INTRODUCCIÓN

 

 

En 1950 cuando me ocupaba en el Archivo Histórico Nacional de Bogotá, de la recopilación de documentos inéditos sobre los indígenas de las antiguas Gobernaciones de Cartagena y Santa Marta, el doctor Enrique Ortega Ricaurte, Director del Archivo, llamó mi atención sobre algunos folios escritos a fines del siglo XVIII, por un Padre franciscano de nombre Joseph Palacios de la Vega. Al estudiar estos materiales, hallé aún más folios al respecto en otros volúmenes del Archivo y reuní finalmente una documentación amplia sobre la obra de este sacerdote. Entre estos manuscritos se encuentra un diario de viaje, llevado por el Padre Palacios de la Vega, durante su estancia entre los indios y negros de la antigua Provincia de Cartagena, en los años de 1787 a 1288. En las páginas siguientes se publica este diario textualmente, en su forma original.

El que esta publicación se haya hecho posible, se debe al apoyo del doctor Gabriel Giraldo Jaramillo, Director del Departamento de Cultura Popular y Extensión Artística del Ministerio de Educación Nacional, quien no ha ahorrado esfuerzos en patrocinar este proyecto y llevarlo a un feliz término. Me es muy grato expresarle mis profundos agradecimientos por la edición de esta obra, que de nuevo nos hace deudores de gratitud a todos los que nos interesamos en las ciencias históricas y sociales del país. También doy mis gracias sinceras al doctor Antonio Andrade Crispino, Director del Instituto Colombiano de Antropología, quien me facilitó la oportunidad de dedicarme a la labor de recopilación; al doctor Enrique Ortega Ricaurte y al personal del Archivo Nacional por el estímulo y apoyo prestados.

El texto que se presenta a continuación fue tomado del manuscrito original y se reproduce sin cambio alguno, conservando la ortografía y abreviaturas del escribiente, quien como sabemos, acompañaba al Padre Palacios de la Vega en sus viajes. La única libertad que me pareció justificado tomar con el original, consiste en el arreglo ocasional de la puntuación. Ya que evidentemente fueron dictadas diariamente las notas, el escribiente raras veces puso puntos o mayúsculas iniciales lo que hace la lectura a veces difícil. Con excepción de la Nota 15 que fue publicada recientemente (Bejarano, 1950) ( 1 ) y algunas referencias generales contenidas en una historia misional (Arcila, 1951) ( 2 ), el diario es inédito y se publica aquí por primera vez.

El Padre Joseph Palacios de la Vega vino al Nuevo Reino de Granada en 1783, con destino al Colegio de Propaganda Fide, en Cali. Pero en Cartagena de Indias tuvo que interrumpir su viaje para restablecerse de una enfermedad contraída durante la travesía y recibió allí del Arzobispo-Virrey, don Antonio Caballero y Góngora, el encargo de catequizar a los indios del río San Jorge, en el Sur de la Provincia de Cartagena. Esta misión consistía en obligar a los indígenas y negros fugitivos de la región a abandonar sus habitaciones dispersas en las montañas y a establecerse en poblaciones para que pudieran quedar bajo el control de la administración eclesiástica y civil del Virreinato. En el curso de estos recorridos, que el Padre Palacios de la Vega describe vivamente en su diario, se encontró con indios indómitos y negros rebeldes, con autoridades corrompidas, clérigos indiferentes, contrabandistas, en fin, con personajes y condiciones no del todo fáciles de enfrentar. Pero su energía y celo vencieron todos los obstáculos que la naturaleza y los hombres pusieron en su camino y cumplió su misión con pleno éxito. Pero cuando regresó, enfermo en cuerpo y alma por las peripecias del viaje y la miseria humana cuyo testigo fue en tantas ocasiones, se le formularon acusaciones y críticas que llegaron hasta las autoridades de Santa Fe de Bogotá. Amargado, se dirigió al Virrey pidiendo justicia. Oficios y cartas fueron y vinieron a través de los años. Finalmente se dispuso su regreso a España, pero antes de poder emprender el viaje murió en la ciudad de Honda el 30 de octubre de 1800.

Pero mejor oigamos sus propias palabras contenidas en una larga carta dirigida al Virrey José de Ezpeleta, sucesor de Antonio Caballero y Góngora:

"Exmo. Señor.

