CAPITULO XX

EL 20 DE JULIO DE 1810

CONVOCATORIA de las Cortes. - Los Comisionados Regios. Antonio Villavicencio. - Pacificación con nombramientos bien remunerados. Las medidas de persecución de la Audiencia. - Hacia la Junta de notables. - Historia de un florero. - El 20 de julio. - Morales y Llorente. - Anarquía y saqueo. - Un pueblo sin objetivos políticos. - Lucha desesperada de Acevedo Gómez. - Los notables se esconden. - Fracasa el movimiento de la oligarquía. - José María Carbonell, el verdadero prócer del 20 de julio. - El pueblo salva la revolución - Las campanas al aire. - ¿Cabildo Abierto o Junta de Notables? - El Virrey negocia con la oligarquía. - El vanidoso retórico de la oligarquía. - Los pactos del 20 de julio. - Gobierno conjunto del Virrey y los patricios criollos. - Reconocimiento de Fernando VII y el Consejo de Regencia. - Se trazan las fronteras visibles entre el puebla y la oligarquía frondista.

LA OCUPACION de Andalucía por los ejércitos franceses obligó a la Junta Central de Sevilla a desbandarse y parte de sus miembros,  reunidos en la Isla de León bajo amparo de la flota británica, constituyeron un Consejo de Regencia, compuesto de cinco vocales, y a continuación convoca
las Cortes del Reyno para que ellas afrontaran la historica crisis que vivía la Península.

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El estamento criollo constituía el centro del poder económico en la ciudad y ello explica sus periódicos conflictos con las autoridades, conflictos que se manifestaban en las frecuentes discrepancias del Gobernador y el Cabildo, convertido en feudo político de las familias representativas de la oligarquía criolla: los García de Toledo, los Díaz Granados, los Ayos, los Castillo y Rada y los Gutiérrez de Piñeres. Tales discrepancias se acentuaron, como era fácil prever, al conocerse en Cartagena los adversos desarrollos de la crisis española y los criollos trataron entonces de forzar al Gobernador, don Francisco Montes, a compartir el poder con ellos, a aceptar la asesoría administrativa y política de los Regidores del Ayuntamiento. Algunos más audaces, llegaron, inclusive a proponer la constitución de una Junta de Gobierno, formada por los grandes señores del estamento criollo y el Gobernador, sin conseguir otra cosa que ahondar el conflicto con Montes, quien se denegó categóricamente a permitir la limitación de sus atribuciones jurisdiccionales. Esta negativa obligó a los criollos a examinar la posibilidad de abrir las puertas a la colaboración del pueblo en el conflicto, al tiempo que una fracción, dirigida por Germán Gutiérrez de Piñeres, se inclinaba a pedir el concurso de la barriada de Getsemaní y de los esclavos negros. En esta discrepancia influyó la vieja rivalidad que existía entre Cartagena y la Villa Mompós, Villa a la cual estaban vinculados los Gutiérrez de Piñeres, pero ello no resta trascendencia a la aparición de un partido popular en Cartagena, partido que reflejaba, no obstante la extracción patricia de sus dirigentes, las aspiraciones de los desposeídos. y que habría de desempeñar un papel decisivo en la declaración de Independencia.

Cuando la pugna entre el grupo dominante de la oligarquía criolla y la fracción que comandaban los Gutiérrez de Piñeres estaba en sus principios y había restado no poca eficacia a la oposición contra el Gobernador, llegaron a Cartagena los Comisionados Regios, cuyas amplias miras en pro de los americanos les ganaron general simpatía y les otorgaron autoridad bastante para actuar como jueces en el conflicto entre el Cabildo y el Gobernador. Villavicencio se sirvió de las amplias facultades de que estaba investido para promover importantes cambios en favor de los criollos y obtuvo del Gobernador Montes, no sin grandes trabajos, que aceptara las exigencias de García Toledo, a fin de debilitar, por este medio, al partido de Gutiérrez de Piñeres, cuya evidente peligrosidad no se ocultó al Comisionado Regio. El 22 de mayo de 1810 se acordó, por tanto, que "el Gobernador continuaría en la administración de la República en unión del Cabildo" y se designaron dos miembros del Ayuntamiento para asesorar a Montes en las cuestiones fundamentales de la Administración. Protocolizado este acuerdo, se prestó en Cartagena el solemne juramento de obediencia al Rey don Fernando VII y al Consejo de Regencia.

Satisfecho Villavicencio del éxito dé sus gestiones, procuró enterarse, por distintos conductos, del estado general del Reyno, y cuando dispuso de suficientes elementos de juicio, elaboró una serie de informes para el Consejo de Regencia, en los cuales formulaba severos cargos a las autoridades coloniales y se solidarizaba con la inconformidad manifestada por los criollos en los últimos años. Su informe del 24 de mayo de 1810, por ejemplo, tenía las características de un Memorial de Agravios y sus principales recomendaciones se concretaban a pedir el nombramiento, en los altos cargos de la Administración colonial, del Marqués de San Jorge, don Camilo Torres, Frutos Joaquín Gutiérrez, Ignacio de Pombo, Joaquín Camacho, Eloy Valenzuela,  José María Castillo y Rada, Francisco José de Caldas y Miguel Díaz Granados. El Comisionado Regio juzgaba, indudablemente, que el malestar del Reyno desaparecería al otorgarse prebendas bien remuneradas a las personalidades eminentes de la oligarquía criolla.

Si la llegada de Villavicencio a Cartagena disminuyó las graves tensiones políticas que existían en esa plaza, su retardo en ella hizo posible que en Santafé tomara inesperadas proporciones el conflicto que enfrentaba al Cabildo capitalino y a las autoridades virreinales. Al señor Amar y Borbón y a los Oidores no les causaron gracia ninguna las condescendencias de Villavicencio con los americanos y decidieron anticipar las medidas de represión policiva que habían ideado para reducir a la impotencia al partido criollo. Su plan, como el plan del Conde Ruiz de Castilla en Quito, fue procesar, por traidoras a la Corona, a las principales personalidades del. estamento criollo, a fin de colocar a Villavicencio y Montúfar ante hechos cumplidos y obligarlos a asumir la responsabilidad, si insistían en entenderse con los criollos, de tratar con individuos juzgados por el grave delito de traición. Para el efecto, los Oidores Alba y Frías elaboraron una numerosa "lista" de las personalidades que debían ser detenidas y con el mayor sigilo se comenzaron a instruir los procesos, a fin de tenerlos listos en el momento oportuno.

Como los criollos ignoraban la conjura que estaba fraguandose contra ellos en las esferas del Gobierno, esos días daban muestras de su gran alborozo por la próxima llegada de Villavicencio, cuyas cartas les permitían esperar confiadamente en que el Comisionado Regio los apoyaría en sus reclamos contra el Virrey y la Audiencia. Ello explica por qué en el mes de junio de 1810 se creó en Santafé una situación bien paradojal: al tiempo que las autoridades coloniales discutían sobre la validez de las credenciales del representante de la Metrópoli y ni siquiera pensaban en organizar los festejos acostumbrados para estos casos, los grandes señores criollos, sindicados de rebeldes, no disimulaban su regocijo por la venida del Comisionado y hacían alardes del gran banquete que se preparaban a ofrecer a Villavicencio en casa de don Pantaleón Santamaría, la más lujosa residencia particular de Santafé. Hasta el mismo alojamiento del emisario de la Regencia se convirtió en materia de disputa, porque los criollos se resistieron a permitir que fuera huésped de un español, de don Lorenzo Marroquín, y ello explica la siguiente carta, dirigida por Acevedo Gómez a Villavicencio: Este pueblo le decía está muy incomodado de que Vuestra Merced haya resuelto venir a apearse a casa de un particular. Creo que el Cabildo se verá precisado a suplicar a V.M. oficialmente que evite semejante comprometimiento y venga a vivir solo en la que le dispuso Ugarte, o en la que habito yo actualmente que es bastante regular, pues me la pidió el Alcalde ».

