Con auxilio de los indios pacíficos de Bonda, pretendió el Gobernador castigar á los Taironas y á los del valle de Coto que estaban sublevados, pero aunque quemaron casas y talaron sementeras, fueron por fin rechazados con pérdida, mas no siendo posible mantener toda la gente en la ciudad, tuvo García dc Lerma que enviar una parte con su sobrino Pedro de Lerma, al valle de Upar, cuyos habitantes gozaban, por su desgracia, de la reputación de dóciles, pacíficos y sufridos, y con orden de continuar la exploración del país, como lo verificaron bajando por el río Zazari, que hoy decimos Cesar, hasta Tamalameque, de donde los Capitanes Berrío y Antonio Lebrija llegaron por las márgenes del río Grande, hasta un río que tomó el nombre de este último. Luego retrocedieron todos por el mismo camino á la Ramada, en donde los Capitanes Cardoso y Muñoz tenían sus repartimientos y se preparaban á recoger el tributo que cada indio debía rendir al encomendero, y que consistía en la cantidad de oro en polvo que cabía en un cañón de pluma.

Luego que regresaron á la ciudad, envió el Gobernador otra partida escoltando al Reverendo Padre Fray Tomás Ortiz, que ya para entonces tenía el nombramiento de primer Obispo de Santa Marta, y que se proponía predicar y catequizar á los indígenas, en ocasión que se reunían los de la costa y los de la sierra, en un pueblo á inmediaciones de la Ciénaga, en donde se celebraba una especie de feria, y se cambiaban el oro y mantas de algodón por sal y pescado seco. No pudiendo entender los naturales al prelado, ó no queriéndole escuchar, por ser el tiempo y lugar inoportunos para la predicación, prendieron los españoles á algunos y los llevaron á Santa Marta para venderlos como esclavos. Este sacerdote había sido enviado, como hemos visto antes, en calidad de defensor y protector de los indios (4).

Don Fray Tomás Ortiz, sabio prelado
A quien el Lerma dió repartimiento,
Que fué Bondigua pueblo celebrado,
donde hacía su principal asiento,
Y por esto no poco murmurado.
De manera que la común malicia
Su vida religiosa maculaba,
Diciendo muchos diellos que codicia
A residir allí lo convidaba.
Y con diestros ministros de avaricia.
Alguna joya más se le pegaba;
Mas él decía ser intención sana
Y por les enseñar la fé cristiana.

CASTELLANOS.

 

Quedó así destruida una feria de que tantas ventajas habrían podido obtener los españoles si la hubieran. protegido y fomentado, en vez de turbarla inicuamente, comprometiendo de paso la predicción del Evangelio.

Mas entonces no se miraba el porvenir, sólo trataban de enriquecerse á toda costa, sin reparar en medios por reprobadas que fuesen, y á pesar de que García de Lerma pasaba por hombre caritativo y liberal, que gastaba cuanto tenía en sostener el hospital y auxiliar á los menesterosos, no osaba, quizá temiendo el fin de Bastidas, contener el torrente devastador que dentro de breves años consumió noventa mil indios que componían las tribus más vecinas á Santa Marta. Otra suerte merecían estos infelices que en vez de acabar con los españoles, en esta sazón en que la ciudad quedó reducida á pavesas por un terrible incendio, contribuyeron con víveres á los que salieron á pedirlos.

Entre tanto llegaban buques de España ó de Santo Domingo, trayendo frutos de Castilla, vestidos y armas, y fuerza era salir á robar para pagarlos. Envió pues Lerma otra partida numerosa contra los Chimilas. El combate fué sangriento, porque es­tos indios eran valientes, y aunque quedaron vencidos y de ellos se hizo gran matanza, costó á los españoles la victoria quince hombres muertos y algunos caballos, con lo cual se volvieron no muy satisfechos á Santa Marta, pues aun el botín lo pagaban caro, por haber imaginado los Chimilas un arbitrio singular con que hirieron y mataron algunos castellanos. Consistía éste en colgar en las puertas de sus casas, en lugar alto, pero visible, algunas piezas de oro, y en apostarse en lugar conveniente para flechar á los que ávidamente venían á morder el deseado anzuelo.

