Crecían entre tanto en Cartagena él descontento y las quejas. contra el Gobernador, y fué entonces, ya entrado el año de 1535, que tuvo lugar un incidente que caracteriza las costumbres de la época, y que manifiesta que los lances de guapos y espadachines. tan comunes en España, se trasportaron de las encrucijadas de Madrid á las calles de Cartagena, en donde los hidalgos sin capa, porque el clima no la toleraba, se portaban como los de capa y espada en la metrópoli. Nueve de estos, sabiendo la riqueza de su antiguo compañero Heredia, pasaron el Océano, y desembarcaron en Cartagena, vinieron á recordar á su camarada relaciones olvidadas. El Gobernador los recibió con estéril urbanidad de que quedaron profundamente resentidos, y comenzaron á desmandarse en palabras atrevidas y amenazantes en casa de su huésped el tesorero Saavedra, enemigo declarado del Gobernador, á cuyos oídos no tardaron en llegar estas bravatas. 

Armóse este, y acompañado de un confidente pasó una noche á casa del tesorero á quien maltrató de obra y de palabra por estar ausentes los madrileños. Quejóse Saavedra del insulto que se le había hecho, cuando: estos volvieron de sus expediciones nocturnas eni que tenían atemorizada la ciudad, quitando las espadas á cuantos encontraban, lo que muestra el grado á que puede llegar la insolencia de un puñado de valentones, cuando los ciudadanos han retirado su apoyo á la autoridad. La de Heredia fué desconocida hasta el punto de salir á atacarlo cuando sé paseaba por el frente de su casa con otro vecino, y aunque eran solo dos, mantuvieron el desigual combate largo tiempo, rechazando con las alabardas, las lanzas y espadas de los nueve, é hiriendo algunos hasta que ciertos empleados acudieron, no pudiendo hacerse sordos más tiempo á las voces y tumultos, con lo que se retiraron los madrileños, sin poder ser arrestados, porque los vecinos se denegaron á prestar auxilio. Conociendo el animoso Heredia el peligro de su situación, esta misma noche se embarcó para la isla de Codego con sus esclavos, y convocando á los indígenas, en quienes había adquirido bastante influencia, revolvió sobre la ciudad,. que se alarmó con el estruendo de los tambores y grita de los indios, los cuales se prometían á la sombra del Gobernador vengar antiguos agravios. 

Cartagena no contaba con muchos defensores, pues los mejores soldados estaban con D. Alonso de Heredia. Los lamentos de las mujeres y consternación de los mercaderes habían llegado al colmo al acercarse los bárbaros al muelle. Salió una diputación pidiendo misericordia á Heredia, el cual viendo que había logrado su objeto; que sus enemigos se habían escapado embarcándose para Santa Marta, y los demás se sujetaban á cualquiera condición para salvarse del pillaje, despidió á los indios dándoles las gracias. La medida atrevida que había adoptado Heredia para hacerse obedecer, aunque sobrecogió de terror por lo pronto á los colonos, no era calculada para conciliarse los ánimos, y por tanto, no creyéndose seguro determinó ausentarse por algún tiempo, emprendiendo un viaje á San Sebastián de Buenavista, en donde la competencia entre Julián Gutiérrez y D. Alonso Heredia se agriaba más cada día.

El Capitán Francisco Cesar, que deseaba marcharse al Perú lisonjeado por Gutiérrez, tomó servicio en sus filas, y todos juntos vinieron á establecer una población á poca distancia de San Sebastián de Urabá en las márgenes del río Caimán, excitando á los indios convecinos á que hostilizasen á Heredia. Luego que el Gobernador llegó, hizo á Gutiérrez las correspondientes intimaciones á fin de que se saliese de los términos de su jurisdicción, y después pasó personalmente, y desembarcando á corta distancia con gente armada, mandó á un escribano á hacer solemne notifica­ción á Gutiérrez á fin de que se retirase á la otra banda del golfo y saliese de su jurisdicción. Respondió este que, siendo dependiente del Gobernador de Panamá, á este tocaba decidir el punto, y propuso que se esperase su resolución, á que fingió acceder Heredia, y embarcándose aparentó retirarse, con que quedaron muy ufanos los de Gutiérrez, que, siendo en mayor número y mejor armados, estaban dispuestos á recibir la batalla del Gobernador de Cartagena. Mas la tropa que este mandaba se componía de hombres atrevidos como su jefe, el cual les había prometido el pillaje de los almacenes que los mercaderes tenían en el campo de barracas de Gutiérrez, como más rico con el oro del Chocó. Así fué que revolvieron en el silencio de la noche y los atacaron de sorpresa matando muchos, prendiendo á Gutiérrez y saqueando el pueblo como pudieran hacerlo en ciudad enemiga y no compuesta de españoles vasallos del mismo monarca. Primer ejemplo deplorable de guerra civil entre hermanos, en aquellas solitarias regiones.

