativos (expropiaciones) de caballos y dinero para vestuario y de las multas pecuniarias a diferentes individuos ricos de Santafé, y otras partes de que están, llenas las cacetas de aquella capital; todo lo cual ha pasado a la Tesorería del Ejercito expedicionario, con más el producto de las rentas provinciales que se han mandado subir, según he dicho antes a Vuestra Excelencia y consta en la copia número 6 (1) .

Montalvo hacía las veces de Fiscal, y agregaba en ese documento oficial que, en lo general, las gentes del Reino eran mansas y amaban la tranquilidad, pero que continuaban la revolución al verse vejadas y oprimidas, insultadas hasta por los soldados, miradas con desconfianza, amenazadas y siendo testigos de casi diarios suplicios.

Los dos empleados del Rey vindicaron los fueros délos pueblos oprimidos por los Jefes de la reconquista, que violaban los derechos dé los americanos con notoria injusticia.

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(1) N. garcía samudio, Leí Reconquista, de Boyacá en 1816; pág-, 103.(Regresar)

(2) J. M. salazar, Galería Biográfica,(Regresar)

(1) santiago arroyo, Apuntes Históricos.(Regresar)

(1) N. garcía samudio, Biografía de Caldas. Revista del Rosario, 1911. Esta carta dirigida a Enrile, se publicó, en parte, en la revista Cultura, número 8 (1916), y completa en el Diario Nacional del 30 de noviembre del mismo año, y en la revista española España y América.(Regresar)

(2) M. menéndez v pelayo, Antología de poetas hispanoamericanos, introducción, XXV.(Regresar)

(1) N. garcía samudio, Nuevos Apuntes sobre Caldas. Cultura número VIII, Bogotá, 1915.(Regresar)

(1) J. M. vergara v vergara, lib. cit., 399. (Regresar)

(2) M. arroyo díez, Francisco Antonio Ulloa. (Regresar)

(1) A. rodríguez villal, lib. cit.. I, 224; V. M. domínguez y Gómez. La guerra de la Independencia en el Chocó {Boletín de Historia, X, 53).(Regresar)

(1) Boletín de Historia, III, 7.(Regresar)

(1) A. POSADA ARANGO, Estudios Científicos; F. vesga, lib. cit., 81; S. cortés, Flora Colombiana, 93.(Regresar)

(1) A. LOPETEDI, Representación dirigida al Rey de España desde Cartagena; M. A. corrales, Historia de Cartagena, 384; F. MONTALVO, Relaciones de Mando, 683.(Regresar)

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