| Se ve pues que Acebedo y sus compañeros se sentían amenazados de muerte, y que habían hecho el propósito firme, digno de sus valientes corazones, de vender caras sus vidas. La pluma fácil de Vergara y Vergara nos refiere que el cacao venido de Cúcuta se mezclaba hecho masa con canela aromática y se humedecía con vino español; que ya hecho pastillas se envolvía cada una en papel, y así reposaban largos años en un arcón; que el agua en que se ponía la pastilla hervía una vez, y luego se le hacía hervir otras dos, delicada operación que hacían con mucho cuidado las venerables cocineras de aquel tiempo. Con aquel néctar arábigo se desayunaron, al amanecer del 20 de julio, criollos y chapetones. «Con tales jícaras de chocolate fue que se llevó a cabo nuestra gloriosa emancipación política.» Casi todos oyeron misa temprano; a las ocho se ocuparon en el almuerzo, y luego en sus negocios. Un comerciante gaditano, don José González Llorente, abrió su tienda, cercana a la torre norte de La Catedral. Hacía muchos años que residía en Bogotá, donde se había unido en matrimonio con la criolla doña María Dolores Ponce, y siendo hombre acaudalado y filántropo, no solamente velaba por su hogar, sino también por su suegra y once cuñadas huérfanas de don Luis Ponce. El 20 de julio era Llorente Administrador de las Casas de Hospicio y Expósitos de Santafé, destino que desempeñó por largo tiempo con acuciosa generosidad. Dos años antes había otorgado testamento, y en él deja constancia de su religiosidad, la que se comprueba también con la siguiente invitación, que dirigió sin fecha y que insertamos a título de curiosidad: Don Joseph González Llorente, Diputado por el Comercio de esta capital, para la fiesta de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, que celebrará en la Santa Iglesia Catedral el domingo catorce del corriente, suplica a usted se sirva honrarle con su asistencia; a cuyo favor quedará reconocido—Señor don Juan Ramírez Pérez. El almacén de González Llorente ocupaba un local de dos puertas, que eran la tercera y la cuarta de la vieja Calle Real, sobre la acera del Oriente. En el muro que separaba las dos puertas se halla grabada sobre piedra la siguiente inscripción, una de las más antiguas de la ciudad, que el mal gusto ha hecho en lucir: CAPELLANIA DE P° GIA Y DE ANT° GIA AÑO DE 1601 Las tiendas de la Calle Real se extendían, por ambos lados, en serie continua, desde la esquina de La Catedral hasta el antiguo puente de San Francisco. No tenían lujo ni ornamentación, ni en su interior ni en su exterior; la mayor parte eran de una sola puerta; y todas recibían escasa luz únicamente por las mismas puertas, que eran bajas. En todas ellas se vendían mercancías de toda clase y especie, de procedencias diversas, pues no se estilaba que hubiera comerciantes especialistas. En ellas se encontraban objetos de lujo y de adorno para las mujeres, al lado de géneros blancos y paño español de San Fernando, lo mismo que clavos, palas y azadones, botijas vidriadas de añejo vino y especias del Oriente. José González Llorente era propietario de uno de estos bazares. La casa de la cual formaba parte era, como todas las de Bogotá en ese tiempo, igual alas de los primeros días de la Colonia, sin elegancia ni simetría; las ventanas y puertas se abrían sobre muros lisos, en vanos desiguales bajo el tejado había cornisas denticuladas; de los pesados balcones de madera subían columnas torneadas hasta el alero; algunas ventanas tenían rejas de hierro o de madera, que las asemejaba a jaulas de fieras. Hacía ya días que circulaba la noticia de que los europeos que habitaban la ciudad se preparaban para asaltar de noche a los americanos. Acebedo Gómez escribía el día 21: Nos iban a dar un asalto en la noche de ayer y quitar la cabeza a diez y nueve americanos ilustres, en cuya fatal lista tengo el honor de haber sido el tercero, Benítez el primero y Torres el segundo La noche del 19 vino el pueblo a guardarme, y si no lo he contenido se precipita sobre los cuarteles( 26 ). Los patriotas esperaban a Villavicencio. La Constitución Feliz, periódico oficial redactado por el ingenuo Bibliotecario Socorro Rodríguez, refiere que para el recibimiento proyectado preparaban los santafereños