Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas.—Gobierno civil —Ceremonias religiosas—Mitología de los Chibchas, sus usos y costumbres.—Guerras civiles.—Agricultura y ferias periódicas y concurridas. 

  

“Los hombres más curiosos y sabios que han penetrado sus secretos, su estilo gobierno antiguo, muy de otra muerte lo juzgan, maravillándose de que hubiese tanto orden y razón entre ellos. Más como sin saber nada de esto, entramos por la espada, sin oírles ni entenderles, no nos parece que merecen reputación las cosas de los indios, sino como de caza habida en el monte y traída para nuestro servicio y antojo.’’ACOSTA, historia moral de las Indias, libro 6,página 396, 1.a edición de Sevilla en el año de 1590. 

 

 El país de los Chibchas comprendía las planicies de Bogotá y Tunja, los valles de Fusagasugá, Pacho, Cáqueza y Tenza, todo el territorio de los cantones de Ubaté, Chiquinquirá, Móniquirá, Leiva, y después por Santa Rosa, y Sogamoso hasta lo más alto de la cordillera, desde donde se divisan los llanos de Casanare. El punto más extremo al norte vendría á ser Serinza, por los 6o de latitud, y al sur Sumapaz, por los 4o. Mas como la dirección del eje más largo de esta elipse no es exactamente en el sentido del meridiano, puede calcularse su longitud en cerca de cuarenta y cinco leguas de veinte al grado, y su anchura media de doce á quince leguas, con una superficie de poco más de seiscientas leguas cuadradas, y con una población aproximada de dos mil habitantes por cada legua cuadrada, tan considerable como la de cualquiera de los países cultos de Europa. Esta población así acumulada, la mayor parte en tierra fría, sin ganados que le procurasen alimentos nutritivos, ó que la auxiliasen en las faenas de la agricultura, necesitaba para vivir ser con extremo sobria y laboriosa, y con efecto lo era, pues no sólo se mantenía en la abundancia, sino que conducía sus sobrantes á los mercados de los países circunvecinos, en donde los cambiaba por oro, pescado y algunos frutos de las tierras calientes. ¡Singular configuración la de un suelo como el de Nueva Granada que desde los tiempos primitivos está indicando á sus habitantes que deben unirse con los vínculos más estrechos para consultar la satisfacción de sus necesidades y vivir felices; y aviso claro de que contra lo que está marcado con el sello de la naturaleza encallarán siempre las tentativas de los legisladores inex­pertos, que no consulten en sus obras ni las lecciones de la historia ni las leyes eternas que rigen á las sociedades desde su cuna!

Lindaban los Chibchas por el occidente con los Muzos, Colimas y Panches, tribus guerreras y feroces, con quienes vivían en perpetua hostilidad. Por el norte con los Laches, los Agatáes y Guanes, y por el oriente con las tribus poco numerosas que habitaban hacia los llanos, el declive de la cordillera oriental. 

Tres jefes principales dominaban con absoluto imperio y eran obedecidos ciegamente en los pueblos Chibchas. El Zipa, tenía su asiento en Muequetá (hoy Funza), lugar rodeado entonces de lagunas y de brazos del rió principal que riega la hermosa llanura, cuyo medio ocupaba la población. El Zaque, que originariamente habitaba en Ramiriquí, y que posteriormente se trasladó á Hunsa ó Tunja. Últimamente, el jefe de Iraca, que participaba del carácter religioso como sucesor designado por Nemterequeteba, civilizador de estas regiones, el cual llegó á ellas, según la tradición universal, por la vía de oriente del lado de Pasca, y desapareció en Suamós, que hoy decimos Sogamoso, de cuyo punto hacia los llanos habían construido los habitantes una ancha calzada, de la cual se veían todavía restos á fines del siglo XVII. 

