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CAPÍTULO XXX
Fundación
para niñas huérfanasAntigua inscripciónTemplo y hospicio de
capuchinosConsagración de esta iglesiaSu buena arquitecturaSu
ornamentaciónLa fachadaFrailes fuera del conventoNueva parroquia de San
VictorinoEstatua de San JoséLimites eclesiásticos Pesebre, buñuelos y
empanadasBautismo virreinalConsagración episcopal de un bogotanoEl
Capitán Beremundo Ramírez de ArellanoRaros presentes humanosRobo
sacrílegoOrígenes del teatro españolSemiteatro colonialNace el teatro
en SantaféPrimeras comedias nacionalesReglamentos para el
ColiseoOposición eclesiásticaLos capuchinos y la NicolasaApoyo del
VirreyPrimera representaciónActores y actricesLos músicosEl
edificiolnscripciónPueril etiqueta oficial. Leyenda sobre Tomás
RamírezSu muerteCrónicas españolasExpulsión de extranjerosCasa
de la AduanaPrimeras Guias de BogotáObra pía del canónigo
VélezGuerra entre Francia y EspañaPrimer sepulcro del Arzobispo
TorresExhumación de sus restosHonores fúnebres. Tumba actualEl
canónigo MasústeguiOtra vez olor de santidadSecretaría del
VirreinatoEl papel sellado en la ColoniaCírculos literariosEn casa de
Antonio NariñoEn la Real BibliotecaEn el hogar de una matronaLa nueva
iglesia de San FranciscoBella página de Lázaro M. GirónOrnamentación y
buenos lienzosUn sacristán cuasi ingenieroEl viejo conventoLa
sacristíaLos tímpanos de un GobernadorOpinión de un hijo de San Francisco.
EN el mes de junio de 1791 hicieron fundación piadosa en
favor de niñas huérfanas, naturales de Bogotá, don Pedro Ugarte y doña Josefa Franqui,
su esposa. Donaron diez mil pesos que les adeudaban los fondos de propios, según
escritura otorgada en diciembre de 1798, con hipoteca de una estancia denominada La
Milagrosa, después Quinta de Nariño, ubicada en la ribera del río Fucha, y una casa con
tienda adyacente, situada en la calle de San Juan de Dios, hoy señalada con el número 247(
1
).
Don
Pedro Ugarte fue sepultado en el panteón del templo de capuchinos el 1° de enero del
año siguiente, día en que falleció. Las rentas de los capitales donados por él y su
mujer se aplicaron en 1832, por solicitud del Gobernador de la Provincia de Bogotá,
doctor Rufino Cuervo, al sostenimiento del Colegio de La Merced, fundado en ese año, como
veremos después.
Desde
1771 había otra fundación piadosa, de la cual no hay datos completos. Quedan en la
sombra los nombres de sus fundadores. Aún existe en una vieja casa colonial, que se
edificó en la calle de la Artillería (hoy calle 14, frente al templo presbiteriano), un
escudo grabado en piedra, que lleva esta insripción:
SANTÍSIMA
DE GRACIA
ORA PRO NOBIS
1771.
El
Rey auxilió en 1791 con dos mil pesos del ramo de vacantes eclesiásticas del Arzobispado
a los frailes capuchinos, para que concluyesen la obra de su iglesia y del hospicio
contiguo.
Ya
dijimos que la primera piedra del templo se puso el 18 de mayo de 1783. Ocho años duró
la construcción, y la iglesia fue consagrada el 9 de octubre de 1791, por el Arzobispo
Compañón. Así consta en los archivos parroquiales, en la siguiente diligencia:
El
Ilustrísimo señor doctor don Baltasar Jaime Martínez Compañón, siendo Arzobispo de
Santafé, dedicó y consagro esta iglesia a Dios Nuestro Señor en honor del Patriarca San
José, y colocó en el altar mayor las reliquias de los Santos Fidele Dilecto, Prospero
Borro y Defendiente, el día IX de octubre de MDCCXCI.
Este
edificio fue dirigido por un excelente arquitecto capuchino, pero no por Pérez, natural
de Petrez, como equivocadamente se ha dicho, pues el célebre lego llegó a la capital el
año siguiente.
El
templo de capuchinos, por su elegancia y solidez, es de las mejores obras que existen en
la ciudad. Un artista respetable, don José Manuel Groot, opinó «que en esta línea es
la más perfecta y sólida de todas.»