un convite que debía tener lugar en la casa de la familia Santamaría Y Prieto. Para engalanar la mesa se encargó don Pantaleón Santamaría de solicitar de González Llorente un lujoso florero. Con toda la crudeza que usó el ilustre Acebedo Gómez, repetimos la causa determinante de la célebre reyerta Ayer 20 fueron a prestar un ramillete a don José González Llorente para el refresco de Villavicencio, a eso de las once y media del día, en su tienda de la primera Calle Real,y dijo que no lo daba; y que se c......... en Villavicencio y en todos los americanos( 27 ) Mientras ocurría esta escena violenta en la calle, el Cabildo, ya fatigado de pasar oficios respetuosos al Virrey para que le permitiese seguir la conducta de los Ayuntamientos de Cartagena, Pamplona y el Socorro, y formar una Junta de Diputados de los Cabildos de todo el Reino, dio comisión al doctor José Joaquín Camacho, entonces Asesor en Santafé, para requerir de palabra al Virrey. Camacho entró a los salones de Palacio a las once de la mañana e impuso al gobernante de su delicada misión. El viejo Amar se negó categóricamente, y al insistir Camacho en las ventajas de acceder a lo pedido, el Virrey, con la sangre irritada, respondió: «Ya he dicho,» palabras con que terminó la conferencia( 28 ). Camacho informó inmediatamente a los Ediles del resultado negativo de su comisión. Era viernes, día de mercado en Santafé, en el área de la plaza principal, llamada entonces oficialmente Plaza Mayor. Allí se reunían numerosos indígenas que traían víveres; los agricultores que vendían sus productos al por mayor; las mujeres de la aristocracia, acompañadas por una criada con cestos; los expendedores de carne, y no faltaban curiosos, que sólo buscaban caras bonitas: vendedores,, compradores y paseantes, campesinos y gentes de ciudad, de todas condiciones sociales y de piel de colores diferentes, ofrecían un cuadro abigarrado y pintoresco, lleno de originalidad, en que no faltaba el hábito del fraile, que llenaba con limosnas la talega del convento. A las doce del día ya se había extendido la noticia de las vulgares expresiones proferidas por González Llorente, entre los patriotas que se agruparon en la Calle Real y entre los vendedores y compradores del mercado. En esos momentos pasaba el sabio Caldas por el frente a las puertas de la tienda de Llorente, a quien saludó con atención. Don Francisco Morales Fernández improbó a Caldas su cultura social, porque Llorente era «un pobre sastrezuelo que había dicho mil cosas contra los criollos.» Llorente desmintió a Morales; los dos levantaron la voz; hubo tumulto; don Antonio y don Francisco Morales Galavis ocurrieron en apoyo de su anciano :pariente, y Antonio, más fogoso, penetró en la tienda «hasta dentro del mostrador y hartó a palos a Llorente, que por pura casualidad escapó vivo entre las manos de éste y de un inmenso pueblo que se había congregado.» Esta es la versión de los patriotas. La corrobora el mismo González Llorente con estas palabras: Los revolucionarios de la capital comenzaron el 20 de julio de 1810 la escena de la rebelión con el atropellamiento hecho a mi persona en mi tienda de comercio, maltratándome de palabra y de obra a presencia de los Tenientes Coroneles, el honrado americano don Rafael Córdoba, don José María Moledo y don Francisco Vallejo. En el primer momento de semicalma, pasó Llorente a la inmediata casa, habitada por don Lorenzo Marroquín de la Sierra, cuyo portal se hallaba a pocos pasos de la tienda,hoy señalada con el número 406 de la carrera 7a. El historiador E. Posada, en su reciente libro sobre El 20 de julio, trae las siguientes frases que modifican acertadamente afirmaciones de historiadores anteriores: Hubo en la reyerta, según se ve por estos dos testimonios, algo más de una bofetada. Fuese ésta o fuese paliza, esa trifulca tuvo conveniencias trascendentales en la vida de un Continente. Es ella el génesis de la independencia de estas comarcas. De ahí prendió el voraz incendio en todo el país, incendio que había de durar más de una década. El terreno estaba, es cierto, preparado, pero se necesitaba un golpe que hiciese saltar la chispa para que todo ardiese, como se inflaman con ligero combustible las campiñas asoladas por