|
CAPITULO II
EL
FRACASO DE UNA COLONIZACION
Si el desinterés por las tierras que posteriormente habían de pertenecer a la
gobernación de Santa Marta, caracterizó la actitud oficial de las autoridades españolas
en el primer cuarto del siglo XVI, fue entonces precisamente cuando cambió completamente
la situación. Las Antillas se hallaban ya exploradas y sus pobladores desengañados en lo
referente a sus fabulosas riquezas naturales. La expedición de Magallanes demostró la
lejanía de las islas de Las Especierías, con lo que se aplacó el interés que hubo
hasta entonces por Panamá y Castilla de Oro. Por otra parte, en el lapso de los treinta
años que duraba la dominación española en América, se habían descubierto, en forma
anárquica y precipitada, miles de kilómetros de costas marítimas, y los deltas de las
grandes arterias fluviales como el Amazonas, el Orinoco, La Plata, el Mississipí o el
Magdalena hacían patente la existencia de extensos territorios en el interior del
Continente, donde habían de recoger su caudal. El rico botín de México constituyó un
poderoso acicate para intentar la exploración de todas estas desconocidas tierras
adentro.
Esta nueva situación fue propicia para que el interés oficial se dirigiese a
las costas meridionales del Mar Caribe y, entre ellas, a las de Santa Marta, situadas en
las potentes desembocaduras de un poderoso río, el Río Grande, que después
se llamó de la Magdalena, que vertía sus aguas en el Caribe con tanto ímpetu, que el
enorme caudal de sus aguas dulces desplazaba las saladas del mar en una superficie de
varios kilómetros. Como etapa preliminar en el descubrimiento de un misterioso
continente, la América Austral, Santa Marta se encontró, hacia la mitad del tercer
decenio del siglo, dentro de los intereses imperiales de España. Coincidió esta época
con el establecimiento del Consejo de Indias como una institución judicial y
administrativa diferente del de Castilla, con que se facilitaba grandemente la
administración de las posesiones españolas de Ultramar.
Las capitulaciones que se hicieron con Rodrigo de Bastidas en el año
152419
patentizan
el esfuerzo de la administración colonial por acabar con la forma anárquica de
conquista, de que fue víctima hasta entonces la provincia de Santa Marta, y organizar una
colonia estable, como base para las futuras exploraciones al interior del país. Las
cláusulas de la capitulación convenida con Bastidas demuestran su carácter
netamente colonizador. En ninguna parte encontramos obligaciones para descubrir
o conquistar. Como primera condición se le impone la obligación de poblar dentro
de dos años un pueblo de un mínimo de cincuenta vecinos, de los cuales quince debían
ser casados e ir acompañados de sus mujeres. El gobernador se obliga a traer a Santa
Marta doscientas vacas, trescientos puercos, veinticinco yeguas y otros animales de
cría. Se les otorga a los futuros vecinos licencia para un amplio comercio,
construcción de navíos, explotación de bosques, etc20.
Más este intento tenía que fracasar. Para colonizar su gobernación Bastidas
recogió en las Antillas aquellos soldados que, unos pocos años antes, habían despojado
a los indios de México de la mayor parte de sus bienes y deambulaban una vez más
vacantes por las islas antillanas, buscando empleo en nuevas expediciones.
Habían aceptado el llamamiento de Bastidas solo por continuar sus carreras
conquistadoras; pero al llegar a Santa Marta encontraron una franca oposición en el
viejo, experimentado y reposado gobernador, comerciante durante largos años en las
Indias y testigo presencial de los funestos resultados que trajo consigo la desenfrenada
conquista de las islas antillanas. El mayor cargo que por ellos se le hacía, fue el no
permitirles rancherías ni cabalgadas contra los indios de la
provincia, con lo que los mataba de hambre, como decían en su probanza21. Como ha sucedido
con alguna frecuencia durante la conquista de América, también en Santa Marta el
colonizador se enfrentó al conquistador.