Los usaques ó señores de los pueblos de Ebaque, Guasca, Guatavita, Zipaquirá, Fusagasugá y Ebaté, habían dejado de ser independientes no hacía muchos años. El Zipa los sujetó, aunque conservándoles su jurisdicción y la sucesión en sus familias del cacicazgo, á que él se reservaba nombrar sólo por falta de heredero, en cuyo caso escogía casi siempre de entre los Guechas ó jefes militares de las tropas, que siempre mantenía en las fronteras de los Panches, á fin de defender sus dominios de las irrupciones, sorpresas y pillajes de estos vecinos inquietos y belicosos, en cuyo territorio solía entrar para vengar estas hostilidades.

El Zaque de Hunza tenía también algunos jefes tributarios, pero el Zipa ensanchaba cada día sus dominios á expensas de su vecino del norte, por que sus tropas estaban más aguerridas por el continuo lidiar con los infatigables Panches, tan difíciles de sujetar á causa de la aspereza del terreno que habitaban, y de cuyo conocimiento sabían aprovecharse perfectamente. Sin la llegada de los españoles, es probable que el Zipa de Bogotá se habría apoderado de todo el territorio de los Chibchas, (1) si hemos de juzgar por los progresos rápidos que sus conquistas habían hecho en los últimos sesenta años, de los cuales tenemos alguna noticia, según resulta de la enumeración siguiente. 

El más antiguo Zipa de que se tiene noticia, fue Saguanmachica, que se calcula comenzó á reinar en 1470 de nuestra era. Este sujetó á los Sutagaos, venciendo en batalla campal á su jefe Usathama, que, auxiliado por el cacique Tibacuy, se presentó á defender el valle de Fusagasugá cerca de Pasca en el principio de las tierras limpias. La resistencia de los Sutagaos fue insignificante desde que se vieron atacados por dos puntos, y herido Tibacuy, el cual aconsejó á Usatharna se sometiera al Zipa para evitar la devastación de sus estados después de la derrota. Saguanmachica bajó con su ejército por el páramo y monte de Fusungá á Pasca, que era entonces el camino más trillado para el valle del Magdalena, recorrió los campos amenos del valle de Fusagasugá, y volvió á la planicie de Bogotá por la montaña de Subya, por sendas difíciles y trabajosas que lo detuvieron algunos días. 

Envanecido con esta ventaja el Zipa, se preparó á extender sus dominios al oriente y al norte, tuvo varios combates con el cacique Ebaque (sangre de madero), hoy Ubaque, al cual obedecían todos los pueblos del valle de Cáqueza, desde Une hasta las fronteras del Guatavita. Luego siguió hacia Chocontá, en donde lo esperaba Michua, Zaque de Hunsa con su numerosa hueste, El combate fue tan reñido, que murieron ambos jefes y se separaron los dos ejércitos á celebrar los funerales con prolongadas borracheras, pues tal era siempre el término de los duelos como de los regocijos. Mientras más sobria y regular era esta raza en las circunstancias ordinarias de la vida  más disipada y extravagante se mostraba en  las ocasiones en que sus ritos y religión le permitían la relajación.

A Saguanmachica, que reinó veinte años, sucedió Nemeque. (hueso de león), que se propuso continuar la obra de su antecesor, y así envió a su sobrino y heredero Thisquezuza  á castigar á los Sutagaos, que se habían rebelado, para lo cual se hizo un ancho camino por la montaña de Subya, del cual se han conservado vestigios por muchos años.

Para sujetar al cacique Guatavita (remate de sierra) se valió Nemequene no solo de la fuerza, sino también de la astucia, y aprovechándose de un mandato del Guatavita que prescribía que ninguno de sus vasallos celebrados por su industria y habilidad en labrar el oro en joyas y diversas figuras, se ausentara para país vecino sin que el cacique de este le enviara dos reemplazantes que le sirvieran y pagaran los tributos, llenó el pueblo de sus confidentes el Zipa, ganó luego con dádivas y promesas al cacique Guasca, y una noche acercándose silenciosamente por las alturas vecinas, á la señal  dada con cierto número de candeladas sorprendieron los bogotáes al cacique descuidado,. y le mataron con sus mejores soldados, acometiendo al mismo tiempo las tropas de Nemequene por el exterior, con que quedó definitivamente agregado Guatavita a los dominios del Zipa.

