CAPÍTULO XXXV Junta política—Detalles-Fernando VII, Rey.Peninsulares y criollos—El oro de América—Jura de Fernando en Santafé—Preparativos—Medalla—11 de septiembre de 1808—Fruto Joaquín Gutiérrez, poeta—Pobres coplistas—Gran cena—El comisionado Sanllorente—Veneración al Rey—Muerte del sabio Mutis. Detalles —Donativo—Curiosos bandos—Licencias para viajar—Medio millón en odisea—Literatura y bolsas del Virrey Amar—La Junta Central en Aranjuez—Defectuosa legislación penal—Opiniones de un jurisconsulto—El Fiscal Blaya, espía—Napoleón en el púlpito—1809—Alcaldes—Fiestas civiles—América, parte integrante de la Monarquía española—Patriotas destituidos—Juntas revolucionarias—Calles coloniales— Juicio contra Camilo Manrique—Desavenencias entre los realistas—Joaquín Ricaurte encausado—Napoleón derrotado en Santafé—Reconstrucción de la iglesia Catedral—El último Regente de la Audiencia—Representantes americanos en Sevilla—Alarmas políticas—Se casa el Oidor Alba. Distinciones sociales—Insurrección de Quito—Morales y Salinas. Causas de la revolución—Atmósfera tempestuosa—Las juntas de septiembre—Gutiérrez Moreno—Camilo Torres—Ignacio Herrera. Acebedo Gómez—Fruto Joaquín Gutiérrez—El Canónigo Rosillo. Poesía anónima—Un inquisidor en el patíbulo—El Marqués de San Jorge, diplomático—Temores y providencias del Gobierno. Rosillo y la Virreina—Cartas de Suba—Movimiento de tropas. Cocina del Coronel Dupré—Proyecto de resistencia—Criollos encausados—Otra vez Pepe Botella—Los Oidores fuera de sus camas. Grande era la excitación que reinaba en la capital en los primeros días de septiembre de 1808. La Junta convocada por el Virrey se reunió el lunes 5 de aquel mes, y a ella concurrieron empleados civiles, militares y eclesiásticos, los jefes de comunidades y algunos vecinos de distinción. El cronista Caballero nos da sobre ella detalles: A 5 se hizo la Junta del Virrey y Oidores de la Embajada de Sanllorente; en dicho se dijo misa de gracia al Espíritu Santo para la Junta que se hizo para abrir los pliegos; fue la asistencia a las ocho de la mañana, y salieron todos con Su Señoría ya con escarapela al pecho, con la cifra de Fernando VII, y para este efecto se hicieron trabajar a todos los plateros hasta los días de fiesta. Desde este día la comenzaron a usar todos los clérigos, monjas, menoristas, monaguillos y colegiales, al pecho; los seglares, en el sombrero, y las mujeres, en el brazo izquierdo, y en general en los sombreros. Las escarapelas eran cintas de raso "color de fuego", con esta inscripción: Vencer o morir por mi Rey Fernando VII. Las fuerzas acantonadas en la capital recorrían las calles noche y día, en son de guerra, como si las águilas imperiales estuvieran ya en los aledaños de la ciudad del águila negra. Don José Acebedo y Gómez refirió la farsa política que con nombre de Junta organizó el Virrey Amar para declarar Rey legítimo de las Indias a Fernando VII, prisionero en Francia. Dice Acebedo que al instalarse el Congreso, el Virrey tomó asiento bajo dosel, y Sanllorente ocupó otro, frente al del Virrey, dando la espalda al concurso. Los Oidores, que hacían principal papel en esta farsa, se pusieron de pie, diciendo: "iViva Fernando VII! Está concluída la Junta." Y fueron todos despedidos, sin que nadie tuviese derecho de hablar. Más tarde les presentaron a los americanos un acta para que constara bajo sus rúbricas que por acuerdo unánime de la Asamblea había sido reconocido el Monarca. Estas burlas y estos abusos de autoridad ahondaban a diario la división que se hacía sentir entre peninsulares y criollos, y los ánimos de éstos, con razón irritados, formaban ya un bando o partido político que aspiraba a borrar la pretendida superioridad de los españoles europeos y a sostener la dignidad de los colonos. Observa el historiador Restrepo que ya los americanos constituían un partido fuerte que sostenía la idea de que la América no siguiera la suerte de la Península, y algunos tenían el valor civil de manifestar sus opiniones por la Independencia. Cuándo y cómo estallaría la revolución, nadie lo sabía. Pero es necesario dejar constancia de que no obstante esta actitud de los ánimos, las colonias