DIARIO DE BUCARAMANGA

Año de 1828


Día 2 de mayo


Hoy salió para Ocaña el comandante Herrera, despachado por el Libertador, y debe estar de vuelta el 11 ó el 12. Su Excelencia se lo ha encargado así, y ha dicho que cumplirá exactamente, si no lo detienen en Ocaña.

El Libertador desde ayer difundió la noticia de que su viaje sería p Venezuela, y de que marchará con lentitud, deteniéndose algunos días en Cúcuta. También ha dado a entender S.E. que el motivo de su movimiento proviene de que ninguna esperanza le queda de que pueda salir algo bueno de la Convención, sino males, contra los cuales es ya tiempo de prepararse. Esta mañana decía que la mayor parte de los diputados, que se dicen sus amigos, se han manejado con una prudencia parecida al más completo egoísmo, y que lejos de ser útiles eran más bien perjudiciales; que sólo unos pocos habían sostenido el choque del partido desorganizador, con dignidad y firmeza, pero que no habían sido sostenidos por lo demás. Que los adversarios desplegaban una audacia excesiva, y se valían de todos los medios que la intriga puede imaginar, unida a la artería y a la perfidia. S.E. estaba afectado y abatido. "Mis amigos, decía el Libertador, han obrado con poco tino y con menos política. Vieron que había un partido santanderista y por eso han querido oponerle un partido bolivariano, sin calcular, o sin estar seguros de formarlo más numeroso que el otro; pensaron engrosarlo con los del partido neutral, en lugar de estar todos ellos en aquél, sin hablar de partido. Esta es la marcha que habrían debido seguir. No lo han hecho, o por un falso amor propio o por un mal cálculo, o porque la idea no les ha venido; pero los hombres que dicen conocer la política, que se dicen hombres de Estado, deben preverlo todo, deben saber obrar como tales, y probar con resultados que efectivamente lo son, tales como se creen. Mezclados con los neutrales, no habría habido entonces partidos en la Convención, sino una fracción que se habría hecho despreciable y hubiera sido impotente. En fin, ya es tarde; no es tiempo ya; la falta está hecha, y el mal es irremediable. Lo que temo es, que aquella falta atraiga otra y otra como suele suceder".

- Pero, señor, me atreví a decir al Libertador ¿por qué V.E. no insinuó aquella alta y sabia idea a sus amigos?  Porque no he querido, contestando con viveza y con fuego, influir en nada en los negocios de la Convención: sólo he deseado saber lo que pasaba en ella, sin dar consejos particulares: mi mensaje y nada más; de manera que el bien que salga de ella sea todo suyo, como igualmente el mal. Mis enemigos podrán decir que me he metido en algunas intrigas, pero nadie podrá probarlo, ni tampoco ningún documento público o privado; esta es una satisfacción para mí: al fin de mi vida publica, no quiero mancharla"

Estaba aún hablando con el Libertador cuando me anunciaron que un señor Molina quería yerme. Salí al corredor, y dicho señor me entregó dos cartas de mi suegro, el diputado Facundo Mutis, de fecha 15 y 28 del mes anterior, y Molina había salido el 29 de Ocaña. Como me estaba recomendado, le envié a casa para que me aguardase allí; volví cerca del Libertador, y di a S.E. las cartas para que las abriese y las leyese; me las devolvió para que las abriese yo mismo. La del 25 nada decía de nuevo; mas la del 28 me informaba que aquel mismo día se había votado sobre la forma de gobierno y que la Convención había decretado el sistema central, con una mayoría de las dos terceras partes de sus miembros, y que él (Mutis) había sido uno de los de dicha mayoría; La noticia causó mucho placer al Libertador, quien me dijo mandara a buscar al señor Molina para hablar con él. Al llegar éste, SE. le preguntó si traía cartas para él a lo que contestó que no; le hizo en seguida varias preguntas sobre aquella resolución del 28 y sobre otros puntos, a que Molina no pudo satisfacer por estar poco impuesto de los negocios de la Convención. El Libertador extrañó que sus amigos no le hubiesen enviado un posta para informarle de aquella noticia, bien importante.

Algunos de los señores de la casa del Libertador dieron un baile, al que S.E. no quiso concurrir, aunque estaba de muy buen humor. Como a las diez salí del baile, y fui a ver si el Libertador se había acostado. Le hallé en su hamaca, y me preguntó si el baile estaba bueno; contéstele que había muchas señoras y mucha alegría. "Estaba persuadido de lo uno y de lo otro. En esta villa nadie falta al baile; y no estando yo allí, debe haber una alegría ruidosa. Vea usted: la noticia que le ha dado su suegro es exactamente tal como la había pensado, es decir, que en aquella cuestión los neutrales y los del señor Castillo se unirían contra los de Santander; pero que en las otras, los dos últimos se unirían contra el primero. Es no tener vista el no haberlo calculado así". Quería retirarme, pero me dijo S.E. que todavía no tenía sueño. Me contó que había sido muy aficionado al baile, pero que aquella pasión se había totalmente apagado en él; que siempre había preferido el vals; y que hasta locuras había hecho bailando de seguido horas enteras, cuando tenía una buena pareja. Que en tiempo de sus campañas, cuando su cuartel general se hallaba en una ciudad, villa o pueblo, siempre se bailaba casi todas las noches y que su gusto era hacer un vals, ir a dictar algunas órdenes u oficios, y volver a bailar y a trabajar; que sus ideas entonces eran m claras, m fuertes, y su estilo m elocuente; en fin, que e baile lo inspiraba y excitaba su imaginación. "Hay hombres, me dijo, que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo pensaba, reflexionaba y meditaba en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas. Sí, continuó, me hallaba solo en medio de mucha gente, porque me hallaba con mis ideas y sin distracción. Esto es lo mismo que dictar varias cartas a un mismo tiempo, y también he tenido esa originalidad".

"Dígame usted, continuó el Libertador, creo que Napoleón se quejaba mucho de no haber sido ayudado por los de su familia a quienes había colocado sobre varios tronos de Europa". - Sí, señor, particularmente de su hermano Luis, rey de Holanda, y de Murat, rey de Napoles - "Yo no he colocado, dijo, casi ningún pariente en los altos destinos de la República; pero vea usted cómo he sido ayudado también por los que los han desempeñado. Vea usted la conducta de Santander en Bogotá, durante mi ausencia; la de Paez en Venezuela; la de Bermúdez en Maturín; la de Arismendi en Caracas; la de Mariño entonces y en todos los tiempos; la de Padilla en Cartagena, y se convencer usted que todos ellos ocupando los primeros destinos de Colombia, han contrariado mi marcha, han impedido la organización del país, han sembrado la discordia, fomentado partidos, perdido la moral pública e insubordinado el ejército Ellos, pues, con  grados de diferencia, son los únicos autores de los males de la patria, de la disolución de que esta la República y de la desastrosa anarquía que se está preparando. Si por lo contrario, todos ellos, y los movidos por sus influencias, hubieran caminado en unión conmigo, de acuerdo y de buena fe, la República, su gobierno y sus instituciones, estarían sentados sobre una roca, y, nada podría, no digo derribarlos. ni siquiera hacerlos bambolear. Los pueblos serían ubres y felices, porque con la tranquilidad interior y la confianza, todo habría progresado, hasta la ilustración, y con ella el liberalismo y la verdadera libertad. Napoleón, pues, mi amigo, no es el solo que haya tenido que quejarse de aquellos a quienes había dado su confianza. Yo, así como él, no he podido hacerlo todo solo, lo que organizaba lo desbarataban otros; lo que componía, otros volvían a descomponerlo. Si acaso pensaba en hacer un cambio, al momento se me presentaba la certidumbre de que el remedio sería peor que el mal. Tal ha sido y es mi situación. No se me acusará de haber elevado y puesto en altos destinos del Estado a individuos de mi familia, al contrario, se me puede reprochar el haber sido injusto para con algunos de ellos, que seguían la carrera militar. Por ejemplo, mi primer edecán, Diego Ibarra, que me acompaña desde el año de 1813, ¡cuantos años ha quedado de capitán, de teniente coronel y de coronel! Si no hubiera sido mi pariente, estuviera ahora de general en jefe como otros que quizás han hecho menos que él; hubiera entonces premiado sus largos servicios, su valor, su constancia a toda prueba, su fidelidad y patriotismo, su consagración tan decidida, y hasta la estrecha amistad y la alta estimación que siempre he tenido por él : pero era mi pariente, mi amigo, estaba a mi lado, y estas circunstancias son causa de que no tenga uno de los primeros empleos en el ejército. Mi sobrino, Anacleto Clemente, se ha quedado en el grado de teniente coronel. Mas ya es tarde y tiempo de ir a dormir a menos que prefiera usted volver al baile . - No, señor, iré a dormir, contesté; y pensando en todo lo que me había dicho dejé a S.E. y llegado a mi casa lo anoté como acabo de referirlo.