En los primeros días del mes de julio se enteraron los criollos, por la indiscreción de un funcionario del Real Acuerdo, de la existencia de la famosa "lista" de las personas que debían detenerse preventivamente y de los procesos cuya instrucción se confió a los Oidores Alba y Frías. Aunque sólo conocieron los primeros nombres de la lista, ello fue bastante para alarmar a quienes se habían expresado contra las autoridades y tantos se sintieron amenazados y esperaron escuchar en las puertas de sus casas los broncos golpes de las alabardas de los alguaciles que súbitamente se acabó en la capital el optimismo que despertó la anunciada llegada de Villavicencio. Los más destacados dirigentes del partido criollo trataron, de establecer la fecha de su arribo a la Capital y para su desesperación sólo pudieron obtener noticias confusas de las cuales parecía deducirse que Villavicencio se encontraba todavía en Cartagena. Si el pánico y el derrotismo no se apoderaron totalmente de los criollos, ello se debió al oportuno conocimiento que se tuvo en Santafé de las insurrecciones ocurridas en Caracas y Pamplona, insurrecciones que terminaron en el derrocamiento de las autoridades locales y en su reemplazo por Juntas "conservadoras de los derechos de Fernando VII". La solución de una Junta de Gobierno en Santafé se convirtió, para los notables, por tanto, en la única alternativa que podía salvarlos de las medidas decretadas por la Audiencia, y esta común aspiración dio, paulatinamente un carácter más definido a sus actividades políticas. En carta dirigida por Acevedo Gómez a Villavicencio, el 29 de junio de 1810, le decía:

« Cada instante que corre hace más necesario el establecimiento de la Junta Superior de Gobierno, a imitación de la de Cádiz y compuesta de diputados elegidos por las provincias, y provisionalmente por el Cuerpo Municipal de la Capital ».

En casa de Acevedo Gómez se celebraron frecuentes reuniones de los principales personeros del estamento criollo y la consideración del problema que a todos incumbía, puso entonces de manifiesto las diferentes opiniones y los distintos temples de carácter. La hija de Acevedo presenció muchas de las escenas cumplidas en su hogar y más tarde, valiéndose de sus recuerdos, hizo un relato de ellas, relato en el cual puso, en labios de su padre, las siguientes frases: «Muchas conferencias hemos tenido los patriotas, y mil pareceres contradictorios se han emitido en nuestras juntas. El fogoso Carbonell quería un golpe atrevido; Lozano ha aconsejado proposiciones al Virrey; Camilo Torres quiere que se pidan terminantes y prontas explicaciones al gobierno español; Herrera aconsejaba una asonada ruidosa que intimidase a los gobernantes, y que en caso de correr la sangre de éstos, se mirase este hecho como un castigo ejemplar y una justa venganza; Benítez quiere que se indague con más atención la opinión pública, y no falta quien aconseje un sangriento atentado.

Pronto descubrieron los participantes en dichas juntas que la casa de Acevedo estaba vigilada y ello los forzó a buscar un lugar de reunión menos expuesto. Como don Francisco José de Caldas desempeñaba el cargo de Director del Observatorio Astronómico y de él nada sospechaban las autoridades, se consiguió que autorizara la reunión de los jefes del partido criollo en la torre del Observatorio, y ello explica por qué, en los días 17 y 18 de junio de 1810, se efectuaron en la oficina de Caldas, en medio de herbarios, libros de cálculo matemático e instrumentos de observación astronómica, las célebres juntas en las cuales se decidió la suerte del Nuevo Reyno. De ellas fueron cuidadosamente excluidos quienes no compartían la idea de reducir el movimiento a la simple captura del poder por los notables del Cabildo de Santafé, y el problema tratado exhaustivamente en el Observatorio fue el de encontrar la manera de utilizar al pueblo de la Capital, cuyo concurso se juzgaba necesario, para contrarrestar una posible intervención de las milicias, sin tener que adelantar campañas de agitación social, que los magnates criollos, recordando la experiencia de los Comuneros, juzgaban singularmente peligrosas, y sin adquirir compromisos políticos con la "plebe", tan menospreciada por ellos. Libres del estorbo de Nariño, quien insistió siempre en la necesidad de deponer a las autoridades con un auténtico levantamiento popular, los principales personeros de la oligarquía criolla, - José Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales, etc. - pudieron consagrarse a idear la táctica política de que se servían para provocar una limitada y transitoria perturbación del orden público, que habría de permitir al Cabildo capturar el poder por sorpresa y tomar a continuación las providencias indispensables para el pronto restablecimiento del orden, de manera que el pueblo no pudiera desviar el movimiento de los rumbos que la oligarquía, pensando sólo en sus intereses, trataba de darle anticipadamente. La ocasión era propicia para este género de proyectos, porque los abusos de poder cometidos por las autoridades habían deteriorado considerablemente su prestigio y los patricios criollos, en su calidad de víctimas, se ganaron una simpatía transitoria, con que no contaron en épocas anteriores y que les sería de gran utilidad en las jornadas decisivas que se aproximaban.

Fue don Antonio Morales quien se encargó de sugerir la manera de utilizar, en favor de la causa, la visible impopularidad del Gobierno, y a propuesta suya se decidió promover un incidente con los españoles, a fin de crear una situación conflictiva que diera salida al descontento potencial que existía en Santafé contra los Oidores de la Audiencia. Morales manifestó a sus compañeros que ese incidente podía provocarse con el comerciante peninsular don José González Llorente y se ofreció gustoso a intervenir en el altercado, porque profesaba, por cuestiones de negocios, una franca animadversión al español. Como los notables criollos no disponían de muchas alternativas, la sugerencia de Morales fue aceptada y. se decidió ejecutar el proyecto el próximo viernes, 20 de julio, fecha en que la Plaza Mayor estaría colmada de gentes de todas las clases sociales, por ser el día habitual de mercado. Para evitar la sospecha de provocación deliberada se convino en que don Luis Rubio fuera el veinte de julio a la tienda de Llorente a pedirle prestado un florero o adorno para decorar la mesa del anunciado banquete a Villavicencio y que en el caso de una negativa desobligante, los hermanos Morales procedieran a agredir al español. A fin de garantizar el éxito del plan si Llorente convenía en facilitar el florero o se negaba de manera cortés, se acordó que don Francisco José de Caldas pasara a la misma hora por frente del almacén de Llorente y le saludara, lo cual daría oportunidad a Morales para reconvenirle por dirigir la palabra a un "chapetón" enemigo de los americanos y dar así comienzo al incidente.

Tal era, sin embargo, la parte secundaria del plan, como se encargaron de advertirlo don José Acevedo Gómez y Camilo Torres. Para ellos, como para la mayoría de los asistentes a las juntas del Observatorio, lo importante era conseguir que el Virrey, presionado por una intensa perturbación del orden, constituyera ese mismo día la Junta Suprema de Gobierno, presidida por el mismo señor Amar e integrada por los Regidores del Cabildo de Santafé. Todos los esfuerzos de los conjurados debían dirigirse, por tanto, a evitar que dicha perturbación se prolongara más de lo indispensable, para no correr el riesgo de que el pueblo adquiriera conciencia de su fuerza, como la adquirió durante la revolución de los Comuneros, y pretendiera imponer un orden político difícil de controlar por los procuradores de la oligarquía criolla. Como se contaba, por anticipado, con el endeble carácter del Virrey, la principal preocupación de los conjurados fue la posible resistencia de las milicias de la Capital y por ello se ordenó al Capitán Antonio Baraya, pariente de los principales conjurados, estorbar cualquier intervención de dichas milicias durante la asonada y se le advirtió que debía estar listo para contribuir al restablecimiento del orden, no bien accediera el Virrey a autorizar la constitución de la Junta de Gobierno. El propio don Camilo Torres se encargó de definir el sentido de la decisión tomada por los patricios criollos en aquella hora crítica: « En tal conflicto - escribió Torres - recurrimos a Dios, a este Dios que no deja perecer la inocencia, a este nuestro Dios que defiende la causa de los humildes; nos entregamos en sus manos; adoramos sus inescrutables decretos; le protestamos que nada habíamos deseado sino defender su santa Fe, oponernos a los errores de los libertinos de Francia, conservarnos fieles a Fernando, y procurar el bien y libertad de la patria». (Motivos... septiembre 25 de 1810).

