Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
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Las crónicas hablan de que llegó al “Pueblo de Nuestra Se­ñora”, futuro sitio de San Juan de los Llanos en las cabeceras del Guaviare. Piedrahita da como nombre indígena de este pue­blo el de “Tabachare” (que es probablemente la misma palabra Guaviare, mal leída), e informa que Féderman le llamó la Fragua [162]. En este viaje debió haber cruzado los ríos Apure y Meta. En el primero, según varios informadores [163] y su propia carta [164] , encontró huellas de la malograda expedición de Jorge de Espira que venía desbaratada desde el Sur. Dicen los cronistas que Féderman no intentó entrevistarse con Espira, como era su deber, por ser aquél su inmediato superior, evitan­do, al contrario, este encuentro para poder proseguir sin impe­dimentos ni imposiciones su jornada. Féderman mismo da como razón de su actitud la desconfianza que tuvo de los informes indígenas, y porque los vestigios que dejaron a su paso las gen­tes del deshecho ejército, no correspondían a la gran cantidad de soldados que había sacado Jorge de Espira desde Coro.

A primera vista, parece increíble que Espira y después Fé­derman hubieran errado en tal extremo el camino para llegar a Jerida (que tiene su entrada natural por el valle del río Zulia, en las puertas mismas de Venezuela [165] y precisamente por Chiná­cota por donde se habían vuelto las gentes de Alfinger después de su malograda expedición), que llegaron al Sur hacia el Meta y Guayabero, el antiguo Papamene [166] y sin embargo, analizan­do de cerca el hecho, no es del todo improbable. La muerte de Alfinger en manos de indios belicosos en Chinácota (“Valle del Micer Ambrosio”) no aconsejaba, naturalmente, utilizar este ca­mino directo, aunque fuese más corto. Por esto Féderman y los conquistadores, suponiendo que la Cordillera Oriental (al igual que la Sierra Nevada de Santa Marta) muere en el Sur, trata­ron de “descabezar” la Cordillera (vocablo que aún hoy se utili­za en los Llanos Orientales, aunque sólo para la acción de re­montar las orillas de ríos caudalosos hacia sus cabeceras con el fin de encontrar un vado a la orilla opuesta). Fernández de Oviedo confirma esta intención en el caso de Espira, cuando dice que sólo al llegar al río Guaviare recibió el conquistador la desconcertante noticia de que la Cordillera a su mano derecha se prolongaba hacia el sudoeste “y que no se descabezaba [167], es decir, que no moría, sino que seguía más adelante hacia el Sur. Espira y Féderman habían creído que la Cordillera Oriental era una montaña aislada y que, rodeándola por el lado meridional, se podría también entrar en la “Provincia de Xerira”. No sa­bían que se trataba de una larga cadena montañosa que se ex­tiende hasta el estrecho de Magallanes.

Otra causa de la equivocada ruta fue naturalmente la atrac­ción que los ríos Pauta y Papamene, es decir, las cuencas de los cursos altos del Meta y Guaviare, ejercían sobre los conquista­dores, como la supuesta entrada al verdadero “Dorado”, que para ellos era el “Xerira”; a lo cual hay que añadir aquella creencia generalizada de que el “Dorado” se encontraba al sur de Coro o Maracaibo. Todo esto explica el desvío meridional de las rutas tanto de Espira como de Féderman.

Llegado al alto Guaviare por el mes de febrero de 1539, Féderman, según lo declara en la carta arriba mencionada, re­solvió atravesar la Cordillera hacia el Occidente, porque supo que el oro encontrado en la localidad se adquiría de los indios de “la otra banda de la Sierra que quedaba sobre mano derecha hacia el poniente” [168], es decir, de los muisca. Se dirigió a Pasca por la alta Cordillera de Sumapaz en cuya travesía gasto 40 días, de los cuales 22 iba por tierras completamente despobladas (los llanos del río Ariari), pasando después por un “páramo despoblado frigidísimo”, donde se le murieron 16 caballos de frío. (Aún hoy existe en la región un cerro llamado “Fredre­man”). Sobre el viaje declaraba que pasaron “por mucha tierra despoblada y muy fría y falta de mantenimientos, y hasta llegar allí perdió mucha gente y caballos, que de ciento treinta caballos que sacó, no llegó con más de noventa; y que de 300 hombres que sacó, se le murieron bien setenta hombres”. Mucha menos gente perdió Féderman que Jorge Espira, a quien de 361 hom­bres y 80 caballos sólo le quedaron 90 hombres y 24 caballos al volver a Coro [169].

