CAPITULO
VIII
BREVE
HISTORIA Y TRAGICO FIN DE BOGOTA, LA INDIGENA
Conocemos
tan sólo fragmentariamente la suerte del pueblo indígena de Bogotá, primera población
en que Jiménez de Quesada, al arribar a la meseta Chibcha, asentó su real, y que dio
su nombre a la actual capital de Colombia.
Se
trataba de la Corte del zipa y de sus dependencias, es decir, del
cercado de Bogotá. Pero muerto en una refriega nocturna el zipa Tisquezuzha
que se opuso a la ocupación española, y sometido a tormento su sucesor, Saxagipa, se
extinguió de hecho la dinastía de los zipas. Los españoles abandonaron el pueblo
después de un voraz incendio provocado por los indios en el último, aunque vano esfuerzo
de echar a los invasores de sus tierras, instalándose en una nueva ciudad que les fue
construida del otro lado del río Bogotá por los indios de Guatavita y que llamaron
Santafé. El Bogotá indígena cesó de ser la capital del Reino Chibcha.
Por
la relativamente poca cantidad de sus habitantes, Bogotá no se contaba entre los pueblos
indígenas importantes en el Nuevo Reino de Granada. Su nombre no aparece en los largos y
enconados pleitos que llevaron las grandes concentraciones indígenas como Boza,
Turmequé, Sopó, Sáchica, que acudían continuamente a la Real Audiencia y aún al
Consejo de Indias en defensa de sus tierras y prerrogativas. De aquí procede la falta de
documentos históricos que hubieran permitido seguir paso a paso la evolución de Bogotá
hacia su total desaparición
Su
primer encomendero fue el capitán Antón de Olalla, conquistador, acompañante de
Jiménez de Quesada y alférez de su ejército en la expedición a la meseta Chibcha. Los
indios de Bogotá le fueron repartidos, -es decir, dados en encomienda- con
varios otros, en 1541 por el capitán Gonzalo Suárez, lugarteniente de Hernán Pérez de
Quesada, cuando éste partió a su famosa expedición al Dorado250
Pero
no por mucho tiempo gozó Olalla de su encomienda. Luis Alonso de Lugo, que fue el
gobernador que más desasosiego produjo entre los conquistadores, se la quitó dos años
después, como a otros muchos, adjudicándosela a sí mismo, según aquel curioso título
de encomienda que expidió a su propio favor el 2 de noviembre de 1543, por ser, como
declaraba uno de los primeros descubridores, conquistadores y pobladores de este
Reino, y porque la real intención de Su Majestad es que las semejantes
personas que yo, que así le han servido y sirven, en algo sean gratificadas251 Despojó a muchos conquistadores de sus indios, y así
pasaron a su propiedad además de los de Bogotá, los de Fontibón, Duitama, Guatavita,
Sogamoso, Saboyá y Guataquí.
El
deseo de Luis Alonso de Lugo de crear con estas enconmiendas un verdadero señorío
feudal, más grande aún que el de Hernán Cortés en Méjico con los 23.000 indios que le
otorgó la Corona, encontró una fuerte oposición entre los conquistadores. Obligado a
huir al año siguiente, dejó como depositario de sus bienes e indios a Antón de Olalla,
con lo que los indios de Bogotá, en el corto lapso de 4 años, pasaron tres veces de mano
a mano.
El
cambio tan frecuente de sus dueños fue uno de los más graves problemas con que tuvo que
enfrentarse la población indígena en los albores de la conquista. Pues por ser tan
inseguros y mal definidos los derechos de los encomenderos, expuestos con cada cambio
político a perder su encomienda, cada uno procuró sacar provecho de sus
indios en la forma más rápida y lucrativa posible. Es fácil comprender las
consecuencias que hubieron de sufrir los indios encomendados bajo este sistema.
Pero
no cesaron aquí las inquietudes, pues en 1545 Pedro de Ursúa, lugarteniente del
licenciado Armendáriz, al llegar a Santafé, confiscó a favor de la Corona Real todos
los bienes de Lugo, inclusive los indios que se había adjudicado. En esta forma los de
Bogotá se encontraron de hecho bajo la potestad de los oficiales Reales.