El 19 de julio transcurrió en aparente calma y los conjurados se limitaron a esperar, con intensa ansiedad, la hora decisiva. Don José Acevedo Gómez se encerró en su casa y ese mismo día escribió una carta a Villavicencio, en la cual le decía: « Dios quiera que llegue Vuestra Merced a tiempo de poder conjurar la tempestad, que lo dudo, así como desconfío de tener el gusto de abrazarle, pues mi vida está acechada por todas partes, como las de otros ciudadanos... Dígnese V.M. echar una mirada de interés y compasión sobre mi desgraciada familia, que ha sido víctima del bárbaro y despótico sistema colonial en que nos han tenido. Ciento veinte mil pesos, fruto de veinte años de trabajo, fatigas y peligros, me hizo perder el Gobierno a principio de la guerra con Inglaterra, porque no hubo arbitrio de que este Virrey nos permitiese ni aún el comercio de cabotaje, y en tres años las quinas se perdieron y se cayó su estimación en Europa; los cacaos se pudrieron, y los algodones que el monopolio peninsular me obligaba a mandar a Cádiz, fueron presa de un enemigo poderoso en el mar ». (19 de julio de 1810).

La Capital del Nuevo Reyno de Granada debía transformarse en pocas horas, en el escenario de magnos acóntecimientos políticos y conviene conocer, por tanto, las características urbanas y la vida de la vieja Santafé, de la Santafé de 1810, en la cual iba a decidirse, en un histórico conflicto, el destino futuro de nuestro pueblo. « Pequeña - dice Raymundo Rivas - es aún el área que ocupa Santafé de Bogotá que apenas si mide una milla de norte a sur. Por el oriente, al pie de los montes que la defienden de las brisas heladas de los páramos, y donde nacen los ríos San Agustín y San Francisco y las quebradas el Chuncal, el Manzanares, San Bruno y Monserrate, que la surten de aguas cristalinas, principian las calles en las que se extiende al costado de la iglesia de la Candelaria, cortada realmente en sus extremos por los dos citados riachuelos. Una docena de manzanas se prolonga hacia el poniente, cuyo límite, pasando por la carnicena y la Huerta de Jaimes, en cuyo extremo principal las ubérrimas praderas de la Estanzuela, termina en la plaza de San Victonino, en la cual se ofrece la iglesia consagrada al mártir, y se tiende el puente, punto inicial de donde arranca la amplia calzada que iniciara un oidor de amores desgraciados, y se prolonga a través de la sabana melancólica que brinda dos cosechas anuales. Siguen las escasas mansiones por la vía de la Alameda hasta dar con el templo de Nuestra Señora de Las Nieves - por cuanto la plazuela queda excluida del perímetro oficial - templo cuya espadaña, por sobre las campiñas y otro angosto puente, mira a lo lejos, ya en el camino que lleva a Tunja, la Recoleta de San Diego con su capilla de la Virgen del Campo... La corriente del San Agustín cierra en verdad la capital por el sur, si bien algunas mansiones quieren formar barrio en torno de la iglesia de Santa Bárbara, cuyas campanas saludan a las del monasterio de San Miguel del sabio obispo de Hipona, y a las más humildes de las ermitas de Egipto, Belén y Las Cruces... Cuatro plazas cortan la monotonía de las calles tiradas a cordel. La de San Francisco aparece recortada por la capilla del Humilladero. En la Mayor, el chorro parlanchín del Mono de la Pila interrumpe el silencio casi habitual; levanta la casona de la Real Audiencia su pesada arquitectura, con los tres ventanales de la sala mayor sobre el ancho portón coronado de inscripción latina sentenciosa y balcones sobrepuestos; busca amparo a su lado la cárcel grande, desde una de cuyas ventanillas piden limosna al transeúnte los presos que aguardan el fallo de los jueces y, profanando la seriedad de sus vecinos, plebeya chichería se acurruca a su lado, y se interpone entre la mansión donde los señores Oidores llenan sus obligaciones y el cuartel de milicias ampara a los escogidos para servir al Rey. En los otros costados de la plaza, la Catedral que empieza a surgir de sus escombros, el Sagrario, la casa de correos, los pilares del incendiado palacio de los virreyes y unas cuantas casas particulares cierran el espacio en donde alternan los ruidos del mercado semanal, el aparato de las ejecuciones y castigos que se cumplen con teatral solemnidad, los gritos de regocijo de quienes participan en las diversiones, aristocráticas unas como las cuadrillas de caballos, populares otras como las tradicionales fiestas de toros.

« Con sus ocho barrios: Catedral, El Príncipe, Palacio, San Jorge, Oriental, Occidental, San Victonino y Santa Bárbara, separados en algunos de sus límites por cinco puentes de sencilla fábrica, la Capital del Nuevo Reino de Granada presenta modesta apariencia, y su prestigio se sustenta sólo en el lustre que le imprime la escogida sociedad. En sus veinte mil almas escasas, cuya mitad no alcanza a blancos a quienes califica un geógrafo de la Corte de hábiles e ingeniosos, de buena estatura y aspecto, pero flemáticos y pausados, quinientos religiosos de ambos sexos ponen con sus hábitos una nota de austeridad en el ambiente, y ochocientos esclavos, sobre cuyo abatido caminar se cierne el peso de la miseria, proclaman la rígida separación, constante e infranqueable, de las clases sociales ».

El 20 de julio de 1810, hacia las once de la mañana, la plaza mayor estaba colmada por una heterogénea concurrencia, compuesta de tratantes y vivanderos, indios de los Resguardos de la Sabana y gentes de todas las clases sociales de la Capital. Aunque los conjurados tenían la resolución de correr todos los riesgos, hacia las diez de la mañana convocaron el Cabildo, y, a propuesta de algunos Regidores, que insistían en recomendar una conducta prudente y en que se agotaran las medidas conciliatorias antes de acudir a hechos revolucionarios, se decidió comisionar a don Joaquín Camacho para que, a nombre del Ayuntamiento, se trasladara al Palacio Virreynal y solicitara a don Antonio de Amar la formación de una Junta de Gobierno, presidida por él e integrada por el Cabildo y los patricios designados por el mismo Cuerpo Capitular. El desarrollo y resultados de esta gestión los describe, el mismo señor Camacho en el "Diario Político": « Cansado el ilustre Ayuntamiento - dice - de pasarle oficios respetuosos (al Virrey) en pie hacía ver la desconfianza de los pueblos para con los funcionarios del gobierno, de recordarle las medidas que habían tomado las provincias de Cartagena, Pamplona, y últimamente la del Socorro con sus gobernadores y corregidores, y de pedir a una Junta compuesta de los diputados de los Cabildos del Reyno, le mandó el día 20 de julio, entre 10 y 11 de la mañana, una diputación para convenir verbalmente sobre las medidas que debían tomarse en circunstancias tan urgentes y tan críticas. El asesor del Cabildo, don José Joaquín Camacho fue el encargado de sostener esta conferencia. Así que se impuso Amar del objeto de esta misión se denegó abiertamente; instado por segunda vez con razones victoriosas, se indignó y con un aire feroz respondió:
"Ya he dicho
».

El rechazo de una gestión "que habría salvado a este Virrey", según agrega Camacho, privó de sus último escrúpulos a los vacilantes y los Regidores se dispersaron discretamente, a fin de cumplir las consignas que se les habían asignado en las juntas del Observatorio. Poco antes de las doce del día, como estaba previsto, se presentó don Luis de Rubio en el almacén de Llorente y después de hablarle del anunciado banquete a Villavicencio, le pidió prestado el florero para adornar la mesa. Todo parece indicar que Llorente se negó a facilitar el objeto pedido, pero no existe prueba de que su negativa hubiera sido dada en términos despectivos o groseros. El comerciante español era un hombre de avanzada edad y de muy mala salud, y ello hace más verosímil la versión de quienes afirman que se limitó a explicar su negativa, diciendo que "por haber prestado la pieza otras veces se iba maltratando y perdía su valor". Sólo la intervención de Caldas, quien pasó por frente del almacén y saludó a Llorente, permitió a don Antonio Morales tomar la iniciativa y formular duras críticas a Caldas por dirigir la palabra a "este sastrezuelo que ha dicho mil cosas contra los criollos". Morales y sus compañeros comenzaron entonces a gritar que el comerciante español había dicho a Rubio: «Me c... en Villavicencio y en los americanos », afirmación que Llorente negó categóricamente, al tiempo que se dirigía al interior del almacén para evitar un altercado. Morales "le siguió hasta dentro del mostrador y hartó de palos a Llorente, que por pura casualidad escapó vivo de entre las manos de éste", según afirma un relato de la época».

