Crónicas de Bogotá Segunda Edición Tomo III Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor

 

 


 CAPITULO XLIX (Segunda parte) 
 

 

Un minuto después las víctimas eran cadáveres y fueron suspendidos en horcas los de Sabaraín, Arcos, Arellano y Manuel Díaz.
El Subteniente Alejo Sabaraín, prometido de Policarpa había compartido con otros Oficiales las amarguras de la capilla en Popayán. El Subteniente Francisco Arellano, oriundo de Popayán (2) , fue compañero de Sabaraín en la campaña del Sur, y como éste, prisionero en la Cuchilla del Tambo. El Sargento José María Arcos fue de los vencidos en esa desgraciada batalla.

El patriota Antonio Galeano, derrotado en La Plata a ordenes de García Revira, logro ocultarse algún tiempo en las montanas del sur del Tolima; capturado en camino para los Llanos, vino a rendir la vida el 14 de noviembre (1) . Jacobo Marufú figura en varios martirologios. En documento oficial que citaremos después se le llama Manuel. Es él uno de los héroes casi ignotos. A Joaquín Suárez se le llama Antonio en el documento citado. José Manuel Díaz, peninsular, y Manuel Díaz, americano, son apenas mencionados en los martirologios de la República.

Con otro propósito escribe un autor coetáneo:

En todo calvario hay sangre, pero de esa sangre, cálida y fecunda, brota la buena nueva que redime; en el árbol que el rudo invierno deshoja, savias frescas aparecen a su tiempo que ponen vivos retoños en el tronco ennegrecido, y hojas que ríen al labrador con la dulzura de una tranquila esperanza (2) .

Las predicciones de la Pola no tardaron en cumplirse. Los nueve cadáveres fueron recogidos por el Monte de Piedad y sepultados en la humilde iglesia de La Veracruz, hoy panteón nacional. En los archivos de la Hermandad se encuentra la siguiente partida:

Por cuatro pesos cuatro reales para que pagasen los peones que cargaron y enterraron a los nueve que pasaron por las armas, el 14 de noviembre de 1817 (3) .

Este documento borra la errada versión de que la Pola fue sepultada en la iglesia de agustinos calzados, donde vistieron la cogulla dos hermanos de Policarpa.

La muerte de esta mujer, que verdaderamente ha podido denominarse heroína, causó grande exaltación en los ánimos, y su nombre, reducido al anagrama, produjo el mayor entusiasmo entre los patriotas.... El día de esta ejecución fue día de consternación y día de ardor y de entusiasmo patriótico al mismo tiempo (1) .

El mismo día 14 de noviembre se reunió la Real Audiencia y dejó constancia, con presencia del Fiscal interino, de que se habían levantado nueve banquillos y dos horcas en el frente norte de las casas del Tribunal, y que habían sido ejecutados ocho hombres y una mujer por la jurisdicción militar, la cual no dio noticia a la Real Audiencia, como era acostumbrado y estaba prevenido por el Derecho y las leyes del Reino. Se quejaban los Oidores de que los reos, que debían haber sido juzgados por la Sala del Crimen, lo fueron en Consejo de Guerra permanente que presidió don Juan Sámano.

Ordenó la Audiencia que el Escribano de Cámara, con la debida reserva, se informara del número y de la calidad del crimen que había sido castigado, en nueve individuos, con el objeto de dar cuenta al Rey y de evitar arbitrariedades. Firmaron los Oidores Jurado, Cabrera y Navas, y el doctor Francisco José Aguilar, Secretario de Cámara.
Este extendió diligencia, y en ella nombró a las siguientes víctimas: José Manuel Díaz, Antonio Galeano, José María Arcos, Antonio Suárez y Manuel Maurufus (sic), militares; Alejo Sabaraín, Francisco A rellano, Manuel Díaz y Policarpa o Pola Salavarrieta. Los cinco primeros habían sido condenados a servir de soldados en las tropas del Rey; los otros, Oficiales patriotas, sufrían pena de presidio, y no se consideraban militares por no estar incorporados en el Ejército pacificador. Todos ellos fueron apresados en el camino para los Llanos, llevando papeles que enviaba la Pola (2).