Sin
embargo, este cambio no mejoró su suerte. Varias cartas e informaciones de aquella época
confirman la acusación general que se hacía a los oficiales Reales por aprovecharse de
los indios del Rey para su propio enriquecimiento. Les obligaban a servirles como peones
en sus haciendas, a proporcionarles el servicio doméstico y amas de leche para sus hijos,
a traerles leña para su casa, hierba para sus caballos, y a acompañarles en sus viajes,
llevando sus cargas a cuestas. Los indios de la Corona fueron además utilizados
gratuitamente para los servicios públicos, como mantener caminos, deshierbar las calles,
construir casas Reales, monasterios e iglesias...
A
la confiscación pronunciada por Ursúa a favor de la Corona se opusieron decididamente
aquellos encomenderos a quienes Lugo había quitado los indios, y entre ellos, nuestro
encomendero Antón de Olalla. Por medio de su abogado, Hernán Pérez Malaguer,
demostraba, conjuntamente con otros de sus compañeros, haber sido víctima de un llano
despojo de indios que por derecho le pertenecían.
La
rebelión de Gonzalo Pizarro, que hervía por entonces en el Perú y cuyo motivo principal
era precisamente el descontento de los conquistadores de ver cercenados sus derechos sobre
la explotación de los indios encomendados, ahora que habían conquistado un imperio para
España, aconsejaba una política más cuidadosa frente a este inquieto y poderoso
elemento en la sociedad colonial. Y así, cuando el licenciado Juan Díaz de Armendáriz
llegó un año después a Santafé, optó por devolver algunos indios a los
conquistadores.
Antón
de Olalla vuelve, pues, a ser encomendero de los indios de Bogotá, aunque en esta
ocasión pierde los de Bojacá, Cubiazuca y Pasca, que antes de ser despojado por Lugo
también le habían pertenecido252
No
nos detendremos sobre los detalles del trato que a sus indios daba este encomendero, ni
queremos emitir nuestro juicio. Basta decir que ya en 1550, es decir, sólo 3 años
después, los indios de Bogotá le fueron una vez más confiscados, ahora por el fiscal de
la Real Audiencia, por ser acusado de darles malos tratos, hasta el extremo de haber
ocasionado en un caso la muerte de dos de ellos.
Así,
una vez más, los indios pasan a la Coronal Real y Olalla lleva el asunto a la decisión
del Consejo de Indias en España.
El
fallo del Consejo, emitido varios años después, le es favorable. Dando fianzas
correspondientes se posesiona una vez más de sus indios. En 1564 comunica Jiménez de
Quesada en su informe sobre los conquistadores, que Olalla tiene bien de comer
, pues posee de 800 a 1.000 indios en su encomienda de Bogotá253
El
vacío que se observa en la historia de Bogotá, solo lo podemos llenar con lo que se sabe
de la suerte general que corrieron todos los pueblos indígenas de la sabana, cercanos a
las grandes concentraciones españolas.
Decía
el oidor licenciado Grajeda al Rey en 1558 254 que entre algunos agravios y vejaciones que
esta miserable gente reciben es, que los españoles les tienen ocupadas muchas de
las tierras que poseen para sus labranzas y aprovechamientos, con ganados y estancias de
sus encomenderos; y el presidente doctor Venero informaba en 1564 255: Entre
los demás daños que los indios de este Reino han recibido y se les hace, es el criar de
los ganados los encomenderos en sus pueblos y tierras, y el estarse ellos y sus mujeres e
hijos entre los indios seis meses y todo el año; porque con los ganados les comen todas
sus sementeras, por ser en grandísima cantidad y traerlos sin guarda, y lo más de ello
ser ganado vacuno y yeguas; y con estar ellos y sus hijos, les comen lo que les queda
después de cogido, y se sirven de ellos en muchos géneros de cosas...
Este
era el problema central de más gravedad para los indios: conservar sus tierras de labor y
sus mantenimientos frente a la avalancha de los intereses de los encomenderos. La lucha
del indio por la tierra es el argumento constante dé todas sus quejas, de todos sus
pleitos durante la Colonia y aún de la República, lucha en que fue vencido generalmente
más de hecho que de derecho.
