Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XLVII (Tercera parte)
Faustino Martínez dio a Morillo una lista de los republicanos eminentes de las comarcas antioqueñas, y en ella incluyo a parientes suyos muy cercanos. Triste fue la situación de este abogado en los últimos días de la dominación española, y merecido su aislamiento cuando vencieron las banderas de la República, que generosas lo cubrieron.
Fernando de Benjumea tuvo la audacia de firmar el acta de la Independencia en 1810, y volvió a las filas de la Monarquía, y por esa causa sufrió prisión en 1814. Ahora servía a Morillo y a Sámano, como Alférez Real, destino que ejercía en la capital.
Menos afortunado fue Florencio Ortiz, americano, que dejó la causa de la patria en 1814, y a quien los pacificadores desterraron a La Habana, previa confiscación de sus bienes.
Por entonces Bolívar daba lávela del puerto de Jacmel, en Haití, el 21 de diciembre, y desembarcaba en Juan Griego en la isla de Margarita, siete días después.
Fue inútil una circular del Virrey Montalvo, para que en cualquier lugar fueran aprehendidos y remitidos a la plaza de Cartagena los alborotadores y delincuentes que se hallaran en todos los Virreinatos y Capitanías Generales. Terminaba ese documento con una lista formada por nombres de patriotas, el primero Simón Bolívar (2).
En un declive de la Cordillera Oriental, a 2,976 metros de altura sobre el mar, se encuentra el pueblo de Chita, adonde llegó el conquistador alemán Jorge Hohermuth en 1574, que se conoce con el nombre de Jorge Espira; y Gonzalo Jiménez de Quesada fue su Corregidor. Allí se encontraba don Pablo Morillo el 27 de diciembre de 1816. Ese día aprobó sentencia, dictada por un Consejo de Guerra formado por Francisco Warleta, Manuel Villavicencio, Antonio María Casano, León de Ortega, Francisco Preysier, Francisco Solano y Pedro Rufino. Esa sentencia da luz de cómo en esos Tribunales militares se condenaba a muerte dejando de lado las disposiciones civiles, siempre serenas:
Resultando suficientemente probado por la deposición unánime de cuatro testigos de excepción, que los acusados Martín Gamboa y Victoriano Valbuena, desde el principio de la revolución han sido los que en público constantemente han predicado a favor de las ideas revolucionarias, persiguiendo y befando de todos modos a los que no eran de su partido, redoblando este mal proceder luego que pasaron las tropas del Coronel Calzada, contra todos los que habían tenido alguna comunicación con ellas, los condena el Consejo con arreglo a la Ley 2ª, Título 18, Libro 8° de la Recopilación, a que sufran la pena de ser pasados por las armas por la espalda, y confiscados sus bienes, recomendando al Excelentísimo señor General en Jefe la indigente familia de Fernando Riscanero, que por ser fiel a Su Majestad fue pasado por las armas de los rebeldes, teniendo parte en ello el reo Martín Campos, de cuyos bienes pudiera adjudicárseles alguna corta pensión para su sustento.
Aprobado este fallo por Morillo, se cumplió el día 28 (1) . En Chita ordenó el Pacificador a Sámano que no le remitiera más juicios, pues no se ocuparía sino en negocias militares. Continuó la marcha por los Llanos de Casanare, y el paso del río Arauca, para entrar en llanuras de Venezuela.
En ese territorio fue fusilado el día 29 el patriota Juan Nepomuceno Piedra, ya señalado por Morillo, hijo de Pamplona, jurisconsulto graduado en Bogotá, que ejercía su profesión en el Rosario de Cúcuta. Don José María Baraya asevera en la Biografía del General Pedro Fortoul, que Piedri fue ultimado en Nutrias, donde se encontraba doña Manuela Ramírez, esposa de Fortoul, testigo del suplicio.
Como toda gestación, el desarrollo de la guerra magna fue dolorosísimo; los héroes morían a granel, y fue con paso lento como avanzaron a la tierra prometida.