Un Oficial patriota oriundo de Bogotá, Joaquín Mon-salve, sufría prisión por sus compromisos políticos, y fue el autor del bello anagrama de Polycarpa Salavarrieta:

                                   
YACE POR SALVAR LA PATRIA

El anagrama circuló clandestinamente y no se publicó hasta 1820 en los días de triunfo, en el Correo del Orinoco, que aparecía en la ciudad de Angostura. Un distinguido publicista, Próspero Pereira Gamba, viajaba por el Perú en 1859 en compañía del profesor de medicina doctor Marcos Manzanares, y los dos se alojaron en la ciudad de Lambayeque en el hogar de Joaquín Monsalve, benemérito soldado de la Independencia, que frisaba en los sesenta y cinco años. Monsalve refería sus proezas como Ayudante de Hermógenes Maza, a quien acompañó en el combate de Tenerife. Testigo del suplicio de la Pola, pues se hallaba preso en la cárcel de Corte por circular libelos, hizo en su honor canciones y sonetos, porque picaba de poeta, sin sobresalir por su numen. Inspirándose en el trágico fin de la Pola hizo el mejor anagrama conocido en Hispano América, en honor de la preclara heroína.

Monsalve creía que Policarpa, "como nombre helénico, se escribe con y griega, por lo cual acomodó dicha letra en la palabra yace, y que Salavarrieta era apellido que había llevado siempre la S, hasta que alguien corrompió el vocablo escribiéndolo indebidamente con Z, por cuya razón no tuvo que hacer cambio de letras en el verbo salvar, como supusieron los que ignoraban la ortografía de aquel apellidos (1).

La prisión del Oficial Monsalve está comprobada en documentos que hacen parte del Archivo anexo a la Biblioteca Nacional, Historia, volumen 32. El hizo las campañas del Sur, del Pacífico y del Ecuador; se casó en Cuenca, y ya Coronel, estableció su residencia en Lambayeque, donde fundó La Estrella del Norte, que redactó hasta su muerte, acaecida en 1872.

Sobre las huellas del versificador Monsalve muchas liras de patriotas americanos cantaron a esta heroína. El Correo del Orinoco publicó un soneto en su loor en 1820.
Una canción fúnebre, con música apropiada, es popular en América:

                   Granadinos, la Pola no existe,
                   Por la Patria su muerte llorad.
                   Por la Patria a morir aprendamos
                   O juremos su muerte vengar.

                   Por las calles y al pie del suplicio,
                   "Asesinos, gritaba, temblad!
                   ¡Consumad vuestro horrible atentado!
                   ¡Ya vendrá quien me sepa vengar!" (1)

Del poeta bogotano José María Pinzón Rico:

                  ¡Sublime Policarpa! ¡Tu senda era de flores!
                  Crepúsculos tus horas de perdurable abril;
                  Y por salvar la Patria, tu amor de los amores,
                  Doblaste en el cadalso tu frente juvenil.

Dijo el Obispo poeta colombiano Rafael Celedón:

                  Mirad cómo se apresta tranquila al sacrificio.
                  Pisando del cadalso las gradas sin temor.
                  ¡La heroica, generosa, sublime Policarpa.. ..!
                  ¡Tuviera en este instante del Rey profeta el arpa,
                  Para cantar su noble, su heroica abnegación!

                  ¡Miradla entre la turba de pérfidos esbirros.
                  Cual tierna cervatilla que en círculo infernal
                  De perros se contempla!.... ¡Mirad cómo la obligan
                  Con dádivas y ofertas! Asústanla, la instigan
                  Queriéndole el secreto del pecho arrebatar.

                  Y en vano las ofertas, en vano las astucias.
                  Y del cadalso en vano la pompa funeral
                  Ostentan los verdugos, que firme cual la roca
                  Mantiénese su pecho, y entreábrese su boca
                  Para clamar en alto tan sólo ¡Libertad!