Llegó á Santa Marta por este tiempo un caballero portugués llamado Jerónimo Melo, el cual se ofreció á hacer una entrada por el Magdalena, cuyas bocas habían inspirado tanto terror á los navegantes, que ninguno se había atrevido hasta entonces arrostrar allí la marejada. Amenazando á los pilotos, pudo sólo decidirlos á entrar en el rio, en el cual penetró hasta Malambo, cuyo cacique cobró tal afición á Melo, que trocó su nombre por el del portugués, lo cual era la mayor prueba de cariño que podía darse según sus costumbres. El número considerable de canoas y de habitantes que vió Melo en las márgenes de este caudaloso río, no podía inspirarle, sin embargo, suficiente seguridad, siendo su compañía bastante escasa, pues cabía en dos pequeños navichuelos, con los cuales dió la vuelta á Santa Marta á proponer al Gobernador se enviase una expedición por tierra, acompañada de un número suficiente de embarcaciones para recorrer todos los pueblos de ambas riberas. Quizá desde entonces se habría llevado á efecto este plan, que más tarde se verificó, siendo Gobernador don Pedro Fernández de Lugo, sin la prematura muerte del humano y sensible Melo, acarreada por la pesadumbre que sintió de la pérdida de un hermano querido, el cual fué muerto por los indios de la costa de río de Hacha.

Con el año de 1530 corría ya el ruido de las riquezas que se habían encontrado en el Perú,   conquistas fáciles, templos chapeados de oro, grandes rebaños, caminos enlosados, vastas llanuras y terrenos limpios y abiertos. ¡Qué diferente ésta de la áspera vida de los pobladores de Santa Marta, luchando cuerpo á cuerpo por entre selvas espesas, hondos pantanos ó calurosas cuestas, con indios aguerridos, vigilantes é indomables, armados de flechas envenenadas, en cuyas chozas la rapacidad europea no había dejado cosa de valor, y en cuyos pechos treinta años de perfidias y de injusticias atroces habían encendido la llama del más profundo odio y de la más constante ojeriza. A veces acontecía que, aun en la noche más oscura, la fugitiva luz de la mecha de un arcabuz servía de suficiente indicio para que volase la flecha á clavar la mano castellana, que pretendía, dando una alborada, cebarse en algunos mezquinos granos de maíz, ó en alguna joyuela de oro. Así que, despechados y no pudiendo obte­ner licencia del Gobernador para salirse del país, se arrojaban á nado los compañeros de Lerma, para embarcarse en los buques que de paso hacia el istmo de Panamá solían tocar en Santa Marta.

Mas no faltaban todavía una docena de capitanes endurecidos á la fatiga, connaturalizados con la vida agreste y arriesgada, á quienes, como sucede á los cazadores, hacían falta las emociones de la guazabata y el olor de la bija con que se untaban los Indios. Estos hombres conocían bien de cuánto precio era la práctica que habían adquirido, y cada día inventaban nuevos planes para descubrir tierras desconocidas. Tales eran: Céspe­de, Cardoso,’ Muñoz, Cóllantes, Pizarro, Alonso Martín Gallego, Juan de San Martín, con otros que tan célebres se hicieron en estas conquistas; entre ellos Manjarrés, la providencia de Santa Marta en tiempos todavía más calamitosos de que habremos de ocuparnos. Con el parecer de éstos, y para impedir más tarde la deserción, que se originaba de la permanencia de mucha gente en la ciudad, se preparó la expedición que debía seguir hasta el Magdalena, cruzarlo y subir por la ribera apuesta en solicitud de los sepulcros ricos y de los tesoros que abundaban en aquella banda, según se colegía de oscuras relaciones. Era tan vivo el brillo del oro para los españoles, que, como la estrella que condujo á los israelitas en el desierto tuvo virtud para llevarlos, señalándoles con certeza el caminó por montes ásperos, selvas, ríos y cenagales, hacia los centros más distantes de riqueza y de población.