contribuyeron generosamente para los primeros esfuerzos de la lucha empeñada en España contra los franceses. Envió América más de noventa millones de pesos, y parte de su juventud cruzó los mares y fue a morir por la soberanía de la Madre Patria. Recordarán nuestros lectores que diez y nueve años antes juraron los bogotanos al Rey Carlos IV con pomposas fiestas civiles, que describimos en la página 80 de este volumen. Ahora vamos a asistir a las que tuvieron lugar con motivo de la jura de Fernando VII. Por bando se hizo saber el 9 de septiembre que el solemne ceremonial se verificaría el 11, y que debían concurrir, a más de las autoridades y las tropas, el Cabildo, la nobleza, los mercaderes y los gremios de industriales. En esos días se levantaron tablados en la Plaza Mayor y en las de San Agustín y San Francisco; se construyeron arcos triunfales en las principales calles, y los Alcaldes ordinarios, a nombre del Ayuntamiento, fueron a «convidar al Excelentísimo señor Virrey y a su dignísima esposa, la Excelentísima señora doña María Francisca Villanova, para que honrasen a la ciudad asistiendo al refresco que debía servirse después del paseo y real proclamación.» En el Cabildo hubo discordias y sesiones extraordinarias. Después de agrias discusiones,y por falta de Alférez Real, vino a reemplazarlo el Alcalde ordinario don Fernando de Benjumea y Mora, por decisión del Virrey. Al día siguiente, 10, hubo músicas, salvas de artillería, se colocó el retrato del Rey en la galería del Cabildo, se esparció dinero y se repartieron medallas conmemorativas. A las siete de la noche se tributaron honores al real retrato. Estaba adornado-dice Caballero—de colchas, hacheros de plata con sus bufetes, canapés de madera con que se compuso una sala regia y lucida, y en medio se colocó el retrato,que daba un gran realce con centinelas, y cajas, y había muchísima gente principal y la música del batallón Auxiliar. La medalla tenía en el anverso el retrato del Rey y esta leyenda: En amor de Fernando VII, Rey de España e Indias. Por el reverso tenía dos leones, que sostenían una cruz y una corona real: la exornaban varios atributos del comercio y esta inscripción: El comercio de Santafé de Bogotá, septiembre 11 de 1808. Esta medalla se conserva como curiosidad en el Museo Nacional y en algunas colecciones de particulares. Por fin brilló la aurora del día 11, que el pueblo bogotano esperaba con impaciencia. Ella alumbró un conjunto pintoresco de toda clase de personas, congregadas en la plaza principal. Allí el empolvado peluquín de Oidores y nobles las casacas galoneadas de los empleados, las grandes capas de los santafereños, los sombreros blancos dé alta copa y la humilde ruana y las alpargatas de los obreros y labriegos; cruzaban los hábitos talares de diferentes Ordenes religiosas y los uniformes militares, y en los amplios balcones, como ramilletes de vivientes flores, las santafereñas, todas gracia, donaire y distinción. A las tres de la tarde se formó el Cabildo. Lo presidían el Regidor decano y los dos Alcaldes. Amar y los Oidores, de gran uniforme, presenciaban la solemne jura desde los balcones de palacio. Benjumea salió al tablado y proclamó como Rey a Fernando VII. Cedemos la palabra a un testigo presencial: Lo que leyó (Benjumea), ni se alcanzó a oír por la mucha gente; sólo que decían todos: «que viva el jurador» Iba bien ridículo, con una casaca vieja de paño musgo, y lo mismo el calzón, con una banda cuasi negra y sombrero currutaco, y al tiempo de la jura sacudía el pendón con toda su fuerza: después tomó en la mano como tres pesos y los botó por las tres partes del tablado, y los muchachos no se cansaban de dar silbidos al ver la poquedad del jurador. En Santo Domingo, San Francisco y San Agustín repitió lo mismo, con la misma cortedad. Decían que un puño de plata regaba y otro echaba al bolsillo. En cada ocasión que se juró se hizo una descarga por las tropas, muy fea, que no valió nada( 1 ). A la una se reunieron los Regidores para asistir a un banquete, al cual habían invitado con anterioridad a muchas personas distinguidas; en la comida improvisó el doctor don Fruto Joaquín Gutiérrez, mártir