Por el embarque y desembarque de los correos del Extranjero se paga, conforme a contrato, a $ 0-10 por cada saco; en 1917 costó este servicio $ 630-800. En la Oficina no hay cajillas de apartado, ni buzones en la población.
No se me dio dato sobre las encomiendas de tránsito llegadas del Exterior ni de los sacos que las contienen, ni el de los locales de esa procedencia recibidas en 1917, sino sólo que éstas produjeron $ 6,635 en el año.
Se recibieron en ese tiempo 14,287 cartas para la población y 38,226 impresos, y se despacharon 21,681 cartas y 3,480 impresos. Las encomiendas del interior recibidas fueron 206, y las despachadas 164.
Se expidieron 472 giros postales, por valor de $ 5,726-50, que produjeron $ 223-50, y se cubrieron 26, por $ 1,020-50.
La venta de especies postales produjo $ 1,744-69 en el año,
La Oficina Telegráfica de Buenaventura fue inaugurada en 1874 por el señor Víctor Triana. Es terminal, y entran a ella dos líneas, de las cuales una está destinada especialmente para la transmisión de cables. La Oficina del Cable submarino se estableció en este puerto el 2 de octubre de 1882, en virtud de contrato con el Gobierno. El valor de los despachos que se dirigen al Extranjero se paga en la Oficina Nacional, donde se introducen de acuerdo con tarifa que constantemente cambia la Compañía del Cable, y hecha la liquidación de ellos en Buenaventura por los Jefes de esta Oficina y de la Nacional, éste gira mensualmente por el valor de ellos sobre el Consulado de Nueva York.
El personal de la Oficina Telegráfica se compone de un Jefe, don Joaquín Mafla, quien viene sirviendo al ramo desde 1888, con $ 90 de sueldo; un Subjefe, con $ 80; cuatro Ayudantes, a $ 70; un Oficial de Recibo, $ 50; un Copista, $ 40, y un Cartero, $ 14. Para alumbrado sólo tiene $ 5 mensuales, a pesar de que se trabaja todas las noches y con mucha frecuencia hasta el amanecer.
El local, cómodo y central, y donde tienen sus habitaciones algunos de los empleados, está en la parte alta de una casa cuyo arrendamiento cuesta $ 100. En los bajos está la Agencia Postal.
En 1917 se transmitieron 40,008 telegramas porteados, por valor de $ 32,719-04, y 13,893 oficiales, y se recibieron 28,519 de los primeros y 10,994 de los otros. Los cables de Colombia para el Extranjero en el año fueron 19,141 de particulares, que costaron $ 136,396-21, y los oficiales, 576, que valieron $ 6,901-97.
Las líneas telegráficas de Córdoba para acá venían a grandes trechos por una cuchilla muy chata que muere cerca de Buenaventura, por donde indudablemente hubo en otro tiempo una trocha para caminantes de a pie que se ocupaban en introducir contrabandos o que no se acomodaban con la costosa y dilatada navegación del Dagua. Las líneas estuvieron muy descuidadas, en malos postes, oxidadas y llenas de nudos, y desde el año pasado están arreglándolas por ancha zona, con alambre nuevo y en postes de rieles cada una de ellas separadas.
Hace dos años, cuando se presentó el azote de la fiebre amarilla en Buenaventura y Caldas, este puerto estaba en el más lastimoso estado en materia de higiene: no se barría una calle; bandadas de gallinazos estaban encargadas de hacer el aseo, y como los techos de las casas se veían a todas horas llenos de esos inmundos animales, todos sus despojos eran arrastrados por las aguas lluvias a estanques y barriles que no se limpiaban nunca. Esa era el agua que consumía el vecindario, ricos y pobres, para todos los servicios domésticos; y como los depósitos no tenían tapas, allí iban a dar las suciedades que llevaban fuertes vientos e infinidad de animalejos asquerosos que hay siempre en incultas playas marinas, sobre todo cuando no hay aseo.
Alarmados el Gobierno y la Junta de Higiene por lo que estaba sucediendo con la epidemia, resolvieron al fin hacer algo, y empezaron por traer un médico norteamericano, quien debidamente apoyado por todas las autoridades y por el vecindario, dictó medidas enérgicas y eficaces y nos enseño lo que debíamos hacer en adelante para sanear el puerto, donde sólo permaneció hasta junio de 1916. El primer caso de fiebre amarilla se presentó en septiembre de 1915, y el último en junio de 1916, los atacados por ella fueron 92, y murieron 45.