Fueron las dos víctimas de Chita las últimas que sacrificó Morillo en el territorio de Colombia. Cerramos estas páginas sangrientas en 1816, con el concepto de un testigo dé la mayor respetabilidad, el del Virrey don Francisco de Montalvo:
A esto se agregan las ejecuciones de más de siete mil (7,000) individuos de las principales familias del Virreinato, que han sido pasadas por las armas por sentencia del Consejo permanente a las órdenes del General Morillo, unos delincuentes y otros no tanto, los cuales quizás hubiera convenido más al servicio del Rey deportarlos para siempre de su país, a donde no pudieran perjudicar, después de haber hecho algunos ejemplares en cabezas principales de la revolución (1).
Y Morillo mismo, en carta oficial al Ministerio de Guerra español, afirma que entre las personas comprometí das en la revolución, «fue preciso arcabucear y colgar los principales traidores, los que despojaron al Virrey Amar de su autoridad y los que trastornando la opinión de los pueblos, pusieron las armas en la mano a millares de habitantes pacíficos, para asesinar los leales y derribar el Gobierno de Su Majestad, haciéndose independientes.» Agrega que fueron estos traidores los más distinguidos ciudadanos de la Nueva Granada; que fue preciso extinguir esa infernal canalla, la cual, aun con la memoria de las víctimas, lacia guerra a los expedicionarios (2) .
No olvidemos las palabras de un apologista de Morillo: «De los citados presos fueron fusilados seis (!) por sentencia del Consejo de Guerra, entre ellos un tal Carbonell, que había obligado al Virrey a que entregase el mando, y al llamado General Rovira, que había dirigido a los insurgentes en la batalla de Cachiri. Los demás fueron desterrados a varios puntos» (1). La verdad, aunque quiera ocultarse con sombras, al correr de los tiempos aparece viva y radiosa; inmóvil y serena, ve pasar desde su pedestal palabras falsas y sofismas.
En Chire escribió Morillo el último día de 1816, al Cura del Cocuy, presbítero José Antonio Escobar, felicitándolo por sus buenos sentimientos, fidelidad y adhesión al Rey su señor.
En la misma fecha Bolívar arribaba a Barcelona, y la cabeza de las tropas republicanas iniciaba el desquite.
Durante el gobierno militar del Pacificador no se publicó otro periódico que la Gaceta de Santafé, que redactaba el clérigo realista García Tejada. En cuanto a mejoras materiales en la capital, condensa Pascual Enrile en una frase las que Morillo realizó: «Se hermoseó con dos puentes la capital, enlosadas algunas calles, empedrada la plaza que se hizo al parque de artillería y casi la mitad de la del Palacio (2).
Hay numerosos episodios de ese gran drama que se llama el tiempo del terror, que merecen especial mención. El patriota don Pedro Groot, comprometido en la revolución, fue desterrado a Ibagué por los republicanos, como conspirador en 1815. En la sentencia se dijo que no se procedía contra Groot, porque había adolecido de la cabeza y tenía turbadas las potencias mentales. Los pacificadores lo redujeron a prisión, y él contaba con bastantes recomendaciones, por sus servicios a la República, para ocupar un patíbulo. Fuera real o simulada la enfermedad mental de este ciudadano, vino en camilla desde Ibagué hasta la capital. Los esculapios del Ejército español no tenían competencia para decidir el punto; tampoco se atrevió a resolverlo el Consejo de Guerra. A Groot se le notificó sentencia de muerte, estuvo en capilla, y tan fúnebre aparato no borró su indiferencia. Su esposa, doña Manuela Montenegro, coadyuvaba eficazmente a sostener el engaño. Cuatro años estuvo él en cama, y de ella no se levantó ni habló palabra, hasta después de entrar las fuerzas libertadoras en Bogotá, en 1819 (1).