No
menos grave para los indios fue la falta de una oportuna y justa tasación de los tributos
que debían pagar a sus encomenderos, o lo exorbitante de este tributo cuando fue tasado.
Tres tasas y retasas consecutivas diferentes tuvieron que sufrir los indios de la
provincia de Santafé, hechos por el obispo y varios oidores antes que en 1564 llegase el
presidente de la Real Áudiencia, doctor Venero de Leiva, y quien, impresionado por el
excesivo tributo que se exigía de los indios, su extrema pobreza y terrible disminución,
volvió a tasarlos, moderándolo un poco, contra la unánime y acre oposición de los
encomenderos. En esta ocasión confiesa el mismo presidente al Rey256:
Por
descargo de mi conciencia aviso a Vuestra Majestad que es muy subida la tasa y en
perjuicio de los indios y no creo que la podrán pagar. Porque cada uno está tasado en un
peso de buen oro y de media manta, que son otros seis reales, y entre veinte indios una
fanega de sembradura de trigo y otra de maíz, sembrándola y labrando las tierras y
deshierbando y segándola con las manos, sin hoces, y trillándola ellos sin animales,
hasta poner todo el fruto en casa de sus encomenderos. Y allende les sirven de
otras muchas cosas. y es gente tan pobre que parece imposible poder dar
nada, porque andan desnudos y descalzos y no tienen casas sino a manera de las cabañas de
los viñaderos de España, hechos de hierba, y duermen en el suelo; y no tiene ninguno
más hacienda que una olla para coger algunas raíces y turmas de la tierra, que es su
comida, y una cantarilla para traer agua, y una escudilla de palo para beber...
Tal
aparece la situación del indio, veinticinco años después de haber sido conquistado.
El
doctor Venero insistía en el cumplimiento de la prohibición del servicio
personal de los indios, servidumbre que más aportó a su acabamiento, pero en vista
de la necesidad de abastecer la capital con la necesaria mano de obra, ordenaba que
diariamente 500 indios de los alrededores de Santafé se alquilasen a razón de... 20
maravedíes diarios; jornal ilusorio si se tiene en cuenta que un peso eran 450
maravedíes, de manera que el indio ganaba poco más de un peso y medio al
año, (un escribano recibía dos pesos diarios; la ayuda de costa a un visitador eran de
seis pesos diarios; etc.). La consecuencia de tal medida no se hizo esperar: los indios
comenzaron a huir en masa de los pueblos cercanos a Santafé, y ya por cédula del 3 de
septiembre de 1565 257
tal orden tuvo que ser revocada.
Tal
vez por el desamparo en que se sentían los infelices indios de Bogotá, o por estar entre
ellos viva la tradición de haber sido su pueblo la capital del zipa, o porque afligidos
por la adversidad que les trajo la conquista buscaban consuelo, lo cierto es que en 1578
el arzobispo Fray Luis Zapata acusó precisamente a estos indios de Bogotá de haber
vuelto a sus paganas ceremonias, abrazando nuevamente las creencias de sus antepasados.
Espantado los denuncia ante la Real Audiencia258 diciendo haber hallado entre ellos tantos
oratorios y tunjos, que son sus ídolos y santuarios, que yo quedé admirado....
Por este pueblo continúa o corría otra moneda sino santillo de oro...
El
Arzobispo suplica a la Real Audiencia que se doliese de tan gran afrenta que se
hacía a Dios, Nuestro Señor, y al Rey, siendo príncipe tan cristianismo, y pide
la autorización para hacer una pesquisa general entre los indios de Bogotá, descubrir
sus ocultos oratorios, destruir sus santuarios, castigar algunos caciques y mohanes y
quitar a los indios el oro que ofrecían a sus dioses.
La
petición del arzobispo no encuentra buena acogida entre los oidores de la Real Audiencia
quienes, o por demostrar su celo religioso y su preocupación por la conversión de los
indios o por motivos de prestigio, resuelven ellos mismos con los demás vecinos poner en
marcha tan santa obra.
