Los productos de las sementeras y de las huertas, que son las más extensas y variadas que he visto en Colombia, se dividen, en especie, en dos partes : la una para los niños o niñas que han trabajado, y la otra para el  sostenimiento de los Hermanos y las Madres y para proveerse de los muebles, útiles y testos que se necesitan en las escuelas y en los departamentos de ellas en que habitan.

     La gran dificultad consiste en defender las sementeras de los robos de los indios y de los gorriones, y para ello tienen que turnarse los Hermanos por la noche y los escolares en el día. En las escuelas da niñas les enseñan oficios domésticos y obras manuales propias de la mujer,  preparándolas así convenientemente para que cuando vayan a formar hogar desempeñen en él un papel menos triste y humillante que el que siempre ha hecho la mujer en pueblos no cristianos.

     Todo esto se ha realizado en sólo cuatro años que hace que los Hermanos y las Madres fueron llevados a Sibundoy.

     Así es como estos inimitables institutores trabajan por el bien espiritual y temporal de sus discípulos.

     Los indios del valle no cosechaban antes más que maíz, yuca, plátano, frijolea y calabazas, en chacras que nunca cercaban. Hoy, con el ejemplo de aquellos utilísimos extranjeros, y animados por sus propios hijos, han cercado muchas propiedades, tienen jardines, y empiezan algunos de ellos a sembrar papas, arracachas, repollos, garbanzos, lentejas habas, arvejas, coliflores y otras legumbres que van aprendiendo a consumir, y que no muy tarde tendrán excelente mercado en Pasto y en el Caquetá y el Putumayo.

     Por su parte los Padres capuchinos, directores y protectores de estasbenéficas labores, en las cuales, invierten parte de las limosnas que recauda la Junta Arquidiocesana de las Misiones y Colonización de la, región de los dos grandes ríos, dan el ejemplo y enseñan prácticamente a los indios la industria pecuaria. Tienen ya ellos en la jurisdicción de Sibundoy potreros de pastos artificiales y naturales, con 300 cabezas de ganado mayor, tan bonito como el mejor del Pátía o de los Llanos de Casanare y San Martín. A su ejemplo, hay indios de Santiago que poseen algunas cabezas, y aun hay quien tenga cinco bestias caballares, con las cuales viaja a Pasto.

     Todavía más: tienen establecida en Santiago una fábrica de tejas y ladrillos de barro, y allí, donde nunca se habían labrado maderas de construcción para llevar a Pasto, sino con machetes, tienen ya un aserradero.

     Ojalá que el señor Ministro recabara del de Obras Públicas y de los hacendados que enviaran por correo a los Padres y a las escuelas semillas de pastos y granos, y que de la herramienta que quedará desocupada al terminarse el camino, se destinara una parte a las Misiones, para que no se pierda, como ha sucedido siempre en casos semejantes.

    Que en un principio hay que hacer violencia a los indios para que dejen ir a la escuela a sus hijos, y a éstos para que asistan; que a los indios se les obliga a trabajar los lunes en la construcción de iglesias y de edificios para escuelas y para habitaciones de los Padrea, los Hermanos y las Madres, y en el cultivo de los terrenos que desde tiempo inmemorial se reconocen como propiedad de las iglesias y de las cofradías, es cierto; pero todo eso es en beneficio de ellos y de sus descendientes. Mañana, por cualquier motivo de esos que con tanta frecuencia se presentan en nuestras revueltas sociales, salen de allí los Padres, Hermanos Madres, y toda la riqueza creada por ellos queda de propiedad de aquellas comunidades indígenas, si es que algún caudillo no la adjudica a sus tenientes en pago de servicios a la causa de la libertad y la igualdad.

     Los indios, abandonados casi completamente por la Iglesia y el Estado, habían vuelto a una situación de salvajez y gentilismo en mucho parecida a aquella en que los encontraron los primeros misioneros. Para civilizarlos se necesitaba mucho tino, porque las tropelías de los blancos caucheros los habían hecho muy recelosos, y la austeridad de las prácticas a que se les iba a atraer no presentaban para ellos los halagos que brindan las viejas costumbres a seres dominados por la naturaleza animal, en quienes la fe está reemplazada por supersticiones y prácticas idolátricas. Para desarraigar las depravadas costumbres de que he hablado, no empezaron los Padres por chocar abierta y violentamente contra ellas, sino que, a imitación dé los prudentes misioneros jesuitas, trabajaron por morigerarlas y preparar una generación nueva para lo porvenir.Reglamentaron las danzas, conservándoles todos sus adornos y ostentaciones, aun permitiéndolas dentro del templo, pero reduciendo su duración a sólo el mes de junio; tasaron y vigilaron el número de ollas de chicha con que cada fiestero debía contribuir; intervinieron en la designación de los fiesteros; establecieron el juego de la vacaloca por las noches, y otras diversiones de gran contento para ellos, y celebraron frecuentes y aparatosas funciones religiosas, como vísperas, misas con muchas comuniones, salves, procesiones en que se canta el rosario en coros sucesivos por los niños y las niñas de las escuelas. De esa manera les embargan mucho del tiempo que antes destinaban a las bacanales; tienen a los indios divertidos y animados, sin chocar abiertamente con sus costumbres, y se ha conseguido que ya no mueran como en otro tiempo, en el desorden, ni se suiciden como antes.

