CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
© Derechos Reservados de Autor

Cómo muestra de los Jabonosos trabajos literarios en que Rodríguez distraía sus largos ocios, tomamos de un dibujo suyo, de 1806, que fue reproducido en litografía por Martínez hermanos y Daniel Ayala, en 1853, una octava que forma el pedestal de una custodia, a la cual rodean y acompañan numerosas figuras divinas y humanas, inscripciones latinas y versos castellanos de diversos metros:
DI chosos los que buscan complacid
vino Salvador, tus gozos sant
ferentes de aquellos que perdid
sipan su vivir en tristes llant
fúndeles, Señor, en todos cuant
ficultan hallar dulces aument
manados del pan de los portent
OS

Como se ve, Rodríguez carecía de cualidades poéticas eminentes. En cambio, su laboriosidad era portentosa. Escribió varios tomos de versos, entre ellos ¡uno de sonetos!

Angel Braschi, que ocupaba la Silla de San Pedro desde 1775, con el nombre de Pío VI, nombró Arzobispo de Santafé a don Baltasar Jaime Martínez Compañón, natural de Cabredo, en Navarra, donde nació en 1738. Había sido Chantre en la Metropolitana de Lima, y Obispo durante nueve años en Trujillo, del Perú. Promovido a Santafé, subió el río Magdalena, y llegó a Honda a fines de enero de 1791, donde fue recibido por una Comisión del Cabildo eclesiástico. A la capital entró el 12 de marzo del mismo año, y ese día tomó posesión de su alto destino( 18 ).

Este Arzobispo no vivió en el Palacio de sus antecesores sino en una casa que hizo arreglar frente al costado norte de la Catedral, hoy habitaciones modernas de la calle 11, número 120.

Ya vimos en las páginas 127 y 372 del volumen primero de este libro la fundación de las primeras escuelas que
hubo en la ciudad. El Virrey Ezpeleta, viendo que eran insuficientes para la instrucción del pueblo, fundó sendas escuelas populares y gratuitas en los cinco barrios en que estaba entonces dividida la capital.El Arzobispo Compañón coadyuvó a la benéfica tarea del Virrey, creando una modesta renta para cada una de estas escuelas.

Sea este el lugar de recordar el nombre de José María Dávila, hijo de Bogotá, quien fue el primero que en esos atrasados tiempos abrió escuela primaria, de carácter privado, al mismo tiempo que él era discípulo del Colegio de San Bartolomé. El señor Dávila fue después prócer distinguido de la Independencia( 19 ).

Describiendo estas escuelas, su atraso y su pobreza, dice un literato colombiano:

Sobre la silla del maestro había un trofeo compuesto de una enorme coroza de estera, adornada con plumas de pavo (vulgo, pisco); un rejo de seis ramales, dos férulas y un letrero escrito con grandes letras rojas, que decía:

La letra con sangre dentra
Y la labor con dolor( 20 ).

Otro conocido escritor, que alcanzó a conocer aquellos tiempos, refiere que las señoras hacían sus cuentas, que eran bien pocas, con granos de maíz, y que si alguna sabía escribir, lo hacía sin ortografía, sirviéndose de plumas del reino animal, porque las de metal eran desconocidas, y refiriéndose a las escuelas de niñas, de los tiempos de Ezpeleta, dice:

Mucho sería que alguna vieja de jubón, polleras de anascote y gafas montadas en la punta de la nariz, hiciese un tímido ensayo, o como informe borrador de escuela, con una docena de niñas de las casas vecinas, y con voz gangosa les enseñase las primeras letras de la cartilla, mostrándose las con un largo puntero de oro o de tumbaga, o con un largo esparto arrancado a la escoba que estaba detrás de la puerta de la sala( 21 ).

Es lo cierto que los criollos de estos países, de costumbres medioevales, no lograron el beneficio de la educación
—siquiera rudimentaria—sino en cortísimo número, y eso los habitantes de las poblaciones. La gran masa rural permaneció absolutamente analfabeta.

Ezpeleta escribía en su Relación de Alando, refiriéndose a la fundación del Colegio de La Enseñanza, en que ya nos hemos ocupado, y a su fundadora, doña Clemencia Caicedo:

A la piedad de una mujer ilustre por su nacimiento y todavía más, por sus loables sentimientos, se debe la fundación de la única casa de enseñanza de la juventud de su sexo que hay en esta capital y en todo el Reino.