Día 3

Esta mañana, temprano, todos los de la casa del Libertador hemos recibido un nuevo impreso político del doctor Valenzuela, igual a los anteriores, es decir, poco importante. En el almuerzo S.E. hablando sobre el dijo: Pobre político que tiene la debilidad de creerse un segundo Abate de Pradt, capricho que nadie le quitará al cura de Bucaramanga, y el de suponerse en política y en materias de Estado tan sabio como el arzobispo de Manilas" . - Señor, le dije al Libertador, Napoleón llamó a de Pradt radoteur y, sin embargo, lo reputaba por buen negociador, como hombre de un gran talento, de extensas luces y buen historiador y crítico. - "Entonces, dijo el Libertador, tenía razón. Aunque se ha equivocado en algunas de sus predicciones, será siempre un sabio, un gran escritor". Concluyó el almuerzo, el Libertador quedó solo, y todos se fueron a sus ocupaciones. En la comida no hubo nada notable.

Día 4

A las siete de la mañana llegó un extraordinario de Ocaña; salió de dicha ciudad el 29 del próximo pasado por la tarde, traía multitud de cartas para el Libertador, y, con ellas, la noticia comunicada por mi suegro, y recibida el día 2. S.E. me leyó la del señor Castillo que, con énfasis, dice: Que el ejército de la unidad e integridad nacional ha gana4o una gran victoria sobre el ejército contrario; que la fuerza moral de este último se ha debilitado mucho; y concluye aconsejando a SE. no moverse todavía de Bucaramanga. "El señor Castillo, dijo el Libertador, está en las suyas; no se cuándo se desengañará y querrá ver las cosas como son, y no como se las está imaginando. Seguramente que me quedaré todavía aquí; pero no porque me lo dice, sino porque me conviene hacerlo hasta el regreso del comandante Herrera". Las demás cartas decían, poco más o menos, lo que la del señor Castillo, y todas hablaban del triunfo de la votación en la cuestión de Gobierno central que había decretado la Convención, desechando el sistema federal.

Después del almuerzo, el Libertador dijo al general Soublette que diese orden para suspender de su destino de presidente de la Corte Superior de Cartagena al doctor Rodríguez, y para que se le haga seguir para la capital de Bogotá a dar cuenta de su conducta; estando acusado dicho magistrado de haber aprobado los hechos criminales del general Padilla, y de haber entorpecido la acción del comandante general del Magdalena, respecto a la expulsión del país de varias personas calificadas de desafectas y otras peligrosas complicadas en el movimiento del expresado general Padilla. Esta medida ha sido solicitada por el general Montilla, que ha enviado a SE. los documentos que justificaban la acusación. "Vean ustedes, dijo S.E., lo que son las revoluciones, y cómo las circunstancias cambian los hombres. Aquel señor Rodríguez, es uno de los mejores y m distinguidos abogados de Colombia; tiene muchas luces, pero también un genio inquieto, enredador e interesado; su talento y su propensión a la intriga, lo ha sido muy enemigo de Santander y muy amigo de Montilla, y ahora es al contrario: yo lo he considerado como a un hombre que debía ser alejado de los empleos, y a quien debía tratarse de disminuirle la influencia. Siempre ha sido esta mi opinión, y si se hubiera seguido no tendríamos hoy el escándalo de mandarlo suspender de sus funciones de presidente de una corte superior". Siguió S.E. citando varios ejemplos de igual naturaleza, diciendo que "el arte de la política es el de precaver, y que éste consiste en saber juzgar bien a los hombres y a las cosas; en el conocimiento profundo del corazón, y de los móviles o principales motivos de sus acciones; que él muy raras veces se había equivocado en sus conceptos o juicios, pero que no había podido seguir siempre sus ideas, algunas veces por falta de sujetos más propios y más competentes para los destinos, otras, porque las circunstancias del momento no permitían la elección o el cambio, y otras, en fin,' porque las recomendaciones, las fuertes instancias le quitaban toda libertad y le obligaban a colocar a los que no podían merecer su confianza, pues el no haberlo hecho, era más peligroso que dar el empleo a aquél por quien se interesaban tanto sujetos de alto influjo". Concluyó diciendo SE.: "Con los elementos morales que hay en el país, con nuestra educación, nuestros vicios y nuestras costumbres, sólo siendo un tirano, un déspota, podría gobernarse bien a Colombia. Yo no lo soy, y nunca lo seré, aunque mis enemigos me gratifican con aquellos títulos; mas mi vida pública no ofrece ningún hecho que los compruebe. El escritor imparcial que escriba mi historia, o la de Colombia, dirá que he sido Dictador, jefe supremo nombrado por los pueblos, pero no un tirano ni un déspota".

Después de la comida, el Libertador salió a caballo, con todos nosotros; nos llevó como siempre a todo el paso de su caballo, que es muy andador, lo que nos obliga a todos a seguirlo a galope; parece que S.E. quería sacudirse y sacudimos; poco se habló. Después fuimos un momento a la casa del cura, y S.E. se retiró temprano, diciéndonos que mañana o pasado mañana iríamos a pasar el día en el campo; pero que nos avisaría, porque iríamos todos jun tos. Preguntó al general Soublette si había mucho que despachar en su secretaría, y éste le contestó que no quedaba nada urgente.

Día 5

Los correos ordinarios de Bogotá y del Sur, llegaron esta mañana. Con el primero vino el parte que una compañía del batallón Vargas, estacionada en Honda, se había amotinado contra su capitán, llamado Lozada. S.E. dio orden para que se hiciese regresar dicha compañía a Bogotá, donde se halla su cuerpo, y que allí se abriese el juicio a los complicados en el motín y sufriesen, cualquiera que fuese el número de ellos, la sentencia del Consejo de guerra.