     La música y el canto son elementos de atracción y civilización, de que se han valido con grande éxito. Burlas funciones de semana santa y navidad, en las misas, las procesiones, los rosarios, la celebración del mes de María y del Sagrado Corazón de Jesús, en toda función religiosa, hay cantos enternecedores de coros de niños, y de entre éstos han salido los monaguillos que ayudan a misa y los sacristanes de las iglesias. En la misa dominical, siempre muy concurrida, el Cura les hace en castellano, que no todos entienden bien, una plática apropiada a la inteligencia de los oyentes, y después manda que uno de los indios más prestigiosos e inteligentes la repita allí mismo en su idioma.

     Incidentes censurables es verdad que ocurren; pero, ¿quién es perfecto? Sin embargo, tienen su explicación y motivos atenuantes. El indio es ladrón y perezoso por naturaleza y por educación. La Ley 89, de noviembre de 1890, dice:

     "Artículo l.° La legislación general de la República no regirá entre los salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada por medio de Misiones. En consecuencia, el Gobierno, de acuerdo con la autoridad eclesiástica, determinará la manera como esas incipientes sociedades deban ser gobernadas."

     En virtud de lo dispuesto por esta Ley de la República, el Padre Prefecto dictó un reglamento para determinar la manera como debían ser gobernados los indios de las Misiones; el Gobernador del Cauca, doctor José A. Pinto, aprobó el reglamento por medio de un decreto, y el Gobierno Nacional le dio el pase. Esa es la legislación que debe regir entre los indios mientras entran con pie firme en la senda de la civilización.

     En todo el Departamento de Nariño, y creo no exagerar si digo que en todo el país, donde hay parcialidades de indígenas regidas por legislación especial, con sus Cabildos, etc., aunque sea de aquellos que es tiempo ya de hacer entrar en el movimiento administrativo general de la República, los indios son tratados con menores consideraciones que lo hacen los misioneros. Los Prefectos, los Alcaldes, los Jueces, los Comisarios, los Curas, los gamonales y sus propios Gobernadores, Alcaldes y Cabildos disponen de ellos a su antojo para reparaciones de caminos, conducción de presos y correos, acarreo de materiales para todo clase de obras públicas y aun privadas y para que desempeñen los oficios dé sirvientes y cocineros, y eso sin pagarles el jornal respectivo. Tan acostumbrados están a esa servidumbre, que al posesionarse una nueva autoridad los Cabildos se apresuran a poner a su disposición algunos de ellos, y cuando llega a su pueblo persona de alguna importancia, Gobernadores, Regidores de parcialidades y gobernados, hombres y mujeres, corren a llevarles frutos de los que cosechan, como muestra de sumisión y reconocimiento de dominio tradicional no interrumpido. Un indio de esas parcialidades nunca se presenta a demandar, aunque sólo sea un acto de justicia, sin llevar algún regalo, lo cual es muy sugestivo. Sobre los indica del valle de Sibundoy no pesa ninguna carga pública ni siquiera la da1 trabaja personal subsidiario.

     Hoy comete un indio un robo u otro delito no muy grave, y no hay autoridades que instruyan el correspondiente, sumario, porque fuera de Aguarico y San Francisco, donde hay Corregidores más o menos ignorantes, y Mocoa, donde había un Prefecto y un Alcalde antes de la creación de la Comisaría, en ninguna parte hay siquiera un Comisario que sepa leer y escribir. Sí se envía el criminal a uno de aquellos lugares remotos, donde no hay cárcel ni custodia, o a Pasto, para que allí se le siga el juicio, éste se prolonga meses y años con gran perjuicio para el preso y para los testigos, a quienes se obliga a ir a declarar desde lugares que están a semanas de distancia. Mientras el delito no sea de mucha gravedad, lo más conveniente es lo que hoy se practica: el Gobernador de la parcialidad pone en el cepo, que tiene en la casa, al criminal por más o menos tiempo, y si es reincidente y contumaz, le aplica personalmente unos cuantos azotes con un rejo venerado, que sólo se descuelga en casos excepcionales, y con ciertas ceremonias religiosas, de una cruz que hay sobre el cepo, y además, de acuerdo con el Cura, se le condena a trabajar cierto número de días en obras de utilidad pública. De esta manera se castigan las faltas de individuos que están cometidos a la legislación general de la República. A los indios hay que tratarlos todavía como sí fueran niños maliciosos y mal inclinados.