un prolongado estío( 29 ). Es probable que el histórico florero recibiese parte de la paliza, pues sólo restos de él se conservan en el Museo Nacional, señalados con el número 440. Este fragmento y una base cuadrangular de loza fina, está ornamentado con el escudo español en relieve y dorado sobre un fondo blanco. También en relieve y en colores tiene otras ornamentaciones. Sobre el muro del almacén de González Llorente, y debajo de la inscripción de tiempos coloniales, se colocó el 20 de julio de 1910 una plaza conmemorativa, de mármol blanco con letras negras. Este recuerdo patriótico fue obsequio del joven Vicente Herrera, quien lo confió a la Academia de Historia para que, unida a don Ricardo Morales Tobar, único nieto sobreviviente del mártir Morales Fernández, la incrustase en la columna del histórico y vetusto edificio. La leyenda dice: En este sitio se verificó la reyerta entre Morales y Llorente, en la cual tuvo principio el movimiento revolucionario de 1810. 20 de julio. El presbítero Juan Nepomuceno Azuero, acompañado del joven Antonio Obando, uno de los revolucionarios de Pore, se distinguió la tarde del motín por el valor civil y la elocuencia con que se dirigió al pueblo excitando sus energías y apoyando francamente el movimiento revolucionario. El pavimento de la primera calle de mercaderes fue ese día el pulpito civil del clérigo revolucionario. Continuaba así la misión patriótica que había iniciado como Cura del pueblo de Anapoima. En esos momentos apareció una patrulla. La mandaba Antonio Baraya, Oficial bogotano, amigo decidido también del movimiento, no obstante servir en el Ejército real. Así pues, el pueblo nada tuvo que temer( 30 ). El grito ¡Mueran los chapetones! se alzaba de todos los labios. Y pasando a mayores, el populacho rompió a pedradas las vidrieras de las casas de los españoles. Es curioso observar que el pusilánime Bibliotecario Socorro Rodríguez, al referir el alboroto y los desmanes del pueblo, dice que gritaban !Mueran los malos chapetones! Cerca de las dos de la tarde, y creyendo el momento propicio, se trasladó González Llorente, en una litera o silla de manos, desde la casa de Marroquín a su hogar. Pero habiendo sido reconocido por un granuja, se vio rodeado de gentes armadas, y apenas logró, con el auxilio de sus domésticos, cerrar el portón de su casa, donde pasó la corajina, que tardaba en evaporarse. Estas escenas semitrágicas y a la vez ridículas no llegaron a causar muertes, pero sí contusiones y cardenales a porrillo. Aumentada la turba del populacho —dice el mismo Llorente,— cercan mi casa con algazara y vocerío, que puso en consternación a mi desgraciada mujer, entonces recién parida, a mis hermanos y criados, y cuando las puertas de mi casa estaban a punto de ser derribadas, toca a ellas el Alcalde ordinario, don José Miguel Pey. Efectivamente, los Alcaldes Pey y Juan Gómez tenían voluntad en proteger a Llorente. Desde el balcón de la casa de éste, situada también en la primera Calle Peal, Pey le habló al pueblo con palabras blandas, y le recomendó benevolencia y generosidad, y obtuvo la protesta pública del populacho de que no le harían daño alguno al acuitado español, si era reducido a prisión. Pey y Gómez lo llevaron por sí mismos a la Cárcel Chiquita, poniéndose a la cabeza de un gran tumulto; allí quedó el español sujeto con un par de grillos, encerrado en calabozo estrecho y húmedo. El edificio que los colonos llamaban Cárcel Chiquita estaba ubicado en el costado occidental de la Plaza Mayor, en el extremo sur; tenía dos pisos, una galería exterior de madera, una sola puerta y una ventana con reja de hierro en la parte baja, donde tenían derecho de solicitar limosna los presos. El pueblo sabía que eran amigos y confidentes del español González Llorente sus paisanos Ramón de la Infiesta y José Trillo y Agar, ambos comerciantes. Estos peninsulares eran odiados por su áspero carácter y porque se creía, en esos momentos, que Infiesta era el Jefe de la conjuración, y que él y Trillo eran los autores del pasquín, en que pocos días antes se había pedido al Virrey la cabeza de diez y nueve patricios, para evitar que se insurreccionasen como en Cartagena. El pueblo pidió en masa la prisión de los dos españoles, y