Mientras el comerciante peninsular era golpeado por Morales, los principales conjurados se dispersaron por la plaza gritando: ¡Están insultando a los americanos! ¡Queremos Junta! ¡Viva el Cabildo! ¡Abajo el mal gobierno Mueran los bonapartistas! era de preverse, los primeros tumultos se formaron en los alrededores del almacén de Llorente y sólo la oportuna intervención del Coronel José María Moledo, Comandante de uno de los Regimientos de la Capital, consiguió salvar la vida al español. Con gran trabajo logró Moledo llevarlo a la casa de don Lorenzo Marroquín, mientras la conmoción se intensificaba en la plaza.

El sentido que espontáneamente tomó la ira de la multitud, compuesta de indios y blancos, patricios y plebeyos, ricos y pobres, indica los extremos de impopularidad en que habían caído las autoridades y particularmente los Oidores de la Audiencia. Las turbas se precipitaron sobre las casas de los Oidores Alba y Frías y del Regidor Infiesta y "rompieron a pedradas las vidrieras, forzaron las puertas y todo lo registraron", dice el "Diario Político". Sus dueños sólo pudieron salvarse refugiándose en los zarzos ó saltando por las tapias a las residencias vecinas.

El Virrey, las autoridades militares y los españoles, contemplaron atónitos ese súbito y violento despertar de un pueblo al que se habían acostumbrado a menospreciar, y la maquinaria del Estado se inmovilizó desde el momento en que la magnitud de la emergencia hizo imprescindible que fuera el Virrey quien tomara las decisiones para afrontarla. Mientras la marejada popular adquiría las dimensiones de una tormenta revolucionaria, el señor Amar y Borbón escuchaba en Palacio, sin poder resolverse, las opiniones de la Virreyna, quien le solicitaba ordenar la salida inmediata de las tropas a la plaza y los juicios del Oidor Jurado, recientemente llegado a Santafé, quien le aconsejaba buscar un compromiso con la oligarquía criolla y romper francamente con los Oidores Alba y Frías. Como todos los hombres débiles, el Virrey sólo trató entonces de evitar que sus subalternos tomaran decisiones que pudieran echar sobre sus espaldas la sombra de alguna responsabilidad. Cuando el Coronel Sámano le pidió permiso para sacar las tropas y los cañones a la plaza, agregando que se comprometía a dominar en pocos minutos el tumulto, el Virrey le respondió con la prohibición expresa de tomar ninguna medida de carácter militar, negativa que desmoralizó a la oficialidad española y le comunicó el complejo de temor que dominaba al mandatario. De esta manera se facilitó la tarea del Capitán Baraya, quien en el Batallón Auxiliar y en el Parque de Artillería, pudo fácilmente ganarse a muchos de los oficiales, arguyendo, como lo hacían los patricios criollos en la plaza, no era ésta una insurrección contra España, sino un acto de legítima defensa de la patria española contra unas autoridades corrompidas, que tenían el proyecto de entregar el Reyno a Napoleón y a los "libertinos de Francia".

Como a la heterogénea multitud, cuya ira se desató el 20 de julio, no se le señalaron objetivos políticos ni un programa de acción revolucionaria, sino que repentinamente se estimularon sus resentimientos contra las autoridades, fue inevitable el rápido desborde de la violencia vindicativa contra las personas y propiedades de los Oidores, y esa violencia adquirió caracteres dramáticos en la medida en que las turbas se daban cuenta de que no se les ofrecía resistencia por parte de las tropas. Después de saquear las casas de los principales funcionarios de la Audiencia, los amotinados se dirigieron contra las tiendas y almacenes de los comerciantes españoles, y al cabo de una hora de desenfreno eran pocas las puertas, ventanas y vidrieras del comercio peninsular que no mostraban las huellas de la piedra y el garrote. Hacia las tres de la tarde la situación tomó visos más alarmantes, porque las multitudes comenzaron a olvidarse de las autoridades y la dinámica de la miseria y de la injusticia las indujo a prescindir de toda distinción, de manera que los magnates criollos de la Capital temieron, con sobrada razón, que pronto les llegaría el turno de sufrir el impacto de la inconformidad popular. Hacia las cuatro de la tarde los patricios criollos habían renunciado a permanecer en las calles y se habían ocultado en sus casas, pensando los unos en salvar sus vidas y los más en proteger sus bienes.

La violencia de las turbas no tuvo entonces las proyecciones revolucionarias que era de esperarse, porque gran parte de La gleba que intervino en esta primera fase del conflicto estaba formada por indios y vivanderos de las poblaciones de la Sabana, que debían regresar a sus pueblos al atardecer. Ello explica por qué, hacia las cinco de la tarde, la presión multitudinaria había cedido y tanto en la plaza como en las calles era menor la concurrencia. Después de asaltar las residencias y almacenes, los indios y vivanderos comenzaron a dejar la ciudad y en las vías de salida se advertía la aglomeración que anteriormente tuvo su epicentro en la Plaza Mayor y calles adyacentes. « Todo dice Acevedo Gómez en su relato de los sucesos del 20 de julio era confusión a las cinco y media: los hombres más ilustres patriotas, asuztados por un espectáculo tan nuevo, se habian retirado a los retretes más recónditos de sus casas. Yo preví que aquella tempestad se iba a calmar, después de que el pueblo saciase su venganza derramando la sangre de los objetos de su odio y que a manera del que acalorado por la bebida cae luego en languidez y abatimiento, iba a proceder un profundo y melancólico silencio, precursor de la sanguinaria venganza de un gobierno que por menores ocurrencias mandó cortar las cabezas del cadete Rosillo y de Cadena ».

La convicción de que el movimiento estaba a punto de fracasar, de quedar reducido a "un profundo y melancólico silencio", indujo a Acevedo Gómez, quien era el más firme y valeroso de los jefes de la oligarquía criolla, a salir de su casa « dejando - dice - a mi desolada familia sumergida en el llanto y en el dolor ». Inmediatamente se encaminó al edificio del Ayuntamiento, con la intención de invitar a los Regidores a reunirse en Cabildo y resuelto a arengar al pueblo para evitar su total dispersión. Ya en el edificio del Cabildo, sólo consiguió reunir a don Miguel de Pombo, a don Manuel de Pombo, don Luis de Rubio, el secretario Meruelo y el Coronel José María Moledo y, en un esfuerzo desesperado por salvar el movimiento, salió al balcón del Cabildo, llamado "La Cazueleta", y pronunció una elocuente arenga pidiendo al pueblo no olvidar que "la suerte de todo el Reyno dependía del resultado que tuviese este movimiento de la Capital". De esta manera trataba de ganar tiempo y de mantener reunidos a algunos grupos de gentes en la plaza, pues no se le ocultaba que el Virrey y las autoridades sólo esperaban el momento en que acabara de desbandarse la gente para reasumir el control del orden público. La difícil situación a que se hallaba enfrentado Acevedo hacia las seis y media de la tarde la describe el español don Manuel María Fardo, testigo ocular, en su famosa relación de los Sucesos del 20 de julio: «En medio de la oscuridad de la hora - dice - me pareció ver al Regidor don José Acevedo, tan acérrimo revolucionario como V.S. sabe, dando fuertes palmadas sobre la baranda para llamar la atención de algunos pocos de la plebe que habían quedado por allí y se iban retirando ya; les gritaba que no se fueran, pues importaba más que antes su reunión y permanencia para lo que aún faltaba. Seguidamente, con el breve intermedio de completar el alumbrado del balcón y de hacer agolpar debajo a los referidos plebeyos, entre quienes se veían andar algunos individuos de poca mayor esfera, como tenderos y revendedores, amagando y conteniendo a los que intentaban dejar el puesto, o pasando rehusaban tomarlo en el montón, principió Acevedo desde arriba a perorarles... ».

El tribuno comprendió que debía aprovechar el resto de entusiasmo que aún se advertía entre el limitado grupo de gentes situadas en las proximidades del Cabildo y procedió a poner en ejecución la parte vital del proyecto acordado en las juntas del Observatorio. Se declaró investido del carácter de "tribuno del pueblo", carácter que le habían otorgado pequeños grupos de amigos suyos cuando salió de su casa y desde el balcón de "La Cazueleta" comenzó a designar las personas que debían formar parte de la nueva Junta del Gobierno del Reyno. « Principió Acevedo desde arriba - relata Fardo - a perorarles y proclamar una caterva de sujetos de viso para miembros o vocales de la Junta que dijo debía e iba a establecerse y a encargarse del Supremo Gobierno, nombrando uno por uno y esperando que los del pelotón, precedidos y guiados de las voces sobresalientes de algunos que después me dijeron había entre ellos confabulados con el proclamador y sus comitentes, prestasen, levantando como levantaban una confusa, indistinta y destemplada gritería, su aprobación y con descendencia sobre cada proclamado ».