Y recuerda que el Arzobispo Compañón protegió el instituto con mano liberal y dotó los maestros de escuela( 22 ).

Pero repetimos que a pesar de todos estos encomiables esfuerzos de los Jefes del Estado y de la Iglesias y de los hechos por Mutis, la ciencia no alumbraba sino cortísimo número de cerebros, y que la muchedumbre la miraba como cosa misteriosa, la que no disipaba su credulidad y su ignorancia.

En cuanto a mejoras materiales, el progresista Virrey se interesó en adornar la capital, quitándole su aspecto mezquino. El hizo sembrar árboles frondosos, desde la plaza de San Victorino hasta el campo abierto de San Diego—hoy Avenida de Boyacá—y que entonces se llamó Alanzeda Vieja, en contraposición a la Alameda nueva, también sembrada por el Virrey, desde el desprendimiento de la calzada de Occidente, hacia Puente Aranda—hoy Avenida de Colón.—El Gobierno, sin atender al Diccionario, llamó alamedas (sitios sembrados de álamos) a estos paseos, a los cuales sólo adornaban los árboles propios de nuestro clima, es decir, sauces, robles, cerezos y alisos.

Ezpeleta hizo mejorar las calles, y contrató con don Felipe Vergara la construcción de enlosados en la calle
de San Juan de Dios, hoy calle 12(
23 ).

También pensó, como su antecesor, fortificar la capital, temiendo otra insurrección como la de 1781, y proyectó la construcción de un fuerte en las alturas que dominan la ciudad, por el Oriente; pero en su empeño no logró sino fundir algunos cañones.

El cronista Caballero recuerda que en diciembre de 1791 «se estrenó el cuartel de la artillería con una famosa
representación, a costa de la Oficialidad.»

Por ese tiempo el Virrey hizo colocar las piezas de artillería en el cuartel del Batallón Auxiliar.

Desde el mes de mayo del mismo año organizó Ezpeleta una Junta de Policías y nombró Presidente de ella al Oidor Juan Fernández de Alba, y miembros, entre otros,a don Antonio Nariño, a don Primo Groot y a don José María Lozano.

Vimos ya en el volumen primero, páginas 150,204 y 399, la fundación del Hospicio. El Virrey Ezpeleta reorganizo esta institución, reuniendo, con la debida separación, 4 los mendigos de ambos sexos, para lo cual hizo construir un segundo claustro, con frentes a la calle 18 y a la carrera 8a. Sobre la puerta situada en la calle aún se ve un escudo labrado en piedra, que es el blasón de la ciudad de Bogotá, concedido por Carlos V.

Este tramo nuevo estaba destinado para los hombres( 24 ).

Se conservó en el mismo edificio la Cuna de la inclusa, y el Virrey nombró una Junta para que dirigiese este Asilo, presidida por el Fiscal Manuel Mariano de Blaya, y compuesta del Deán dos Regidores y dos vecinos de distinción.

Fue Administrador de la casa don Antonio Cajigas, y Capellán, fray Lorenzo Lozano( 25 ).

Anotamos también que en 1791, a solicitud del presbítero Sancho Londoño y de doña María Alvarez del Pino partieron para Medellín varías religiosas bogotanas, hijas del convento del Carmen, con el objeto de fundar la Orden en aquella ciudad( 26 ).

En el año de 1791 levantó el ingeniero español don Domingo Esquiaqui el plano de la ciudad de Bogotá, por orden del Virrey Ezpeleta. El dibujo original desapareció en el incendio que destruyó el Palacio Municipal en 1900. Afortunadamente, el distinguido literato don José Manuel Marroquín conservaba una copia de trabajo de Esquiaqui, que obsequié al historiador E. Posada, y con anuencia de éste fue publicada en litografía en el opúsculo Alma de América en San José de Costa Rica, en 1907, por el autor de ese trabajo, don Joaquín Arciniegas.