     Estos castigos (los de los azotes son raros y obedecen a prerrogativas de los Gobernadores indígenas y a costumbre tradicional) y la ocupación deterrenos incultos del valle de Sibundoy por los cultivos de las escuelas, dieron ocasión a que hace como dos años fueran a Bogotá a quejaras tres o cuatro indios de la parcialidad de Santiago. Allí se les agasajó y atendió como si fueran plenipotenciarios de nación amiga, lo cual ha sido materia de burlas y diversiones entre ellos y sus amigos del valle. Con gracia cuentan, haciendo chacota, cómo los llevaban a sus casas los enemigos de los capuchinos, y cómo les daban de comer y beber ; les regalaban  vestidos, que no usaron y vendieron en las poblaciones del tránsito por cualquier cosa, o tienen relegados en sus ranchos.

     Estos indios, embaucados por ciertos personajes mal reputados en Pasto, que los explotan haciéndoles creer que con telegramas y memoriales que les redactan pueden conseguir cuanto pretendes, sea bueno o malo, pagan los malos consejos con gallinas, huevos y masato, y aun con dinero cuando encuentran tercios por cayo acarreo les paguen.

    En Santiago se me presentaron los mismos del viaje a la capital, menos uno, ya muerto, acompañados por otros cuantos mal avenidos con la presencia de los Padres y los Hermanos, y me repitieron por escrito en cuatro memoriales de unas mismas conocidas letra y redacción, y de palabra, todas las que las que llevaron a Bogotá, y otras más, concretadas todas ellas en doce capítulos de acusación. Los oí pacientemente y tomé minuciosa notado todo. En seguida llamé al Gobernador, a los Alcaldes Mayor y Menor, a los Regidores Mayorales, todos ellos en número de diez y ocho, y en presencia de dos de los que fueron a Bogotá, examiné detenidamente, punto por punto, cada uno de tos capítulos de acusación y las escrituras que firme presentaron.

     De ese examen resultó que, a mí juicio, en diez de los capítulos de acusación carecen en absoluto de razón; en uno el punto es dudoso y hay que estudiar escrituras antiguas, y en el otro hay razón y justicia en el fondo, pero por un capricho inexplicable del interesado no se ha llegado a un arreglo ventajoso que se le propaso. Sobre todo esto hablé después con el Cura de la parroquia y con el Secretario dé la Prefectura Apostólica, y encontraron bien mis conclusiones. Más tarde traté sobre los mismos puntos con el Gobernador del Departamento, en presencia de seis de los reclamantes, que me siguieron a Pasto, y me presentaron allí nuevos memoriales redactados por los conocidos consejeros, y él estuvo de acuerdo conmigo en todo. Nada se consiguió con eso, Al indio no se le convence.

     Conservo en mi poder todas las anotaciones hechas para el caso probable de que vuelvan a Bogotá comisiones como la anterior; pues los indios, halagados por los regalos que reciben en la capital y las fiestas que les hacen en el tránsito, incautos, engañados por declamaciones de la prensa desean repetir el lucrativo viaje.

     Los Padres capuchinos tienen enemigos de diferentes linajes: usos porque son frailes, otros porque son extranjeros españoles, éstos porque son protegidos por el Gobierno, aquellos porque defienden a los indios delas exportaciones inicuas de los blancos, y los de más allá porque defienden a los blancos de las exclusivistas pretensiones de los indios; pero los más exagerados de todos son aquellos que has. tratado de establecerse en los resguardos, y como los indios no los han aceptado, aun cuando en ocasiones algunos de ellos, borrachos, han vendido sus derechos territoriales  por una libra, de sal, una botella de aguardiente, o unas varas de lienzo, elblanco echo la culpa del rechazo a los Padres. Pero no se ha presentado hasta ahora el primer enemigo que se atreva hacerles cargo por su conducta privada, que es dé moralidad ejemplar.

     Contra la aplicación de las penas de que be hablado no hubo queja, sino sólo por despojos de propiedad en beneficio de la Misión y sea dependencias,  uno de los grandes de sentimientos y motivos de queja de estos indios de Santiago proviene de que cuando llegaron los misioneros y encontraron  en la capilla imágenes de bulto y retablos despedazados, sin ojos, naricea, orejas, manos, etc., algunas de ellas, pues eran de las introducid as por los misioneros en la época de la Colonia, resolvieron reemplazarías con otras bastante buenas, pedidas a Barcelona. Los indios se opusieron, porque  decían que aquéllas eran las que conocían "la costumbre da indio." Hicieron manifestaciones tumultuarias de protesta, y llegó hasta temerse un  ataque a los Padres; pero éstos no desistieron de su propósito, y cuando llegaron las imágenes pedidas al extranjero, quemaron una noche las antiguas, y al día siguiente amanecieron colocadas en los altares las nuevas. Los indios protestaron, se retiraron de la iglesia y algunos aun del poblado, elevaron quejas a las autoridades eclesiásticas y civiles de Pasto, al Ministerio de Gobierno y aun al Delegado de la Santa Sede. Creían ellos que sus viejas imágenes habían sido vendidas a otras parcialidades, e hicieron viajes hasta el Caquetá y el Putumayo en su busca. Al fin fueron resignándose y regresaron a la iglesia, donde se presentaban a los Padres con dos velas : una para que se pusiera a las imágenes nuevas y otra para las viejas.

Comentarios (0) | Comente | Comparta