Lo
que sucedió en esta pesquisa. lo comunica el Arzobispo lacónicamente al Rey en su carta:
Les dieron -dice- tanta prisa y tan inconsideradamente, que algunos indios se
ahorcaron de miedo y de ver el ímpetu con que les quitaban los santuarios. Y como iba
mucha gente y toda cargada de codicia y deseosa de oro y ningún predicador del Evangelio
que les predicase y diese a entender por qué se los quitaban, vino poco oro a la caja de
Vuestra Majestad.. Vea Vuestra Majestad exclama ques lo que yo sentiría en ver
ovejas entregadas a mí por mano de Su Santidad y de Vuestra Majestad, desolarlas de tal
manera..!
Otros
diez años han pasado. Ningún documento menciona a los indios de Bogotá. Pero los
clamores de los religiosos, oidores y aún de simples vecinos se intensifican, denunciando
la disminución de la población aborigen, la subida alarmante de los precios de los
alimentos por falta de labranzas de campo, la carestía y escasez de la mano de obra y
todas las ótras calamidades que llevaron consigo el paulatino acabamiento de indios al
finalizar aquel para ellos tan fatídico siglo XVI.
Para
contrarrestar esta creciente despoblación se crean por la legislación indiana los
resguardos, una institución cuyo objeto era defender las tierras señaladas a
una comunidad indígena contra la codicia de sus vecinos blancos y mestizos y conservar
así los restos aislados de una tribu, dotándolos con una más o menos autónoma
administración interna. Los indios de Bogotá reciben de manos del presidente de la Real
Audiencia, doctor Antonio González, de acuerdo con la cédula Real del primero de
noviembre de 1591 259,
dos estancias de tierra para sus sementeras, labranzas y cría de sus
ganados. Bajo severas penas se ordena el amparo de estas tierras para la
conservación y aumento de los indios.
No
parece que el resguardo, situado tan sólo a tres leguas de Santafé pudo
resistir por mucho tiempo el empuje de los intereses de sus vecinos, pues ya el 15 de
diciembre de 1626 don Juan de Borja, presidente de la Real Audiencia, en vista de que el
pueblo de Bogotá se hallaba totalmente despoblado, resuelve, a petición de
su encomendero, don Antonio Maldonado de Mendoza, tomar nuevas medidas para repoblarlo. Ya
por entonces se cultivaba una tradición histórica en la sociedad neogranadina. Se habla
en la resolución del presidente de la necesidad de volver a poblar a Bogotá por haber
sido la cabeza de los de este dicho Reino y de quien tomó el nombre. Al
corregidor del partido, Francisco Velásquez, se le encarga construir alrededor del pueblo
una cerca de zafia y vallado para la permanencia y duración del dicho
pueblo... , lo que se hace y con mucha costa. Se declara que la dicha cerca es
de mucho provecho y utilidad pública, pues con ella se impide la entrada de los
ganados que destruyen las casas y sementeras... y porque conservándose la dicha zafia y
vallado, es cierto que se conservará la dicha población, tan útil y necesaria para este
dicho Reino. El presidente ordena que cada primer día del mes acudan todos los
indios del dicho pueblo de Bogotá con sus mujeres, hijos y familia... a reedificar y
aderezar todo lo que la dicha cerca tuviere necesidad de aderezo, y que ahonden y limpien
la dicha zanja y reformen el vallado, de forma que siempre se conserve en el estado que
hoy tiene...
No
sabemos cuanto tiempo los indios de Bogotá sostuvieron el pueblo con su vallado y cerca,
pues son los últimos documentos que hemos encontrado, referentes a ellos. Pero no por
mucho, sin duda. Pronto, muy pronto la Bogotá indígena corrió igual suerte que otras
muchas poblaciones cercanas a importantes fundaciones españolas. Desapareció el pueblo
de Bogotá con su vallado y chozas, cubriéndose su tierra de pastos para dehesas de
ganado. Pero, tal vez, con estos datos y el mapa dibujado en 1580 por el cacique de
Turmequé, Don Diego de Torres, (véase ilustración No 19) lograrán nuestros
arqueólogos descubrir los vestigios de aquella trágica población, que dio su nombre a
la actual capital de Colombia.
253 AGI,
Patronato 27, Ramo 89.
254 AGI,
Santafé 188. Fol. 133.
255 AGI,
Santafé 188. Fol. 296.
257 AGI.
Santafé 553, Lib. 2, Fol. 407v.
258 AGI.
Santafé 226. su carta del 15 de abril de 1578.
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