En la primera edición de estas Crónicas publicamos, grabado en madera, un plano de Bogotá, levantado por el ingeniero don Carlos Francisco Cabrer, y equivocadamente dijimos que éste era el primer trabajo topográfico de la ciudad de Bogotá. En realidad, el primer plano fue el de Esquiaqui. El original, como queda dicho, desapareció, y la copia guardada por el señor Marroquín no coincide exactamente con aquél, porque tuvo que ser hecha en época posterior, y en ella se hicieron algunas adiciones, de acuerdo con los cambios y progresos que en lo material había tenido la ciudad. Las leyendas del plano de Esquiaqui y las de la copia también son diferentes( 27 ).

En la presente edición insertamos los dos planos ( ver láminas 1 y lámina 2 )—el de Esquiaqui y el de Cabrer,—los cuales tienen entre sí sólo seis años de diferencia, pues el segundo fue levantado en 1797. Una vez más rompemos el orden cronológico. Veremos que el plano de Cabrer abraza menos área que la copia modificada del de Esquiaqui.

En ésta se ve el Palacio virreinal arruinado y la fundición de oros, en el lugar que hoy ocupa el Capitolio Nacional, sobre la Plaza de Bolívar, hacia el Oriente, y la cárcel de Corte, la Oficina de Cuentas y la Real Audiencia, hacia el Occidente; la Aduana, en el costado oriental de la Plaza, en el extremo sur; la Casa de Correos, en la segunda calle de la Carrera, en la mitad de ella, acera oriental; la Dirección de rentas, en la carrera 8a, al sur del Observatorio, contigua al cuartel del Batallón Auxiliar, éste en la ribera derecha del río San Agustín; en la segunda calle de Florián (hoy carrera 8a), acera occidental, el almacén de tabaco, y en la tercera, acera oriental, el parque de artillería; en el Parque de Santander (entonces plaza de San Francisco), acera sur, el estanco de aguardiente; la parroquial de San Victorino, en el ángulo noreste de la actual Plaza de Nariño; la capilla de Las Cruces, en la carrera 11, acera occidental, donde toca la orilla derecha del río San Agustín; El Hospicio, en el antiguo Noviciado de Jesuitas; el Palacio que habitaba Ezpeleta, en la calle 11, con frente sobre ésta y sobre la Plaza Mayor; el Palacio Arzobispal ocupaba la misma área que al presente, entre las calles 10 y 11,y contigua por el Occidente estaba la Casa de Moneda, con idéntica extensión. La actual Avenida de Colón, calle 13, no se extendía más de cien metros al occidente de la Plaza de de Nariño. De la iglesia de Santa Bárbara para el Sur, la carrera 7a terminaba al pasar el arroyo de San Juan o San Juanito; la misma extensión tenía por esa parte la carrera 8a, y las demás calles al oriente y occidente de ese barrio, apenas estaban demarcadas. La plaza de Egipto—hoy de Maza—era una pintoresca colina despoblada. Por el Norte terminaba la ciudad en la calle 21, al oriente de la carrera 7a, la que se extendía hasta llegar a otro sitio despoblado, que después fue plaza de San Diego. El convento de esta Orden estaba aislado. Desde la Plaza de Capuchinos hasta la de San Diego no existía sino una vía sembrada de árboles, por orden de Ezpeleta, como hemos visto; no había allí edificaciones, excepto una quinta, hacia la mitad del trayecto, en la acera occidental, a la cual volveremos con el célebre médico bogotano Miguel de Isla. Tan despoblada continuó esta avenida hasta mediados del siglo XIX; por eso
Manuel Ancízar escribía, en la primera página de la Peregrinación de Alpha, las siguientes palabras:

Una brisa tenue mecía los flexibles sauces de la Alameda Vieja, por entre los cuales se veía a intervalos la vecina pradera, verde—esmaltada, matizada de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pastaban la menuda yerba, cubierta del reciente rocío de la noche.

El plano de don Carlos Francisco Cabrer, levantado en 1797, es una interesante iconografía, que publicamos por primera vez en la primera edición de este libro, y que tiene la siguiente leyenda: A, La Catedral.—B, San Carlos.—C, La Enseñanza. —D, El Carmen.—E, La Candelaria.—F, Santa Clara.—G, Casa Arzobispal.—H, Santa Inés.—I, capilla de Las Cruces.—J, Santa Bárbara.—K, San Agustín.—L, Santo Domingo.—M, San Francisco.—N, La Tercera.—O, El Hospicio.—P, Las Nieves. —Q, San Diego.—R, Capuchinos.—S, San Victorino.—T, Hospital.—V, Las Aguas.—W, La Concepción.—X, Palacio virreinal.—Y, capilla de Belén.

