La noticia de que Balboa había echado al agua dos hermosos
bergantines, y de que un genio tan emprendedor con tales elementos
se proponía descubrir regiones riquísimas, de cuya existencia sólo
él había adquirido la certidumbre por las revelaciones que varios
caciques amigos le habían hecho en el primer viaje, turbó el sueño
de Pedrarias, el demonio de la envidia se apoderó de él, ya se
imaginaba que iban á hacer un contraste notable los descubrimientos
de Balboa, desde que lo dejó en libertad, con lo poco que él había
ejecutado en cuatro anos, disponiendo de tantos elementos, y
resolvió perder, asesinar á su rival, y apoderándose de las
embarcaciones, ir él personalmente á lucirse con trabajos ajenos.
Concebida la idea del crimen, la ejecución no era difícil á un
cortesano tan práctico en las vías de la perfidia. Manda llamar á
Acla á su querido yerno Balboa, colmándole de caricias y de
congratulaciones, y le dice que es preciso que reciba sus últimas
instrucciones, y que oiga de su propia boca lo que no podía
encomendarse á una carta. Balboa se puso inmediatamente en camino
para Acla, en donde lo esperaba Pedrarias, el cual le hizo poner
una cadena al cuello luego que llegó, y levantándole una sumaria en
que trataba de comprobar que pretendía emanciparse del rey en las
tierras que descubriera, para lo cual se interpretaron
siniestramente las más inocentes conversaciones, mandó condenarle á
muerte. á lo que se resistió el Alcalde mayor Espinosa, diciendo
que aun cuando fuera reo de pena capital, merecía perdón por sus
servicios, y que no daría tal sentencia mientras no se le
mandase expresamente por escrito, lo que hizo inmediatamente
Pedrarias. Balboa llamó á su prisión á los oficiales reales, y en
su presencia declaró solemnemente que era todo aquello el más falso
testimonio que podía imaginarse contra un leal vasallo, que jamás
había podido dar cabida en su entendimiento á la monstruosa idea
de fundar una colonia independiente de su propia patria, sin cuyos
auxilios constantes no podía claramente llevarse á efecto semejante
empresa en tan remotas tierras. Mas su muerte estaba decretada, y
de nada le aprovecharon sus protestas; marchó al patíbulo con
frente serena, y cuando gritó el pregonero:
Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor, y Pedrarias, su Lugarteniente en su nombre, á este hombre por traidor y usurpador de las tierras sujetas á su real corona, exclamó indignado: Es mentira, es falsedad, lo atestiguo delante de Dios ante quien voy á comparecer, y de los hombres que me escuchan. Deseo que todos los súbditos del Rey sean tan fieles como lo he sido yo. Acabando de hablar, le cortó el verdugo la cabeza sobre un tronco de árbol, y su cadáver mutilado permaneció en la plaza doce, horas. Así acabó su vida, á la edad de cuarenta años, el hombre más célebre de cuantos habían brillado hasta entonces en América, exceptuando á Colón. Este fué también el primer asesinato jurídico perpetrado en el Nuevo Continente.
Unánimes son todos los escritores contemporáneos sobre este hecho, no hay uno solo que ponga siquiera en duda la inocencia de Balboa; aseguran todos, sin discrepar, que ninguno de los habitantes del Darién pudo retener las lágrimas, pensando que un hombre de tanta grandeza de alma y dotado de una rara liberalidad, después de tantas fatigas y teniendo delante de sí prospectos tan lisonjeros, hubiera terminado su carrera tan miserablemente. La indignación contra Pedrarias era general. Este, para cohonestar su crimen, había hecho degollar cuatro oscuros soldados, como cómplices de la supuesta usurpación de Balboa. Luego que llegó la noticia de este atentado á Santo Domingo, los Padres Jerónimos encargados de la dirección de las cosas de Indias, prohibieron á Pedrarias tomar providencia alguna en lo sucesivo sin el consentimiento del Cabildo d el Darién, y dieron cuenta á España solicitando el condigno castigo de Pedrarias. Sin embargo, para vergüenza de la justicia española, cl crimen de este pérfido cortesano quedó impune, sin duda por sus relaciones con familias nobles y de influencia: su mujer era sobrina de la Condesa de Moya, y él mismo estaba bien emparentado. Es Cierto que por consecuencia de las elocuentes representaciones que contra las depredaciones de Pedrarias hizo en la Corte el Padre San Román, del orden de San Francisco, se nombró á Lope de Sosa, Gobernador de Canarias, para que reemplazase á Pedrarias, y de la residencia tomada bajo su dirección alguna pena hubiera podido imponésele mas el mencionado Sosa murió á su llegada al Darién, y la residencia de Pedrarias tomada por el Licenciada Alarcón, gobernando el mismo residenciado, fué una burla practicada para sincerarse.