Sometido Guatavita, dirigió sus armas Nemequene contra el Ubaque, que dominaba todo el valle templado y desigual situado detrás de las montañas al oriente de Bogotá, que hoy decimos de Cáqueza. En su conquista gastó algunos meses, por la dificultad de apoderarse con gente del llano de las fuertes posiciones que por donde quiera ofrece  aquel áspero terreno.

Pasó luego á Zipaquirá y se preparó á entrar en el territorio del Ebaté (sangre derramada), así llamado por sangrientos combates de que se conservaba la tradición en el país. Aunque este cacique era el más poderoso, no dominaba ni en Susa (paja blanca) ni en Simijaca (pico de lechuza). Los jefes de estos pueblos juntaron sus fuerzas con las del Ebaté (hoy Ubaté), y se prepararon á defenderse en una garganta estrecha que hace la cordillera en su descenso al valle, que hoy se llama boquerón de Tausa, posición fácil de sostener, si aquellos tres jefes hubieran podido ponerse de acuerdo, (2) pero que fue tomada por los bógotáes á consecuencia de su discordia. Estos no hallaron después obstáculo alguno de consideración, y sujetaron todos  aquellos pueblos hasta Savoyá. (3) 

Creyendo el Zipa que ya podía vengar agravios antiguos, se resolvió á marchar sobre Hunsa ó Tunja con más de cuarenta mil hombres. El Zaque, auxiliado por el de Suamoz, salió á encontrarle hasta las inmediaciones de Chocontá, y dicen los cronistas que le propuso librar á un combate singular el suceso, sin derramar la sangre de sus súbditos, lo que sus oficiales no quisieron permitir que el Zipa aceptase, haciéndole creer que era contrarío á su dignidad medirse con un personaje tan inferior. Trabóse pues una reñida batalla cerca del arroyo de las Vueltas, que duró un día entero. Los combatientes eran cien mil por ambos lados, y aunque las armas no eran del mejor temple, pues se reducían á macanas, dardos y tiraderas de carrizo y hondas, no dejó por esto de ser sangrienta. El Zipa, gravemente herido, fue sacado por sus súbditos del campo de batalla, quedando Hunsa victorioso, pero sin deseo de emplearse en la persecución, lo que raramente hacían estos indígenas por entregarse á los regocijos y borracheras que seguían á la victoria.

Nemequene, trasladado en su andar con extraordinaria rapidez,  por el  número considerable de cargueros que se remudaban á cortas distancias, espiró el quinto día de llegado á  Muequetá, dejando por sucesor á Thisquezuza, que fue el que hallaron los españoles mandando en el país. Thisquezuza, después de rehacer sus tropas, sujetó á los caciques de Cucunubá, Tibirita y Garagoa, y aún estaba á punto de venir á las manos con el Zaque de Hunsa, sin la intervención de Nompaneme de Suamoz, que les hizo concluir una tregua de veinte lunas, valiéndose de la influencia religiosa. 