                  ¡Salud, salud mil veces, oh mártir granadina,
                  Que muerte recibiste por noble, por leal!
                  Si acaso aquí en tu Patria renace el despotismo.
                  Renazca en tus hermanos también el patriotismo,
                  Y sepan generosos tus hechos imitar.

En la escena se rindieron homenajes a Policarpa; a su representación asistiremos en anos posteriores. Don José María Domínguez Roche, bogotano y patriota distinguido, escribió una tragedia en cinco actos dedicada al General Santander (1) , Vicepresidente de Colombia; el doctor Constancio Franco publicó el drama Sámano, en 1887; el publicista bogotano doctor Medardo Rivas dio a luz el drama La Pola. en 1871; el payanes Carlos Albán fue autor de Policarpa Salavarrieta, drama en cinco actos y un epílogo; Jenaro Santiago Tanco, que murió en Guaduas en 1880, escribió otro drama : La Pola, en verso y prosa. La víctima de la libertad, por Lisandro Ruedas, se imprimió y subió a la escena en Valencia de Venezuela, en abril de 1850. En el Congreso de Angostura, en 1820, en grandilocuente oración mencionó a Policarpa Francisco Antonio Zea; el doctor Angel J. Carranza, argentino, narró la tragedia con el título El suplicio de la Pola. Los historiadores venezolanos Ramón Azpurúa y Felipe Larrazábal hicieron biografías de la heroína, y en varios libros sobre la historia americana se anota la escena del 14 de noviembre de 1817. Alcanzó Policarpa renombre eterno de mártir de la tierra americana, antes adquirido en las comarcas colombianas por las matronas Rosa Zarate de Peña y Mercedes Abrego de Reyes y por la joven Carlota Armero.

En 1895, centenario del nacimiento de la Pola, se erigió en Guaduas un monumento en honor de la heroína, oriunda de esa ciudad, según respetables opiniones, contradichas sin documentos (1). Es una columna, obra del arquitecto español Lorenzo Murat, iniciada por una Junta que se reunió en Bogotá. Cerca de la puerta de la iglesia de Guaduas, hacia la derecha, existe una inscripción sobre mármol, que hizo grabar en París el historiador Joaquín Acosta, oriundo de esa ciudad:

                                 A la memoria de Policarpa Salavarrieta,
                                     natural de esta villa de Guaduas,
                                  heroína de la libertad e independencia
                                             de la Nueva Granada.


El Congreso de 1894, por la Ley 15, donó dinero para el monumento, y la Asamblea de Cundinamarca, reunida el mismo año, auxilió la construcción de la columna por la Ordenanza número 31. Se expidieron acuerdos con el mismo fin por las Municipalidades de Bogotá y de Guaduas, y en la capital hubo fiestas civiles en los días 25 y 26 de enero de 1895. La antigua plaza de Las Aguas, situada al pie del cerro de Guadalupe, se llamó Plaza de Policarpa Salavarrieta por acuerdo municipal, y se ordenó en él que en una columna de las antiguas Galerías se pusiera inscripción sobre mármol con el nombre de las víctimas en letras de oro, lápida que existió hasta el pavoroso incendio que destruyó el edificio en la noche del 20 de mayo de 1900.

El 25 de enero de 1911, en pomposas fiestas civiles, se inauguró en Guaduas una estatua de Policarpa, obra artística de arrogante apostura, que recuerda las levantadas en Francia en honor de Juana de Arco. Es obra del artista colombiano Silvano Cuéllar, quien supo interpretar la gentileza de la virgen calentana.

En la Plaza de Policarpa Salavarrieta, en Bogotá, se erigió una estatua el 29 de julio de 1910, modelada por el artista colombiano Dionisio Cortés M. En el frente occidental se esculpió el admirable anagrama. Llevo la palabra la poetisa doña Agripina Montes del Valle; de su oración tomamos una frase:

            Vuestra memoria vive por todos los tiempos en el recuerdo de vuestros          compatriotas, en el alma de las hermosas hijas de Colombia, que se congregan a saludaros en el día de la Patria.

