Vulgar y sentimental historia de la hampona Bárbara Jiménez

Cuando Bárbara Jiménez llegó a Bogotá tenía 16 años. Tenía un sex-appeal desconcertante. Un par de ojos negros, un par de labios rojos y otros encantos, así, pareados. Bárbara vino de un pueblecillo tolimense, de cálido clima, en que las flores del café regalaban la atmósfera con su perfume vegetal, y el paludismo pintaba de amarillo los rostros sonrientes de las mozas. En el pueblo había 156 cotudas ancianas. 145 cotudas jóvenes y 67 mujeres en estado de ser cotudas. Se fumaba tabaco ( calillas ) . Se bailaba la guabina y el bambuco. En las fiestas de San Pedro, los trajes de holán trazaban circunferencias de amor y azotaban el aire caliente. En las fiestas de San Pablo se tomaba guarapo. Había un cura, socarrón y dadivoso. Había cuatro ricos. Tres señoritos, cinco señoritas. y Bárbara Jiménez, que era la chica más pispa del pueblo.

De los cafetales, de la entraña misma de la tierra, respiraba un aliento maleante y pervertido. Bárbara se tragó una vez este aliento. Y cometió un pecado. Sin honra, todas las mujeres cotudas la maldijeron. Su madre era cotuda. Y entonces vino a la ciudad.

La ciudad -¡oh! , ciudad de leyenda- tenía frío. Era una ciudad patética, antipática, cobarde e hipócrita. Sus calles principales mostraban unas venas de acero, sobre las cuales se resbalaban unos aparatos ruidosos. Las gentes vestían abrigadas ropas de lana. Bárbara traía su trajecillo de holán vaporoso sobre cuya superficie las donosas formas de su cuerpo dibujaban cariciosos signos de sensualidad.

Como todas ellas -las del mundo, las «del siglo», las del pecado y la miseria-, fue a la plaza de mercados. En la plaza se relacionó con un truhán ratero. Se compró un pañolón colorado. Aprendió a usar polvos y colorete, para taparse la epidermis palúdica. Usó calzados. Se perfumó de agua de colonia y de flores del campo. Después fue mesera de un café elegante. Luego, chica de dancing, taxi girl y, por Último, mimada de un hombre rico.

Las sucesivas mudanzas de su fortuna le dieron un modo de ser especial y triste. En la cloaca o en el palacio, se sentía intrusa y descentrada. Otra era la vida que perseguía. Distintos sus anhelos. Otros los deseos de su alma. Esta inquietud mortificante, la condujo al abuso del alcohol. Bebía porque sí, y ya borracha, daba gritos, saltaba, aullaba, lloraba y gemía. Insultaba a sus amigos y maldecía al buen Dios. Buscaba entre las copas de licor, un lago, un mar, un río, un pozo para navegar. Tenía aquella inquietud marina de las mujeres de tierra firme. Se imaginaba atravesando océanos nefandos y coléricos mares, en cayucos, en barcos, en goletas, sola, desafiante y arisca. Y entre más la fruncía en el interior este deseo de la fuga, más quieta se estaba, más silenciosa. Era una bárbara y le caía muy bien el nombre. Fue despedida del dancing. Perdió la amistad del hombre rico y llegó a la calle tercera.

En esta callejuela tortuosa, que empañaba de vicio la Bárbara se colocó en la casa de la señorita Ismenia, una mujer bajita, gordita y amable, en estado de «retiro». Sus compañeras eran Fifí, Lucy y Celina. Fifí tenía 17 años y era boyacense; Lucy tenía 26 años, 1a mayor de la casa, y era zipaquireña. Celina tenía 14 años. Era una niña, enferma, reventada, desvergonzada y espantosa.

A las seis de la tarde salían de sus habitaciones, en vueltas en kimonas y «negligées». Las cabelleras desgreñadas. Pálidos los rostros. Todas embadurnadas de pecado. Desayunaban con un pocillo de chocolate y huevos pericos, y comenzaban a arreglarse. Se pintaban los labios y las mejillas. Se tocaban de polvos de arroz. Se friccionaban con agua de colonia. y se vestían los trajes de seda, rojos, azules, violetas y color de naranja, de grandes colas, ceñidos y casi transparentes.

Silenciosas, salían ala puerta o se asomaban a la ventana. Con anterioridad, desfilaban ante la señorita Ismenia, que las examinaba minuciosamente.

-Súbete la falda tres centímetros más -le decía a Celina.

-Arréglate la ojera del ojo derecho -le decía a Fifí.

-Pequeña, ¿no te parece que quedarías mejor peinada así? -le decía a Bárbara.

-Si te desvías el lápiz a la izquierda, te verás menos «jetona» -le decía a Lucy.

Las cuatro obedecían las órdenes de doña Ismenia. y salían ala puerta y se asomaban a la ventana. Al iniciarse la oscuridad, comenzaba el desfile de la clientela. Venía la soldadesca, vestida de fiesta, borracha y patana. Filas de soldados de caballería e infantería, que satisfacían sus instintos atendiendo a las voces de mando de los sargentos. Parejas de vagos y rateros y asesinos. Cundía la noche. Las victrolas sonaban tangos, cumbiambas y rumbas. La voz de las mujeres se hacía opaca, entre el tufo del aguardiente y de los cigarrillos baratos. Había bofetadas, maldiciones, blasfemias y palabras de amor. Había voces de madre, de niños, de huérfanos, de esposas y de amantes. Todas estas voces formaban la voz de la calle, cuyo eco se perdía entre la desoladora oscuridad.