Tal es en resumen la serie de los sucesos del medio siglo que precedió á la entrada de los españoles, y sobre los cuales, sin embargo, la tradición es confusa y dudosa. No así respecto de su mitología, usos y costumbres, en cuyo apoyo se encuentra el testimonio conteste de diferentes autores que no pudieron copiarse. Sin embargo, antes de pasar en revista sumaria lo que  se nos ha trasmitido respecto de los usos, costumbres, ritos, etc., de los Chibchas, debo decir algo de los dos jefes principales que dominaban en el norte, y al primero de los cuales, el Zaque de Hunsa, según creen algunos, estuvo en otro tiempo sujeto todo el territorio chibcha, cuando para evitar las guerras intestinas nombró el Pontífice de Itaca, que era venerado de todos, á Hunsahua por jefe superior, á quien sucedieron sus descendientes hasta Thomagata, gran hechicero conocido con el nombre de Cacique rabón, porque arrastraba cierta cola bajó los vestidos, y decía que tenía poder para convertir los hombres en animales. Thomagata no tuvo hijos, y le sucedió un hermano llamado Tutasua. Poco á poco fueron perdiendo sus sucesores el dominio en el territorio del norte hasta verse amenazados bajo el último Zaque Quemunchatocha de ser incorporados en las tierras del Zipa de Bogotá. Al tiempo de la entrada de los españoles se extendía la jurisdicción de Hunsa ó Tunja por el oriente hasta la cordillera; al occidente hasta Sachica y Tinjacá, al sur á Turmequé y al norte el cacique Tundama, que era independiente, y las tierras santas de Itaca ó Sugamuxi (el desaparecido). Era este último jefe y sacerdote, elegido alternativamente de entre los naturales de los pueblos de Tobaza y Firabitoba, y por los cuatro caciques vecinos, Gámeza, Busbanza, Pesca y Toca, que así lo dejó establecido políticamente Nemterequeteba ó Idacanzas, el instructor de los Chibchas, á su muerte a cual probablemente ocultó sólo para dejar á su palabra una sanción religiosa, como en efecto se conservó por siglos, pues en cierta ocasión en que un cacique audaz de Firabitoba quiso usurpar el sacerdocio, fue abandonado por los suyos y pereció miserablemente sin conseguir su objeto, continuando la elección y la regla constitucional establecidas por Indacanzas. 

 

Cielo de los Chibchas y sus tradiciones mitológicasAl principio del mundo la luz estaba encerrada en una cosa grande que no saben describir, y que llaman Chiminigagua ó el Creador; lo primero que salió de allí fueron unas aves negras que, volando por todo el mundo, lanzaban por los picos un aire resplandeciente con que se iluminó la tierra. Después de Chiminigagua los seres más venerados eran el sol y la luna como su compañera. El mundo se pobló de la manera siguiente . Poco después que amaneció el primer día, salió de la laguna de Iguaque, á cuatro leguas al norte de Tunja una mujer hermosa llamada Bachue ó Fuzachogua, que quiere decir mujer buena, con un niño de tres años. Bajaron luego á lo llano, en  donde vivieron hasta que, ya adulto el niño, casó con la Bachue, y en ellos comenzó el género humano, que se propagó con extraordinaria rapidez. Pasados muchos años, viendo la tierra poblada, volvieron á la misma laguna, y convirtiéndose en serpientes, desaparecieron en sus aguas. Los chibchas veneraban á la Bachue, y se veían estatuas pequeñas de oro y de madera, representándola con el niño en diversas edades.  Creían estos indígenas que las almas salen de los cuerpos de los que mueren y bajan al centro de la tierra por unos caminos y barrancas de tierra amarilla y negra, pasando primero un gran río en unas balsas fabricadas de telas de arañas, por cuyo motivo no era permitido matar estos insectos. En el otro mundo tiene cada provincia sus términos y lugares señalados, en donde encuentran sus labranzas, porque la idea de ocio no estaba ligada en ellos con la de la bienaventuranza. Adoraban á Bochica como dios bienhechor, y á Chibcha cum como dios encargado particularmente de la nación Chibcha y con especialidad de ayudar á los labradores, mercaderes y plateros, porque el Bochica era también dios particular de los Ubsaques y capitanes y de sus familias. Nencatacoa era el dios de los pintores de mantas, tejedores, y presidía á las borracheras y á las rastras de maderos que bajaban de los bosques. Lo repre­sentaban en figura de oso cubierto con una manta y arrastrando la cola. A este no le presentaban ofrendas de oro, cuentas ni otros dijes como á los otros, porque decían que le bastaba hartarse de chicha con ellos. Este Baco chibcha era el dios de la torpeza, no le guardaban consideración alguna, y decían que bailaba y cantaba con ellos. Llamabánle también Fo ó Sorra. El dios que tenía á su cargo los linderos de las sementeras y los puestos en las procesiones y fiestas, se llamaba Chaquen, y le ofrecían las plumas y diademas con se adornaban en los combates y en las fiestas. La diosa Bachue, origen del género humano, tenía también á su cargo las sementeras de legumbres, y quemaban en su honor moque y otras resinas.