El correo del Sur trajo cartas del general Flores para el Libertador. Este general, encargado del mando del ejército del Sur, ha dirigido a S.E. copia de una carta que con el mismo correo envía, dice, a su compadre el general Santander, en Ocaña. Su análisis es éste: Habla del bien y del mal que puede salir de la Convención; de la desconfianza que los pueblos y las tropas tienen de ella y del odio general que existe contra muchos de sus miembros, y concluye diciendo: que él y el ejército de su mando, están prontos para marchar a Bogotá, y más allá si fuere necesario para degollar a todos los enemigos del Libertador, del centralismo y de la unidad nacional, y que empezará por él ( Santander) si, como se dice, es el jefe del partido demagógico. " dicen ustedes de la elocuencia de Flores? preguntó el Libertador. - Que es capaz de hacerlo, contestó el coronel Ferguson. - De hacerlo sí, replicó S.E. pero no de haberlo escrito. Yo conozco a Flores: en astucia, sutilezas de guerra y de política, en el arte de la intriga y en ambición, pocos lo aventajan en Colombia. Tiene una gran talento natural, que está desarrollando él mismo por me dio del estudio y de la reflexión; sólo ha faltado a Flores el nacimiento y la educación. A todo esto une un gran valor, y el modo de hacerse querer, es generoso y sabe gastar a tiempo; pero su ambición sobresale sobre todas sus cualidades y defectos, y es el móvil de todas sus acciones. Flores, si no me engaño, está llamado a hacer un papel considerable en este país. En resumen de todo lo dicho, no creo que haya escrito a Santander la carta que dice. Me ha dirigido esta copia, creyendo halagarme. Sin embargo, el general Flores es uno de los generales de la República en quien tengo una verdadera confianza, y lo creo mi amigo".

Dijo después el Libertador que lo que había de cierto era que el coronel cordero era el jefe nombrado por el ejército del Sur para presentar a la Convención las actas de aquellas tropas, y obrar en Ocaña según las circunstancias en nombre de dicho ejército.

Pon el correo ordinario llegado hoy también de Ocaña, se han recibido todas las actas de Venezuela, que el presidente de la Convención remite a SE. con el fin de que como encargado de la tranquilidad de la República y disciplina de las tropas, dicte las providencias del caso. Dicha remisión ocupa bastante el espíritu de S.E. y no se sabe aún la resolución que tomará; hasta ahora no lo ha manifestado, y se ha limitado a oír lo que le han dicho el general Soublette y demás que están su lado. El negocio es delicado; la Convención se ha negado a oír los reclamos de los pueblos y del ejército, y por el contrario reclama del jefe del poder ejecutivo medidas de represión contra los fírmatorios de dichos documentos. Por la tarde, el Libertador nos dijo que mañana iríamos al campo para refrescar un poco la cabeza y ver de buscar ideas más serenas y más sensatas. Se veía en su semblante la agitación de su espíritu y el trabajo de la imaginación. Al separarse de nosotros para retirarse a su cuarto, nos dijo: "Quisiera saber si el señor Castillo tornará también por una victoria de su ejército la devolución de las actas de Venezuela".

Día 6

La casa de campo a donde hemos acompañado a S.E. esta mañana, dista dos leguas de esta villa: en ella almorzamos y comimos. Sólo el general Soublette no fue al paseo por hallarse un poco indispuesto. Durante el día fuimos a cazar y S.E. se apartó de nosotros, quedando bastante distante y solo, m de hora y media; pero siempre nos mantuvimos a su vista, aunque él trataba de ocultarse de nosotros. Habiéndose vuelto a juntar, nos dijo: "Mucho me están ustedes cuidando, lo mismo que si tuvieran sospechas de algún complot contra mi persona. Díganme francamente, ¿les han escrito algo de Ocaña?" Viendo que nadie contestaba, el coronel Ferguson sacó una carta de O'Leary y la presentó a S.E., quien, después de haberla leído, dijo: "seguramente que todos ustedes tenían conocimiento de esta carta?" El mismo coronel Ferguson que la había mostrado a todos, contestó que sí, pero que todos guardaban secreto sobre su contenido. "Siendo así, continuó el Libertador, lean ustedes la que Briceño me ha dirigido: yo no quería mostrarla a nadie, ni hablar de ella; pero puesto que ustedes están instruidos del mismo negocio, impónganse de todos los pormenores que O'Leary no ha dado en la suya".
 

Leímos la carta del general Pedro Briceño Méndez, que en sustancia decía. Que un asistente de Santander había oído a éste hablar con Vargas Tejada, Azuero y Soto, del Libertador, lo que llamó su atención, y oyó muy distintamente que trataban de enviar a Bucaramanga a un oficial para asesinarlo; que el asistente, cuando oyó aquel infernal proyecto, estaba componiendo la cama de Santander, como a las nueve de la noche; que horrorizado con la premeditación de un crimen que debía quitar la vida al Libertador, a quien siempre había querido, fue al día siguiente a contar lo que había oído a una señora que sabía ser amiga del general Bolívar, lo que le ha comunicado una de las criadas de dicha señora con quien tenía relaciones. Que la señora, luego que estuvo impuesta, envió a buscar al general Briceño, a quien hizo la relación de lo ocurrido; que este general habló el mismo día con el asistente, quien le confirmó todo lo que había contado a la señora. El coronel O'Leary en su carta, decía solamente que estaba instruido de que un oficial debía ir desde Ocaña a Bucaramanga, enviado por Santander, con el proyecto de asesinar al Libertador; y que, por lo mismo, debía tenerse mucho cuidado con los que llegaran, y de no dejar solo a S.E. El Libertador, hablando sobre el mismo negocio, decía que aunque conocía la exaltación del general Santander y de sus compañeros, no podía creer que llegasen a formar tal proyecto; que su asistente habría oído mal, o quizás habría inventado el cuento, y que, finalmente, aunque fuera cierto, no les sería fácil encontrar quien se encargase de dicho proyecto, y que muy difícil sería aún la ejecución; que por todos aquellos motivos, poco cuidado le había dado el aviso de Briceño; que, sin embargo, hay ciertas reglas de prudencia de las que los insensatos sólo se apartan, y casos también, en que toda prudencia es inútil, porque nuestra buena o mala suerte o, si se quiere, el acaso solo, y  no nuestra previsión, nos salva o nos pierde; que en Jamaica y en el rincón de los Toros, no fueron ciertamente sus cálculos prudentes, ni sus medidas previsivas las que le salvaron la vida, sino sólo su buena fortuna. Yo entonces le dije que había oído referir varias veces aquellos dos acontecimientos extraordinarios, pero con tantas variantes que me hacían dudar de la verdad. "Pues señor, dijo el Libertador, para que no le quede a usted ninguna duda, y para que conozca sus pormenores, oiga y oigan ustedes también, (dirigiéndose a los demás), cómo pasaron las cosas". Todos nos pusimos alrededor del Libertador, sentados a la sombra de unos grandes árboles; nuestros perros hacían la guardia, situados cerca de nosotros, y nuestros asistentes estaban a cierta distancia, contando igualmente sus cuentos. El Libertador principió de este modo:

"Algunos días antes de mi salida de Kingston, en Jamaica, para la Isla de Haití, en el año de 1816, supe que la dueña de la posada en que estaba alojado con el actual general Pedro Briceño Méndez y mis edecanes Rafael A. Páez y Ramón Chipia, había tratado mal y aun insultado a este último, faltándole así a la consideración debida, lo que me hizo no sólo reconvenirla fuertemente, sino que determiné mudar de alojamiento. Efectivamente, salí con mi negro Andrés con el objeto de buscar otra casa, sin haber participado a nadie mi proyecto; hallé lo que buscaba y me resolví a dormir en ella aquella misma noche, encargando a mi negro de llevarme allí una hamaca limpia, mis pistolas y mi espada; el negro cumplió mis órdenes sin hablar con nadie, aunque no se lo había encargado, por que era muy reservado y callado. Asegurado mi nuevo alojamiento, tomé un coche y fui a comer a una casa de campo de un negociante que me había convidado. Eran las doce de la noche cuando me retiré, y fui directamente a mi nueva posada. El señor Amestoy, antiguo proveedor de mi ejército, debía salir de Kingston para los Cayos al siguiente día, en una comisión de que lo había encargado, y vino aquella misma noche a mi antigua posada, para yerme y recibir mis últimas instrucciones; no hallándome, aguardó pensando que llegaría de un momento a otro. Mi edecán Páez se retiró un poco tarde para acostarse, pero quiso antes beber agua y halló la tinaja vacía; entonces despertó a mi negro Piito y éste tomó dicha tinaja para ir a llenarla; mientras tanto el sueño se apoderaba de Amestoy que como he dicho me aguardaba, y él se acostó en mi hamaca, que estaba colgada, pues la que Andrés había llevado a mi nuevo alojamiento la había sacado de los baúles. El negrito Pio o Piíto, pues así lo llamábamos, regresó con el agua, vio mi hamaca ocupada, creyó que el que estaba dentro era yo, se acercó, y dio dos puñaladas al infeliz Amestoy que quedó muerto. Al recibir la primera dió un grito, moribundo, que despertó al negro Andrés quien al mismo instante salió para la calle y corrió para mi nuevo aloja miento, que sólo él conocía; me estaba refiriendo lo ocurrido cuando entró Pío, que había seguido a Andrés. La turbación de Pío me hizo entrar en sospechas; le hice dos o tres preguntas, y quedé convencido de que él era el asesino, sin saber todavía quién era la víctima. Tomé al momento una de mis pistolas, y dije entonces a Andrés que amarrase a Pío. Al día siguiente confesó su crimen y declaró haber sido inducido por un español para quitarme la vida. Aquel negrito tenía 19 años, desde la edad de 10 a 11 estaba conmigo, y yo tenía absoluta confianza en él. Su delito le valió la muerte, que recibió sobre el cadalso. El español designado como inductor fue expulsado de Jamaica, y nada más, porque no se le pudo probar nada. Hay datos para creer que dicho individuo había sido enviado por el general español que mandaba entonces en Venezuela. Miren ustedes, continuó el Libertador, qué casualidad fue la que me salvó la vida y la hizo perder al pobre Amestoy. ¿Qué decir, qué concluir de esto? Que fue un acaso feliz para el uno y desgraciado para el otro. Ahora oigan este otro acontecimiento que también quiere conocer el coronel Lacroix. En la campaña de 1818, que así como la del año de 14 fue Una mezcla de muchas victorias y reveses, pero que no tuvo los resultados funestos de aquélla, sino consecuencias favorables e importantes para mi ejército y la nación, marché un día de San José de Tiznados, con poco más o menos 600 infantes y 800 hombres de caballería, con el objeto de ir a reunirme con las tropas que mandaba el general Páez. Había dado orden para que mi división acampara en una sabana del Rincón de los Toros, donde llegó como a las cinco de la tarde; yo llegué al anochecer, y fui enseguida a situarme con mis edecanes y mi secretario, el actual general Briceño Méndez, bajo una mata que conocía yo, y en donde colocaron mi hamaca. Después de haber comido algo, me acosté. Encargué al general Diego Ibarra, mi primer edecán, de situar la infantería en el punto que le había indicado, y después se había ido, sin que lo supiera yo, a un baile que había no sé en qué lugar, para regresar después de media noche a mi campamento. Apenas hacía dos horas que estaba durmiendo, cuando llegó un llanero a darme parte de que los españoles habían llegado a su casa, distante dos leguas de mi campamento, y que eran muy numerosos y los había dejado descansando. Según las contestaciones que me dio, y las explicaciones que le exigí, juzgué que no era el ejército del general Morillo, pero sí una fuerte división, mucho más numerosa que la mía. El temor de que me sorprendiesen de noche, me hizo dar órdenes en el momento para que se cargasen las municiones y todo el parque y se levantara el campo, con el objeto de ir a ocupar otra sabana, y engañar así a los enemigos que seguramente vendrían a buscarnos en la que estábamos. Dos de mis edecanes fueron a comunicar aquellas órdenes y a activar el movimiento, debiendo avisarme cuando empezara. Volví a acostarme en mi hamaca, y en aquel mismo momento llegó mi primer edecán quien, por no despertarme, se acercó sin ruido y se acostó cerca de mí, en el suelo, sobre una cobija; yo le oí, lo llamé y de di orden de ir a donde estaba el jefe de Estado Mayor, para que se apresurase el movimiento. El general Ibarra fue a pie a cumplir aquella disposición, mas apenas hubo andado un par de cuadras en la dirección en que estaba el Estado Mayor, cuando oyó al general Santander, jefe entonces de dicho E.M., y habiéndose acercado a él, le comunicó mi orden, y entonces Santander le preguntó, en voz alta, dónde me hallaba yo. Ibarra le enseñó y Santander, picando la mula, vino a darme parte de que todo estaba listo y de que las tropas iban a empezar el movimiento. Ibarra regresó en aquel momento; yo estaba sentado en mi hamaca, poniéndome las botas; Santander seguía hablando conmigo; Ibarra se acostaba, cuando una fuerte descarga nos sorprende, y las balas nos advierten que habían sido dirigidas sobre nosotros: la oscuridad nos impidió distinguir los objetos. El general Santander gritó en el mismo instante: el enemigo. Los pocos que éramos nos pusimos a correr hacia el campo, abandonando nuestros caballos y cuanto había en la mata. Mi hamaca, según supe después, recibió dos a tres balazos; yo, como he dicho, estaba sentado en ella, pero no recibí herida ninguna, ni tampoco Santander, Ibarra ni el general Briceño, que estaban conmigo; la oscuridad nos salvó. La partida que nos saludó con sus fuegos, era española. Se ha dicho que los enemigos, al entrar en la sabana, encontraron allí un asistente del padre Prado, capellán del ejército, que estaba cuidando unos caballos; que lo cogieron y amarra ron, obligándolo a conducirlos a la mata, donde me halla buscarnos en la que estábamos. Dos de mis edecanes fueron a comunicar aquellas órdenes y a activar el movimiento, debiendo avisarme cuando empezara. Volví a acostarme en mi hamaca, y en aquel mismo momento llegó mi primer edecán quien, por no despertarme, se acercó sin ruido y se acostó cerca de mí, en el suelo, sobre una cobija; yo le oí, lo llamé y de di orden de ir a donde estaba el jefe de Estado Mayor, para que se apresurase el movimiento. El general Ibarra fue a pie a cumplir aquella disposición, mas apenas hubo andado un par de cuadras en la dirección en que estaba el Estado Mayor, cuando oyó al general Santander, jefe entonces de dicho EM., y habiéndose acercado a él, le comunicó mi orden, y entonces Santander le preguntó, en voz alta, dónde me hallaba yo. Ibarra le enseñó y Santander, picando la mula, vino a darme parte de que todo estaba listo y de que las tropas iban a empezar el movimiento. Ibarra regresó en aquel momento; yo estaba sentado en mi hamaca, poniéndome las botas; Santander seguía hablando conmigo; Ibarra se acostaba, cuando una fuerte descarga nos sorprende, y las balas nos advierten que habían sido dirigidas sobre nosotros: la oscuridad nos impidió distinguir los objetos. El general Santander gritó en el mismo instante: el enemigo. Los pocos que éramos nos pusimos a correr hacia el campo, abandonando nuestros caballos y cuanto había en la mata. Mi hamaca, según supe después, recibió dos a tres balazos; yo, como he dicho, estaba sentado en ella, pero no recibí herida ninguna, ni tampoco Santander, Ibarra ni el general Briceño, que estaban conmigo; la oscuridad nos salvó. La partida que nos saludó con sus fuegos, era española. Se ha dicho que los enemigos, al entrar en la sabana, encontraron allí un asistente del padre Prado, capellán del ejército, que estaba cuidando unos caballos; que lo cogieron y amarraron, obligándolo a conducirlos a la mata, donde me hallaba último hacía alarde de nadar más que los otros; yo le dije algo que le picó, y entonces me contestó que también nadaba mejor que yo. A cuadra y media de la playa, donde nos hallábamos, había dos cañoneras fondeadas, y yo, picado también, dije a Martel que, con las manos amarradas, llegaría primero que él a bordo de dichos buques. Nadie quería que se hiciese tal prueba, pero animado yo había vuelto a quitar mi camisa, y con los tirantes de mis calzones, que di al general Ibarra, le obligué a amarrarme las manos por detrás; me tiré al agua, y llegué a las cañoneras con bastante trabajo. Martel me siguió y, por supuesto, llegó primero. El general Ibarra, temiendo que me ahogase, había hecho colocar en el río dos buenos nadadores para auxiliarme, pero no fue necesario. Este rasgo prueba la tenacidad que tenía entonces, aquella voluntad fuerte que nada podía detener; siempre adelante, nunca atrás: tal era mi máxima, y quizá a ella debo mis triunfos y lo que he hecho de extraordinario