La mujer de Gutiérrez, con Francisco Cesar, y otros españoles, se retiró á los bosques á levantar los indios, cuyo espíritu guerrero era bien conocido, de lo cual temeroso Heredia le; envió emisarios ofreciéndoles garantías y libertad para irse á Panamá los que quisieran. Aceptaron las condiciones, y algunos se fueron en un buque para el Istmo. Francisco Cesar se quedó en San Sebastián, de donde salió el Gobernador Heredia victorioso para Cartagena á castigar á sus enemigos, con el corto número de soldados que le pareció bastaría á su intento. Llevó consigo preso á Julián Gutiérrez, á quien siguió su esposa la sensible india Isabel. Entró el Gobernador á media noche, y antes que amaneciese tenía ya asegurados con prisiones al tesorero Saavedra, á los Capitanes Nuño de Castro, Ayala y otros de los desafectos, comenzando á seguirse las causas al instante. Estas se quemaron pocos días después por intercesión del Gobernador de Panamá, que vino á Cartagena Luego que supo la prisión de Julián Gutiérrez á reclamarlo y á arreglar la cuestión de límites, que se transigió satisfactoriamente, dejando al río Grande del Darién como lindero, aunque no se restituyeron las mercancías ni el oro robado. (5) 

Luego que Gutiérrez fué puesto en libertad, se acercó á él un oficial llamado Yañez Tafur y le puso en las manos seis mil ducados, diciéndole: He aquí el oro que os tomé para evitar que otros menos escrupulosos se lo apropiaran dejándoos en la miseria. Los cronistas han conservado el nombre del honrado Capitán Tafur, y creemos que ni aún en un resumen de hechos como el presente, es permitido desperdiciar las ocasiones de consignar estos actos de loable desinterés, que necesariamente han debido producir mas duradera satisfacción y contentamiento en los que así empleaban el oro tomado en las guerras, que la que podía resultarles de los juegos y disipaciones en que la mayor parte consumía el fruto de sus rapiñas.

Quiero referir las circunstancias que acompañaron á la fundación de Santiago de Tolú sobre las orillas del río Catarrapa, por ser la segunda población que se estableció en la provincia de Cartagena, precediendo todas las formalidades legales. Ya hemos visto cuán abundante era esta comarca en víveres, de que se proveían los que permanecían en el Zenú cavando sepulturas que por muchos años se explotaron como si fueran minas. Para asegurar la subsistencia de estos mineros de nueva especie, determinó D. Alonso Heredia, con anuencia de su hermano el Gobernador, establecer de asiento una colonia en Tolú, y así lo verificó antes de emprender la jornada de San Sebastián de Urabá ó de Buenavista, de que hicimos antes mención. Nombróse justicia y regimiento, y se le dió el título de villa de Santiago de Tolú. Disgustados los indios con el estableciendo de esta población, hicieron una demostración hostil, apareciendo en hueste numerosa y bien organizada, marchando con tanto orden y compás al son de los fotutos y atambores, que los españoles contemplaban maravillados el progreso que iban haciendo estos indios en imitar sus maniobras. No correspondió, sin embargo, como á menudo sucede, tan vistosa disposición con los hechos, pues después de una rociada de flechas desde la orilla opuesta del río Catarrapa, en que mataron dos caballos, se desbandaron á los primeros tiros de arcabuz, y perseguidos en los bosques dejaron prender sin resistencia sus familias, las cuales trato D. Alonso de Heredia con humanidad y dulzura, dándoles luego libertad, y logrando de esta manera una paz durable con estos indígenas, que se asegura eran mas racionales y cultos que sus vecinos; andaban las mujeres vestidas de mantas de algodón ceñidas al cuerpo, y cultivaban mucho la tierra. (6) 

 He aquí un ejemplo en pequeño, de lo que mas tarde veremos, á saber; qué la resistencia que hallaron los españoles estaba en razón inversa de la civilización, y que las tribus errantes y cazadoras les dieron más que hacer para sujetarlas, ó más bien para destruirlas, pues la mayor parte perdieron la vida antes que la independencia, que las poblaciones agrícolas, que aunque mas numerosas cedieron fácilmente.

Volvamos al Darién, hacia el cual actualmente tenían convertidas todas sus esperanzas los colonos de Cartagena, después de haber disipado las riquezas de los sepulcros del Zenú. Propuso D. Alonso de Heredia salir en pos del dorado del Dabaybe, que en años anteriores había burlado las esperanzas de los exploradores de la Antigua. Por Abril  de 1536 partió de San Sebastián de Buenavista D. Pedro de Heredia con 210 hombres de á pié y á caballo bien equipados para esta suerte de jornadas. Entra­ron en barcas por el río del Darién, luego saltaron en tierra en la orilla derecha y comenzaron una de las mas penosas y mas infructuosas expediciones de entre las que emprendió el Gobernador de Cartagena, por un terreno anegado y bosques impenetrables, por donde hoy mismo, después de trescientos años, no puede penetrarse sino en canoas, y en donde no se ha visto caballos ni antes ni después de aquélla época. Llovía sin cesar, y caminando en medio de las selvas no podían hacer lumbre por falta de leña seca. Los caballos eran el mayor estorbo, pues muchas veces tenían que detenerse una semana en construir puentes en las ciénagas para que pudieran pasar, y sin embargo se ahogaron muchos. 