 

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                                                                    La Pola



El 17 de noviembre escribía Sámano al Virrey Francisco de Montalvo, quien residía en Cartagena:

Han sido pasadas por las armas nueve personas, entre ellas una mujer, por sentencia del Consejo de Guerra. Sus delitos fueron el de espionaje y el de deserción de cuatro soldados, comprendidos en los nueve: uno Escribiente de la Mayoría del Tambo, que entregó a los espías y desertores un estado de la fuerza de ese Cuerpo, de su letra. Hallándose además preso el Cura de Gacheta por haber auxiliado hasta con dinero a los desertores y a Sabaraín, uno de los fusilados, indultado que fue por la Real Audiencia, y el señor Montes (según tengo escrito a Vuestra Excelencia), al acto de ir al cadalso; pues era de los Oficiales que aprehendió en la Cuchilla del Tambo, y precisamente fue el aprehendido con los papeles, habiendo confesado se los dio la mujer.

Fue esta la necrología del autócrata militar. El generoso Cura de Gacheta, citado por Sámano, fue don Salvador José Sánchez (1).

De la veneración piadosa del pasado iremos a buscar los guerrilleros que con atrevimiento y energía tenían otra vez el ideal de la Patria independiente. La célebre guerrilla de La Niebla fue apoyada por la formada por los hermanos Ambrosio y Vicente Almeida, que vimos escaparse el día 9 del cuartel del Batallón Tambo y huir con el Cabo de guardia Pedro Torneros. Unos días permanecieron en Macheta, donde los Almeidas y Juan José Neira organizaron una caballería, en la cual se afiliaron desertores de las tropas del Rey. El odio que habían inspirado los españoles en todos los pueblos acrecía fácilmente las guerrillas. El 19 de noviembre de 1817 se levantaron los republicanos en Ubate, y Pedro Guzmán gritó: "¡Viva la Patria!; Viva nuestro Generalísimo Bolívar! ¡Mueran los chapetones, godos ladrones!"; aclamación que lo llevó después al patíbulo. Dos días después Ambrosio Almeida ocupó a Chocontá, distante siete miriámetros de Bogotá, y de allí avanzaron partidas armadas a Suesca, Nemocón, Ventaquemada y Ubaté. Estas noticias alarmaron a los realistas de la capital, y hubo familias de españoles que tomaron el camino de la emigración para buscar amparo en Cartagena.

Los patriotas combatieron con fortuna en Tibirita y Nemocón, y alarmado Sámano hizo marchar al Coronel Carlos Tolrá con mil hombres escogidos, o sean los Batallones Del Rey y 2° de Numancia (1) . La hábil pluma de doña Josefa Acebedo de Gómez en el romance Los guerrilleros, hizo la silueta de Ambrosio Almeida:

           Buen mozo, pálido, flaco,
           De cara fresca y risueña,
           Alto de cuerpo, delgado,
           Y con nariz aguilena.

Y alabó a esos valientes, que combatían con escasos elementos el fuerte poder militar:

          ...Y la guerrilla de Almeida,
          Con su constancia y vigor,
          Sirvió de eficaz apoyo
          Al héroe Libertador,
          Y en ella lección tomaron
          De sufrimiento y valor,
          Muchos patriotas que dieron
          A Colombia prez y honor.

