Engañados después por los guías, que pretendían desviarlos del
valle sagrado de Sugamuxi, vagaron por Cuítiva, Tota y Bombazá,
hasta que volvieron al valle de Baganique, del que se creían muy
distantes, y por consiguiente muy próximos al pueblo de la Ciénega
en donde dejaron al General. Este había pasado personalmente á las
minas de esmeraldas de Somondoco, y persuadídose de la dificultad
de trabajarlas con los recursos de que podía disponer. Hacía
sesenta días que vagaban á menos de una jornada de La residencia
del zaque Quemunchatocha, sin saberlo, que la veneración en que
aquellos pueblos tenían á sus jefes, y quizá también el temor de
los castigos, había hecho que se lo ocultasen, hasta que exasperado
uno de los habitantes de cierto pueblo de que el alférez Vanegas
hubiera sacado de un adoratorio las ofrendas que tenían hechas á
sus dioses, y los bienes de las casas, y estando resentido con el
zaque por haber hecho matar á su padre, le denunció los tesoros y
el poder de este jefe, y ofreciéndose á servir de guía, con tal que
lo disfrazasen cortándole los cabellos y dándole otros vestidos.
Avisó Vanegas al General, y éste, después de examinar al indígena,
escogió cincuenta hombres, la mitad infantes y la mitad de á
caballo, y se encaminó rápidamente al poniente, llevando consigo al
indio; pero por mucha prisa que se dieron, no alcanzaron á las
inmediaciones de Hunsa hasta dos horas antes de anochecer. Salieron
á recibirlos de paz gran número de indios de parte del Zaque con
presentes, y á rogarles que se detuviesen en los alrededores hasta
la mañana siguiente, por no causar sorpresa y escándalo con su
precipitación al anciano Zaque, mas todo fué en vano, porque
escarmentados los castellanos con la pérdida de los tesoros del
Zipa por haber dilatado su entrada en Bogotá, marchaban ahora al
trote por en medio de la grita, del tumulto y de la confusión,
hasta que entraron en la. ciudad maravillados de ver brillar con el
sol láminas de oro que aparecían colgadas en las puertas de las
casas, mas sin entretenerse en el pillaje llegaron á ¡as puertas
del cercado del Zaque, que hallaron cerradas y atadas con cuerdas
tan estrechamente, que fué preciso cortar las del primer recinto,
puesto que las del segundo, cercado interior estaban abiertas, y
había una distancia ó primer patio de doce pasos de anchura en
donde quedaron los jinetes. Quesada se arrojó del caballo con la
espada desnuda y, seguido de diez oficiales corrió hacia la casa de
Quemunchatocha, que estaba sentado gravemente en una banqueta de
madera y tenía delante de sí una estera, al rededor de su persona
muchos sirvientes de pié y armados con petos dorados y plumas. Este
príncipe era, aunque de mucha edad, de alta estatura, corpulento y
de gesto feroz. No manifestó el más leve indicio de temor ni
alteración á la entrada de los forasteros en actitud tan hostil, ni
la vista de los aceros desnudos le impidió guardar la compostura y
majestad que correspondía á un jefe á quien tributaban
la más ciega obediencia tantos millares de súbditos. (8).
Entre tanto los alaridos de más de diez mil hombres que rodeaban el cercado, según los cómputos más moderados, hicieron temer á Quesada que la lucha le fuera funesta si no tomaba una resolución pronta y audaz. Mandó, pues, prender al Zaque, y esta violencia causó tal sorpresa en aquellos habitantes, que no imaginaban que un puñado de hombres se atreviera, sin previo combate y sin provocación, á poner manos violentas en su temido y reverenciado jefe, que después de algunos débiles esfuerzos se disipó el tumulto por sí mismo, y la mayor parte de los hombres, mujeres y chusma, huyeron á los campos salvando lo que pudieron, y aun fué voz común que tuvieron tiempo para poner en cobro mucha parte de los tesoros del Zaque, que arrojaban los indios por la espalda del cercado en petacas liadas. De estas hallaron los castellanos razonable número, y pasaron la noche recogiendo cuanto encontraban, con mechas encendidas y amontonando las riquezas en el patio principal del cercado del Zaque. Hallaron en los aposentos de este los huesos de algunos de sus antepasados colgados dentro de una linterna de oro curiosamente fabricada, que pesó seis mil ducados, con copia de esmeraldas. Deslumbrados y fuera de sí de gozo con aquellas riquezas, gritaban los soldados á Quesada: Perú, Perú, señor General.
