CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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CAPÍTULO XXXII

Gobierno de Mendinueta—Un célebre Mayorazgo—La toma de San Patricio. Un casamiento pasado por agua—El prófugo Nariño—Espías de una dama. El Arzobispo en danza—Santafé sobre un volcán—Nariño en Bogotá. Proyectos revolucionarios-Nariño y los Comuneros—Nariño, el Arzobispo y el Virrey—Larga misión—Libertad—Costas—Muerte del Superintendente de la Moneda—Su testamento—Muerte del Arzobispo Compañón. Noticias sobre su Gobierno—Sus retratos—Ultimo proyecto de fortificación—El favorito Godoy—La mendicidad en Santafé—Policía deficiente. Ausencia de higiene—Las tiendas de Santafé—Cumpleaños de una Virreina—El Arzobispo Portillo—Su corto Gobierno—Su muerte—El acueducto de San Victorino-El antiguo pilón—El Buey Andrade—El Rey contra los Canónigos—El Correo Curioso—Censo de 1798, 1803—Nomenclatura sui generis—Curiosos detalles- La Sociedad Patriótica de Santafé-Primera Cátedra de Química y Mineralogía-El químico Cabal-Organización de la Medicina en España-En Santafé—Todavía los charlatanes—Consulta de frailes  

Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas—Don Juan María Romero en Bogotá—La antigua vía de Oriente—Curiosos recuerdos de viaje—El Padre Quesada sin hábitos—Viaje de Humboldt y Bonpland. Casa histórica-Excursiones científicas—La sociedad santafereña—Trabajos y partida de los viajeros—Humboldt en Ibagué—Cartografía—Un espía. Acertada apreciación filosófica.

EL 5 de enero de 1797 llegó a Cartagena el nuevo Representante de Su Majestad, don Pedro Mendinueta y Muzquiz, Teniente General de los Reales Ejércitos, Caballero de la Orden de Santiago y Gran Cruz de Carlos III. El 18 de marzo ocupó la Silla de los Virreyes en Santafé( 1 ).

Este militar valiente tenía prendas de hombre de Estado y además era cortesano hábil. Su Gobierno fue algo liberal, como el de su antecesor. Lo preocuparon la educación de la juventud y el progreso de las ciencias. Prestó preferente atención a fomentar la buena marcha de los hospitales de caridad y militar; dictó importantes medidas para evitar el charlatanismo médico, y tomó grande empeño para poner en planta sabias providencias higiénicas, con el fin de impedir la propagación de la quinta epidemia de viruela, que afligía en la capital y sus aledaños a la ya diezmada raza indígena, y logró que no enfermasen sino ochocientas catorce personas y que no muriesen sino ciento doce. El hospital de virolentos se organizó en el edificio de Las Aguas, situado en el extremo de la ciudad, hacia el Oriente, el cual se devolvió a los Padres de Santo Domingo el año de 1804.

El célebre mayorazgo de la dehesa de Bogotá —llamado vulgarmente El Novillero,— que conocemos ya, erigido en Marquesado de San Jorge, fue fundado por el General don Francisco Maldonado de Mendoza, Caballero de Calatrava y de Santiago. Años después el cuantioso mayorazgo vino a quedar en cabeza de don Jorge Miguel Lozano de Peralta, de quien ya hablamos en el primer volumen. Heredólo en seguida don José María Lozano, su hijo mayor, segundo Marqués de San Jorge. Correspondíale luego a doña María Tadea, primogénita de don José María. Con ella tenía concertado matrimonio don Jorge Tadeo Lozano, segundo hijo del primitivo Marqués, hermano, por consiguiente, de don José María y tío carnal de doña María Tadea. Para obviar los impedimentos que las leyes canónicas oponían a este enlace, don José María Lozano ocurrió al Arzobispo Compañón, en solicitud de las dispensas necesarias y ofreciendo en cambio $ 2,000 para dotes de niñas pobres del Colegio de La Enseñanza; $ 600 para ornamentos; ceder la tercera parte del derecho que tenía al agua llamada Toma de San Patricio, que comenzaba a inmediaciones de Subachoque, en el río Serrezuela, para que sirviera a perpetuidad a las necesidades del pueblo de Bogotá (hoy Funza). El Arzobispo cedió ante los halagüeños ofrecimientos de los poderosos señores Lozanos, y el anhelado matrimonio se verificó el día 2 de julio de 1799( 2 ).