Ornamentóse
el templo con pinturas de Vásquez, de las cuales se conservan todavía el Sueño de San
José y la Sagrada Familia; del pintor, bogotano también, Antonio García, que en aquella
época estaba en la plenitud de la vida; y del artista Pablo Caballero, natural de
Cartagena, hay un San Telésforo diciendo misa. Estucáronse las paredes del interior y se
amueblaron las sacristías con inusitado lujo y con gusto estético, raro en aquella
época, y se impidió que mediocres estatuas ocupasen los bellísimos y numerosos altares
de la nueva iglesia.
El
extremo sur de la fachada estaba formado, hasta hace cuarenta años, por una torre de
mediana altura, de correcta construcción arquitectónica, que se destruyó en mala hora,
para reemplazarla por un nuevo cuerpo de edificio, o sea campanario, terminado en ático,
y destinado a un reloj para el servicio público.
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Templo y hospicio de capuchinos.
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No estaba en tiempo de Ezpeleta dice E. Posada muy arreglada la
comunidad de Capuchinos, pues su mismo Procurador, fray Bernardo de Espera, dio de ello la
queja al Rey de España. Los frailes andaban fuera de sus conventos, sin sujetarse a las
reglas de su Orden; y las misiones de los Llanos, donde habían tratado de establecerse
desde hacía muchos años, estaban abandonadas.
El
templo de capuchinos fue abandonado por la comunidad, que se había distinguido por su
desaforado amor al Rey, en 1819, cuando entró Bolívar después del triunfo de Boyacá.
Destruido el templo de San Victorino por un terremoto en 1827, se trasladó la parroquia
al que el vulgo llama irregularmente La capuchina. En junio de 1896 ordenó el Arzobispo
doctor Bernardo Herrera Restrepo que la iglesia parroquial de San Victorino llevase el
nombre titular de San José, y que en lugar apropiado se pusiera una inscripción en que
constara así. De acuerdo con una orden del Prelado, se colocó sobre la puerta principal
de la iglesia una estatua de San José, donada por el señor Francisco Arana, quién
costeó el arreglo del nicho. El señor Arana obtuvo la estatua por compra hecha a las
monjas de Santa Clara, y el móvil que lo indujo a hacer la donación fue la injusticia
que a su modo de ver encarnaba el que hubiera en el frontis de la iglesia de Las Nieves,
desde viejos tiempos, expuesta a la pública veneración, una estatua de la Virgen, y no
se le tributase igual honor al esposo de María y padre putativo de Jesús.
Los límites parroquiales de San Victorino son al
presente, en lo eclesiástico, según Decreto arzobispal de 1896: por el Norte, el centro
de la calle 17, desde el extremo oriental de la cuadra 7a. en línea recta al Occidente,
hasta encontrar las aguas de los ríos San
Francisco y San Agustín unidos, al occidente de Puente Aranda; por el Oriente, la carrera
11, hasta encontrar la calle 7a., volviendo al Occidente hasta el mismo río San Francisco(
2
).
El
estado actual de la iglesia de San José es en lo general satisfactorio. Pero en los
bellos altares se ven estatuas de madera coloreadas, con poca variedad de actitudes y
escasos y duros pliegues en los ropajes. Las formas no se adivinan tras estas vestiduras.
Las fisonomías no revelan ninguna pasión. Y, además, lo que es de lamentarse, varias de
tales efigies están cubiertas con ropas que borran por completo su escaso mérito
artístico.
El mes de diciembre era en aquellos tiempos época de
alegría. Las familias de las distintas clases sociales se reunían en grupos para rezar
la novena del Niño y para recoger en los cerros inmediatos a la ciudad helechos, laurel y
otras plantas propias de la región, con el objeto de formar en cada casa un tablado con
la escena del nacimiento, que se llamaba pesebre, del cual hablaremos más adelante. «Se
bailaba después el sampianito y el bolero, se cantaba al són de la guitarra, y se
acababa la fiesta con un refresco de buñuelos y empanadas»(
3
).
El 9 de diciembre de 1791 fue bautizada una hija de los Virreyes(
4
). Salieron de Palacio a las cinco de la tarde,
con su guardia de alabarderos, y rodeados de los Oidores, del Cabildo y de todos los que
por cualquier motivo pertenecían a la clase de caballeros. La criatura iba en el coche
virreinal. Y naturalmente el Arzobispo, acompañado del alto clero, le impuso a la niña
los nombres de María de la Concepción Leocadia Baltasara, el último como señal de
aprecio para el Prelado. Llamó la atención que el padrino escogido fuese el lego
capuchino Lorenzo Villagarcía. Terminada la ceremonia, todos fueron a Palacio a
cumplimentar a la Virreina, y allí se les obsequió generosamente.
