Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
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CAPITULO III

LA GEOGRAFIA DEL DESCUBRIMIENTO DE LA MESETA CHIBCHA  

Cuando por el mes de enero del año 1536, desembarcaron las gentes que traía el nuevo gobernador, con sus caballos, arma­duras, paños y terciopelos, encontraron un país desolado por hambre y enfermedades, las chozas de bahareque caídas, las ca­lles enhierbadas y el monte de la selva circunvecina invadiendo los afueras de lo que habían creído ser una ciudad a la europea. Ni navíos venían al puerto, ni hubo indios que trajeran los fru­tos de sus cultivos para alimentar a la hambrienta población.

La situación alimenticia era angustiosa aún antes de la llegada de Lugo; mas, con el arribo de la nueva y tan numero­sa expedición se hizo insostenible. El previsor Adelantado, inmediatamente después de su llegada, emprendió negociacio­nes con los indios comarcanos de Bonda, Coto y Valle Hermoso, que resultaron inútiles por la poca confianza que los indios te­nían en los invasores52 Les hizo la guerra. La salida de casi todo el real de mil doscientos hombres para estos “castigos” loca­les, es un ejemplo de cómo se manda un ejército, ante todo para que coma.

Todas estas expediciones habían de fracasar; los desmanes de los capitanes que prácticamente habían gobernado a Santa Marta desde tiempo atrás, impidieron en forma definitiva que el desconfiado indio hiciese las paces con los colonos.53 Las batallas, aunque victoriosas según la ciencia militar europea, fue­ron graves derrotas porque no producían ni los codiciados alimentos, ni la sujeción de los indios. Estos huían invariable­mente a las montañas, después de ofrecer alguna resistencia, llevando consigo todo lo que podían, y aún quemando, a veces, sus propios pueblos, cuando no lo hacían los capitanes de Lugo para escarmentarlos. Tales circunstancias explican cómo solamente tres meses después de su llegada a Santa Marta, cuando ya había desaparecido una buena parte de los recién venidos, de­bido a guerras, hambres y enfermedades endémicas, don Pedro Fernández de Lugo, empujado por la grave situación, organizó la famosa jornada hacia el Río Magdalena, que hubo de culmi­nar con el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, y cu­brir de gloria al licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada. En ella se jugó a una sola carta la suerte de toda la colonia: con la salida de un total aproximado de novecientos hombres que, unos en bergntines por el río y otros por tierra, acometieron la subida del Magdalena, quedaban en Santa Marta sólo el ancia­no gobernador con un pequeño destacamento de soldados para su defensa personal, los enfermos, los inválidos, las mujeres y los niños.

Para efectuar tal jornada existían anteriormente dos gran­des obstáculos geográficos que había de vencer. Por una parte, las orillas del curso bajo del Magdalena oponían serias dificul­tades al tránsito por tierra, por lo cenagoso del terreno, “.. . por las grandes lagunas y ciénagas —dice el cabildo de Santa Marta en su carta del 19 de abril de 1531— que hace y vierte el dicho Río Grande en sí, no se puede andar”54 lo que impedía el des­plazamiento por tierra desde Santa Marta de un numeroso con­tingente de soldados; y por otra parte, tampoco parecía posible poder navegar el río con embarcaciones directamente desde el mar. “No pueden entrar navíos en el Magdalena, decía García de Lerma en su carta del 26 de octubre de aquel año porque la furia de él es tan grande, que no los deja subir”55 por lo que tampoco esta vía podía ser utilizada.

Durante el gobierno de García de Lerma ambos obstáculos fueron vencidos.

Ya los capitanes Palomino y Vadillo habían encontrado en sus correrías un camino que se orientaba hacia el Sur, cuando circundando las vertientes septentrionales de la Sierra Nevada, llegaron a La Ramada y desde allí conocieron las cabeceras del río César56 y el Valledupar (valle “Eupari”). Mas ninguno de los dos conquistadores había bajado este río hasta su desembo­cadura, por lo que se siguió ignorando que vertía sus aguas en el Magdalena y que por sus orillas se podía llegar al “Río Gran­de”, evitando las cenagosas riberas de su curso bajo.

