Nació Sebastián de Belalcázar en la villa de este nombre, en la raya de Extremadura y Andalucía. La vida monótona y trabajosa de campesino no convenía á su genio emprendedor y sediento de aventuras. Cuéntase que irritado de que un  asno que conducía cargado de leña, no quería hacer esfuerzo alguno para salir de cierto atolladero, le asestó tan fuerte garrotazo que lo dejó por muerto, y temeroso del castigo el imprudente joven, por ser el único animal que poseía la familia, abandonó sus hogares, y, caminando  la ventura, arribó á Sevilla en 1514, en la época en que se estaba alistando la expedición de Pedrarias para el istmo del Darién. Seducido con la idea de comenzar vida nueva de soldado en otro continente, tomó servicio y se embarcó para las Indias (4) sin poder ó querer dar otro nombre sino el de Sebastián, con que era conocido, y el del lugar de su nacimiento, por lo que fué reconocido desde entonces con el nombre de Sebastián de Belalcázar, aunque parece que el apellido de su padre era Moyano.  

Poco después de su llegada á las Indias, dió á conocer Belalcázar que no había errado su vocación. Extraviado Pedrarias en cierta ocasión en una de las inmensas selvas vírgenes del istmo, sin víveres, sin guías y en las circunstancias más angustiosas, hizo subir á los árboles más altos algunos soldados por ver si podían descubrir sendero, población, ó algún medio dé salir de tan crítica situación. La vista perspicaz y experimentada del joven estremeño distinguió sin dificultad un humo ligero que se levantaba de cierto punto de la montaña, y que sus compañeros confundían con las nieblas tan comunes por allí. Bajó pues y se ofreció á guiar á los que se nombrasen para aquélla exploración, la cual tuvo el mejor éxito, no sólo por haber hecho prisioneros algunos indígenas que estaban ocultos con sus familias en el fondo de aquellos bosques, y que sirvieron de guías, sino por el hallazgo de provisiones y algún oro. Adjudicó Pedrarias á Belalcázar de este botín  la parte de jefe de la partida, como parecía muy natural, mas este rehusó obstinadamente recibir otra porción que la de simple soldado, diciendo que todos habían participado igualmente de los trabajos y peligros, y todos eran  acreedores por lo mismo á igual recompensa. Desde aquel día quedó marcado su  lugar entre los caudillos de la conquista. Amigo de Almagro y de Pizarro, tuvo sin embargo que obedecer las órdenes de Pedrarias que le enviaban á Nicaragua, asistió  á la fundación de León y fué uno de sus primeros Alcaldes. Pasó después con veinte compañeros al Perú, y continuó desde allí la brillante carrera que le hemos visto recorrer en el curso de nuestra narración, formándose él mismo en la dura escuela de la experiencia, desarrollando las dotes de militar cuyos gérmenes existían ya en él, valor, resolución, golpe de ojo militar, tino y prudencia para manejar una clase tan inquieta como la de los conquistadores, entre los cuales pocos caudillos lograron hacerse tan constantes y finos amigos como Belalcázar, lo cual debe atribuirse á su blandura y cortesía, y, sobre todo, á su desinterés, cualidad rara en aquellos tiempos, y, es preciso confesarlo también, á que les daba mano larga en el despojo y mal trato de los pobres indios. Fué Belalcázar mediano de cuerpo, pero bien proporcionado, de ojos pequeños, rostro expresivo, de ordinario jovial, pero mostrando en ocasiones la severidad que era menester, y nunca flaqueza ni aún en los más duros lances de la guerra ó de las trabajosas jornadas á que estaban condenados los descubridores. Entre los que ocuparon el primer rango en la Nueva Granada, cuatro marchan cuasi de par: Vasco Nuñez de Balboa, que el mundo  reconoce sin embargo como el primero,  por haber descubierto el mar del Sur, aunque  la suerte enemiga no lo dejó recorrer una larga carrera ; Belalcázar, que se ejercitó en un teatro más vasto y por tantos años; Gonzalo Jiménez de Quesada, que al salir del gabinete de abogado desplegó los talentos, el valor y la constancia de un viejo y endurecido militar; y, últimamente, el hidalgo madrileño don Pedro de Heredia, á quien la fortuna negó campo más espacioso en que hacer alarde de sus cualidades: lo que hizo, sin embargo, es suficiente para inscribirle entre los primeros. Es justo decir ahora que entre los caudillos que ocuparon un rango secundario en nuestro descubrimiento, no faltaban hombres que en más alta posición se habrían mostrado capaces de cualquiera empresa. Era esta una raza y una época en que abundaban los hombres de valor, de resolución, de talentos militares y de extraordinaria dureza y habilidad en los ejercicios de la guerra.