sin perdida de momento apedreó sus casas y rompió las puertas de la de Infiesta. Lograron últimamente entrar, anduvieron por los tejados de toda la manzana, se metieron a varias casas vecinas, y después de mucho rato encontraron al pobre Infiesta escondido en un zarzo! Del sobrado salió el español lleno de telarañas y fosco como animal de monte recién cazado. A empujones le llevaron por la calle hacia la Cárcel Chiquita, sin respeto a Alcaldes y Regidores que lo protegían, ni a una escolta de soldados que pretendían darle auxilio. Cerrada la puerta de la Cárcel, volvieron las turbas contra la casa y persona de José Trillo, a quien después de mil pesquisas lograron aprisionar, a las siete de la noche, lejos de su hogar. Indigesto y desabrido marchó el español, cuya casa había sido despedazada, hasta los calabozos de la Cárcel Chiquita. Se almorzaba en casa de don José María Ortega, cuñado de Nariño, cuando entró al comedor don José María Carbonell y refirió vivamente la reyerta de Llorente con los Morales. Un niño, hijo de Ortega, salió con Carbonell, patriota exaltado, quien recorría toda la ciudad invitando a los artesanos a concurrir a la plaza. Escenas semejantes se repitieron en todas las tranquilas casas santafereñas, lejanas del centro de la ciudad. El movimiento fue unánime. Un fraile bogotano del convento de Santo Domingo, fray Pablo Lobatón, que contaba treinta años de edad, poeta y literato, gozaba de simpatía entre el pueblo por su fácil palabra en el púlpito. Patriota entusiasta, encabezó algunas turbas de la revolución, y aprovechando la circunstancia de ser confesor de Amar, aconsejó al obstinado Virrey que accediese a los deseos de las multitudes. Por demás está decir que los estudiantes de San Bartolomé abandonaron las aulas para unirse en la vecina plaza con el tumulto popular. Uno de ellos, Francisco de Paula Santander. escribió luego: Presté el día 20 de julio y siguientes aquella cooperación que cabía en mi edad de diez y ocho años, y como estudiante( 31 ) Nueve años justos más tarde, y en la misma Plaza Mayor, era coronado el General Santander, con Bolívar y Anzoátegui, por las más hermosas damas bogotanas; y como Jefe de la República, tenía por habitación el Palacio que ocupaba en 1810 el acongojado Amar. Los ánimos fueron gradualmente caldeándose. Ya en la tarde se reunían en la Plaza Mayor todas las clases sociales que habitaban en Santafé. Allí se encontraba lo más noble y elevado de ella, lo que se denominaba clase media y el pueblo soberano, que así se llamaba por primera vez en la atrasada ciudad. El pueblo estaba armado en esa tarde, y la alborotada chusma prorrumpía en gritos, en risotadas y en silbidos atronadores. La noche se acercaba, y una voz dio el grito de ¡Cabildo abierto! ¡ Junta!, que fue repetido mil veces. El militar don José Moledo fue, a nombre del pueblo soberano, a donde el Virrey, con el objeto de hacer esta solicitud, la que le fue negada. Se encargó de hacerla segunda vez el Procurador Ignacio Herrera, y obtuvo la misma negativa. El pueblo llegó al colmo de la exaltación, y envió como comisionados, por tercera vez, a un grupo de patriotas dirigido por don José María Carbonell, don Salvador Cancino, don Benedicto Salgar y don Antonio Malo. ¡ Qué carnes se le pondrían al Virrey y qué entrañas a la orgullosa Virreina, después de la ostentosa arrogancia de las dos negativas, cuando se vieron forzados a conceder el Cabildo extraordinario, siguiendo el juicioso consejo de don Juan Jurado!( 32 ). Sin duda Amar recordó una de las frases de Cervantes, cuando refiere el fin del Gobierno de Sancho en la Insula Barataria, «por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo» el poderío virreinal( 33 ). Los colonos no consideraban a los Cabildos como verdaderos representantes de los pueblos, puesto que no había elecciones para Municipales. Se obtenían esos cargos y oficios por compra que hacían de ellos, o por elección de los demás Regidores. Hemos visto que el Virrey nombró a varios Munícipes espurios para tener mayoría afecta en el Cabildo de Bogotá. En 1810 se olvidaron estas irregularidades y se miraron los Ayuntamientos como depositarios de los derechos populares y como órganos que podían explicar el querer