de la Patria ocho años después, una octava y una décima, que insertamos gustosos: En tanto que la pérfida arrogancia Del cobarde invasor de tu corona, Ha tenido la bárbara jactancia De pensar que Fernando se destrona Por entrar en los términos de Francia, Y padecer el rapto de Bayona: Tus vasallos, señor, están clamando No tener otro dueño que Fernando. Por más que los Napoleones Con el fraude más nefando Lanzaros quieran, Fernando, Del trono de los Borbones, Aquí tenéis corazones Donde reina el puro amor, Y cuyo noble valor, Sin admitir otro dueño, Sostendrá con fiel empeño La causa de su señor. Terminado el banquete, principió la pública proclamación. Otros coplistas, de pobre fecundidad, contribuyeron a aquella apoteosis. En la casa de don Valentín de Tejada se puso este cuarteto, que por la noche se iluminaba: Bajo de tal estandarte Reinará la religión, Y la casa de Borbón Del infame Bonaparte. Y Socorro Rodríguez, que había escrito en el número 21 de su Alternativo, poco tiempo antes: Es preciso confesar que Napoleón Bonaparte ha superado todos los genios sublimes que en el arte de hacer figura han producido Grecia, Roma, cartago y demás naciones del universo, y no solamente ha merecido el renombre de grande, sino de prodigioso y singular, ahora, enfurecido contra el Emperador, escribía- en el mismo periódico el siguiente EPITAFIO: Yace aquí Napoleón, que en buena parte Se duda pueda estar su alma dolosa, Quien repitiendo ¡paz! siempre con arte Hizo al mundo la guerra más furiosa: A honrarlo se resiste el mismo Marte, Porque fue su ambición tan flagiciosa Que si viviera más, un día siquiera, Todo el género humano destruyera. Toda esta pomposa función terminó con un refresco costeado por el Ayuntamiento y ofrecido a los Virreyes en casa del Alcalde, don Nicolás de Rivas, «siendo aquel el único caso en que Sus Excelencias entraban en un hogar particular.» Asistieron los Regidores con uniforme o traje de ceremonia, dispuesto por Real Cédula de marzo de 1804, que consistía en casaca y pantalón de color azul, solapa vuelta, collarín y forro blanco, con bordados de oro en forma de palmas entrelazadas; los demás altos empleados también concurrieron; y—según refiere don José Acebedo Gómez—«se sirvió con toda la urbanidad y fineza que fue notoria, el magnífico refresco que había dispuesto el Cabildo, para terminar tan plausible día.» Concluido el espléndido convite, acompañaron a los Virreyes a su palacio, en altas horas de la noche, don José Acebedo y don Mariano Tobar, llevando faroles. Esa noche se había convenido, en casa de Rivas, recibir como Regidor honorario al comisionado Sanllorente. Al siguiente día se celebró función religiosa en La Catedral, y luego se reunió el Ayuntamiento en sesión extraordinaria para recibir al nuevo Regidor, acto que terminó con un besamanos al Virrey( 2 ). El Virrey, unido al elemento peninsular, tributó altos honores al Comisionado regio, quien desde que se presentó en Santafé, afectó la superioridad de un amo entre sus esclavos. El Gobierno colonial se esforzó por todos los medios a su alcance, en exhibirlo como un gran personaje( 3 ). Error político de Amar, porque ya los colonos ilustrados, en 1808, no creían en la superioridad de los peninsulares, y viéndose deprimidos, crecía su resentimiento contra ellos. El 24 de septiembre salió de Bogotá el orgulloso Capitán de fragata Sanllorente, acompañado de numeroso grupo de empleados españoles. «Llevó medio millón de dinero del situado y donativos,» escribe Caballero, noticia que confirman otros historiadores.Todavía el nombre de Fernando VII era mirado en América como digno de tributo de adoración, pues el Monarca español tenía para los subyugados colonos un prestigio casi igual al de la Divinidad. Todos dieron sus dineros, sin omitir las mujeres, quienes se despojaron de sus joyas para contribuir a la defensa de la Patria común, amenazada por el extranjero( 4 ). Para que se vea hasta dónde llegaban el respeto, el cariño, la veneración que tributaban los criollos americanos al Rey, insertamos la siguiente anécdota que condensa gráficamente las ideas que vamos exponiendo: Un hidalgo campesino estaba un