El 3 de julio de 1797 don Manuel de Mendoza le participó por escrito al Oidor don Juan Hernández de Alba, cumpliendo las obligaciones de buen vasallo, que yendo para San Gil encontró en el sitio que llaman Monte del Moro, «a un hombre que venía en una bestia mular, muy pequeña, adornado de una ruana blanca, bota fuerte y sombrero blanco de primera.» Agregaba que, a pesar de llevar el viajero cubierto el rostro hasta la nariz con un pañuelo blanco, reconoció en él a don Antonio Nariño.

Era, en efecto, el ilustre proscrito bogotano, que había logrado fugarse de Cádiz, antes de entrar a los sombríos calabozos adonde se le quería sepultar de por vida. Llegó a Santafé, a una casa de la Calle Real —según decía Mendoza,— en una oscura noche.

Sin tardanza, Alba comunicó la noticia a Mendinueta, con el mayor sigilo. Y convinieron los dos gobernantes en proceder silenciosamente a practicar las diligencias necesarias para cerciorarse de la verdad del denuncio de Mendoza.

El Oidor nombró dos agentes secretos —Andrés Barros y Francisco Carrasco- para que vigilaran a la esposa de Nariño y a sus amigos, «dándoles el pase necesario, en términos que ningún Juez, ronda o patrulla les ponga embarazos, antes bien, les presten todo auxilio.»

Los espías hicieron esfuerzos inútiles hasta el 9 de julio. Al día siguiente, el Arzobispo dio importantes noticias al Gobierno. Las investigaciones continuaron, pero igualmente sin fruto, hasta el día 13.

La alarmante noticia era ya del dominio del público, quien veía en Nariño al temible revolucionario, que ahora contaba con el apoyo de Inglaterra, podía girar ampliamente sobre las cajas de Londres y venía a provocar un alzamiento mucho más pavoroso que el de los Comuneros. Como en tiempos del Regente Piñeres, el Virrey y los Oidores creían vivir sobre un volcán.

Estos ignoraban que Nariño ya había estado en Bogotá, en los primeros días del mes de abril, en casa de su esposa, según él mismo lo refirió en posteriores diligencias judiciales. Agregó que sólo trató en esa vez con su mujer, su cuñada Inés Ortega, don Ignacio Umaña y don José Caicedo.

Por esas mismas diligencias se conocen los detalles de su viaje y de su llegada. Nariño pasó de Cádiz a Madrid, después de su fuga, y temiendo se confirmase la sentencia de presidio, siguió a Francia. Allí permaneció dos meses, y se fue a Inglaterra. En Londres apareció como comerciante español. Trató con Pitt y con Lord Liverpool, Ministro de Estado, sobre una insurrección de las colonias americanas, como ya lo había hecho en París con Tallien y el Directorio, con quienes volvió a conferenciar al volver a esta última ciudad. Regresó a Burdeos. Allí se embarcó con rumbo a las Antillas. Estuvo en San Bartolomé y en San Thomas, donde tuvo noticias de Pedro Fermín de Vargas, que estaba en Jamaica. Fuese luego a Coro, Venezuela, en un barco español. Cruzó el lago de Maracaibo, y llegó a Chiriguaná. Recorrió varios pueblos del Norte: Pamplona, Socorro, Girón y otros sobre los caminos de Tunja.

Sondeó en todas partes la opinión de las gentes, y halló, según lo hace constar, descontento general y general deseo de alzarse contra el Rey, desde las personas ilustradas, hasta los humildes labradores, compañeros que habían sido de los Comuneros en 1781.