de las multitudes. Don Juan Jurado abrió la sesión del Cabildo, cuando ya anochecía, a nombre del Virrey, y con el carácter de extraordinario. A las seis de la tarde las campanas de todas las iglesias de la ciudad tocaban a fuego. La alarma aumentaba naturalmente. El pueblo que llenaba la plaza aclamó a José Acebedo Gómez como su Tribuno. La guardia de la cárcel fue desarmada y rendida a pedradas por el populacho. Las masas eran dirigidas con inteligencia por varios patriotas exaltados. En estas circunstancias el Cabildo extraordinario se constituyó de hecho en Cabildo abierto. Formada una lista y leída al pueblo desde el balcón del Cabildo—La Cazueleta— quedaron nombrados por Diputados: don Manuel Bernardo Alvarez, don Luis Azuola, don Manuel Pombo, don José Santamaría, don Camilo Torres, don Frutos Joaquín Gutiérrez, don Emigdio Benítez y otros. En los borrascosos debates de aquella noche se distinguieron los nombrados, don Ignacio Herrera y don Joaquín Camacho. Pronto el Cabildo abierto se constituyó en Junta Suprema Gubernativa( 34 ). Así se consumó la revolución del 20 de julio, que desde tiempos anteriores venía ganando terreno en los corazones de los patriotas. En ese día el ideal se convirtió en hecho, por esfuerzos de los americanos, que obraron como hombres libres. Toda la noche fue de confusión en el Cabildo y en la Junta. El Virrey, más alarmado, dio licencia a don José Ayala y Vergara para que ocupara el cuartel de Artillería, noticia que se llevó a la Junta en las primeras horas de la noche. Se pronunciaron en la memorable reunión discursos brillantes contra la tiranía, se alabó la sabiduría y previsión de los patriotas, se vituperó la conducta inicua de varios Oidores, y se oyó a Acebedo Gómez proclamar traidor al que dejara «escapar aquella ocasión única y feliz» de fundar la Patria independiente. Mientras esto ocurría, un grupo numeroso de pueblo pedía la libertad del Canónigo Rosillo al Virrey. Este la concedió, y sabiéndolo el Magistral, no quiso salir de su prisión hasta que los mandatarios le dieran satisfacciones con vista de los documentos de su causa. Un orador ilustre exclamaba, sesenta y nueve años después, desde la misma tribuna de José Acebedo Gómez: El veinte de julio de 1810 el opresor dirigió al vasallo el insulto que debía colmar la medida en Santafé. No era posible aguantar más oprobio. El sabio Nariño había minado el trono con los Derechos del Hombre, y el pueblo de esta ciudad, ensayando su soberanía en aquella fecha, puso fuego al cimiento. El prócer Acebedo levantó la tribuna en esta plaza, y era un raudal de llamas la elocuencia que vertía. El Virreinato saltó en pedazos. La ola del incendio extendida cubrió las Provincias, y a brazo partido comenzó una lucha de titanes que se revolcaron en su propia sangre. La muerte se hartó de cadalzos, corrieron ríos de lágrimas; pero al fin el estampido de Boyacá despejo el cielo de la Patria( 35 ). De los Munícipes bastardos que había nombrado Amar, Ramón de la Infiesta, Jefe de la contrarrevolución, estaba en la cárcel; Bernardo Gutiérrez, el que luchó a puñada limpia con don Ignacio Herrera, estaba reducido a su casa por tal atentado, y los españoles Vicente Rozo, Joaquín Alvarez, Lorenzo Marroquín, José Carpintero y Joaquín Urdaneta, vieron que no estaba la Magdalena para tafetanes, y se ocultaron con prudencia. Carlos Burgos era partidario de la revolución. Bernardo Gutiérrez dejó su hogar, abandonó el título de Alférez Real, y el mismo 20 se disfrazó de fraile agustino, y huyó en dirección al Norte; los paisanos de Zipaquirá lo apresaron y lo devolvieron para la capital. Desde el anochecer caía una llovizna tenaz, fenómeno metereológico muy común en ese mes en Santafé, lo que hizo calificar aun cronista aquella noche de «lúgubre y horrorosa.» Continuaba el toque a rebato en todas las torres y espadañas. Simultáneamente aparecieron en los enrejados y desiguales ventanas y en los pesados balcones, numerosas luces. Los dueños de las casas humildes colgaron de sus dinteles faroles y linternas de vidrio o forrados en papel, que abrigaban la moribunda luz de velas de sebo. Coadyuvaron a reemplazar la falta de alumbrado público las casas patricias, donde quemaban bujías de cera