Adoraban también al arco iris bajo el nombre dé Cuchavira., y era especialidad para los enfermos de calentura. Solían invocarle las mujeres de parto. Las ofrendas que se le hacían eran esmeraldillas pequeñas, granitos de oro bajo y cuentas de colores que venían desde el mar por cambios. Este culto se fundaba sobre la tradición más general que hallaron los españoles, tradición vulgar hoy en Nueva Granada. Indignado Chibchacum decían los indígenas, á causa de los excesos de los habitantes de la planicie de Bogotá, resolvió castigarlos, anegando sus tierras, para lo  cual lanzó repentinamente sobre la llanura los dos ríos Sopó y Tibitó, afluentes principales del Funza, que antes corrían hacia otras regiones, los cuales la trasformaron en un vasto lago. Refugiados los chibchas en las alturas, y en vísperas de perecer de hambre, dirigieron sus ruegos al Bochica, el cual se apareció una tarde al  ponerse el sol en lo arco iris, convocó la nación y le ofreció remediar sus males, no suprimiendo los ríos que podrían serles útiles en tiempos secos para regar sus tierras, sino dándoles salida. (4) 

 Arrojando entonces la vara de oro que tenía en las manos, abrió esta la brecha suficiente en las rocas de Tequendama, por donde se precipitaron las aguas, dejando la llanura enjuta y más fértil con el limo acumulado. Ni se limitó á esto el justiciero Bochica, sino que para castigar á Chibchacum de haber afligido á los hombres, le obligó á cargar la tierra, que antes estaba sostenida por firmes estantillos de guayacán, Desgraciadamente esta medida no ha dejado de traer sus inconvenientes, pues desde entonces suele haber grandes terremotos, los que explican los indios diciendo que provienen de que, cansado Chibchacum, traslada la carga de un hombro á otro, y según el mayor ó menor cuidado con que lo verifica, los vaivenes son más ó menos fuertes.(5)  

Todo hace creer hoy que en la serie de los tiempos la cordillera de los Andes es una de las últimas protuberancias que se han formado en nuestro planeta, y al mismo tiempo en pocas tradiciones se halla tan transparente la explicación geológica de un cataclismo, como en la de los Chibchas. 

 

Adoratorios y sacerdotesLos templos de esta nación no eran, por lo general, suntuosos, porque preferían hacer sus ofrendas al aire libre y en lugares señalados, como en lagunas, cascadas, rocas elevadas. En los templos, que eran casas grandes cerca de las cuales vivían los jeques ó sacerdotes, ó, como los llamaron los españoles, xeques, había vasos de diferentes formas para recibir las ofrendas, ó figuras  de barro, con un agujero en la parte superior, ó simples tinajas que se  enterraban, excepto la boca, que quedaba abierta hasta que se llenaba  de cuentas, tejuelos de oro y figuritas del mismo metal, representando muchas especies de animales y de cuanto tenían, en más aprecio (6), las que ofrecían con sus necesidades, preparándose antes con un severo ayuno y abstinencia de muchos días, así los devotos como el xeque.  