"Fray Joseph Palacios de la Vega, Misionero Apostólico de la orden serafica y del Colegio de Propaganda Fide de la Ciudad de Cali, en el expediente sobre la reduccion de los Indios del nuebo Pueblo de S. Sipriano en la Provincia de Cartagena, y destruccion de las rochelas, y demas comisiones que se encargaron, con la veneracion devida digo: que aviendo servido en el exercito desde Cadete hasta Oficial, esles me alisté entre los misioneros del Colegio de Protube sobre diez y seis años en el Regimiento de Infanteria de España, en cuyo tiempo estube en las Guarniciones de las Plazas de Salamanca, Burgos, Badajos, y Malaga, y en los Presidios de Africa, Medilla, el Peñon, Aluzema, y Zeuta, en donde por mejor servir a Dios, me retiré a la religion de mi serafico Padre San Francisco, en donde haviendo profesado, y estudiado por nuebe años continuos, Filosofía, Teología, Canones, Moral, y demas que se aprehenden en las Religiones; recividos los ordenes hasta el sacro Presbyterato, deseoso de ocuparme en la convercion de Infiepaganda Fide de la Ciudad de Cali, con cuyo motivo me embarqué para esta America el año de ochenta y tres en la fregata llamada de los Dolores adonde enfermé y desembarcando en la Plaza de Cartagena no pude seguir a mis destino con mis compañeros. Hallandome ya mejorado de mis males, haciendo sobre treinta años que se solicitaba la conquista del Pueblo de San Sipriano, por Decreto de veinte y nuebe de Abril del año de ochenta y cinco, refrendado en diez y seis de Junio del mismo año se dignó el Exmo. e Ilmo. Señor Don Antonio Cavallero y Góngora, Arzobispo y Virrey de este Reyno, conferirme la comision, para la reduccion del mismo pueblo de San Sipriano, y reunir a el dicho pueblo, los naturales y libres, dispersos en aquellos parages incultos con total abandono de sus almas; cuyo encargo he desempeñado, no con la delinqüente conducta q. ha informado Belandres ( 3 ) atribuyendola a efectos de mi genio áspero y temible, sino con la suavidad y benevolencia propia de mi Ministerio Apostólico y que inspira mi sagrado instituto." ( 4 )

En el folio 126 dice la misma carta:

"...para que mas abundasen los comprovantes, presenté un Diario integro de todo lo que executé en la reduccion, dando noticia individual de las Minas, piedras preciosas, y particulares maderas q. avia en aquellas montañas; con cuyo motivo por Decreto de 11 de marzo del año de 86 se me aprovó el establecimiento de los Indios Chimilas y Chocoes ( 5 ) en el sitio de San Sipriano con respecto al numero de todas claces que hice ver se componia dho sitio, se me mando pagar el estipendio anual de 183 pesetas y la oblata. mandado que las Justicias me franqueasen el auxilio que necesitase". ( 6 )

Más adelante continúa:

"Ymmediatamente se me comisionó para lo conquista del Darién, por tierra, con Yndios reducidos y cien hombres de auxilio."

Explica luego la causa por la cual no se efectuó esta comisión: estando en el río Cauca, se amotinó su gente al oír que el Comandante Anastasio Zejudo había sido asesinado por los indios Cuna y para no verse obligados a penetrar a esta peligrosa región, trataron de envenenar al sacerdote; "...en un poco de caldo que pedí me dieron xicarazo para quitarme la vida" (ibid. fol 127). Bajando el río Magdalena lo llevaron en hamaca hasta Cartagena "...manteniendome todo el tiempo con solo sumo de limones" (ibid. fol. 127.128).

Continúa la carta diciendo que poco después recibió una nueva orden superior para regresar a San Cipriano, pero que no se le entregaron los fondos estipulados. Don Antonio de Arrévalo, el gran arquitecto militar que entonces estaba en Cartagena, le dio la suma necesaria y así el Padre Palacios de la Vega pudo permanecer por seis meses más en aquella región hasta que, obligado por la falta de víveres, regresó a la villa de Ayapel. De allí salió con sólo cuatro compañeros al Palenque de Carate que se había rebelado y volvió después de diez y siete días con ciento treinta familias a Ayapel, donde las estableció. Allí mismo recibió nuevas órdenes, dadas en mayo 24 de 1787
para destruir las rochelas de los ríos San Jorge, Cauca, Nechí, Tenche y Porce. Habla luego de las acusaciones que se le formularon y dice: .... .me tenían por ladrón público, Capitán de Bandoleros, Traidor al Rey." En efecto, varias autoridades de las poblaciones donde el Padre Palacios de la Vega había obligado a las familias dispersas a
establecerse "‘bajo son de campana", se habían quejado ante sus superiores, difamando al misionero y poniendo en duda la validez de sus credenciales.

