Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
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CAPITULO II

EL FRACASO DE UNA COLONIZACION

Si el desinterés por las tierras que posteriormente habían de pertenecer a la gobernación de Santa Marta, caracterizó la actitud oficial de las autoridades españolas en el primer cuarto del siglo XVI, fue entonces precisamente cuando cambió completamente la situación. Las Antillas se hallaban ya exploradas y sus pobladores desengañados en lo referente a sus fabulosas ri­quezas naturales. La expedición de Magallanes demostró la lejanía de las islas de Las Especierías, con lo que se aplacó el interés que hubo hasta entonces por Panamá y Castilla de Oro. Por otra parte, en el lapso de los treinta años que duraba la dominación española en América, se habían descubierto, en forma anárquica y precipitada, miles de kilómetros de costas marítimas, y los deltas de las grandes arterias fluviales como el Amazonas, el Orinoco, La Plata, el Mississipí o el Magdalena hacían patente la existencia de extensos territorios en el interior del Continente, donde habían de recoger su caudal. El rico botín de México constituyó un poderoso acicate para intentar la exploración de todas estas desconocidas “tierras adentro”.

Esta nueva situación fue propicia para que el interés oficial se dirigiese a las costas meridionales del Mar Caribe y, entre ellas, a las de Santa Marta, situadas en las potentes desembocaduras de un poderoso río, el “Río Grande”, que después se llamó de la Magdalena, que vertía sus aguas en el Caribe con tanto ímpetu, que el enorme caudal de sus aguas dulces desplazaba las saladas del mar en una superficie de varios kilómetros. Como etapa preliminar en el descubrimiento de un misterioso continente, la América Austral, Santa Marta se encontró, hacia la mitad del tercer decenio del siglo, dentro de los intereses imperiales de España. Coincidió esta época con el establecimiento del Consejo de Indias como una institución judicial y administrativa diferente del de Castilla, con que se facilitaba grandemente la administración de las posesiones españolas de Ultramar.

Las “capitulaciones” que se hicieron con Rodrigo de Bastidas en el año 152419 patentizan el esfuerzo de la administra­ción colonial por acabar con la forma anárquica de conquista, de que fue víctima hasta entonces la provincia de Santa Marta, y organizar una colonia estable, como base para las futuras explo­raciones al interior del país. Las cláusulas de la “capitulación” convenida con Bastidas demuestran su carácter netamente co­lonizador. En ninguna parte encontramos obligaciones para “des­cubrir o conquistar”. Como primera condición se le impone la obligación de poblar dentro de dos años un pueblo de un míni­mo de cincuenta vecinos, de los cuales quince debían ser casados e ir acompañados de sus mujeres. El gobernador se obliga a traer a Santa Marta doscientas vacas, trescientos puercos, veinticinco yeguas y “otros animales de cría”. Se les otorga a los futuros vecinos licencia para un amplio comercio, construcción de navíos, explotación de bosques, etc20.

Más este intento tenía que fracasar. Para colonizar su go­bernación Bastidas recogió en las Antillas aquellos soldados que, unos pocos años antes, habían despojado a los indios de México de la mayor parte de sus bienes y deambulaban una vez más “vacantes” por las islas antillanas, buscando empleo en nuevas expediciones. Habían aceptado el llamamiento de Bastidas solo por continuar sus carreras conquistadoras; pero al llegar a Santa Marta encontraron una franca oposición en el viejo, ex­perimentado y reposado gobernador, comerciante durante largos años en las Indias y testigo presencial de los funestos resultados que trajo consigo la desenfrenada conquista de las islas antillanas. El mayor cargo que por ellos se le hacía, fue el no permitirles “rancherías” ni “cabalgadas” contra los indios de la provincia, con lo que los “mataba de hambre”, como decían en su probanza21. Como ha sucedido con alguna frecuencia duran­te la conquista de América, también en Santa Marta el colonizador se enfrentó al conquistador.