Tal fue el procedimiento que se empleó el 20 de julio para constituir la famosa Junta de Gobierno, Junta integrada por Acevedo, en su mayoría, con personas que no se habían aproximado siquiera al lugar de los acontecimientos. Por exclusiva voluntad suya y de acuerdo con lo decidido en las Juntas del Observatorio fueron nombrados para vocales de dicha Junta, don José Miguel Pey, entonces Alcalde ordinario de primer voto, don José Sanz de Santamaría, Tesorero de la Real Casa de Moneda; don Manuel de Pombo, Contador de la misma; don Camilo Torres, Luis Caycedo y Flórez, Miguel de Pombo, Juan Bautista Pey, Arcediano de la Catedral; don Frutos Joaquín Gutiérrez, Joaquín Camacho, Francisco Morales, Juan Gómez, Luis Azuola, Manuel Alvarez, Ignacio de Herrera, Emigdio Benítez, Capitán Antonio Baraya, Fray Diego Badilla, Coronel José María Moledo, Pedro Groot, Sinforoso Mutis, José Martín París, Antonio Morales, Juan Francisco Serrano Gómez y Nicolás Mauricio de Omaña.

Como la oligarquía criolla necesitaba justificar la legitimidad de la Junta así nombrada, en los días siguientes se trató de disimular su origen arbitrario y su composición de casta, y los historiadores, guiados por los documentos parciales de la misma Junta, se encargaron de prolongar el equívoco. Existen, no obstante, valiosos documentos de la época, los cuales permiten establecer que las aclamaciones no fueron unánimes y que, en la selección de los vocales, no hubo verdadera consulta al pueblo, sino la más franca y deliberada imposición. En "La Constitución Feliz", primer periódico cuya publicación ordenó la Junta, dice su director, al relatar los sucesos del 20 de julio: Omito referir las alteraciones acaloradas que hubo entre varios individuos de la nobleza y del pueblo relativas a la elección de vocales, porque sería necesario escribir un tomo en folio, y yo me he propuesto ser muy lacónico en esta relación ».

Aunque don Manuel del Socorro Rodríguez, director de esta publicación no quiso escribir el "tomo en folio" que juzgaba necesario para referir las "acaloradas alteraciones" que hubo entre patricios criollos y el pueblo "relativas a la elección de los vocales", el hilo de los acontecimientos puede seguirse en el Manifiesto publicado, en enero de 1811, por don Ignacio de Herrera, uno de los personajes a quien Acevedo nombró vocal de la Junta. « Reunido el pueblo en la Plaza Mayor - dice Herrera - insiste en la instalación de la Junta; era preciso que nombrara vocales que la compusieran; pero el desorden, los diversos objetos a que debía atender, no le permitieron detenerse en la elección; aprueba el pueblo lo que propone un individuo; y esta buena fe ha sido el principio de sus desgracias. El favor y la intriga colocaron a muchos que no tenían un verdadero mérito. Este vicio era preciso que ocasionara tristes consecuencias; hombres que no tenían más conocimientos que los que presta el miserable manejo de un ramo de la Real Hacienda; otros educados en el comercio, y algunos abogados sin más estudio que el necesario al foro, compusieron el mayor número de los vocales... De ahi el choque de opiniones, las dilatadas disputas el desorden y otros mil vicios que apartaban las miras del Gobierno de la utilidad común ».

Aunque la oligarquía había nombrado, hacia las seis y media de la tarde, su propia Junta de Notables, el hecho tenía todas las características de una victoria fugaz. Los grupos de gente que rodeaban el Cabildo eran cada vez más escasos y al mismo Acevedo Gómez le había sido imposible conseguir que los Regidores y la mayoría de los vocales nombrados se trasladaran al lugar de los acontecimientos. En el Palacio Virreynal las caras se habían alegrado de nuevo y el señor Amar, demostrando unos bríos que no se le conocieron durante toda la tarde, lanzaba puyas a la Virreyna y a quienes le habían sugerido medidas drásticas. Con esa peculiaridad propia de los temperamentos débiles y bonachones, el señor Amar pasaba fácilmente de un estado de completo abatimiento a otro de euforia y ahora se ufanaba, ante sus consejeros y la Virreyna, de la intuición que le permitió anticiparse a prever que el "bochinche" no tendría mayores consecuencias y se extinguiría, al cabo de unas horas de retozo popular, con la misma facilidad con que comenzó.

Debe reconocerse que los razonamientos del Virrey no andaban del todo descaminados, porque a las seis y media de la tarde el movimiento proyectado por los magnates criollos estaba tocando los linderos del más completo fracaso. Cada minuto que transcurría era menor la concurrencia en los alrededores del Cabildo y mayor la resistencia que demostraban los Regidores y vocales a comprometerse en una aventura que tenía escasas perspectivas de éxito. Acevedó Góméz, dando muestras de un coraje extraordinario, trataba de evitar que las gentes se dispersaran y luchaba, prácticamente solo, por salvar su causa del desastre inevitable. Entre él y el Virrey se libraba un duelo silencioso y dramático, de cuyo desenlace dependería la suerte futura del Nuevo Reyno. El señor Amar, siguiendo las tendencias de su carácter abúlico, se limitaba a esperar sonriente, seguro de que el tiempo era su aliado y obraba en su favor, mientras Acevedo, aprisionado en las redes de estrategia política de la oligarquía criolla - fundada en la desconfianza por el pueblo y en el deseo de limitar, al mínimo posible, su participación en el movimiento - se veía precisado a realizar desesperados esfuerzos para conseguir, con ruegos y discursos, que los grupos de gentes cada vez más escasos, que permanecían en la plaza, no se desbandaran. « Si perdéis este momento de efervescencia y calor - clamaba Acevedo desde el balcon del Cabildo -; si dejais escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes; ved (señalando las cárceles) los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan ».

Estas vibrantes sentencias, citadas por los historiadores como prueba de la elocuencia de Acevedo, constituyen, más bien, la demostración palpable de la dramática encrucijada a que se hallaba enfrentado en esos momentos. La derrota del movimiento hubiera sido inevitable de no haber intervenido, entonces, esos imponderables que tan frecuentemente varían el curso de la historia. El desequilibrio que estaba deteriorando, minuto a minuto, la posición de Acevedo en el Cabildo, fue contra pesado, inesperadamente, por la participación de nuevas fuerzas en el conflicto, gracias a la actividad política de un hombre extraordinario, del verdadero prócer del 20 de julio, de José María Carbonell, a quien nuestra historia oficial ha tratado de arrinconar en los modestos desvanes que se reservan para los personajes de secundaria importancia. Nada tiene ello de sorprendente, porque esa historia sólo ha otorgado el apelativo de "prócer" a los servidores sumisos de la oligarquía, y para los defensores del pueblo y los voceros de sus intereses, ha reservado invariablemente los calificativos de "demagogos", "agitadores" y "tiranos". Si nuestra historia republicana se inicia con la persecución del hombre que salvó el movimiento del 20 de julio, ello se comprende al conocer los procedimientos de que se sirvió Carbonell para rescatar la causa americana del fracaso a que la habían conducido esa tarde los patricios criollos. Carbonell no desconfió de nuestro pueblo, ni quiso limitar, al mínimo indispensable, su intervención, en aquellos sucesos, decisivos, sino que lo invitó, sin reticencias ni reservas mentales, a llenar con sus aspiraciones y esperanzas el magno escenario a donde iba a cumplirse el nacimiento de la nacionalidad.

