Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
© Derechos Reservados de Autor


Detalles adicionales sobre la ruta de Belalcázar - da Gon­zalo de la Peña, tesorero que acompañaba al ejército. Este de­claraba que la expedición había salido de Quito por el mes de diciembre de 1537 (“puede haber veinte meses” decía en julio de 1539), “en demanda de una tierra que se dice el Dorado y Pasquies..., y pasaron con el dicho capitán muy grandes y ás­peras sierras donde se perdió mucha gente de indios y caballos”. Nótese que tampoco aquí se habla de rumbo norte, sino de un largo vagar por la grande y áspera Cordillera que corre al sur­oeste de Popayán; y aún puede ser que Pasquies fuese la sierra de Patascoy, al norte del valle de Sibundoy [195] “A la caída” de la Cordillera, decía Gonzalo de la Peña, dieron en el nacimiento del “Río Grande de Santa Marta”, es decir, el Magdalena, desde donde, habiendo bajado treinta o cuarenta leguas por la “banda de Santa Marta” (la banda derecha), encontraron pruebas de que la tierra había sido ya visitada por españoles. Era induda­blemente el Valle de Neiva, el “Valle de Tristura”, visitada por Jiménez unos meses antes. Belalcázar envió, continuaba el in­formante, a uno de los capitanes para que averiguase qué gente era. El capitán anduvo 20 o 30 leguas, sin encontrar español alguno, pues Jiménez, como sabemos, ya hacía tiempo que se había vuelto a la altiplanicie Chibcha. Pero en el real de Be­lalcázar, continuaba el declarante, se supuso ya por entonces, que eran gentes de Santa Marta o de Cartagena. Pasó después el ejército a “la banda de Cartagena”, es decir, a la banda izquierda del río, y, después de seguir unas 40 leguas, (Belalcázar decía 60), llegó a “la provincia que se dice de Anserma”, donde posteriormente vino Hernán Pérez de Quesada (el decla­rante lo llama equivocadamente “Alonso”) en busca de Belal­cázar, con quien acordó volver a pasar el Magdalena y trasla­darse a la provincia de Bogotá (“Bocotoya”, la llama el de­clarante).

Es evidente que el lugar desde donde Belalcázar inició su viaje hacia Santafé no fue la provincia de Anserma, como lo declaraba erróneamente Gonzalo de la Peña, pues Anserma no está situada, como sabemos, en el valle del Magdalena, sino al Oeste de la Cordillera Central, en el valle del río Cauca. La confusión se debe probablemente a las semejanzas geográfi­cas y etnográficas que encontraron los conquistadores entre la provincia de Anserma, que habían conocido meses antes, y aquella en que por entonces estaban. Ambas se situaban al oeste de poderosos ríos (el Magdalena y el Cauca, respectivamente) y en las vertientes orientales de una cordillera (la Central, en un caso, y la Occidental, en el otro). Ambas estaban pobladas de indios belicosos (Pijao, en las márgenes izquierdas del Mag­dalena, y Anserma, Arma y otras tribus, en las izquierdas del Cauca) que tenían algunos elementos antropológicos en común, como la antropofagia, pueblos pequeños, bohíos dispersados so­bre grandes distancias, vestimenta parecida, flechas envene­nadas etc. Fuera de este Gonzalo de la Peña no hay testimonio contemporáneo alguno en que se afirmara que el ejército pasó por la provincia de Anserma [196]. Más seguro es el dato que nos trae Aguado [197] y es que Belalcázar se encontraba en las orillas del río Sabandija, afluente izquierdo del Magdalena cercano al actual Honda, o en algún lugar inmediato.

¿ Qué camino tomó Belalcázar para ir a Bogotá? Difícil es saberlo con exactitud por las embrolladas nociones geográficas que del territorio recorrido tuvieron las gentes del Perú (véase capitulo XIV) y las contradictorias noticias que de ellos nos legaron los cronistas coloniales.

