CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
© Derechos Reservados de Autor

CAPÍTULO XXXVIII

El 6 de agosto—Erección de villas—Blasones de Funza—Espíritu revolucionario—Los ex-Virreyes—Nuevos tumultos—Los ex-Virreyes en Palacio. Parten de Bogotá—Su odisea hasta Cartagena—Anécdota en La Popa. Fin de Amar—Recuerdos de este Virrey—Su mujer—Cartas y recuerdos de la Virreina—Nuevas ideas—Prisiones y milicias—Fin de la vida colonial—La Junta y los quiteños—Tribunal de Apelaciones—Perdón de Alba y de Frías—Impresiones oficiales—El Diario Político—Sus redactores. Ojeada retrospectiva—La Plaza Mayor—La fuente pública—Las calles. Los grandes edificios—La sociedad y las costumbres—La queda—Cara de Perro—El Resucitado—El Pecado Mortal—Condiciones sociales y políticas. Escritos notables—Un viejo en danza—Tropas—Prisiones-Solidaridad americana—Honras fúnebres—Regimiento de don Pantaleón Gutiérrez. En favor de los europeos—Escritos de Nariño y Herrera—Los indios, ciudadanos—Cortes españolas—Otro escrito patriótico—El Aviso al Público. Contra la Regencia—Honores para Pey—Honores para los Girardot—lndependencia de Quito—El Aviso de Torres—En plena Patria Boba—Reorganización del Gobierno — Monopolios y tributos—Poesías patrióticas. Miembros del Poder Ejecutivo—Instalación—El Arzobispo Sacristán—Su éxodo—Cisma del Socorro—La prensa extranjera y la revolución—Ultimos soldados realistas.

LAS dianas militares y los campanarios anunciaron en triunfo el albor del nuevo día, en el cual cumplía la ciudad fundada por Jiménez de Quesada y blasonada por el Emperador Carlos V, doscientos setenta y dos años de edad.

La Junta Suprema se reunió en Cuerpo asolemnizarla memorable fecha; y las caballerías y tropas pasearon armadas por las vías públicas. Ese día erigió la Junta en villas los pueblos de Zipaquirá, Ubaté, Chocontá, Bogotá (hoy Funza), La Mesa, Guaduas, Cáqueza, Tensa, Sogamoso, Turmequé y Chiquinquirá. Esta merced la concedió el Gobierno gratuitamente, aumentando sus influencias y sus simpatías. Bajo el régimen virreinal tenían los vecindarios que hacer gastos inmensos para erigirse en villas o ciudades, exacción que se llamaba en el lenguaje oficial de la época gracias al sacar, y que el periodismo avaluó en esta vez en más de $ 100,000, «que hubieran marchado a las columnas de Hércules.»

La villa de Bogotá, o sea la villa imperial y agricultora de Funza, vio reunir pocos días después al Cura don Mariano Lesmes y a los representantes de los vecinos blancos e indios y del Asesor don Miguel Montalvo, los cuales convinieron en que en la nueva villa hubiese Cabildo y que tuviese por blasón un escudo de pintoresca heráldica criolla, dividido en dos cuarteles, azul el uno y rojo el otro, con una corona que representaba la fidelidad; espada, trigo y flores, que significaban la justicia, el valor, la agricultura y la concordia, y oliva y palma, signos de paz y de honor. El escudo tenía la forma de corazón, y en uno de sus cuarteles llevaba también representada esta noble víscera, y sobre ella se leían estas iniciales y. F. VII. Coronaba el escudo un bonete con plumas, sostenido por dos flechas indígenas, enlazadas por una cadena rota, lo que significaba en esa heráldica, libertad americana; y la igualdad de los cuarteles, igualdad patriótica. Una cinta que lo cubría todo, llevaba esta leyenda: Fidelidad, justicia y concordia( 1 ).

Cuenta Caballero que la noche de este día—6 de agosto de 1810—los Oficiales de la antigua guardia pretoriana pasearon un carro triunfal, donde algunos niños «hicieron una loa con muchos fuegos artificiales.»

El día 7 la Junta se ocupó en tomar medidas sobre la tranquilidad pública, y por medio de patriotas que tenían influjo en el pueblo, calmó la efervescencia de las reuniones populares, que le impedían entregarse con reposo a tomar acertadas medidas de Gobierno.

