Popayán, Julio 9 de 1912

Señor General don Carlos Cuervo Márquez, Ministro de Instrucción Pública.

Bogotá.

     Desde el siglo XVII la instrucción pública en los Territorios del Caquetá y el Putumayo estuvo a cargo de los Padres jesuitas, que tenían casa en Quito, y de los franciscanos de Popayán, que dependían del Colegio Máximo de aquella ciudad. En 1637 fueron degollados por los indios salvajes los franciscanos y los indios reducidos de Mocoa. Los jesuitas regentaron entonces las Misiones destruidas, y fundaron entre otras las poblaciones de Sibundoy, Mocoa y Limón. El 1.° de agosto de 1767 fueron expulsados los jesuitas de los dominios de España, por Carlos III. Con esta medida y la posterior del año siguiente, encarnada en una cédula del mismo Rey, por la cual expulsó a los clérigos y religiosos extranjeros, las Misiones sufrieron un golpe mortal, que se complementó con las expulsiones decretadas por los Generales López y Mosquera en 1850 y 1861.

     Los jesuitas habían regresado al país después de la expulsión por Carlos III, y en 1845 el Gobierno de la Nueva Granada había, encomendado al Colegio que tenían en Popayán las Misiones del Territorio, porque en el Colegios de Misiones de franciscanos, que las tenían a su cargo, siglo había un religioso conventual.

    Todo lo que habían hecho los Misioneros se perdió, y los indica del Territorio, que ya iban sometiéndose con gusto al imperio de la religión y la civilización, volvieron a quedar completamente abandonados, sumidos en la barbarie y víctimas de las depredaciones de los blancos que de Colombia, Perú, Brasil y Ecuador se internaban a especular con ellos.

    No sólo los infelices habitantes de las selvas estaban desamparados, sino el Territorio nacional, que hasta entonces había tenido en los jesuitas los más inteligentes y eficaces defensores.

    En los archivos se encuentran datos que hacen creer que la labor catequista y educadora de los franciscanos de Popayán, desde que se separaron del Colegio Máximo de Quito, desmereció muchísimo. Segregadas las Misiones del Alto Caquetá y el Alto Putumayo para hacer parte de la de los cambios, en el gobierno de los quijos, quedaron manejadas por los frailes del Colegio Apostólico de Misiones de Popayán, quienes trataban de tal modo a los indios, que motivaron la deserción de muchos y la sublevación de los demás, por lo cual el Virrey Ezpeleta tuvo que intervenir para poner coto a los abusos que cometían y al comercio clandestino que hacían con los filibusteros portugueses. Esto movió al Virrey Mendinueta a apoyar las Misiones que en 1793 establecieron en los Andaquíes los agustinos de Pasto, quienes volvieron a reunir en Mocoa las familias indígenas dispersas.

     En 1785 el Presidente Regente de Quito pidió a don Ramón de la Barrera, vecino de Pasto, el derrotero de un camino que saliendo de esta ciudad fuera a un puerto del Putumayo, con el objeto de auxiliar a las Misiones establecidas allí. El señor de la Barrera lo formó con mucha precisión describiendo la ruta que existía desde tiempo inmemorial, y que sirvió hasta ahora que ye abrió el nuevo camino. Con motivo de lo informado, el Presidente Regente ordenó enviar por Pasto algunos recursos a los Misioneros, pero los franciscanos de Popayán lo impidieron, y aun consiguieron que se expidiera una real cédula, por la cual se prohibió, bajo pena de la vida, usar el camino de Pasto, por "sospechoso de ilícito comercio."  Esta cédala fue revocada con posterioridad o quedó relegada. Los franciscanos tenían el camino de Timaná, "más dilatado y fragoso," y no permitían la competencia en el negocio que hacían en el Territorio, de lo cual habla el historiador Groot.

    A solicitud del Ilustrísimo Obispo de Popayán, doctor Manuel José Caicedo, se volvieron a establecer las Misiones, ya a cargo de los Padres capuchinos, en 18955 y en 1905 se creó la Prefectura Apostólica del Caquetá, independiente del Obispado de Pasto, La Santa Sede nombró Prefecto al Reverendo Padre fray Fidel de Montclar.

    La jurisdicción de la Prefectura Apostólica. se extiende a toda la región oriental conocida con los nombres da Territorios del Caquetá y del Putumayo, que tienen por capitales a Florencia y Mocoa, respectivamente.