Decía Belalcázar que, habiendo llegado a un lugar situado “de esta parte del río [banda izquierda] de la otra parte de la sierra (vertientes orientales de la Cordillera Central), que ha­brá de aquí, [—es decir, de Cartagena—] allá trescientas le­guas”, tuvo noticias que Jiménez estaba en el Valle de los Alcá­zares. Fue allí “y en el camino -dice- dejó este testigo po­blados dos pueblos con parte de su gente, que el un pueblo se llamaba Neiva y el otro Guacacallo” [198].

La declaración de Belalcázar de que en el camino a Santafé había fundado las ciudades de Neiva y Guacacallo demuestra que el conquistador no tomó el camino directo a aquella ciudad que, atravesando el Magdalena, sólo se encontraba de ochenta a cien kilómetros de distancia, por cuanto las dos poblaciones ci­tadas fueron fundadas en el alto curso del río, a una distancia de cuatrocientos y seiscientos kilómetros, respectivamente, de aquella ruta. Debía pues haber tomado un camino que pasaba cerca de los sitios en que fundó los dos pueblos.

Y ciertamente, esto es lo que confirma Pedro de Puelles, cuyo testimonio permite además aclarar algunas incógnitas so­bre las fundaciones de Neiva y Timaná.

Declaraba este capitán que desde el nacimiento del Magda­lena caminaron 100 leguas por la banda derecha y 50 por la izquierda (Belalcázar decía 80 y 60 respectivamente), llegando a ‘‘unos pueblos muy chiquitos y mala gente y pobre y mucha hierba, donde cada día les mataban gente”. Era indudablemente la tierra de los indómitos Pijao. Allí, en un pueblo cuyo nombre no indica, vino Hernán Pérez de Quesada para entrevistarse con Belalcázar; después de lo cual, dice, “el dicho capitán Belalcázar con todo su ejército fueron otro día por el camino que habían ido, hasta llegar al Río, donde lo pasaron en canoas”. De esta declaración se deduce, que por razones que no nos revelan los documentos, Belalcázar volvió a la orilla del Río Magdalena por el mismo camino que había recorrido y desde allí pasó a la otra banda. Debía, pues, haber llegado al valle de Neiva, lo que explica cómo en este camino fundó, mandando a sus capitanes, a Neiva y, más al Sur, en el mismo Valle del Alto Magdalena, a Guacacallo. El rodeo que hizo para llegar a Santafé, tal vez inducido por Hernán Pérez, o porque desconocía la situación geográfica del lugar en que se encontraba o por otra razón, hizo posibles tales fundaciones. No hubo, pues, en el viaje de Belal­cázar a Santafé “tanta celeridad”, como dice Piedrahita [199].

Atravesando el río a la otra banda, continuaba Pedro de Puelles, y estando a veinte leguas de donde estaba el licenciado Jiménez —era el actual Tibacuy, como declaran al unísono los cronistas, situado al suroeste de Santafé y precisamente en el camino que va de Bogotá a Neiva— bajó el Padre Domingo de las Casas desde Santafé, “a concertar cosas que convenían al servicio de Su Majestad, entre el capitán Belalcázar y el dicho licenciado”. Aparece la figura del previsivo sacerdote que, como antaño Fray Tomás Ortiz en Santa Marta entre García de Ler­ma y Pedro de Vadillo y, después, Fray Hernando de Granada en Cali, entre Belalcázar y Andagoya, toma parte activa en los arreglos entre los conquistadores, dispuestos por cualquier cosa a desenvainar las espadas. De allí pasa con sus gentes a “un pueblo que le han puesto por nombre la ciudad de Santafé”, final de la jornada de Belalcázar.