Presentóse también ese día Bobadilla, el conocido Gobernador de los Llanos, en un cuartel donde creía estar con seguridad, y elevó desde allí un memorial a la Suprema Junta, afirmando que su conducta como funcionario en las regiones orientales no podía acarrearle responsabilidad, pues había sido el cumplimiento exacto de órdenes terminantes y precisas del Virrey y de la Audiencia.

El día 10 dos Vocales, Emigdio Benítez y Sinforoso Mutis, salieron para el Socorro a desempeñar comisión reservada de la Junta, llevando $ 1,000 en doblones para sus gastos de viaje, que les fueron entregados el mismo día.

El espíritu revolucionario tomó mayor incremento el 13 de agosto. El pueblo se reunió en la gran plaza, y pidió con instancia y vivamente que el ex—Virrey fuese trasladado a la cárcel de Corte y la Virreina al Divorcio o cárcel de mujeres. En esos momentos, en las puertas de la prisión de Amar tuvieron disgusto personal Eduardo Pontón y un joven Ricaurte, disgusto que llegó al extremo de irse a las manos. El populacho apoyó a Pontón, e impidió que fuese reducido a prisión. El tumulto era grande, y de él se aprovecharon José María Carbonell y otros exaltados para exigir la prisión de los Virreyes. «Todos lo pedían a gritos —dice Caballero—  pero es de advertir que los que pedían esto era la gente baja, pues no se advertía que hubiese gente decente.» La Junta fue constreñida a acceder a esta petición. Se formó una calle desde el Tribunal de Cuentas hasta la puerta de la Cárcel de Corte. Por allí pasó Amar entre numerosísimo pueblo, y ya en su nueva prisión sufrió el insulto de que se le pusieran grillos. Las mujeres del pueblo formaron también calle desde las puertas del convento de La Enseñanza hasta las del antiguo Divorcio. Un testigo presencial dice:

Como a las cinco y media la sacaron del convento, y aunque la iban custodiando algunos clérigos y personas de autoridad, no le valió, pues por debajo se metían las mujeres, y le rasgaron la saya y el manto, de suerte que se vio en bastante riesgo, porque como las mujeres, y más atumultadas, no guardan ningún respeto, fue milagro que llegase viva al Divorcio. Las insolencias que le decían eran para tapar oídos( 2 ).

La Virreina experimentó vejaciones humillantes, de que no pudieron salvarla varios sacerdotes, entre los cuales descollaba el Magistral Rosillo. Sufrió doña María Francisca empellones y puñadas, y cayó, con las ropas desgarradas, en el arroyo que corría por la calle de La Enseñanza, hoy calle 11.

El día 14 volvió a haber tumultos. No siendo capaz el edificio de la Municipalidad pata contener el numeroso concurso, la Junta se trasladó a los balcones del Palacio del Virrey, y allí arengaron Pey y otros Vocales, los cuales lograron calmar la efervescencia pública.

Se reunió una asamblea numerosa de personas distinguidas de la alta clase social, la cual declaró que la Junta estaba legítimamente instalada y que confirmaba los nombramientos hechos por ella, e improbaba los procedimientos incorrectos con que habían sido ultrajados los Virreyes el día anterior. Se dispuso que inmediatamente los miembros de la Junta y grupos de caballeros y de señoras condujesen a los Virreyes de sus respectivas prisiones al Palacio. Un escuadrón de caballería, que tenía sus cuarteles en el Ejido, al occidente de la Plaza de San Victorino, sitio que se llamó mucho tiempo Ejido de la Caballería (hoy prisión de Paiba, para menores de edad), acudió para guardar el orden e imponer respeto al populacho. Ya en el Palacio los Virreyes, se les dejó guardia comandada por don Primo Groot, quien cumplió la misión de hacer respetar al afligido Amar y a su esposa.

En la tarde del 15 de agosto, y aprovechando el tiempo en que el pueblo concurría a una procesión que se había
preparado para el efecto, como medida prudente, salieron los Virreyes del Palacio, y tranquilamente tornaron en las puertas de él el coche que debía llevarlos por el camino de Occidente, a orillas del río Magdalena. Tres caballeros, don Manuel Pardo, don Joaquín Hoyos y don Ignacio Umaña, aceptaron la simpática comisión de acompañar a los vencidos en su penosa y larga peregrinación.