día del memorable año de 1808, asistiendo una cuadrilla de peones en su estancia, cuando llegó un amigo y le refirió los trascendentales sucesos de la Corte y la prisión del Monarca. Nuestro hombre se quedó alelado con la relación de tan terribles nuevas. Corrió como loco para su casa. Llamó a gritos a su esposa y familia, y con lágrimas en los ojos, les dice: «nuestro católico Monarca está preso, y nosotros dándonos gusto. Que no se sirva de comer en esta casa. Es preciso hacer penitencia por tamaña desgracia, que nos atraerá el castigo del cielo»( 5 ). La raza americana obedecía al determinismo de su origen. Sus condiciones, sus virtudes y sus defectos los había recibido del pasado. «Las corrientes de la sangre, al igual del agua de los ríos, ofrecen el sabor característico de los terrenos que ellas han atravesado»( 6 ). El 11 de septiembre de 1808, el mismo día en que tan pomposamente se celebraba la jura de Fernando VII, falleció en Santafé el sabio Mutis, alma de la Expedición Botánica y de otros centros de cultura y de instrucción. Amigo de Humbold y de Linneo, descubridor de la quina —rey de los febrífugos— y de muchas plantas útiles al comercio y a la medicina, miembro de muchas sociedades sabias de la culta Europa, naturalista eminente y médico distinguido, su muerte produjo un hondo y sincero sentimiento, y verdadero dolor en sus amigos y discípulos, quienes no veían al continuador de su compleja misión. Falleció Mutis con la pesadumbre de no haber visto impresa su soñada Flora, después de tantos afanes y fatigas. «¡Qué pérdida para las ciencias, para la Patria y para la virtud !» exclamó Caldas. Humbold, a su vez, escribe: «Había recorrido Mutis las cordilleras con el barómetro en la mano; había determinado la temperatura media de estas planicies, que forman como islote en medio del océano árido, y admirado del aspecto de la vegetación que varía a proporción que se desciende a los valles, o que se sube a las cimas heladas de las Andes.» Los discípulos concurrieron, en la madrugada del citado día 11, a la Casa de la Botánica, donde ocurrió la defunción, con el objeto de velar las cenizas del gran sabio. Ante ese cadáver se agrupaban, para fortificarse, todas las inteligencias y todos los hombres de saber que vivían en la capital del Virreinato. El dolor de su muerte no era el fugaz dolor que deja un guerrero al exhalar su último aliento en medio de un pueblo a quien ha deslumbrado con sus hazañas, sino la orfandad que deja un padre, un redentor, un bienhechor generoso que consagra cuanto es y cuanto tiene, a la dicha de una sociedad incipiente, a quien le da luz, poder y respetabilidad( 7 ). La brillante pluma de Caldas escribió en el Semanario un sentido elogio fúnebre, en el cual enalteció la memoria de Mutis, que se mira con justicia como una de las mejores páginas del ilustre payanés. Y el Bibliotecario Rodríguez publicó en el número 21 del Alternativo un epitafio del que transcribimos los primeros versos: Don Celestino Mutis, hombre grande, Gloria de España y honra de este pueblo, Cuya fama no cabe en toda Europa, Aquí descansa en paz, ¡oh pasajero! Menendez y Pelayo recuerda que Mutis tuvo parte en reformar los planes de estudios en Colombia, en el sentido de la investigación experimental y de la libertad científica, y que trajo muchos libros que ayudaron a vulgarizar las ideas, buenas o malas, del siglo XVIII( 8 ). Mutis confirió poder legal para otorgar su testamento a Salvador Rizo, Mayordomo de la Expedición, quien gozaba de toda su confianza, y le dio instrucciones verbales, desde los primeros días de julio, para establecer un jardín botánico en los huertos del Observatorio y un museo de historia natural, el cual fue la génesis del actual Museo Nacional, y le encargó la creación de un laboratorio y de una biblioteca pública, aspiraciones estas últimas que no pasaron de ser un generoso ideal. Se conservan detalles de la triste escena de la muerte de Mutis. A las tres de la madrugada del citado día II exhaló su último aliento, que recogieron con cariñoso respeto su sobrino Sinforoso Mutis y sus discípulos Caldas y Rizo. Trasladado el cadáver a la iglesia del monasterio