Aunque se han exagerado mucho los tesoros que los castellanos hallaron en Tunja, diciendo que los montones de oro del pillaje de la noche del veinte de agosto, que fué el día de la prisión del Zaque, eran tan altos, que detrás de ellos no se alcanzaban á ver los soldados de a pie, y apenas se divisaban los de á caballo, se infiere sin embargo que fue considerable, pues en su relación al Rey los Capitanes San Martín y Lebrija dicen que, reunido este oro con otra pequeña suma encontrada en Sogamoso, pesó 191,294 pesos de oro fino, 37,288 de oro bajo y 18,390 de plata, y además 1,815 esmeraldas, entre las cuales había muchas de gran precio. Esta riqueza sería equivalente á casi medio millón de duros en nuestros días, y es dudoso que hoy mismo se pudiera reunir en Tunja tan crecida suma. Es probable que en el montón tan celebrado del patio del Zaque se comprendieran los fardos de lienzos y mantas finas, las armas y escudos guarnecidos de planchas de oro, los caracoles engastados en este metal, y las sartas de cuentas y otras piedras que, guardadas en petacas, aumentaban el volumen. Díjose también que se había arrojado en un pozo gran cantidad de oro, pozo que hoy es conocido con el nombre de Donato, por los gastos infructuosos en que una persona de este nombre incurrió posteriormente para buscar aquel tesoro. (9).
Quiso Quesada por insinuaciones de sus compañeros exigir de Quemunchatocha un rescate considerable de piezas de oro para darle libertad, pensando así recobrar la parte del tesoro que se había escapado de su codicia; mas el Zaque á todas las propuestas opuso el más profundo y majestuoso silencio. Hostigado al fin de la obstinación de sus carceleros, lo rompió indignado una sola vez para decir: Mi cuerpo está en vuestras manos; disponed á vuestro antojo, pero en mi voluntad nadie manda. Es justicia añadir que Quesada supo estimar la nobleza de alma del jefe chibcha, y que no sólo no consintió en que se le infiriese violencia alguna, sino que permitía á sus mujeres y sirvientes que le asistiesen con el regalo y respetos á que estaba acostumbrado.
En Tunja tuvieron ya noticia los españoles de la existencia del templo y estados del Suamoz, y como la sed de oro no estaba aún satisfecha, partieron inmediatamente hacia el norte á principios de Septiembre de este año de 1537. Pasaron en Paipa la primera noche. Al siguiente día, antes de llegar á la residencia de Tundama, recibieron un mensaje de este cacique con un corto presente anunciando que quedaba recogiendo algunas cargas de oro para salir personalmente á ofrecerlas, y pidiendo que lo esperasen. Hicieron pues alto los españoles, mientras los Duitamas sacaban del lugar cuanto poseían, y luego salieron por las alturas de la izquierda de la planicie en cuyas faldas estaba fundado el pueblo, á insultar á los forasteros y á decirles que fueran á buscar el oro. Corridos estos de la burla entraron al lugar, que hallaron enteramente abandonado, y sin querer detenerse continuaron su marcha hasta el valle ameno de Iraca, tierra doblemente bendita para sus moradores por los recuerdos de su culto y por la prodigiosa fecundidad de su suelo.