Día 7

El Libertador quiso despachar hoy el negocio de las representaciones de Venezuela, pasadas a S.E. por el presidente de la Convención y por disposición de dicha asamblea. dio sus órdenes al general Soublette, quien ofició al general Páez, jefe superior de Venezuela, transmitiéndole la nota del citado presidente de la Convención, diciéndole en conclusión: que se le hacía dicha trascripción para que cumpliera con su deber de mantener el orden público y la disciplina militar en las providencias de su mando, satisfaciendo con esto la excitación de la Gran Convención. Puesto el oficio, lo llevé al Libertador para que lo viera y dijese si era así como lo quería. "Esto es bastante, dijo S.E., no debe decirse más; la trascripción del oficio es lo importante; usted lo ve, este negocio me ha ocupado demasiado, pero no he vuelto a pensar en él desde que lo consideré como una pelota que el general Páez había tirado sobre la Convención, que ésta me ha rebotado, y que yo devuelvo a Paez; allá quedará y no volverá más a hablarse del asunto". sin embargo, el Libertador envió una larga carta particular al mismo general Páez sobre el mismo objetivo, advirtiéndole de todo lo que pasa en Ocaña.

Por la tarde llegó el correo ordinario de Ocaña, con noticias hasta el 3, y, como de costumbre, con muchas cartas particulares y algunos oficios. Las más importantes noticias son las siguientes: que la Convención no había tomado en consideración el mensaje del Libertador relativo al doctor Peña; que el proyecto de Constitución estaba en poder de una comisión, y que debía ponerse en discusión el 4 ó el 5 del corriente. Vino igualmente la contestación de la Convención al primer mensaje del Libertador, el que esta en términos muy honoríficos para él; y la noticia de que por momentos se aguardaban en Ocaña otros diputa dos más del Sur que debían engrosar el partido del señor Castillo.

Después de la comida, presentaron al Libertador la esposa de Miguel Amaya, acompañada de su hermana. Aquella Señora venía del Socorro con el objeto de solicitar que se le permitiese a su marido quedar en el presidio urbano de aquella ciudad y no seguir para el de Puerto Cabello, en cumplimiento de la sentencia de la Corte superior de Bogota, que lo había condenado por un robo muy escándalo de mulas. Más de media hora quedaron con S.E.; pero nada lograron, y salieron muy disgustadas. Terminada aquella audiencia, el Libertador fue a la Secretaría general; dijo al general Soublette que era cosa escandalosa que el gobernador de la provincia del Socorro hubiese permitido que Amaya quedase libre en aquella ciudad en lugar de hacerlo seguir para el presidio al cual había sido condenado, y luego S.E. dictó él mismo un oficio para dicho gobernador, concebido en los términos siguientes: "Que habiendo sabido S.E. el Libertador-Presidente, que había demora do el cumplimiento de la sentencia que manda a Miguel Amaya al presidio de Puerto Cabello, ha extrañado que el gobernador se haga delincuente de la falta de ejecución de las sentencias de los tribunales de justicia y de las órdenes de los magistrados superiores, contribuyendo de este modo al desprecio de las leyes y de sus ministros; que dicho gobernador debía esforzarse en mantenerlas. Que en vano se alega el estado de enfermedad de Amaya, cuando son notorias su salud y robustez, y cuando lo es también el escándalo de su matrimonio con una señorita de esa villa, con lo que parece se ha querido dar el más positivo testimonio del estado de desmoralización de nuestros pueblos". Este fue el oficio que dirigió al gobernador sobre dicho Amaya, que, sentenciado a presidio por robo, se le había tolerado en el Socorro, donde derrochaba escandalosamente, y donde se había casado con la señorita Bárbara Bustamante, perteneciente a una de las primeras familias de aquella ciudad. Por la noche, el Libertador habló del mismo negocio y dijo: "Las dos señoras que ustedes han visto esta tarde son hermana e hija del señor Bustamante, del Socorro. La mayor, Barbarita, no podía inspirarme mayor interés porque el haberse casado con Amaya, estando éste ya sentenciado a presidio por hurtos, es un escándalo intolerable que la hace despreciable; un paso tal es el colmo de la inmoralidad, y no sólo deshonra a aquella señora, sino al padre y a los que se han mezclado en dicho enlace. Se ha dicho que el estado de pobreza en que se halla aquella familia la disculpa, ¡qué error! es una mancha que nada puede quitar. Yo, como primer magistrado de la República, he debido mandar que se cumpliese la sentencia: era mi deber hacerlo; sin embargo, no faltará quién diga que lo he hecho por odiosidad a aquella familia, y porque Bustamante, el traidor del Perú, es hermano de la mujer de Amaya. Una medida general había suspendido la pensión que en calidad de jubilado tenía Bustamante el padre; pero en consideración a su mala situación, he dado orden que se le continúe: con esto seguramente he demostrado no tener odio por aquella familia. Las culpas son persona. les y nadie más que yo es amigo de ese principio".

La conversación duró todavía algunos momentos sobre otras materias. S.E. dijo que era preciso pedir dinero a Bogotá, y que quizá se vería obligado a aguardar que llegara, antes de ponerse en marcha. Recomendó al general Soublette hacerlo mañana, y dar orden para que se remitiera inmediatamente. "No obstante, prosiguió S.E., según las noticias que vengan con el comandante Herrera, seguiré para Cúcuta y allí aguardaré el dinero. En fin, hasta la venida de Bernardo no puedo determinar nada, y como debe verificarse dentro de pocos días, es inútil dar contraorden por los bagajes que se han pedido". S.E. se retiró a su cuarto y cada uno de nosotros a su casa.

Día 8

Por la mañana llegó de Pamplona el teniente Freire, oficial de mi E.M., a quien por orden del Libertador había yo mandado venir para ayudar en el despacho de la Secretaría general. S.E. le hizo varias preguntas sobre el general Fortoul, y Freire le dio a entender que no había salido muy contento de Pamplona. Luego que se fue este oficial, el Libertador me dijo que lo hiciese venir a comer todos los días a su mesa, que se lo dijese. Después de almorzar, S.E. se puso a despachar con su secretario particular.