Pero en vano. Muy pronto se produjo una sublevación en la que de nueve capitanes
que tenía Bastidas, seis se rebelaron contra él. Al grito Viva el Emperador y la
libertad; que no hemos de morir aquí como esclavos en poder de este mal viejo22
una noche
el anciano gobernador fue atacado a puñaladas y herido gravemente. Aprovechando esta
ocasión, y a pesar de haber fracasado la abierta rebelión, los capitanes que le habían
sido fieles hasta entonces, no vacilaron en arrebatarle el mando, eligiendo como
gobernador a un capitán compañero de ellos y acusando a Bastidas de querer deshacer la
colonia y despoblar la tierra; no sin antes hacer contra él una larga información a la
Real Audiencia de Santo Domingo en que se le acusaba de codicia, mal manejo de fondos
comunes, rigor para con los soldados, etc., y donde se calificaba a los rebeldes
capitanes de personas desesperadas23. Expulsándole finalmente de su propia
gobernación, cuando a pesar de sus heridas, quiso quedarse en ella.
Bastidas murió, a consecuencias del atentado, en Cuba, donde lo había llevado
el capitán del barco, sobornado -según decía la vox populi- por los propios
conquistadores, quienes en esta forma, impidiendo su llegada ante la Real Audiencia de la
Española, pudieron seguir imperturbables la conquista de la región.
Después de la expulsión de Rodrigo de Bastidas, la gobernaron dos capitanes
conquistadores: primero, el antiguo conquistador de México, Rodrigo Alvarez Palomino,
capitán de Bastidas y elegido por los soldados en su reemplazo y, poco después y
conjuntamente con él, Pedro de Vadillo, enviado de la Real Audiencia de la Española con
una numerosa tropa de soldados.
Con la llegada de Vadillo solo aumentó el contingente de los
conquistadores y ningún nuevo elemento colonizador arribó con él a Santa
Marta. Cuando el Consejo de Indias acusó a los oidores de la Real Audiencia de haber
permitido a Vadillo sacar gente de la Española para Santa Marta, estos declaraban en su
carta del 19 de julio de 1530, con una sinceridad que raya en ingenuidad: Que la
gente que así se hizo para remedio de aquellas provincias fue de personas inútiles para
esta isla y de la gente de guerra que aquí quedó de los gobernadores Pánfilo de
Narváez y Francisco de Montejo, eligiéndose.., los no necesarios y, por los
escándalos y alborotos que de cada día hacían, aparejados para toda discordia, que es enemiga
de cualquier población24.
La índole de la gente que llegaba con Vadillo queda bien definida en estas
palabras. Y así no hay por qué sorprenderse de que los dos capitanes gobernadores con
sus continuas entradas y cabalgadas, hechas con el único fin de
proporcionarse esclavos y de despojar a los indios del poco oro que tenían, siguieron
durante su corto gobierno la conquista, capturando esclavos y ahuyentando el
grueso de la población indígena a las montañas, aunque también ellos a veces decían
que lo hacían para contentar a sus soldados25. De todos modos, ambos
capitanes no fueron, por cierto, los más indicados para organizar una verdadera
colonia, que para su estabilidad, alimentación y mano de obra tenía que contar
necesariamente con una pacífica y numerosa población aborigen.
El encargo que del gobierno de Santa Marta se hizo en 1528 a García de Lerma,
obedecía indudablemente al deseo de la Corona de acabar con la anarquía que traía
consigo el gobierno de los conquistadores, y emplear un nuevo elemento en la obra
colonizadora. El nombramiento de Lerma correspondía a la tendencia general que regía
por entonces en España, favorable al empleo en la administración colonial del elemento
civil. Su elección fue paralela a la capitulación que se hizo con dos
alemanes, Enrique Ehinger y Gerónimo Sailer, que la traspasaron a la poderosa casa
comercial de los Welser (Belzares), para Venezuela. Con acierto lo anota Lucas
Fernández Piedrahita26
cuando dice que Lerma fue caballero ilustre y prudente; aunque más a propósito
para el gobierno civil que militar.
