No debe omitirse, antes que terminemos la narración de las cosas
del sur, el dar una relación sucinta de la nueva tentativa que se
hizo en Popayán para sujetar á los Paeces. Fué Domingo Lozano,
vecino de Ibagué, en donde había hecho una fortuna regular con
trabajo de las minas, el atrevido que, pretendiendo catear y aun
agotar las del centro de la cordillera, solicitó y obtuvo en 1571
licencia de don Álvaro de Mendoza, Gobernador de Popayán, para
hacer una población en los términos de los Paeces. Entró con una
partida, la que los indios rechazaron por no ser bastante numerosa,
por lo que, juntando el Lozano más gente, volvió á principio del
año de 1572 con ochenta soldados, con los que pudo penetrar hasta
un sitio que llamó San Vicente de Paez, y se apresuró á echar los
fundamentos de la nueva población, en la cual construyó un fuerte
de tapias, y procedió luego al reconocimiento de las minas de oro,
que comenzó á beneficiar, aunque con la cautela que era necesaria
entre tan belicosos indios. Más estos se presentaron sin
desconfianza, y trajeron algunos mantenimientos, por lo que,
creyendo Lozano que la paz era segura, y deseoso de entregarse al
trabajo de una mina de oro, cuyas muestras le daban esperanza de
mucha riqueza, dividió su gente, una parte dejó custodiando el
fuerte y los ganados de cría, sin los cuales no se podía pretender
la licencia para fundar ninguna población, y la otra llevó á las
minas.
Ignórase si fué espontáneamente, ó por consecuencia de alguna provocación, que los indios se conspiraron para atacar á la misma hora los que guardaban el fuerte y los que sacaban el oro. Estos, con el caudillo Lozano, más desprevenidos, fueron rotos y muertos veintisiete, incluso el Jefe. Desde el principio del ataque de los temibles Paeces, cuatro lograron escaparse al caserío de Guanacas, y de allí á Popayán á dar el aviso de la desgracia. Los del fuerte resistieron el ímpetu de los indios, por estar mejor armados y parapetados, de manera que no pudiendo vencerlos ni sacarlos del fuerte, los cercaron estrechamente, privándoles de los víveres, y en muchos días hasta del agua, que no obtenían sino combatiendo. Al cabo de casi un mes de cerco riguroso, fueron socorridos por el Gobernador de Popayán, que los sacó del aprieto abandonando á los indios la población y los ganados. Ya sabían pues los españoles que en el valle del Páez había territorios fértiles de mantenimientos, abundancia de habitantes para componer los repartimientos, y ricas minas de oro. Con todos estos alicientes no se pudo plantear nunca un pueblo de españoles en aquellos valles, rodeados por todas partes de provincias pobladas, y situados no lejos del camino de Bogotá á Popayán. (8)
Seria preciso ahora escribir un volumen si tratase de describir con detalle los diversos alzamientos de los indios circunvecinos de Santa Marta, más no es posible dejar de mencionar algunos de los más importantes, porque contribuyen á dar una idea de su carácter firme, del estado de desesperación á que frecuentemente se vieron reducidos, y de las crueles y sangrientas represalias que tomaron de los españoles. Mientras que el capitán Luis Manjarrés ejerció interinamente las funciones de Gobernador, se mantuvieron quietos ó se sujetaron, merced á la experiencia y maña de este antiguo caudillo. Obligado á pasar á la corte para responder á los cargos de su residencia, se levantaron los Bondas y Taironas, poniendo en tal apuro á la ciudad, que sus vecinos ocurrieron á la Audiencia solicitando auxilio y un jefe experimentado. Echóse mano de Pedro de Ursua, que acababa de salir de los Musos, y no podía equipar su expedición al Dorado, que, según dijimos, verificó luego Quesada. Aquel capitán procedió con el tino é inteligencia que solía, rompió á los Taironas en una reñida acción en los Pasos de Rodrigo, y allanó, como se decía entonces, la tierra. Volvió Manjarrés de España con título de Gobernador en propiedad, y, temiendo las acechanzas de los Bondas, que le estaban cedidos en encomienda, construyó un fuerte para imponerles respeto, y lo artilló con dos piezas pequeñas, poniéndole algunos soldados de guarnición. Falleció Luis Manjarrés con sentimiento general de la ciudad, y sucedióle en los bienes y encomienda, aunque no en el gobierno, su hijo don Antonio, tan valiente como su padre y no menos versado en las guerras y en el conocimiento del carácter de los indios, más nada importante ocurrió hasta el año de 1571, en que vino de España como Gobernador don Luis de Rojas. Este permitió al capitán Castro, su