En la comida, el Libertador estuvo muy alegre; nos contó varias anécdotas de su vida, anteriores al año 1810 y durante el tiempo de sus viajes por Europa. Habló de lo que hizo en Italia; dijo que había asistido a una gran revista pasada por Napoleón al ejército de Italia en la llanura de Montesquiaro, cerca de Castiglione; que el trono del emperador se había colocado sobre una pequeña eminencia, en medio de aquella gran llanura; que mientras desfilaba el ejército en columnas delante de Napoleón, que estaba sobre el trono, él y un amigo que le acompañaba, se habían colocado al pie de aquella eminencia, de donde podían con facilidad observar al emperador; que éste los miró varias veces con un pequeño anteojo de que se servía, y que entonces su compañero le dijo: "Quizás Napoleón, que nos observa, va a sospechar que somos espías , que aquella observación le dio algún cuidado y lo determinó a retirarse. "Yo, dijo S.E., ponía toda mi atención en Napoleón, y sólo a él veía, entre toda aquella multitud de hombres que había allí reunidos; mi curiosidad no podía saciarse, y aseguro que entonces estaba muy lejos de prever que un día sería yo también el objeto de la atención, o, si se quiere, de la curiosidad de casi todo un continente, y puede decirse también del mundo entero. ¡Qué Estado Mayor tan numeroso y tan brillante tenía Napoleón, y qué sencillez en su vestido! Todos los suyos estaban cubiertos de oro y ricos bordados, y él sólo llevaba sus charreteras, un sombrero sin galón y una casaca sin ornamento alguno; esto me gustó, y aseguro que en estos países hubiera adoptado para mí aquel uso, si no hubiese temido que dijesen que lo hacía por imitar a Napoleón, y a lo cual hubiesen agregado después que mi intención era de imitarlo en todo."


Habló después S.E. de lo reducido que había sido siempre su E.M. que, sin embargo, tenía el título pomposo de E.M. General Libertador; que nunca había tenido a la vez más de cuatro edecanes; que entre ellos había siempre considerado al general Ibarra como a su Duroc, a quien Napoleón hizo gran mariscal de Palacio y duque de Frioul; que en el general Pedro Briceño Méndez tenía a su Clarke, ministro de la guerra de Napoleón y duque de Fekre; que en el general Salom tenía a su Berthier, i general del gran ejército de Napoleón y príncipe de Neufchatel y de Wagram; que él podría hacer otras comparaciones, pero no tan exactas como aquellas. ¡Pero que diferencia, exclamo el Libertador, en el grado de escala social en que se han hallado los unos y los otros de aquellos hombres! ¡Qué diferencia entre el rango, la opulencia y la elevación entre ello unos llenos de riquezas, de títulos y honores; los otros pobres con el solo título militar y los honores modestos de una República; pero también los primeros, súbditos de un monarca poderoso; los segundos, ciudadanos de un Estado libre; aquellos favoritos del emperador, éstos, amigos del Libertador. Los sibaritas del siglo preferían seguramente el lugar de los primeros; pero los Licurgos y Catones modernos preferirían haber sido los segundos". Habló después S.E. de los edecanes que había tenido desde que le dieron el grado de general, y habiéndose olvidado de algunos, yo le cité a Demarquet y a Ducoudray, y entonces dijo, que el primero lo había sido y de mucho mérito; pero que Ducoudray Holsteine nunca lo había sido ni había merecido su confianza, y continuó diciendo: "Ducoudray Holsteine me conoció en Cartagena en el año de 15, y después de la evacuación de aquella plaza, se me presentó en los Cayos cuando yo estaba preparando mi primera expedición para la Isla de Margarita: yo lo admití, porque entonces todos los que se presentaban para ayudarme eran los bien venidos; lo puse en el Estado Mayor, pero nunca tuve confianza en él para nombrarlo mi edecán; por el contrario, tenía una idea bien poco favorable de su persona y de sus servicios, pues me lo figuraba como una especie de caballero de industria que había venido a engañarme con falsos despachos, porque me habían asegurado que los que había presentado no eran suyos. Poco permaneció Ducoudray con nosotros, se retiró y me hizo un verdadero placer".

Esta conversación me dio motivo para satisfacer una curiosidad, y al efecto le pregunté quién era su primer edecán si el general Ibarra o el general O'Leary, porque ambos tomaban aquel título. "Es verdad, contestó el Libertador, que ambos se llaman mi primer edecán; ambos tienen razón, pero esa es una historia que es preciso tomar desde el principio, y voy a referírsela. Hasta el año de 1821, o más bien hasta después de la batalla de Carabobo, no había dado el titulo de primer edecán a ninguno de los míos. En aquella jornada, Ibarra se portó, como siempre, con mucha bizarría, distinguiéndose de un modo muy honroso; el jefe del E.M. no lo olvidó en el boletín de la batalla, y mencionó su nombre con el elogio que merecía; pero movido por una delicadeza mal fundada, e injusta para mi edecán, hice borrar su nombre y lo que decía de él, temiendo que se creyera que por ser mi amigo y hallar se a mi lado se hablaba de él en la relación de la batalla. Al dar esta orden dije al jefe de mi E.M. que recompensaría a Ibarra de otra manera; él no estaba presente en aquel momento, pues había seguido en persecución de los pocos enemigos que habían logrado escaparse. La recompensa que le di fue nombrarle mi primer edecán, título que deseaba y merecía, y que no solamente le daba más consideración, sino que lo eximía del servicio de las guardias y le daba una autoridad directa sobre los demás. Ibarra era el más antiguo, y me acompañaba desde el año de 13; O'Leary, sólo desde el año de 20, es decir, después de la muerte del general Anzoátegui, de quien era edecán. En el año 24, después de haberme acompañado al Perú, el general Ibarra fue en comisión a Colombia y mando de la Guaira, estando ya casado, y después a la importante plaza de Puerto Cabello, y hallándose por consiguiente separado de mi persona, el coronel O'Leary hizo las funciones de mi primer edecán, como el más antiguo, después de Ibarra, y de Medina, a quien los indios asesinaron en el camino de Ayacucho a Lima, cuando venía a traerme la noticia de aquella célebre batalla. Yo mismo he llamado a O'Leary mi primer edecán, por motivo de la ausencia de Ibarra, pero nunca he retirado a éste su título, y, vuelto a mi lado, hubiera vuelto a sus funciones. Este es el motivo porque aparacen dos primeros edecanes míos, y, como ya he dicho, ambos tienen razón para tomar este título, pero el general Ibarra es el decano de los dos."

Quedé satisfecho con esta explicación del Libertador y convencido de que el general Ibarra es el primer edecán de S.E. y el coronel O'Leary el segundo, haciendo las funciones del primero, cuando aquel no está presente.

Después de comer, el Libertador quiso salir a pie, y durante el paseo habló de los generales de Colombia, diciendo que algunos eran muy buenos, muchos mediocres y otros inferiores, como en todas partes; que los tenía clasificados de este modo: , los que poseen el genio militar, los conocimientos del arte, tanto en la teoría como en la práctica, y a quienes se les podía•encargar el mando de un ejército, porque a la vez eran buenos en el campo de batalla y fuera de él, es decir, en el combate y en el gabinete; que el número de éstos era muy reducido, poniendo a su cabeza al general en jefe Antonio José de Sucre; después al general de división Flores, en seguida al de división Mariano Montilla, después al general en jefe Rafael Urdaneta, y m atrás los generales en jefe Bermúdez y Mariño, y al de división Tomás Heres; 2°, los dotados de gran valor y que sólo son buenos en el campo de batalla, pudiendo mandar una fuerte división, pero a la vista del jefe del ejército, y que en esta clase ponía los generales P Valdés, Tadeo Monagas, Córdova, Lara, Silva y Carreño; 3°, los que son más propios para el servicio de los Estados Mayores y m hábiles en el gabinete que en el campo de batalla, tales como los generales de división Soublette, Santander, Salom, y, en fin, S.E. formaba una 4a clase, en la que ponía los que por su ninguna aptitud, tanto en valor, como en conocimiento en la parte activa y directiva de la guerra, no podían ser comprendidos en ninguna de las tres clasificaciones mencionadas, como son el general en jefe Arismendi, los de división Pedro Fortoul y Pey. Dijo, además, que entre los generales de brigada algunos prometían llegar a la primera clase, que muchos podían ya ser colocados en la segunda, unos pocos en la tercera y los demás en la clase negativa de toda aptitud y talentos militares, que es la última, y que en ella ponía a los Fábrega, Vélez, Ucrós, Heras, José María Ortega, Mantilla, Gonz Antonio Obando, Olivares, Rieux y Morales; que, sin embargo, algunos de ellos eran buenos para un mando pasivo, como el de un departamento o provincia.
De regreso del paseo, S.E. entró donde el doctor Eloy y se recogió temprano diciendo que la comida le había dado ganas de dormir, pero fue más bien a causa del enfado que le había causado la lectura de un manuscrito que le había mostrado el cura, titulado Almanaque relativo al Libertador.