Una nueva tentativa se hizo sin fruto sobre los indios del río Grande. Se ahogaron los oficiales reales que habían costeado la expedición, y sin la presencia de ánimo de Francisco Pizarro, no escapara ninguno de los que iban en pos del ídolo de oro macizo de Dobaiba. En este mismo año de 1517 recorrió Albites la costa de Chagres hasta los confines de Veragua, y el Licenciad Espinosa la del mar del Sur y fundó la villa de Natá.
En el año siguiente dc 1518 determinó Pedrairias pasar á la costa del sur, disgustado con la dependencia en que lo habían puesto dcl Cabildo del Darién los Padres Jerónimos, que entonces gobernaban las Indias, mas antes de partir, y mal de su grado, tuvo que nombrar por su Lugarteniente al bachiller Espinosa, á quien ya comenzaba á tener cariño la gente, deseosa de encontrar amparo contra las violencias y arbitrariedades de Pedrarias. Embarcóse en los bergantines de Balboa, y fué hasta la isla de Taboga sin hacer cosa de provecho, mostrando así que los mismos instrumentos que en manos de un hombre de ingenio pueden producir grandes resultados, en las de tina persona ordinaria sólo sirven para acreditar su incapacidad. El Gobernador había resuelto fundar una colonia en la costa del Sur para sacudir la molesta autoridad de los Padres Jerónimos, mas la gente aborrecía aquellas regiones apartadas, sin arboledas, en que el mar deja en seco, playas inmensas, y en donde estaban privados de recibir los frutos de Castilla que miraban como un regalo y un consuelo. Aquí dió prueba de habilidad Pedrarias, pues ya cansándolos en correrías inútiles, ya amenazándolos con que despoblaría el Darién con otras estratagemas consiguió al fin decidirlos á que voluntariamente fundasen una población, y así se hizo por ante escribano en nombre de la Reina doña Juana y de don Curios su hijo, que es la ciudad de Panamá, la más antigua de todas las de Nueva Granada, la cual se ha sostenido por su feliz posición, á pesar de la insalubridad del clima para los europeos, puesto que sólo en los primeros treinta años desde su fundación murieron de enfermedades de ida ó venida para el Perú más de cuarenta mil españoles. Hacia el mismo tiempo poblaba en Nombre de Dios el Capitán Albites, muy favorito de los indios, porque era el que menos los maltrataba.
No vió el esforzado Cacique Paris el establecimiento definitivo de una colonia española en sus inmediaciones, porque murió de muerte natural, y estando adornado su cadáver con muchas piezas de oro y todos sus vasallos en torno llorándole, cayeron sobre ellos los españoles bajo las órdenes de Espinosa, los cautivaron y tomaron muerto al que nunca vivo hubieron á las manos, despojándole de todas sus joyas y arrojándole después. El hijo y heredero de París buscó algún oro, y viniendo á los castellanos, les pidió que mediante aquel presente dieran libertad á los cautivos. Alguna vez fueron generosos los españoles, y soltaron á los prisioneros dejando reconocido al joven Pariza, que se retiró á llorar con los suyos á su padre.
En 1519 recibió Pedrarias amplias facultades de la Corte para pasar la población y la catedral de la Antigua del Darien á Panamá, con lo cual ordenó á Gonzalo Fernández de Oviedo que hiciese que los vecinos sacasen sus alhajas, muebles y ganados, y como pudiesen los trasladasen á Panamá, lo cual se ejecutó con mucha pérdida y quebrantos. Ya para entonces había venido de España una pequeña expedición bajo el mando de Gil González Dávila, que hizo asiento con el Rey para ir á descubrir las islas de la Especería. Cortó maderas, y siguiendo las huellas de Balboa con no menores trabajos, fabricó algunas embarcaciones que resultaron inútiles á tiempo de emprender el viaje. Esta expedición terminó con que en 1522, en lugar de hallar las Molucas, Gil González no alcanzó sino al golfo de Nicoya, y de allí entró en Nicaragua.