 

CAPITULO VI

MISTERIOS ALREDEDOR DE LA PRIMERA FUNDACIÓN DE SANTAFE

 

Cuenta Fray Pedro Simón [ 200 ], siguiendo en todo a Juan de Castellanos, que “después de asentadas las paces y pacificada la tierra de Bogotá y la mayor parte o casi toda de Tunja”, re­solvió Jiménez de Quesada trasladarse a España con el objeto de pedir para sí la gobernación de las tierras por él descubiertas. Antes de partir mandó sus capitanes a buscar un terreno apro­piado para la fundación de un pueblo. El lugar escogido fue Teusaquillo, perteneciente al cacicazgo de Funz a . Allí tomó el caudillo posesión de la tierra en nombre del Rey con las solem­nidades acostumbradas, se hicieron 12 ranchos y una iglesia, todo de bahareque con techos de paja, y el 6 de agosto de 1538, “después de cinco meses —dice Fray Pedro Simón— de como habían entrado los españoles en la tierra del Reino... [ 201 ] ”, fue dicha en Santafé, que así se llamó la nueva fundación, la pri­mera misa. Sigue después de estas noticias la descripción minu­ciosa de las fiestas que para conmemorar esta efemérides se hacían desde entonces anualmente en Santafé.

Dice además el cronista —siguiendo igualmente a Caste­llanos— que por aquella fecha, debido a la prisa que tuvo el licenciado a emprender su viaje de regreso a España, no se nom­bró “justicia, ni regimiento, horca ni cuchillo —cárcel—, ni las demás cosas importantes al gobierno de una ciudad, porque todo esto se quedó por entonces con el gobierno y modo militar. .. . No se trazaron, pues, calles ni plazas, ni se repartieron solares entre los futuros vecinos. Estas diligencias se hicieron en los primeros días de abril de 1539, en presencia de los tres caudi­llos que se habían encontrado en Santafé: Jiménez, Belalcázar y Federmán.

Las noticias que da Fray Pedro sobre esta primera fun­dación de Santafé concuerdan casi exactamente con lo que dice su predecesor, Juan de Castellanos [ 202 ] , También éste habla de 12 ranchos pajizos que, dice, fueron hechos en recuerdo de las 12 tribus de Israel y no de los 12 Apóstoles, como sostiene Fray Pedro Simón. También recalca el hecho de que esta primera fundación se hizo sin nombrar justicias ni cabildo, pero, a dife­rencia de Fray Pedro Simón, no indica la fecha precisa de la erección, ni de la primera misa dicha en la recién fundada ca­pital. Concuerda con Simón en situar esta fundación en el in­tervalo que mediaba entre la conquista de Bogotá, Tunja, Soga­moso y Duitama y la arribada de los conquistadores, Nicolás Federmán y Sebastián de Belalcázar, a Santafé.

Estudiando detenidamente la fecha dada por Simón para esta primera fundación observamos una contradicción. Por una parte afirma el cronista que se hizo el 6 de agosto de 1538; y por otra, que este acontecimiento se produjo “después de cinco meses de como habían entrado los españoles en la tierra del Reino”. Pero, según fidedignos documentos, la llegada de los espa­ñoles a los primeros pueblos del Reino, es decir a la Meseta Chib­cha, se produjo en marzo del año 1537 y no del 1538, de manera que cinco meses después de la llegada sería el mes de agosto de aquel año y no de 1538.

La cronología de Fray Pedro Simón parte de una base erró­nea: afirma que la expedición había salido de Santa Marta el 6 de abril del año 1537 [ 203 ] y para probar esta aseveración, se apoya en un documento que declara tener a la vista y que es el nom­bramiento hecho por Pedro Fernández de Lugo a favor de Ji­ménez de Quesada, como su teniente general para la jornada que se estaba organizando, nombramiento que transcribe en parte, pues dice que “por ser largo no lo pongo todo, aunque lo tengo en mi poder. .. . Y este documento está fechado, se­gún él, el 19 de abril de 1537 (sirviéndole de base para sus osa­das críticas a Antonio de Herrera, quien da en su “Historia como fecha de la salida de Jiménez desde Santa Marta el mes de abril de 1536) ; y cuando narra la llegada de la expedición al primer pueblo de la meseta, Guachetá, el día de San Gregorio, el 12 de marzo del año siguiente, —que para el cronista es el de 1538— insiste en que desde Santa Marta se emplearon 11 meses y 6 días, haciendo esta cuenta implícitamente, “contra una opi­nión contraria —dice- que está medio asentada en esta tierra acerca de la fecha que entraron en ella los españoles. [ 204 ] .