Luégo
hubo otra pomposa fiesta en La Catedral: la consagración de un hijo de Bogotá, fray
Manuel Cándido Torrijos, de Obispo de Mérida de Maracaibo. Fue padrino el Virrey.
Era
el Obispo, noble, sumamente rico, ilustrado y notable predicador; ocupaba en su Orden
la de Santo Domingo un puesto prominente, y había viajado bastante por el
Viejo Mundo. Cuatro de sus hermanos vestían también hábito, de modo que a su madre
puede aplicarsele la gráfica frase de don Manuel Pombo sobre la madre del Padre Padilla:
tenía vientre de Concilio ecuménico.
Estas
dos grandes fiestas eclesiásticas el bautismo y la consagración episcopal
dieron tema al periodista Socorro Rodríguez para llenar multiplicadas páginas del
afamado Papel Periódico. Y en aquéllas actuó de modo principalísimo, luciendo vistoso
uniforme, el Capitán de caballería de la guardia del Virrey, don Beremundo Ramírez de
Arellano, no obstante que los Oficiales de la Real Hacienda le habían disminuído
considerablemente en esos días su mesada.
El
mismo don Beremundo, ya ascendido a Coronel, fue comisionado por el Virrey para ir a la
Corte con el objeto de conducir a Pedro Antonio Cano, hombre de talla heroica
llamado El Gigante y que se enviaba como raro regalo a Su Majestad.
Esta
misión facilitó a don Beremundo el volver a llenar la bolsa, pues a su regreso a
Santafé se le pagaron 1,480 pesos, que dijo haber gastado en la conducción de Cano.
La
idea de estos presentes humanos no fue original de Ezpeleta: ya el simpático Virrey
Solís había regalado al Monarca español un enano, también oriundo de estas tierras,
para que le sirviese de bufón.
A
un pariente de este don Beremundo Ramírez de Arellano lo encontraremos en el célebre
proceso de Nariño.
Quiso
un platero santafereño, en esta misma época, aumentar la materia prima que empleaba en
su oficio; para ello intentó un robo nocturno y sacrílego, que refiere así la crónica:
El
1° de febrero se mató José María Galindo, platero, por robar una lámpara de San
Carlos, y se echó con ella por una ventana que esta encima de la puerta del lado
izquierdo, del lado de la torre, y del golpe que dio quedaron allí los dientes; lo
llevaron al Hospital, y murió al día tercero; lo sepultaron en la capilla del dicho Hospital(
5
).
En
los tiempos de los Reyes Católicos y de Carlos V, fueron comunes en España las
representaciones de comedias.
El sombrío Felipe II las prohibió en el último año de
su reinado. Fernando VI permitió representaciones; pero «para evitar los desórdenes que
facilita la oscuridad de la noche en concurso de ambos sexos, las representaciones
empezarán a las cuatro en punto de la tarde»(
6
).
Las
representaciones escénicas son barómetro seguro para conocer el adelanto de un pueblo,
el estado de su ilustración y las costumbres reinantes.
Ya
vimos en el primer volumen de esta obra, que se representaron comedias cuando llegaron los
Obispos de Cartagena y Santa Marta al Concilio convocado por el Arzobispo Zapata (1580);
cuando tumbaron los Oidores al Presidente Meneses, en 1715; y que en tiempo del Virrey
Flórez las hubo en una casa de las orillas del Fucha, futura quinta de Nariño. Por lo
demás, el solaz de los colonos se reducía, como hemos visto, a paseos de las familias
por los aledaños de la ciudad, donde se refocilaban con rostro, patatas y ají; a los
juegos de bolos y turmequé; a riñas de gallos; a las fiestas de San Juan, corridas de
toros, procesiones y demás solemnidades religiosas.
Los rudimentarios espectáculos teatrales de Santafé
tenían lugar bajo toldos, en improvisados tablados, y los actores eran simples
aficionados, sin conocimiento ninguno del arte(
7
).