Pero en vano. Muy pronto se produjo una sublevación en la que de nueve capitanes que tenía Bastidas, seis se rebelaron contra él. Al grito “Viva el Emperador y la libertad; que no he­mos de morir aquí como esclavos en poder de este mal viejo”22 una noche el anciano gobernador fue atacado a puñaladas y he­rido gravemente. Aprovechando esta ocasión, y a pesar de haber fracasado la abierta rebelión, los capitanes que le habían sido fieles hasta entonces, no vacilaron en arrebatarle el mando, eli­giendo como gobernador a un capitán compañero de ellos y acu­sando a Bastidas de querer deshacer la colonia y despoblar la tierra; no sin antes hacer contra él una larga información a la Real Audiencia de Santo Domingo en que se le acusaba de codicia, mal manejo de fondos comunes, rigor para con los solda­dos, etc., y donde se calificaba a los rebeldes capitanes de “perso­nas desesperadas”23. Expulsándole finalmente de su propia go­bernación, cuando a pesar de sus heridas, quiso quedarse en ella.

Bastidas murió, a consecuencias del atentado, en Cuba, don­de lo había llevado el capitán del barco, sobornado -según decía la vox populi- por los propios conquistadores, quienes en esta forma, impidiendo su llegada ante la Real Audiencia de la Es­pañola, pudieron seguir imperturbables la “conquista” de la región.

Después de la expulsión de Rodrigo de Bastidas, la gober­naron dos capitanes conquistadores: primero, el antiguo con­quistador de México, Rodrigo Alvarez Palomino, capitán de Bas­tidas y elegido por los soldados en su reemplazo y, poco después y conjuntamente con él, Pedro de Vadillo, enviado de la Real Audiencia de la Española con una numerosa tropa de soldados.

Con la llegada de Vadillo solo aumentó el contingente de los “conquistadores” y ningún nuevo elemento colonizador arri­bó con él a Santa Marta. Cuando el Consejo de Indias acusó a los oidores de la Real Audiencia de haber permitido a Vadillo sacar gente de la Española para Santa Marta, estos declaraban en su carta del 19 de julio de 1530, con una sinceridad que raya en ingenuidad: “Que la gente que así se hizo para remedio de aquellas provincias fue de personas inútiles para esta isla y de la gente de guerra que aquí quedó de los gobernadores Pánfilo de Narváez y Francisco de Montejo, eligiéndose.., los no ne­cesarios y, por los escándalos y alborotos que de cada día hacían, aparejados para toda discordia, que es enemiga de cualquier po­blación24.

La índole de la gente que llegaba con Vadillo queda bien definida en estas palabras. Y así no hay por qué sorprenderse de que los dos capitanes gobernadores con sus continuas “entradas” y “cabalgadas”, hechas con el único fin de proporcio­narse esclavos y de despojar a los indios del poco oro que tenían, siguieron durante su corto gobierno la “conquista”, capturando esclavos y ahuyentando el grueso de la población indígena a las montañas, aunque también ellos a veces decían que lo hacían para contentar a sus soldados25.  De todos modos, ambos capi­tanes no fueron, por cierto, los más indicados para organizar una verdadera colonia, que para su estabilidad, alimentación y mano de obra tenía que contar necesariamente con una pacífica y numerosa población aborigen.

El encargo que del gobierno de Santa Marta se hizo en 1528 a García de Lerma, obedecía indudablemente al deseo de la Co­rona de acabar con la anarquía que traía consigo el gobierno de los conquistadores, y emplear un nuevo elemento en la obra colonizadora. El nombramiento de Lerma correspondía a la ten­dencia general que regía por entonces en España, favorable al empleo en la administración colonial del elemento civil. Su elec­ción fue paralela a la “capitulación” que se hizo con dos alema­nes, Enrique Ehinger y Gerónimo Sailer, que la traspasaron a la poderosa casa comercial de los Welser (“Belzares”), para Venezuela. Con acierto lo anota Lucas Fernández Piedrahita26 cuando dice que Lerma fue “caballero ilustre y prudente; aunque más a propósito para el gobierno civil que militar”.