Ciertamente, Lerma no fue soldado sino comerciante y banquero.27 Más también
él tuvo que ceder ante los conquistadores. Al principio tomó parte
personalmente en las expediciones que se hacían desde Santa Marta contra los indios
comarcanos. Pero después de sufrir algunos reveses, optó por la cómoda y menos
peligrosa política, introducida por Pedrarías Dávila en
Castilla de Oro, que consistía en mandar sus capitanes a las expediciones y reservar
para sí una parte del botín.
Naturalmente, con tal política el gobierno se le fue muy pronto de las manos.
Fue su época la de una continua sucesión de expediciones al mando de varios capitanes
contra los indios de la tierra, quienes huían más y más hacia el interior de las
montañas, despoblando los terrenos cercanos a la costa y abandonando las labranzas y
pueblos que allí tenían.
Durante el gobierno de Lerma acaeció un hecho que tuvo hondas repercusiones
sobre la historia de toda la parte noroeste de la América Meridional y, particularmente,
sobre la del Nuevo Reino de Granada. Fueron los primeros envíos de oro desde el Perú y
las fantásticas noticias sobre las riquezas de este país, que alborotaron la mente de
los colonos asentados en las tierras hasta entonces descubiertas. La Real Audiencia de
Santo Domingo, en su carta del 30 de enero de 1534, exteriorizaba el temor de que los
colonos abandonasen sus tierras para transladarse al Perú. Con estas nuevas tan
grandes de las riquezas del Perú -decían- habíamos de tener trabajo detener la gente de esta isla y aún de todas las
otras comarcanas... porque toda la gente generalmente está muy alterada con pensamiento
de irse a aquella tierra...28El secreto con
que Hernando Pizarro rodeó su viaje a España
con el botín obtenido con la muerte de Atahualpa, evitando tocar en Santo Domingo y
negándose a salir a tierra aún en el puerto de Yaguana29, excitó aún más la fantasía de los conquistadores. Era tan fuerte el deseo de
emigrar que pronto se cristalizó una leyenda, apoyada en la incierta y complaciente
geografía de aquella época, sobre la existencia de un Dorado, un país
maravilloso situado en alguna parte entre el Perú y el Río de la Plata, que constituía
el anhelado remedio de su pobreza. La misma Real Audiencia no duda de la veracidad de
este Dorado. En la carta arriba mencionada declara que según las
alturas y graduaciones, este Dorado se encuentra en el paraje de
enfrente de esta isla y de la de San Juan, entrando por ella en línea recta al sur.
No vacila en dar licencia para la organización de una expedición de 400 hombres hacia
este Dorado, después de platicar muchas veces con los pilotos;
expedición que fue prohibida por el Consejo de Indias, según se desprende de una nota
marginal de aquella carta.
No se han encontrado hasta ahora datos que permitan explicar la aparición de
esta creencia en un Dorado, aunque es probable que minuciosas
investigaciones de documentos referentes a la conquista del Perú
-
investigación que el autor no
pudo hacer- darían alguna luz sobre el asunto. Pero la
existencia de este Dorado fue del dominio público.
La atracción que produjo Perú sobre la totalidad de la emigración hacia
América fue potente. Hubo época en que no era posible encontrar en los puertos
españoles pasaje a otros lugares que al Perú, como lo demuestra aquella cédula con
que el Rey concede una prórroga de presentarse al oficio a varios regidores de
Cartagena...
por causa
-
dice-
el texto de no poder hallar navío en que ir a la dicha provincia, por estar todos
tomados para ir al Perú.30
El descubrimiento del Perú puso en grave peligro la existencia de Santa Mar
t
a. Los inconstantes
conquistadores amenazaban con abandonar -y a veces abandonaban- las tierras
pobres de la gobernación, para participar en el despojo de las
ricas del Imperio Incaico (véase Capítulo IV). Para evitar la despoblación
del territorio, sosegar, distraer y atraer al mismo tiempo a las gentes, Lerma no tuvo
otro remedio que entregar, ya definitivamente, el gobierno del país a sus capitanes.