En Honda recibieron 8 1,578 y cuatro reales, de manos de don Ignacio Camacho, para los gastos en la navegación del bajo río, hasta Cartagena. En Turbaco fueron recibidos y galantemente hospedados en casa de don Antonio de Narváez, distinguido hombre público cartagenero, quien escribió luego: «Al Virrey don Antonio Amar y su esposa los tuve a su paso hospedados en mi casa de convalecencia (pueblo de Turbaco), en que almorzaron y comieron, y procuré obsequiarlos y consolarlos en lo posible, y principiaron a respirar en ella de sus sustos y bien fundados temores»( 3 ).

Narváez les dio caballerías enjaezadas para seguir a Cartagena. La Junta de aquella ciudad les había preparado alojamiento en La Popa, donde debía permanecer preso el ex—Virrey hasta nueva orden; nada de esto se hizo saber al sordo Amar, y como al pasar el portalón de su nueva prisión, la Compañía que mandaba el Capitán Miguel Caraballo no le rindiese los honores de ordenanza, Amar, dirigiéndose al Jefe, exclamo:

—«Atienda usted, señor Oficial, que no se me han hecho los honores de Capitán General.»
A lo que repuso el Comandante de la guardia:

—«A mí no me han mandado aquí a guardar Capitanes Generales, sino presos que vienen a disposición de los señores Comisionados»( 4 ).

El ex—Virrey había concedido poder general en Bogotá al abogado don Felipe de Vergara, estando ya preso, en el mes de agosto; y cuando salió para Cartagena, sus valores y alhajas se depositaron en la Tesorería de la Casa de Moneda.

Por orden de la Suprema Junta fueron embarcados los Virreyes, en vía para España. Llegaron a La Habana el 12 de octubre, y de allí partieron con rumbo a la Coruña, el 25.

El 8 de febrero de 1812 escribió una carta Amar, en Cádiz, dirigida a don Joaquín Quintana, de Bogotá. En ella habla de política, y cuenta que la Regencia había resuelto que no había destino proporcionado a sus circunstancias, y que por consiguiente no podría empleársele, corno lo solicitaba. Amar quiso defenderse en España culpando a don Juan Jurado. El patriota José Gregorio Gutiérrez Moreno recomendó a su hermano Agustín, que residía en Europa, para averiguar por el paradero de la «vieja Virreina,» y no menciona a su esposo. «Se había convertido en un personaje tan insignificante, que ni sus contemporáneos hacían de él memorias»( 5 ).

El viejo ex—Virrey llegó al fin a Zaragoza, y fue condecorado por sus servicios con la Cruz de la Orden de San Hermenegildo. Fernando VII dispuso en 1818 que se le indemnizaran los perjuicios que había sufrido en sus intereses por causa de la revolución en Santafé reconquistada. Amar escribió a su apoderado, a don Juan Sámano y a don José González Llorente, con el objeto de que le activasen aquí sus negocios. La carta para el último está fechada en la villa de Sadaba, Provincia de Zaragoza, donde se había retirado a llorar su reciente viudez y a distraerse con partidas de caza.

No obstante el ofrecer el afligido viudo muebles y efectos a sus amigos ya Sámano, sus reclamaciones marchaban lentamente en Santafé de Bogotá, y todavía no estaban resueltas a principios de 1819, y aun es probable que encallaran con el triunfo de Boyacá. En ese tiempo perdernos las huellas del antiguo mandatario.

En la historia nacional es simpático el nombre de don Antonio Amar y Borbón por haberle cabido en suerte recibir la benéfica expedición de la vacuna; por haber señalado su Gobierno con una obra de beneficio público: la continuación del camellón del Norte, iniciado por Ezpeleta, y por haber favorecido la prosecución de la obra de La Catedral, facilitando para su fábrica muchos millares de pesos.

En el Museo Nacional, bajo el número 428, se conserva una lujosa espada que fue de aquel Virrey. «Empuñadura dorada, hoja fina y dorada, angosta, damasquinada, de ochenta y cinco centímetros. Vaina de cuero con anillos de cobre, de dibujos semejantes a la empuñadura y letreros dorados.» Y bajo el número 430A., un freno que pertenecía al arnés de la carrosa de Amar( 6 ).