En el mismo mes de abril regresó de Bogotá a los pueblos del Norte, con el objeto de seguir preparando un levantamiento que él mismo encabezaría, contando con el abundante apoyo de naciones europeas.

Se encaminó luego otra vez a la capital, y fue en este viaje cuando tropezó con Mendoza. El mismo Nariño dice al propósito:

Llegué a esta ciudad la segunda vez el día 13 de junio, a las cinco de la mañana, y habiendo encontrado cerrada mi casa, por estar mi mujer en casa de su hermana doña Luisa, que se hallaba enferma, me fui a casa de mi hermano José, en donde permanecí aquel día.

De esta llegada no tuvieron noticia al principio sino sus parientes más íntimos y don José Caicedo, don José María Lozano y don Andrés Otero.

Al anochecer del 8 de julio reveló don José Caicedo al Arzobispo Compañón, bajo la promesa de sigilo, la llegada de Nariño; y autorizó al Prelado para dar aviso al Virrey de este grave acontecimiento, con la condición de que el escapado del presidio no sería sujeto a violencias. Convenido así, en las primeras horas de la noche del 19 de julio el Secretario del Arzobispo, don Pedro Chavarri, acompañó a Nariño hasta las puertas del Palacio virreinal, donde lo esperaba el Oidor Alba. Ya en presencia de Mendinueta, ofreció éste ayuda y protección al presidiario, sobre el compromiso de revelar Nariño todos sus planes revolucionarios y los de sus amigos, «desde que salió de Madrid hasta el día, sin faltar en nada a la verdad.» Así las cosas, Nariño fue conducido a su antigua prisión del cuartel de caballería.

En estos días de alarma y temor, el Virrey, el Regente y los Oidores celebraron varios acuerdos, y resolvieron poner en conocimiento de Carlos IV la gravedad de la situación en la Colonia. El 18 de julio anotaron la filiación de Antonio Nariño y de Pedro Fermín de Vargas.

Las señas de Nariño fueron las siguientes:

Buen cuerpo, blanco, algunas pecas en la cara, ojo cuencudo o saltado, pelo rubio claro, boca pequeña, labios gruesos y belfo, habla suave, tono bajo y algo balbuciente, de treinta y cuatro años.

El 30 de julio pasó Nariño por escrito a Mendinueta la relación convenida de sus viajes y de sus proyectos, a la cual tuvo que dar ampliación varias veces. En ese escrito no comprometió, de sus amigos y correligionarios, sino a los que no estaban al alcance de la justicia española.

Larga fue la permanencia del preso en el cuartel de caballería, pues en marzo de 1799 todavía se le tomaban declaraciones ante el Capitán de Guardia, don Hilario de Mendinueta( 3 ).

En el archivo anexo a la Biblioteca Nacional se guarda Real Cédula, de 10 de diciembre de 1803, que concede indulto a los que se hallen en prisión. ¿Sería entonces cuando se abrieron las puertas de la cárcel de Nariño?

En el mismo archivo se conserva otra Real Cédula, de 20 de marzo de 1805, en la cual se ordena al Virrey que cobre a Nariño y a José Antonio Ricaurte las costas de sus respectivos procesos, que ascienden a $ 3,368 y 4 reales de vellón.

Dos personajes que ocupaban alta posición en Santafé murieron en este año de 1797: don Juan Martín de Sarratea, Superintendente de la Casa de Moneda, y don Baltasar Jaime Martínez Compañón, Arzobispo del Nuevo Reino.

Sarratea, a quien recordarán nuestros lectores como apoderado del Virrey Solís cuando éste cambió las doradas vestiduras de Virrey por un burdo sayal de fraile, era oriundo de Navarra, había sido alto empleado de Hacienda, y testó durante su última enfermedad cuantioso caudal.