La consecuencia de esta desenfrenada conquista fue la general
hostilidad de los indios de la tierra y su huída en masa hacia las sierras. Con esto se
produjeron insolubles dificultades, ante todo, con referencia al abastecimiento de
víveres de la Colonia que dependía en gran parte de la existencia de labranzas
indígenas, cuyo producto se obtenía mediante tributo, rancheo o trueque. Estas
labranzas, una vez abandonadas por los indios, se perdían, siendo en pocos meses
invadidas por la ubérrima selva tropical. De ello se queja amargamente García de Lerma
en su carta del 9 de septiembre de 153231
cuando cuenta cómo los indios viendo que los
cristianos no pueden nada en la sierra, se van, y los cristianos no se pueden
sustentar. De miedo que los indios de la comarca se alcen a la sierra,
se tuvo que suspender la construcción de una fortaleza en La Ramada. En forma precisa
describe el obispo de Santa Marta la situación creada, cuando dice en su carta del 20 de
mayo de 154032
Esta tierra se destruye con las entradas que se hacen en ella, porque se retraen los
indios a las cumbres de las sierras por salvarse de los caballos y desamparan los bajos
donde solían labrar, los cuales en dos años se hacen montes muy cerrados...
La angustiosa situación alimenticia seguía empeorándose por otra práctica
conquistadora. Talar las labranzas y quemar los pueblos, era por entonces la forma
generalizada con que se guerreaba contra el enemigo. Este método guerrero fue empleado
también contra los indios de Santa Marta. García de Lerma describe esta guerra
detalladamente en su carta a la Real Audiencia de Santo Domingo del 16 de enero de 153033
en la que informa sobre lo acaecido en la entrada
al Pueblo Grande. Jerónimo Lebrón, en su carta del 9 de mayo de 1537 a la
misma Audiencia34
comunica que, no pudo castigar rigurosamente al cacique rebelde de Bonda pienso -dice
-
a lo menos hacerle algún daño de le talar el maíz y tomarle algunas piezas por
esclavos y en procurar de le hacer todo daño para le atraer a la paz. En su carta
del 10 de agosto del mismo año35 recomienda para pacificar la tierra ... quemarles
las poblaciones... y tomar algunos indios por esclavos y éstos no los que fuesen para
huír, sino mujeres y muchachos. Un año más tarde, el 5 de junio de 153836
escribe:
Háseles hecho algún daño en les talar ciertos conucos y maizales que son
su mantenimiento, y hanse salteado algunos indios de la sierra. Y pienso salir de aquí
a veinte días a les talar ciertas labranzas que tienen en los llanos, para ver
si por este camino los podré atraer a la paz, porque de otra manera.., es imposible
sujetarlos.37
El resultado de esta práctica guerrera era de hambre y muerte para los
aborígenes38, método ineficaz para escarmentar y atemorizar a un
indio primitivo, y mucho menos para pacificarlo. Fray Pedro Simón decía39
que
los indios de Santa Marta veían quemarse su pueblo sin manifestar en nada
sentimiento de que se les quemase sus casas. Esto confirma García de Lerma en su
carta al presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo del 16 de enero de 153040 cuando cuenta
que un cacique declaró a su sobrino, Pedro de Lerma, ... que él no quería paz
ninguna, que le quemase los bohíos de aquellos pueblos que eran suyos, que tenía
frío, que se quería calentar con ellos...; y un informe anónimo, contemporáneo
de los sucesos41,
hablando de los indios de Tierra Firme, declaraba que los indios por no se
sujetar, queman los pueblos y se van a los montes.