A mediados de 1531, Pedro de Lerma, sobrino del goberna­dor, siguiendo los pasos de ambos capitanes, descubrió esta vía al Magdalena57; hecho que llenó de regocijo al gobernador y a los colonos. Para explorar las tierras que bañaba el curso alto del río, se pensó seriamente en llevar bergantines desarmados por el nuevo camino y armarlos en las orillas del río.58

El descubrimiento no allanó sin embargo otro obstáculo no menos grave; lo era la dificultad de abastecer con víveres y per­trechos a los participantes eventuales de la larga y numerosa expedición, necesaria para subir el curso del potente río. El ca­mino terrestre recientemente hallado era largo y atravesaba tie­rras habitadas por tribus hostiles y ahuyentadas hacia las mon­tañas por las continuas “entradas” que se sucedían desde el gobierno de Vadillo y Palomino. Las expediciones hacia el Valledupar exigían que todos los mantenimientos fuesen llevados des­de Santa Marta a cuestas propias, a espaldas de indios o en bes­tias de carga. Sin embargo, la carestía de acémilas y la escasez de esclavos indios no permitían el desplazamiento de las gran­des cantidades de bastimentos necesarios para un ejército, que aun antes de llegar a las propias orillas del Magdalena, hubiera tenido que recorrer por tierra despoblada casi 600 kilómetros, consumiendo las provisiones que hubiera llevado, ignorando si las orillas río arriba ofrecían posibilidades de sustento. Para organizar tal expedición en forma que prometiese éxito era in­dispensable contar con un aprovisionamiento continuo; y éste sólo era factible con bergantines que, entrando directamente desde el mar por una de las numerosas desembocaduras del río, hubieran podido acompañar a la tropa y llevarles los manteni­mientos necesarios, resolviendo así el problema de abastecimien­to para un recorrido cuya duración no era conocida.

Este fue el origen de todos los intentos hechos a fin de en­contrar la entrada directa al Magdalena desde el mar, intentos durante algún tiempo infructuosos y que por fin fueron coro­nados con buen éxito. A principios de 1532 los pilotos Jeróni­mo Melo, portugués, y Rodrigo Llano, español, al frente de una expedición organizada por Lerma para forzar la entrada del río con navíos, demostraron prácticamente que las bocas del Magdalena eran navegables, aunque con dificultad. Subieron treinta leguas río arriba, comerciando pacíficamente con los in­dios de ambas costas y trayendo a Santa Marta excitantes no­ticias sobre la riqueza de aquella tierra59. Un indio, con el deseo de conocer personalmente al gobernador, embarcó en uno de los bergantines llevando consigo a toda su familia. Cuando llegó a Santa Marta informó que “se puede navegar por el río cinco meses con navíos”. Muchos otros datos se recibieron del indio sobre la riqueza de las tierras situadas en el alto curso del Mag­dalena, que el gobernador, “por ser cosas de indios”, no comu­nica al Rey; pero que, sin embargo, parecen haberle impresio­nado mucho, pues en una carta posterior, la del 9 de septiembre de aquel año.60 dice qué “estos indios saben las nuevas de cin­cuenta y de cien leguas”. Así, también en Santa Marta se cons­tata el importante papel que jugaron generalmente los informes proporcionados por los indígenas en los descubrimientos de tierras americanas.

Los dos acontecimientos que se produjeron en un intervalo de poco tiempo, dieron fundadas esperanzas de poder por fin lograr la conquista de las tierras que bañaba el Magdalena y llenaron de júbilo a los colonos de Santa Marta, pues les abrían un enorme hinterland de que carecía hasta entonces su gober­nación. “Porque aquel río -escribe el 9 de septiembre de 1532 García de Lerma- es de mucha importancia, y tengo creído que Vuestra Majestad se ha de servir de él más que de todas las Indias juntas”. Notifica, además, que había mandado reclutar ciento cincuenta hombres en las Antillas y traer cuatro o cinco navíos con bastimentos para seis meses, a fin de organizar una nueva e importante entrada al Magdalena. Para mejor infor­mar al Rey, envía a España uno de los bergantines que hicieron la jornada, y al propio piloto que navegó el río probablemen­te a Rodrigo Llaño. El gobernador y los vecinos consideran tan importante el descubrimiento, que se creen en el derecho de solicitar la revocación del nombramiento de gobernador para Cartagena -que perjudicaba a Santa Marta- “por el servicio que Su Majestad recibe del Río Grande”. El cabildo de Santa Marta, que generalmente tuvo una actitud poco amigable para con el gobernador, cambió el tono de sus cartas, alabándolo por los esfuerzos hechos en la exploración del río.