Naturalmente - Fray Pedro estaba equivocado. Para demos­trarlo no es necesario aportar datos contenidos en el informe de Lebrija y San Martín [ 205 ] o en el de Fray Pedro Aguado [ 206 ] quienes concuerdan en declarar que fue en abril de 1536 y no del 1537 cuando la expedición de Jiménez había salido de Santa Marta. Basta decir, que en el Archivo General de Indias, se conserva una copia de un acta emitida por el escribano público de Santa Marta, con fecha del 16 de octubre de 1536 [ 207 ] , en que se atestigua que en aquel día fue depositado en el monasterio de la Merced el cadáver de don Pedro Fernández de Lugo. El día 19 de abril de 1537, la supuesta fecha del nombramiento de Ji­ménez como su teniente general, hacía ya más de 6 meses que el gobernador había fallecido. Las instrucciones que para la jornada dio a Jiménez de Quesada, que conocemos en copia [ 208 ] , están fechadas el primero de abril de 1536. El “Cuaderno de la Jornada” [ 209 ] no da lugar a duda, pues así lo declara explícita­mente, que la expedición de Jiménez salió de Santa Marta el 5 de abril de 1536 y que la llegada al primer pueblo muisca, Gua­chetá, se produjo el día de San Gregorio, el 12 de marzo del año 1537 y no del 1538, como afirma el cronista.

El error de Simón es fácil de explicar. Se basaba, como he­mos visto, en un solo documento que afirmaba tener en la mano y que estaba fechado, según él, en el año de 1537, es decir una fecha en un año posterior a la verdadera. Pero el documento en manos de Fray Pedro no fue un original (lo que además no hubiera sido posible), sino una copia descuidada y tal vez en­mendada [ 210 ] de donde, probablemente debido a un error de la lectura o ligereza de algún escribano (MCXXXVII en vez de MCXXXVI), resultó toda la confusión. ¿ Tal vez se trataba de un apunte que tomó Fray Pedro Simón a la ligera? No afir­mamos que el documento fuese del todo apócrifo ni suponemos mala fe del cronista. Posiblemente hubo un error en que aún hoy puede caer fácilmente cualquier investigador.

Fray Pedro Simón estaba, pues, equivocado en un año y un día, lo que produce la contradicción contenida en su afirmación. Pues si la primera misa hubiera sido dicha “después de cinco meses de como habían entrado los españoles en la tierra del Reino”, la fecha sería ciertamente el mes de agosto, pero del año 1537 y no del 1538 como se sostiene en la misma frase. ¿ Cuál es, pues, el año de esta primera misa y el de la fundación de Bogotá ligada a ella, 1537 o 1538?

Algunas consideraciones parecen apoyar la tesis de que la fecha de esta primera misa fue el mes de agosto de 1537, es decir, “después de cinco meses de como habían entrado los espa­ñoles a la tierra del Reino”, dato que parece proceder de una tradición oral recogida en su época por Fray Pedro Simón y que es más probable que el “calculado” a base de un documento erróneo.

Siempre hubo costumbre entre los españoles, al ocupar de­finitivamente alguna importante capital indígena o territorio, hacer los actos de posesión que prescribía la tradición, como desenvainar espadas, mover piedras, cortar hierbas, etc., decir la misa y dejar asentado el real, es decir, “aposentarse” en ella. De que Jiménez asentó su real en el pueblo principal donde es­taba el “palacio” del zipa Bogotá, lo confirman todos los cro­nistas y muchos documentos históricos [ 211 ] y también aquel que reproduce el testimonio del indio don Gonzalo, intérprete chib­cha de Jiménez, quien atestigua en 1546 en Sevilla que los españoles al llegar al Reino se aposentaron en el pueblo que se lla­maba “la Casa de Bogotá” [ 212 ].