Los
primeros que trabajaron en Bogotá por levantar templo a Melpómene y a Thalía,
sobreponiéndose a controversias sobre moralidad y utilidad de las representaciones
escénicas, fueron don José Dionisio de Villar y don Tomás Ramírez, quienes
solicitaron del Virrey, en 1792, en nombre de una compañía anónima, autorización para
levantar un coliseo en la ciudad, con privilegio por diez años, en el sitio que ocupaba
el Parque de Artillería (hoy carrera 8a., números 17375), local que pertenecía al
Gobierno y por el cual ofrecieron pagar arrendamiento, obligándose a hacer representar
una comedia los domingos, con excepción del tiempo de cuaresma . Fijaron el precio de
entrada en dos reales por persona, un peso por asiento cada mes, y cuatro pesos al mes por
los abonados a las galerías.
Aunque
hemos visto, conservado por Ocáriz, que el célebre Lucas Fernández de Piedrahita,
Francisco Cardoso, Hernando Ospina, Bruno de Valenzuela y otros hijos de Bogotá,
escribieron comedias y actos sacramentales a mediados del siglo XVII, todos estos trabajos
estaban perdidos en 1792; de modo que el teatro iba a fundarse con obras de autores
españoles.
Don
Antonio Paz y Melia, en las eruditas anotaciones que hizo a la Historia del Nuevo Reino de
Granada, por Juan de Castellanos, cita como curiosa una comedia de don Fernando Orbea, que
se titula La Conquista de Sanlafé de Bogotá, en la cual figuran como personajes el
Mariscal Quesada, los Capitanes Belalcázar y Lugo y el Rey indígena con su Corte,
comedia que se conserva en una colección de obras de este género, en la Biblioteca Osuna
de Madrid.
El
Oidor don Juan Hernández de Alba, Juez del coliseo, dio un Reglamento a nombre del
Gobierno, en el cual ordenó que en el teatro todos guardasen moderación, decoro,
respeto, quietud, tranquilidad y silencio. Prohibía que los que fuesen con ruana ocuparan
asiento; permitía que los hombres tuvieran la cabeza cubierta con gorro o pañuelo;
esperaba que «las señoras mujeres» tuvieran la mantilla sobre la cabeza, pudiendo sí
conservarla sobre los hombros para su abrigo y comodidad. Para evitar incendio no
permitía que en el teatro se fumara sino en los corredores y patio de entrada; declaraba
que ningún Cuerpo ni particular podía colgar el antepecho de su palco por ser privativa
esta distinción del Excelentísimo señor Virrey, y ordenaba que en los días de función
extraordinaria se anunciase al púbIico por carteles(
8
).
Luego don Tomás Ramírez, acaudalado comerciante, prestó inapreciable servicio a la
sociedad santafereña empleando su caudal en construír un teatro, que entonces se llamó
coliseo, empresa en que lo apoyó decididamente el progresista Virrey Ezpeleta.
Don
Tomás Ramírez hizo parte de la compañía anónima que solicitó licencia para convertir
en teatro el Parque de Artillería, y probablemente se hizo cesionario de los privilegios
obtenidos por aquélla; pero es el hecho que con el fin de construír el coliseo, compró
un terreno situado 150 metros al oriente de la Plaza Mayor, y principió a levantar el
edificio, siguiendo los planos del teatro de La Cruz de Madrid, el 20 de agosto de 1792.
Apenas
se enteró el Arzobispo Compañión de que Ramírez llevaría a cabo la edificación de un
teatro, agotó todos los recursos de su elocuencia, y le ofreció cuarenta mil pesos a
condición de que suspendiera los trabajos, sin duda inspirados por Satanás. «No
sabemos, dice Vergara, si fue Satanás o el Virrey quien aconsejó a don Tomás que
desechase la própuesta, pues con el teatro habría de ganar esa suma y además renombre
eterno, cosa que no entraba en la propuesta arzobispal.»
Se
apartaba el español Jovellanos como nos apartamos nosotros de las ideas del
Arzobispo, cuando decía: «Creer que los pueblos puedan ser felices sin diversiones, es
un absurdo. Creer que las necesitan y negárselas, es una inconsecuencia tan absurda como
peligrosa.»
A
la sazón la comunidad de capuchinos, con sus luengas y pobladas barbas, tenía grande
influencia en la sociedad santafereña. Ellos, secundando las ideas del Arzobispo, hacían
cruda guerra a la obra del teatro; y refiere escritor respetable que cuando estaba ya para
terminarse, se cantaron por la cómica Nicolasa tonadillas llamadas El Curro y Zambita
llora y se bailaba el torito cachón. Sucedió que en las ferias de cuaresma algún Padre
de origen valenciano, con el crucifijo en alto, exclamaba en el púlpito:
Mirad,
hermanus, este es el verdadero Nicolazu y cum éste non hay gracias que valgan, ni
curru currito, ni turitu cachón, ni zambita llura!(
9
).
