CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Otra figura distinguida, que se dibuja con tintas no bien determinadas en estos primeros movimientos de la revolución, es la de Pedro Fermín de Vargas, compañero y amigo de Nariño, autor de varios trabajos de geografía y de un escrito que intituló Derechos del hombre y del ciudadano, Con varías máximas republicanas y un discurso preliminar dirigido a los americanos, que logró publicar en 1797,en Madrid. Otros trabajos de Vargas se llamaron: Pensamientos políticos sobre la agricultura, comercio y minas y Discurso sobre el río de la Magdalena, que «reúnen las cualidades de estar escritos con gusto, con sencillez y con filosofía»( 17 ).

El Gobierno remitió a la Corte (julio de 1798) algunos papeles de Vargas, con la advertencia de que son muchas las pruebas e indicios que allí se ven de sublevación, máximas de libertad, escritos venenosos, actos repetidos de inobediencia, formación de constituciones republicanas, juntas sigilosas levantamientos efectivos, abandono de la religión propuestas, planes, expediciones y conciertos con los extranjeros desde el año de 1781( 18 ). Vargas, aunque se sabía que estaba en las Antillas, pudo escapar de la piadosa justicia del Rey.

Y ella no alcanzó tampoco al distinguido Regidor don José Caicedo y Flórez, a pesar de haber sido uno de los primeros denunciados.

De todo lo expuesto sobre los primeros revolucionarios, se deduce claramente que la insurrección de los Comuneros en 1781, primer movimiento contra el Gobierno colonial, en que se opuso la fuerza a la fuerza, tomaba carácter de verdadera revolución con los patriotas encausados en 1794, que buscaban el reconocimiento de su dignidad y su derecho de hombres. El alzamiento de los Comuneros terminó, como que fue obra de la fuerza; la idea revolucionaría de 1794, como todos los grandes ideales de restauración, tuvo lento y trabajoso desarrollo a través de presidios y destierros, y vino a florecer gloriosamente el 20 de julio de 1810, con la fundación de la República.

Ezpeleta, temiendo que la difusión en el Reino de la temida traducción indujese a los colonos a tratar de alcanzar mayores derechos políticos, pidió a los frailes capuchinos que hiciesen misiones en el país, para predicar en ellas la fidelidad al Soberano y para recoger, como el mejor fruto del trabajo, el mayor número de ejemplares de los Derechos del Hombre...

El primer día de 1795 el muy ilustre Ayuntamiento eligió Alcaldes a don Miguel Galindo y a don Miguel Rivas.

De acuerdo con la costumbre establecida en las colonias españolas, desde los tiempos de la Conquista, los Alcaldes se llamaban Ordinarios, de primero y segundo voto, y tenían las funciones propias hoy de los Inspectores y Jueces Municipales( 19 ).

En Aranjuez, el 14 de junio de 1795, se expidió Real Cédula sobre erección del Consulado de Cartagena de Indias, que se firmó así:

YO EL REY—DIEGO DE GADORQUI

Recordamos este suceso, porque Carlos IV, teniendo en cuenta el aumento y extensión que había tomado el comercio de América, por las libertades concedidas por Carlos III, desde 1778 -de que ya hablamos,- quiso extender a Cartagena o mejor, al nuevo Reino, las ventajas de que ya gozaban Méjico y Lima.

Estos Consulados de comercio tenían la categoría de Tribunales de mercaderes. Eran elegidos cada año por los comerciantes del lugar, y sus empleados se llamaban Prior y Cónsules.

El Consulado de Cartagena ejerció importante influencia sobre el comercio del interior del Virreinato. Antes existía en la misma ciudad una sucursal del Consulado de Cádiz, con muy restringidas atribuciones. La Real Cédula de 14 de junio de 1795 puede considerarse pues como una merced del Monarca para con el comercio del Nuevo Reino( 20 ).

Vimos ya en la página 366 del primer volumen, que Mutis inauguró en el Colegio del Rosario, en marzo de 1762, cátedras de Matemáticas y Astronomía. Corridos treinta y cuatro años, cuando la ciencia astronómica había adquirido grandísimo incremento, cuando el sistema de Copérnico era aceptado sin objeción en todos los países civilizados, cuando en Santafé había hombres de ideas tan avanzadas como los revolucionarios de 1794, todavía, al pretender un catedrático injustamente desconocido, el doctor Juan Francisco Vásquez, enseñar en las aulas de Cristóbal de Torres que la tierra gira al rededor del sol, un Rector de antaño, que firmaba con el largo nombre de Santiago Gregorio de Burgos, y que había nacido de matrimonio legítimo en Pamplona de Colombia( 21 ), en las montañas que hoy llevan el ilustre nombre de Santander, obligó al Catedrático Vásquez a que se ciñera estrictamente al atrasado texto del Padre Gaudin, apoyado por el Virrey Ezpeleta y por el oscurantista Fiscal Manuel Mariano de Blaya.