Doña María Francisca Villanova, nombre con que suscribía sus cartas, era hija de don Eusebio Villanova y de una señora de apellido Marco; tenía numerosos hermanos en Aragón de España, de donde eran nativos; carecía de atractivos especiales; no supo granjearse simpatías entre los habitantes de la capital del Virreinato; y el historiador J. M. Restrepo nos refiere—como ya lo hemos hecho notar—que dominaba a su marido; que tomaba parte en la provisión de empleos, quizá con miras interesadas; que amaba mucho el dinero, y que tenía carácter firme y resuelto. Siguió la Virreina a su esposo en la próspera y en la adversa fortuna. De Cádiz escribía a don Francisco Morales, en frases cariñosas, no obstante haber sido él,en compañía de sus hijos, quienes indirectamente iniciaron la caída del Gobierno virreinal. Le recuerda en la carta que ya le había escrito desde Cartagena y desde la Coruña, y que en la primera le había incluido una lista de alhajas que haba echado de menos, lista que amplió en la carta de la Coruña, a medida que notó lo que le faltaba en su equipaje. Reclamaba veintiséis cuadros de sala y despacho, tres servicios de café, dinero, un reloj que había regalado al Canónigo Gil y una escribanía que había cedido a don Fruto Gutiérrez, en caso de que se les hubieran hecho devolver al Fisco, al ser embargados los bienes del Virrey. Se quejaba doña María Francisca de que no podía llegar a su casa de Aragón por estar invadida la comarca por las tropas francesas, y sin duda recordaría con amargura los días de
su prisión, en contraste con los de su llegada a Santafé, cuando un vate americano escribía en su honor:

Tú serás de nosotros respetada,
Tu ilustre nombre no verá el olvido,
Antes por el contrario, tu memoria
Será eterna en los fastos de la historia.

A más del nombre de doña Francisca, que quedó, según la predicción de Salazar, en nuestros anales, guarda el Museo Nacional, bajo el número 433, unos elegantes zapatos de terciopelo, con bordados de oro y plata, estilo Luis XV, que fueron prenda de uso de la esposa de Amar.

La revolución—como hemos visto—se llevaba a cabo de una manera tumultuaria, y de aquellos elementos de anarquía y desorden salió un nuevo edificio político y social. Fue la culminación de un encadenamiento de hechos y de nuevas ideas, que tuvo principio en 1781, con el alzamiento de los Comuneros. Fue el fin de una etapa que pasaba a la historia, y el principio de la vida civil libre del que había de ser el soberano pueblo de Colombia.

El día 16 de agosto la Junta se ocupó en decretar nuevas prisiones. El Vocal Gutiérrez Moreno fue enviado en comisión a Honda, a detener al ingeniero español Talledo,quien debía seguir a la cárcel de Cartagena. En Bogotá entraron a la cárcel los distinguidos patriotas don José María Carbonell, don Manuel García y don Joaquín Eduardo Pontón, acusados de haber instigado al pueblo a pedir las prisiones de los ex—Virreyes.

Caben bien aquí unas palabras del fundador de Bogotá, que él escribió refiriéndose a sus compañeros de conquista y que pueden aplicarse a los peninsulares, una vez consumada la revolución:

Unos son muertos, y éstos son los más; otros están en España, que con lo que acá hubieron se han ido a sus tierras donde viven; otros se han ido en tiempos pasados a otras partes de Indias; otros se quedaron en este Reino.

Los españoles amigos de la revolución, que no levantaron sus tiendas, encontraron en la tierra americana segunda patria y hogar para sus hijos y descendientes.

Con la partida de los Virreyes acabó la vida colonial en Santafé; desde aquel día las vicisitudes de la guerra, la organización de la República, las luchas políticas y la agitada vida que llevaban los pueblos nacientes, ocuparon la atención de los antiguos colonos; y decimos que aquel día acabó la vida colonial, refiriéndonos únicamente a lo político. Las costumbres de los siglos pasados, profundamente arraigadas en la capital, como era natural, siguieron imperando. Los hogares de los viejos santafereños fueron durante los primeros años de la República, hogares de los revolucionarios. Todos morían en la misma casa donde habían nacido, en la cual no había un rincón que no recordara la dulce caricia materna o el buen consejo paternal. Creían los revolucionarios, como año más tarde lo expresó Julio Simón, que el maestro del porvenir es el pasado.

