La abundante pesquería y la hermosura y comodidad de la bahía de
Cartagena, habían atraído á sus riberas interiores y esteros
vecinos, varias tribus que vivían en buena armonía entre si. Carex
era el nombre del Jefe que gobernaba en la isla de Codego, y su
principal población estaba situada en Bocachica. Del lado opuesto
habitaban Cospique, Matarapa, Cocón y más adentro Bahaire. De todo
esto fue informado Heredia por Corinche, con el auxilio de la
intérprete Catalina, y determinó enviar en una canoa á su
prisionero á proponer á Carex se sujetase al Rey de España,
ofreciéndole buen tratamiento y amistad fiel, y pidiéndole trajese
de los bastimentos que daba la tierra, por haberse consumido ya los
que encontraron en Calamar ó trajeron de Turbaco. Cumplió lealmente
su comisión el buen Corinche, que se esforzó inútilmente en
persuadir á Carex de las buenas intenciones de los castellanos. El
cacique airado le respondió: Que mentía en todo aquello; que
los extranjeros sólo venían á robarles sus haciendas y personas, de
que la larga experiencia que tenían, no les permitía dudar, y así
que dijera á los cristianos que estimando en menos su vida que su
defensa y la de sus tierras, estaba resuelto á pelear hasta el
último aliento. Esta fué la contestación que trajo Corinche y que
bastó para que sin hacer nueva intimación, se embarcase Heredia,
con parte de su gente, en la fusta y otra chalupa, y que
atravesando la bahía, atacase á Carex, el cual resistió como había
ofrecido, quedando muertos de parte de los indígenas Pioríx y
Curixix, dos esforzados caudillos, y muchos otros, y prisionero el.
cacique, y gran número de sus vasallos.
Los españoles perdieron diez ó doce soldados, pero hicieron en el pueblo un botín considerable, que algunos hacen subir á cien mil pesos en oro, por lo que llamaron aquella población Carex la Rica, para distinguirla de otra en la misma isla en que no les hicieron resistencia, y dé la cual llevaron consigo a Calamar, que adelante nombraremos Cartagena, un indio que reunía las atribuciones de sacerdote y hechicero, con las de médico, cosa muy común en los indígenas de toda la costa hasta el istmo, en donde todavía se conserva. Este indio, como persona de respeto en la comarca, fué el que Heredia invistió de las funciones diplomáticas de que quedó eximido Corinche. Carón, el mohán, partió, pues, en una embajada cerca de Bahaire, el cacique de más autoridad en los contornos, pero exigió dos compañeros de entre los cristianos para probar la verdad de su misión, ofreciendo protegerlos. Arriesgado era confiarse á tribus enemigas después de las matanzas de Turbaco y de Carex, más entre los conquistadores de aquella época, el peligro de la vida, por grande que fuese, lejos de arredrar, era un nuevo aliciente para acometer una empresa. Ofreciéronse, pues, al instante, dos mancebos castellanos, que salieron con Carón en una canoa, señalándose tres días de término, que se consideró suficiente para atravesar la bahía, y penetrar luego por un caño estrecho (Pasacaballos), á cuyas inmediaciones residía Bahaire. Maravillóse éste de ver al Mohán en compañía de aquellos gallardos jóvenes que parecían mansos y apacibles, y no los seres feroces cuya fama tenía aterrado al país.
Caron manifestó á Bahaire que ya los castellanos se habían establecido de asiento en sus tierras, y que el mejor partido sería hacerse amigo de ellos, porque de otra manera, todos perecerían á sus manos ó tendrían que abandonar estos lugares y sepultarse en las selvas más apartadas. Pidió Bahaire un día de plazo para resolverse, y juntar un consejo de los ancianos y los guerreros á fin de consultar con ellos este punto, agasajando entre tanto á los dos españoles con todo género de regalos. Cuando el consejo se reunió, ya el ánimo de Bahaire estaba decidido por la paz, así fué que, tomando los pareceres solo por la formalidad, como á menudo se practica en ocasiones análogas, y en sociedades más civilizadas, uno de aquellos guerreros que se aventuró á opinar por la guerra constante á los inicuos invasores, tachando á Bahaire de dejarse intimidar por los reveses de sus vecinos, en vez de servirse de ellos como de experiencia para hostilizar de un modo diferente y más eficaz á los cristianos, pereció de un golpe de macana que el colérico cacique le asesto alevosamente sobre la cabeza en el mismo sitio dela reunión.