Día 9

Antes del almuerzo, el Libertador me mandó a llamar y, al presentarme, me preguntó si había leído el Almanaque del doctor Valenzuela; contéstele que me lo había mostrado algunos días antes. "El cura, realmente, dijo S.E., está loco, tiene las mejores intenciones y se las agradezco; pero ha reunido multitud de casos insustanciales sobre mi persona, mi modo de vivir, mi frugalidad, en lo que llama su Almanaque; que no vaya a imprimir eso, hable usted con él y trate de disuadirlo". Contesté que lo haría, pero que me parecía difícil lograrlo sabiendo lo que es el amor propio de un escritor.

Por la mañana llegó un correo de Ocaña, salido el 5, y con él vino la noticia de que la comisión Constitucional no había presentado el proyecto en que está trabajando, y de que pasarían todavía algunos días antes que pudiesen concluirlo. Anunciaban que la Convención se había puesto en receso hasta entonces. El Libertador recibió varios impresos de Cartagena, llenos de personalidades contra los diputados que habían querido proteger al general Padilla. Entre dichos impresos venían La Cotorra y El Arlequín redactado, el último, por el coronel O'Leary, con los cargos más virulentos contra el general Santander. Habiéndome quedado solo con S.E. leyendo los mencionados impresos, dijo el Libertador: " arlequinada tan fuerte Contra el general Santander, y qué furioso ha debido ponerse Casandro! O'Leary es terrible con su pluma y sabe destilar hiel contra aquel que le ha ofendido. Usted no debe conocerlo bien, voy a describírselo. Tiene más amor
 

propio y vanidad que orgullo. Hablo de ese amor propio, noble orgullo, altivo, sostenido y lleno de dignidad que generalmente tienen los caballeros ingleses. Tiene en sus modales, más que en el carácter, una dulzura, una suavidad que lo hace aparecer afeminado; pero ¡qué engañoso es aquel aire dulce y bondadoso! Es el áspid escondido entre las flores, desgraciado del que lo toque. Su odio es profundo y permanente. Le sobran conocimientos genera les sobre varias materias, tiene memoria, facilidad y talento; pero su juicio no es siempre acertado, y por eso, desatendiendo la comisión que le di en Lima en el año de 1826 para el general Páez, se encargó de otra en Bogotá, enteramente opuesta a la mía, que le dio Santander para el mismo Páez. Sin embargo, supo volver a mi gracia, aunque resfrió por algún tiempo mi confianza. En Ocaña, ha creído engañar a los que lo tienen engañado, y aún confía en el buen resultado de sus maniobras. Sin embargo, tiene astucia, viveza, malicia e hipocresía. Es excelente para ciertas comisiones. Como militar no carece de valor ni de conocimientos para un mando en jefe; pero nunca podría tomar aquel ascendiente, aquel influjo, aquel prestigio tan indispensable para el mando: no sabe electrizar ni mover a los hombres. Es interesado, egoísta y oculta mal estos defectos".

El coronel O'Leary es irlandés de nacimiento. Acompaña al Libertador desde el año de 1820, y ejerce las funciones de primer edecán, como se ha dicho, desde que el general Ibarra se separó del Libertador. O'Leary ha hecho algunas de las campañas de Venezuela, de la Nueva Granada, del Sur y del Perú con el Libertador, quien lo ha empleado en algunas comisiones importantes, y fue a desempeñar una diplomática cerca del gobierno de Chile, en tiempo en que el Libertador estaba en el Perú.

Antes de comer dije al Libertador que había ido a casa del doctor Eloy, y que me había prometido que no haría imprimir su Almanaque, añadiendo que dudaba cumpliese su palabra, porque no se resignaría a abandonar la celebridad de escritor. " ¡Qué espíritu tan falso y ridículo es el espíritu de aquel cura! dijo S.E. Viejo impotente como es, debería pensar solamente en la muerte y en la eternidad, en lugar de ocuparse todavía en locuras y disparates como un niño, y con tanta simpleza".

El paseo después de la comida quiso hacerlo S.E. hoy a caballo. Nos habló de nuevo sobre su viaje a Europa. Dijo que el día de su llegada a París, había querido en el mismo momento recorrer toda la ciudad; que había tomado un coche público, en el que por descuido dejó su cartera en que se hallaban sus libranzas y cartas de crédito que llevaba; que habiendo advertido aquella pérdida, fue al día siguiente a la policía muy inquieto a dar aviso de lo sucedido, y que se admiró mucho de que veinticuatro horas después se le llamase a dicha oficina para hacerle la entrega de su cartera, sin que le faltase un solo documento. Nos habló después de Londres y de lo poco que le había gustado aquella gran capital, en comparación con París. Hizo la relación de una aventura singular que le había acontecido en una casa de mujeres públicas, con una de ellas, sin duda por una equivocación acerca de sus intenciones. Dijo que la doncelia se puso furiosa, alborotando toda la casa; que él, por calmarla, le dio unos billetes de Banco y que ella los tiró a la chimenea, y que, al fin salió él huyendo de la casa, todo abochornado. "Pero vean ustedes lo célebre de la escena, continuó S.E.: yo no hablaba inglés, y la p... no sabía una palabra de castellano; se imaginó, o fingió que yo era algún griego pederasta y por esto empezó el escándalo, que me hizo salir más a prisa de lo que había entrado".

Todos los cuentos del Libertador son graciosos porque los refiere con arte y elocuencia seductora; a veces son muy alegres y nunca les falta la sal que despierta el interés y la curiosidad; pero nunca refiere nada indecoroso, ni libre, sino cuando está con personas de toda su confianza.

No hizo el Libertador en este día su visita al párroco; se retiró a su casa, y allí fue la tertulia. La conversación rodó sobre varios jefes, y la necesidad en que las circunstancias lo habían puesto en concederles ascensos. "En los primeros años de la independencia, dijo S.E., se buscaban hombres, y el primer mérito era ser valiente; de todas clases eran buenos con tal de que peleasen con brío. A nadie se podía recompensar con dinero, porque no había; sólo se podían dar grados militares para estimular el entusiasmo y premiar las hazañas. Así es que hombres de todas castas se hallan hoy entre nuestros generales, jefes y oficiales, y la mayor parte de ellos no tienen otro mérito sino el valor brutal, que ha sido tan útil a la República, haber matado muchos españoles y haberse hecho temibles. Negros, zambos, mulatos, blancos, hombres de todas las clases que en el día, en medio de la paz, son un obstáculo para el orden y la tranquilidad; pero fue un mal necesario.