José María Carbonell nació en Santafé en 1765, contaba entonces veinticinco años y desempeñaba un modesto empleo en la Expedición Botánica, empleo que hubo de aceptar cuando sus escasos recursos no le permitieron continuar los estudios comenzados en el Colegio de San Bartolomé. Carbonell, tenía, no obstante su juventud, una recia personalidad de caudillo, sólo parangonable a la de Nariño - a cuyo partido perteneció más tarde - y su magnífica elocuencia se alimentaba no de esa cultura superficial, bizantina y extranjerizante que hacía las delicias de los principales personajes de la oligarquía criolla, sino de una gran pasión igualitaria y de la emoción profunda que sentía ante los dolores de los humildes y la miseria de los oprimidos. En aquella histórica tarde del 20 de julio, cuando la revuelta de los oligarcas estaba fracasada, cuando Acevedo luchaba desesperadamente en el Cabildo y el Virrey y sus consejeros se limitaban a aguardar el momento de registrar la realidad de este fracaso, José María Carbonell realizó uno de los actos más trascendentales de nuestra historia: acompañado de un grupo de estudiantes y de amigos se encaminó a los arrabales de Santafé, a las míseras barriadas de extramuros, donde habitaban en guaridas millares de artesanos, de mendigos, de indios y mulatos, de gente desesperadas y míseras, y las invitó, con su extraordinaria elocuencia, a trasladarse al centro de la ciudad para solicitar no una Junta de Notables, sino Cabildo Abierto. « Don José María Carbonell - dice el "Diario Político" - joven ardiente y de una energía poco común sirvió a la patria en la tarde y en la noche del 20 de un modo poco común; corría de taller en taller, de casa en casa; sacaba gentes y aumentaba la masa popular... Carbonell ponía fuego por su lado al edificio de la tiranía, y nacido con una constitución sensible y enérgica tocaba en el entusiasmo y se embriagaba con la libertad que renacía entre sus manos. ¡Dichoso si no hubiera padecido vértigos políticos y cometido imprudencias!». Hacia las siete de la noche, en la pacífica y casi tranquila Santafé, comenzó a oirse un rumor sordo, el rumor de las multitudes en marcha, de las multitudes que desde las afueras de San Victorino y los arrabales de Egipto, Belén y las Cruces avanzaban hacia el centro de la ciudad. Montoneras de hombres y mujeres, la "hez del pueblo", como decían los oligarcas, entraban así en el camino de la historia, se preparaban a cumplir la cita que les había dado Carbonell y a decidir - ellos los míseros, ellos los oprimidos, los plebeyos, la gleba irredenta -, el conflicto en el que habían fracasado los magnates criollos, los "descendientes de don Pelayo", los patricios acaudalados del Reyno. « Los ánimos - dice el "Diario Político" - parecían que tomaban nuevo valor con las tinieblas. Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la Plaza principal; todos se agolpaban al Palacio y no se oye otra voz que ¡Cabildo Abierto! ¡Junta! ». Desde este momento los acontecimientos adquirieron un cariz distinto, porque habían cambiado también las fuerzas sociales que les imprimían su dirección peculiar. La multitud que colmaba la Plaza Mayor hacia las ocho de la noche no era la misma multitud heterogénea que reaccionó abruptamente cuando a las doce del día se produjo el altercado entre Morales y Llorente. Ya no eran gentes de paso, ni los vecinos y vivanderos de la Sabana, sino el pueblo de los arrabales de Santafé, millares de hombres y mujeres que habían dejado sus míseras cobachas, donde vivían como fieras olvidadas de Dios, para volcarse sobre la ciudad. La pálida luz de las antorchas que portaban, de los escasos faroles del alumbrado público y de la iluminación que se había preparado en el edificio del Cabildo, dejaba entrever las caras de los oprimidos, marcadas por la horrible huella de la miseria, de la desnutrición, de la falta de esperanza, y bajo las ruanas se asomaban las puntas de los puñales y los instrumentos cortantes de los artesanos. Sobre todo en las caras de las mujeres se reflejaba la rebeldía subconsciente que ellas han sentido siempre, como guardianes tutelares de los valores de la especie, ante el horrible drama de tener que procrear hijos para que los devore el infierno de la miseria y de la injusticia. En la famosa "Relación Anónima" de la jornada del 20 de julio, se refiere que "entusiasmado el pueblo con los discursos de don José María Carbonell se juntaron los Capitulares en la sala" y el Cabildo "se llenó de gente, de modo que no sé como ha podido aguantar tanta aquel edificio". Ocurrió la historia de siempre. No bien el pueblo puso la cara la oligarquía corrió a reclamar sus privilegios. Acevedo Gómez había luchado solitario en el Ayuntamiento, había sentido transcurrir, minutos como si fueran siglos, sin que sus amigos y compañeros de conjura dejaran el refugio "de los retretes más recónditos de sus casas". Sólo ahora, cuando la despreciada plebe, cuando los "de ruana" oponían el sólido poder de su masa a las autoridades coloniales, corrían a hacerse presentes en el recinto del Cabildo, no para convertirse en los voceros de ese pueblo que había salvado la revolución, sino para discutir, en junta de notables, las prebendas y privilegios que esperaban derivar de una victoria que no les pertenecía. Comenzó entonces la primera etapa de la batalla entre la oligarquía y el pueblo, batalla que habría de adquirir características dramáticas en el curso de los días siguientes. Como Acevedo Gómez había designado, para integrar la Junta, a la plana mayor del estamento criollo, Carbonell de modificar esta situación é insistió en que todas las decisiones se tomaran esa noche en Cabildo Abierto, lo cual significaba que el pueblo, en uso de su capacidad deliberante y soberana, habría de nombrar directamente las nuevas autoridades del Reyno. Tal fue la consigna dada a los estudiantes y a las multitudes, de manera que a las ocho de la noche sólo se escuchaba, en la Plaza Mayor, un grito unánime, salido de miles de gargantas: ¡Cabildo Abierto! Esta consigna, a diferencia de lo que suponen muchos historiadores, constituía una advertencia amenazadora, no sólo para las autoridades virreynales, sino muy particularmente para la oligarquía criolla, empeñada en que todas las decisiones las tomara privativamente el Cabildo de Santafé, sin permitir al pueblo desempeñar otra función que la de mudo espectador de la comedia de los notables. El inquietante vocerío de la multitud obligó al Ayuntamiento a convenir, como transacción, en que se solicitara permiso al Virrey para instalar el Cabildo Abierto y al recibirse la rotunda negativa del señor Amar, Carbonell resolvió actuar por su cuenta y sin contar con el Ayuntamiento de manera que él y sus amigos se dispersaron por la ciudad y acudieron a un expediente que puso en conmoción a la Capital: entraron a las iglesias y con el consentimiento de los párrocos o sin ese consentimiento, echaron las campanas al vuelo. « Hizo el pueblo - dice el "Diario Político" - tocar fuego en la Catedral y en todas las iglesias, para llamar de todos los puestos de la ciudad el que faltaba. Estos clamores, en todo tiempo horrorosos, llevaron la consternación y el espanto a todos los funcionarios del Gobierno. Tembló el Virrey en su Palacio... ». Según los relatos de la época, hacia las ocho de la noche, había más de nueve mil personas en la plaza, lo cual significaba que cerca de la mitad de la población de Santafé estaba participando en aquella histórica jornada. Respaldado por esa multitud, Carbonell resolvió q pueblo y no el Ayuntamiento de Santafé pidiera el Cabildo Abierto a las autoridades coloniales. « A cada mensaje - dice el "Diario Político" - y a cada negativa (del Virrey), tomaba más vigor este pueblo activo y generoso. En fin, comisionó al doctor don Benedicto Salgar, a don José María Carbonell, don Antonio Malo, don Salvador Cancino y otros, para que concediese (el Virrey) el Cabildo Abierto que solicitaba» . En la entrevista se produjo un violento altercado entre Carbonell y el Virrey y sólo la prudente intervención del Oidor Jurado logró atenuar el carácter desagradable de dicha entrevista y conseguir, de Carbonell y sus compañeros, que se retiraran a esperar, en la plaza, la respuesta del Virrey. Ya solos el señor Amar y el Oidor Jurado, éste le dijo al malhumorado mandatario: « Conceda VE. cuanto pida el pueblo si quiere salvar su vida y sus intereses». Aunque el vocerío en la plaza era amenazador, el señor Amar se negó rotundamente a autorizar el Cabildo Abierto, que prácticamente transfería el poder al pueblo, y ya en retirada y dándose cuenta de la gravedad de la situación, decidió acudir al mal menor, o sea a negociar con la oligarquía criolla