     Muy difícil es calcular el número de indios salvajes que habitan aquellas soledades, porque viven en su mayor parte alejados del contacto dé los blancos, en las selvas del Amazonas, el Caquetá y el Putumayo, y de los tributarios de éstos. Tribus más o menos numerosos hay sometidas a los explotadores de caucho, pero aun el personal de ésas es difícil determinación, por ser nómadas, que tienen constantes emigraciones. Algunos calculan su número en 200,000, otros en 200,000, y aun hay quienes no los hacen llegar a 50,000. Si se atiende a los que se encuentran en el Mocoa, el Guineo, el San Vicente, el Alto Caquetá y el Putumayo y sus afluentes, de la desembocadura del Guamués para arriba, regiones de clima sano y buenas tierras de labor, y donde los indios tienen eficaz protección contra ¡as depredaciones de los inhumanos aventureros da todas procedencias, el cálculo de 59,000 salvajes puede considerarse más bien exagerado, digas lo que dijeren viajeros que sólo conocen algunos de los ríos más caudalosos, que han navegado de ligero, o recogido datos y formado cálculos sobre los suministrados por quineros o cosecheros y por indios ignorantes. Lo cierto es que en lugar de aumentar ha disminuido considerablemente la población de las regiones altas del Caquetá y el Putumayo.

     Bancos más o menos civilizados o salvajizados se calcula que haya unos 2,000, e indios reducidos a la Religión Católica que entienden ya algo el catellano, unos 7,000.

     De acuerdo con el convenio celebrado por nuestro Gobierno con la Santa Sede; el Prefecto Apostólico fue nombrado Inspector General de Instrucción Pública del Territorio, con facultades para crear escuelas y nombrar maestros.

     La labor se empezó luchando con mil dificultades, como la falta de caminos, y de embarcaciones para navegar las ríos; la carencia absoluta de víveres, que tenían que llevarse desde Pasto, a espalda de indios; la escasez de recursos pecuniarios, y lo reducido del número de los misioneros, améis de hostilidad más o menos ostensible de particulares y del Clero secular y regalar, que nunca miraron con buenos ojos el que religiosos extranjeros se encargaran de las Misiones.

     Para fundar las escuelas empezaron por recoger de uno en uno a los indiecitos en sus dispersos ranchos, y enseñarles algunas palabras castellanas. Ya van acomodándose tanto con el estudio, que con frecuencia sucede en Sibundoy que uno de los estudiantes se presente con otro, completamente salvaje, que ha conquistado en lejana chacra. Estas cacerías son recompensadas con monedas de plata o con algún dije.

     Al principio fueron pocos los Misioneros, pero el Reverendo Padre Prefecto fue a España y trajo algunos. Hoy consta la Misión del siguiente personal:

      Sacerdotes, 14.

      Hermanea legos, 3.

      De aquellos, dos son colombianos, uno ecuatoriano, y los once, españoles. Los sacerdotes americanos están encargados de los tres curatos de  mayor importancia y donde más comodidades hay para la vida: Santiago, Sibundoy y Florencia. A los españoles les corresponde la regencia  de los pequeños curatos y lo más penoso de la labor, como son los constantes viajes a las tribus donde hasta ahora han hecho sentir su benéfica  misión. Estos Misioneros no han establecido residencia ni se han encargado de caratos en poblaciones que estén fuera del territorio que ;en pata recomendado.

      Para atender debidamente a todas las necesidades del Territorio se necesitarían por lo menos cuarenta sacerdotes y tres lanchas de v por una en el Putumayo, una en el Alto Caquetá, o sea de los rápidos de Araracuara para arriba, y la otra en el Bajo, de allí hasta su confluencia con el Amazonas. Pero, ¿podrían traerse y conservarse estas embarcaciones?

  Por lo que hace al gasto, si, porque no demandarían uno de macha consideración; pero mientras no se celebre tratado de amistad, comercio y navegación con el Perú, quizás estarían muy expuestas.

      Al empezar su laboríos Misioneros, los indios, aun los del valle de  Sibundoy, sólo tenían ideas vagas de religión : hacían bautizar a sus hijos,  se confesaban y celebraban matrimonios católicos cuando llegada por allí  un sacerdote conservaban algunos de los ranchos que en tiempos mejores les sirvieron de iglesias, y en ellos viejas y deterioradas imágenes, a  las cuales rendían culto idolátrico. El idioma castellano sólo era conocido por los indios que de tiempo en tiempo salían a Pasto o a Mocoa a negociar con los blancos o transportar carga a espaldas.

     Por regla general, los capuchinos de las casas establecidos en Pasto  y Túquerres, y miembros del Clero secular, iban sólo hasta el valle de   Sibundoy a lo que llamaban acabar fiestas. Lo cual consistía en celebrar  Durante una semana todas las religión as del calendario, mes después otra, a costa de los indios más acomodados, designados al efecto con anticipación si por el Cabildo de cada parcialidad.

      Los Misioneros capuchinos dependen directamente de Roma de laPropaganda fide, como Misioneros, y como religiosos monográficos, de laOrden Capuchina de Barcelona.

     Los capuchinos de Pasto y Túquerres dependan directamente del Superior General de la Orden Capuchina en Roma.