Si
la voz del pastor y de los Padres capuchinos iba contra la fundación del teatro, los
empresarios tenían el decidido y franco apoyo del progresista Virrey.
El
coliseo, sólido y amplio edificio de mampostería, dirigido por Esquiaqui, sirvió para
representar la comedia intitulada El Monstruo de los Jardines, de Guillén de Castro,
antes de concluírse la obra. El autor de esta comedia, contemporáneo de Lope de Vega,
había publicado sus producciones en Valencia de España, en 1621.
Se
conserva en la Biblioteca Nacional expediente, del cual tomamos los siguientes datos sobre
los primitivos actores de nuestro teatro. Allí se llama primera dama cantarina a Nicolasa
Villar. Eran también actrices Catarina Arias, Josefa Chabur, Damiana Zabala, Rosario
Afanador e Isabel Pérez, graciosa. Primer barba, Antonio Rodríguez, y segundo, Esteban
Rodríguez, a quienes acompañaban cinco individuos más. Don Vicente Ruiz desempeñaba
los papeles de primer galán.
En
el citado expediente se encuentra curiosa noticia sobre la música que dirigía don Pedro
Carricarte, compositor, maestro de canto, Director de la Banda Militar, y que tocaba bajo.
Eran violines Lorenzo Belver y Melchor Bermúdez; flautas, Francisco Lara y José Torres;
clarinetes, Antonio Suñer y José Ramos, y trompas, Diego Garcia y José Garzón. Las
funciones se amenizaban con cantos y bailes.
El
teatro no tenía peristilo; una puerta ordinaria daba entrada a un patio que lo
reemplazaba; por el frente no tenía la menor belleza artística; por dentro era un remedo
del teatro de La Cruz de Madrid; tenía tres órdenes de palcos; un escenario incompleto,
y la platea, en forma de herradura, medía 22,50 metros de largo por 15 de ancho; todo el
local podía contener mil doscientos espectadores.
Invirtió
Ramírez en la construcción del viejo coliseo, incluyendo el valor del solar, la gruesa
suma de sesenta mil pesos, que había acumulado en sus arcas de comerciante, en amarillas
onzas españolas, en cuyo anverso lucía el busto del Rey Carlos III.
Ya
casi terminada la obra del nuevo edificio, se pintó de color gris una tabla de 80 por 65
centímetros, y en ella se escribió la leyenda que reproducimos, en gruesos caracteres y
con defectuosa ortografía.
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INDICE
(
1
) Constitucional de Cundinamarca (1831) número 8.(
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a 1
)
(
2
)
J. M. GROOT, lib. cit., 273, 275. Patria Boba, 93. E. POSADA, Narraciones, 225, 228.
RUDESINDO M. CASTILLO, La iglesia de San José en Bogotá, 10.(
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a 2
)
(
3
) I. GUTIÉRREZ PONCE, Las
Crónicas de mi Hogar.(
regresar a 3
)
(
4
) J. M. GROOT, lib. cit.,
II, 293. E. POSADA, Narraciones, 226.(
regresar a 4
)
(
5
) J. M. CABALLERO, lib.
cit., 94.(
regresar a 5
)
(
6
) M. LAFUENTE, lib. cit.,
XIX, 494, 498.(
regresar a 6
)
(
7
) JOSÉ CAICEDO ROJAS,
Recuerdos y Apuntamientos, capítulo 18. GUSTAVO ARBOLEDA, Conferencia leída en el Ateneo
de Santiago, 1912.(
regresar a 7
)
(
8
) Este documento se publicó en El Bogotano en 1882 y en El Orden,
de Bogotá, antes del mes de julio de 1890. Transcribimos textualmente el fin de él, como
curioso:(
regresar a 8
)
«Razón
de los precios de entrada, palcos y asientos de todas clases:
|
«Entrada
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2
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reales
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|
«Palco principal
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8
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reales
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|
«Palco segundo
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reales
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|
«Lunetas principales
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1
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real
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|
«En las restantes
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1/2
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real
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«Asientos de la cazuela
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0
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|
«Lugar para los mosqueteros, en pie
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0
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«Don Francisco José Aguilera»
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(
9
) JUAN FRANCISCO ORTIZ, Teatro de Bogota, reseña histórica. J. M.
VERGARA y VERGARA, libro citado, 263.(
regresar a 9
)
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