antecesor, hiciera una entrada á Posigueica con ánimo de fundar una población. Los pasos preliminares no eran calculados pata pacificar los indios, pues comenzó por prender y poner en collera los caciques amigos que habían venido á Santa Marta, con el fin de que no avisaran á los Posigueicas del intento de los españoles, que pasaron la vuelta de Guachaca, y, no pudiendo subir á las cumbres de Posigueica por el lecho del río de don Diego, rodearon por los pueblos de naturales de Domo y de Bohoco, pasando el río por un puente de bejucos que habían construido los indios, y trepando ciertas sierras volvieron al valle del río de don Diego mucho más arriba, en donde estaba fundado el pueblo principal. Este tenía casas muy bien hechas, una plaza triangular enlosada y nivelada, á que daban frente las tres grandes habitaciones del cacique, cada una de las cuales podía alojar cerca de trescientas personas, más todo lo hallaron desierto, porque, antes de llegar al pueblo, habían derrotado á los indios, que pretendieron resistirles la entrada. Salió después el cacique de paz, y los españoles practicaron las ceremonias para fundar una población que llamaron Ecija, la cual poco duró, como vamos á verlo. Las tribus circunvecinas eran industriosas, hacían figuras de piedra y de maderas duras, y también sartales de cuentas de conchas de varios colores. No eran antropófagos, pero sí de costumbres bestiales. Las partidas que en varias direcciones salían á explorar la tierra, dieron vista al Magdalena y á muchos valles poblados y cultivados, y es de suponer que su conducta no sería sobrado pacífica, porque muy pronto una conspiración general de los indios y algunas muertes de los que se alejaban del asiento del lugar, fatigaron tanto á los nuevos pobladores, que resolvieron desamparar la nueva villa y retirarse á Santa Marta, en donde el Gobernador prendió al capitán Castro por haber abandonado la empresa, y lo obligó á volver, como lo hizo con más desdicha, pues perdió la mayor parte de su gente, y entre ellos á un sobrino del Gobernador Rojas, que los indígenas cogieron vivo y ahorcaron á la vista de los vecinos en el mismo lugar en que este oficial había ahorcado algunos días antes un indio principal. Una de las causas del coraje de los indios fué, en esta ocasión, la tropa de mastines que los españoles llevaron, y que despedazaban vivos á los naturales en los combates, entre estos uno muy voraz que llamaban Amadis, que, si lograba asir á cualquier indio, le sacaba las entrañas á mordiscos. Este animal murió de un flechazo envenenado, á pesar de la cubierta de algodón encolchado que le ponían, pues hombres, caballos y perros, todos entraban al combate con mantas encolchadas para defenderse de las flechas.
No sobrellevaban los Bondas con paciencia el fuerte erigido en sus términos; así, en 1575, aprovecharon de la ocasión en que quedaba poca guarnición en su recinto, porque la mayor parte de los soldados habían sido llamados á la ciudad, amenazada de los piratas franceses, para sorprenderlo haciéndose dueños de él casi sin resistencia de los tres ó cuatro hombres que lo custodiaban, y hallando en su interior cuantas alhajas y ropa poseían los vecinos de Santa Marta, que tenían allí depositadas temiendo el pillaje de los corsarios. Quemaron los indios el cuartel, allanaron el fuerte, y se retiraron engalanados con los vestidos y joyas de los españoles, que, atacados al mismo tiempo por mar y por tierra, no tuvieron otro recurso que pedir auxilio a Cartagena, de donde les vino por tierra al mando del capitán José Guerra ; y poco después la escuadra de los Galeones, que se había formado para guardar las costas y que puso algún coto á las depredaciones de los piratas, aunque mas tarde se hicieron estos muy temibles, según veremos en la segunda parte. A pesar de este refuerzo, los Bondas rechazaron con pérdida la primera vez á los españoles que los atacaron, y aun vinieron sobre la ciudad, pero, sabiendo que la armada que había llegado al puerto y ahuyentado los piratas, tenía más de 500 hombres de desembarco, se retiraron á los pueblos de lo interior. Algunos, como los de Macinga, se sujetaron, pero los demás, acaudillados por Xebo, Coendo y Gamita, caciques valientes y muy versados en la guerra con los Castellanos, se mantuvieron firmes. Aprovecho el Gobernador Rojas de la presencia de la escuadra en el puerto, para reedificar el fortín de Bonda, con poco fruto, porque los indios lo mantenían en asedio permanente, y era preciso llevar desde la ciudad para la guarnición cuanto era necesario.