La epidemia desapareció, pues, prontamente, sin propagarse en el Valle del Cauca, como se temió al principio. Desde mayo de 1916 se creó aquí una Oficina de Sanidad, que está servida ahora por un medico colombiano, un Secretario, un Jefe de Policía Sanitaria y cuatro Agentes que se ocupan constantemente en hacer visitas domiciliarias para vigilarel aseo; dos Aceitadores para petrolizarlas aguas que haya en el terreno poblado; dos Carpinteros, y diez peones para recoger y botar diariamente las basuras. Todos los depósitos de agua para el consumo fueron cubiertos con mallas de alambre, para que no entre a ellos un solo insecto, y les pusieron llaves; y cuando en las visitas diarias se encuentra un daño en éstos y no se comprueba inculpabilidad, al dueño del depósito se le impone una multa y se repone o remienda lo dañado.
El personal a sueldo cuesta mensualmente $ 379-50, y los Policías Carpinteros, Aceitadores y basureros, $ 76-80 por semana; en material se gastan unos $ 400 mensuales. Se declaro guerra a muerte a ratas y gallinazos, y desde el 9 de abril De 1916 hasta el 31 de mayo de 1917 se han destruido, pagándolas a $ 0-05, 4,313 ratas y 293 del 16 de enero de este año a hoy. De la primera fecha anotada al 16 de octubre último se han muerto 474 gallinazos, pagados a $ 0-10, y con posterioridad ni uno solo, porque ya no se presentan en la población.
Con estas medidas el estado sanitario del puerto, que era de lo peor del país, ha mejorado muchísimo, y los zancudos, que no dejaban un momento de tranquilidad a ninguna hora del día y de la noche han desaparecido de tal modo, que ya se puede dormir en Buenaventura sin mosquitero. Para los que en otro tiempo hayan vivido aquí o estado unas horas de tránsito, esta noticia, que algunos considerarán exagerada, les da idea de lo que ha sido y es la labor de las Juntas de Higiene y de Sanidad. Con este motivo creo de justicia consignar el nombre del doctor Jenaro Payán, inteligente y eficaz colaborador da la Junta Central de Higiene, en su carácter de Inspector del Pacífico, y el del actual Jefe de la Junta de Sanidad del puerto, doctor Pedro A. Duque, a quien en gran parte se debe el éxito de que estoy hablando.
Desafortunadamente este celo no será muy estable porque cambiarán el personal o porque suprimirán el gasto.
Apenas se presentó la epidemia, la Junta de Bogotá mandó que se estableciera cuarentena rigurosa, y dictó las medidas que consideró prudentes; del resaltado que dieron ellas hablan el reducido número de victimas que hubo y la poca duración del azote. Las poblaciones del Valle del Cauca y de las vertientes del Pacífico están en condiciones más desfavorables para una invasión de esa naturaleza que lo estuvieron las de Ocaña Cúcuta, Neiva, Tocaima:,Guaduas, Espinal, etc., cuando en el último cuarto del siglo pasado fueron visitadas por la epidemia; y sin embargo en cualquiera de éstas hubo más víctimas que ahora en toda la región del antiguo Cauca.
A la cuarentena mandada establecer fueron sometidas unas 1,800 personas. Por si el flagelo se prolongaba, y en previsión de lo que pueda ocurrir más adelante con otras epidemias de las que con tanta frecuencia se presentan en las costas del Pacífico, la Junta General de Higiene mando construir un edificio en el lugar mejor escogido, en Puerto de Dagua, para cuarentenas, el cual se concluyó cuando el azote había cesado Hoy está desocupado y a cargo de dos empleados subalternos encargados de cuidar de él, quienes hacen esto con exquisito esmero y aun tienen grande y bello jardín, y han plantado extensa y variada arboleda. El edificio construido a una docena de metros de la carrilera del ferrocarril y a poco más del río. Dagua, entre los dos, y a la salida del famoso Boquerón de este nombre, es grande, con departamentos bien separados para cuarentenarios sanos, sospechosos y enfermos y para médicos y demás empleados de madera de buena calidad y bien trabajada, con base de cemento para hacerlo inaccesible a las ratas, y techo metálico; está defendido por todas partes con mallas de alambre, y tiene puertas con resortes; hay agua potable en abundancia, baños, excusados, etc. Costó poco más de $ 9.000 muy bien empleados, siempre que no se le abandone con el tiempo como sucede entre nosotros con toda obra buena.
La construcción de un muelle es una de las necesidades más imperiosas de este puerto y del comercio de importación y exportación pues hoy para hacer embarques y desembarques hay que esperara que el alta marea esté en su plenitud para poder mover la carga entre los buques y tierra, y eso en lanchas y otras embarcaciones menores. En la baja marea sólo se mueven pasajeros y equipajes manuales, pero a espaldas de negros o en diminutas canoas arrastradas con cuerdas sobre la ancha faja de lodo que queda entre la población y el mar, y de allí hasta a bordo la embarcación menor. Debido a esto, el transporte de pasajeros y carga es sumamente costoso por falta de competencia.