Cuando esto pasaba, se oyeron algunos tiros de fusil en la boca del cañón, hasta donde Heredia había venido con una embarcación á saber de la suerte de los dos atrevidos andaluces cuya tardanza comenzaba á inquietarle. Entendieron estos la señal, y bajaron a dar al Gobernador la noticia de la acogida favorable que les había hecho el cacique de Bahaire, que algunos llaman Dulio ó Dohoa. Heredia tuvo una entrevista con él, lo convidó a ir á verle en Cartagena, y a recibir los regalos que le tenía destinados, instándole por que llevase á los caciques de Caricocox; Cospique, Matarapa y Cocón, como en efecto se verificó algunos días después, quedando, según parece, los indios contentos con los presentes de los castellanos, y mucho mas éstos, con sesenta mil pesos de oro, valor de las diferentes joyuelas, que les ofrecieron los indios de la bahía y sus inmediaciones al Sur.
Establecida así la pazcon los pueblos comarcanos y asegurada de este modo la subsistencia de la colonia, emprendió Heredia su expedición hacia la costa de Barlovento, en donde esperaba sacar algún fruto, mediante las persuasiones de Catalina, la india que hemos mencionado antes, y que siendo natural de un sitio poblado en Galera Zamba, había pasado muchos años en Santo Domingo, y podía hablar los dos idiomas. La mitad de la gente salió por tierra, y la otra mitad en chalupas por la costa, en donde lograron sorprender unos indios pescadores, con los cuales se fué Catalina al pueblo, y logró que sus deudos recibiesen á los castellanos de paz (8).
Igual fortuna tuvieron en Mazaguapo Guaspates, Turipana y en MaHates, cuyo nombre tiene hoy otro pueblo muy distante de este sitio. El cacique del antiguo Mahates, llamado Cambayo, tenía enemistad antigua con el de Cipagua, gran población de aquella comarca, lo cual sabido por Heredia, le ofreció emplearse en su castigo si Cambayo le guiaba y auxiliaba. Esta fue siempre la política de los españoles, aprovecharse de las divisiones de los indios para sujetarlos. Así lo ejecutó Cortés en México, y Quesada en Bogotá.
Salió, pues, el Gobernador acompañado de los Mahates, con dirección á Cipagua. Hallaron un pueblo llamado Oca, desamparado de sus vecinos, que sorprendidos, abandonaron sus haberes. Prohibió Heredia que se tornase nada, deseando entablar negociaciones pacíficas con Cipagua, y no enajenarse por tanto las voluntades de sus súbditos; pero los Mahates cayeron sobre el pueblo, lo saquearon completamente, y prendiéndole fuego, desaparecieron aquella misma noche. Sintió mucho Heredia este contratiempo y torció el camino hacia Tubará, otra población considerable que quería sujetar antes de presentarse delante de Cipagua. Tubará se tomó por la fuerza, después de un reñido combate en que murió un caballero español y gran número de indios. En la población hallaron bastante oro de los adornos de los indígenas que se contentaron con tornar, sin hacer daño alguno á las mujeres y muchachos que no pudieron huir.