Siguiendo la ruta de los conquistadores, tal como la indica el “Cuaderno de la Jornada” [ 213 ], observamos que el ejército que había llegado el 9 de marzo de 1537 al “primer pueblo de la Sierra”, pasó la Semana Santa, entre el 23 de marzo y el 4 de abril, en Chía. El 5 del mismo mes está en otro pueblo, que es Suba, y el 21 de abril se encuentra en “un pueblo de este mismo valle”, donde queda casi un mes . Este fue indudablemente el pueblo del cacique Bogotá. No pudiendo, nos dicen los historia­dores, conseguir que aquel diese su tesoro, marchó Jiménez a visitar las minas de Somondoco y a conocer los Llanos Orien­tales. Y así lo tenemos, según los apuntes del “Cuaderno”, el 20 de mayo en el “Pueblo del Espíritu Santo” (Chocontá), y el 2 de junio en el “Valle de Las Trompetas” (Turmequé). De aquí al próximo hecho de alguna importancia (el botín conse­guido en Tunja el 29 de agosto) median 78 días durante los cuales no se apunta nada importante en el. “Cuaderno”. Es cierto que, según Castellanos y, naturalmente, Simón que le co­pia, el ejército esperaba en Turmequé los resultados de las ex­ploraciones que hacían los capitanes por mandato de Jiménez a las minas de Somondoco y a los Llanos, y que desde allí hubiera pasado directamente a Tunja. Pero estas afirmaciones no están comprobadas por ningún documento, y bien pudiera ser que el ejército, o una parte de él, se volviera al pueblo del cacique Bogo­tá, antes de marchar a Tunja. Pues es de notar que todos los cro­nistas concuerdan en declarar [2 14 ] que por esta época precisa­mente, es decir, en los meses que precedieron al despojo de Tunja, después que se tuvo noticia de la existencia de las minas de esmeraldas y se hubo conocido el carácter pacífico de la po­blación aborigen y la abundancia de mantenimientos que ofre­cía la provincia, los conquistadores abandonaron definitivamen­te su idea de seguir con la expedición al Perú y resolvieron quedarse en la tierra y poblarla, aprendiendo la lengua aborigen, teniendo ya por entonces bastantes indios —e indias, natural­mente- para su servicio. Bien podía ser el 6 de agosto de aquel año (1537 y no 1538) el día en que se dijo la primera misa, se hicieron los acostumbrados actos de soberanía y se empezaron a construír los ranchos que necesitaba el ejército a modo de viviendas indígenas —una especie de “fundación de hecho”—, tomándose posesión de la tierra, pero sin fijar todavía el sitio definitivo para una población española estable, siendo qué por aquel entonces la mayor parte de la provincia era aún desco­nocida. Esto explicaría el motivo de no haberse hecho esta pri­mera fundación en regla, sino con poca formalidad, así como lo indican Castellanos y Fray Pedro Simón cuando sostienen que en aquel entonces no se nombró cabildo ni se eligieron justicias ni se repartieron solares entre los vecinos ni se hicieron otros actos acostumbrados en semejantes ocasiones. No es, pues, ne­cesario atribuír este hecho, así como lo hacen ambos cronistas, al afán del licenciado Jiménez de marchar a España para pedir el gobierno del Nuevo Reino de Granada para sí (véase cap. XI).



[ 195 ] El territorio de “Pasquíes” no se pudo localizar todavía. Sin embargo, como lo dice acertadamente D. Enrique Otero D’Costa en la carta que escribió al autor el 10 de mayo de 1954, “por su eufonía me parece como del sur, digamos departamento de Nariño, en el Sur de Colombia”.