Los albaceas de esta valiosa mortuoria, cumpliendo con la voluntad de Sarratea, amortajaron su cadáver con el hábito del Seráfico Padre San Francisco, con el cual eran sepultados entonces los cuerpos de los que tenían con qué cubrir este gasto. 

El navarro había hecho pomposo regalo a la estatua de la Virgen de la Soledad, que aún se venera en una capilla de La Catedral, donde ordenó que se abriese su sepulcro; y declaró que en un cofre que estaba en su poder se hallaban rosarios de oro y botones esmaltados con esmeraldas, que pertenecían a la nombrada Virgen, y que estas ricas alhajas se entregaran como tenedora a doña Juana Josefa Torrijos. Nombró por su universal heredera a la efigie de la Virgen de la Soledad, para que «lo haya, herede y goce con la bendición de Dios y la mía.

En los inventarios se halló cantidad enorme de piezas de plata para el servicio doméstico; muchos cuadros al óleo, de asuntos religiosos; vestidos de terciopelo de distintos colores; un petit uniforme azul, con chupa de grana y botones y hebillas de plata; sombreros de tres picos; uno de copa alta y pelo blanco; espadín de plata dorada; reloj de oro, de faltriquera; una rica silla de manos; dos estantes con libros; una valiosa silla de montar, e incontables objetos más.

Los albaceas dejaron noticia, en expediente original que tenemos a la vista, de que concurrieron al as honras fúnebres de Sarratea once capellanes y dos diáconos, cada uno de los cuales ganó por su asistencia ocho reales; delegaciones de seis comunidades religiosas, que ganó cada una $25; el canto y la música costaron $6; los convites impresos, $ 8; los derechos de la bula, $ 10; el barbero que afeitó y peinó el cadáver, cobró $ 1, y finalmente, $ 1 también el sepulturero.

Dice Caballero:

En su entierro estuvo Nuestra Señora descubierta y alumbrándose con cera, como mostrando viudedad.

Ocho meses hacía que gobernaba el Virrey Mendinueta, cuando falleció el Arzobispo Martínez Compañón, a los cincuenta y nueve años de edad. El Arzobispo gozaba de cuantiosas rentas, y poco antes de morir consultó a una Junta de teólogos sobre si podría destinar parte de ellas en favor de parientes pobres que residían en
España: unánimes contestaron que sí, menos un clérigo, que dijo al Prelado:

«Consulte Usía Ilustrísima con los pobres del Arzobispado, para ver si ellos quieren socorrer a los pobres de España. »

El Arzobispo falleció el 17 de agosto de 1797:

El día 19 lo sacaron en una magnífica procesión por el contorno de la plaza, con asistencia de todas las corporaciones, Tribunales y multitud del pueblo, que iba muy triste y lloroso; lo enterraron en la iglesia Catedral con un magnífico y suntuoso aparato( 4 ).

Este Arzobispo instituyó un Seminario provisional de ordenandos; hizo cuantiosas donaciones al Colegio de La Enseñanza, y ya hemos dicho que protegió las escuelas públicas.

Dos años antes de morir, el señor Compañón había nombrado Provisor y Vicario General al Canónigo bogotano doctor Manuel Andrade.

El Cura de La Catedral, doctor Fernando Caicedo y Flórez, pronunció una elocuente oración fúnebre en la iglesia del monasterio de La Enseñanza, en honor de la memoria del difunto Arzobispo. La ceremonia tuvo lugar el 18 de noviembre. Por excitación del sabio Mutis se imprimió el discurso del señor Caicedo en un opúsculo, del cual no se conservan sino raros ejemplares.