      Los Misioneros tuvieron que empezar por levantar capillas, ranchos para su vivienda y locales para escuelas, y por tratar de reducir a los indios a poblado, combatiendo la costumbre inveterada que tenían de vivir aislados en sus sementeras de dentro del, bosque, a pesar de las Ordenanzas de 1681, expedidas por el Visitador don Diego de Inclán y Valdez, y deja la Cédula Real de 1781, que ordenaron que los indios vivieran congregados en poblado. Sólo así pueden desarraigarse en parte mil prácticas nocivas a la salud, inmorales y gentiles.

      Para el gastos sólo cuenta la Misión con $ 240 oro mensuales, con que la auxilia el Gobierno, de acuerdo con el Convento celebrado con la  Santa Sede, y para el sostenimiento de las escuelas con $ 300 para diez de ellas, a razón de $ 30 mensuales por cada una de las establecidas en el Territorio del Putumayo, que fueron las que visité. Los recursos mas eficaces que reciben provienen de las limosnas que colecta entre los católicos del país la Junta Arquidiocesana de Las Misiones.

      Cuando practiqué la visita encontré las siguientes escuelas sostenidas por la Prefectura Apostólica en el Territorio del Putumayo :

     San Andrés, pueblo de indios; una escuela de varones y otra da mujeres, regentadas por el Cura capuchino y por ana señorita, repetidamente, con 30 alumnos la primera y 28 la segunda.

     Santiago, pueblo de indios; una escuela de varones y otra de mujeres, divididas en tres secciones, o escuelas independientes cada una, y regentadas por tres Hermanos maristas y tres Madres franciscanas, con 190 alumnos la de varones y 170 la de mujeres.

     Sibundoy, pueblo de indios : con cuarenta, de varones, dividida en tres escuelas o secciones independientes, regentadas por tres Hermanos maristas, con 160 alumnos y una de mujeres, dividida, en dos secciones, regentado por cuatro Madres franciscanas, con 120 alumnas.

     San Francisco, pueblo de blancos, en el valle de Sibundoy, a orillas del río Putumayo; una escuela de varones, regentada por el Cura capuchino, con 26 alumnos, y ana de mujeres, a cargo de la señora del Corregidor, con 23 alumnas.

     Mocoa, pueblo da blancos e indios; una escuela de varones, regentada por un Padre capuchino, con 60 alumnos, y una de mujeres, a cargo de una señorita, con 50,

     Limón, pueblo de indios, en la desembocadura del río Mocoa en el Caquetá: con escuela mixta alternada, regentada por una señorita, en la  cual hay matriculados 16 niños y 16 niñas.

     Hay pues 945 alumnos; 512 hombres y 433 mujeres en cuatro caseríos de indígenas, uno de blancos y uno de habitantes mixtos: cinco escuelas de varones, cinco de mujeres y una mixto, o nueve de las primeras y ocho de las segundas, si se consideran las secciones de las de Santiago y Sibundoy como escuelas separadas, una vez que cada una de ellastiene maestro especial. Estos son : tres maestros laicos, tres Padres capuchinos, seis Hermanos manetas y siete Madres franciscanas. Como el Gobierno sólo paga los sueldos de diez maestros, a razón de $ 30, no se abonan los correspondientes a los tres Padres capuchinos, para poder  atender al gasto de los demás y a la subsistencia de las Madres y de los Hermanos.

     Tiene el Departamento de cariño 300,000 habitantes, números redondos. Hay en las poblaciones mencionadas del Territorio del Putumayo unos 9,000. En el Departamento, sin incluir los del Territorio, hay unaasistencia diaria, según el último censo, de 13,794 alumnos. De esto resulta que en el Departamento de Nariño sólo asiste a las escuelas poco  más de un 4 por 100, y en el Territorio a cargo de los Misioneros capuchinos, entre salvajes, pues el 80 por 100 son indios que han tenido que empezar por aprender el castellano, asiste un 10 por 100.

     Hay diez locales de escuelas, de ellos cuatro en malísimo estado, desmantelados, en Mocoa y San Francisco, de propiedad del Municipio de Mocoa, y los restantes construidos por la Misión. De éstos el peor es el de Puerto Limón, y sin embargo es muy superior a los de aquellos dos  pueblos de blancos, y está mejor provisto.

     No se tenía noticia de mi llegada al pueblo de Santiago, de manera que lo que presencié a la entrada no fue escena preparada para sorprenderme; las tres Madres franciscanas, oriundas de la Suiza alemana que ya hablan perfectamente el castellano y conocen bastante el inga (una  adulteración de quechua), machete en mano terminaban la rocería y quema de un barbecho, acompañadas y secundadas por más de 100 indiecitas de cinco a catorce años, vestidas de falda negra hasta arriba de la  rodilla de algodón o de lana, manto o rebozo de bayeta colorada, camiseta  de zaraza o lienzo, pelo suelto y collar de decenas de hilos de chaquiras blancas, pulseras de lo mismo o de corteza de algún árbol, casi todas ellas armadas de machetes o de largos palos para amontonar las ramas y  avivar el fuego.

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