Barranquilla, Enero 14 de 1903

Señores Generales Don Francisco J. Palacio, Don Próspero Carbonell y Don Aurelio de Castro.

En la Ciudad.

Muy respetables Generales y amigos:
Me permito enviar á ustedes los documentos relativos á la Campaña del Istmo en los meses de Junio, Julio y Agosto del año pasado y les ruego se sirvan leerlos con detenimiento.

Ante la enorme proporción de la lucha final, tales documentos son una sombra ligera: apenas sí bastan para una nueva página en la historia de nuestras contiendas civiles.

Historiar la Campaña de Aguadulce -ese pasado de infortunios y sacrificios- es tarea muy ardua y laboriosa para el que viene de la lucha, cansado de ella y ansioso de Tranquilidad.

Y sinembargo, la luz no debe aprisionarse; la verdad no excusa el silencio.

La opinión de militares y caballeros tan respetables como ustedes, probará ante el País lo poco ó nada que puedan significar para la causa los esfuerzos hechos en Aguadulce por un Ejército casi moribundo, sin alimento y completamente abandonado.

No es mi ánimo evadir responsabilidades. Las que sobre mí pesen, las acepto y me resigno.

De ustedes muy afectísimo amigo y compatriota,

LUIS MORALES BERTI

 

Barranquilla, Enero 18 de 1903.

SEÑOR GENERAL DON LUIS MORALES BERTI. -----En la Ciudad.

Estimado General y amigo:
Hemos tenido el honor de recibir la atenta carta de usted fechada el día 14 del mes en curso, y los originales de los documentos que son, á grandes y elocuentes rasgos, la historia conmovedora por mil títulos, de la Campaña llamada del segundo Aguadulce.

Creemos que no ha llegado todavía el momento solemne de la liquidación final de las grandes responsabilidades nacidas de la guerra que acaba de terminar. Preciso es que se serenen los espíritus y que el juicio de los contemporáneos sea el veredicto justiciero de la imparcialidad y no nuevo combustible que avive la mal extinguida hoguera, bajo cuyas cenizas arden todavía odios y rencores. Existe, sinembargo, algo que no admite demoras, por que todo lo que hay de generoso en el alma exige que, siquiera con el aplauso leal y desinteresado de los hombres de honor, se premie á los que han luchado con heroico valor y han sufrido con resignación admirable todos los rigores de la campaña, todos, desde los que tienen origen en el campo de batalla, hasta los que, alejados un poco del peligro inminente de muerte, están representados en el hambre, la desnudez y, más que todo, en esas horas de angustia suprema en las que, abandonados á su propia suerte, sólo queda á los que luchan con la seguridad de morir, la fe en Dios y la esperanza en el juicio recto de la posteridad.

Tal es el caso de usted Señor General, y de sus denodados y heroicos compañeros. Lo que ustedes hicieron en Aguadulce, es sencillamente, admirable. Combatir como combatieron por espacio de un mes contra un Ejército superiorísimo en número, que tenía además, poderosa artillería; pelear, no sólo contra los hombres sino contra el clima, contra las enfermedades, contra la falta absoluta de recursos, es acción imperecedera que merece todos los honores de la Historia

Podríamos emitir aquí un estudio militar de la última campaña de usted. El hecho de haber salido usted de Panamá como parte y no como el todo del Ejército expedicionario; la falta absoluta de comunicaciones entre usted y el verdadero Cuartel General de las operaciones, el no cumplimiento de las promesas que á usted se hicieron de un auxilio eficaz y oportuno, y, por último y para no citar más, los desastres de nuestra flotilla en el Pacífico, desastres que quitaron á usted hasta la esperanza de verse apoyado, son todas circunstancias que formarían la base de un juicio que, bajo el punto de vista técnico militar, sería completamente favorable á usted , pero además de que no ha llegado aún el momento oportuno para un trabajo semejante, queremos que en esta ocasión sólo quede constancia de nuestra sincera admiración por usted y por sus valientes compañeros, que fueron á luchar y lucharon con constancia tan heroica, que el primer homenaje recibido por su conducta fue el del adversario pasmado del valor por ustedes demostrado y lleno de respeto ante la heroicidad del infortunio.

La publicación de los documentos que usted ha sometido á nuestro juicio, es, bajo todo punto de vista, de una oportunidad perfecta. De ellos se desprende en forma clara que en lo sucedido en Aguadulce, á usted y á los suyos sólo corresponde la parte hermosa, la que honra, la que no sale del campo glorioso en que se combate, la parte, en fin, que está por encima de las injusticias del momento por que representa la abnegación llevada hasta el sacrificio.

No terminaremos esta ya larga carta, sin ofrecer á usted la seguridad de que, hasta su hogar, hacia donde se encamina usted después de haber ofrecido su vida al Partido Conservador, le acompañan los votos más calurosos de todo lo que en nuestra causa representa algo de lo que eleva y dignifica. Esos votos, que son en su totalidad por la dicha de usted y de los suyos los formulan también sus amigos y copartidarios.

                          F.J. PALACIO.                        PROSPERO A. CARBONEL.

                                                  AURELIO DE CASTRO.

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