La fecha de la llegada del caudillo a la Meseta Chibcha no ofrece duda alguna. A pesar de colocarla Castellanos errónea­mente en febrero de 1539 [ 170 ] y con él todos los cronistas poste­riores que le copian, el acontecimiento sucedió en marzo de aquel año. Así lo declaraba expresamente Féderman [171] y su ca­pitán Honorato Vicente Bernal [172], La fecha del convenio general con Jiménez es la de 27 de aquel mes [173], la frase de la carta de Jiménez [174] en que el licenciado dice que Féderman “fue aportar al Nuevo Reino de Granada, donde yo estaba, obra de quince días antes de mi partida para España.. . ”, era un giro literario (“a dos días”, “a ocho días”, etc.) que se utilizaba por entonces generalmente para expresar la duración aproximada de un lapso y no la verídica cantidad de días. Tampoco es exacto el dato contenido en la Relación Anónima [175] en que se lee que Féderman había llegado un mes antes de la partida de los tres caudillos para España, si se quiere interpretarlo textualmente.

Sobre el rumbo que tomó Sebastián de Belalcázar para lle­gar a la altiplanicie Chibcha reina gran confusión. Sólo ahora, cuando conocemos sus propias declaraciones y las de sus acom­pañantes [176],  se descubren algunos detalles, aunque no muy exac­tos, que dan una idea de la ruta por él seguida.

La confusión la produjo en gran parte la noticia transmi­tida por Antonio de Herrera [1 77 ], según la cual, estando en Quito, Belalcázar supo de uno de sus capitanes, Luis Daza, la excitante noticia, dada por un indio en Lacatunga, sobre la existencia, a diez o doce jornadas de allí, de un rico y poderoso país, Cundi rumarca , (en aimará: país del cóndor), cuyos habitantes fue­ron todos muertos durante la guerra fratricida entre Atahualpa y Huascar. Intrigado el caudillo por la noticia, cuenta Herrera, organizó las expediciones de Pedro Añasco y Juan de Ampudia, y él mismo salió por dos veces, siempre en busca de este “Do­rado”, Fue en su último viaje cuando arribó a la meseta Chibcha.

Sin discutir la veracidad del hecho mismo ni cavilar sobre si la noticia de este preciso “Dorado”, la “Cundirumarca”, fue inventada por el indio —lo que es muy posible - [1 78 ] o si se trata de una tradición recogida por Cieza de León y copiada por He­rrera, lo cierto es que por aquella época la existencia del “Do­rado” en alguna parte al este de la Cordillera, era una idea aceptada generalmente, así en el Perú como también en otras partes de América.

Se trataba, tal vez, del mismo “Dorado” para cuyo descu­brimiento daba licencia la Real Audiencia de Santo Domingo ya en 1534 (véase capítulo II), o de un otro “Dorado” o “Casa del Sol”, inventado por los indios para tener alejados a los es­pañoles de sus tierras; o simplemente de un exagerado informe sobre la “riqueza” de alguna tribu habitante en las vertientes orientales de los Andes. Pero lo cierto es que esta creencia fue más que una mera suposición incierta. Muchas veces se conecta­ba el “Dorado” con un fantástico —y, por consiguiente, “rico ” —país de las legendarias amazonas, o, a veces, con un territorio abundante en canela, especia oriental tan codiciada en aquellos tiempos.