“El descubrimiento del Río Grande” o, lo que es más exac­to, de las vías de acceso a este río, fue un hecho de singular importancia, que despertó entusiasmo no sólo entre los colonos de Santa Marta, sino también entre las autoridades peninsula­res. A este hecho se debe la expresa cédula Real expedida el 30 de diciembre de aquel año61 con la que se agradecían efu­sivamente a García de Lerma los esfuerzos hechos a tal fin, y otra del 3 de febrero en que se le dice en contestación a su car­ta: “Tendremos memoria el Emperador, mi señor, y yo -lo dice la Reina- para vos lo agradecer y hacer la merced que por ello y por vuestros servicios mereciereis”. Se conserva aun otra cédula dirigida al piloto Rodrigo Llaño, alabando su haza­ña y prometiéndole gratificaciones.62 mientras que Jerónimo Melo, a pesar de ser portugués, recibe el título de regidor de Santa Marta62a . Al deseo de ver pronto “descubierto” el Rio Grande, se deben las grandes facilidades que se ofrecieron a Nofro de Sagrado, quien por aquel entonces recogía gente en España para llevarlos a Santa Marta63 y la inusitada cédula Real del 10 de febrero de aquel mismo año64 con la cual se le agradecen sus esfuerzos en la leva de gente y se le ruega que apresure su viaje. No distinto origen tuvo otra cédula65 con que se negaba generalmente la licencia para ausentarse de San­ta Marta a las gentes que entraren con aquel capitán si no fue­se un año después de su llegada. Como tácito reconocimiento de sus esfuerzos, la gobernación de Santa Marta obtiene la ju­risdicción sobre todas las islas situadas en el curso del río66 y no Cartagena, que igualmente la detentaba para sí.

García de Lerma aprovechó la navegabilidad de las bocas del Magdalena en algunas ocasiones. Desgraciadamente no tuvo grandes habilidades ni tampoco una gran visión. O, tal vez, sus inquietos capitanes estorbaban la serena organización de una tan importante y larga expedición como la del río Magdalena. Por los documentos históricos se ve claramente que el goberna­dor utilizó el nuevo camino fluvial tan sólo para acorralar a los indios de su provincia, atacándolos por tierra y por agua e im­pidiendo su huida a las márgenes occidentales del Magdalena que pertenecían a la gobernación de Cartagena. Todos sus es­fuerzos y los de sus capitanes se perdían en acometidas contra los indios comarcanos para quitarles un poco de oro o tomarlos por esclavos. Sobre la gran “entrada” que estaba organizando, “hasta descubrir el principio del Río Grande de La Mag­dalena”, trayendo desde Santo Domingo y España gente, sol­dados y oficiales para la construcción de navíos y mantenimien­tos, escribía el 12 de julio de 153363a que se visitaran “todos los lugares y ciénagas donde estuvieren hechos pueblos, porque en esto se favorecerán mucho la gente de pie y de a caballo que fuese por tierra...”. Su idea era, pues, “descubrir” su gobernación y aprovecharse de los indios que allí habitaban, Y ciertamente, cuando por fin salió aquella expedición, escri­bía al Rey el 25 de enero de 1534, que había repartido sus gentes en dos grupos: ciento cincuenta hombres iban por tie­rra y otros tantos en bergantines, para conjuntamente empren­der la exploración del río; una expedición que tiene semejanza a la que dos años más tarde hizo Fernández de Lugo con el ejército al mando del licenciado Jiménez. Pero ya en las pági­nas siguientes de la carta mencionada informa de haber man­dado la armada a La Ciénaga, para por allí intentar la entrada al Río,... porque en La Ciénaga, -escribe- hay gente muy belicosa. Y para que no hiciesen algún daño a la gente de los bergantines, fue necesario que yo fuese por tierra para les hacer espaldas y darles favor...”67. Esto quiere decir que esta “expedición” se tomó, como todas las anteriores, en una “en­trada” más a los indios comarcanos. Su desastroso fin se des­prende de la probanza que sobre ella se hizo en Cartagena el 8 del mismo mes y año68, en que los sobrevivientes acusaron a Lerma de haber dejado una carabela en la boca del Magdalena, cuyos tripulantes cometieron excesos contra los indios ribere­ños, por lo cual éstos atacaron los bergantines que subían al río, flecharon a muchos cristianos, hundieron a uno de los bergan­tines, se perdió la carabela y se habían ahogado muchos sol­dados.