E1 19 de agosto reglamentó la Junta las milicias: la formación de los regimientos tuvo lugar en la antigua Huerta de Jaime. En esta reorganización, las presillas de Jefe se concedieron únicamente a los americanos,y por excepción a españoles purificados, que habían probado su amor a las nuevas ideas.

El día 21 se dirigió Pey, como Presidente de la Junta, al Conde Ruiz de Castilla, Presidente de Quito, manifestándole asombro por las comunicaciones reservadas dirigidas a Amar, que llegaron después de su caída. Le comunicaba Pey la revolución del Nuevo Reino, y le prevenía que inmediatamente erigiera la Junta de Quito, a semejanza de la de Santafé.

A la sazón se publicaba en Bogotá un bello escrito de don Miguel Pombo, dirigido al pueblo de Santafé, en que lamentaba que la revolución hubiera sido tardía para haber salvado las víctimas de Quito. Para dar idea de la energía de esta pieza literaria, transcribimos uno de sus apartes:

¡El 2 de agosto!.... ¡Día funesto, día de sangre y de horror para la ilustre Quito y de venganza para toda la América! Día para siempre memorable, por los excesos de crueldad y de fiereza a que se entregó el brutal soldado; y día terrible, cuya memoria hará transmitir de generación en generación un odio eterno contra la tiranía española( 7 ).

El día 23 de agosto se estableció Tribunal de Apelaciones con Salas de Gobierno y de Hacienda. En la primera figuran Juan Jurado, José María Castillo y José Gregorio Gutiérrez Moreno, y el Fiscal Dionisio Gamba. Fueron Jueces de la de Justicia Manuel Fernández Saavedra, Francisco J. Vergara y Victorino Ronderos, y Fiscales, don Luis Egea y don Joaquín Ortiz Nagle. Tuvieron Relatores y Escribanos, y recordamos la nimiedad de que señalaron como uniforme casaca y calzón negro, chupa y media blanca; en el cuello, bordadas, las armas de la ciudad, y otro bordado en la manga, de oro, para la Salade Gobierno, y de plata para la de Justicia. Los abogados no podían usar sino bordado de oro en la manga. El Tribunal de Gobierno era también Cuerpo consultivo del Ejecutivo.

Cuestiones de grave importancia le fueron sometidas al Tribunal, entre ellas el proceso criminal contra los Oidores Alba y Frías, a quienes dejamos presos en las cárceles del Socorro. Actuó en él como Magistrado Gutiérrez Moreno, quien lleno de benevolencia, que revela el carácter generoso de nuestros próceres, cortó el célebre sumario y pidió que se les diesen pasaportes para regresar a España con sus familias, magnánimo juicio que fue aprobado el 29 sino las amargas horas de la cárcel de Bogotá, su penoso de marzo de 1811. De manera que los odiados ex—Magistrados Alba y Frías no tuvieron como castigo de sus abusos sino las amargas horas de la cárcel de Bogotá, su penoso viaje en sillón hasta el Socorro y los nueve meses de prisión que allí sufrieron.

El día 25 de agosto la Junta diputó a su Vocal Secretario Fruto Gutiérrez para que dirigiese las impresiones oficiales, y dejó constancia de que el impresor Bruno Espinosa hacía donación generosa de $ 300 que por esta causa se le adeudaban. Dos días después resolvió la Junta favorablemente la solicitud de Caldas y Camacho para fundar un papel público llamado Diario Político de Santafé de Bogotá, en que se sostuvieran los derechos del pueblo, y lo auxilió con $ 2,000, suma que debían reintegrar de los productos de la impresión en el término de seis meses. El periódico apareció el mismo día, y su prospecto tenía el siguiente epígrafe latino: Sed incredibile est adepta liberate quam brevi creverit.. . LIVIUS.

De los redactores del Diario, Caldas es conocidísimo de nuestros lectores. El doctor Joaquín Camacho, natural de Tunja, era un abogado notable y un excelente botánico. En 1808 había escrito la relación territorial de la Provincia de Pamplona, donde fue Gobernador en tiempos del Rey. Lo hemos visto figurar como Vocal de la Junta Suprema de 1810, y ahora iba a colaborar con brillo en el primer periódico de índole política libre y levantada que se publicó en nuestro país.