La guerrilla de Almeida venció en el puente de Sisga, el 21 de noviembre, al segundo de Tolrá, Coronel Simón Sicilia. En ese encuentro Juan José Neira, con sable en mano, se arrojó sobre el Teniente de caballería español Gregorio Alonso, quien murió como valiente. En la tarde de ese día la fuerza comandada por Tolrá venció a los guerrilleros cerca de Chocontá; seis sublevados quedaron muertos y diez fueron hechos prisioneros y pasados por las armas por orden verbal de Carlos Tolrá, sin hacer nómina de ellos.
Más afortunados los AImeidas y veintiséis compañeros, escaparon para unirse con los republicanos en los llanos de Casanare. Juan José Neira, prisionero, no fue fusilado; Carlos Tolrá lo envió como rico presente a su Jefe Juan Sámano para que fuera sacrificado en la capital. Lo conducía fuerte escolta, montado en sillón, con los brazos amarrados y lo acompañaba un soldado que cabalgaba en las ancas de la bestia. Al pasar por un empinado despeñadero, el Volador de Macheta, Neira, de ánimo altivo, prefirió morir despeñado a ser fusilado por los españoles, y con sorprendente agilidad se arrojó al precipicio. La escolta lo creyó muerto y dio parte de la trágica defunción. Por casualidad quedó el guerrillero apenas estropeado, y con el auxilio de unos labriegos de Tensa pudo volver a la guerra, y la hizo con más audacia (1) .

Sámano había autorizado a Tolrá para castigar a los sublevados de manera ejemplar, y este Jefe supo cumplir bien las órdenes del Gobernador militar.

Tolrá siguió la persecución de los patriotas en aquellos pueblos, en que hizo fusilar más de cien campesinos sin formarles causa. No quiso perdonar en Chocontá, Machetá, Ttbirita y Tensa a ningún individuo: fueron sacrificadas más de cien víctimas de infelices indios y campesinos (2).

Y don Carlos Tolrá le escribía a Sámano:

Queda en mi poder el oficio en que Vuestra Señoría me faculta para castigar a los sublevados, y ejecutaré lo que Vuestra Señoría me previene con los que caigan en mi poder (3) .

Con otra comunicación fechada en Chocontá el 22 de noviembre de 1817, envió Tolrá la declaración que hizo José Garzón, alias el Diablo, momentos antes de ser fusilado, en la cual comprometió a Ramón Forero como auxiliador de la guerrilla de los AImeidas; creía el Jefe español que Forero se hallaba en las prisiones de la capital. Investigaciones activas dejaron en claro que el sindicado preso era Narciso Forero, juzgado por insurgente (1). De Ramón Forero decía el Jefe español: "Por cuya conducta merece, como todos, el último suplicio, que Vuestra Señoría puede imponérselo." El Cura de Chocontá, fray Emigdio Camacho patriota, bendijo la humilde sepultura del Diablo, o sea el cadáver de José Garzón.

En martirologios y relaciones históricas ha figurado entre las víctimas de Carlos Tolrá el Sargento Pedro Torneros, o sea el Cabo de la guardia del Batallón Tambo que facilitó la fuga de los hermanos Almeidas y de otros patriotas el día 9 de noviembre. Pero Torneros no fue fusilado el 21 de noviembre en el puente de Sisga; él con los Almeidas y veinticinco compañeros buscaron refugio en Casanare por el camino de Miraflores, y poco tiempo después los jefes de la guerrilla y el Sargento Torneros "fueron ahorcados en estatua" (2).

El Cabo desertor debió pagar con la vida su delito, según el Tratado VII, Título X, de las Ordenanzas vigentes; pero Torneros, ya Ayudante de Cazadores, rindió la vida vencedor en Pantano de Vargas, el 25 de julio de 1819 (3) .

El día 26 de noviembre fusiló Tolrá en Tibirita al Alcalde republicano Enrique Ruiz, y el día 27 hizo pasar por las armas en Macheta al Capitán Blas Ramírez (4).

También se levantaron patíbulos en aquel tiempo en Aratoca, y en ellos fueron sacrificados Manuel A darme y Miguel Prada, vecinos de Cepita, ambos guerrilleros (5) . Había sido compañero de estas víctimas como soldado de la renombrada guerrilla de La Niebla, N. Cardoso, oriundo de Concepción, el que también fue víctima de los pacificadores en Aratoca (1).