A continuación la carta cita las múltiples fundaciones efectuadas por el Padre Palacios de la Vega, en el curso de sus viajes. Dice así:

"...por mi mano arreglé en estos sitios los terrenos para sus casas, fuera de las que remití al Algarrobo; las familias de Indios dispersos de Gegua y Yatí; las familias que mandé a Tacasaluma y Santiago; los Indios inzimarronados que saqué del Pueblo de Guazo, los que dejé en el Retiro y San Sebastián, sin más que mandé a Tacaloa y Tacamocho que todos pasan de dos mil."

Al terminar su carta dice:
"Sino estubiera yo persuadido por la crianza de mi casa y desde mi juventud por los preceptos de muchos e instruccion en la tropa, y varias obras q. he leydo de que nada hay q. devamos desear con ahinco en esta vida fuera del merito y virtud, y q. a trueque de conseguirlas no se deve hacer caso de ninguno tormento corporal, ni de ningun riezgo de muerte o destierro: nunca me huviera metido para salvar crecido numero de almas en tantas y tan terribles contiendas y choques quotidianos con una gente tan perdida, que solo parecian hombres en el aspecto pero fieras en la condicion y costumbres, porq. no hay q. disimular lo q. no se puede encubrir .." (ibid. fol. 140).

En él hay algo del celo de Las Casas y en una ocasión lo menciona y dice:

..... entre los fastos de la America aun estan escritos con caracteres de amor los nombres de Las Casas, de Julian Garzes, de Antonio Baldibieso, de Juan Ramirez, y de otros muchos religiosos piadosos, que protegieron constantemente a los Indios (ibid. fol. 136).

En realidad, la protección del indígena, basada en una comprensión de su cultura, fue la meta que se había puesto el Padre Palacios de la Vega. Su diario de viaje da testimonio de que sus contactos con los indios fueron más íntimos, más comprensivos talvez que los que se observan en su actitud hacia los negros y mulatos. En sus relaciones con las autoridades españolas locales hay a veces una nota de arrogancia mal disimulada y fue por cierto en ésto donde se originaron sus posteriores dificultades.

El material de manuscritos referentes al Padre Palacios de la Vega consiste en los siguientes documentos, citando aquí los títulos que les puso el archivero:

a) Diligencias practicadas de orden del Arzobispo Caballero y Góngora, por fray José Palacios de la Vega, en el sometimiento y evangelización de los indígenas de Turbaco ( 7 ) AHNB ( 8 ) - Fondo: "Historia Civil"; Tomo XIII, fol. 246-314. Estos folios abarcan la
orden superior, el auto de obedecimiento firmado en Turbaco, y el diario de viaje, entre julio 18 de 1787 y febrero 12 de 1788, es decir, la parte que se publica a continuación.

b) Misión encomendada a Fray José Palacios de la Vega para catequizar indígenas de Cartagena y avecindándolos en el sitio de San Cipriano.—Ejecutorias de dicho religioso y su óbito. AHNB-.—Fondo: Miscelánea; Tomo XXII, fol. 27-264. Estos manuscritos contienen un material muy variado de órdenes, autos de obedecimiento, probanzas de servicio, cartas, listas de familias establecidas por el misionero en distintos pueblos, oficios referentes a su pleito con Belandres y López, certificados de los párrocos de su buena conducta y finalmente, una carta referente a su muerte. Entre estos manuscritos figuran algunos que contienen datos de interés y que entresacamos a continuación.

El fol. 28r, firmado por Domingo Caizedo, en Cartagena y fechado marzo 11 de 1786, dice así: "Auttos y Visttos apruébase el establecimiento de los Indios Yanaconas en el sitio de Sn. Ciprian ..." El término kechua "yanacona", es decir, indígena de servicio, aparece aquí según nuestros conocimientos por primera vez en la costa atlántica de Colombia, y por cierto en una fecha muy tardía.