Marca el Palacio virreinal en el costado occidental de la Plaza; el arzobispal, frente al costado norte de La Catedral. Por el Sur la ciudad termina en el arroyo de San Juan, y de allí parte el camino de Fómeque. Hacia el Oriente están señalados El Aserrío, el río Fucha, el puente de Santa Catalina, y contigua a él la casa de Aguilar. Hacia el Occidente, la antigua Huerta de Jaime, que se extendía desde el río San Francisco hasta la actual carrera 15. La Avenida de Colón, como en el plano de Esquiaqui. No están señaladas las Alamedas Vieja y Nueva, y de la calle 22 hacia el Noroeste, se desprende el camino de Tunja, a cuyos lados no se encuentra más habitación que el convento de San Diego: aún está sin demarcar la plaza que llevó este nombre.

Para guardar cierta coherencia, mencionamos de una vez otro plano de Bogotá en la época colonial, levantado por don Vicente Talledo, quien lo firmó en Mompós en mayo de 1810, pocos días antes de estallar la revolución. Fue encontrado hace poco tiempo en Cuba por el ingeniero colombiano don Marcel Gutiérrez. Es de pequeñas dimensiones (0.31X 0.20). El señor Gutiérrez regaló esta curiosa carta a la Sociedad Colombiana de Ingenieros, en 1903. Según el historiador E. Posada tiene muy pocas diferencias con los planos ya mencionados( 28 ).

Por orden expresa del Gobierno español. Mutis trasladó la Expedición Botánica de la ciudad de Mariquita a la de Santafé, en mayo de 1791, y aquí se organizó el instituto de modo definitivo( 29 ).

Ocupó una amplia casa en la antigua calle de la Carrera (hoy carrera 7a, números 173, 175), con frente a la calle de El Chocho (hoy calle 8a), y un espacioso huerto, que se extendía hasta la carrera 8a, en el cual se levantó después el Observatorio Astronómico y se plantó jardín botánico. Allí habitaban el Director, los pintores y demás empleados del instituto, y se formó gabinete de historia natural, mineralogía, flora y objetos curiosos, base de lo que más tarde se convirtió en Museo Nacional.

Nuevos miembros ingresaron al célebre instituto: don Francisco Antonio Zea, ilustre hijo de Medellín, ocupó el lugar del doctor Eloy Valenzuela; don Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, más tarde Presidente de Cundinamarca; Enrique Umaña, hábil mineralogista, de Bojacá, y Benedicto Domínguez, astrónomo, también bogotano; Salvador Matiz, Joaquín Camacho y Miguel de Pombo, botánicos; José Mejía, José y Sinforoso Mutis, éstos sobrinos del Director y nacidos en Bucaramanga; Juan B. Aguiar, el sabio Caldas y Salvador Rizo cooperaron con sus trabajos a dar brillo a la Expedición.

Abrióse escuela de dibujo gratuita, regentada por Rizo y por el bogotano Pablo Antonio García, primera de su género en el país, acontecimiento digno de mencionarse en la historia del progreso, lento pero constante, del arte entre nosotros.

Oficial de pluma fue nombrado don Francisco Javier Sabaraín, y a la lista de catorce pintores españoles y quiteños agregamos cuatro nombres de discípulos de García, granadinos: Francisco Javier Matiz, ilustre hijo de Guaduas; Francisco Dávila, que dibujó los planos del puente del Común; Camilo Quesada y Pedro Almansa( 30 ).

Entre los trabajos científicos de Mutis es digno de mencionarse especialmente la Quinología, en el cual fue eficaz cooperador fray Diego García, natural de Cartagena( 31 ).

Como testimonio de gratitud de Mutis al apoyo que le prestaba en sus estudios el Virrey Ezpeleta, le dedicó, con el nombre de speletia, un nuevo género de plantas, vulgo frailejón, nativo de las alturas andinas de la gran familia de las sinantéreas, género que fue después aumentado por Humbold y Bonpland con dos especies más: la speletia argentia y la speletia corimbosa( 32 ).