Figura en las cronologías de mártires de la. República N. Mantilla, como víctima sacrificada en Paya en 1817. José Hilario López, entonces soldado forzado en las filas del Batallón 2° de Numancia, como testigo presencial cuenta, en el capítulo XI de sus Memorias, que su Compañía, destinada a guardar la posición de Paya, en las .cumbres de la Cordillera Oriental de los Andes, la comandaba el Teniente Coronel Isidro de la Barrada, quien tenía secuestrada en su casa a una señorita de Caracas, doña Francisca Negroni, de quien era verdugo y marido in nomine. López refiere que los realistas aprehendieron en Támara y Nunchía al patriota N. Mantilla, de raza blanca, antiguo Vocal del Consejo Electoral de Casanare, y a cuatro indios que lo acompañaban y que fueron llevados a Paya, lugar en donde se fusilaban a diario cuantos militares caían en poder de los españoles. Estos eran interrogados inquisitorialmente, para cortarles luego las cabezas, ejecución que se confiaba a un Cabo llamado Genovés, hombre de talla y fuerzas atléticas.

Los sacrificados por orden de Barrada morían en las orillas del río Paya en las primeras horas de la noche (2) .

López amparó la fuga de Mantilla y de sus compañeros, la que fue feliz.
No podemos cerrar la relación de los mártir/es de 1817 sin recordar que las señoritas Micaela, Nicolasa y María Ignacia Gutiérrez de Piñeres, de familia ilustre de Mompós, y sus padres, don Celedonio Gutiérrez de Piñeres y doña María Ignacia Vásquez, abandonaron su hogar y sufrieron los horrores del sitio de Cartagena y las penalidades de la emigración en 1815.

La ola revolucionaria llevo a esta familia a Barcelona de Venezuela. Encerrada en 1817 en la Casa Fuerte, sitiada por tropas del Rey comandadas por el español Juan Al-dama, vieron perecer al Coronel don Celedonio, jefe de ella, y a don Gabriel Gutiérrez de Piñeres, luchando como buenos. Vencidos los patriotas, las atribuladas jóvenes Gutiérrez de Piñeres presenciaron la muerte trágica de su madre y la de dos de sus hermano?, asesinados por soldados españoles. El día 7 de abril tuvieron lugar estos sucesos (1).

Ni un hombre, ni una mujer, ni un niño de cuantos se encontraron en la Casa Fuerte se escapó de aquella salvaje y promiscua matanza para maldecir al infame Aldama (2).

El ingeniero español Domingo Esquiaqui, oriundo de Nápoles, presto servicios en la ingeniería civil. En 1791 levantó un plano de la ciudad de Santafé de Bogotá; construyó el viejo Coliseo, de sólida mampostería; reconstruyó la casa de la Aduana, que aún existe, en el atrio de la Catedral, con elegantes áticos en los extremos de su fachada; construyó la torre de San Francisco, destruida por terremoto; en tiempos de Ezpeleta levantó un Puente sobre el río Serrezuela; dirigió las obras notables del Puente del Común y de la sacristía del templo metropolitano, y dejó su nombre vinculado a los progresos arquitectónicos de la capital. Domingo Esquiaqui, como otros empleados del Rey, siguió las banderas de la República, y octogenario, fue perseguido por Morillo y Sámano, quienes llenaron de amargura sus postreros días. El vio triunfante a la República, pues duró su vida hasta fines de 1820. Su hijo Mateo Esquiaqui, natural de Bogotá, figuró con honor entre los primeros institutores de la República; ya había servido desde 1810 como comandante de artillería.

Bajo la vara de hierro del Gobierno militar de Sámano y de sus tenientes, miles de patriotas, hombres, mujeres y niños, se vieron forzados a abandonar sus hogares para huir a la ventura por todos los caminos, buscando el amparo de las florestas vírgenes. Fue un éxodo sin rumbo y sin esperanza.