La madrugada las sorprendía siempre en el tráfico de las caricias. La entrega se repetía una y cien veces. Eran las máquinas que fabricaban el módico placer. Eran las cloacas que desaguaban la infección social. Las perdidas, las malas mujeres, que se dejaban vivir en la pocilga hastiadas de buscar una vida que nunca encontraron.

Entre los clientes más asiduos de la casa de doña Ismenia, estaba Mediabola. Mediabola ya era elegante y rico, y petulante, y presuntuoso, y respetado. Entraba al salón marcando fuertemente los pasos, seguido de sus acólitos, desafiante la mirada, tieso el ademán, bronca la voz y el respirar.

Las mujeres lo veían ir hacia ellas con miedo y con deseo. La que lo esquivara estaba perdida. Mediabola las abofeteaba. y al abofetearlas, producía una risa atroz, una carcajada  diabólica que helaba la sangre.

Bárbara Jiménez lo conoció una madrugada. Lo vio venir con sus aires de matón y asesino y no tuvo miedo. El ratero la abofeteó y Bárbara le estrelló una botella en la cabeza. Hubo tumulto, escándalo. Los acólitos rompieron el aire con sus facas. La señora Ismenia, babosa y suplicante, pidió perdón.

El ratero atisbó a Bárbara. Le examinó el cuerpo. La encerró en el ángulo de sus miradas y sonrió levemente.

-No le hagas nada, que está borracha -dijo. y le tiró a la cara un billete de cinco pesos.

De este punto en adelante, cuando Mediabola iba a la casa de doña Ismenia, se dedicaba a cortejar a Bárbara. Sus compañeras ya le tenían envidia. El ratero le compró un traje de raso con flores moradas. Le regaló un reloj de pulsera. Le obsequió un pote de perfume «del fino» y un par de medias de seda.

Se la pasaba, ante la extrañeza y la estupefacción de sus compinches y de las mujeres de la casa, contemplando a la «califa». Mirándola a los ojos, con timidez y con ternura; ofreciéndole tragos de oporto. Bárbara lo desairaba y lo despreciaba. y una vez, finalmente, en una borrachera, decidió ser su novia. Abandonó la casa de la señora Ismenia, compró varios vestidos y se fue con Mediabola.

A los dos los unía un mismo sentimiento de odio. Odio a la luz, a la luna, a los pajarillos ya las bombillas eléctricas. Odio a Dios, a los hombres ya los policiales. Odio a las gentes elegantes que vivían bien sin martirizarse y sin robar. Odio al gobierno que« tenía la plata» . Odio a los aparatos de radio y al paisaje . Su amor era un odio ampliamente comprensivo. Era el ejercicio de una férrea voluntad de venganza. La realización de una desastrosa idea de exterminio.

Se instalaron en una habitación del Paseo Bolívar, barrio de San Luis; edificación moderna y bien pintada que tenía sala, dos alcobas, cocina de estufa y lavabos con grifos. Compraron, honradamente, un mobiliario que les costó ochenta pesos. Contrataron a una vieja ladina y fea, para los servicios domésticos y el cuidado de la casa, y comenzaron a organizarse .

Solemnemente se hizo la presentación de Bárbara en la «pandilla» . Su condición de esposa cuasilegítima del jefe le dio autoridad y prestigio. Su inteligencia natural, su picardía y su perspicacia, le granjearon prontamente el aprecio y la estimación de sus compañeros.

Por aquel tiempo, el “negocio” iba mal. Comenzaron las «batidas» . La epidemia de atracos puso alerta a la policía. Había semanas en que apenas se recogía lo indispensable para la subsistencia. Escaseaban las fiestas. No había para ir «al cine» ni para pagar el arrendamiento.

Bárbara meditó un nuevo expediente y fundó la asociación de las «criadas rateras» .

Ella misma, con su pañoloncito, sus alpargatas blancas, su aspecto cándido de provinciana y sus modales humildes, recorrió las tiendas en busca de “colocación”. Se «colocó» en la casa de una familia distinguida y rica. Qué primor de eficiencia, aseo y diligencia de la «criada de adentro» .

No perdió el tiempo, y en quince días, hizo un minucioso inventario de los objetos más ricos de la casa. Un domingo, cuando ya ganada la confianza de sus amos, éstos se fueron de visita, llevándose a los niños, desconcertados ante la negativa de la criada de aceptar el permiso de «salida», llamó a su amante, le entregó las joyas, la vajilla de plata, los cuadros y los tapices y abandonó el empleo.

En el curso de dos meses, robó más de 8 casas, obteniendo un botín cuantiosísimo. La policía entonces estrechó la vigilancia. Bárbara estuvo en grave peligro de ser capturada. Huyó al refugio del Paseo Bolívar. Vivió su luna de miel con Mediabola, que la quería más que nunca, asombrado de su habilidad y su talento.

Yendo de paseo con su amante, una vez, por el Parque Nacional, notó que una mujer miraba a Mediabola, insistentemente. Bárbara no hizo nada. Se fijo bien en  “la otra”. Dos días después, la “otra”, tenía la cara cortada, desde la oreja hasta la barbilla.

Hasta la barbilla, y hasta el corazón si pudiera. Bárbara es el centro, el alma y la inteligencia de la banda. Ella espía, se informa y ordena. Ella hace los planes y los otros dan el «golpe» . Y ella, a su arbitrio, reparte la ganancia, reservándose una buena porción del botín. Ha declarado que, en cuanto tenga cinco mil pesos, se retirará, con su amante, si éste la sigue, y comprará en el campo una casa, para criar gallinas y cultivar una huerta.

Todas estas mujeres del hampa, trabajan y luchan para criar gallinas.

(El Tiempo, marzo 4 de 1936. )

 

 

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