 

Día 10

Muy de mañana, el Libertador me mandó ir a su cuarto para que le tradujese algunas palabras que no había podido entender de una carta escrita en francés que desde Londres le había dirigido sir Robert Wilson, padre de Bedford Wilson, edecán de S.E.; la letra era muy mala, pero la carta estaba escrita en buen francés. En ella había muchas noticias de Europa y algunas indicaciones sobre la política del Gobierno de Colombia, que podrían tomarse por unos consejos indirectos que el general Wilson daba al libertador; la observación no escapó a S.E. El asunto era relativo a España y Colombia. Después de haber hablado mucho el libertador de sir Robert Wilson, de haberme ponderado la reputación que tiene en Europa, pasó S.E. a hablarme del hijo, sabedor y vanidoso del mérito, de la reputación y de los títulos de su padre; del papel considerable que ha hecho el autor de sus días, no sólo en su país, sino en varias Cortes; "pero aquel orgullo, dijo, parece degenerar en soberbia y eso lo perjudica. Wilson tiene un espíritu más diplomático que militar, y creo que su gusto se inclina también más hacia el primero.

Su juventud le ha impedido adquirir todavía todos los conocimientos que cree poseer y la experiencia que piensa tener. Le falta aún mucho de la 3a. educación, que es la del mundo, teniendo buenas las dos primeras, que son las de nuestros padres y la de los maestros. Falta igualmente a Wilson pasar algún tiempo en la escuela de las dificultades, de la adversidad y aún de la miseria. Es observador, le gusta la discusión, pero es demasiado tenaz en ella; un mismo objeto lo vuelve y lo revuelve de mil modos, lo que prueba no sólo la facilidad de su espíritu, sino la abundancia de ideas y la fecundidad de su imaginación. Un gran defecto del joven Wilson es el interés; tiene demasiado apego al dinero y no le gusta gastarlo" . De este retrato pasó S.E. a hacer el del coronel G. Ferguson, diciéndome que prefería su carácter al de Wilson. "Ingleses son los dos, y aunque hay mucha semejanza en aquellas dos índoles hay también grandes diferencias. Ferguson tiene un orgullo elevado y sostenido: todo en él, modales, conducta y pensamientos son de un caballero. Su carácter es algo duro, pero tiene el corazón excelente. Es militar de honor y valiente como un César. Es delicado en extremo, y de una susceptibilidad tan cosquillosa que pone en cuidado al que lo conoce y expone al que no lo conoce. Es buen amigo, servicial y generoso aún con sus enemigos. Puede ponerse en él la mayor confianza porque nadie más honrado, más leal y capaz de una consagración más entera; tiene también mucho amor por mi persona. Su educación ha sido muy esmerada, pero ha sabido formarse una de imitación que engaña a muchos; no le falta talento y naturalidad El Libertador llama al padre de su edecán Wilson su grande amigo, y mantiene correspondencia seguida con él. Estas relaciones hacen que S.E. tenga muchas consideraciones por el joven Wilson, y se nota que lo trata con más familiaridad que a sus otros edecanes actuales; sin embargo, dispensa más confianza al coronel Ferguson, que es el tercer edecán inglés que tiene S.E.

El coronel Ferguson está al lado del Libertador desde el Perú; antes era oficial de infantería. Por orden de S.E. mantiene una correspondencia familiar con todos los jefes del Ejército de Colombia que se hallan en algún destino o mando. Las cartas que recibe las ve el Libertador cuando contienen algo interesante, y Ferguson contesta o escribe según las indicaciones que le hace el Libertador. Aquella correspondencia es útil, porque tiene el carácter de la franqueza, de la amistad, y un origen que le da también una autenticidad que forma su mérito. Los que mantienen correspondencia con el coronel Ferguson ignoran que el Libertador es el alma, el motor de aquel comercio epistolar.

Después de la comida, el Libertador salió a pie; sólo Wilson y yo lo acompañamos. Me preguntó en qué año había nacido, y le contesté que en el de 1780. "Yo pensaba, dijo, ser de la misma edad de usted, y tengo tres años menos, porque nací en 1 783 y parezco más viejo que usted. ¿Cuántas veces se ha casado usted?" - Una, señor, le contesté, y fue en el año de 1825, con la mujer que tengo. - "Usted, pues, dijo S.E., se casó a los 45 años; esta es la verdadera edad en que debe casarse el hombre. Yo no tenía 18 cuando lo hice en Madrid, y enviudé en 1801 , no teniendo todavía 19 años. Quise mucho a mi mujer, y su muerte me hizo jurar no volver a casarme. He cumplido mi palabra. Miren ustedes lo que son las cosas: si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo". - Ni Colombia, ni el Perú, le repliqué, ni toda la América del Sur estuvieran libres, si V.E. no hubiera tomado a su cargo la noble e inmensa empresa de su independencia. - No digo eso, prosiguió S.E., porque yo no he sido el único autor de la revolución, y porque durante la crisis revolucionaria y la larga contienda entre las tropas españolas y las patriotas hubiera aparecido algún caudillo al no estar yo presente, y porque el ambiente de mi fortuna no hubiese perjudicado la fortuna de otros, manteniéndolos siempre en una esfera inferior a la mía. Dejemos a los supersticiosos creer que la Providencia es la que me ha enviado o destinado para redimir a Colombia. Las circunstancias, mi genio, mi carácter, mis pasiones me pusieron en el camino; mi ambición, mi constancia y la fogosidad de mi imaginación me lo han hecho seguir y me han mantenido en él. Oigan esto: huérfano a la edad de 16 años, y rico, me fui a Europa, después de haber visitado a México y la ciudad de La Habana, y fue entonces cuando en Madrid, bien enamorado, me casé con la sobrina del viejo marqués del Toro, Teresa Toro y Alaiza; volví de Europa para Caracas en el año de 1801,  con mi esposa, y les aseguro que entonces mi cabeza sólo estaba llena de los ensueños del más violento amor, ' no de ideas políticas, porque éstas todavía no habían golpea do mi imaginación. Muerta mi mujer, y desolado yo con aquella pérdida precoz e inesperada volví a España, y de Madrid pasé a Francia y después a Italia. Ya entonces iba tomando algún interés por los asuntos públicos. La política me atraía, y yo seguía sus variados movimientos. Vi en París, en el último mes del año de 1804, la coronación de Napoleón. Aquel acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe. Aquella efusión general de todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular, excitado por las glorias, por las heroicas hazañas de Napoleón, victoreado en aquel momento por más de un millón de personas, me pareció ser, para el que recibía aquellas ovaciones, el último grado de las aspiraciones humanas, el supremo deseo y la suprema ambición del hombre. La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que. inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar n la esclavitud de mi país y en la gloria que conquistaría el que le libertase; pero ¡cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba! Más tarde sí empecé a lisonjearme de que un día podría yo cooperar a su libertad, pero no que representaría el primer papel en aquel grande acontecimiento. Sin la muerte de mi mujer no hubiera hecho mi segundo viaje a Europa, y es de creerse que en Caracas o San Mateo no me habrían nacido las ideas que adquirí en mis viajes; y en América no hubiera formado aquella experiencia, ni hecho aquel estudio del mundo, de los hombres y de las cosas que tanto me ha servido en todo el curso de mi carrera política. La muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política, y me hizo seguir después el carro de Marte en lugar de seguir el arado de Ceres. Vean, pues ustedes, si ha influido o no sobre mi súerte".

Siguió la conversación sobre la misma materia hasta que volvimos a casa de S.E., donde encontramos a varias personas que le aguardaban. El Libertador quedó en tertulia hasta las nueve que se retiró a su cuarto.

Se electriza S.E. cada vez que viajes a Europa; se conoce que ha sabido observar y aprovecharse de su observaciones. Además de la viveza de su espíritu, del fuego de su imaginación, tiene un juicio pronto y recto, sabe comparar y apreciar bien las cosas, y posee el talento, poco común, de saber aplicar sus comparaciones, según los lugares, las circunstancias y los tiempos; sabe que tal cosa es buena en sí, que es excelente, pero que no conviene por el momento, o que es buena aquí y no allí.

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