de Santa Inés, donde se celebraron modestos funerales, fue sepultado en humilde sepultura. De acuerdo con orden del Virrey, en la mañana del día 12 entregó Rizo las llaves de la Casa de la Botánica, a don José Ramón de Leiva, Secretario del Virreinato y Juez en comisión para este efecto. Mutis dejó dispuesto —y a ello accedió el Gobierno poco tiempo después— que su sobrino Sinforoso se encargará, como Jefe de la Expedición, de la sección de la Flora; Caldas, del Observatorio, y Lozano, de la sección de Zoología( 9 ). Un distinguido historiador alemán ha llamado la atención sobre que en la Colonia, y especialmente en la capital, hizo poca impresión la muerte del anciano, porque la atención general se dirigía a intereses distintos que se rozaban con una política activa. El recuerda que por mucho tiempo nada se supo en Bogotá de los homenajes que le habían tributado a Mutis, Humbold y Bonpland, y que se ignoró que ellos habían exornado con el retrato del naturalista el primer torno de la grande obra Viajes Americanos. José Brájimo, comerciante de Panamá, ofreció un premio para la mejor biografía de Mutis, y tuvo la pena de ver que no hubo aspirantes a ese torneo( 10 ). En Bogotá quedaron varios retratos de Mutis. Uno, adornado con un dibujo de la SantísimaTrinidad, lo donó al Monasterio de Santa Inés; otro, al de la Enseñanza; dos quedaron en poder de la sucesión del sabio; otro, del buen pincel de Antonio García (diciembre de 1801), existe, como dijimos, en la galería del Colegio del Rosario. Uno de busto, adornado con flores, se guarda en el Museo Nacional, con una silla rústica construida con madera de los canelos de Mariquita, donación ésta de don Ricardo Galvis. Finalmente, señalaremos el retrato de Mutis que se guarda en los salones del Observatorio. El 12 de septiembre el Virrey Amar envió una circular a los Cabildos y Corregidores del Nuevo Reino, pidiendo dineros por «vía de donativo gratuito, o de préstamo gracioso, o préstamo a interés,» con el objeto de auxiliar la Suprema Junta de Sevilla y los derechos del Rey Fernando. El día 13, a són de caja, se promulgó un bando: de nuevo, y con placer, entregamos la pluma al cronista Caballero: A 13 se echó bando de la guerra contra el Emperador de los franceses. Napoleón , Bonaparte, por traidor y usurpador de las personas reales y católicas de España, haciendo este infame Monarca la más vil acción que se cuenta en las historias’: con título de paz y amistad, sacar la familia real, llevarla a Bayona, y después que los hubo en su poder, los aprisiono y cautivó, haciendo que renunciase Fernando la corona en su padre Carlos, y éste en Napoleón. El día 16, nuevo bando, haciendo conocer la importancia del donativo por hallarse los Reyes cautivos. En él se disponía que los pocos franceses que había en la ciudad fuesen respetados, y se prevenía que en caso de alguna novedad, serían expulsados. En el mismo día, Blas Larrota, que quería marchar a España a servir al Rey como soldado, tuvo que presentar como fiador para poder seguir a la Península, al comerciante español José González Llorente, a quien pronto veremos figurar en las páginas de nuestra historia. Consta también que en esa fecha José Tejada tuvo que obtener permiso para viajar hasta el Puente Real, en negocios particulares. El Gobierno en ese tiempo era demasiado suspicaz, pues ponía trabas, no solamente para ir a servir al Rey como soldado, sino aun para que transitaran los pacíficos habitantes por las sendas que pomposamente llamaban caminos reales. En la mañana del 24 de septiembre se reunió numerosa cabalgata de españoles en las puertas de Palacio. Allí se veían unas mulas cargadas con cajones y escoltadas por soldados, que llevaban medio millón de pesos. Era la primera figura de aquel cuadro el Regidor honorario Sanllorente, que partía para España—como ya dijimos—muy contento por el oro que llevaba, pero a la vez convencido de que la situación de esta Colonia era muy delicada, pues si tenía partidarios decididos el Rey, la juventud ilustrada y los políticos americanos albergaban en su corazón claros sentimientos de amor a la Independencia. El espíritu de nacionalidad separaba más