Para completar lo que anunciamos en el principio de este capitulo, tendremos que dejar muy atrás los sucesos de las provincias de lo interior, de los cuales pasaremos á tratar en los dos Capítulos siguientes.

Veríficóse un alzamiento en Nicaragua, á causa de las nuevas leyes, en virtud de las cuales quedó privado de un rico repartimiento de indios el Gobernador Contreras, yerno de Pedranas. Los dos hijos de este, orgullosos por sus relaciones de parentesco, reunieron una partida de forajidos, dieron muerte al Obispo Valdivieso, que protegía eficazmente á los indios, y pasaron luego á Panamá, creyendo que podrían hacerse dueños de los tesoros del Rey, y equipar una expedición para apoderarse del Perú y renovar la rebelión de Pizarro que comprimió el Licenciado Gasca, el cual acababa justamente de pasar por Panamá de regreso á España. En la primera sorpresa se hicieron los rebeldes dueños de Panamá, mas luego se reunieron y armaron los vecinos, levantaron el real pendón, y rechazaron á los bandidos, que se dispersaron en todas direcciones.  Entre ellos descollaba por su atrevimiento un fraile Albis que se acogió á un convento de Cartagena, y allí, poniéndose de acuerdo con muchos de los expulsos del Perú como soldados de Pizarro, urdió una conspiración para matar al Gobernador y á los principales vecinos en una función religiosa, en que estaba designado para predicar el mencionado Albis, quien debía dar desde el púlpito la señal del degüello. No pudo guardarse suficientemente el secreto de esta conjuración, que no fuera descubierta antes de estallar, dando tiempo al Adelantado para prender á los principales  conjurados, algunos de los cuales se habían ya armado en Zipacua. Hízose justicia de los más culpables, y, respetando las órdenes sagradas del padre Albis, se remitió preso á España, adonde no llegó por haberse ahogado pretendiendo salvarse con el mayor atrevimiento por las cadenas del ancla del navío, en que estaba preso en el puerto de la Habana. A este se dió el nombre del alboroto de los frailes, por haber tomado en él parte dos religiosos.

No bien había acabado de apagar el Adelantado Heredia las centellas de esta revolución, cuando tuvo el dolor de ver consumir en una noche toda la ciudad de Cartagena, por un terrible incendio causado por una imprudencia; Queriendo salvar el templo  y sus parlamentos, abandonó Heredia su casa, que devoraron las llamas con la hacienda y muebles que le quedaban después de tantas desgracias, y este fué, dicen los cronistas el  último paradero  de las riquezas de los sepulcros del Sinú. Estmose en más de doscientos mil ducados la pérdida de los vecinos de Cartagena en el incendio, que no fué el último, pues este azote, que afligió más de una vez la ciudad, no llegó á contenerse sino cuando se construyeran las casas de mampostería.

Una año después llegó á Cartagena el oidor Juan Maldonado á tomarle nueva residencia al Gobernador Heredia; y aunque esté togado sé abstuvo dé imitar á Vadillo en sus tropelías, y respetó las canas  del Adelantado, no dejó sin embargo de dar oídos á las quejas de algunos émulos de Heredia y de Álvaro de Mendoza, su yerno, al cual privó de su repartimiento. Afli­gido Heredia con estos cargos, y recordando el buen recibimiento que se le había hecho en España en años anteriores, se resolvió, á pesar de su edad, á abandonar su gobierno y á embarcarse para la Corte á pedir Justicia. Verificólo en el año de 1554, y, después de mucha demora en la Habana, frecuentes borrascas y mal tiempo que le obligaron á mudar de buque dos veces, naufragó por fin en las costas de la Península. Despedazada la nave contra las rocas, quiso salvarse nadando hacia tierra, pero las fuerzas le abandonaron y pereció ahogado sin que pudiera hallarse nunca su cadáver. “Fue notable, dice Fray Pedro Simón, el sentimiento de esta muerte en la ciudad de Cartagena cuando llegó á ella la nueva, por ser grande el amor que los más de sus vecinos le tenían, así por fundador de ella, como por padre de la Patria y por sus estimables costumbres, como eran: ser fácil en perdonar al enemigo, deportado en el castigo justo, medido en sus palabras, piadoso con los necesitados y muy inclinado á hacer paces y á allanar discordias.”

 Permaneció Heredia corno Gobernador de Cartagena más de veinte años, y su vida fué, como se ha visto, una de las más dramáticas y más llenas de vicisitudes que puede imaginarse. 

(4)
 De todo esto puede inferirse racionalmente que la edad de Belalcázar no excedía entonces en mucho de los veinte años, y, por consiguiente que no había cumplido todavía los sesenta en la época de su muerte en 1550. Los cronistas, engañados por los hechos de su vida activa, le suponen de una edad muy avanzada, sin no obstante fijarla. (Regresar a 4) 
Comentarios (0) | Comente | Comparta