El año de 1576 arribó á Santa Marta don Lope de Orosco, que debía reemplazar á Rojas, promovido al Gobierno de Caracas. Este fué quizá el primer español después de Bastidas, que concibió un plan de colonización fundado sobre la labranza de la tierra, crías de ganados, y la introducción y mejoría de nuevas culturas, y no sobre la ruina y destrucción de los indios. Trajo en dos naves propias trescientos hombres, los ciento casados con sus familias, y toda especie de instrumentos de agricultura dé los que se usaban en España. Desde su llegada hizo entender á los naturales que pensaba establecer con ellos una paz sólida y durable, y convocó á todos los caciques amigos y enemigos para oír sus quejas. La conducta franca del Gobernador inspiró desde el principio tal confianza en los indios, que la mayor parte acudieron al llamamiento, y, quejándose los bondas de los abusos y violencias que los soldados del fuerte cometían, les dijo que entre amigos no eran necesarias fortalezas, y al día siguiente mandó arrasar el fuerte, acción que le valió el sometimiento general de los indios, su amor y respeto. (9).
Si en los naturales produjeron tan buen efecto las miras de humanidad y de conciliación, el resultado material de la colonia fué nulo; los españoles, llegados á aquella costa, sea que el clima no les permitía trabajar, ó que las costumbres del pueblo se oponían, ó que, creyéndose superiores á las faenas ordinarias, se dejasen tentar del espíritu de aventura, casi todos los colonos de Orosco se hicieron conquistadores, algunos pocos traficantes, ninguno cultivador. Parece que la fatalidad ordenaba que la zona ecuatorial del continente occidental no pudiera ser cultivada sino por los naturales de este suelo, ó por una raza nacida, en climas análogos en otro hemisferio.
El Gobernador Lope de Orosco fué con suficiente escolta al valle de Upar. Allí se estrenó en guerras con los indios, á que fué provocado por estos, ó por sus soldados sedientos de pillaje.
También se había pretendido antes fundar una población en tierras de los Chimilas, y efectivamente, el Capitán Cordero estableció un pueblo que llamó de los Ángeles, y lo mantuvo algún tiempo usando de política, pero, llamado á la Audiencia de Santa Fe, su teniente consintió en algunas vejaciones á los naturales, que atrajeron á la colonia una sublevación y abandono consiguiente del nuevo establecimiento. Con el tiempo, estos indios chimilas fueron el azote de la comarca, mas todavía no corresponde hablar de estos sucesos, ni de las extraordinarias aventuras dcl marino inglés Drake, que tanto mal hizo en nuestras costas.
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Castellanos, el P. Simón que lo copia, y el Obispo Piedrahita, atrasan la fundación de San Vicente de Páez y los desgraciados suceso de Lozano, de diez años, más la muerte de Lozano tuvo lugar en 1572 según los testimonios de Arce, Moreno, Aguilar, López y Suárez, que escaparon de las minas, y con Salazar, encomendero de Guanacas, pasaron á Popayán. (Regresar a 8) |
(9) |
Con estas medidas del Gobernador Orosco, la paz era tal en toda esta costa, que no se habla visto por muchos años, pues podía ir un hombre solo con toda seguridad, desde Santa Marta al cabo de la Vela, por tierra. En cuya confianza hizo el Gobernador abrir caminos de mas de treinta leguas de largo, y meter ganados á donde la guerra los había agotado Fray P. Simón 5.a noticia, 3.a parte(Regresar a 9) |