todos los días a chapetones y a criollos; éstos no consideraban que los españoles europeos fueran superiores bajo ningún aspecto, y se creían dueños del país; y los peninsulares, con orgullo insensato, miraban a los nativos de América como a españoles degenerados. Apenas estarían las cargas de oro en Facatativá, cuando el Virrey Amar dirigió a los habitantes del Nuevo Reino una proclama, que luego insertó la Gaceta del Gobierno en Madrid, y que Amar publicó en Santafé dos veces: el 15 y el 25 de septiembre. No podemos prescindir del deseo de dar a conocer de nuestros lectores unas líneas de ese documento, para que puedan juzgar de la literatura del Jefe de los Oidores, que carecía en absoluto del sentido del oído. Escribía Su Excelencia: El Dios Santo, Fuerte e Inmortal será glorificado en esta santa y augusta obra, y de su santo servicio,pues encierra nuestras más santas primitivas obligaciones. Nuestra posición a la distancia de más de dos mil leguas nos priva, desgraciadamente, por ahora, de pelear con los que ya pelean en la Nación. Mas no importa. Pedía fondos y caudales, pues este pariente de los Borbones reales creía—como Napoleón—que la guerra es dinero, dinero y más dinero. Excitaba a los colonos alienar las arcas, y dirigiéndose a las santafereñas, decía: Imitad a las heroínas españolas; cercenad vuestros gastos; renunciad a vuestras superfluidades; no quede en vuestro suelo una sola onza de plata labrada, ni de oro, que no sea para los usos más preciosos de los sacrificios religiosos. Y por un casual sincronismo, el mismo día que exhibía en Santafé su patriotismo interesado el Virrey, se reunió en Aranjuez, de España, la Junta Central de Gobierno, compuesta de treinta y seis Diputados de las Provincias españolas, en la cual tampoco tuvieron representación los americanos. En Bogotá hubo unos días de calma. Nosotros vamos a aprovecharlos para recordar algunas penas infamantes de la atrasada legislación penal de la época en que se derrumbaba la Colonia. En ese tiempo se consideraba todavía el ejercicio de la justicia como función divina, y el excesivo rigor de las penas tenía el carácter de venganza social. La pena de muerte se aplicaba con frecuencia. Se desconocía el ideal de cárceles que tuvieran por objeto la enmienda de los delincuentes. Las prisiones carecían en absoluto de comodidad e higiene. No se encontraba en ellas ni moral ni religión, ni se dignificaba a los presos con el trabajo, y el Alcalde de la cárcel era un amo arbitrario. Un distinguido jurisconsulto colombiano concreta los caracteres de la defectuosa justicia de esos tiempos, en estas palabras: Los caracteres de la legislación penal de ese largo período, que se extiende basta la revolución francesa, pueden resumirse así: incertidumbre en las leyes y en las penas, que se dejaban en muchos casos al arbitrio del Juez; contradicción frecuente en sus disposiciones; severidad y crueldad de los castigos; desproporción de las penas con la gravedad de los delitos; rigor excesivo para los crímenes contra la religión, el Estado y el soberano; barbarie de las penas en su naturaleza misma y en el modo de aplicarlas; desigualdad del castigo según la condición social de los delincuentes; penas aberrantes, que recaían sobre los inocentes; consideración más del aspecto material que del intencional del delito, porque la pena no tenía por objeto sino la intimidación o el escarmiento( 11 ). Antes vimos que a los nobles criminales se les cortaba la cabeza, dejando la horca para los de la gleba. Vimos las mutilaciones ordenadas por el Oidor Pérez de Salazar. Vimos los suplicios atroces y las penas aberrantes en la causa seguida a los Comuneros. Vimos los horrores del tormento en el proceso de Nariño, en 1794. Vimos las prisiones perpetuas, sin fórmula de juicio, como la que sufrió el abogado del Precursor. Y hemos visto, y vamos a ver, que eran frecuentes las penas pecuniarias e infamantes. El10 de julio de 1807 «azotaron a un indio de Bogotá,por hurto. A 16 sacaron a vergüenza a Manuel González y José Pames. A 26 de mayo (1809) sacaron a un hombre y a una mujer a la vergüenza, encausados por alcahuetes»( 12 ). En cuanto a la