Ciertamente, Lerma no fue soldado sino comerciante y ban­quero.27 Más también él tuvo que ceder ante los “conquistado­res”. Al principio tomó parte personalmente en las expediciones que se hacían desde Santa Marta contra los indios comarcanos. Pero después de sufrir algunos reveses, optó por la cómoda y menos peligrosa política, introducida por Pedrarías Dávila en Castilla de Oro, que consistía en mandar sus capitanes a las ex­pediciones y reservar para sí una parte del botín.

Naturalmente, con tal política el gobierno se le fue muy pronto de las manos. Fue su época la de una continua sucesión de expediciones al mando de varios capitanes contra los indios de la tierra, quienes huían más y más hacia el interior de las montañas, despoblando los terrenos cercanos a la costa y aban­donando las labranzas y pueblos que allí tenían.

Durante el gobierno de Lerma acaeció un hecho que tuvo hondas repercusiones sobre la historia de toda la parte noroeste de la América Meridional y, particularmente, sobre la del Nuevo Reino de Granada. Fueron los primeros envíos de oro desde el Perú y las fantásticas noticias sobre las riquezas de este país, que alborotaron la mente de los colonos asentados en las tierras hasta entonces descubiertas. La Real Audiencia de Santo Do­mingo, en su carta del 30 de enero de 1534, exteriorizaba el temor de que los colonos abandonasen sus tierras para transla­darse al Perú. “Con estas nuevas tan grandes de las riquezas del Perú -decían- habíamos de tener trabajo detener la gente de esta isla y aún de todas las otras comarcanas... porque toda la gente generalmente está muy alterada con pensamiento de irse a aquella tierra...28El secreto con que Hernando Pizarro ro­deó su viaje a España con el botín obtenido con la muerte de Atahualpa, evitando tocar en Santo Domingo y negándose a salir a tierra aún en el puerto de Yaguana29,  excitó aún más la fanta­sía de los conquistadores. Era tan fuerte el deseo de emigrar que pronto se cristalizó una leyenda, apoyada en la incierta y complaciente geografía de aquella época, sobre la existencia de un “Dorado”, un país maravilloso situado en alguna parte entre el Perú y el Río de la Plata, que constituía el anhelado remedio de su pobreza. La misma Real Audiencia no duda de la veraci­dad de este “Dorado”. En la carta arriba mencionada declara que “según las alturas y graduaciones”, este “Dorado” se en­cuentra en “el paraje de enfrente de esta isla y de la de San Juan, entrando por ella en línea recta al sur”. No vacila en dar licencia para la organización de una expedición de 400 hombres hacia este “Dorado”, después de “platicar muchas veces con los pilotos”; expedición que fue prohibida por el Consejo de Indias, según se desprende de una nota marginal de aquella carta.

No se han encontrado hasta ahora datos que permitan expli­car la aparición de esta creencia en un “Dorado”, aunque es pro­bable que minuciosas investigaciones de documentos referentes a la conquista del Perú - investigación que el autor no pudo hacer- darían alguna luz sobre el asunto. Pero la existencia de este “Dorado” fue del dominio público.

La atracción que produjo Perú sobre la totalidad de la emi­gración hacia América fue potente. Hubo época en que no era posible encontrar en los puertos españoles pasaje a otros luga­res que al Perú, como lo demuestra aquella cédula con que el Rey concede una prórroga de presentarse al oficio a varios regi­dores de Cartagena... por causa - dice- el texto de no poder hallar navío en que ir a la dicha provincia, por estar todos to­mados para ir al Perú”.30

El descubrimiento del Perú puso en grave peligro la exis­tencia de Santa Mar t a. Los inconstantes conquistadores amenazaban con abandonar -y a veces abandonaban- las tierras “pobres” de la gobernación, para participar en el despojo de las “ricas” del Imperio Incaico (véase Capítulo IV). Para evitar la despoblación del territorio, sosegar, distraer y atraer al mismo tiempo a las gentes, Lerma no tuvo otro remedio que entregar, ya definitivamente, el gobierno del país a sus capitanes.