Acercábase la noche, y los indígenas armados quisieron oponerse á la entrada de los españoles en el santuario de sus mayores, colocado en la extremidad oriental de este valle, pero fueron vanos sus esfuerzos: el terreno llano favorecía la carga de los jinetes españoles, que muy en breve despejaron el campo y entraron en el pueblo al anochecer. Halláronlo solitario; Suamoz y sus súbditos salieron fugitivos. La mole considerable del famoso templo lo designó, sin embargo, muy en breve á la ansiosa codicia de los españoles. Dos de estos quisieron penetrar. en su recinto en la oscuridad de la noche, y no hallando las puertas, se arrastraron por unas lumbreras provistos de antorchas encendidas. No les causó poco asombro el hallar un indio xeque ó Sacerdote con larga barba cana, porque era el primero que veían barbado en las Indias. Pero al ver desde la entrada una larga fila de momias adornadas de planchas y joyas de oro, colocaron imprudentemente las teas en el pavimento esterado del templo para poder usar libremente de las manos en el despojo de aquellos cuerpos. El esparto de las esteras se prendió al instante, y el fuego se comunicó rápidamente á los muebles y muros del templo, de lo cual espantados se salvaron aquellos soldados cargando el Oro que pudieron, sin que bastasen á contener el progreso de las llamas los esfuerzos de los pocos españoles que, cansados de las fatigas del día, acudieron á apagarlo. El Xeque prefirió perecer en el lugar en que había pasado su larga vida, pues no lo volvieron á ver más, y los chibchas pudieron contemplar desde las alturas vecinas el incendio de su más suntuoso templo, para cuya construcción habían traído los guayacanes mayores que producen los valles ardientes del pié de la cordillera, á fuerza de tiempo y de brazos. Aseguran que el fuego duró muchos meses en aquellos gruesos maderos, aunque no es esto probable, sobre todo si se atiende á que ya había comenzado la estación de las lluvias. Con algún oro que tomaron en las casas particulares, y temerosos de ver toda la tierra de Iraca levantada, volvieron al día siguiente hacia Tunja, en donde habían quedado las otras tropas custodiando el botín y los equipajes, todo lo cual era bastante considerable para necesitar doscientos indios cargueros, pues hasta las sillas de montar las cargaban los indios, con el fin de que los caballos estuvieran descansados para cuando llegara la oportunidad de valerse de ellos.
Dió Quesada libertad al anciano Zaque, pero la pena y las emociones abreviaron sus días, pues poco después falleció. Antes de emprender los castellanos la expedición al valle de Neiva, de cuyos parajes lograron por fin averiguar con certidumbre venia la mayor parte de oro que la industria y ci comercio de los Chibchas habían acumulado en sus pueblos; quiso escarmentar la osadía de Tundama, que era el único cacique que se había manifestado dispuesto á combatir, y al cual no se buscó en las colinas de Duitama por el deseo de llegar oportunamente á Suamoz. Por su parte este belicoso caudillo convocó también á sus vasallos y solicitó el auxilio de los caciques vecinos desde Serinza, de modo que cuando Quesada llegó á los confines de Tundama, salió este á encontrarlo con las tropas más ordenadas y de aspecto mas marcial que hasta aquí se habían visto entre los Chibchas, y formadas por escalones en diferentes cuerpos, engalanados todos con plumas de diversos colores. En este combate, que llamaron de Bonsa, opusieron los indígenas una resistencia desesperada.
El General español se vió en peligro de perder la vida por haber caído de su caballo en medio de los enemigos, pero al fin, rotos los indios y atropellados por los caballos, quedaron los pantanos de Bonsa teñidos con sangre de los duitamas. De ellos muchos se acogieron á las islas, adonde no podían seguirlos los jinetes. Después de este castigo, que así llamaban estas refriegas, siguieron á Suesca, en donde quedó el campo á cargo de Hernán Pérez de Quesada, hermano del licenciado. Este, atravesando la sabana de Bogotá con cincuenta hombres escogidos, marchó en solicitud del rico valle de Neiva, adornado en sus imaginaciones con templos de columnas de oro y estatuas macizas de este metal. El camino conocido era por Pasca; les fué, pues, forzoso atravesar los páramos desiertos y bajar luego al valle de Fusagasugá, por donde con hartas incomodidades llegaron por fin á las márgenes del río Grande, sin guías, por haberse fugado los que traían de la región fría, temiendo la fatiga de cargar equipajes en este valle ardiente en que el termómetro centígrado no baja de 23°.