El fol. 30 contiene una lista de armas y equipo recibidos por el Padre Palacios de la Vega en Cartagena, en agosto 10 de 1789. Sus pormenores son:

"Veynte fusiles del Calibre de a 16 sin bayonetas
Doscientas piedras de chizpa
Quarenta hachas de dos manos
Sesenta lanzas
Quatro tiendas de campaña con sus armaduras
Cinqta. y siete machetes de mano."

El fol. 78 contiene un oficio que se refiere a las labores de reducción en una zona que no figura en el diario. Dice así:

". . . concuerda con los originales que me presentó el R. P. F. Palacios de la Vega, misionero Apostco., Cura Reductor, y fundador del nuevo Pueblo de Sn. Sipriano, conquistador de los Indios Chocóes ensimarronados en Ure, Mancán, Tarara, y Cauca y nuevo Comisionada por el Exmo. Sor. Virrey de este nuevo Reyno de Granada, con los que lo corregi concorde y conserté.. ."

La fecha es marzo 10 de 1788, es decir, menos de un mes después de que termina el diario.

Los fols. 81 a 85 se refieren a las familias dispersas que el Padre Palacio de la Vega reunió en algunas poblaciones. Dicen así:

"Lista de las familias arrocheladas y puestas vajo el son de campana." "Las antes expresadas familias se sacaron de Caño de Barro, y mediaciones de Nechí,  Astillero, Boca de Perico, Mojana, Lana, rio Biejo, y Caño de Comejenes, fuera de infinitas familias de indios q. he remitido a sus pueblos y ottros varios q. e hentregado a los Srs. Jueces con graves delitos, de que daré cuenta a Va. y pa. q. constte asi lo anotto y firmo, de q. certifico. Palacios de la Bega." ( 9 ).

Los fols. 85-89 contienen otra lista parecida que dice:

"Lista de familias recojidas sin domicilio alguno en parte poblada y en los dibersos sitios y q. hanotaré." "Estas comprendidas familias, con esta lista se sacaron de las Rochelas del rio de Ojo Largo o Brazo de Cauca, Palizada, Corrales, Panseguita, Molino, Tigre, Musanga y Barela. A las q. fundé y hize hacer casa en el sitio de Ojo Largo como a el pertenecientes y para q. conste, lo anoto y firmo de que certifico. Palacios de la Vega." ( 10 ).

El fol. 91 dice:

"Cuaderno q. contiene las diligencias actuadas por el R. P. Fr. Josef Palacios de la Vega, Misro. Appco. en la conquista del Palenque de Caratte y varios sittios que relacionan."

El manuscrito sin embargo apenas contiene unos folios firmados en Turbaco, en marzo 14 de 1787, fecha que indica que se trata de una comisión anterior a la contenida en nuestro diario. Sin embargo, una nota dice que salió el 11 de abril de 1787 a una nueva comisión que lo llevó a Sta. Rosa, Los Ajíes, Cattas, Doña María, Negro y Venao. Aquí se trata evidentemente de la región de Ayapel y de un viaje algo anterior al descrito en el diario.

Los fols. 103 a 106 contienen otra lista de familias y dicen:

"Lista de los Parages y familias arrocheladas que encontré y remittí a la Villa de Ayapél."

En ella se mencionan 333 individuos y se hace referencia a los lugares siguientes: Cattas, Perico, Caño Domingo, Caratte, Caño de Indio, Mogottes, Palenque de Lorenzana, Monttaña Adentro, Mamonal, Alejo, Voca de Segeb, Carpatta, Mochilas, Sn. Matthias, Negros, Venao, Moreno, Sta. Rosa, Ajies, Sienega de la Villa.

Los fols. 125 a 142 contienen la carta al Virrey José de Ezpeleta, que hemos mencionado arriba en más detalle.

El fol. 264, último del legajo, está constituído por una carta que dice:

"Ex mo. Señor.
"Doy parte a V. E. q. el Guardian de mi Corrto. de Honda me avisa haver muerto el 30 del mes de octubre, el P. Fr. José Palacios de la Vega a quien se le hicieron las exequias de Religiosos sin embargo de no ser hijo de esta Provincia.

"Dios nro. Sor. gue. la importante vida de V. E. Ms. as. Santa Fe, y noviembre 10 de 1800.