En esta forma la quema de pueblos y labranzas, más la disminución numérica
de la población indígena, por muerte o la huida hacia las montañas circunvecinas, sólo
consiguieron agravar el angustioso problema alimenticio de los colonos y sus familias.
Ni navíos llegaban al puerto para ofrecer en venta bastimentos, por la pobreza de los
vecinos, ni los caminos eran transitables por el peligro de indios belicosos. Cesó el
trato regular con las otras islas. Decía la Real Audiencia de Santo Domingo en su carta
del 30 de enero de 1534 que había obra de un año que no iban ni venían allá a -Santa Marta
-
navíos, salvo los que de
camino, viniendo de la Tierra Firme o Cartagena, pasaban por allí42
y el 27
de abril del mismo año comunica que García de Lerma, quien se encontraba en la Ramada,
no podía volver por tierra a Santa Marta, porque los indios no le dejan volver por
tierra, y a la causa, va navío para lo traer a Santa Marta por la mar43
Era tanto el pánico que cobraron a su tierra, que los
soldados, cuando el gobernador se negaba a darles licencia para abandonar la provincia, se
echaban a la mar con la esperanza de ser recogidos por navíos44. A la muerte de
García de Lerma, acaecida a principios de 1535, no hubo una sola tribu de importancia que
tuviera relaciones pacíficas con los españoles, y la Colonia, mermada su población
española por hambre, enfermedades y guerras, estaba prácticamente deshecha.
El nombramiento del doctor Infante, gobernador interino enviado por la Real
Audiencia de Santo Domingo como juez de residencia de García Lerma, no trajo consigo
cambio alguno de la situación. Llegó con cien hombres de a pie y a caballo, como
declaraba en su carta del 18 de enero de 1535, porque necesidad había y hay de la
comenzar a poblar y conquistar de nuevo... .
45 A los colones
los encontró en una situación desesperada, según lo informa el 13 de mayo de aquel
año.46
De
los numerosos soldados que habían llegado tiempo atrás, sólo quedaban 49 hombres
de guerra: 9 de a caballo y 40 peones; y en el puerto un galeón y una fusta
listos a zarpar al primer ataque de los indios, quienes corrían cada día este
valle hasta una legua y media legua de aquí....
La fortaleza, construida de tapias tan
defectuosas, que si en esta tierra lloviese como en otras, el agua sola daría con
ellas en tierra; la torre de muy poco valor y aún de muy poca fuerza, porque
con livianos golpes que recibiese, muy livianamente darían con ella en el suelo; la
iglesia, con cercas caídas, de día servía de coto para los caballos y de noche bueyes
y vacas entraban en ella para comer pasto, revolviendo los cadáveres recién sepultados.
El hospital sin camas. Las cuentas de la hacienda Real embrolladas, sin que nadie pudiese
dar razón de lo pasado, pues sólo dos hombres quedaron de todos los que entraron con
García de Lerma. Tan desesperada era la situación, que los soldados que habían salido a
la expedición del Río Grande, se quedaron en La Ramada, pensando que la ciudad ya
había sido quemada por los indios y abandonada por los españoles47.
Es cierto que el doctor Infante llegaba con hombres recién emigrados de
Castilla; que hizo lo posible para asentar la tierra durante los pocos meses que duró
como gobernador. Pero tuvo que fracasar. Decía el Historiador Anónimo48 que los
desesperados colonos faltos de dinero y de mantenimientos y de gentes, cada cual
procuraba cómo se podría ir e huir de la tierra... El doctor no sabía cómo valerse, ni
qué debía hacer, ni de quién se había de fiar.... Continuamente se formaban corrillos donde se disputaba cómo
echar al gobernador de la tierra y abandonar la región. Este, muy enfermo además,
obligado a guardar continuamente cama, no tuvo otro remedio sino optar por la política de
su precursor y mandar los capitanes con gente a las entradas contra los indios.