Crecía entre tanto Panamá en población, y prosperaban los ganados y plantíos en las márgenes de un río inmediato. El único suceso digno de consignarse en este compendio, fué la guerra con el Cacique Urracá, el más poderoso señor de Veragua, que resistió varonilmente diversos ataques de los oficiales de Pedrarias y del mismo Gobernador, rechazando la primera vez al bachiller Espinosa con pérdida, y combatiendo todo un día á Pedranias sin dejarle ganar un palmo de terreno. Ayudábanle Musá y Bulabá, Caciques vecinos, y á pesar de la artillería, como los indios habían aprendido á aprovechar el terreno para defenderse, hostilizaban de continuo á los pobladores de Natá. Urracá sostuvo por nueve años la guerra y mantuvo su independencia hasta la muerte. Ya era entrado el año de 1521, y se había despachado título de ciudad para Panamá, dándola por escudo un yugo y un haz de flechas en campo dorado en la parte superior, y dos carabelas navegando, en el interior, con una estrella y orla de castillos y leones. Por muerte del primer Obispo Fray Juan Quevedo se proveyó la silla en Fray Vicente Peraza, del orden de Santo Domingo. Francisco Compañón recorrió la provincia de Chiriquí, los Vareclas y la de Burica, y observó todos los pueblos de los indios cercados de palenques, que eran altos maderos clavados hondamente, formando un muro muy fuerte.
Es cosa singular que los españoles al tiempo del descubrimiento atravesaran el istmo en todas direcciones desde el Darién hasta Veragua, mientras que hoy no se conocen sino tres ó cuatro caminos, y la exploración á fin de averiguar el punto más practicable para hacer un canal ó un camino de carriles de hierro, sólo se ha limitado á una faja estrecha entre Panamá y Chagres, dejando así graves dudas en el ánimo de muchos, respecto á la parte más estrecha y de menor elevación. El cronista Oviedo dice que él hizo dos veces á pie este viaje por el camino más corto que habían hallado, que era del puerto de Nombre de Dios, las sierras de Capira, tierras del Cacique Juanaga, y de allí á las márgenes del río Chagres, y después dos leguas río arriba, hasta atravesarlo por puente natural de un solo arco de piedra, y de allí otras dos leguas á Panamá. Total, veinte leguas medidas por varios. Algunos contaban veintidós y otros diez y ocho.
Carecemos respecto de la población del istmo á la época del descubrimiento, de datos seguros, y sólo puede inferirse el número de habitantes por el de las tribus independientes, de las cuales he recogido como sesenta nombres en las diversas relaciones. Algunas presentaron á los españoles más de cuatro mil combatientes, y aunque en ello es de suponerse alguna exageración, no deja de ser cierto que para detener y perseguir por días enteros tropas de castellanos bien armados y de más de doscientos hombres algunas veces, eran ciertamente menester millares de indios desnudos y desprovistos de armas eficaces y sin flechas envenenadas, ni otra defensa que macanas y dardos con puntas de piedra ó de madera endurecida al fuego. Y aunque también es verdad que había tribus que no contaban sino doscientos y trescientos hombres de armas, otras como las de Natá, Pariza y Urracá, tenían cerca de diez mil, lo que supone más de treinta mil entre mujeres y muchachos.
No parece, pues, aventurado pensar que la población del territorio que hoy comprende las provincias de Panamá y Veraguas, pasaba de trescientas mil almas, y era muy superior á la que actualmente existe después de un transcurso tres siglos y de haberse introducido el abrigo y las comodidades de la civilización. Si en lugar de destruir la raza indígena ya aclimatada y que durante la lucha dió tantas muestras de ingenio, valor y humanidad, se hubiera propendido á instruirla y civilizarla, los recursos del istmo se habrían explotado, descubiértose y trabajádose sus ricas minas y las preciosas producciones del reino vegetal que su afortunada posición le permite llevar á los mercados que sean más favorables, con la mayor oportunidad. Sin población suficiente, ha dependido hasta aquí su suerte del giro del comercio y de los acontecimientos que han modificado ó alterado la ruta de las mercancías de un mar á otro.
Pocos años bastaron, como hemos visto, para devastar este país; los galeones y el tránsito de las mercaderías y del oro del Perú, dieron lustre y prosperidad efímeros á una pequeña parte del territorio, pero se necesita la mano del tiempo y de una sabia legislación para desarrollar los elementos inagotables de riqueza y prosperidad que esta hermosa porción de Nueva Granada encierra en su fecundo seno. Perdónese esta digresión á quien desea vehementemente la prosperidad y dicha de su patria, y volvamos á anudar la serie de los sucesos antiguos.