Como dato curioso recordamos que el único hijo varón del distinguido minero don Juan José D’Elhuyart fue discípulo aprovechado de la escuela de dibujo de la Expedición Botánica. Mas al soplar el huracán revolucionario, hubo de dejar sus pacíficas inclinaciones, y ciñó la espada, y fue en seguida émulo de Girardot y defensor gallardísimo de Puerto Cabello.

Ya vimos en la página 307 del primer volumen que muerto el protomédico Román Cancino, en 1766, el Virrey lo reemplazó con el doctor Juan José Cortés, francés, sin la obligación de regentar la cátedra de medicina en el Rosario, de acuerdo con lo dispuesto por el Rey. Este nombramiento lo hizo Messía de la Cerda, luego que Mutis, la primera figura entre los profesores de Santafé, lo rechazó.

El protomédico había obtenido licencia del Cabildo para ejercer la medicina desde 1758; pero no había exhibido diploma fidedigno que acreditara su saber y profesión, sino la declaración de un escribano, que aseveraba haber visto el título original de médico de la Universidad de Montpellier, expedido a Cortés. Y éste daba como razón para no aceptar la cátedra del Rosario «que estaba ya olvidado de la teórica y que se acordaba solamente de la práctica»( 33 ).

Don Juan B. de Vargas obtuvo por oposición la citada cátedra de medicina, y fundado en que su carácter de catedrático era inseparable del de protomédico, pidió al Ayuntamiento que se anulase el nombramiento hecho por el Virrey en Cortés y se le pasase a él, lo que dio lugar a largo pleito. Vargas se sujetó a examen de oposición en la Universidad Angélica, y en el libro donde se sentaban las «partidas de grados y tremendas» consta que en 17 de enero de 1774 años se graduó y defendió de tremenda: «febris est calor naturalis praeter naturalites ascensas, y se le confirió dicho grado.» Firma como Rector fray Luis Nieves; fray Jacinto Buenaventura, Antonio Manrique y Manuel Rubiales, como catedráticos, aunque seguramente conocían menos la ciencia médica que el mismo graduado, pues éste siquiera había sido boticario. Vargas desempeñó la cátedra hasta 1774, año en que por la implantación de nuevo método de estudios, se mandaron suspender las lecciones de esta Facultad, hasta nueva orden( 34 ).

El protomédico Cortés concedió título de boticario al fraile Juan José Monje, el que abrió la primera botica pública en Santafé que era propiedad del convento de predicadores y estaba situada en los bajos del Colegio del Rosario; el Padre Bohórquez, de la Orden de San Juan de Dios, fue quien abrió la segunda farmacia en los bajos del Hospital del mismo nombre, y fue don Antonio Garráez el primer laico que vendió yerbas, triaca y ungüentos en Santafé.

Cortés concedió también permiso de ejercer la profesión a los doctores Manuel Ignacio y Antonio Froes, antillanos; a don Honorato Vila, gallego; a don Alejandro Gastelbondo,y a otros más o menos charlatanes.

Cortés abandonó la capital y se estableció en Tunja. A Vargas lo vimos figurar en los Comuneros; antes había ejercido la medicina empírica en Popayán, y luego en Santafé, valido del curioso primer diploma mencionado, hasta los últimos años del siglo XVIII, en que falleció.

Por este mismo tiempo estuvo también en Bogotá el doctor Sebastián López Ruiz, nativo de Panamá, graduado en la Universidad de Lima, quien tuvo larga querella judicial con Mutis, queriendo arrancarle a éste el honor de haber descubierto las quinas en el Nuevo Reino( 35 ).

Insertamos una cuenta por honorarios, pasada por uno de aquellos charlatanes, como documento vivo de las costumbres de la época:

Señor don Juan Ramírez.
Muy señor mío:

A su recomendada enferma la asistí veintidós días a cuatro reales visita, cuyo importe es de once pesos. Las medicinas que para la dicha se llevaron tienen un costo de cinco pesos y medio; esto es, haciendo en todo toda equidad.

Dios guarde a Vuestra Merced.
Desta su casa, Santafé y noviembre 11 de 1791.
José Antonio Rojas

Otro de estos empíricos, Domingo Rota, bogotano, nacido en 1752, estudió gramática, latín y teología hasta 1770; en ese año abrió tienda de platería; manejó el único reloj público, en la torre de La Catedral; escribió en verso el Devocionario para la corona de la Divina Pastora; el Trisagio en diez décimas, y otras poesías. Y como resultado de todos estos conocimientos, Rota resultó médico. Sus obras se imprimieron posteriormente, y son curiosidad bibliográfica. De ellas publicamos varias historias clínicas en 1884, en la historia de la medicina en Santafé. Aquí damos cabida a algunas líneas de lo que el autor llama casos.