Algunos recorrían la provincia de la Ramada; otros, la de los Caribes y Gente Blanca; y
otros deambulaban simplemente por la gobernación, para buscar el modo de sustentarse.
Con sombríos colores pintaba el obispo Fray Tomás de Angulo la situación de
Santa Marta, en su carta al Consejo de Indias del 31 de mayo de 1535.49 Describía
horrorizado la pobreza de la tierra, de los colonos y de los indios, recomendando
insistentemente la perentoria prohibición de que nuevas imigraciones llegasen a Santa
Marta, y aún abogando por la reducción de la población española existente, debido a la
imposibilidad de mantenerse. No hay necesidad -escribe
-
de abrir la puerta a que más cristianos vengan. Antes hay necesidad de sacar muchos de
los que hay, porque ellos están perdidos y mueren de hambre, y así, para sustentarse,
roban la hacienda y comida de los indios; y así ellos como los indios padecen hambre...
En el mismo sentido, más o menos, insistía un poco más tarde Jerónimo
Lebrón, gobernador interino de Santa Marta, cuando escribía:50
Esta
tierra está muy necesitada, así de caballos como de comida, que certifico a Vuestra
Señoría en toda ella no había carga de cazabe, [-harina
extraída de yuca
-
]
ni arroba de harina, y solo se sostiene de un poco de maíz que, cuando quiere, envía un
cacique.... El cabildo de la ciudad, al
referirse a la cédula Real por la cual se mandaba que los pobladores gastasen la
décima parte de sus bienes para arraigarse en la tierra, escribía el 20 de noviembre de
153751: Y
porque la necesidad de esta tierra y de los que en ella están es tanta, que no se puede
creer ni pensar, no se ha podido hallar persona a quien se pudiese echar mano para que se
pudiese arraigar en cantidad de diez pesos.
Semejantes informaciones, a pesar de ser hechas in situ, no
impresionaron a la Corte Española. Las noticias del extenso Perú con sus fabulosas
riquezas, descubierto más al sur de Santa Marta, acapararon la atención del gobierno
español. Fue la época en que se intensificaban las expediciones y se multiplicaban las
capitulaciones para nuevos descubrimientos, pues con cada uno se esperaba
encontrar un nuevo Perú ; y nada más prometedor que la conquista
de la tierra dentro de las costas de Santa Marta, con su Río Grande de la
Magdalena, que traía sus aguas precisamente de alguna parte del desconocido mediodía. Y
así, lejos de restringirse la inmigración, la administración colonial abre las puertas
de la Provincia de par en par. A principios del año 1536 llega una gran oleada de
inmigrantes, más o menos mil doscientos españoles al mando del nuevo gobernador, don
Pedro Fernández de Lugo. Su nombramiento correspondía al nuevo viraje de la política
imperial española. Fracasada la negociación con los Fugger, la poderosa casa de
comercio y banca internacional, y frente a los peligros que suscitaban la pujanza de
Portugal en el Brasil y la rivalidad de Inglaterra y Francia en el Caribe, se pone, en lo
posible, una vez más, soldados y no civiles al frente de las posesiones americanas. Se
capitula casi simultáneamente con Francisco Pizarro el gobierno de la Nueva Castilla
(Perú); con Diego de Almagro, la de Nueva Toledo (Chile); con Pedro de Mendoza, el Río
de la Plata; y con Pedro Fernández de Lugo, el viejo y experimentado adelantado de las
Canarias, la gobernación de Santa Marta.
19
El
dato transmitido por algunos cronistas (17, Par. 2, Not. 2, Cap. III), según el cual esta
capitulación tuvo lugar ya en 1521, no se encuentra comprobada por ningún
documento histórico. Probablemente se trata de una confusión con la licencie otorgada al
mismo Rodrigo de Bastidas para la conquista de Trinidad (29. Lib.