En el Museo Nacional se guarda una sencilla cama de madera, en la cual falleció el señor Martínez Compañón, y un retrato suyo, al óleo. Otro retrato existe en la galería del templo metropolitano, con esta leyenda:

El Yllmo. S. D. Balthasar Jaime Martins. Compañon, natural de Cabredo, Diócesis de Calahorra, Colegial Mayor del S.Barth.me de Salam.ca obtuvo diversos cargos y siendo Canónigo Doct.l de Santader pasó á Chantre de Lima, donde fue primer Secret.o del Concilio prov.l celebrado el año de 1772, después promovido al Obp.do de Trujillo, y ultima.te a este Arzobispado, en cuya posesión entró el día 12 de Marzo de 1791, falleció á 17 de agosto de 97. Resplandecieron en este Prela do, entre otras virtudes, una prodigiosa literatura, un perfecto desinterés y un insigne amor de la paz.

En este mismo año de 1797 el Virrey, queriendo precaverse contra una posible insurrección semejante a la de los Comuneros de 1781, dio encargo al ingeniero Carlos Francisco Cabrer de informar sobre la manera de fortificar los caminos, especialmente los del Norte, para detener a los levantados, si el caso ocurriese. Opinó el técnico que, dada la conformación de la Cordillera Oriental de los Andes colombianos y la manera de ser de los pueblos, cuyo levantamiento se temía, las proyectadas fortificaciones eran imposibles; y aconsejó que si ocurría el que se dirigiesen revolucionarios sobre la capital, debía mandarse un destacamento con artilleros a contenerlos; y siendo improbable el buen suceso de batirlos fuera, debía esperárseles dentro del área de la población; que debía reunirse toda la fuerza en la plaza principal; destacar cincuenta hombres en cada bocacalle, con un pedrero y artilleros, para lo cual acompañó un diseño, que reproducimos. Según Cabrer, quedaban defendidas las ocho manzanas o islas que rodean la plaza y todas sus avenidas. Concluía así su informe:

El atrio de la iglesia Catedral puede barricarse, y se sacará gran ventaja de esta defensa. Las pequeñas partidas de observación, que deben adelantarse dos o tres días a cortar el camino que traiga el enemigo, Vuestra Excelencia resolverá su instrucción y modo. Y cuanto se me presenta la idea, sobre el asunto que trato, Vuestra Excelencia con sus mayores conocimientos y superior penetración ocurrirá, si llega el caso, a todos los accidentes que pueden combinarse, de tal modo que cuanto llevo expuesto es lo menos conforme y aun impracticable.

La artillería de campaña se reducía a diez y nueve cañones de varios calibres; veintiséis obuses, y media docena de pedreros de a 24; la mayor parte habían sido fundidos en la capital y carecían de cureñas( 5 ).

Por esfuerzos del Directorio, que entonces gobernaba la Francia y por habilidades del Embajador francés en Madrid, se decidió Carlos IV, en marzo de 1798, a apartar de la dirección de los negocios públicos a Godoy, Príncipe de la Paz, verdadero Rey y Señor de las Españas, en virtud del favor que le dispensaban el bueno de Carlos IV y su esposa, la frágil María Luisa de Parma. Don Francisco Saavedra vino á ser Jefe del Gabinete. Más tarde Godoy volvió a gobernar en la Península y en América( 6 ).

A la sazón el Virrey Mendinueta se quejaba de la mendicidad en Santafé y en el Reino todo. Hacía presente al Rey las pésimas condiciones higiénicas en que vivían las clases humildes. Anotaba igualmente que el número de ociosos era considerable, porque el trabajo era rudo y se pagaba mal; y que los hospicios eran insuficientes para contener el gran número de vagos.

No señalaba el Virrey como causas de la miseria el crecido número de días de fiesta y feriados, como se ha hecho posteriormente. Perdían los obreros los días de ceniza, semana santa y carnaval; el octavario de las fiestas de la Virgen de la Concepción; los cumpleaños del Rey, la Reina y los Príncipes; los días corridos desde el 24 de diciembre hasta el 7 de enero; naturalmente los domingos y muchos que se llamaban medias fiestas, en los cuales los obreros no se podían consagrar al trabajo, sino después de cumplir con deberes religiosos( 7 ).

