CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Las sabrosas veladas del Buen Gusto, donde al lado de serios estudios científicos y literarios se cultivaba con exquisito esmero el legendario chiste bogotano, lleno de sutileza y de donaire, terminaban siempre con el uso de la vajilla de plata. No faltaba allí la aloja, bebida con base de arroz, cuya preparación ha sido especialidad de los conventos de monjas; el rojo vino de Castilla la Vieja, traído en grandes botijas de losa vidriada, ni las coloreadas mistelas en elegantes botellas, cuyo tapón se reemplazaba con una flor de clavel. Pero el alma de la cena era en esa casa señorial, como en todas las de Santafé, en ese tiempo, el aromoso chocolate, cantado así por un hijo de Bogotá:

El cacao delicioso,
Que abundante produce nuestro suelo,
Nutritivo y sabroso,
De los hombres consuelo,
Y que los dioses usan en el cielo.

El néctar y ambrosía
Se mezclan en magnífico azafate;
Mercurio los envía,
Ceres misma los bate
Y es concedido al hombre el chocolate.

Sobre el plato ya brilla
La arepa, el pan tostado, el bizcochuelo,
El queso y mantequilla
Y el hermoso espejuelo
Como ornamento de este dón del cielo( 21 ).

Altísima manifestación de cultura hemos llamado a los Círculos Literarios. Ignacio Gutiérrez Ponce, hijo del autor de la Oda al chocolate, escribe:

Germinaba pues la mente de aquella juventud al calor de las ciencias y las letras. Las ideas que allí se incubaban eran como embriones de polluelos, destinados a romper la débil cáscara que los aprisionaba, y tender el vuelo( 22 ).

El año de 1794 terminó el ingeniero Domingo Esquiaqui la reconstrucción del templo de San Francisco, cuyo origen estudiamos en el volumen primero; y también vimos que fue casi destruido por el terremoto de 12 de julio de 1785.

La iglesia antigua no tenía sino una sola nave; y vencidas las paredes del templo y más las de la torre, fue necesario reconstruir todo, lo que hizo Esquiaqui, sin descargar los tejados.

Queriendo el reconstructor dar más amplitud a la iglesia, cometió el gravísimo error, muy frecuente en las ciudades españolas, de disminuir el ancho de la vía pública, agregando del lado de la plazuela una fea nave, que en la actualidad constituye un problema para el embellecimiento de la ciudad.

La nueva portada del templo se construyó con piedras de sillar, muy bien labradas; se ornamentó con cuatro elegantes columnas de orden dórico, con escudos emblemáticos y con una estatua, de piedra, de San Francisco.

Bajo el simbólico escudo de la Orden franciscana, esculpido en piedra sobre la puerta principal del templo, el cual adorna la fachada, al pie de una estatua de San Francisco se lee la siguiente inscripción:

ESTA IGLESIA SE CONSAGRO EL DIA MARTES 25 DE MARZO DEL AÑO DE 1794 POR EL ILUSTRISIMO SEÑOR D. BALTASAR JAIME MARTINEZ COMPAÑON, DIGNISIMO ARZOBISPO DE SANTAFE.

En la base de la torre, en su frente oriental, se lee:

ESTA ACERA FUE ENLOSADA EN LA ADMINISTRACION OTALORA SIEN SRIO DE FOMENTO EL D.R LAZA GRAU. NOV.e 30 de 1883.