La edad y los achaques del Gobernador no le permitían tomar él mismo el mando de aquella tropa; su sobrino Pedro de Lerma había partido para el Perú, y entre los demás capitanes no podía escogerse uno sin agravio de los demás, por considerarse todos iguales. Hubo de echarse mano de un clérigo, el bachiller Viana, recién llegado de España, sujeto respetable y letrado, que salió por tierra con ciento diez soldados y algunos buenos oficiales, mientras que ciertas embarcaciones y los pilotos que habían hecho ya el viaje con Melo, debían hallarse en la orilla del río para pasarlos al otro lado. Por tierra de Chimilas y por el río Ariguari llegaron al Magdalena, (5) en donde les fué forzoso esperar los bateles que se habían adelantado. Allí acabó su vida el bachiller Viana, de muerte natural, y Santos Saavedra degollado por sus compañeros, por haber pretendido que se le nombrase por sucesor á Fray Pedro Zarco, can lo cual no se conformaban los capitanes Céspedes y Alonso Martín. Estuvo á pique de desbaratarse la expedición en sus umbrales, porque Luis Manjarrés pretendía vengar la muerte de su amigo Saavedra, mas hubo mediadores que todo lo conciliaron. 

Luego que llegaron las embarcaciones y que pasaron á la ribera izquierda, comenzaron sus padecimientos, obligados á romper la montaña, á hacer puentes en los caños y ciénagas para pasar los caballos, hasta que llegaron á la boca de Tacaloa, en donde el Cauca desagua, y siguieron este río arriba, dejando el Magdalena. Esta es la primera vez que se menciona la junta de los dos ríos. Continuaron hasta la entrada del río San Jorge al Cauca, y por la orilla izquierda de éste, hasta que, exánimes, hambrientos, cansados de servir de pasto á los murciélagos, garrapatas, nuches, mosquitos y otras plagas, después de ocho meses de porfía abandonaron la empresa justamente en el momento en que iban á descubrir tierras limpias y sabanas que los habrían conducido hasta el Sinú, cuyos ricos sepulcros estaban reservados para otros más felices, según se verá después. Infiérese que los indígenas se pasaban al otro lado de los ríos dejándoles el campo libre, aunque no muy ameno, á los invasores, porque no se habla de combates ni de otros trabajos que de las necesidades, escasez de alimentos ylucha constante con la vegetación poderosa de la zona tórrida y con la caliente humedad del clima que engendraba tantas plagas. Hicieron balsas para cruzar el Magdalena de vuelta para Santa Marta, adonde llegaron y a entrado el año de 1532, y hallaron go­bernando la tierra al oidor Infante, nombrado por la Audiencia de Santo Domingo en lugar de García de Lerma, que murió sin haber logrado ejecutar ningún descubrimiento de importancia, desengañado y pobre. 

Bajo el nombre del oidor Infante saquearon la tierra y se entregaron á toda especie de violencias contra los indios los vecinos de Santa Marta, porque ni él podía contenerlos, ni le disgustaba una tolerancia que le aumentaba la hacienda, pues que él cuidaba de sacar su parte en el precio de los indios que se vendían, y en el oro que se juntaba por tributos ó pillaje. Nada ocurrió de notable en aquélla comarca en los años que precedieron á la venida del adelantado Lugo, de que no es tiempo todavía de ocuparnos, y las expediciones de Alfínger y de Pedro de Heredia serán el objeto de los capítulos siguientes.

(4)
 “Y porque no quisieron oír al predicador. ni hacer caso de la fé, tomaron algunos esclavos y se volvieron a Santa Marta.” Herrera, Década 4 ‘— El señor Piedrahita, uno de sus sucesores en el obispado dé Santa Mar­ta, acusa indirectamente á este Obispo, de haber permitido como protector estas extensiones hechas á los indios, y su poco fruto como predicador; y aunque el Padre Zamora en su estimable crónica de la orden de Santo Domingo, se esfuerza por justificar á Fray Tomás Ortiz, queda por lo menos probado, por la voz común de sus contemporáneos, que no hizo todo lo que debía en favor de los indígenas.(Regresar a 4)
 
(5)
Holgáronse de ver en sus ribera. 
Diversidad de árboles sombríos, 
Entretejidas grandes cañaveras, 
Que suelen ser ornato de los ríos : 
En partes extendidas sementeras, 
Por las aguas frecuencia de navíos 
Que son dijimos, unos leños 
 Cavados grandes y pequeños. 
.................................................. 
Y no dejaron de tener por cierto 
Ser río que cubría tanto suelo 
El que por mar había descubierto 
El portugués Hierónimo de Melo. 

                        CASTELLANOS, parte 2.a  (Regresar a 5)
 

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