Citamos con dolorosos detalles algunos casos de esas penas. El respetable abogado doctor José Francisco Pereira se ocultó con un hermano y tres proscritos más, todos hijos de Cartago, en las ruinas de la ciudad primitiva, hoy Pereira floreciente, cubiertas por solitaria y frondosa salva desde principios del siglo XVII. En esa soledad, entre los ríos Consota y Otún, estuvo Pereira durante tres años con su hermano don Manuel. Por el denuncio de una india se aumentaron las penalidades de aquellos proscritos voluntarios, que tuvieron que abandonar las chozas que les servían de hogar y vivir en plena montaña, en compañía de las fieras (1).

Un sacerdote comprometido en la revolución, Juan Nepomuceno Azuero Plata, cuyo hermano don Vicente Azuero estaba en las prisiones del Colegio del Rosario, emigró a Casanare y luego se refugió en las montañas de la Provincia del Socorro, de donde era oriundo. Huyó solo y desamparado durante dos años, se alimentó con plantas silvestres y habitó en grutas naturales o bajo los árboles. Aprehendido, fue enviado a Bogotá, y de aquí remitido a los presidios de Africa. Pero como el clérigo era hombre de pelo en pecho logró escaparse en la ciudad de La Mesa y volver con disfraz a la capital, donde permaneció oculto en casa amiga hasta el triunfo de la República (2).

Otro presbítero oriundo del valle del Cauca, Juan María Céspedes, botánico distinguido, fue sorprendido en las montañas de los Andaquíes, donde se arrojó a un abismo y salvó la vida por casualidad. Cuatro meses peregrinó por tierras deshabitadas y abruptas, manteniéndose con frutas silvestres, hasta que logró incorporarse a las fuerzas patriotas dueñas de las llanuras de Casanare (1).

El día 19 de diciembre de 1817 Fernando VIl expidió una Real Cédula, generosa y de vital importancia para las colonias de América. Por ella abolló el comercio de esclavos dé Africa en todas las provincias de ultramar, bajo de graves penas. La Cédula fue dictada en virtud de tratado solemne con la Gran Bretaña, y ella hace honor a la filantropía de los que la promovieron y decretaron.

Llegaron los días de Navidad, pero no alegren como en años anteriores. Hondas eran las angustias de las familias confinadas y las de los emigrados; recordaban el hogar lejano y enlutado en contraste doloroso con pasadas alegrías.

La clemencia, que es una de las virtudes más recomendables en los vencedores, era desconocida en aquellos tribunales militares, y por eso vino la reacción vigorosa. Las ideas y sentimientos de la sociedad de aquellos días flotaban por encima de la ola sangrienta. El alma patriota repetía las palabras de Jorge Tadeo Lozano:

Todo pueblo que quiere ser libre lo consigue si tiene constancia y energía en el sostenimiento de su causa.

Las letras estaban muertas en esos tiempos aciagos. Durante el año de 1817 no se publicó en Santafé de Bogotá sino la célebre Gaceta de Santafé, redactada con pasión y servilismo por el presbítero poeta bogotano Juan Manuel García Tejada. En ella se elogiaba a los soldados de Fernando VII, se ultrajaba a los patriotas y se reproducían artículos del periodismo español. Ni una página de amenidad ni un concepto de justicia para los vencidos.

Fue Rector nominal del Colegio de San Bartolomé a fines de 1817, el doctor José Ramón Amaya, oriundo de Barichara. El edificio del histórico plantel, cuna de mártires y próceres, estaba arruinado; había sido cuartel realista durante dos años (1) .
En ese tiempo desempeñaba la rectoría del Colegio del Rosario don Domingo Tomás de Burgos, presbítero, oriundo de Pamplona (2). El edificio y las rentas fueron entregados al Ejército real por orden verbal de don Pablo Morillo. Largo fue el litigio que sostuvo el Rector Burgos para obtener la devolución del claustro. En el asunto tuvieron que ver Morillo, el Virrey Montalvo, el Contador Martín de Urdaneta, don Juan Sámano y la Real Audiencia. Burgos abrió aulas de Derecho Canónico y de Derecho Público, cuando los presos políticos fueron trasladados a la cárcel de Corte, situada en la Plaza Mayor y al cuartel del Batallón Tambo (3) .