26, Cap. II).
27 Esto dicen algunos
historiadores (30. 86). En el Archivo de Indias (Doc. 46) está
i
nsert
o
un título de Escribanía del Juzgado de la Casa de Contratación de Sevilla otorgado el
28 de abril de 1526 a García de Lerma, por la renunciación que de ella hizo Diego de
Porras Una nota marginal dice: Esta se torné a hacer a Juan de Pérez Calderón,
por renunci
a
del dicho Diego de Porras..
.
No ha ejercido, pues, García de Lerma la escribanía, pero la cédula
parece demostrar que por aquel tiempo fue un cortesano empleado al servicio del Rey. Se
confirma la noticia de Piedrahita (15, Par. 1, Lib. 1. Cap. 1) que le llama gentil
home de boca y en el capítulo siguiente genio cortesano. Se sabe que en
1514 estaba en la Española donde recibió seis naborías en el repartimiento de indios
hecho por Albunquerque (9, 1, 168). En oficio de banquero aparece en el testamento de
Diego Colón en el a
ño
1523 (Ibid, XL,
219).
29
Carta
de la Real Audiencia del 10 de diciembre de 1533, (AGI Santo Domingo 49).
38
Iguales
prácticas guerreras seguían siendo empleadas contra las indómitas tribus selváticas
durante toda la época colonial (17, capitulo 16). Juan de Herrán pidió en 1570 que se
hiciese a los indios de Chile una guerra galana. bie
n
destruyendo las cosechas y reduciéndolos por hambre, o empleando el puño de hierro y
haciendo esclavos a los indios más viejos (45, LXIII). No es por demás señalar
que similares prácticas no fueron exclusivas de la colonización española. El general
Duvivier declaraba sobre la conquista de Argelia: Nous avons soumis le pays par un
arsenal de haches et dallumettes. On coupait les arbres, on brulait les moissons et
on se rendait bientot maitres dune population reduite a la famine et su
desespoir
44
15.
Pan. 1, Lib. 8, Cap. II; AGL Patronato 27 Ramo 9, fol. 8v, (publicado en
Relaciones Históricas de América. Madn.
1916).
47 Es de interés
observar que una política similar de conquistas, llevada en Venezuela,
produjo idénticos resultados para la al principio populosa ciudad y puerto de coro, de
donde salían todas, o la mayor parte de las expediciones. La descripción de aquella
población por el obispo don Rodrigo de Bastidas en su carta del 2 de abril de 1538 (AGI,
Santo Domingo 218) es paralela al cuadro que nos es familiar. Así informa este obispo:
...
Llegué
a la dicha ciudad de Coro y puerto a veinticuatro de noviembre
-
15
3
7
-
y
salieron me a recibir como a su prelado a los primeros bohíos hasta treinta hombres, poco
más o menos, y algunas mujeres, pocos de ellos con capas, porque los más venían tan
desnudos que en verlos recibí tan gran lástima, que casi fue parte de mi enfermedad ven
su gran pobreza. No sé con qué palabras lo pueda significar a Vuestra Majestad, porque
ello es con verdad que no sé dónde se pueda hallar ni ven tan gran pobreza como la que
aquí hay. Y el pueblo es de hasta cincuenta chozas, pocas más, y no hay cuatro bohíos
razonables. La Iglesia un paupérrimo pajar. Todos los más que aquí están, que serán
hasta cien hombres y los más de ellos enfermos; están tan desnudos y maltratados, que
muchos de ellos vinieron de sus tierras muy regalados y vestidos de sedas y de presente no
alcanzan camisas que se vestir; y toda la granjería que traen pa
r
a
su remedio, es rescaten algún maíz de los indios para comer y algún hilo de algodón y
mantas de indios para se vestir y calzar, con harto trabajo de sus personas e importunidad
y mal tratamiento de los indios cuanto se puede pensar..
|