Como médico que fue de doña Rafaela Isasi de Lozano,esposa del segundo Marqués de San Jorge, escribe Rota que era ética, es decir, tuberculosa, y refiere que:

A todo decía que sí, repliqué sobre si sus médicos no le habían prohibido el uso de esa nutrición (jamón, mantequilla, huevos y demás alimentos nocivos) dijo: Y ¿qué le importa a los médicos el que uno se cure? José María me ha dicho: quítate de médicos, vive enferma. Le ofrecí curar como se adietara a tomar alimentos simples y húmedos. Se adietó perfectamente y le señalé una larga temporada de nitro fijo( 36 ) en la agua común, y ejercicio de volante; hízolo todo así..... Después de varias semanas daba ligeras cabezadas hacia los pechos, y me dijo: ya no me duele nada (antes no podía mover el pescuezo por la tensión de los tendones de él, por el gran calor y sequedad). Después me dijo con admiración: a la oración me ceno un pollito y un ajiaquito y cuando mis niñas cenan, me siento a cenar con ellas, como si no hubiera comido, y no me hace daño.. .. Ella tomó buenas carnes y colores, como lo ponderó su médico; ha podido vivir tantos años después, luego los médicos y los que curaban a sus hermanos ignoraron o no conocieron su gran calor y sequedad y la gran virtud del nitro fijo de Solano de Luque( 37 ).

Con indiscreción incalificable cita íntegros los nombres de sus clientes. Va una parte de otro caso:

El Padre jubilado fray José Ovalle, enfermó de un gran cólico espasmódico, humoral y ventoso, causado de pasiones de espíritu y de un viaje violento a Cartagena, y mal asistido. El médico le dio cuatro purgas, y lo empeoró.... Señalé abluciones y cada dos horas un escrúpulo de tártaro vitriolado( 38 ), y era de ver a su sobrina bañando a su tío con su bayeta, y él en la cama conversando con el señor Echavarry, Secretario del señor Compañón.

Otro más, sin comentarios:

Un maestro herrero del puente de San Francisco, terrible gotoso, me pidió remedio; le aconsejé dieta húmeda, esto es, los vegetales como calabaza, lechuga, pollo, arroz y buen pan.

Un ilustre profesor de medicina contemporáneo observa que los curanderos asaltaban la medicina en esos tiempos, como en épocas posteriores lo han hecho muchos Generales sin despacho, es decir, sin las graduaciones de ordenanza. Y él mismo recuerda que don José María Upegui, llamado don Chepe, en Antioquia, «extraía muelas, extirpaba tumores y amputaba brazos y piernas con una serenidad y arrojo dignos de mayor competencia científica»( 39 ).

Un poeta festivo de la Montaña, don Francisco Mejía,cantó así el saber de don Chepe, en versos que pueden aplicarse a los méritos de Rota:

Fabio se ha metido a médico
Por hacerle vuelta al hambre,
Y a los enfermos que coge
Les corta el vital estambre.

Sepan las autoridades
Que éste es un negocio serio:
atajar el paso a Fabio
O agrandar el cementerio.

La sangría, la purga y la lavativa eran las tres piedras fundamentales de la terapéutica de antaño. Moliére estaba rigurosamente en lo cierto:

Clysterium donare
Posea signare
Ensuita purgare( 40 ).

Ezpeleta se quejaba ante la Corte de la falta de médicos; decía que no había en la ciudad más que dos facultativos; que no eran atendidos sino los enfermos de familias ricas; que la falta de cirujanos era absoluta;que la parte de obstetricia se desempeñaba de un modo bárbaro, por rutina y en el menor conocimiento científico, y que el vulgo creía ciegamente en los curanderos( 41 ).

Para confirmar las aserciones del Virrey, cerramos la noticia sobre esa época de la medicina, anotando que la comadre Melchora, partera muy afamada en la ciudad, habitaba en la calle de las Béjares. Cuando tuvo numerosa. clientela, ensanché su radio de acción, e ingresó en el profesorado, haciéndose curandera. Su terapéutica se reducía a cortar el cabello, ordenar baños de agua fría y buscar crisis interna por medio de regulares dosis de agua de pollo.