Pálida sería cualquiera descripción que hiciéramos del templo, comparada con la siguiente, original de don Lázaro M. Girón, que gustosos insertamos:

San Francisco es no solamente un templo artístico, sino también un templo simbólico. Aunque no sea notable la parte arquitectónica, de modesto estilo dórico, su ornamentación es, en cambio, un legítimo representante de ese gusto hierático y recargado que reinaba a fines del siglo XV y hasta principios del XVII. La alta y esbelta torre, recuerdo de la vieja Santafé, avanza su mole en la calle principal de la ciudad, y parece mirar con audacia las modernas construcciones de la nueva Bogotá. Por dentro, en las dos únicas naves, separadas por un orden de siete arquerías, el dorado y los colores brillantes dominan en las obras de talla de las ricas ornamentaciones de las capillas y altares de la sacristía, de los dos púlpitos octágonos, que coronan estatuas, y cuyas escaleras son elegante trabajo; de los doce confesionarios, de los artesonados y de los marcos de lienzos. El arco toral y los adornos del presbiterio forman algo como un riquísimo nicho de medio relieve dorado, brillante, luminoso, lleno de esplendores. Allí, encerradas en tres series de cuadros que guardan bellas columnas toscanas de retorcidos fustes, brotan las fantasías grotescas y las tendencias místicas de la época, en escenas bíblicas y de la Historia Sagrada, hechas con grandes figuras de atrevido relieve, en que se ve una verdadera aglomeración de formas humanas, de plantas, de animales y de quimeras, cuyo conjunto, lleno de unidad, tiene a la vez infinito cambio de pormenores. Allí, como en todo el templo y en todos los edificios inspirados en la misma tendencia, andan el recogimiento y la amenaza, la oración y la sátira reunidos.

Representan dichos relieves: doce vírgenes y mártires, varias visiones y éxtasis de San Buenaventura, de San Antonio y del Seráfico Padre; el sepulcro de la Magdalena; el bautismo de Cristo; la huida a Egipto; la impresión de las llagas; los martirios de Santa Catalina y de San Lorenzo; la conversión de San Pablo; San Jerónimo en el desierto, y San Juan escribiendo el Apocalipsis. En este último se ve al Evangelista en actitud de visionario, con el águila a los pies, y sobre su cabeza el dragón, animal monstruoso, erizado de escamas, que recuerda al de múltiples cabezas que, con el mismo asunto, pintó Alberto Durero; y que trae, con sus variantes colores, a la imaginación, los demonios rojos y verdes, colocados por fray Angélico en su Institución de la Confesión.

Casi todas las figuras de aquellos relieves están llenas de vida y movimiento. Los verdugos de Santa Catalina se lamentan, heridos por la rueda que ha saltado en pedazos, y el dolor se pinta en sus actitudes. Cerca de San Pablo se mueven jinetes y caballos; y caído en tierra, grita un hombre desaforadamente: casi pudiera decirse que ese grito se oye. Hay pliegues amplios y naturales, actitudes sueltas y elegantes, expresiones magníficas.

En todas esas obras aparece el Renacimiento, fecundo y espontáneo, pero rodeadas aún sus creaciones por la fauna y la flora abundantísimas que creó el gusto pagano de aquellas épocas. Unicornios, dragones, elefantes, leones, jirafas, osos, monos, perros, liebres, ardillas, águilas, lechuzas, garzas, loros, delfines, serpientes y muchos otros monstruos y animales andan por el suelo, corren por los árboles, se cuelgan de las palmas, que más bien parecen plumajes, navegan, se arrastran y mezclan de mil maneras sus variados colores y formas, a las vides, los follajes, los frutos y las extravagancias de todas clases.

Entre las grandes esculturas de mártires que llenan la galería media hay, sin duda, algunas de cuerpos nobles y animados y de expresión sencilla, que el famoso Laboriano habría desdeñado firmar; creaciones semigóticas y semigriegas, vestidas del cuello a los pies de bermellón, de viva escarlata, de verde y de azul, que lucen el oro en estrellas, en franjas, en rosetones, de mil maneras, sobre las túnicas, los flotantes mantos y los adornos.