y no con Carbonell Para el efecto ordenó a Jurado trasladarse al Ayuntamiento e informar a los Regidores que autorizaba un Cabildo Extraordinario, pero no Cabildo Abierto. Lo cual quería decir que el Virrey convenía en que el Cabildo de Santafé, dominado por la oligarquía criolla, se reuniera en sesión extraordinaria, a fin de tomar las medidas adecuadas para afrontar aquella gravísima emergencia. En los últimos apuros - dice el "Diario Político" - se concedió un Cabildo Extraordinario, pero no Abierto ». No era, pues, el pueblo, el que tendría la decisión, como en el caso de Cabildo Abierto, sino los actuales Regidores del Ayuntamiento santafereño, quienes en los últimos meses habían solicitado la constitución de una Junta de Gobierno presidida por el Virrey e integrada por los Capitulares de dicho Cabildo. Puede así comprenderse por qué el Ayuntamiento de Santafé no se solidarizó con las solicitudes del pueblo reunido en la plaza y recibió con singular beneplácito la comisión del Oidor Jurado. Al aceptar Cabildo Extraordinario convenía el Virrey, implícitamente, en compartir el poder con los notables criollos y les ofrecía la oportunidad de legalizar la Junta de Gobierno nombrada esa tarde por Acevedo. Ello explica por qué no existe, en los relatos que se conocen sobre estos acontecimientos, indicio ninguno de que los Regidores criollos opusieran la menor resistencia a la decisión del Virrey. Comenzaron entonces en la Sala del Ayuntamiento, y, a espaldas del pueblo, las deliberaciones entre el delegado del Virrey y los principales dirigentes del estamento criollo. Como la multitud, agolpada en la plaza, daba muestras de evidente desconfianza contra el Regimiento de Artillería, en cuyo cuartel esperaba el Coronel Sámano, y considerables grupos de hombres y mujeres exaltados, dirigidos por Carbonell, se habían aproximado a los cuarteles y pedían a la oficialidad, con gritos desafiantes, que rindieran las armas, tanto Acevedo Gómez como algunos de los Regidores, temerosos de que se produjera un choque sangriento, decidieron pedir al Oidor Jurado y al Virrey que pusieran las guarniciones de la Capital a órdenes del Cabildo, para protección de los Regidores y del mismo Virrey. « Mientras iban y venían diputaciones - dice el "Diario Político" - el pueblo hacía movimientos de arrojo y de valor contra el Parque. Decían: Aunque no lo tomemos, a lo menos impediremos sacar los cañones contra los que se organizan en la plaza. Una mujer, cuyo nombre ignoramos y que sentimos no inmortalizar en este "Diario", reunió a muchas de su sexo, y a su presencia tomó de la mano a su hijo, le dio la bendición y dijo: ¡Ve a morir con los hombres! Nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban) marchemos delante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres; que se apoderen de la Artillería y libren la patria! ». El Oidor Jurado, a fin de evitar un choque entre el pueblo y las fuerzas armadas, recomendó al Virrey aceptar la solución propuesta por los patricios criollos, quienes despacharon, a su vez, emisarios encargados de explicar al señor Amar que su autoridad de gobernante estaría mejor garantizada si las tropas recibían órdenes del Cabildo y no de oficiales por quienes el pueblo tenía manifiesta desconfianza « Se mandó una diputación - dice el acta del Cabildo - compuesta de los señores doctor Miguel Pey, don José María Modelo y don Camilo Torres, pidiéndole mandase poner dicho Parque (el de Artillería) a órdenes de don José de Ayala. Impuesto S.E. del mensaje, contestó que lejos de dar providencia ninguna contraria a la salud del pueblo, había prevenido que la tropa no hiciese el menor movimiento, y que bajo de esta confianza viese el Cabildo qué nuevas medidas quería tomar en esta parte. Se le respondió que los individuos del mismo descansaban con la mayor confianza en la verdad de S.E., pero que el pueblo no se aquietaba, sin embargo de habérsele repetido varias veces desde los balcones por su diputado (Acevedo) que no tenían que temer en esta parte, y que era preciso, para lograr su tranquilidad (la del pueblo) que fuese a encargarse y cuidar de la Artillería una persona de su satisfacción, que tal era el referido don José de Ayala. En cuya virtud previno dicho Excelentísimo señor Virrey que fuese el Mayor de la Plaza don Rafael de Córdoba con el citado Ayala a dar esta orden al Comandante de Artillería, y así se ejecutó ». De esta manera consiguió el Cabildo el control de las guarniciones de la Capital, lo que fortaleció extraordinariamente su posición. En los días siguientes se descubrirían las ominosas consecuencias que, para el pueblo, tendría la captura del poder militar por los mandatario de la oligarquía criolla. Empezó entonces a tratarse, entre los Regidores y el delegado del Virrey, la cuestión más conflictiva, aquélla que podía conducir al entendimiento o a la total ruptura: la constitución de una Junta Suprema de Gobierno, compuesta por los miembros del Cabildo y las personalidades designadas esa tarde por Acevedo Gómez. Cuando el problema le fue planteado a Jurado por don Camilo Torres, el Oidor no se sintió con autorizaciones bastantes para decidir una cuestión de tanta trascendencia y así lo manifestó con franqueza al Cabildo, agregando que él simpatizaba con la solución, pero que le era imposible aceptarla sin recibir instrucciones expresas del Virrey. Solicitó, en consecuencia, se le permitiera trasladarse a Palacio para tratar el asunto con el señor Amar, y ello interrumpió la armonía que hasta el momento había reinado entre el Oidor y los Capitulares. La mayoría de los presentes, encabezados por Acevedo Gómez, se opuso a la salida de Jurado del Cabildo, por comprender que su presencia constituía el símbolo del reconocimiento, hecho por el Virrey, de la legitimidad del Cabildo Extraordinario y, por tanto, se hizo constar en el Acta "que ninguna persona salga del Congreso (el Cabildo Extraordinario), antes de que quede instalada la Junta". Como el vocerío del pueblo en la plaza se tornaba cada vez más amenazador y muchos de los Regidores temían que Carbonell empujara a la multitud a tomar el Palacio Virreynal por asalto se adoptó una medida de transacción y se designó a don Antonio Morales para que se entrevistase con el Virrey, le expusiera la gravedad de la situación y obtuviera de él las autorizaciones indispensables para que el Oidor Jurado pudiera instalar la Junta. Morales pasó inmediatamente a Palacio y allí hubo de enfrentarse a las conocidas vacilaciones del señor Amar y a la franca resistencia de la Virreyna, quien se oponía con tenacidad a la autorización de la Junta. Cansado de ofrecer garantías y de explicar al Virrey que los criollos eran los más leales y celosos defensores del Trono, Morales se vio precisado a forzar una decisión, porque la dramática velocidad de los acontecimientos no permitía nuevas demoras, y le dijo lacónicamente al Virrey: «Tres partidos se presentan a Vuestra Excelencia: salir en persona a sosegar un pueblo enfurecido; pasar personalmente a las Casas Consistoriales; o aumentar las facultades de Jurado ». Temeroso el señor Amar de que el pueblo se desbordara y la dirección del movimiento pasara definitivamente a manos de Carbonell, cuya peligrosidad había advertido en la entrevista de esa tarde, renunció a sus últimos escrúpulos y, en pleno acuerdo con Morales, envió instrucciones al Oidor Jurado para que autorizara la Junta, siempre que se reconocieran expresamente por el Cabildo, los derechos de la corona y las relaciones de dependencia entre los Dominios y la Metrópoli. Por las correcciones y entrerreglonaduras que se hicieron en el Acta del Cabildo esa noche, ha podido establecerse que su redacción inicial fue modificada en el sentido de hacer más expreso el reconocimiento de Fernando VII y del Consejo de Regencia y dar importancia especial al nombramiento del Virrey como Presidente de la Junta Suprema. Tales fueron las bases sobre las que se llegó a un acuerdo entre el Oidor Jurado y los patricios criollos, quienes no deseaban la Independencia sino compartir el poder con el Virrey. Tal era la doctrina de Camilo Torres y los principales juristas de Santafé, para quienes los vínculos de dependencia entre la Metrópoli y los Dominios se mantendrían incólumes si España permitía a "los descendientes de don Pelayo", a los herederos de los conquistadores y encomenderos, participar en el gobierno de lo Dominios, en igualdad de condiciones con los españoles. En general, para las oligarquías criollas de América, la Independencia era una alternativa sembrada de peligros, y sólo deseable en el caso de que España fuera dominada por los "libertinos de Francia" y se tratara de imponer, a las posesiones de Ultramar, las "detestables" doctrinas de la Revolución Francesa. Por ello, las revueltas que dirigieron las oligarquías criollas, en 1810, en las capitales americanas, coincidieron en su adhesión a Fernando VII y al Consejo de Regencia de Cádiz. Si en México, la única excepción a esta regla, el movimiento tuvo un sentido claramente separatista e implicó una franca ruptura con España, ello se debió al carácter popular de su revolución. Allí el levantamiento no fue un golpe de Estado dado por la oligarquía desde los Cabildos, sino una insurrección revolucionaria del pueblo, de los indios, contra las autoridades coloniales. El 16 de septiembre de 1810 - dice Luis Alberto Sánchez - en circunstancia de que se hallaba en su iglesia, subió Hidalgo al púlpito, y, desde ahí, - vivo contraste con los demás movimientos americanos -, pronunció una encendida arenga incitando a los feligreses a desconocer la autoridad de España, exaltando sus sentimientos nacionales, de raza, y de odio a los españoles. Y al grito de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe! y ¡Abajo los gachupines!, como se apodaba a los peninsulares, se inició la rebelión. Fue una verdadera mesnada irregular, pero llena de fuerza y de arrojo. Nada de Junta conservadora de los derechos del Rey: antiespañolismo liso y llano. Nada de conspiración de terratenientes criollos: insurgencia de la gleba indígena y mestiza. Nada de parlamentos con el Virrey: desconocimiento absoluto. Nada de laicismo y libertad de cultos: catolicidad completa. Estas características, tan diferentes, correspondientes a la realidad mexicana, sorprenden a algunos historiadores, que califican de manera despectiva las fuerzas de Hidalgo. Pero el contagio fue tan súbito, el ansia de, libertad tan incontenible, que pronto fueron ganando una a una sus batallas... De otro lado, el gran arrastre del cura Hidalgo, hombre de empresa y de fe, se vio amenazado por la excomunión de que lo hizo víctima el Obispo de Valladolid, Abad y Queipo, la cual fue repetida en todas las diócesis del tránsito, así como con la mentirosa pero lesiva versión de que el insurrecto obedecía las órdenes de Napoleón y estaba vendido a Francia ». Como a los criollos no les importaba la Independencia sino compartir el poder con las autoridades coloniales, en el Cabildo de Santafé pudo el Oidor Jurado, la noche del 20 de julio conseguir que en el Acta de ese día se dejaran registrados y a salvo los intereses de la Metrópoli. Fue don Camilo Torres quien se encargó de defender la jurisdicción del Consejo de Regencia y los derechos de Fernando VII, dando muestras, desde aquella noche, de la conducta equívoca que mantendría a lo largo del proceso de emancipación, conducta a la cual habremos de referirnos extensamente en los próximos capítulos. « Era don Camilo Torres - dice Rafael Abello Salcedo en su notable estudio "La Primera República" - hombre de hogar, de costumbres austeras y hábitos modestos, no obstante su desahogada posición económica. La leyenda lo hace aparecer como persona pobre, siendo así que podía dar a rédito (préstamo con interés) cantidades importantes para la época, como la de los $ 8.485 que don José González Llorente (el del florero), cuando abandonó a Santafé, en 1815, ordenó devolverle en las instrucciones que dejó a su apoderado don Pedro Casís. Era el doctor Torres de carácter retraído sin ser sombrío; hacía gala de desprendimiento y menosprecio de los honores, pero era sardónico con quinquiera los alcanzara. Instruido y elocuente en alto grado, enseñoreaba el foro con su prestigio... Los precursores Nariño y Alvarez recibieron los dardos de su oratoria y de su pluma. Gran retórico, llegó a convencerse, con sus propios argumentos, ser él quien poseía la razon en toda controversia... ». Fue don Camilo Torres quien, en la noche del 20 de julio, más eficazmente ayudó al Oidor Jurado a impedir que se tomara cualquier decisión que pudiera parecerse a una declaración de Independencia, y fue él, con Frutos Joaquín Gutiérrez y Acevedo Gómez, quienes impusieron la elección del Virrey como Presidente de la Junta Suprema. « Recordaron - dice el Acta del 20 de julio - los vocales Camilo Torres y el señor Regidor don José Acevedo, que en su voto habían propuesto que se nombrase Presidente de esta Junta Suprema del Reyno al Excelentísimo señor Teniente General don Antonio Amar y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el negocio, le hicieron ver al pueblo con la mayor energía, por el doctor Frutos Joaquín Gutiérrez, las virtudes y nobles cualidades que adornan a este distinguido y condecorado militar, y más particularmente manifestadas en este día y noche, en que por la consumada prudencia se ha terminado una revolución que amenazaba las mayores catástrofes, atendida la misma multitud del pueblo que ha concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que se hallan armadas ». Una vez electo el señor Amar, se designó Vicepresidente de la Junta a don José Miguel Pey, hijo del famoso Oidor que ordenó el desconocimiento de las Capitulaciones otorgadas a los Comuneros y redactó la famosa Sentencia de muerte contra Galán. A continuación el Oidor Jurado procedió a instalar solemnemente la Junta de Gobierno y los vocales presentes juraron no "abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII" y sujetar "este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península". Para terminar la ceremonia, se recomendó « muy particularmente al pueblo - dice el Acta - la persona del Excelentísimo señor don Antonio de Amar ». Pactado, en el Acta del 20 de julio, el gobierno conjunto de las autoridades coloniales y los patricios criollos, se produjo automáticamente un nuevo encuadramiento de fuerzas y sobre las viejas disputas, que se declararon aquella noche canceladas, comenzaron a dibujarse las fronteras del conflicto entre una oligarquía triunfante y un pueblo que buscaba confusamente su liberación y confiaba en que aquella profunda crisis del orden colonial no habría de reducirse a simple oportunidad para que las clases acaudaladas se apoderaran de los centros nerviosos del Estado. Hacia las tres de la mañana las notabilidades criollas celebraban regocijadas su victoria y el pueblo, fatigado por ocho o nueve horas de espera, comenzaba a retirarse, con la seguridad de que apenas había comenzado la batalla y de que en los días siguientes se pondría en juego su destino. Al tiempo que la Junta de Gobierno declaraba terminada la revolución y consideraba, con apremio, las precauciones indispensables para imponer el orden en los próximos días, don José María Carbonell tomaba las medidas del caso para que el pueblo se mantuviera en manifestación permanente desde las once de la mañana del día 21 de julio. Carbonell no estaba dispuesto a dejar sin definir el problema básico de la Independencia, ni a tolerar que aquella batalla, ganada por el pueblo, no tuviera alcances distintos de un simple traslado del poder, de manos del Virrey y a la poderosa oligarquía criolla de grandes hacendados, comerciantes, plantadores esclavistas y abogados, que constituían la verdadera clase opresora de la sociedad granadina, la clase cuyas divergencias con la Metrópoli no tenían otro sentido que su deseo de derogar aquellas instituciones de la legislación española que otorgaban alguna protección a los indios y a los desposeídos, para lo cual trataban de adueñarse del Estado. Como los notables criollos comprendieron que Carbonell constituía el verdadero obstáculo para sus proyectos y que el pueblo había dejado, bajo su dirección, de ser el rebaño con cuya pasividad e ignorancia contaban, se procuró excluirlo cuidadosamente de las deliberaciones del Cabildo en la noche del 20 de julio y no se le nombró en la Junta de Gobierno, no obstante que a él se debía el éxito de aquella histórica jornada. Todas estas precauciones no bastaron, sin embargo, para tranquilizar a los notables. La misma Junta, dominada por José Miguel Pey y Camilo Torres, habría de condenarle, días después, a la pena de cárcel y su arresto sería ordenado por el hijo del Oidor que redactó la sentencia de muerte de Galán. Nada tiene, pues, de extraño, que la figura histórica de José María Carbonell sea hoy poco conocida entre nosotros y que, apenas, un modesto busto recuerde su memoria a los colombianos, cuando él merecía la estatua mucho más que los retóricos y próceres acartonados a quienes se ha otorgado la inmortalidad con tanta largueza, para convertirlos en símbolo de una historia que el pueblo colombiano ha padecido y en la cual se le ha negado hasta el derecho de colocar a sus auténticos voceros en las primeras planas de los Anales de la nacionalidad.

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