Si García de Lerma no supo aprovechar los grandes descu­brimientos que se hicieron durante su gobierno ni llevar con éxito la exploración del Magdalena, lo cierto es que a la llegada de Fernández de Lugo a Santa Marta, todas las condiciones eran propicias para tal empresa. Había sido demostrada la po­sibilidad de entrar con bergantines desde el mar y se conocía el camino más o menos cómodo por tierra, que llevaba a un lugar del Magdalena alejado casi quinientos kilómetros de su desembocadura. Esto lo aprovechó el anciano y experimentado gobernador y soldado, Pedro Fernández de Lugo. Su gran mé­rito fue la feliz idea de utilizar los bergantines principalmente para el aviamiento de las gentes que simultáneamente por tie­rra habían de remontar las orillas del Magdalena. El grueso del ejército, que salía por el camino terrestre, llevando sus bastimentos a cuestas, en caballos o en indios esclavos, de­bía encontrase con los bergantines en la confluencia del Río Ce­sar y el Magdalena, lugar que estaba ya muy “tierra adentro”, río arriba. Nuevamente abastecidos con la carga que traían los bergantines, podía proseguirse la jornada hacia las cabeceras del Magdalena, utilizando las embarcaciones también para pa­sar afluentes caudalosos o para transportar a los enfermos. Todo estaba, pues, bien pensado y dispuesto. Desgraciadamente, los cálculos fallaron. La mala suerte de los navíos cargados, que por el mal estado del tiempo no pudieron forzar la entrada del Río, siendo obligados a dispersarse, naufragando algunos, oca­sionó un peligroso estancamiento del ejército de tierra en las orillas del Magdalena y la muerte de mucha gente, debido al hambre y enfermedades. De 500 a 600 hombres que salieron de Santa Marta a pie, solo alrededor de 22069 quedaron vivos al comenzarse la propia subida hacia la meseta chibcha70, Pero la sabia disposición inicial de la expedición salvó la empresa de un seguro fracaso. Los bergantines que volvió a enviar Fer­nández de Lugo, apenas supo el desastre ocurrido a la primera expedición fluvial, encontraron aún viva una gran parte del ejército, que pudo continuar la subida del río hacia el objetivo final de su viaje.


52 AGI. Patrono 27. Ramo 9, fol. 10v

53 Decía el obispo de Santa Marts en su carta del 20 de mayo de 1519 (Doc. 1272): “Y es tan poca confianza la que tienen de la palabra de los cristianos, como por experiencia alcanza habérsela faltado muchas veces, que no han querido determinarse en ello... -en concluir la paz con los españoles-”. 

54 Doc. 167.

55 Doc. 313.

56 “Zazare”, o “Zazis”, en algunos documentos.

57  Doc. 313.

58  Ibid.

59  Doc. 353

60 Doc. 399

61 Doc. 438

62 Doc. 437

62a  Doc. 629

63 El 27 de noviembre de 1532, conocido en España el descubrimiento del Magdalena, se expiden muchas cédulas Reales para favorecer la pronta expedición a Santa Manta de las gentes que estaba reuniendo Nofro de Sagr e do. Una cédula general de recomendación a los oficiales Reales de Sevilla se le expide ese día (Doc. 412) y otra, para que se le ayude en la compra de un navío (Doc. 423). Cédulas dirigidas a las justicias de las ciudades de Sevilla (Doc. 411) y Jerez de la Frontera (Doc. 419) ordenan favorecer el embarque de los bastimentos comprados. A los oficiales de Santa Manta se da la orden de pagar los fletes y gastos ocasionados por el envío de la gente a Santa Manta (Doc. 405 y 406) y los mantenimientos que para ello se compraron (Doc. 422).  

El 10 de diciembre se expide a Sagrado un título de factor (Doc. 432) , y el 1 de febrero del año siguiente se le nombra capitán de la gente que lleva (Doc. 468). Nuevas cédulas se expiden el 10 y 12 de febrero a las justicias y cabildo de Sevilla para que no pongan obstáculos a Sagrado en la adquisición de la harina necesaria para el viaje (Doc. 474, 482 y 481) y para que se desembargue un lote de mantenimientos comprados para Sagrado por Martín de Orduña (Doc. 482). Una vea más se recomienda a la Casa de Contratación que apresure el despacho de las gentes a Santa Mart a (Doc. 479).

Por varias cédulas Reales se declaran libres del derecho de almojarifazgo todos los bastimentos y otros materiales que llevan los dos navíos en que navegan las gentes de Sagrado para Santa Ma r ta (Doc. 492).

64  Doc. 475

65  Doc. 568

66  Doc. 425

63a Doc. 508

67  Doc. 557

68  Doc. 555

69 Decía Jiménez en su “Compendio Historial” publicado en extractos por Oviedo (14, Lib. 26, Cap. XXII-XXVIII) que 600 iban por tierra y 200 en los bergantines. Dice Oviedo (14, Lib. 26, Cap. XIII) que el capitán Juan de Junco le confirmó que hablan salido 600 hombres, llegando a la Meseta Chibcha tan solo 170. Jerónimo Lebrón (Doc. 1.011) decía que solo 220 hombres, entre los que iban por tierra y por el río, se encontraban vivos al comenzar la subida hacia la Sierra de Opón, habiendo salido 600 de Santa Manta. Aguado (1, Par. 1, Lib. 2, Cap. X I I) habla de la muerte de 400 hombres, y Castellanos (6, Par. 4, Canto 1), dice que salieron 900 hombres a pie y a caballo, llegando tan solo 166 con 60 caballos. 

70 Empleamos la palabra “Chibcha” cuando nos referimos al territorio de los indios de habla chibcha. “Muisca” se denominaban tan solo los indios que habitaban los territorios de Tunja y Bogotá y que hablaban un idioma perteneciente a la familia chibcha. 

 

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