El Rector Burgos escribía en las postrimerías del siglo XVIII lo siguiente, hablando del sistema de Copérnico:

Aquel sistema es contrario abiertamente a varios expresísimos textos de la Sagrada Escritura. Y fue condenado por la Sagrada Congregación, ante Pablo V y Urbano VIII, contra Galileo, que lo enseñaba( 22 ).

El honorable Rector Burgos creía que a Pamplona y a Santafé las cubría el revés del pavimento de la corte celestial, y no quería que sus discípulos pudieran decir con el clásico poeta, citado a propósito por Vergara y Vergara:

.... este cielo azul que todos vemos,
ni es cielo, ni es azul. Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!

Veamos ahora algunas mejoras materiales debidas a Ezpeleta. A él y al ingeniero Esquiaqui se deben, en efecto a más de la casa de la Aduana o de Correos -de que ya hablamos— el puente sobre el río Serrezuela, inmediato al actual Municipio de Madrid, en el viejo camino de Occidente, y el puente llamado del Común.

Ya vimos en el primer volumen lo que era la senda que llamaban camino de Honda. El Virrey Caballero, hablando de él, dice a su sucesor:

De Honda a Santafé hay un camino que su misma vista horrorizará a Vuestra Excelencia, especialmente si lo ha de pasar en tiempo de aguas, a pesar de ser el único por donde transitan todos los empleados y señores Virreyes que van para el Reino.

A la entrada de Santafé hallará Vuestra Excelencia una calzada o camellón, hecho a esfuerzos del señor Pizarro y su sucesor, en que antiguamente se enterraban las mulas de carga, por formarse allí con tierra gredosa un inmenso barrial que interrumpía muchos meses del año la comunicación de la capital con los pueblos de aquella parte( 23 ).

El puente de Serrezuela borró un gran obstáculo en la calzada de Occidente, vía ésta de inmensa importancia, pues comunicaba a: Santafé no sólo con los pueblos de esa parte —como dice el señor Caballero,— sino con todo el mundo civilizado.

La vía del Norte, que no servía para ruedas, arrancaba de la calle larga de Las Nieves, era única, y cruzaba con ondulaciones las pintorescas campiñas que demoran al pie de las serranías orientales de la Sabana, desde Bogotá hasta el sitio en que se construyó, en 1796, el Puente del Común. La carretera en línea recta, por donde van hoy los rieles del ferrocarril del Norte, se construyó —como veremos— en época posterior.

Con el producto de un impuesto que duró muchos años,y que era cuantioso en tiempo de Ezpeleta, pagado por las   recuas que venían con géneros y frutos de los pueblos del Norte, y las que para allá salían de la capital, se construyó el magnífico puente que se llamó del Común, sobre el río Funza, entre los pueblos inmediatos de Chía y Cajicá, y cuyo costo alcanzó a $ 100,000.

No se ha exagerado en llamarlo magnífico: su solidez es tan grande, que al presente se encuentra la obra tan perfecta como en la época de la construcción. Dista de la capital tres miriámetros cabales; su longitud es de 31 metros 86 centímetros; la anchura de la fábrica es de 5 metros 71 centímetros; su altura sobre el río es mayor de 7 metros; tiene cinco arcos, formados de media elipse, cortada por su eje mayor, que son los llamados de carpanel.

En todos los estribos, o sea entre arco y arco, está la fábrica, provista de tajamares que contribuyen no sólo a darle la debida solidez, sino a hacerla vistosa.

A cada uno de los extremos del puente se halla una plazuela en forma de herradura, cuyo diámetro medio es de 18   metros 15 centímetros, poco más o menos.

Adornan el puente doce pilastras terminadas en pirámides cuadriláteras coronadas por globos. Estas pilastras se hallan incrustadas en los pretiles o antepechos.

Los pretiles de las plazuelas, que van en disminución desde el punto más inmediato al puente, están adornados igualmente con pilastras.

En cada uno de los cuatro puntos en que terminan los pretiles de las plazuelas hay un segmento de columna cilíndrica con elegantes molduras, que mide 1 metro 90 centímetros de altura, y que está coronada por un cono curvilíneo sobre el que se halla un hermoso jarrón. La altura total de cada una de estas piezas es de 3 metros 65 centímetros.