Esta famosa obra, cuyo conjunto es muy hermoso, aunque tal vez cada pormenor aislado tenga imperfecciones, fue trabajada por un religioso lego, de origen español, que era a la vez pintor, y cuyo nombre, que en vano tratamos de investigar en el templo, ha sido hallado por el doctor Pedro M. Ibáñez en la obra de Flórez de Ocáriz, en donde se dice que, edificada la iglesia, fue adornada por fray Gregorio Guiral, con tableros de medio relieve( 23 ).

Las esculturas y relieves de la nave derecha, consagrada a Nuestra Señora, son más modernas, y fue, sin duda, menos diestra la mano que las produjo. En esta capilla y en la de San Francisco hay informes ornamentaciones de relieves dorados y en colores, cuya imperfección originalísima se asemeja a las góticas iluminaciones de los viejos misales de pergamino. Las figuras son grotescas. Cuatro grandes y entumecidas cariátides sirven de columnas en el altar de la Virgen María, y las canastillas, con flores y frutas, que llevan sobre sus cabezas, forman los extravagantes capiteles. Mascarillas rojizas y toscas se asoman como apariciones por entre los follajes de acanto y las diversas flores y vegetaciones.

En dos lugares de las paredes, el escudo de la Orden y el de San Buenaventura, las cinco llagas y los dos brazos cruzados y clavados, que rodea rica ornamentación de hojas de acanto, están guardados por grandes leones de relieve, pintados de rojo oscuro. Sobre las naves de la puerta, color bermellón, que conduce del presbiterio a la lujosa sacristía, hay esculpidos enormes mascarones, de cuyas grandes bocas cuelgan argollas, rodeados por aves zancudas y desairadas, de color de oro, semejantes al ibis; dijérase que eran jeroglíficos de algún antiguo templo egipcio.

En los altares laterales se veneran imágenes, también de madera pintada, toscas y rubicundas unas, flacas, amarillentas y demacradas otras, cuyos largos vestidos tienen pliegues mecánicos y acartonados, o son de telas de color; y cuyas actitudes carecen en lo general de movimiento. Una de las mejores, que goza de fama, representa a San Pedro Alcántara, casi en estado de esqueleto, cadavérico, ensangrentado y oprimido por los cilicios. Las mascarillas de esas efigies dan reflejos siniestros, y sus ojos de vidrio tienen la fúnebre fijeza de los muertos o de los sonámbulos. No es raro encontrar en los templos de origen español estatuas de gran mérito entre estas coloreadas, pues aun los más afamados escultores de esa escuela, como Becerra, Cano, Montañés y otros, no desdeñaron hacerlas. El Jesús Nazareno del gran poder, obra de este último, se saca todavía en las procesiones de Semana Santa en Sevilla, vestido con una túnica de terciopelo, bordada de oro y plata.

Sobre la ancha baranda del coro marchan dos leones bárbaramente tallados, y al gran facistol central le sirven de base otros cuatro de esos animales, duros y feroces, como bestias heráldicas, que se disponen a devorar sendos cuadrúpedos. Estos leones deben mirarse como una vaga reminiscencia de los que por costumbre de la época se ven en España e Italia, desde los siglos X, XI y XII, en las bases de las columnas y de los púlpitos. Mr. Henri Belle opina que estos animales, llamados por los antiguos custodes divinorum, son una alusión al texto vicit leo de tribu Juda. A otro facistol lo sostienen delfines de enroscada cola y escamoso cuerpo. Hay un verdadero lujo de dorados, que muestran todavía, en algunas partes, bajo el tosco blanquimiento moderno, las largas tirantes y el enmaderado de la techumbre. Y por todas partes desbordan las creaciones fantásticas, las paradojas, las aves, las frutas y las flores, y esa abundancia de formas, propia de los fines de la Edad Media y de los principios del Renacimiento, épocas históricas, cuyos resultados, en la parte artística, llegaron para nosotros como simple reflejo de la Europa.