Al descubrimiento “de una nación de mujeres que viven por sí como las amazonas” salía Hernán Pérez de Quesada, hermano del licenciado Jiménez, ya en 1538, pues consta [1 79 ] que el 12 de mayo de aquel año “se pesó una partida de oro que trajo Hernán Pérez cuando fue en descubrimiento de la provincia de las Ama­zonas, que hubo dos mil y ochocientos y cincuenta pesos de oro fino, etc.”. Antonio de Lebrija y Juan de San Martín soste­nían [1 80 ] que llegó a tres o cuatro jornadas de aquel fabuloso país; mientras que alguna que otra “información de servicio” de sus acompañantes confirma el fracaso de esta jornada. Cuan­do Gonzalo Pizarro llegó a Quito, a tiempo que Belalcázar se ausentó sin licencia de aquella provincia, también él “se deter­minó ir a buscar la canela y a un gran príncipe que llaman el Dorado, de la riqueza del cual hay mucha fama en aquellas par­tes” [ 181 ], y dice Cieza de León [1 82 ] “que era la misma noticia que había llevado el capitán Pedro de Añasco y Belalcázar”, es decir, la noticia de “Cundirumarca”. Gonzalo Pizarro quiso, pues, ade­lantarse a Belalcázar, de quien consta por la capitulación que hizo con la Corona [ 183 ] y por lo que personalmente dijo a Ovie­do [ 184 ], que tuvo proyectos de gran envergadura para el comercio con la canela que iba a descubrir.

Que la expedición emprendida por Belalcázar desde Popa­yán tuvo como finalidad el descubrimento de este “Dorado” no ofrece duda alguna, pues así lo declara explícitamente su teso­rero Gonzalo de la Peña en julio de 1539 [ 185 ], cuando dice que salieron de Popayán “en demanda de una tierra que se dice El Dorado y Pasquies”; y también consta por un fidedigno docu­mento [ 186 ] que Belalcázar, al llegar a Santafé, sostenía que era precisamente la tierra “en cuya busca y demanda había venido quinientas leguas”. Naturalmente, Belalcázar y sus compañeros y posteriormente los descendientes de éstos, los “peruleros”, para afianzar moralmente sus derechos a permanecer en el Nuevo Reino, mantenían viva la tradición de la identidad del “Dorado” de Belalcázar, su Cundirumarca, con el territorio Muisca. Cuan­do Piedrahita, quien escribía su historia en la segunda mitad del siglo XVII, conecta ya definitivamente el Cundirumarca de Belalcázar con el zipazgo de Bogotá (cambiando su fonética por    Cundinamarca) y explica el surgimiento de la idea de este “Dorado” con el baño ritual que hacía el zipa cubierto de oro en polvo en la laguna de Guatavita, no hace más que darle un ca­rácter de realidad histórica a una arraigada tradición.

Aunque el convencimiento de la identidad de Cundirumar­ca. y del zipazgo se arraigó tanto en el Nuevo Reino, que al proclamarse la Independencia, los legisladores colombianos —por oposición contra el movimiento hispanista— dieron el nombre de Cundinamarca a toda la región que circunda a Bogotá, no por esto adquiere esta identidad certeza ni verosimilitud. Ya Otero D’Costa, en su concienzudo estudio [ 187 ] ha demostrado la improbabilidad de que “El Dorado” de Belalcázar tenga que ver algo con el territorio Muisca. Los documentos últimamente en­contrados confirman plenamente las deducciones de Otero y arro­jan una nueva luz sobre la expedición de Belalcázar.

Este declaraba en julio de 1539 en Cartagena ante el lic. Santa Cruz [27], que había salido desde Popayán con doscientos hombres [ 18 8] por San Juan del año 1538, “y que pasó por las Sierras Nevadas hacia el este, y caminó ocho meses, y que siem­pre halló pueblos poblados de jornada en jornada y manteni­mientos” [ 18 9] . Es significativo que declara haber iniciado su expe­dición, dirigiéndola al Este y no a l Norte, como se acepta gene­ralmente por haber llegado finalmente al Nuevo Reino. La de­claración confirma, pues, su intención de buscar el “Dorado” que siempre se situaba al Oriente de los Andes.