Don Manuel del Socorro Rodríguez llamaba también la atención en su Papel Periódico sobre que la lejanía de la capital de las costas del mar impedía la prosperidad de la ciudad:

Tal es el origen de la multitud de pobres de que se compone la población de Santafé. Su total de almas asciende a 21,464, pero de este número es crecidísimo el que hay de familias pobres, con respecto al muy reducido de las acomodadas.

Entonces la Policía estaba a cargo del muy ilustre Ayuntamiento, porque el Rey no había convenido en que se formase una junta especial para este servicio( 8 ).

Los Alcaldes ordinarios tenían que dedicarse a la administración de justicia.

Mendinueta hacía notar también que, no obstante la favorable posición topográfica de Santafé y la abundancia de aguas que la regaban, veía «con admiración y fastidio lo sucio de las calles y plazas, lo incómodo de los empedrados, y embarazadas las aceras con los muebles y vasos destinados a la fábrica de chicha, con la ropa y con los desperdicios de las casas y tiendas.»

A pesar de haber llegado a las postrimerías del siglo XVIII, el progreso de Santafé era lento, en cuanto a mejoras materiales, y nulo en lo que se refiere a policía, higiene y salubridad públicas, lo cual está confirmado por las palabras de Mendinueta, que transcribimos:

No hay orden ni método en abrir las cajas de aguas y descubrir las cañerías; se hacen fosos profundos en las calles, y duran abiertos semanas enteras, no sin peligro de las gentes, como lo ha acreditado la experiencia; y sin contar con la abundancia de perros, es cosa muy común ver de noche, y aun de día, por las calles los burros que andan sueltos, buscando su alimento entre los caños, y guareciéndose de la lluvia en los zaguanes o arrimados a las paredes con incomodidad de los vecinos( 9 ).

Agrega el Virrey que en las calles crecía libremente la yerba, que no había andenes, que los viandantes de a caballo dejaban sus cabalgaduras sueltas o las ataban a puertas y ventanas, con grave perjuicio para el tránsito.

Las tiendas de Santafé, de que también se quejaba el Virrey, no eran —ni son hoy— las tiendas de que habla el Diccionario, es decir, locales en las calles de una población donde se venden diferentes mercancías y objetos: eran infectos e inadecuados cuartos de habitación, que por lo general sólo recibían luz y aire por una estrecha puerta; que carecían de servicio de agua y albañal; donde se agrupaban numerosas familias, las cuales arrojaban al caño descubierto de la calle todos los desperdicios e inmundicias del servicio doméstico, aumentados con los del perro, el gato, las gallinas y palomas, parte integrante de los desventurados moradores de aquellos antros.

El año de 1799 se inicia con una fiesta en honor de la gentil Virreina, que Caballero recuerda con las siguientes palabras:

El día 1° se dio una comedia en Fucha, en celebración del cumpleaños de la Excelentísima señora doña Manuela, mujer del señor Virrey. Toros y baile.

En la pintoresca y amplia residencia de las orillas del Fucha se pasó el día alegremente, entre banquetes y diversiones campestres, sin que faltara la legendaria corrida de toros. Llegó la noche, y —como en casa del don Antonio Moreno, de Cervantes— hubo sarao de damas, presidido por la Virreina, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta.

Para reemplazar al Arzobispo Compañón había sido designado un fraile de la Orden de Predicadores, que desempeñaba el Obispado de Santo Domingo. Llamábase don Fernando del Portillo y Torres. Llegó a la ciudad dos años después del fallecimiento de su antecesor, y tomó posesión de su alto cargo el 10 de mayo de 1800. Cuatro años duró su Gobierno. En ellos no Ocurrió nada notable en asuntos eclesiásticos. Falleció el Prelado el 24 de enero de 1804, y fue sepultado en el presbiterio de la iglesia de monjas de Santa Inés, donde yace( 10 ).