Tenían estos una especie de seminarios llamados Cuca, en donde entraban muy niños los que se dedicaban al ministerio sacerdotal, y eran sometidos por diez ó doce años á una dieta rigurosa, sin permitirles comer sino una vez al día, y eso una reducida porción de harina de maíz mezclada con agua y rara vez un pececillo (guapucha). Durante este tiempo se les enseñaban las ceremonias, el cómputo del tiempo, cuya tradición, como todas las demás, se conservaba entre los xeques, que eran los depositarios de todo el saber abstracto de los Chibchas, el cual se extinguió con ellos inmediatamente después de la conquista, pues esta clase fue necesariamente la más perseguida por falta de hombres bastante instruidos entre los españoles para hacer la distinción entre lo que tocaba á la idolatría, que convenía extirpar, y lo que decía relación con materias útiles al conocimiento de su historia y antigüedades. Después veremos, sin embargo, que no carecían de templos de celebridad y riqueza; tal era el de Suamoz, que incendiaron los españoles la noche que tomaron el pueblo.

 

Culto del solEsta era la única divinidad á quien se ofrecían bárbaros sacrificios de sangre humana, matando los prisioneros jóvenes, y salpicando con su sangre las piedras en que daban los primeros rayos del sol naciente. Estos sacrificios, las procesiones y danzas solemnes que se hacían por las sunas ó calzadas, que desde las puertas de las casas de los caciques se dirigían hacia un lugar notable,. generalmente una altura ó colina vecina, y últimamente el cuidado con que se educaba el Guesa, víctima á la cual se arrancaba el corazón, con la mayor pompa, cada quince años, todo tenía una relación directa y simbólica con la división del tiempo, el calendario y las ingeniosas intercalaciones necesarias para hacer coincidir exactamente el curso de los dos astros, que dirigían las operaciones de sus sementeras y cosechas.  Lo sangriento y dramático de los sacrificios estaba calculado por el legislador de los Chibchas para llamar la atención de los pueblos, de modo que nunca perdieran la memoria de lo que tanto les interesaba conocer, y eran un sustituto de los quipos peruanos y de las pinturas de los Aztecas.

Los principales, adoratorios de los Chibchas eran, como llevamos referido, las lagunas en donde podían hacer las ofrendas de cosas preciosas, sin temor de que otros se aprovechasen de ellas, pues aunque tenían confianza en sus sacerdotes, y sabían que estos las sepultaban cuidadosamente en las vasijas destinadas al efecto, naturalmente quedaban más seguros arrojándolas en lagos y ríos profundos. La laguna de Guatavita era el más célebre de todos estos santuarios, y cada pueblo tenía una senda trillada para bajar á ofrecer sus sacrificios; cruzaban para ello dos cuerdas de modo que formasen ángulos iguales, y á la intersección de ellas iba la balsa con los jeques de la laguna y los devotos. Allí invocaban la cacica milagrosa y su hija que decían vivían en el fondo de un lugar delicioso con todas las comodidades,  desde que en un momento de despecho, por discordias con un cacique, su antiguo marido, se había arrojado á esta laguna, y allí se hacían las ofrendas. Cada laguna tenía su tradición, y las peregrinaciones á estos santuarios eran muy comunes entre los Chibchas (7)

En tiempo en que el cacique de Guatavita era jefe independiente, hacía cada año un sacrificio solemne, que por su singularidad contribuyó á dar celebridad á esta laguna, aún en los países más lejanos, y que fue el origen de la creencia del Dorado, en cuya solicitud se emplearon tantos años y caudales. El día señalado se untaba el cuerpo de trementina, y luego se revolcaba en oro en polvo. Así, dorado y resplandeciente, entraba en las balsas, rodeado de los xeques, y en medio de la música y cantos de la inmensa multitud de gentes que cubrían las laderas que rodean la laguna, en forma de anfiteatro. Llegado al centro, depositaba el cacique las ofrendas de oro, esmeraldas y diversos objetos preciosos, y él mismo se arrojaba á las aguas para bañarse. En este momento, sobre todo, resonaban las montañas vecinas con los aplausos del pueblo. Terminada la ceremonia, religiosa, comenzaban las danzas, cantos y borracheras. En estos cantos, monótonos y acompasados, se repetía siempre la historia antigua del país y cuanto sabían de sus dioses, de sus héroes, batallas y otros acaecimientos memorables, que se transmitían así de generación en generación. En las puertas de los cercados de los caciques, que siempre presidían á las fiestas, como á todas las funciones públicas, se mantenían, mientras que ellas duraban, dos indios viejos desnudos, uno de cada lado, tocando chirimía, que es un instrumento de viento, triste y desapacible, y cubiertos solamente con una red de pescar ó atarraya, que entre estos indios era el símbolo de la muerte,  porque decían que no debía perderse esta de vista, sobre todo en tiempo de fiestas y regocijos. Había, además, carreras y apuestas entre los jóvenes, premiando el cacique á los más ágiles y ligeros (8).