¿ Por qué —se preguntará— no emprendió esta expedición directamente desde Quito, sino que se dirigió primeramente a Popayán, situado al norte? Aunque ningún documento histó­rico da una contestación precisa a esta pregunta, no es difícil descubrir la causa, que no era otra sino salirse —como efecti­vamente se salió— del territorio concedido a Francisco Pizarro (270 leguas por la costa del Pacífico entre dos paralelas y lo que descubriere la tierra adentro) ; pues, si desde Quito, yendo hacia el Oriente, hubiera descubierto el “Dorado”, éste hubiera pertenecido por derecho a Francisco Pizarro. Se dirigió al norte, a Popayán, y desde allí, como creía estar ya fuera de la gober­nación de Pizarro, trató de llegar al mismo “Dorado”, atrave­sando la Cordillera Oriental.

Pero hay más aún. Sigue declarando Belalcázar que ocho meses después estaba “en el nacimiento del Río Grande”, es decir, en el Macizo Central Andino. Probablemente no sabía que se encontraba al Sur de Popayán y a pocos días de jornada de esta ciudad, si hubiese tomado un camino directo [ 19 0]. No hay duda de que Belalcázar había intentado durante estos ocho me­ses atravesar la Cordillera Oriental para buscar su “Dorado”, pero las inexactas y sin duda contradictorias informaciones sobre el fantástico paraíso, lo hicieron deambular por los valles y se­rranías de la Cordillera, sin jamás salir de ella, pues declaraba que en este término de tiempo había siempre encontrado “pue­blos poblados de jornada en jornada con mantenimientos”, lo que no hubiera sucedido si se hubiera adentrado en la Selva Oriental.

Queda pues probado que la expedición de Belalcázar no se inició hacia el Norte en busca de la meseta Chibcha, sino al este o sureste, en busca del “Dorado”, que bien pudiera haber sido el Cundirumarca del indio de Lacatunga.

Llegado Belalcázar al nacimiento del Río Grande en el Ma­cizo Central Andino, bajó, según su propia declaración en Car­tagena, ochenta leguas por “la otra parte del río”, es decir, por las orillas derechas del Magdalena, y después, sesenta leguas más por la orilla izquierda. Es allí donde tuvo noticias —se las dio Hernán Pérez de Quesada—, de que en la banda opuesta del Magdalena estaban ya asentadas las gentes de Jiménez y por este motivo se dirigió a Santafé.

¿ Por qué cambió Belalcázar el rumbo después de llegar al nacimiento del Magdalena? ¿Por qué abandonó la dirección este y no prosiguió su búsqueda del Dorado? La declaración de Pe­dro de Puelles parece dar la clave del problema. Este acompa­ñante del caudillo (aunque contra su voluntad), declaraba que el ejército salió de Popayán, descubriendo las “sierras nevadas y unas montañas de malos caminos y malos indios”. Se observa que no habla de ningún rumbo específico, sino de vagar por grandes y ásperas sierras, como corresponde a la topografía de la Cordillera que corre al sureste y este de Popayán. Después de deambular varios meses por las sierras, continuaba Puelles, salió el ejército a un valle con algunas poblaciones ricas y no de gente belicosa, donde se halló oro fino y oro en polvo de minas, y plata, aunque poca; y esta tierra era que el río de Santa Marta la parte por medio”. Habían llegado, evidente­mente, al valle del alto Magdalena habitado por los indios Ti­maná, mal llamados “andaquies” [ 192 ], que no tenían nada de la ferocidad con que los tachan los cronistas [ 193 ], pero sí abundancia de oro en polvo y minas, y aún de plata; noticias que confirman las conclusiones a que llegó el autor en su extenso estudio sobre esta tribu 193a.