La consecuencia de esta desenfrenada “conquista” fue la general hostilidad de los indios de la tierra y su huída en masa hacia las sierras. Con esto se produjeron insolubles dificultades, ante todo, con referencia al abastecimiento de víveres de la Co­lonia que dependía en gran parte de la existencia de labranzas indígenas, cuyo producto se obtenía mediante tributo, rancheo o trueque. Estas labranzas, una vez abandonadas por los indios, se perdían, siendo en pocos meses invadidas por la ubérrima selva tropical. De ello se queja amargamente García de Lerma en su carta del 9 de septiembre de 153231 cuando cuenta cómo los indios “viendo que los cristianos no pueden nada en la sierra, se van, y los cristianos no se pueden sustentar”. De miedo que los indios de la comarca “se alcen” a la sierra, se tuvo que suspender la construcción de una fortaleza en La Ramada. En forma precisa describe el obispo de Santa Marta la situación creada, cuando dice en su carta del 20 de mayo de 154032 “Esta tierra se destruye con las entradas que se hacen en ella, porque se retraen los indios a las cumbres de las sierras por salvarse de los caballos y desamparan los bajos donde solían labrar, los cuales en dos años se hacen montes muy cerrados...”

La angustiosa situación alimenticia seguía empeorándose por otra práctica conquistadora. Talar las labranzas y quemar los pueblos, era por entonces la forma generalizada con que se guerreaba contra el enemigo. Este método guerrero fue emplea­do también contra los indios de Santa Marta. García de Lerma describe esta guerra detalladamente en su carta a la Real Au­diencia de Santo Domingo del 16 de enero de 153033  en la que informa sobre lo acaecido en la entrada al “Pueblo Grande”. Jerónimo Lebrón, en su carta del 9 de mayo de 1537 a la misma Audiencia34 comunica que, no pudo castigar rigurosamente al cacique rebelde de Bonda “pienso -dice - a lo menos hacerle algún daño de le talar el maíz y tomarle algunas piezas por esclavos y en procurar de le hacer todo daño para le atraer a la paz”. En su carta del 10 de agosto del mismo año35 reco­mienda para pacificar la tierra “... quemarles las poblaciones... y tomar algunos indios por esclavos y éstos no los que fuesen para huír, sino mujeres y muchachos”. Un año más tarde, el 5 de junio de 153836 escribe: “Háseles hecho algún daño en les talar ciertos conucos y maizales que son su mante­nimiento, y hanse salteado algunos indios de la sierra. Y pienso salir de aquí a veinte días a les talar ciertas labranzas que tienen en los llanos, para ver si por este camino los podré atraer a la paz, porque de otra manera.., es imposible sujetarlos”.37

El resultado de esta práctica guerrera era de hambre y muerte para los aborígenes38,  método ineficaz para escarmen­tar y atemorizar a un indio primitivo, y mucho menos para pa­cificarlo. Fray Pedro Simón decía39 que los indios de Santa Marta veían quemarse su pueblo “sin manifestar en nada sen­timiento de que se les quemase sus casas”. Esto confirma García de Lerma en su carta al presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo del 16 de enero de 153040 cuando cuenta que un cacique declaró a su sobrino, Pedro de Lerma, “... que él no quería paz ninguna, que le quemase los bohíos de aquellos pue­blos que eran suyos, que tenía frío, que se quería calentar con ellos...”; y un informe anónimo, contemporáneo de los su­cesos41, hablando de los indios de Tierra Firme, declaraba “que los indios por no se sujetar, queman los pueblos y se van a los montes”.