"Exmo. Señor
Fr. Felipe Guiran."

Los otros manuscritos que se relacionan con nuestro tema, son los siguientes:

c) Gonzalez Balandres, Vicente. Informe de. .., Capitán aguerra de la villa de San Jerónimo de Ayapel, sobre la situación y necesidades de los indios de San Cipriano. Años de 1791 /92. AHNB-Fondo: Caciques & Indios; Tomo I fol. 373-427.

d) Capitán Aguerra de Ayapel. Sus comunicaciones sobre reducción de los indios de San Cipriano. Documentos anexos sobre el asunto. Año de 1792. AHNB-Fondo: Caciques & Indios; Tomo XLIV, fol. 938-94 7.

e) Sobre insurrección de los indigenas de la villa de San Jerónimo de Ayapel. Año de 1794. AHNB-Fondo: Historia Civil; Tomo XVIII, fol. 250-270.

Este material documental, junto con el de tantos otros legajos conservados en el Archivo Histórico Nacional de Bogotá, permite reconstruir en parte las condiciones que enfrentó en aquella época la administración virreinal, referente a la población indígena, negra y mestiza, en la Provincia de Cartagena. Aproximadamente a mitades del siglo XVIII la actividad catequizadora había tomado gran incremento en las Provincias de la costa atlántica, junto con la sistemática penetración de los territorios indígenas aún inconquistados o sólo parcialmente sometidos. En las zonas marginales, lejos de los caminos que unían las ciudades y villas, se habían establecido grupos de esclavos negros, que habían huído de sus amos, y vecinos a ellos vivían grupos indígenas que, o habían huído de las encomiendas en los dos siglos anteriores o que nunca habían sido reducidos a ellas. A estos grupos se agregaron a través de los años los mestizos, mulatos y zambos y así se había formado en muchas zonas una población triétnica que no estaba bajo el directo control de la administración. En aquella época se efectuaron las campañas de pacificación y reducción de los Guajiros; se exploró todo el territorio habitado por los Chimilas, al Sur de la Sierra Nevada de Santa Marta y se hicieron frecuentes entradas al territorio de los llamados Motilones, en las estribaciones de la Cordillera Oriental. En las Provincias de Cartagena y del Darién se llevaron a cabo una serie de campañas entre los Cunas y los Chocoes. Al mismo tiempo se procedió a la fun dación de numerosas poblaciones en las regiones así exploradas. Mientras que en la Provincia de Santa Marta el Maese de campo don José Fernando de Mier y Guerra fundó pueblo tras pueblo en las orillas del río Magdalena y en la tierra de los Chimilas, en la de Cartagena don Antonio de la Torre y Miranda estableció muchas poblaciones nuevas en casi toda la extensión de esta Provincia. Para efectuar estas fundaciones fue necesario trasladar muchos pequeños caserios, en parte antiguos, en parte recientemente establecidos, a nuevos lugares más propicios, agregando unos a otros para formar así núcleos de población que se podían administrar y controlar y que al mismo tiempo contaran con una base económica adecuada. Que en el curso de estos traslados y agregaciones resultasen fricciones, a veces violentas, es natural y aún parece posible que a través de estos acontecimientos ya se observan los primeros brotes esporádicos que luego llevaron a una resistencia más organizada. De todos modos, esta actividad colonizadora representa un factor importante en la formación de la población rural, poniendo en contacto a grupos que hasta entonces habían vivido aisladamente y creando así sociedades en lugar de tribus, parentelas o familias. El antropólogo o sociólogo interesado en la historia cultural de una región, tropieza frecuentemente con la ausencia casi campleta de descripciones detalladas y fidedignas de las condiciones de vida de estas épocas, sobre todo en lo que se refiere a la población rural colombiana. En la región que describe el Padre Palacios de la Vega se encuentran tres troncos étnicos: indios, negros y españoles, los tres componentes del actual pueblo colombiano. ¿En qué relaciones vivian entonces, hace siglo y medio, estos tres grupos? ¿Cuáles fueron sus formas culturales propias? ¿En qué consistía la influencia de la Iglesia y de la administración española? ¿Quiénes eran estos hombres que pocos años después formaban los ejércitos de la Independencia? En la historia de Colombia y por cierto, también la de otros países latinoamericanos, el tema de la transición del indígena, de la vida tribal a su incorporación a una vida nacional, ha sido muy deficientemente estudiado. Poco sabemos de las condiciones en que vivían los grupos negros o mestizos, respecto a las instituciones del Estado español y desconocemos en gran parte los detalles particulares que caracterizan su absorción en la sociedad triétnica actual. Este proceso se efectuó a través de diferentes épocas, desde los primeros contactos con los europeos hasta la fecha actual pero sería talvez posible encontrar en él ciertas pautas fijas, formas y reacciones que se repiten y que así permitan trazar una continuidad dinámica a través de los siglos.