 

Este valle ya debía haber sido conocido por algunas de las gentes de Belalcázar, pues en 1537 bajó a él desde Popayán, por la ruta de los Coconucos e Isnos [ 194 ], el capitán Francisco García Tobar. Ya entonces impresionó fuertemente el valle del alto Magdalena a los españoles, pues dice el informe que “pareció ser otro mundo, y así vinieron con gran alborozo, diciendo que era otro Méjico”. No hay duda de que el apacible valle, con sus agradables colinas y fértiles tierras, con indios ricos y poco belicosos, indujo a Belalcázar a tomar río abajo, cuyo rumbo no conocía y que en sus cabeceras corre precisamente hacia el Este, después de 8 largos meses de infructuosas búsquedas del “Do­rado”.



[ 162 ] 15, Lib. 6, Cap. IV.

[ 163 ] 30, 110; carta del licenciado Tolosa en 29, II, Anexo.

[ 164 ] 14, Lib. 25, Cap. XVII.

[ 165 ] Este mismo camino fue el que quisieron abrir algunos vecinos de Tunja a fin de comunicarse directamente con Maracaibo, para lo cual hicieron amplias informaciones (AGI, Patronato 195, Ramo 11). Por este camino entraba durante la época colonial el ganado de los Llanos venezolanos al Nuevo Reino, y es en lo esencial el desplazamiento actual de la carretera principal que une Colombia y Venezuela.

[ 166 ] 35, 655.

[ 167 ] 14. Lib. 25, Cap. XIII.

[ 168 ] 1.281.

[ 169 ] 20, 153.

[ 170 ] 6, Par. 4, Canto IX.

[ 171 ] Doc. 1.283.

[1 72 ] AGI, Justicia 1.906.

[1 73 ] Doc. 1.267

[1 74 ] 27, 113.

[1 75 ] AGI. Patronato 27, Ramo 9.

[1 76 ] Doc. 1.283.

[1 77 ] 22. Doc. 5, Lib. 7, Cap. XIII.

[1 78 ] Doc. 846.

[1 79 ] Doc. 846.

[1 80 ] Doc. 1.340.

[ 181 ] 14, Lib. 40. Cap. II.

[ 182 ] 8, Cap. XVIII.

[ 183 ] 23, 11.

[ 184 ] 14, Lib. 40, Cap. 1.

[ 185 ]   Doc. 1.283.

[ 186 ] 14, Lib. 25. Cap. XVII.

[ 187 ] 28, 30-40.

[ 188 ] 1.283.

[ 189 ] Casi con 300 soldados, dice Fray Pedro Simón (37, Par. 2, Noticia 1, Cap. IV) y con más de 5.000 indios, lo acusa el Cabildo de Quito (21, 1, 311). El Historiador Anónimo (AGI Patronato 27, Ramo 9) dice que fueron 150 infantes y 40 hombres a caballo.

[ 190 ] Este dato, corroborado por el testimonio de los capitanes Pedro de Puelles y Gon­zalo de la Pe ñ a (véase Cap. XIII), desmiente la noticia dada por Herrera (22. Década 4) según la cual Belalcázar se había dirigido primero a Arma y Anserma, y resta valor a los consiguientes razonamientos de Jijón y Caam o (23, 1, 314-15). Véase también nota Nº 196.

[ 191 ] Para aclarar este evidente desvío, dice Piedrahita (15, Par. 1, Lib. 5, Cap. 1), que Belalcázar quiso “también reconocer el nacimiento del rio Grande que baña la provincia, y, según conjeturas, era el de la Magdalena”; pero es evidente que para reconocer el naci­miento del Magdalena desde Popayán son necesarios apenas unos pocos días y no los ocho meses que gast ó Belalcázar.

[ 192 ] 17, Cap. 1.

[ 193 ] Es de interés esta noticia como la primera, aunque sucinta, descripción del Valle del Alto Magdalena por un testigo presencial. En ella se realza el carácter pacífico de loo aborígenes, aquellos famosos indios “Andaquíes” que fueron considerados por los cronistas como los más feroces “caribes” que los españoles encontraron en el Nuevo Reino de Granada (17, Cap. XIV).

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