En la galería de retratos de La Catedral se guarda uno de este Arzobispo con esta leyenda: 

El Illm. S. D. Fernando Portillo y Torres del orden de S.to Domingo. Nació en ciudad Real Diocesis de Toledo, a 5 de Agosto de 1728. Fue nombrado Arzobispo de la Ysla de S.to Domingo de donde paso á este de S.ta fe en que entro, á 28 de Septiembre de 1799 murio en 20 de Enero de 1804.

Al terminar el siglo carecía de aguas el barrio de San Victorino, y aunque se había principiado un acueducto, tomando el agua del río del Arzobispo, y se habían gastado más de $ 5,000 del fondo de propios, que anticipó el Regidor don José Antonio Ugarte, comisionado para dirigir la Obra, ésta se hubiera suspendido sin la generosidad de un Canónigo bogotano.

Vivía en dicho barrio el Canónigo don Manuel de Andrade, alias El Buey, quien tenía fama de no derrochar sus dineros, que no eran escasos. Los vecinos se reunieron en repetidas juntas con el fin de recaudar las cantidades suficientes para terminar la obra del acueducto, y como último recurso se presentaron en casa de Andrade en solicitud de su cooperación monetaria, pero con poca confianza de obtener buen resultado. Preguntóles el Canónigo cuánto dinero faltaba para completar la suma presupuesta. Dijéronle que $ 7,000. Y los peticionarios quedaron verdaderamente pasmados al oír de labios del avaro Canónigo esta declaración:

—Yo doy eso y más que se necesitara, pues es necesario que se sepa que más abona un buey que diez mil golondrinas.

Con los dineros del Buey Andrade se completó el acueducto y se levantó en el centro de la plaza de San Victorino (en el mismo punto que ocupa hoy la estatua de Nariño) un pilón dórico que presentaba hasta la altura del caveto un aspecto agradable, aun cuando su coronamiento era un estéril montón de piedras, sobre el cual surgían un farol y algunos vasos de tierra cocida, motivo ornamental muy empleado en la arquitectura del siglo XVIII.

Una lápida memorativa que interrumpía las metopas y triglifos del friso, conservaba las huellas que en momentos de exaltación patriótica dejó el ardor bélico, al respetar la cifra JHS y borrar la inscripción. El basamento, que el uso de un siglo dejó destruido; la desmoronada taza y los muros agrietados y cubiertos de liquen, le daban un carácter muy pintoresco y propio como fondo de animada escena de fontaneras, con sus cántaros rojos y cañas de bambú con embudo de cuerno( 11 ) .

El agua llegó a esta fuente el 22 de agosto de 1803, y desde ese día se vieron aguadoras que rodeaban el monumento empuñando cañas y llevando bajo el torneado brazo el cántaro o múcura indígena.

La pila tenía como principal ornamentación un escudo de España, que fue destruido a cincel en 1813.

Desde entonces fue popular la frase atribuida años después por Bernardo Torrente a un viajero inglés, que admirado de la munificencia del Canónigo Andrade, exclamó:«Oh! seguramente fue para hacer ver que los Canónigos pueden ser útiles..., cuando se proponen serlo!»

Don Manuel de Andrade había nacido en Santafé en 1743. Su aspecto físico inspiraba simpatía: era de elevada estatura; tenía la cabeza cubierta de canas, y sus ojos penetrantes estaban sombreados por abundantes cejas. Ocupó altos puestos en la carrera eclesiástica. Hizo venir desde Sevilla un órgano excelente, que cedió a la Capilla del Sagrario, iglesia donde fue sepultado el virtuoso Canónigo en 1817( 12 ).

Fue Andrade un benemérito patriota. Anotaremos luego sus servicios a la República. En 22 de diciembre de 1800 se envió Real Cédula a la Audiencia de Santafé con el objeto de que informara reservadamente sobre la ilegitimidad, mala conducta y poca literatura de algunos prebendados, señaladamente el Tesorero don Manuel Andrade, el Magistral don Andrés Rosillo, el Canónigo de gracia don Juan Ignacio Gutiérrez y el Racionero don Manuel Gil Garcés. Como el de Andrade, los nombres de sus compañeros lo encontraremos adelante, en los anales de la revolución.