En cuanto a los estudios de jurisprudencia, la Junta de Estudios creada por el Virrey Caballero estableció cátedras de Derecho Público, que después sustituyó por clases de Derecho Real, cambio más que todo de nombre, pues la materia enseñada era la misma. Los que obtenían título de Derecho podían ingresar —si eran nobles y ricos— en el número de los abogados de la Real Audiencia, lo que era en realidad un simple título de honor, pues los pleitos —que eran escasos— los dejaban a cargo de los llamados Procuradores de número, porque los ahogados consideraban poco digno de ellos el litigar por gentes que no estaban a su altura social( 42 ).

A los jóvenes colonos que con más o menos provecho  habían cursado Literatura y Filosofía, se presentaban para escoger cuatro carreras: la eclesiástica, las armas, la jurisprudencia y la medicina. Iban a conventos y curatos el mayor número; el título de abogado, como hemos visto, era un simple honor, y  falsas ideas que reinaban sobre distinción de clases sociales hacían mirar la práctica de la medicina como vulgar y baja, a tal extremo que los jefes de familia impedían a sus hijos, con limitadas excepciones, que se dedicaran a esta noble profesión. Los Jefes del ejército eran españoles.

Por demás está decir que las bellas artes y las industrias eran apenas conocidas en el Nuevo Reino.

CONTINUAR

REGRESAR AL

INDICE

 

(20) RICARDO CARRASQUILLA. Lo que va de ayer a hoy.( regresar a 20 )

( 21 ) JOSÉ CAICEDO ROJAS, Recuerdos y apuntamientos.( regresar a 21 )

( 22 ) Relaciones de Mando, 331, 333.( regresar a 22 )

( 23 ) I. GUTIÉRREZ PONCE, Las Crónicas de mi Hogar.( regresar a 23 )

( 24 ) Relaciones de Mando, 329( regresar a 24 )

( 25 ) J. DURÁN y DÍAZ, Guía para 1794, 91.( regresar a 25 )

( 26 ) RUPERTO S. GÓMEZ, Historia del convento de Carmelitas descalzas de Bogotá.( regresar a 26 )

( 27 ) E. POSADA, Narraciones, 29 y sgtes. Boletín de Historia, VIII, 646. Las anteriores investigaciones han sido hechas por el hábil escritor doctor Posada.( regresar a 27 )

( 28 ) Boletín de Historia, VIII, 646.( regresar a 28 )

( 29 ) F. GONZÁLEZ SUÁREZ, Expedición Botánica, 2a. edición, 20. A. F. GREDILLA, lib. cit., 205. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía de don Jorge Tadeo Lozano.( regresar a 29 )

( 30 ) FLORENTINO VESGA, Memoria sobre la historia del estudio de la Botánica (Bogotá, 1860), 86. DIEGO MENDOZA, Expedición Botánica de José Celestino Mutis (Madrid, 1909), 142.( regresar a 30 )

( 31 ) J. DE FINESTRAD, Los Comuneros, 74. E. GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit., 35.( regresar a 31 )

( 32 ) LIBORIO ZERDA, José Celestino Mutis.( regresar a 32 )

( 33 ) F. GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit., 21.( regresar a 33 )

( 34 ) D. MENDOZA, Expedición Botánica, 102.( regresar a 34 )

( 35 ) Datos tomados de expedientes que se conservan en la Biblioteca Nacional.( regresar a 35 )

( 36 ) Nitrato de potasa.( regresar a 36 )

( 37 ) La obra del doctor Solano de Luque, única guía de Rota, se intitula Idioma de la naturaleza.( regresar a 37 )

( 38 ) Sulfato de potasa.( regresar a 38 )

( 39 ) MANUEL URIBE ANGEL, La Medicina en Antioquia.( regresar a 39 )

( 40 ) El Enfermo imaginario.( regresar a 40 )

( 41 ) Relaciones de Mando, 337.( regresar a 41 )

( 42 ) R. RIVAS, El Marqués de San Jorge, Boletín de Historia, VI, 723.( regresar a 42 )


Comentarios (0) | Comente | Comparta