Aprovechando un período de calma relativa, nos parece oportuno desplegar ante los ojos del lector una descripción del estado material de la Plaza, de lo saliente de la ciudad en aquel tiempo, de las costumbres y de las tradiciones que entonces estaban vivas. Escaso era el desarrollo de las condiciones materiales, como lo vamos a ver en esta ojeada restrospectiva.

Angulo sudoeste de la Plaza Mayor de Santafé de Bogotá

Para dar idea del teatro principal de los acontecimiento del 20 de julio,vamos a recordar los edificios que rodeaban la Plaza Mayor de la capital de la Colonia. El costado norte estaba compuesto por cinco casas, que tenían amplios balcones corridos, todas de pobre arquitectura. Las dos de los extremos pertenecían al Gobierno; la inmediata a La Catedral era cuartel,y de tal sirvió en los primeros años de la República; la situada en el extremo occidental de esta acera, cuya puerta se hallaba en la Calle de Florián, hoy carrera 8a, número 188, servía de Oficina de Correos. La acera occidental la formaban los siguientes edificios, de Norte a Sur: una amplia casa, también de balcón corrido, llamada El Palacio, por haber servido de habitación a los Virreyes desde 1786, año en que se incendió el viejo Palacio, situado en la acera sur. La puerta de esta casa era la primera de la calle de San Miguel, hoy calle 11; seguía una casa de piedra y cal, cubierta con azotea, edificio de relativa elegancia arquitectónica, cuyas ventanas estaban distribuídas simétricamente, la cual servía de oficina de despacho a las Virreyes( 8 ). Seguía un edificio de mezquino aspecto, de un solo piso, que ocupaban los Escribanos públicos, y luego la casa del muy ilustre Cabildo, de que ya hablamos. Era el penúltimo edificio, de un solo piso, despacho de los Alcaldes; y formaba el ángulo sur de aquella acera una casa de dos pisos, con amplio balcón, cerca de cuya puerta se hallaba una ventana con fuerte reja de hierro. Esta casa se conocía con el nombre de La Cárcel Chiquita. El ángulo suroeste de la acera sur lo ocupaba un edificio de tres pisos, con balcones corridos, superpuestos en el extremo occidental, y ventanas con verjas de hierro en el oriental, que fue en los tiempos de la Colonia la Audiencia, el temido Tribunal de los colonos; seguía otra casa, semejante a la anterior, de dos pisos, que fue la Cárcel Grande; inmediato hacia el Oriente se levantaba un pobrísimo edificio de un solo piso, tienda de chichería hasta muchos años después de organizada Colombia; seguía un edificio semejante y un muro de tierra,de aspecto desapacible, que sirvió de cuartel durante la revolución de Independencia y que ocupaba el sitio donde existió el primer Palacio de los Virreyes. La acera oriental estaba formada: de Sur a Norte, por la casa de la Aduana, de la cual hablamos antes; por las fachadas de la Capilla del Sagrario y de La Catedral (ésta en construcción), y por el frente de la casa del Capítulo, situada entre los dos templos( 9 ).

CONTINUAR

REGRESAR AL

INDICE

 

( 1 ) Papel Periódico Ilustrado, I, 251.( regresar a 1 )

( 2 )J.M. CABALLERO, lib.cit., 130( regresar a 2 )

( 3 ) Archivo del historiador Restrepo.( regresar a 3 )

( 4 ) J. M. GROOT, lib. cit., III,74. J.M. RESTREPO SÁENZ, El Virrey Amar y su esposa.( regresar a 4 )

( 5 ) J. M. RESTREPO SÁENZ, trabajo citado. E. POSADA, El 20 de julio, 86.( regresar a 5 )

( 6 ) E. RESTEPO TIRANO, Catálogo del Museo, 71, 72.( regresar a 6 )

( 7 ) Se publicó en el número 17 del Diario Político.( regresar a 7 )

( 8 ) De 1819 a 1826 también sirvió de despacho al General Santander, y posteriormente de local de la Gobernación de la Provincia de Bogotá.( regresar a 8 )

( 9 ) Extracto de las noticias publicadas por don José Belver, sobre la Plaza de Bolívar, en los números 71 y 93 del Papel Periódico Ilustrado.( regresar a 9 )


Comentarios (0) | Comente | Comparta