justicia en los Tribunales civiles, escribió meses después don Ignacio Herrera las Reflexiones que hace un americano, con el objeto de que el Diputado a Cortes por el Nuevo Reino las hiciese valer en su oportunidad. Se queja el jurisconsulto de que los empleos se les daban a los nobles, creyendo que el mérito de los antepasados sirve de estímulo a sus descendientes; de que los términos judiciales eran muy largos «en mi estudio —dice— he visto pleitos de doce y veinte años.Se queja también de que desde los tiempos de la Conquista se miró como inferiores a los nacidos en Indias, y recuerda que en Madrid se reunió una Junta de teólogos para averiguar si éramos capaces de bautismo. Clama contra la pena bárbara de la horca y la separación de los miembros del delincuente, porque la vindicta pública no pide el martirio del reo, y porque el hombre no tiene más que una vida y paga sobradamente con perderla. Aspira a borrar de los Códigos el tormento, bárbara costumbre que se debe proscribir en honor de la humanidad. Observa que ninguna pena infamatoria debe ser trascendental a la familia del reo, como sucede en España e Indias, donde el vulgo mira con horror a los hijos y deudos del que ha muerto en el patíbulo.Dice que la España ha seguido la suerte de los grandes Imperios, y que se ha ido debilitando bajo de su misma grandeza, y que su Gobierno no ha podido vigilar a pueblos demasiado remotos. Afirma que en los colegios de América se entretiene a la juventud muchos años estudiando una física bárbara y otras bagatelas que no traen utilidad, y recuerda que no había en el Nuevo Reino verdaderas cátedras científicas, y que la España creía erradamente que la protección a las artes americanas arruinaría el comercio peninsular. «Entre los vasallos toda distinción es odiosa, y el Rey, como padre general, debe distribuir sus favores con igualdad.» Pide la construcción de caminos que faciliten la comunicación de unas secciones con otras y con la Metrópoli, y que se permita venir a América a maestros y oficiales extranjeros para enriquecer la industria. Se queja de que el Tribunal de la Inquisición «se infiere en materias que en nada hieren a la fe,» y de que los hombres ilustrados no se atreven a dar a la prensa sus escritos por el temor de que se les recojan con injuria. Expone que los tributos que pagan los indios son excesivos, y que muchas comunidades religiosas no están compuestas de personas ejemplares. Recuerda que hay demasiado número de empleados inútiles, y que todos los poblados miran con odio el abuso de los encargados de la recaudación de rentas( 13 ). En octubre del año de 1808 se encontraba en Cartagena el tristemente célebre Fiscal Manuel Mariano de Blaya. Había ido a la Costa Atlántica para estudiar las opiniones políticas de los colonos, y en informe muy reservado, que escribió el 20 de octubre, trataba a Bonaparte de «indigno y oscuro corso, pérfido usurpador, azote del género humano, como Atila; renegador de Jesucristo y adorador de Mahoma, en sus campañas por Oriente.» Llamó al Gran Duque de Berg «el infame peluquero Murat.» Y después de esta filípica aconsejaba al Virrey que tomase tres providencias: dar edicto o bando para que toda persona que. recibiera correspondencia manuscrita o impresa en cualquier idioma, relativa a sucesos de Europa, estaba obligada a presentarla a un Juez revisor; que ese Juez debía ser persona caracterizada y de suma confianza del Gobierno, y que en las capitales de Provincia debían designarse sujetos de confianza para que en secreto levantasen sumario contra los que propalaran máximas subversivas del orden. En la tercera providencia decía: Es necesario cuidar mucho de la correspondencia pública, y retener y quemar con un secreto como el de la confesión sacramental, toda carta dirigida a cualquiera persona de algún modo sospechosa, por amistad, parentesco u otras relaciones que probablemente se conjeturen y calculen, según las noticias e informes que ya se tengan o se procuren. Refiere luego, en apoyo de su dictamen, que en una gaceta inglesa vio la noticia «de que el pícaro y vil don Ignacio Sánchez de Tejada, Oficial farolón de la Secretaría de Vuestra