Otro patriota, Manuel José Castrillón, de Popayán, también aparentó demencia. El caudillo Francisco Warleta lo sujetó a privaciones y tormentos; hizo que le clavaran espinas entre las uñas y la carne; lo tuvo sin alimento varios días, y todo lo sufrió el infeliz sin dar señales de tener razón. También fue traído a Bogotá y sometido al Consejo de Guerra, donde obtuvo absolución. La simulación duró año y medio (2).
Don Agustín Domínguez, de Zipaquirá, también se fingió loco: aparentaba no entender sino que se le pedía empréstito y fingía la monomanía de no hablar sino la frase: «No se ajusta, no se ajusta.» Si se salvó de la cuchilla Inexorable; no sucedió lo mismo con sus bienes, que fueron confiscados (3). Estos tres republicanos prefirieron la desgracia de aparecer como locos, a la de ser juzgados como grandes criminales, por su amor a las ideas de libertad.
Don Manuel del Socorro Rodríguez, el pacífico bibliotecario, cuenta la siguiente escena ocurrida en la Biblioteca, con Morillo:
Al oír las voces de los centinelas, comprendí que el que en medio de esas cortesías de que usaron me hacía el favor de venir a mí; era su Excelencia, y me incliné. El entró preguntando en alta voz:
-¿Señor don Socorro Rodríguez?
-Aquí me tiene Vuestra Excelencia, le respondí.
-Ha de saber usted, me dijo en seguida, que he recibido denuncios, y tengo pruebas contra usted, de que ha sido insurgente, a pesar de haber sido empleado aquí por el señor Ezpeleta, y de que cuanto usted puede ser se lo debe a la benevolencia de Su Majestad.
Yo, sin atreverme ni aun a alzar la vista, pensé en por qué me llamaban insurgente, y al mismo tiempo que en esto pensaba, me interrumpió la voz estentórea y de mando de Su Excelencia, que me decía, poco más o menos estas palabras:
-Aquí, en mi acompañamiento, viene el señor presbítero don Pedro Salgar, que me ha asegurado que son de su letra, esta carta a don Antonio Nariño y esta otra al Padre Omaña. ¿Qué puede decir usted a esto?
-Yo, señor Excelentísimo, sólo puedo decir a Vuestra Excelencia que esas cartas las escribía amistosamente, la primera al señor don Antonio Nariño, en solicitud de lo que ella dice, lo mismo que la del presbítero Omaña, fue para pedirle prestado un libro.
Y mientras en estas andábamos, Su Excelencia se puso a examinar la biblioteca y descubrió en el lugar de preferencia el retrato del señor don Fernando VII y me dijo:
-¿Quién ha colocado ahí ese retrato?
-Yo, Excelentísimo señor, porque ese vino al comenzar el año de 9, después de la proclamación augusta que se hizo del Soberano de España en Santafé.
-Bueno, por tener en ese lugar a nuestro legítimo Soberano, rindiéndole así todo el honor que se le debe, queda usted en amplia y generosa libertad, siempre que no vuelva a contraer compromisos con los insurgentes. !Que Dios lo guarde de eso! (1) .
Don Manuel Benito de Castro, Presidente del Estado en 1812, quien pago con dinero sus servicios a la Independencia, guardaba un viejo y mohoso espadín, que usó por mucho tiempo bajo su capa color de grana, y que el Oficial que tenía alojado denunció a Morillo como arma oculta. El Pacificador dijo al señor Castro, en vista del cuerpo del delito y sin atender a que era espada de ceremonia:
-Marche usted ahora mismo desterrado a Tunja.
La orden la cumplió tan a la letra el honrado santafereño, que desde Palacio emprendió camino a pie, sin dinero ni más avio que su capa colorada y su sombrero de picos, y sin avisar a su familia, que moraba a menos de 300 metros del palacio, frente a la residencia del arzobispo. La familia le remitió recursos al camino, que recibió Castro adelante de Zipaquirá.
Las damas de Santafé instaron para salvar la vida del doctor José María del Castillo y Rada.