Hallaron por donde quiera las casas, que eran tambos abiertos, abandonadas, por haberse pasado los moradores á la orilla izquierda del río. Sólo un indígena más curioso que los otros se atrevió á pasar nadando, y les trajo algunos corazones de oro, con que se alentaron sus esperanzas, ya muy disminuidas por la falta de alimentos y por las fiebres que los acometieron desde su llegada al valle. Volvió el indígena halagado con los presentes que le hicieron los españoles, pero pasados algunos días no pareció más. Registrando las casas adquirieron suficientes muestras de oro para persuadirse de que no era escaso en aquella tierra, pero les faltaban de tal modo las fuerzas, que habiendo resuelto volver á Bogotá, estuvieron casi decididos á abandonar el oro que con tanto trabajo habían acopiado, por no cargarlo, hasta que dos soldados, haciendo un grande esfuerzo, se encargaron de llevarlo. Marchando pues por entre los bosques y pantanos, se encaminaron lentamente á Pasca, a donde llegaron al cabo de muchos días, dejando cinco compañeros muertos. Allí permanecieron reponiéndose de sus enfermedades, y es de suponer, aunque no lo dicen los cronistas, que ya había comenzado el año de 1538. Dieron los castellanos entonces al valle de Neiva que tan mal los había recibido, el nombre de valle de la Tristurá ó Tristeza, aunque ciertamente está bien lejos de merecer este nombre, ni la reputación de enfermizo, pues es una de las regiones calientes más sanas de América.(10)
(8) |
Era el Tunja de figura espantable, hombre de gran corpulencia y muy grueso; de aspecto torvo, la cara muy ancha, las narices grandes y torcidas, con que se hacía formidable toda la cara. Era, en fin, en su persona y costumbre como sucesor del diablo, por haber sido en aquel pueblo y sus tierras muchos años cacique un demonio, como á su tiempo diremos. Era, aunque viejo, sanó, astuto, presto y diligente en las disposiciones de gobierno y guerra, de condición inexorable y precipitado en sus castigos, á que era inclinadísimo, sobre todo á ahorcar, y los españoles hallaron maderos rajados por la extremidad superior, en donde engarzaban los cuellos de los que debían ahorcarse, por lo cual llamaron La loma de los ahorcados á una eminencia inmediata á Tunja. Fray P. Simón, 2o parte.(Regresa a 8) |
(9) |
Los hunsas tenían una tradición ridícula á la par que vulgar respecto de la formación de este pozo. Una cacica antigua, la madre de Hunsahua, irritada con su hija por una falta grave á la honestidad, le tiró con la sana, que es el mango de madera que sirve para revolver la chicha, y habiéndose escondido la joven detrás de la gacha, recibió esta un golpe, con le que se quebró, formándose de la chicha derramada en la tierra un pozo, aunque desgraciadamente para los aficionados el líquido se convirtió en agua.(Regresar a 9) |
(10) |
Es cierto que el clima ó las emanaciones han cambiado mucho en algunas provincias después del descubrimiento. Así por ejemplo, Panamá, que era un sitio tan enfermizo, á lo que dicen todos los cronistas, en la época del a colonización ha dejado de serlo según el testimonio de un gran número de persona imparciales. El señor Garella, ingeniero francés que trabajó el proyecto de canalización del istmo, me ha escrito últimamente de Arger que considera más sano él istmo que las posesiones francesas en Algeria (Regresar a 10) |