Excelencia, se presentó en la Junta de Bayona como representante de este Nuevo Reino de Granada, donde presentó un discurso (sería como suyo) en que entre otras cosas hablaba mal del Gobierno español.» En seguida se refiere a otro criollo antioqueño, a quien llama N. Zea, cuyas ideas conocía muy bien porque tuvo en sus manos los papeles que le embargó corno Fiscal en la conspiración de 1794. En noviembre de 1808 el presbítero Rafael Lasso de la Vega predicó un sermón de gracias por las victorias que habían alcanzado las armas españolas contra las águilas de Napoleón. Dice Vergara y Vergara que entre este sermón y un artículo de fondo en un periódico político no hay más diferencia sino que entonces no había periódicos sino sermones. Meses antes el Canónigo Antonio de León también había predicado para celebrar el triunfo de los españoles en Buenos Aires, y en el sermón llamó a Napoleón el más grande héroe del siglo; luego publicó un Apéndice, en el cual rectificaba su juicio y llamaba al Emperador detestaba el aborto de la desgraciada Córcega. Los escritos en prosa y verso que hemos citado últimamente, como se ve, están impregnados de actualidad y colorido, aunque algunos de ellos empañan la atmósfera literaria por sus condiciones soporíferas y por el desenfreno métrico. Como de Costumbre, el 19 de enero de 1809 eligió el Ayuntamiento Alcaldes. Ahora fueron favorecidos don Luis Caicedo y Flórez y don José Antonio Ugarte El día 7 hubo un repique general de campanas, porque el correo que llegó ese día trajo la noticia de la organización de la Junta Central de Madrid. El 18 hubo bando y función publica. A la tarde vino el Regimiento Auxiliar a la plaza, y formado, se echó bando de la jura; después juró el Comandante en alta voz, diciendo a la tropa que jurara al Rey Fernando VII y a la Junta de Sevilla en su lugar y defender la Corona, la ley y la Patria, hasta perder la última gota de sangre. El Regimiento gritó ¡viva el Rey y a la voz de ellos, todo el pueblo( 14 ). El 19 hubo solemne función de iglesia en San Carlos, habilitada de Catedral, con asistencia del Virrey y su Corte. La Junta Central expidió el día 22 un decreto en que consideraba a los vasallos de América, no como habitantes de colonias o factorías, sino como parte esencial e integrante de la Monarquía española; y declaró que estas colonias debían tener representación y constituir parte de la Junta, enviando Diputados. Los Representantes debían ser nombrados por los Ayuntamientos. Pero la lejanía, lo tarde que llegó la noticia a los Gobiernos de América y otros embarazos, no permitieron que las Colonias enviaran oportunamente sus Representantes a la Junta, que entonces estaba en Sevilla( 15 ). CONTINUAR REGRESAR AL INDICE ( 1 ) J.M. CABALLERO, lib. cit., 110.( regresar a 1 ) ( 2 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 110. R. RIVAS, La jura de Fernando VII. J. ACEBEDO GÓMEZ, Relación inédita de lo que ejecutó el Cabildo de Bogotá para solemnizar la proclamación de Fernando VII. (Biblioteca Nacional).( regresar a 2 ) (3) J. M. RESTREPO, lib. cit. I, 48( regresar a 3 ). ( 4 ) C. A. VILLANUEVA, lib. cit. 222.( regresar a 4 ) ( 5 ) ALEJANDRO BARRIENTOS, La Patria Boba en Antioquia (Repertorio histórico antioqueño).( regresar a 5 ) ( 6 ) L. A. DE HERERRA, La Revolución francesa y Sud América, 16.( regresar a 6 ) ( 7 ) F. VESGA, lib, cit., 120.( regresar a 7 ) ( 8 ) MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO, Antología de poetas hispanoamericanos.( regresar a 8 ) ( 9 ) N. GARCÍA SAMUDIO, Biografía del sabio Caldas. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía de don Jorge Tadeo Lozano.( regresar a 9 ) ( 10 ) HERMANN SCHUMACHER, Vida de Caldas, Traducción de Manuel Paz U.( regresar a 10 ) ( 11 ) JOSÉ VICENTE CONCHA, Tratado de Derecho Penal y comentarios al Código Penal colombiano, 22.( regresar a 11 ) ( 12 ) J. M. CABALLERO, lib. cit.( regresar a 12 ) ( 13 ) A. B. CUERVO, Documentos cit., IV, 56 y siguientes.( regresar a 13 ) ( 14 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 112.( regresar a 14 ) ( 15 ) CONDE DE TORENO, lib. cit., I, 371. M. LAFUENTE, lib. cit.. XXIV, 134.( regresar a 15 ) |