Sorprendido Tolrá, Fiscal de la causa, del vivo interés que las señoras de Santafé mostraban por el prisionero, oyendo hablar siempre de él con elogios, conquistado quizá por alguna belleza, o movido por la curiosidad, quiso conocer a Castillo, y fue a la prisión, donde después de una larga conferencia, hubo este diálogo, cuya autenticidad afirmaba el señor Mariano Escobar y Rivas, también patriota y prócer:
-Bien, decía Tolrá; ¿quiere usted salvarse?
-¡Como no!
-Dígame usted, pues, quiénes son sus cómplices.
-El género humano, señor, que busca la libertad y conspira contra el despotismo.
-Pídale usted perdón al Gobierno y ofréscale que en adelante, como todo hombre honrado, será usted partidario del Rey.
-No sé mentir, señor.
-Niegue usted, a lo menos, que ha tomado parte en la revolución.
-No puedo sacrificar a la vida mi honor y el honor de todos mis compañeros.
-Entonces, prepárese usted para morir (1).
Castillo llevó el grillete de los presidiarios.
Don Alejandro Osorio, distinguido bogotano, había formado hogar con doña Antonia Ricaurte. Sirvió a Nariño como Secretario en su última campaña, y desempeñó Secretarías en los Congresos republicanos. Osorio se ocultó en una casa amiga, pero habiendo en ella Oficiales alojados, tenía que permanecer la mayor parte del día en la oscuridad y en posturas incómodas, una noche se presentó al Oidor don Juan Jurado, se denunció a sí mismo, y confió su suerte al corazón generoso del español. Este jugaba ropilla todas las noches con el General Miguel de Latorre, y logró que este Jefe interpusiera sus valimientos ante Morillo en favor de Osorio. Así salvó la vida este patriota, pero con la condición de servir onerosamente, por cuatro años, el cargo de abogado de pobres (1) .
De la familia Caicedo estaban presos en el Colegio del Rosario don Domingo Caicedo Santamaría y su primo don Juan Caicedo Bastida. Ambos salvaron la vida a costa de .dinero; otros miembros de esta casa estaban emigrados. Era tan notorio el patriotismo de estos republicanos y el de la familia Vergara, también de las más distinguidas de Santafé, que en las mismas prisiones se hallaban don Estanislao, don José María, don Cristóbal y don Tadeo Versara. De ellos dijo la pluma realista, en la conocida sátira:
Los Calcedos y Vergaras
Casi llegan a cincuenta,
Y los más comen la renta
De los altares y aras;
Con demostraciones claras
Su específica señal,
Ha sido un odio mortal
A todo lo que es España,
Con envejecida saña
Desde tiempo inmemorial.
El doctor Juan María Pardo, médico distinguido, estaba obligado a servir en los hospitales del Rey, como todos sus colegas republicanos, sin ninguna remuneración. Fue él autor de una frase que se consideró como un delito: .«Al paso que los españoles nos persiguen, nosotros nos multiplicamos.» En cadena de presos fue llevado a los Llanos de Casanare, entre las fuerzas españolas, donde tuvo que sufrir ultrajes y los tormentos de malos climas, hasta el ano de 1819.
En la misma cadena marchó el militar Tadeo Vergara, benemérito servidor de la revolución desde 1810, el cual fue sacrificado por medio de golpes de palo, por lo cual su nombre figura en los martirologios de los patriotas que tuvieron muerte desastrada.
Un jurisconsulto distinguido, el doctor Miguel Tobar, hombre de letras y enteramente civil, fue condenado, por el Consejo de Purificación, a servir como recluta en las filas del Ejército del Rey.
El astrónomo don Benedicto Domínguez fue interrogado por Morillo el año de 1816. Satisfizo como mejor pudo las numerosas preguntas que le hizo el General, y cuando creía terminado el interrogatorio, tuvo que contestar a la siguiente: «¿Es usted abogado?» Domínguez conocía la mala voluntad con que miraba el caudillo español a los jurisconsultos, y contestó sin vacilar: «No, señor.»-«Entonces, repuso el General, me conformo con mandarlo a usted a arreglar la Biblioteca Real, en asocio del otro hipócrita, que tiene el cargo de Bibliotecario.»
