Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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NOTICIA DE LA CALLE DEL ROMANCE

Noticia de la Calle del Romance La Calle del Romance está pidiendo a gritos un poeta. Mas los poetas no la conocen; ni la pasean; ni se  ocupan de la vida humilde de esta calle, tan angosta y  tan larga; en pendiente, como todas las buenas calles  del barrio de Santa Bárbara, el muy castizo.

Aquí, toda cosa es humilde. Si hacia arriba seguimos, vamos a parar a Belén. Belén, con su ermita empinada; sus tortuosas callejas y allá, en la falda del monte, el rancherío de El Guavio, en donde cada noche se escribe una tragedia de tango. De Belén a Santa Bárbara, unas pocas calles tienen nombre. Además,  también confluye en este sitio el barrio del Carmen,  por donde cursaba el río, bajando en los cuencos turbios de sus aguas, la basura de La Peña. Iremos a la  casa de vecindad en que vivía Margarita Villaquirá,  criatura de Dios. Ya las ventas de chorizos, que ya  cancelaron su negocio. Y al prado breve (a la orilla  del río) en donde los rapaces jugaban a la pelota y,  por agosto, alzaban contra el cielo cándido, la ligera  ilusión de sus cometas.

La Calle del Romance... ¿y de quién fue el romance de la calle? No tiene nada nuevo. Las casas, vetustas, chiquitas y pobres. No la ha vestido, todavía, la  abundancia lujosa del asfalto. Luce, en los intersticios de sus piedras, breves fajas de hierba. Tiene un  balcón con rejas, por donde asoman unas enredaderas. Y en la extrema esquina, sobre la roja vetustez  del techo de una arcaica casona, una espadaña, huérfana de campanas, por cuyas bocas el viento juguetón alborota.

Debió acaecer en esta casa que digo, el romance  del nombre. Algún hidalgo, un segundón de buena  cepa, rondaría, en la penumbra que le sigue al crepúsculo, apenas rota por el llamear titilante de la farola. Del ruedo de la capa, saldrá la punta de la espada,  que se emplea en cosas nobles. Del vuelo del chambergo, se distinguirán las facciones, nítidamente pálidas, por la emoción de la espera. Habrá en ese  silencio, un repicar minúsculo de los espolines de plata. Tal vez, tañerá una guitarra. Por la ventana de reja,  aparece, tras de transparentes visillos, la faz de la doncella requerida. Y un sabroso coloquio de amor cursará bajo el auspicio redondo de la luna.

Al romance, romanticismo. Aunque no todo es  tan romántico en la calle del ponderado nombre.  Todas estas calles, en efecto, tienen como una apostura costumbrista, que da grima, y convida al recuento de las cosas pasadas. Aquí, por ejemplo, veremos  una de aquellas oficinas de “esterería”, que tanto auge  tuvieron a comienzos del siglo. Los santafereños no  tapizaban sus casas. Sobre la carne bermeja de los  grandes ladrillos cuadrángulos, se tendía la estera;  de huche o de esparto, según la copia de lujo. La de  esparto era brillante y tersa y por ella resbalaban los  batinas de las bisabuelas, airosas y raudas, movidas  por el bambuco o el “chotis”, bajo un grave escándalo de crinolinas. La estera de esparto fue durable.

Se la remendaba a trozos, como para no quitarle ese  tono dorado de lo antiguo. En estas “estererías”, oficiabanlos esteradores, armados de “agujas de arria”;  de cabuyas... Y acondicionados de parihuelas, único  sistema de transporte de muebles. Y de sillas de manos, en que viajaban las personas enfermas.

¿Quién, pues, ahora, con la tiranía de los baldosines y de los “parqueses”, quiere ocupar a los esteradores? Quizá en la casona de la esquina, en esa otra  arcaica fábrica del Carmen; en las casas de Santa Bárbara, habitadas todas por tías que se quedaron solteras, a pesar de ser bellas, y mantienen el cuerpo  encorvado por la pesadumbre de deliciosas memorias, se acostumbre esterar. Las parihuelas se emplean  hogaño en los trasteos de las sirvientas. Las sillas de  manos tendrán, de nuevo, oportunidad de ser útiles...  Naturaleza se venga: acábanse los neumáticos! Se cancelará el estruendo de los automóviles. Y otra vez las  sillas de mano, esas alcancías en cuya entraña iba  el tesoro de la hermosura, andarán por las calles del  barrio y dejarán ver, a manera de señal vencedora, la  blanca mano de mujer, que sale fuera, para catar  la tibieza del aire.