blanca y velas de esperma de ballena en fanales de cristal o en doradas cornucopias. Dieron vida, perfumes y colorido al cuadro las matronas y las bellas mujeres bogotanas, quienes olvidaron la severa y fría educación y se mostraron en aquel proscenio animosas, bizarras y resueltas. «Las señoras habían tomado partido, y armadas algunas con chafarotes y otras con un buen par de pistolas,» complementaban la interesante escena. Las hijas de la clase media y las del pueblo llevaban armas blancas y acopio de piedras del arroyo, y rodeaban el grupo principal. Las mujeres americanas acompañaron en el drama revolucionario, desde sus principios, a los actores civiles y a los que después fueron famosos guerreros. En elogio de ellas escribió el bogotano Ricardo Becerra: Y obtuvieron la palma de la victoria yendo hasta el cadalso las colombianas; al destierro o perigrinación tras de los ejércitos independientes, no ya como la impedimenta de los romanos, sino como sobrehumano estímulo al valor, las de Venezuela; aceptando la miseria, la expatriación y aun la muerte, las de Quito y Lima, las de Chile y Buenos Aires. Todas se mostraron dignas de engendrar hombres libres y de libar en la copa de la vida con compañeros sobre cuyas almas sólo el amor pudiese echar cadenas. Una mujer, Manuela Beltrán, con entereza de ánimo rara en su sexo, ya había gritado, en 1781, en la ciudad del Socorro: ¡Muera el mal Gobierno! ¡Viva la Libertad! Ya vimos en este volumen que doña Manuela Santamaría de Manrique, ilustre dama bogotana, merece figurar en puesto de honor en la historia de las mujeres que sirvieron a la Independencia. En las variadas escenas del 20 de julio, que tuvieron por teatro las plazas y calles de la ciudad, matronas y señoritas, despreciando prerrogativas de vanidad social, fomentaron el alzamiento contra el Gobierno español. Las señoras Eusebia Caicedo, Carmen Rodríguez, Josefa Lizarralde, Andrea Ricaurte, María Acuña, Joaquina Olaya, Melchora Nieto, Juana Robledo, Gabriela Barriga, Josefa Baraya, Petronila Lozano, Josefa Ballén y Petronila Nava, fueron los Capitanes de la insurrección mujeril. Algunas de esas damas—femina nobilis—ilustres revolucionarias abrigaban rosadas auroras, amores y sueños de ventura, que el drama sangriento de la revolución hizo fugaces a veces y que otras tomó en prematuros duelos de viudas; idilios y afectos que las páginas en que se rememoran esos días trágicos, han hecho inmortales.Hasta el frío corazón del bibliotecario Rodríguez se entusiasma al referir que mujeres de toda clase, y condición, viejas y jóvenes, amenazaban a los soldados aquel día. Las mujeres de la plebe, llamadas entre nosotros revendedoras, y en la Madre Patria, verduleras, fueron las que manifestaron más encarnizamiento contra los nativos de España. Entre ellas se distinguió una, cuyo nombre dejaron perderlas crónicas, que tomando de la mano a su hijo lo bendijo al decirle: «Vé a morir con los hombres; nosotras las mujeres marcharemos adelante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras; y los hombres que nos siguen y a quienes hemos salvado de la primer descarga, pasen sobre nuestros cadáveres; que se apoderen de la artillería y libren la Patria!» Las monjas, en el tranquilo retiro de sus monasterios, dejaron las celdas, y agrupadas y temblorosas, oyendo el rugido de los tumultos populares, dirigían sus miradas húmedas hacia el altar; y todas, en sencillo pero imponente concierto, rogaban a la Divinidad por que sus padres y hermanos alcanzaran éxito feliz. CONTINUAR REGRESAR AL INDICE ( 26 ) ADOLFO LEÓN GÓMEZ, El Tribuno de 1810, 46.( regresar a 26 ) (27 ) El Tribuno, cit. 46.( regresar a 27 ) ( 28 ) Diario Político, día 21. ( regresar a 28 ) ( 29 ) E. POSADA. El 20 de julio,5.( regresar a 29 ) ( 30 ) ANTONIO OBANDO, Memorias (Boletín de Historia, V, 108.( regresar a 30 ) ( 31 ) Archivo Santander, I, 29.( regresar a 31 ) ( 32 ) Diario Político, cit. número 1°.( regresar a 32 ) ( 33 ) Quijote, capítulo LIII.( regresar a 33 ) ( 34 ) J. M. GROOT, lib. cit. III, 59. J. M. RESTREPO, lib. cit. I, 75, 76. J.M. QUIJANO OTERO, lib. cit., 168. Diario Político número 1°.( regresar a 34 ) ( 35 ) JOSÉ MARÍA ROJAS GARRIDO, Discurso, 20 de Julio de 1879.( regresar a 35 ) |