(1)
 Chibcha parece ser la verdadera denominación que se daban los habitantes de esta región, de donde habían llamado á su divinidad especial  Chibchacum o apoyo y báculo de los Chibchas. Pocos ignoran en Nueva Granada que, en el idioma de éstos, muísca quiere decir gente ó persona, de donde nació el error adoptado por los españoles de llamarlos muiscas ó moscas, palabra que lea cuadró además por el número considerable de indígenas que vieron en la época del descubrimiento. 
He debido averiguar el origen de la palabra Cundinamarca, desentonada desde los primeros albores de nuestra Independencia en 1811, para designar un estado soberano en lo interior de Nueva Granada, y al cual dio lustro uno de los hombres más distinguidos que ha producido la América española, el General Antonio Nariño. 
No he hallado hasta hoy más fundamento que lo que refiere Herrera en el libro 7., década. 5. de su historia de las Indias occidentales, hablando de la ocupación de Quito por Sebastián de Belalcázar. En la Tacunga (en 1535) tomó Luis Daza un indio extranjero, que dijo ser de una gran provincia llamada Cundinamarca, sujeta á un poderoso señor, que tuvo los años pasados una gran batalla con ciertos vecinos suyos muy valientes llamados  los Chicas, que por haberle puesto en mucho aprieto, había enviado á este y á otros mensajeros á pedir ayuda á Atahualpa, que los hizo seguir en su campo á tiempo que iban á dar la batalla á Huáscar Inca, de que solo uno escapó de Cajamarca, el que volvió á Quito con Irruminavi, y preguntándole muchas cosas de las decía la mucha riqueza de oro que en ella había y otras grandezas que han sido causa de haber emprendido aquel descubrimiento del Dorado que ahora parece todo encantamiento. Pedro de Añasco fue por orden de Belalcázar con el indio, que afirmaba estar aquella región á doce jornadas no más, y con gran deseo de la riqueza pasaron, por Guallabamba y caminaron entre los pueblos de los Quillacingas y atravesaron por ásperos caminos y montes cerrados y temerosos, y no hallaron nada de lo que buscaban.” Difícil es suponer que los zipas tuvieran la menor idea de Atahualpa, separados como estaban de los dominios del Inca por tanto número de tribus independientes y hostiles las unas a las otras; pero todavía lo es más que enviaran á tanta distancia á solicitar auxilio. Por tanto nos inclinamos á creer que la comarca á que se refiere la tradición vaga que hemos expuesto, no tiene nada de común con la que habitaban los pueblos Chibchas, y que si con tal nombre hubiera sido conocida, habría llegado a los oídos de los españoles que subieron de Santa Marta con Quesada y de los llanos de oriente con Fredemán. Sin embargo, como Belalcázar venía del sur con esta idea, y al nombre de Cundirumarca estaban asociados los sueños mas dorados, si este Capitán hubiera sido el único descubridor de estas regiones, no habrían tomado otro nombre los países del virreinato, y el de Granada se hubiera conservado solo á la americana vega que en España inmortalizaron con sus leyendas los moros y decoraron con los más fantásticos y elegantes monumentos.(Regresar a 1)
 