Otros comercios tiene la calle. Y le cae, como una  lacra lastimosa, ese cafetín que le han puesto en el  centro, con billares y radio sonante y pestífero tufo  de bebidas baratas.

Van los señores de bombín (pues está muy acordado con el aspecto de la calle el uso del bombín) ,  ascendiendo, trabajosa, fatigosamente, hacia las partes de Belén. Son viejos artesanos, que conservan las  modas del Centenario de 1910. Las solapas de sus chaquetas son angostas y cortas, cerradas casi, contra  el cuello duro, de altas puntas, por donde se escapa  el lazo de una corbata, luctuosa y grasienta. Alguno  recatará, bajo ese sobretodo moderno de gabardina  amarilla, la vergiienza de una levita; de un sacolevita;  de una de esas monstruosas americanas que se implantaron con el sombrero “canotier”.

Mas aquel sujeto que por allí asciende, hurgando  con la cantera de su bastón de áurea empuñadura,  los intersticios enmalezados que existen entre las piedras redonduelas, ha de ser un hidalgo. El hidalgo  de la calle. Tal vez un letrado honesto, habitador de  esas casonas de la espadaña. El hidalgo replica, con  una suave sonrisa, al saludo que yo le hago.

-¿Gusta usted de pasear por estas calles? -me  pregunta la voz fatigosa...

Le respondo que sí gusto de ello, pues en ello encuentro un camino de fuga, en cuyo deleite me escapo de tanta cosa que quisiera mortificarme y acabar  mi alegría.

El hidalgo me relata viejas historias de la calle. En esa casa, cuyo interior es hondo y lúgubre, se cometió un crimen pasional. Es muy semejante su zaguán, a la entrada de la casa de Russi. Allí estaba la venta de don Fulano, quien acreció su fortuna; sus hijos son hoy caballeros.

-¿Y la casa de la espadaña?

El hidalgo responde que es la suya. Vive allí solo,  con sus criados y con sus libros. Una biblioteca nutrida, selecta, en que señorean Don Quijote, Baltasar  Gracián, las comedias de Lope; la Biblia traducida de  Scio, y algunos otros tomos embelesadores.

Él no sabe la razón de este nombre del Romance.  Le vendría porque sí; por alguna leyenda que se grabó con letras en la placuela diferenciadora.

-A lo mejor -explica-, a esta calle le hace falta  el poeta que escriba su romance.

No: no te falta el poeta, calle buena y arcaica  que  aquí, en donde a todos nos bulle en el centro del ser,  la dulce angustia de la poesía, no faltará quien le dé  razón al nombre tuyo, con la factura de un romance,  que diría como sigue:

Calle de barrio, que luces
como las calles maternas,
 un caserón de espadaña
y una ventana con rejas.
Vas, subiendo, humildemente...
No sabes a dónde llevas
pero le brindas al hombre
un suave  abrigo en sus veras.
Estás tendida en la loma,.
eres sencilla y honesta
como los verdes matojos
que nacen entre tus piedras.
Por tu cuerpo corre el aire
y la brisa bulle y vuela,.
tus muros enjabelgados
 tienen blanca la tristeza.
Ni vas al Sur; ni al Oriente:
eres silenciosa y quieta.
La rica sombra de Dios
es traje de tu miseria.
En las mañanas de julio
abres la flor de tu pen
 para que el sol te cultive
con mimos de primavera.
Te nombraron del “Romance”
 por un amor de doncella,.
estás cuitada de historias
y cautiva de leyendas.
La vida en tu predio,
es plácida  La angustia no se te acerca.
La noche te da su luna,.
la mañana, su tibieza.
y así afincada en el barrio
y aposentada en la tierra
eres camino de fuga
que va y que nunca regresa

Se hizo el perfecto día. Las campanitas de Belén  inician sus plácidos toques. Vamos, otra vez, hacia el  centro. Aumenta el ruido. Ya se escucha el sonar de  los tranvías. Tráfago y bullicio. Y allá queda la Calle  del Romance.

(El Tiempo, junio 17 de 1942.)

 

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