En esta forma la quema de pueblos y labranzas, más la dis­minución numérica de la población indígena, por muerte o la huida hacia las montañas circunvecinas, sólo consiguieron agra­var el angustioso problema alimenticio de los colonos y sus fa­milias. Ni navíos llegaban al puerto para ofrecer en venta bas­timentos, por la pobreza de los vecinos, ni los caminos eran tran­sitables por el peligro de indios belicosos. Cesó el trato regular con las otras islas. Decía la Real Audiencia de Santo Domingo en su carta del 30 de enero de 1534 que “había obra de un año que no iban ni venían allá a -Santa Marta - navíos, salvo los que de camino, viniendo de la Tierra Firme o Cartagena, pa­saban por allí”42 y el 27 de abril del mismo año comunica que García de Lerma, quien se encontraba en la Ramada, no podía volver por tierra a Santa Marta, porque “los indios no le dejan volver por tierra, y a la causa, va navío para lo traer a Santa Marta por la mar”43   Era tanto el pánico que cobraron a su tierra, que los soldados, cuando el gobernador se negaba a darles licencia para abandonar la provincia, se echaban a la mar con la esperanza de ser recogidos por navíos44. A la muerte de García de Lerma, acaecida a principios de 1535, no hubo una sola tribu de importancia que tuviera relaciones pacíficas con los españoles, y la Colonia, mermada su población española por hambre, enfermedades y guerras, estaba prácticamente deshe­cha.

El nombramiento del doctor Infante, gobernador interino enviado por la Real Audiencia de Santo Domingo como juez de residencia de García Lerma, no trajo consigo cambio alguno de la situación. Llegó con cien hombres de a pie y a caballo, como declaraba en su carta del 18 de enero de 1535, porque “necesi­dad había y hay de la comenzar a poblar y conquistar de nuevo... .” 45 A los colones los encontró en una situación deses­perada, según lo informa el 13 de mayo de aquel año.46 De los numerosos soldados que habían llegado tiempo atrás, sólo que­daban 49 hombres “de guerra”: 9 de a caballo y 40 peones; y en el puerto un galeón y una fusta listos a zarpar al primer ataque de los indios, quienes “corrían cada día este valle hasta una legua y media legua de aquí...”. La fortaleza, construida de tapias tan defectuosas, que “si en esta tierra lloviese como en otras, el agua sola daría con ellas en tierra”; la torre “de muy poco valor y aún de muy poca fuerza, porque con livianos golpes que recibiese, muy livianamente darían con ella en el suelo”; la iglesia, con cercas caídas, de día servía de coto para los caba­llos y de noche bueyes y vacas entraban en ella para comer pasto, revolviendo los cadáveres recién sepultados. El hospital sin camas. Las cuentas de la hacienda Real embrolladas, sin que nadie pudiese dar razón de lo pasado, pues sólo dos hombres quedaron de todos los que entraron con García de Lerma. Tan desesperada era la situación, que los soldados que habían salido a la expedición del Río Grande, se quedaron en La Ramada, pen­sando que la ciudad ya había sido quemada por los indios y abandonada por los españoles47.

Es cierto que el doctor Infante llegaba con hombres recién emigrados de Castilla; que hizo lo posible para asentar la tierra durante los pocos meses que duró como gobernador. Pero tuvo que fracasar. Decía el Historiador Anónimo48 que los desespe­rados colonos “faltos de dinero y de mantenimientos y de gentes, cada cual procuraba cómo se podría ir e huir de la tierra... El doctor no sabía cómo valerse, ni qué debía hacer, ni de quién se había de fiar...”. Continuamente se formaban corrillos don­de se disputaba cómo echar al gobernador de la tierra y aban­donar la región. Este, muy enfermo además, obligado a guardar continuamente cama, no tuvo otro remedio sino optar por la política de su precursor y mandar los capitanes con gente a las entradas” contra los indios. Algunos recorrían la provincia de la Ramada; otros, la de los Caribes y Gente Blanca; y otros deambulaban simplemente por la gobernación, para buscar el modo de sustentarse.