[ 196 ] La declaración de Peña o semejantes, han inducido posiblemente el error en que incurren varios cronistas cuando dicen que Belalcázar entró “por Arma y Anserma, hasta llegar a Timaná”, lo que es geográficamente un contrasentido.

[ 197 ] 1, Lib. 4. Cap. I.

[ 198 ] Nombre de la primitiva fundación de Timaná

[ 199 ] 15, Par. 1. Lib. 6. Cap. III.

[ 200 ] 37, Par. 2, Not. 2. Cap. XXXVI.XXXVII.

[ 201 ] Ibid.

[ 202 ] 6, Par. 4, Canto 8.

[ 203 ] 37, Par. 2, Not. 1, Cap. XVII.

[ 204 ] Es interesante observar la forma tergiversada como Fray Pedro Simón hace la trans­cripción de la parte correspondiente del documento original (Doc. 845). Las “Instrucciones " no estaban dirigidas a Jiménez de Quesada, como dice Simón, sino al “general que irá a la jornada”; no se trataba de una declaración del propio gobernador, sino del acta compuesta por su secretario, García de Zurita. El cronista omitió la parte que contiene las propias instrucciones y copió la parte final, con lo que aparece como dirigido directamente al licenciado y por el propio gobernador.

Transcribimos a continuación el texto de Fray Simón, subrayandó lo afladido por el cronista:

Don Pedro Fernández de Lugo, adelantado de las Islas Canarias y Gobernador perpetuo de la ciudad de Santa Marta y sus provincias, por Su Majestad: Por la presente le nombro por mi teniente general al licenciado Jiménez de la gente así de pie como de a caballo que está aprestada para salir al descubrimiento de los nacimientos del Rio Grande de la Magdalena, al cual dicho licenciado doy todo el poder cumplido según que vio (En las Instrucciones se lee: “. . . según que yo lo he y tengo”) que tengo de su Majestad, y le mando (En las Instrucciones se lee: “ ... con que no vaya ... ”) que no vaya ni pase en cosa alguna ni en parte de ello de los capítulos susodichos. (En las instrucciones se lee: “...capítulos sobredichos...”), sino que en todo y por todo se cumplan por la forma y manera susodicha, so pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes para la cámara y fisco de Su Majestad. Y mando a todos los capitanes, caballeros y a toda otra gente de guerra que fuere a la dicha entrada que lo obedezcan y acaten como a mi teniente general. (En las instrucciones se lee “...mi teniente y general...”) de mi armada so la dicha pena al que lo contrario hiciere de lo susodicho. El cual dicho poder os doy con todas las inci­dencias y dependencias. Fecha en Santa Marta a primero de abril de mil quinientos treinta y siete años. (En las instrucciones se lee: “....treinta y seis...”). Adelantado.

El documento que tuvo en sus manos Fray Pedro Simón no era, pues, apócrifo, sino “arreglado”. (Vdase Cap. V).

[ 205 ] AGI. Patronato 27. Ramo 16; 14, Lib. 26. Cap. XI, publicado en “Relaciones His­tóricas de América”, Madrid 1916.

[ 206 ] 1, Lib. 2, Cap. V.

[ 207 ] Doc. 910.

[ 208 ] Doc. 845.

[ 209 ] Doc. 846.

[ 210 ] Véase nota 204.

[ 211 ] Por ejemplo, AGI Patronato 27 Ramo 9.

[ 212 ] AGI, Justicia 1.096.

[ 213 ] Doc. 846.

[ 214 ] I, Lib. 3, Cap. VI; 6, Par. 4, Canto 8; 37, Par. 2, Not. 2, Cap. XIII, AGI. Patro­nato 27. Ramo 9, Folio 13 v.

 

Regreso al índice

Siguiente

 
Comentarios (0) | Comente | Comparta c