Como complemento de la obra se construyeron (y se conservan) dos anchos camellones y calzadas. Uno antes del extremo oriental del puente, y otro después del extremo occidental. Ambos tienen pretiles y están enlosados, aunque con lajas toscas. Mide el primero 123 metros 70 centímetros, y el segundo 109 metros 70 centímetros, contando sólo la parte recta, pues está prolongado, pero formando curva.

La altura de los camellones varía mucho, por ser desigual el terreno sobre que están levantados.

Puntos hay en que, según calculamos, se elevarán hasta 4 metros.

En su extensión están comprendidos dos puentes de desagüe en la parte occidental y uno en la otra. El mayor de aquellos, adornado con pretiles y pilastras, fue construido sobre el cauce artificial por donde se hizo correr el río mientras se estaba construyendo el puente.

Los materiales de que este fue labrado son ladrillo, empleado sólo en los arcos, y piedra, que es de lo que está hecho todo lo demás.

En los segmentos de columna que decoran la fábrica se hallan las siguientes inscripciones, cada una de las cuales está en dos de dichas piezas de ornato. Copiamos las inscripciones con la posible fidelidad.

En las columnas del Nordeste y del Sudeste:

REYNANDO LA MAGESTAD DE EL SEÑOR D. CARLOS IV, Y SIENDO VIRREY DE ESTE NUEVO REYNO DE GRANADA EL EXMO. S. D. JOSEF EZPELETA Y GALDEANO SE CONSTRUYO ESTA OBRA DE EL PUENTE, Y SUS CAMELLONES EN 31 DE DICIEMBRE DE 1792.

En las columnas del Sudeste y del Noroeste:

HA DIRIGIDO ESTA OBRA EL SEÑOR D. DOMINGO ESQUIAQUI THN.TE COR.L DE EL R.L CUERPO DE ARTILL.A Y COMAN.TE EN LA PLAZA Y PROV.A DE CARTAG.A DE YNDIAS SIENDO DIPUTADO POR ESTE ILUSTRE CABILDO EL REGIDOR D. D. JOSEF CAYZEDO.

Suministramos estas inscripciones importantes datos para la historia del puente; pero hacen echar de menos algunas mas satisfactorias sobre las circunstancias del eminente arquitecto que dirigió su construcción. Sólo nos consta acerca de él que era hermano del benemérito institutor y músico don Mateo Esquiaqui, y del compositor don José Antonio, algunas de cuyas composiciones se oyen todavía, aunque raras veces, en nuestras iglesias.

Sabemos también que fue sobrestante de la obra Marcos Antón, de quien se conserva descendencia en el Distrito de Cajicá; y que el señor don Justo Castro, como Alguacil Mayor de Santafé, intervino en la fabricación del puente( 24 ).

Después de ciento veinte años de servicio se conserva la obra del puente, como hemos dicho, en completa integridad. A la anterior descripción tenemos que agregar el recuerdo patriótico que los vecinos del pueblo de Chía consagraron en dos losas que se hallan en los antepechos, con estas inscripciones:

GLORIA A LOS FUNDADORES DE LA REPUBLICA  CHÍA EN EL 1er  CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA  20 DE JULIO DE 1910
AL PADRE LAS CASAS PROTECTOR DE LOS INDIOS CHÍA EN EL 1er CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA 20 DE JULIO DE 1910

Con fecha 7 de octubre de 1796 Carlos IV dictó un real Decreto, por medio del cual declaraba la guerra a la poderosa Inglaterra., «para sostener el decoro de su Corona y dar protección —dice en él— a sus reinos y súbditos.»

El cronista Caballero registra la real disposición en una línea de su Diario: 1796. A 20 de septiembre se publicó la guerra con el inglés.

La siguiente curiosa crónica de aquellos tiempos, que debimos a la pluma del distinguido literato bogotano, doctor Próspero Pereira Gamba, para la primera edición de este libro, la creemos digna de conservarse, aunque no tiene apoyo histórico, como lo veremos, terminada su lectura:

Con el Virrey Ezpeleta vino de España el Capitán don Angel Ley y Marqueti, joven de gallarda estatura, rubio, ojos azules, esmerado porte marcial, galante y enamorado en demasía. Ya en Zaragoza, por amorosos celos y cuestiones de puntillo militar, había tenido un encuentro con varios de sus camaradas, a quienes venció con la ayuda de su amigo y subordinado don Diego Alfonso de Guzmán. Por esta causa, y quizá por otras, su familia obtuvo del Rey Carlos IV que lo destinase de Capitán de dragones al Nuevo Reino de Granada, adonde se trasladó con Ezpeleta. Poco después vino de Cádiz un hermano menor de don Angel, que fue fraile de Santo Domingo y Rector de la Universidad de Santo Tomás de Aquino, con buena fama. Don Angel, poco tiempo después de residir en Santafé, se prendó de doña Luisa Sandoval, cuya familia la tenía destinada para esposa de don Pablo Aramburo y Zea. Ella, sin embargo, correspondió al amor de aquel mancebo, a pesar de mil obstáculos, y lo esperaba al pie de su reja en altas horas de la noche, hasta que los sorprendió don Fernando Sandoval, hermano de Luisa, quien trabó riña con don Angel, en la que fue vencido y humillado don Fernando.

En adelante la separación de los amantes fue más completa, pues la doncella quedó reclusa en su casa y muy vigilada hasta el día señalado para su próximo forzado matrimonio. Entonces Ley se propuso hacerla suya por medio de un rapto que combinó con Guzmán, y, reunidos en un salón bajo del palacio del Virrey, después de cenar y beber sin medida, forzaron la guardia, hiriendo a un centinela. Al salir a la inmediata Plaza Mayor se descargó lluvia torrencial y tempestad formidable, de modo que a poco andar hacia la Calle Real, don Angel tomó por un lado y Guzmán por otro, por la confusión que les habían causado la bebida y la tormenta. Ley, ofuscado, atónito y confundido, marchaba a la ventura cuando, a la luz de un relámpago, vio una joven lindísima que le suplicó que la acompañara a su casa, situada en la calle del Panteón de Las Nieves. Siguieron juntos y entraron a un lujoso salón, en el fondo del cual había un lecho magnífico. En la cabecera de éste colgó el Capitán su espada mientras galanteaba ardorosamente a la desconocida beldad. Allí pernoctó, y al día siguiente, que era de revista, no pudo presentarse por haber olvidado su espada, quizá voluntariamente, en la calle del Panteón. Llegada la tarde se encamino a la casa misteriosa de la víspera, y oyó con sorpresa la noticia que le daban los vecinos de que dicha casa estaba desocupada hacía tiempo. Ya de noche, cumpliendo recomendación de su amiga de la víspera, abrió, pues ésta le había dado llave, y vio el salón convertido en cementerio, los muebles en fragmentos de cajas mortuorias y de piedras tumulares, y la cama en ataúd, y cerca del féretro su espada, atada con un cordón o cinto de hábito de fraile franciscano, usados entonces para amortajar los cadáveres. Angel salió aterrado de la casa, y al llegar a la antigua plaza de San Francisco, topó con una procesión fúnebre que iba a depositar el cadáver de doña Luisa en el inmediato templo. Allí cayó desmayado, y al otro día, 23 de octubre de 1796, devolvió al Virrey su despacho de Capitán, arregló sus intereses y entró de religioso en la recoleta de San Diego.

Don Angel Ley había nacido en 1773, entró de religioso a los veinticinco años, sirvió en el claustro cuarenta y dos y murió, con fama de santidad, el 27 de mayo de 1838, después de haber sido catedrático de Filosofía y Teología en el Colegio de San Buenaventura y Guardián del convento de San Diego. Yo estuve en el entierro, y vi que muchas personas piadosas cortaron pedazos de hábito, de cordón y aun de cabello para reliquias.

En 1846 escribió el doctor Pereira Gamba la leyenda que intituló Don Angel Ley, tan popular en aquel tiempo, que se agotaron dos ediciones. Mister Allan Burton la tradujo al inglés y la hizo conocer en los Estados Unidos de América, donde mereció encomios. También la consignó M. Eduardo André, viajero francés, en su libro Viaje a la América equinoccial, desfigurándola.

En el mismo año de 1846 apareció en El Día, periódico muy leído en Bogotá, la misma leyenda, con las iniciales J.
M. T. En su forma literaria es inferior a la de la hábil pluma de Pereira Gamba; Varía algunos episodios, y da como fecha de lo acontecido el año de 1795.

Don Eduardo Posada juzga con acierto que en las tradiciones hay siempre algún fondo de verdad, desfigurado por la imaginación popular; y cree que, despojada de los caracteres fantásticos, la crónica de don Angel Ley es bastante verosímil( 25 ).

Agregamos a las anteriores noticias los siguientes datos de exactitud histórica, que no disminuyen los encantos de la leyenda.