El bogotano Hilario Cifuentes, decidido republicano, ejercía la profesión de barbero, y como tal afeitó las barbas de Morillo y de Sámano. Bien se cuidó de dejar conocer su filiación política, y con oído atento adquiría noticias en el mismo Palacio, que se apresuraba a comunicar a sus compatriotas. Fue tal su sigilo y su habilidad, que se salvó de todo castigo.
Francisco Urdaneta, natural de Montevideo, llegó a Bogotá en 1809, llamado por su tío Martín Urdaneta. Fue soldado de la Patria desde 1810, y hecho prisionero en el tiempo del terror, logró que se le condenara, a presidio en Cartagena, merced a las influencias de su tío, conocido realista, Urdaneta se fugó en 1817, para prestar servicio en la escuadra del Almirante Brión.
El doctor Diego Fernando Gómez, notable insurgente, sufría muchas penas y privaciones en calidad de escondido. Su genio fogoso lo determinó a presentarse en pleno día al temible Gobernador Casano, manifestándole que deseaba saber si lo creían culpable de algún delito político y si merecía castigo. El Gobernador consultó minuciosamente las listas, después de haberle preguntado por su nombre. «Aquí no está usted; el que se halla en esta lista es don Diego Fernández Gómez; puede usted marcharse tranquilo» (1).
Ya había partido Morillo cuando se recordaba en Santafé que el Mayor de plaza don Vicente Córdoba, entusiasta partidario del Rey, había cometido insignificante falta en una parada de guardias, bajo el balcón del Palacio en el cual estaba Morillo. Este lo llamó, y después de violenta reprimenda, le dijo: «De aquí mismo se va usted arrestado a Monserrate por tres días, y yo con mi anteojo de campaña lo he de ver subir.:» En el antiguo convento de candelarios, entonces abandonado y desierto, en la frígida altura, tuvo que sufrir el Mayor Córdoba todas las inclemencias del tiempo y de la soledad.
Algunos hijos de Bogotá, miembros de familias patricias, llevaron por dos años en los montes una vida muy poco diferente de la de los animales: con vestidos desgarrados, con los cabellos y la barba crecidos, y sin sociedad, no tenían más placer que la contemplación déla naturaleza, siempre magnífica en las quiebras de las cordilleras andinas en donde la atmósfera brilla con diafanidad esplendorosa.
El General Joaquín Ricaurte Torrijos, dejando abandonado el hogar de su esposa, doña Ignacia Rivadeneira y Rigueiro, y el cargo de Comandante General de Popayán, que ejerció hasta el día desgraciado de la Cuchilla del Tambo, «huyó a los bosques, siempre acompañado de su hijo Joaquín, a llorar las desgracias de la patria en medio de las soledades milenarias, donde siquiera podía respirar aire de libertad. Sin abrigo ni amparo, alimentándose durante treinta y cuatro meses con frutas y animales salvajes, contrajo una úlcera en la lengua que más tarde había de llevarlo a la tumban (1).
El primer bogotano que ejerció el Poder Ejecutivo, el General José Miguel Pey, dejó en Santafé el espléndido caserón donde había, nacido, situado enfrente de la iglesia de La Enseñanza, hoy calle 11. No fiándose en los indultos de los pacificadores, se ocultó en las montañas, entonces desiertas, que crecían entre Anolaima y La Mesa, donde vivió en una cueva y llevó la vida del hombre primitivo, durante los tres años que duró la dominación española, «sin que nadie supiera de él, sino sus hermanas y el hombre que lo había ocultado, quien le llevaba los precisos alimentos con mil trabajos, para no ser observado de las gentes:» (2).