(2)
 Apoderado de Ebaté, dice el señor Piedrahita, pasó á Susa con celeridad, vencida alguna oposición que su cacique le hizo en Fúquene. No corrió menos áspera fortuna el Simijaca, y confesaron los tres caciques debajo de un yugo, que á los que divide un vano pundonor, los une muy de ordinario una infame esclavitud.’’(Regresar a 2)
(3)
 Merece consignarse aquí la descripción del valle de Ebaté hecha con mucha exactitud y concisión por el señor Piedrahita. ’’Es lo más bella tierra llana, en que media solamente el pueblo de Fuquene situado en una colina entre las grandes poblaciones de Ebaté y Susa : cíñenla por una parte páramos fuertes y ásperos montes que la dividen de los Muzos, y por la otra la gran laguna de Fúquene, que la resguardaba de las invasiones del cacique Tinjacá, y otros señores comprendidos en las provincias que hoy se llaman Tunja. Su longitud será de más de cuarenta millas italianas, y su latitud angosta e incierta de medir por el retorcido giro que forman los elevados montes del páramo á cuyas faldas se extiende.” (Regresar a 3)
(4)
 A la vuelta de estas patrañas de desaguar ríos, se sorbía el demonio autor de ellas, los ríos enteros de almas, como lo dijo Job.—F. P. Simón, 4.o nota., 2o p.  (Regresar a 4)
(5)
 No es muy seguro que la popularidad de que ha gozado San Cristóbal entre los Indios chibchas, no dependa en parte del modo con que lo representan cargado con la Tierra, con que naturalmente les recordara la antigua divinidad.(Regresar a 5) 
(6)
Era tal el fervor de su devoción, que aun después de la conquista tenían sus adoratorios secretos los indios, en donde ofrecían como holocausto a sus antiguas divinidades, todo aquello de que veían hacer más estimación á los españoles. El Padre Fray P. Simón refiere que en una ocasión se hallaron en Zipaquirá en uno de estos, entre otras ofrendas á sus ídolos, un rosario, una capilla de fraile Franciscano, un bonete de clérigo y un libro de casos de conciencia, y en otra vez, entrando cierto religioso á la casa de un indígena de Cogua, á quien estaban ayudando á bien morir con una cruz de ramo bendito, la tomó en sus manos y halló que estaba oculta en su interior la imagen de oro del Bochica, aunque bien pudiera haber sido por esconderla de la rapacidad de los encomenderos. (Regresar a 6)
(7)
 El Reverendo Padre Moya, religioso ilustrado, cura de Chipaque. erigió una capilla en su pueblo, á principios de este siglo, y colocó la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, tratando de persuadir á los indios que para encomendarse á la reina de los cielos, no necesitaban de hacer un viaje tan largo y dispendioso para familias pobres, como el de Chiquinquirá que dista como veinte leguas de Chipaque. Ellos respondían “Es cierto, mi amo Cura, más siempre iremos, de cuando en cuando, a Chiquinquirá, porque estamos acostumbrado desde tiempo de nuestros padres a ir bien lejos a nuestras devociones.” (Regresar a 7)
(8)
Desde el tiempo del descubrimiento se comenzaron á hacer ensayos para desaguar la laguna de Guatavita, y sacar los tesoros que ella encierra. El primer empresario fue el Capitán Lázaro Ponte, que llegó con el General Quesada; luego un negociante rico, llamado Antonio Sepúlveda, que construyó un bote, y consiguió desaguar una parte de la laguna y sacar algunas piezas de oro de valor de cinco á seis mil ducados. En nuestro. días se han hecho otras tentativas, aunque jamás se ha conseguido reconocer el fondo hacia el medio, que en tiempo de Sepulveda. hace 200 años, tenía 25 brazas de hondo, y hoy ha de haber disminuido notablemente, á causa de los desmontes. (Regresar a 8)

 

 

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