El cacique de Cipagua se preparaba también á resistir á la cabeza de un lucido y bien ordenado ejército. Probó Heredia el arbitrio de la persuasión, que no dejó de producirle buen resultado siempre que lo empleó con paciencia y buena voluntad. Mánifestóse á Cipagua que el incendio y saqueo de Oca, lugar perteneciente á esta tribu, se había hecho por los Mahates sin consentimiento de los castellanos, que estaban prontos á castigar este atentado con asistencia de Cipagua, si aceptaba la paz, y ofreciendo, además, que no entrarían en el lugar, sino que se mantendrían acampados fuera. Satisfecho Cipagua con estas condiciones, envió á los españoles muchas provisiones y convidó á Heredia para que con algunos de los suyos, viniera al lugar. Ya antes habían pasado de éste al campamento cien indias jóvenes y bien parecidas, que el Gobernador no quiso recibir, temiendo quizá como cauto militar los malos resultadas de esta visita, lo que dió sin embargo motivo para que se conociese Cipagua con el nombre de pueblo de Las Hermosas. Recorriendo las diversas habitaciones, Heredia y los pocos compañeros hallaron en el templo una figura de oro macizo, imitando un puerco espín, que tomaron al instante diciendo que no podían consentir en tan bestiales idolatrías. Este pesó cinco arrobas y media, y fué la pieza más considerable que los españoles hallaron en Nueva Granada en todo el tiempo de la conquista. Hablase también vagamente de ocho imitaciones de patos de oro que hallaron en el pueblo de Cornapacua, del cual no se hace otra mención. Las hachas de hierro, bonetes, cascabeles y otros dijes que Heredia hizo distribuir al cacique, lo consolaron de la pérdida de sus ídolos; por lo menos no consta que rompiera la paz que dió á los españoles.
Estos siguieron su marcha hasta el pueblo de Malambo, en las orillas del Magdalena, y luego río arriba hacia la altura de la barranca de Mateo, desde donde volvieron al Norte, por un país densamente poblado, que llamaron de María. Cuatro meses después de haber salido de la ciénaga de Galera Zamba, regresaron á este pueblo, y de allí á Cartagena en triunfo, con más de millón y medio de ducados en oro (9), cambiados á los habitantes de aquella comarca ú ofrecidos voluntariamente por ellos, pues con excepción del combate de la loma de Tubará, la marcha de los castellanos fué un paseo militar.
Esta es la época más venturosa de la vida de Heredia, y en ella recogió los frutos de una política moderada, prudente y conciliadora. En todo el curso de la expedición no permitió á su tropa que permaneciese en los pueblos, sino que acampaba constantemente fuera, evitando de este modo los desórdenes y ultrajes á los indios, y manteniendo una disciplina militar que le era tan necesaria, marchando con tan corto número de soldados por el centro de poblaciones numerosas y aguerridas, las cuales logró sujetar sin derramar sangre.
Después de sacados los quintos reales, la parte del Gobernador, del hospital, de los capitanes, y lo que era uso reservar para los que quedaban en las poblaciones, ó por enfermos ó custodiando los buques y almacenes, cupieron á cada simple soldado seis mil ducados. Semejante fortuna, que tal podía llamarse la adquisición de esta suma en aquella época, no lograron ni los conquistadores del Perú, los de México ni los de Bogotá (10).
Riqueza adquirida por medios suaves y humanos, que prueba cuántas ventajas se habrían sacado de haber hecho uso de ellos siempre, y manifiesta también la abundancia de oro y crecido número de habitantes que cubría la hermosa península en que están situados los cantones de barlovento de la provincia de Cartagena.
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Entendieron los Indios el lenguaje
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(9) |
Heredia en su carta solo menciona 20,000 pesos de oro y veintidós días de viaje. Puede ser que hubiera dos entradas, aunque hay muchas circunstancias comunes. (Regresar a 9) |
(10) |
De los tesoros de Atahualpa cupieron á cada soldado de á pie 4,440 pesos. La parte de los soldados de Quesada en los dos repartimientos de Tunja y Bogotá no excedió de 1,000 pesos. Sábese cuáles fueron las murmuraciones de los soldados de Hernán Cortés cuando se les iban á repartir los cien pesos que se les declaró á cada uno en México por la repartición de los tesoros de Montezuma. (Regresar a 10) |