La oración de estudios del Colegio de San Bartolomé, como se decía en las postrimerías de 1817, se le confió al estudiante don Rufino Cuervo, distinguido por sus talentos (4).

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(2) Gabo., Diccionario cit. Otras verane,que hay y Arcos eran ecuatorianos.(Regresar)

(1) G. ARBOLEDA, lib. cít., 10. (Regresar)

(2) A. ROBLEDO, Una lengua y una tasa.(Regresar)

(3) El Mosaico, 3 de diciembre de 1859, núm. 48, pag-. 387.(Regresar)

(1) J. M. GROOT, lib. cít., III, 454; J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 455.(Regresar)

(2) POSADA, Policarpa Salavarrieta, Boletín de Historia, IX, 584.(Regresar)

(1) P. PEREIRA GAMBA, Yace por salvar la Patria; Luis M. cuervo, Joaquín Monsalve, Papel Periódico Ilustrado, IV, 204; E. POSADA. Policarpa, Salavameia, Boletín de Historia. IX, 655, 658.(Regresar)

(1) B. MITRE, lib. cit.. III, 471.(Regresar)

(1) E. POSADA, Policarpa. Salavarrieia, Boletín de Historia, IX, 577.(Regresar)

(1) J.M.SAMPER,.£7.S'ü¿, de Bogotá. 1887; R. RIVAS, Ciudad natal de la Pola, Boletín de Historia., VI, 450; Las Mujeres de la revolución, 25. El Correo del Orinoco, en 1820, dijo que la Pola era oriunda de Santafé. Otros publicistas afirman que su cuna fue Mariquita. E. POSADA, La patria de Policarpa: La Información, de Bogotá, abril de 1915.(Regresar)

(1) Gaceta de Santafé, número 12, página 106.(Regresar)

(1) J. M. GROOT, llb. cit., III, 455; J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 456.(Regresar)

(1) L. PEBRES CORDERO, Los AImeidas; J. M. RESTREPO, lib. cit., III, 456; J, H. lópez, lib. cit., I, 89; C. BENEDETTI, Historia de Colombia, 530; J. M. GROOT, lib. cit., III, 455; J. M. BARAYA, llb. cit., I, 230.(Regresar)

(2) J. M. GROOT, lib. cit., in, 455; J. M. RESTREPO, lib. cit., I. 457.(Regresar)

(3) E. POSADA, Mártires de 1811 y 1818, Revista Moderna, II, 115.(Regresar)

(1) Archivo del General Carlos José Espinosa.(Regresar)

(2) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 457.(Regresar)

(3) Archivo Santander, II, 210.(Regresar)

(4) E. POSADA, Mártires de 1811 y 1818, Revista Moderna, II, 114; Apunte anónimo del Archivo RESTREPO.(Regresar)

(5) ELENA ARENAS, Geografía Histórica de Santander, Boletín de Historia,192.(Regresar)

(1) J. M. QUIJANO OTERO, Monumento de los Mártires. (2/ J. H. LÓPEZ, Memorias cit., capítulo XI.(Regresar)

(1) Las Mujeres de la Revolución; M. E. CORRALES, Anales cit., I, 37.(Regresar)

(2) D. F. 0'LEARY, lib. cit., Relación, I. 380; M. LANDAETA rosales, La Casa Fuerte de Barcelona.(Regresar)

(1) P. I. CADENA, Don José francisco Pereira. (Regresar)

(2) A. LEÓN GÓMEZ, Juan Nepomuceno Azuero Piafa.(Regresar)

(1) El Constitucional de Cundinamarca-, número 11, de 4 de diciembre de 1831.(Regresar)

(2) R. M. CARRASQUILLA, Constituciones del Colegio Mayor del Rosario, pág. 73.(Regresar)

(3) I. GUTIÉRREZ PONCE, Vida de Ignacio Gutiérrez, 147.(Regresar)

(4) A. y R. J. cuervo, Vida. de Rufino Cuervo y noticias de su época.(Regresar)

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