Con sombríos colores pintaba el obispo Fray Tomás de An­gulo la situación de Santa Marta, en su carta al Consejo de Indias del 31 de mayo de 1535.49 Describía horrorizado la pobre­za de la tierra, de los colonos y de los indios, recomendando insistentemente la perentoria prohibición de que nuevas imigra­ciones llegasen a Santa Marta, y aún abogando por la reducción de la población española existente, debido a la imposibilidad de mantenerse. “No hay necesidad -escribe - de abrir la puerta a que más cristianos vengan. Antes hay necesidad de sacar muchos de los que hay, porque ellos están perdidos y mueren de hambre, y así, para sustentarse, roban la hacienda y comida de los indios; y así ellos como los indios padecen hambre...

En el mismo sentido, más o menos, insistía un poco más tarde Jerónimo Lebrón, gobernador interino de Santa Marta, cuando escribía:50 “Esta tierra está muy necesitada, así de ca­ballos como de comida, que certifico a Vuestra Señoría en toda ella no había carga de cazabe, [-harina extraída de yuca - ] ni arroba de harina, y solo se sostiene de un poco de maíz que, cuando quiere, envía un cacique.... El cabildo de la ciudad, al referirse a la cédula Real por la cual se mandaba que los pobla­dores gastasen la décima parte de sus bienes para arraigarse en la tierra, escribía el 20 de noviembre de 153751: “Y porque la necesidad de esta tierra y de los que en ella están es tanta, que no se puede creer ni pensar, no se ha podido hallar persona a quien se pudiese echar mano para que se pudiese arraigar en cantidad de diez pesos”.

Semejantes informaciones, a pesar de ser hechas in situ, no impresionaron a la Corte Española. Las noticias del extenso Perú con sus fabulosas riquezas, descubierto más al sur de Santa Marta, acapararon la atención del gobierno español. Fue la época en que se intensificaban las expediciones y se multiplicaban las “capitulaciones” para nuevos descubrimientos, pues con cada uno se esperaba encontrar un nuevo ‘‘Perú’’ ; y nada más prometedor que la conquista de la “tierra dentro” de las costas de Santa Marta, con su Río Grande de la Magdalena, que traía sus aguas precisamente de alguna parte del desconocido mediodía. Y así, lejos de restringirse la inmigración, la administración colonial abre las puertas de la Provincia de par en par. A principios del año 1536 llega una gran oleada de inmigrantes, más o menos mil doscientos españoles al mando del nuevo gobernador, don Pedro Fernández de Lugo. Su nombramiento correspondía al nuevo viraje de la política imperial española. Fracasada la ne­gociación con los Fugger, la poderosa casa de comercio y banca internacional, y frente a los peligros que suscitaban la pujanza de Portugal en el Brasil y la rivalidad de Inglaterra y Francia en el Caribe, se pone, en lo posible, una vez más, soldados y no civiles al frente de las posesiones americanas. Se capitula casi simultáneamente con Francisco Pizarro el gobierno de la Nueva Castilla (Perú); con Diego de Almagro, la de Nueva Toledo (Chile); con Pedro de Mendoza, el Río de la Plata; y con Pedro Fernández de Lugo, el viejo y experimentado adelantado de las Canarias, la gobernación de Santa Marta.


19 El dato transmitido por algunos cronistas (17, Par. 2, Not. 2, Cap. III), según el cual esta “capitulación” tuvo lugar ya en 1521, no se encuentra comprobada por ningún documento histórico. Probablemente se trata de una confusión con la licencie otorgada al mismo Rodrigo de Bastidas para la conquista de Trinidad (29. Lib. 26, Cap. II).

20 Doc. 12.

21 Doc. 73

22 Doc. 82

23 Doc. 86

24 Doc. 239

25 Doc. 153

26 15, Par. 1 Lib. 3, Cap. I.