La aparición de un nuevo periódico no es suceso digno de citarse, si ocurre en los grandes centros de población, de industria y de riqueza, donde hay bastantes lectores que lo sostienen; pero si tiene lugar en ciudades atrasadas, como era entonces Santafé, el suceso reviste caracteres de verdadera importancia. El martes 17 de febrero de 1801 salió de las prensas de la Imprenta Patriótica, situada en el número 5 de la Calle de los Carneros (hoy calle 15), el primer número del semanario que llamaron sus Redactores —el naturalista Jorge Tadeo Lozano y el presbítero José Luis Azuola y Lozano— Gorreo Curioso, erudito, económico y mercantil de la ciudad de Santafé de Bogotá. Duró hasta el número 46, que apareció el 29 de diciembre del mismo año. Fue la tercera publicación periódica que se hizo en esta ciudad; y por la limpieza de su impresión y por la importancia de su material, fue, desde su aparición, mucho más apreciable que el de don Manuel del Socorro Rodríguez.

El Correo Curioso se ocupó en asuntos de interés público, que ejercieron positiva influencia sobre los destinos de la Colonia. Entre los jugosos trabajos que en él se insertaron merecen especial mención uno sobre lo útil que sería en este Reino el establecimiento de una Sociedad económica de amigos del país; uno sobre el medio más asequible para fomentar el comercio activo de este Reino sin perjudicar el de España; uno sobre topografía del cerro de Guadalupe; uno sobre curación de las viruelas; uno sobre loterías municipales; varios muy importantes sobre agricultura, y otros de igual interés. Tuvo desde el número segundo una sección de avisos, en la cual se hallan noticias curiosas sobre costumbres, venta de casas, libros, obras de arte y personas. Hé aquí uno:

En la real casa de hospicios se halla un esclavo mozo, de buen servicio, aparente para trabajo recto; es casado con una india, también moza. Quienquiera comprarlo hable con don Antonio Cajigas, Administrador de dicha real casa. Se vende a beneficio de los pobres.

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( 1 ) Estas fechas son tomadas del Catálogo del Archivo de Judías, de Sevilla, por el distinguido investigador don Tulio Samper y Grau. En las relaciones históricas y cronologías nacionales, o no se fijan estas fechas o están sus autores en desacuerdo, hasta de meses.( regresar a 1 )

( 2 ) Toma de San Patricio, colección de documentos, Bogotá, 1890. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía de don Jorge Tadeo Lozano.( regresar a 2 )

( 3 ) Las demás noticias sobre los viajes, los proyectos y el proceso de Nariño, quizá exóticas en este libro, se encuentran en el capítulo Vuelta a la Patria, del libro El Precursor, 29 vol, de la Biblioteca de Historia Nacional.( regresar a 3 )

( 4 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 96.( regresar a 4 )

( 5 ) J. A. PLAZA, lib. cit., 402.( regresar a 5 )

( 6 ) M. LAFUENTE, lib. cit., XXII, 107. MANUEL GODOY, Memorias del Príncipe de la Paz) Madrid, 1836), II, 149.( regresar a 6 )

( 7 ) MANUEL DE MENDIBURO, Apuntes Históricos, 47.( regresar a 7 )

( 8 ) Real Cédula de 23 de febrero de 1796.( regresar a 8 )

( 9 ) Relaciones de Mando, 481.( regresar a 9 )

( 10 ) F. CAICEDO Y FLÓREZ, Historia de la iglesia metropolitana, 112. Anales Religiosos, vol. II, 150.( regresar a 10 )

( 11 ) ALFREDO ORTEGA, Bogotá antiguo. Relaciones de Mando, 486.( regresar a 11 )

( 12 ) J. PARDO VERGARA, Canónigos de La Catedral de Bogotá, 61. F. CAICEDO Y FLÓREZ, Memorias, cit., 49.( regresar a 12 )


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