En la zona que nos describe el Padre Palacios de la Vega, este proceso aún no ha terminado, ni a mitades del siglo XX. En las montañas del alto río San Jorge, en las faldas del cerro Murucucú y en las cercanías de Uré viven aún indios Chocóes, los mismos que antaño poblaban a San Cipriano. Aún usan sus cerbatanas y lanzas, su idioma y ritos pero sólo raras veces salen de sus rancherías escondidos en la selva. En las orillas de los caños y de las lagunas viven los mismos negros y mulatos, usando las mismas canoas, los mismos tambores. Las pautas de poliginia han cambiado muy poco allí y aun el aguardiente de contrabando. Sólo las poblaciones han cambiado. Ayapel y Majagual, cada una con 16.000 habitantes, son hoy centros importantes de agricultura y ganadería. Las poblaciones son los crisoles donde se funden las diversas tradiciones culturales.

La visión de cómo era ayer esa región, la da el Padre Palacios de la Vega en su diario. En el recuento cotidiano de acontecimientos, a veces triviales, a veces dramáticos, se refleja la verdadera historia, surge el paisaje y sus habitantes y toman realidad las acciones y sus motivaciones. El escenarío de las montañas, ríos y lagunas se va poblando de personas que actúan como seres humanos y ya no como sombras de un lejano pasado.

En medio de este cuadro está la figura extraordinaria del frayle franciscano, a veces más soldado que sacerdote, más conquistador que misionero, pero siempre profundamente humano, sincero y valiente. Lo vemos abriendo trocha en el monte, luchando cuerpo a cuerpo con asesinosy fieras; lo oímos discutir con los Capitanes Aguerra, con los clérigos de pueblo, con indios y negros. Somos testigos de su alegría cuando lleva sus indios pintados y emplumados en procesión por las calles, y de su dolor cuando considera la miseria física y moral de estas gentes que, sin Dios ni ley, viven en aquellas montañas.

El Padre Joseph Palacios de la Vega es el último conquistador del Nuevo Reino de Granada. Al sacar del olvido, después de siglo y medio, las páginas que se publican a continuación, queremos rendir un pequeño homenaje a este hombre valeroso.

GERARDO REICHEL-DOLMATOFF
Instituto Colombiano de Antropología
Cartagena de Indias, junio de 1954.

( 1 ) Bejarano, Jorge, "La derrota de un vicio. Origen e historia de la chicha". Bogotá, 1950. cf. pp. 26-27. ( regresar a 1 )

( 2 ) Arcila Robledo, P. Gregorio, "Las misiones franciscanas en Colombia". Bogotá, 1951. cf. pp. 107, ff. ( regresar a 2 )

( 3 ) Vicente González Belandres, Capitán aguerra de la Villa de San Jerónimo de Ayapel, uno de sus acusadores. ( regresar a 3 )

( 4 ) "Archivo Histórico Nacional"; Fondo: Miscelánea; Tomo XXII, fol. 125. ( regresar a 4 )

( 5 ) Este es el primer dato que conocemos acerca de un traslado de indios Chimilas al Oeste del rio Magdalena. ( regresar a 5 )

( 6 ) Es evidente que falta por encontrar la primera parte del diario aludido. La parte que reproducimos comienza con su salida de San Cipriano y no contiene las descripciones de minas, maderas, etc. ( regresar a 6 )

( 7 ) Esto es un error del archivero. Se trata de los indios del Sur de la Provincia. ( regresar a 7 )

( 8 ) Archivo Histórico Nacional de Bogotá. ( regresar a 8 )

( 9 ) Un total de 637 individuos. ( regresar a 9 )

( 10 ) Un total de 440 individuos. ( regresar a 10 )

 

 

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