Existen en el archivo anexo a la Biblioteca Nacional tres reales órdenes que dan luz sobre la familia Ley, que moraba en Santafé. La primera tiene fecha 25 de febrero de 1792, y en ella se dispone que a los hijos de don José Diego Ley se les dé pensión de $ 400 anuales, del ramo de vacantes, en atención a los servicios de su padre. La segunda, de 15 de enero de 1793, ordena que los $ 400 anuales con que se pensionó a los cuatro hijos de don José Diego Ley, se dividan por mitad entre los tres varones y la única hija del agraciado servidor del Rey. La tercera, de octubre de 1796, dispone que al profesar don Angel Ley en San Diego, se distribuya entre sus dos hermanos la merced de que disfrutaban los tres.

En la Crónica de la Provincia franciscana se encuentra una diligencia sobre el mérito del Padre Ignacio Botero, ya fallecido, suscrita en Guaduas en 1820, entre otros, por «fray Angel Ley, Definidor y Secretario del venerable Definitorio.»

En 1824, fray Angel Ley, franciscano del convento Máximo de Santafé, fue el confesor escogido por el desventurado Infante, y escribió la Capilla y suplicio del Coronel de la República de Colombia, Leonardo Infante, que se cita con elogio( 26 ).

Uno de los pensionados por el Monarca español, don Lorenzo Ley, sirvió como militar de la República desde 1810; hizo la campaña de Venezuela con Bolívar, en 1814, y terminada la revolución, con el despacho de Teniente Coronel, ocupó honrosos puestos en el Ejército( 27 ).

El día 2 de enero de 1797 dejó el Gobierno del Nuevo Reino de Granada el Conde de Ezpeleta, después de haber administrado sus destinos durante siete años, en lo general con encomiable acierto. Pasó a España, donde se le dio el alto cargo de Virrey de Cataluña. Su nombre quedó unido en la capital del Virreinato a importantes mejoras materiales. El y su gentil compañera vivieron largos años en la memoria de la sociedad santafereña.

Ezpeleta fue prisionero de los franceses en 1809, y no se le permitió volver a España hasta 1815. Fernando VII lo nombró Capitán General de Navarra. Falleció el año de 1826( 28 ).

En la galería de mandatarios durante la Colonia, que se conserva en el Museo Nacional, existe un retrato de Ezpeleta, pintado al óleo, con retoques de burdisimo pincel, que borraron el mérito artístico del lienzo original. Es de medio cuerpo; está sentado y apoya el brazo izquierdo en una mesa. El vestido está adornado con sencillos bordados de hilo de oro; no tiene sombrero ni empuña bastón; en un ángulo del cuadro se ve un escudo heráldico. No tiene leyenda( 29 ).

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( 17 ) Aviso al público, número 13 (1810), pág. 116. Allí se avisa que don José Acebedo estaba encargado por el Gobierno para darles publicidad.( regresar a 17 )

( 18 ) El Precursor, 646. L. ORJUELA, Tributos de Zipaquirá, 217.( regresar a 18 )

( 19 ) J. SOLÓRZANO Y PEREIRA, Política indiana, II, 252.( regresar a 19 )

( 20 ) Folleto impreso en Madrid en 1795 en la Oficina de Benito Cano. J SOLÓRZANO Y PEREIRA, lib. cit., II, 499. J. P. URUETA y E. G. DE PIÑERES, Cartagena y sus cercanías, 306.( regresar a 20 )

( 21 ) R. M. CARRASQUILLA, Constituciones del Colegio del Rosario (1893), 73.( regresar a 21 )

( 22 ) Boletín de Historia, I, 304. Los documentos originales reposan en el archivo del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. ( regresar a 22 )

( 23 ) Relaciones de Mando, 744.( regresar a 23 )

( 24 ) JOSÉ MANUEL MARROQUÍN, El Puente del Común y sus inmediaciones.( regresar a 24 )

( 25 ) Boletín de Historia, VI, 753. El Día, 1846, página 103.( regresar a 25 )

( 26 ) J. M. GROOT, lib. cit., XX, 16. Boletín de Historia, III, 593.( regresar a 26 )

( 27 ) R. M. CARRASQUILLA, Apuntes biográficos del General José María Ortega y Nariño.( regresar a 27 )

( 28 ) J. MANCINI, lib. cit., 79.( regresar a 28 )

( 29 ) E. RESTREPO TIRADO, Catálogo General del Museo de Bogotá, 239.( regresar a 29 )

 
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