En aquella hoya del río A pulo salvó también la vida, merced a vida salvaje, el patriota José Antonio Olaya, padre de uno de los mártires de La Mesa. Un siglo más tarde llegó a esas comarcas la locomotora del ferrocarril de Girardot.
El Sargento Mayor Eustasio Arce, distinguido por sus servicios a la Patria, esposo de doña Carmen Bernal, fue castigado por el poeta realista Caro:
Arce que a diestro y siniestro
Grita más que una guaricha,
Es comerciante de chicha
Graduado de maestro.
Propuso se haga un secuestro
A europeos mercaderes,
Y a los que tengan mujeres
Las pongan en reclusión,
Dándole a él la comisión
Con los más amplios poderes (1).
Arce fue uno de los vencidos en La Cabuya de Cáqueza, y desde ese día, no pudiendo pasar a los Llanos, se ocultó en las selvas que rodean a Quetame, donde permaneció hasta después de la victoria de Boyacá.
El Alférez José María Cancino, oriundo de Bogotá, tuvo el dolor de saber que su padre, el Coronel Salvador Cancino, había sido fusilado en Cartagena en febrero de 1816. El Alférez sirvió al lado de Nariño y de Cabal, y vencido en La Plata se le destinó a servir en el Batallón de Numancia en clase de músico, oficio que desempeñó hasta 1819. Del mártir Salvador Cancino dijo el realista satírico:
Cancino, si mal no atino,
Perro flaco se define,
Mas ya es menester se opine
Ser perro gordo el Cansino;
Comandante es este chino
Con más patas que un zambeta
De artillero, y un guarneta
Aun de los más aprendices,
Sin tocarle en las narices
Le puede enlazar la jeta.
Otro artista patriota, don Juan Antonio Velasco, payanes, patriarca de la música en Santafé por su buen gusto en ese arte, fue llamado a una reunión en casa del Canónigo realista Antonio de León (el Indio) para que luciese sus habilidades en presencia de Morillo. Este se mostró complacido y éxito al artista a que cantase las canciones patrióticas que él había compuesto. El Pacificador, con fingida sonrisa, le dio mil parabienes a Velasco, y agregó: «Un hombre como usted es el que yo necesito para la banda del Batallón Numancia.» Y previa la contribución de $500 y de unos días de cárcel, marchó en ese cuerpo, a pie, en calidad de director de banda, para Lima (1).
Estudiemos el Gobierno del Comandante de la 3a División, don Juan Sámano, a la vez Gobernador civil, en la capital reconquistada.
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(2) M. E. corrales, Historia, de Cartagena, II, 332.(Regresar)
(1) E. posada, Mártires de Chita; J. D. monsalve, Apuntes y Comentarios.(Regresar)
(1) Relaciones de Mando, 684.(Regresar)
(2) A. rodríguez villa, lib. cit., III, 616.(Regresar)
(1) R. DE SEVILLA, lib.cit., 95.(Regresar)
(2) A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., III, 302.(Regresar)
(1) J. M. groot, lib.cit., III, 413; E. posada, La mudez de don Pedro Groot.(Regresar)
(2) J.M. restrepo, lib. cit.,I, 435; G. arboleda, Diccionario Biográfico del Cauca, 31.(Regresar)
(3) L. orjuela, Tributos cit., I, 63. (Regresar)
(1) P.A. herrán, Don Manuel del Socorro Rodríguez,(Regresar)
(1) M. rivas, El doctor fosé María del Castillo.(Regresar)
(1) V. ortiz, Doctor don Alejandro Osorio (Colombia Ilustrada, de Bogotá, número 4).(Regresar)
(1) A. león gómez, El Tribuno, 373.(Regresar)
(1) F. lozano v lozano, Biografía del General Joaquín Ricaurte.(Regresar)
(2) J. M. groot, lib. cit., III, 414.(Regresar)
(1) Guaricha, de dialecto indígena, mujer despreciable. R. J. cuervo, Apuntaciones Criticas sobre el lenguaje bogotano, 5a edición, 641.(Regresar)