Los grandes cuadros del convento que representaban El Triunfo de la Iglesia por el misterio de la Concepción, El Doctor Subtil guiando una escuadra de doctores y disparando saetas contra el dragón, y escenas de la vida de San Francisco, obras del pincel de los Figueroas y del religioso autor de las obras de talla, desaparecieron salvajemente en 1862; pero todavía posee este templo antiguas y hermosas pinturas, desde las vírgenes bizantinas que destacan su sombría silueta sobre fondo de oro, hasta las producciones de los dos Figueroas y de otros artistas nacionales, y hasta los hermosos lienzos en que nuestro inmortal Vásquez estampó su correcto dibujo y su magnífico claroscuro. En la capilla de la Concepción hay una imagen de las que vendieron los ingleses en el tiempo del cisma de Enrique VIII e Isabel; y en el coro se conserva un curioso cuadro del árbol genealógico de la Virgen María, obra antigua, cuya pesada composición tiene puntos de semejanza, en la intención, con el retablo de una de las capillas de la Catedral de Burgos, en que está figurado el árbol genealógico de Jesucristo.

La iglesia de San Francisco es la de aspecto más jeroglífico, si así puede decirse, de cuantas tiene Bogotá; es la que mejor conserva el sentimiento místico, sacerdotal, emblemático y misterioso de la Religión en aquellas épocas. La hemos visitado detenidamente; hemos pasado largos ratos recorriendo sus naves silenciosas; y cuando al entrar la noche hemos oído el órgano que acompaña quejumbroso al monótono canto de los religiosos, y hemos visto quebrarse sobre el oro del altar la luz enrojecida del sol poniente que dejan entrar los tragaluces, su recinto nos ha producido el efecto de uno de esos fabulosos antros, hechos de oro, habitados por genios y quimeras, sumidos en los senos de la tierra, alumbrados por reflejos de misteriosas luces, brillantes y oscuros a la vez y poblados por sombras que vagan sin ruido en procesiones indefinibles.

Fray Gregorio Guiral, el artista que ornamentó el templo de San Francisco, hasta el presente desconocido, solamente ha sido mencionado por Ocáriz (pág. 261, lib. cit.), quien trae la siguiente noticia:

Fray Gregorio Guiral, Provincial de San Francisco en el Nuevo Reino de Granada, crióse en la ciudad de Santafé, hijo legítimo de Pedro Guiral de Berrío, Contador de Cuentas, y de doña Marta de Miranda, que se han nombrado; fue de gran gobierno, y adornó la iglesia de su convento de esta ciudad de cartelas doradas, con pinturas a trechos, y la capilla mayor de tabernáculo con tableros de medio relieve, y el claustro en sus cruceros con lienzos grandes de ventajosa pintura( 24 ).

La afición a esos grandes retablos, que se levantan hasta las bóvedas más elevadas de las iglesias, ornamentados con profusión de pinturas y de estatuas, produce efecto pintoresco en los interiores sombríos de los templos de esa época, levantados en España y en sus colonias.

Señalaremos entre las buenas pinturas que adornan la iglesia de San Francisco, la visión seráfica del fundador de la Orden, de escuela española; la Virgen de las Mercedes, pintada por Baltasar de Figueroa en 1662, y la impresión de las llagas de San Francisco, de escuela italiana. De Vásquez se conservan en este templo cinco lienzos: el juicio final, la Trinidad, la muerte de San José, su llegada al Cielo y una Concepción.

Para terminar el estudio de esta iglesia debemos recordar una anécdota: un lego, Sacristán de la Orden, tuvo a su cargo la cuenta de materiales y la vigilancia de los obreros; un amigo suyo le dedicó unos versos escritos en tela de seda, y lo festejó la noche que se terminó el templo, con música y cohetes, sin mencionar para nada al ingeniero Esquiaqui. El conocido poeta satírico, don Francisco Javier Caro, tomó el pelo al cerquillo del lego, con la siguiente décima, que se hizo muy popular:

Unos versos han salido
Publicando un parabién,
Dado a.... fray.... ¿qué sé yo quién?
Por un templo concluido.
Después de haberlos leído,
Escritos en tafetán,
Y patatín patatán....
Dijo un andaluz: ¡Carrizo!
¡No elogian al que lo fizo
Y elogian al Sacristán!...