Se daba tormento á los pobres indios que servían de guías, creyendo que por malicia los habían extraviado en estas selvas solitarias á ser pasto de los mosquitos y murciélagos que los devoraban. Los indios decían Nosotros vamos en tres días del río á la sierra, vosotros y vuestros animales gastáis meces enteros. Que culpa tenemos?. En efecto el indio del Darién, adormecido en su hamaca los días enteros, es la imagen mas completa de la: indolencia, mas luego que entra en los bosques se vuelve otro hombre, y es increíble la rapidez con que se desliza por la selva mas espesa. Parece una sombra ligera á la cual no alcanzan los aguijones de las avispas ni de los reptiles venenosos en que abunda esta masa de vegetación, en la cual se desarrolla la materia orgánica con maravillosa prontitud. El hábito ha enseñado al indio que el mas profundo silencio y la mayor presteza en los movimientos, son sus mejores defensas en estas montuosas regiones, en las cuales caminan. muchas leguas en un día sin dejar rastro ni huella perceptible. 

La que dejaba la hueste castellana era bien diferente, el campo resonaba con los golpes de las hachas y con las maldiciones que el dolor arrancaba á las tristes víctimas de la insaciable codicia. Un enjambre de insectos los seguía y atormentaba, y cada día amanecían nuevos enfermos que se rehusaban á continuar aquélla trabajosa exploración. Los más robustos se ofrecieron á marchar sobresalientes á descubrir para volver á dar cuenta de. lo que vieran, quedando el grueso acampado en un lugar más limpio y seco que escogieron. Después de algunos días dieron en un lugar que parecía habitado y en que los indicios de que allí mismo había gentes, eran bien  claros; al pie de los árboles se veían las basuras, cáscaras, restos de los alimentos que los indios acostumbran; el olor de la candela manifestaba que estaban poco distantes de las chozas, sin poder hallarlas, hasta que por casualidad advirtieron que los indios las habían construido en las copas de los árboles para librarse de las inundaciones y probablemente también de la picadura de los insectos, pues se ha observado que los mosquitos abundan más en la superficie de la tierra.

Prendieron dos indios, y de lo que se les pudo averiguar no resultó que la tropa española podía continuar por aquélla vía el descubrimiento de las sierras en que debía estar situado el Dabaybe con sus tesoros (7).  

Regresaron, pues, al campamento, con tan malas nuevas, con lo cual resolvió el Gobernador volver á San Sebastián. En el viaje de retorno que ejecutaron, por el mismo camino, solo gastaron cuarenta días, por estar abierta ya la trocha y construidos los puentes. Tres meses emplearon en esta jornada, que no hace conocer un palmo de tierra de que no tengamos ya noticia, por las correrías de los vecinos de la Antigua del Darién, según hemos visto precedentemente.

(5)
Dieron trazas y cortes en el paño 
De los bajos y altos de la tierra, 
Aunque ningunos dieron en el daño 
De los bienes robados en la guerra. 
Barrio nuevo quedó con desengaño 
Y el buen Pedro de Heredia con la tierra; 
Y dióle con alguna mas hacienda 
A  Julián Gutiérrez y á su prenda.

CASTELLANOS.  (Regresar a 5)
(6)
Pero hicieron luego paz con ellos 
Soltándolos con todos sus haberes,            
Y desde. entonces gente castellana 
La tierra del Zenú tuvo muy llana, 
Porque estos indios son ahidalgaos 
Y guardan amistad si lo prometen. 
  
CASTELLANOS.  (Regresar a 6)
(7)
La descripción de Castellanos se aplica todavía á los indígenas de ciertos lugares del Chocó, como verá el lector por la siguiente cita:
Porque tenían sus casillas hechas 
Encima de los árboles y plantas: 
Era gente de débiles cosechas 
sin uso de vestidos ni de mantas 
Proveídos de dardos y de flechas;
Su común caza  baquiras y dantas,
Sus tratos son po ríos en canoas
Y viven en aquellas barbacoas.
La gente castellana toda junta
A la lengua mandaron que les hable,
Y hecha por mil vías la pregunta,
No respondieron cosa saludable,
Antes de lo que dicen se barrunta
Ser gente pobre, vil y miserable. (Regresar a 7)

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