27 Esto dicen algunos historiadores (30. 86). En el Archivo de Indias (Doc. 46) está i nsert o un título de Escribanía del Juzgado de la Casa de Contratación de Sevilla otorgado el 28 de abril de 1526 a García de Lerma, por la renunciación que de ella hizo Diego de Porras Una nota marginal dice: “Esta se torné a hacer a Juan de Pérez Calderón, por re­nunci a del dicho Diego de Porras.. . ” No ha ejercido, pues, García de Lerma la escribanía, pero la cédula parece demostrar que por aquel tiempo fue un cortesano empleado al ser­vicio del Rey. Se confirma la noticia de Piedrahita (15, Par. 1, Lib. 1. Cap. 1) que le llama “gentil home de boca” y en el capítulo siguiente “genio cortesano”. Se sabe que en 1514 estaba en la Española donde recibió seis naborías en el repartimiento de indios hecho por Albunquerque (9, 1, 168). En oficio de banquero aparece en el testamento de Diego Colón en el a ño 1523 (Ibid, XL, 219). 

28   Doc. 558.

29 Carta de la Real Audiencia del 10 de diciembre de 1533, (AGI Santo Domingo 49).

30   Doc. 596, 597, 598, 599.

31   Doc. 399.

32   Doc. 1404.

33   Doc. 201.

34   Lo subrayado en las citas de aquí en adelante, es mio.

35   Doc. 997.

36   Doc. 1.110

37   Ibid.

38 Iguales prácticas guerreras seguían siendo empleadas contra las indómitas tribus selváticas durante toda la época colonial (17, capitulo 16). Juan de Herrán pidió en 1570 que se hiciese a los indios de Chile una “guerra galana. bie n destruyendo las cosechas y reduciéndolos por hambre, o empleando el puño de hierro y haciendo esclavos a los indios más viejos” (45, LXIII). No es por demás señalar que similares prácticas no fueron exclusivas de la colonización española. El general Duvivier declaraba sobre la conquista de Argelia: “Nous avons soumis le pays par un arsenal de haches et d’allumettes. On coupait les arbres, on brulait les moissons et on se rendait bientot maitres d’une population reduite a la famine et su desespoir”

39 37. Bar. 2, Lib. 2 Cap. XII

40 Doc. 201

41 AGI. Patronato 26, Ramo 5.  

42 Doc. 558

43 Doc. 595

44 15. Pan. 1, Lib. 8, Cap. II; AGL Patronato 27 Ramo 9, fol. 8v, (publicado en “Re­laciones Históricas de América”. Madn. 1916).

45 Doc. 659

46 Doc. 718

47 Es de interés observar que una política similar de “conquistas”, llevada en Vene­zuela, produjo idénticos resultados para la al principio populosa ciudad y puerto de coro, de donde salían todas, o la mayor parte de las expediciones. La descripción de aquella población por el obispo don Rodrigo de Bastidas en su carta del 2 de abril de 1538 (AGI, Santo Domingo 218) es paralela al cuadro que nos es familiar. Así informa este obispo:   “ ... Llegué a la dicha ciudad de Coro y puerto a veinticuatro de noviembre - 15 3 7 - y salieron me a recibir como a su prelado a los primeros bohíos hasta treinta hombres, poco más o menos, y algunas mujeres, pocos de ellos con capas, porque los más venían tan desnudos que en verlos recibí tan gran lástima, que casi fue parte de mi enfermedad ven su gran pobreza. No sé con qué palabras lo pueda significar a Vuestra Majestad, porque ello es con verdad que no sé dónde se pueda hallar ni ven tan gran pobreza como la que aquí hay. Y el pueblo es de hasta cincuenta chozas, pocas más, y no hay cuatro bohíos razonables. La Iglesia un paupérrimo pajar. Todos los más que aquí están, que serán hasta cien hombres y los más de ellos enfermos; están tan desnudos y maltratados, que muchos de ellos vinieron de sus tierras muy regalados y vestidos de sedas y de presente no alcanzan camisas que se vestir; y toda la granjería que traen pa r a su remedio, es rescaten algún maíz de los indios para comer y algún hilo de algodón y mantas de indios para se vestir y calzar, con harto trabajo de sus personas e importunidad y mal tratamiento de los indios cuanto se puede pensar..

48   AGI. Patronato 27 Ramo 9, Fol. 9v.

49   Doc. 722.

50   Doc. 1.110

51   Doc. 1.013

 

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