El convento, que también se reedificó en gran parte, tenía tres patios claustrados: el principal, contiguo a la iglesia, que después de la extinción de las comunidades religiosas ha sido local de la Gobernación de Cundinamarca y Palacio de Justicia; el segundo, que se llamaba la enfermería, tenía frente sobre la calle 15, de la cual estaba separado por un muro de tierra, y el tercero, el más grande de los tres, era el Colegio de San Buenaventura, cortaba la calle que hoy es carrera 8a., y se extendía hasta la angosta vía que, habiendo quedado fuera de la nomenclatura actual, se llama carrera de Sucre. Por el Norte se unía el convento con la iglesia de La Tercera por un arco, que dio nombre a una cuadra de la calle 16.

La sacristía es hermosa: recibe luz de un jardín interior por tres ventanas: tiene altares de medio relieve, y sobre la puerta que la comunica con la iglesia existe el sótano, donde se guardan los restos de monjes distinguidos, entre ellos el cráneo del Virrey Solís.

Las campanas que a la iglesia de San Francisco regaló este gentil Virrey se colocaron en la nueva torre, y desde entonces suenan de noche y de día, con temible frecuencia.

El año de 1866 ocupó la silla de los Presidentes de Cundinamarca el General Daniel Aldana, quien viéndose interrumpido a cada instante en su despacho por el ruido inarmónico de los repiques, hizo llamar al Prior de los franciscanos para exponerle su justa querella. Oyó el fraile tranquilamente, con las manos entre las anchas mangas del hábito, el reclamo del Presidente, y cuando éste hubo terminado, le contestó con la mayor naturalidad: «Mi General, como este edificio no se hizo para Gobernación....»

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( 21 ) IGNACIO GUTIÉRREZ VERGARA., Oda al chocolate.( regresar a 21 )

( 22 ) J. MANCINI, lib. cit., 82. L. ZERDA, Discurso de entrada en la Academia Colombiana. J. M. VERGARA Y VERGARA, lib. cit., cap. XI. J. GUTIÉRREZ PONCE, Las Crónicas de mi Hogar, cap. XXVII.( regresar a 22 )

( 23 ) Fray Gregorio Guiral no era lego, puesto que según Flórez de Ocáriz, pág. 164 de las Genealogías, fue Custodio de su Orden dos veces, la última de 1648 en adelante. Ocáriz anota en la misma pág., vol.X, que el año de 1623 desempeñó el mismo cargo fray Pedro Simón, año en el cual principió a escribir sus Noticias Historiales, según el historiador JOAQUIN ACOSTA. (Compendio Histórico, cit., 380).( regresar a 23 )

( 24 ) Creemos que este pintor y distinguido escultor fue bogotano, fundados en noticia que trae el citado Ocáriz (pág. 325, lib. cit.), donde menciona los hermanos del artista, y entre ellos a María y Andrea, monja de la Concepción en Bogotá; a fray Juan Guiral, Provincial del convento de San Agustín; al doctor Gonzalo Guiral, Deán de la Catedral de Popayán, natural de Bogotá, quien fabricó y adornó con pinturas y sillería la capilla de San Pedro de la antigua Catedral, y al artista fray Gregorio. En la página 322 refiere el citado autor que don Pedro Guiral de Berrío, padre de los nombrados, llegó a Santafé en 1605, a fundar el Tribunal de Cuentas, que estuvo a su cargo hasta 1624, año en que murió. Fray Gregorio floreció, pues, en la primera mitad del siglo XVII, y con satisfacción mencionamos el nombre de aquel ilustre contemporáneo de Vásquez, probablemente nacido en Santafé.( regresar a 24 )

 
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