Cuando don Francisco J. Cisneros fue contratista del ferrocarril en 1883, construyó, con gran costo, un muelle de acero, que de nada sirvió y quedó relegado desde que se construyó, porque es corto y está localizado donde hay bajíos de fondo de roca alrededor de él, y pasa por allí una fuerte corriente de las mareas, que llaman el hilero, de manera que el primer buque que atracó tuvo que retirarse con la baja marea, y después no han vuelto a atracar, porque no pueden resistir esa corriente sin exponerse.
En el contrato de 1905 con la actual Compañía sobre construcción y conservación del ferrocarril se estipuló que se la preferiría en igualdad de circunstancias para la construcción de un muelle, pero alla no ha hecho nada.
Casas extranjeras y del país han hecho varias propuestas, más o me nos formales, para encargarse de la obra con diferentes condiciones y por lo que yo recuerde por el momento sólo llegó a firmarse, y en eso quedó, un disparatado contrato, hace como veinte años, con un español Entonces censuré por la prensa ese contrato y anuncié que sucedería lo que se ha visto.
Ley de 1912 destinó el producto de los derechos del puerto para esa obra, y la 3a de 1915 mandó que se construyera.
En vista de que el Gobierno no toma providencias para hacer algo en favor del comercio de los Departamentos del Valle, Caldas y Cauca. y por el decoro nacional; la Gobernación del Valle acaba de nombrar dos ingenieros que estudien el punto con el objeto de entenderse con la próxima asamblea para que apropie la partida necesaria, y solicitar del Gobierno que permita construir el muelle a costa de esta entidad seccional.
Estudios formales sobre esto hay el de los ingenieros enviados por la Casa inglesa de Pearson, y el que hicieron los muy competentes de la empresa del Ferrocarril.
Debemos tener confianza en que el Departamento del Valle, gobernado hoy por el doctor Vicente García Córdoba, joven de grande empuje para el progreso, y donde el espíritu público empieza a despertarse de una manera consoladora y que promete mucho, llevará a cabo la obra; y como ésta interesa también machísimo a los Departamentos del Cauca y de Caldas, las Asambleas de éstos deberían prestar eficaz contingente para ello.
Por falta del muelle es costosísimo el desembarque de maquinaria pesada o voluminosa, y no puede traerse para las industrias fabriles y agrícolas, y poco menos que imposible embarque de ganado vacuno y de carbón mineral, que tendrían espléndido mercado en Panamá y Guayaquil. Cuando se construya, se exportarán en gran cantidad estos artículos y otros muchos que no dan los gastos actuales, y entonces vendrán a la bahía vapores de otras compañías que nos rediman del actual monopolio. Hay que confiar en que ya que el Gobierno y la Compañía del Ferrocarril no han hecho nada por la construcción del muelle, no pondrán dificultades al Departamento haciendo el papel del perro del hortelano.
A mi ver es muy clara la causa de que quede una zona de lodo muy ancha entre la población y la baja marea, y que vaya aumentando de año en año; la marea ascendente, ayudada por la corriente marina que viene del Sur lamiendo la costa del continente, entra a la bahía por un canal angosto, con gran violencia, y su corriente, sensible a la vista como si fuera la de un río caudaloso, marcha directamente sobre la punta de la isla, y a su paso empuja sobre la playa de ésta la carga de detritos que constantemente trae el río Dagua al desembocar muy cerca, en la misma bahía, y la arrincona contra la isla. La inmensa hoya de este río antes de bajar a las llanuras del Pacífico es muy quebrada, de tierra sumamente deleznable con poca vegetación, y por eso aun cuando no llueva, y mucho más en invierno, echa el río formidables y momentáneas avenidas por las represas que se forman con los muy frecuentes derrumbamientos, y toda esa tierra viene a depositarla en la bahía. Aun en los tiempos de mayores secas baja turbio el río por la gran cantidad de tierra en descomposición que trae,
Este puerto es poco visitado por embarcaciones, porque el comercio de importación y exportación no es activo y por las dificultades que los vapores de alto bordo encuentran para entrar y atracar en una bahía en que se necesita conocer el canal, y se carece en absoluto de boyas y de faros, y por las no menores que hay para dejar y recibir carga por falta de muelle.
La Ley 17 de 1911 autorizó al Ejecutivo para contratar el estudio y la ejecución de todas las obras que requiera el puerto para santificarlo y mejorarlo en todo sentido, inclusive para la construcción de bodegas de la Aduana, depósitos, etc., y para contratar un empréstito con ese objeto y declarar a Buenaventura puerto de depósito.
En informe que rendí en febrero de 1912 a los Ministerios de Gobierno y de Obras Públicas les dije:
Para atender al propósito del Gobierno y a lo que dispone la Ley 17 del año pasado, creo que convendría hacer lo siguiente:
