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III
ARMISTICIO DE CHAGUANÍ
Según las disposiciones del Estado Mayor general del Ejército dc
la Confederación, debía descender al Magdalena el batallón 3.° de
Artillería, que nos acompañaba, para hacer una demostración de
fuerza cañoneando algunos puntos de la otra banda del río, como
Méndez y Ambalema, donde había aglomeración de tropas enemigas. Los
prácticos juzgaron lo de cañonear á Méndez algo estrafalario por lo
que dista del río; sin embargo los artilleros aprobaron el plan,
pues creían que con cañones podrían atravesar la luna si se les
ofreciese: estaban ansiosos, como todos nosotros, de comenzar la
fiesta, Antes de ejecutarlo, pareció prudente estudiar el campo,
averiguar lo anclo del río y en especial ver qué tan malos eran los
caminos para conducir la artillería. A este fin salimos unos pocos
con el Sargento Mayor Cornelio Borda, segundo jefe del batallón, y
una escolta de caballería. Al llegar al alto de Aguaclara, donde
comienza el descenso, nos detuvimos sin pensarlo á contemplar el
esplendoroso é inolvidable espectáculo que nos ofrecía la
naturaleza: la aurora ataviad., de coloras suavísimos se iba
desvaneciendo con los resplandores del sol, y claramente se
delineaban que teníamos al frente., desde las colinas del valle
hasta los deslumbradores nevados del Ruiz y del Tolima: espacio
inmenso en que los cerros, como arrugas, se apiñaban unos sobre
otros se sostenían mutuamente hasta tocar los afortunados el
cielo crin su cabeza argentada. El Magdalena, cual cinta de novia,
se envolvía y desenvolvía en el valle hasta perderse sus
extremidades en la curva del horizonte: esos bosques seculares que
abisman por su grandeza, parecían broza enana, y los ricos y
extensos potreros se veían como manchas de verde claro en un tapete
oscuro y motoso. Lino de los prácticos nos dijo señalando en la
llanura un caserío: Allá esta Méndez á la orilla del río
Sabandija.
-¿Ese es Méndez? preguntó Borda. Y como el guía lo repitiese,
nuestro ingeniero asesta, allá su anteojo, y luego dice r Es un
caserío: no vale la pena de mover un cañón.
-Y hay mucha gente: se ven toldos, añadió nuestro campesino, que
veía más á simple vista que nosotros con nuestros anteojos.
-Entonces no importa: con un tiro acabamos con la ranchería.
-Pero está muy lejos de la orilla de acá, afirmó el guía.
-Con las culebrinas no hay lejanía. Y si no alcanzan, les
destruimos esas casas que están sobre el Magdalena, y que debe ser
su puerto para ese lado.... Sí, sí: ahí se ve un camino.
-Y hay soldados también, añadió uno de nosotros.
Larga y fatigosa es la bajada de la cordillera; pero nosotros
estábamos contentos, pues íbamos á ver aunque de lejos, por primera
vez al enemigo con quien debíamos combatir. Antes de llegar á lo
llano ordenamos á nuestros criados que se adelantasen á hacernos
preparar el almuerzo en el punto que nos indicaron los guías; de
modo que tan pronto como llegamos á las márgenes del Magdalena,
encontramos un almuerzo suculento, pero caliente como hecho en una
fragua. Refocilados salimos á buscar la parte más angosta del río,
que allí no tiene menos de cuatrocientos metros, y creyéndola
hallar, nos desmontamos en la casa que estaba cerca; saliendo al
río, sacó Borda sus instrumentos y comenzó á medir la distancia. El
campo estaba descubierto, pues hacía parte de un potrero, y no
dejaban de zumbarnos las balas de rifle de los enemigos, á las
cuales respondíamos con los nuestros. Borda con impavidez manejaba
su aparato, hacía cálculos en su cartera, y aun echaba de cuan do
en cuando mano del rifle, después de observar con el anteojo á los
que nos tiraban allá tras de los árboles, y disparando su arma,
decía: ¡Seguro que bajé á ese zopenco! Con toda su serenidad y sus
humos científicos, tenía rasgos de joven vivaracho y travieso, y
así nos dijo cuando más balas nos pasaban por. encima: Retírense
ustedes á esos troncos, y yo me dejo caer como si me mataran:
ustedes acuden á levantarme y después nos burlamos de ellos. Dicho
y hecho: nos retirarnos unos seis metros y nos sentamos en los
troncos, de modo que la figura Borda con su vestido militar de
forma vistosa, fuese blanco incitador: á pocos momentos cae de
espaldas y nosotros volamos como si realmente estuviese herido de
muerte. Con una diana celebraron los enemigos su proeza, pues bien
veían la calidad del muerto: corto fue el engaño, pues separándonos
de él y dejándole solo como antes, se levanta y comienza á saltar y
bailar como loco; nosotros aplaudimos á todo gusto, y los dos
clarines que llevábamos apagaron la diana de ellos con el ¡qué feo!
¡qué feo! que repitieron hasta fastidiarnos. Este episodio fue muy
alabado cuando, al volver, lo referimos en Guaduas.
Méndez es una población asentada entre Honda y Ambalema sobre el
río Sabandija, la que, cuando la prosperidad del tabaco, fue centro
de comercio y de riqueza; pero luego empobreció, como toda esa
parte del valle, al arruinarse la agricultura,,: hoy es poca ó
ninguna su importancia. Como posición militar es nula; bombardearla
según lo quería el Gobierno, era, en ceso de que alcanzaran
nuestros proyectiles, como bombardear un llano raso, sin más
consecuencia que reducir á cenizas una población inocente; pero
tratábase de hacer una necedad, y nosotros no podíamos dejar
siquiera de intentarla. En vez de esto, ¿por qué no se imita á
julio Arboleda con el ataque de Guaduas? El Ejército de Mosquera
estaba entonces acantonado en Ambalema, Méndez y Honda; después,
cuando el grueso de nuestro Ejército amagó pasar el río por Nariño,
Mosquera dejó á Piedras, donde estaba su cuartel general, y se
trasladó á Méndez, punto central para atenderá nuestros
movimientos. Al tiempo que nosotros estuvimos frente á Méndez, la
gente que allí había alcanzaría á quinientos hombres, no bien
armados, sin mayor disciplina, y lo que era más serio, sin auxilio
inmediato; de modo que nada más fácil que pasar el río en una noche
con un puñado de nuestros excelentísimos soldados, sorprenderlos, y
con ello desorganizar el Ejército enemigo. Desgraciadamente faltaba
el hombre, ó mejor dicho sobraba la disciplina. Tal vez Pedro
Gutiérrez Lee mismo, á obrar con la libertad que se disfrutó luego
en la reacción, no vacilara en repetir aquí la valerosa hazaña de
Guaduas. La libertad é independencia de acción es lo que hace á los
grandes capitanes.
Mover por esas agrias montañas un batallón de artillería con un
cargamento de balas, granadas, palanquetas, cureñas, cañones,
ruedas y demás objetos embarazosos, es otra cosa que heroísmo es
tontería suprema se necesitan más de cien mulas escogidas con sus
correspondientes arrieros aparatos complicados para llevar á lomo
las cureñas y cañones, muchos de éstos, como las culebrinas que
hizo rayar Borda, largos y pesadísimos; por añadidura, como los
aparatos no eran muy adecuados que digamos, hacían á las mulas
crueles mataduras, y por consiguiente había que llevar repuesto de
ellas so pena de dejar tirada la carga. En aquellos senderos que
asustan á las mismas cabras, ora se atollaban los animales en un
lodazal, ora se incrustaban en las angosturas ó se despenaban en
las laderas; los muleros maldecían, renegaban y al fin acababan por
escabullirse robándose dos ó tres mulas; con esto los infelices
soldados quedaron al fin solos con tan desastrosa faena. Para
aumentar los conflictos, cargábamos con un obús monstruoso, de los
hechos para defender fortificaciones y no para correr mundos, que
necesitaba dos yuntas de bueyes para arrastrarlo, zapadores que le
allanasen el piso y camino especial por donde ir, pues no por todos
podía pasar. Lo de conseguir bueyes de tiro era cosa ardua, pues
los de la Sabana se morían en tierra caliente, y los calentanos no
los había mansos, á causa de no usarse por allí carros: por milagro
se consiguieron unos pocos. Un piquete de artillería convoyaba el
obús, y sus jornadas eran cortas y fatigantes.
Deseando el Gobierno acelerar las operaciones militares,
desistió de lo de cañonear á Méndez, y dio orden de que el batallón
3.° de artillería se moviese sobre Ambalema : al ponerse en marcha
felicitamos los que nos quedábamos á nuestros amigos y compañeros
por haber sido elegidos para irá habérselas con el enemigo antes
que nosotros. Viéndolos alejar nos entristecimos como si algo
funesto presintiésemos sobre su suerte.
El plan de campaña de nuestro Ejército solo consistía en pasar
el Magdalena y buscar á Mosquera para batirle; con el objeto de que
no se escapase por Guaduas y fuera á ocupar la capital, se` dejó en
esa villa la 6.ª División. Creyéndose que el enemigo se
concentraría por los lados de Piedras, en donde se pensaba que
estaría aún el Cuartel general, se escogió el punto de Nariño como
el más apropiado para pasar el río, lo cual habría sido en extremo
difícil si Mosquera se propusiese impedirlo; mas como su intento
era otro, nuestras tropas pudieron hacerlo el 24 de Febrero,
después de un corto tiroteo, en que tuvieron, sin embargo, ocasión
de desplegar no poco denuedo y habilidad algunos de nuestros Jefes,
como el Coronel Mateo Viana, el Teniente coronel Benito López y el
Sargento mayor Jenaro Gaitán. Tal importancia daba el Gobierno á
este suceso, que el Boletín Oficial de Bogotá decía con
fecha a de Marzo, batiendo palmas:
" Uno de los más difíciles triunfos sobre los enemigos
de la Constitución está alcanzado. El Ejército nacional pasó el
Magdalena, y en breves días una batalla decisiva habrá matado la
injusta guerra que asuela la República." Y para que á la
noticia oficial nada faltase de halagador, se anunciaba que el 28
comenzarían á moverse las tropas sobre el enemigo, es decir iban á
quedarse en esas playas inhospitalarias, asoleándose como los
caimanes....; y en efecto, allí permanecieran no solo hasta el 28,
sino quién sabe hasta cuándo, si Mosquera no se les escapa, y pasa
el río por Ambalema buscando fortuna en otra parte.
Sería necesario suponer á Mosquera un mentecato para que al ver
que le arrojaban, como limosna, el batallón de más tono del
Gobierno, no corriese á comérselo. Sabedor de que andaba por
aquellos desiertos, reúne sus tropas, pasa el río y vuela sobre la
presa, la cual no tuvo más salvación que guarecerse rápidamente en
una especie de península que forma el río, llamada la Barrigona. El
clima húmedo y ardiente es allí mortífero, y entonces no había más
que una casa desmantelada y negra, como que la estaban acabando de
levantar y nada qué comer, pues el platanal vecino todavía no se
hallaba en edad de fructificar; siendo la única ventaja de esta
posición el estar resguardada en parte por el río, sin que
inspiraran temor dos bonguitos armados en guerra que tenía el
enemigo, y que en efecto se ahuyentaron al hacerles dos tiros de
cañón. Sin la serenidad de los jefes, que pudieron arrinconarse en
la Barrigona antes de ser embestidos, el batallón sucumbiera
arrollado por las numerosas fuerzas que tenía al frente. Con todo,
su situación era crítica y aun desesperada si no se le socorría á
tiempo.
Mientras el batallón 3.° de Artillería lleno de entusiasmo y de
confianza descendía á cumplir la orden de cañonear á Ambalema,
Mosquera tuvo la feliz idea de mandar, por vía de prólogo, una
partida á coger el obús, que iba por otro camino: el conocidísimo
teniente Maestre, que mandaba el piquete, al ver al enemigo encima,
arrojó el obús por un despeñadero y hábilmente se escapó con casi
todos los suyos. Mosquera dio á los cuatro' vientos noticia tan
favorable á su causa, llamando la aventura del obús
"sorpresa de la vanguardia del Ejército de la
Confederación": esto no supone que él fuese á cargar con
tal armatoste, pues pronto lo vendió como cobre á unos mercaderes
de Honda. Nosotros no nos atreviéramos á hacerlo, sino que lo
habríamos desenterrado y comprometido la suerte de la República por
andar con él para arriba y para abajo, en alarde de poder y de
grandeza.
Cuando recibimos en Guaduas el posta con que el jefe Escallón
comunicaba tener á Mosquera al frente, Gutiérrez Lee comprendió la
gravedad del caso, y aun probablemente se culpó á sí mismo de no
haber objetado la orden de destacar un cuerpo de movilización tan
difícil para emboscarse en esas soledades sin apoyo alguno., Pero
el tiempo era para obrar y no para llorar arrepentimientos. Al
punto dio orden de marchar, y con prontitud entramos en campaña,
sin pensar en el peligro que nosotros mismos corríamos de tropezar
con el enemigo: no contábamos sino con el 4.° de línea y el
escuadrón de Húsares, por todos unos seiscientos hombres. Mosquera
pudo dejar en jaque con una corta fuerza al batallón de Artillería
atrincherado en la Barrigona, y correr sobre nosotros,
sorprendernos y destruirnos, por mucho que fuese nuestro valor: en
caso de ser atacados de repente en esas veredas apenas abiertas
entre monte bravío, la caballería. antes que sernos de provecho,
sería una rémora que podía desordenar nuestra misma infantería.
Nosotros íbamos á socorrer á nuestros hermanos, y en estos casos no
se miden los riesgos. ¡Adelante! ¡Adelante! También preciso es
confesar que el enemigo no daba mayores muestras de virilidad, y
que así como no se había echado aun sobre ese batallón abandonado,
tampoco sería muy diligente en oponerse á nuestra unión.
El proyecto de Mosquera de pasar el Magdalena dejando el grueso
del Ejército de la Confederación en la orilla del río, y caer sobre
el batallón de Artillería y luego sobre el resto de la 6.ª
División, era acertadísimo, pues así la podía vencer en detal; pero
le faltó habilidad y energía para realizarlo, y empezó á vacilar y
á andar con cautela. O acaso fue que no teniendo experimentada
la vitalidad de nuestro Ejército, temió que éste le viniese picando
la retaguardia, y que, si nos atacaba, pudiera ser alcanzado, y
encontrarse, aun en el caso de obtener un triunfo parcial,
debilitado para combate de mayor importancia. Por esto él
aparentaba abalanzarse sobre nosotros y al mismo tiempo evitaba
cualquier encuentro, fincando al fin el éxito de la campaña en el
prestigio de su nombre y en los errores que cometiesen nuestros
jefes. Pero como nosotros no estábamos en estas interioridades y
veíamos lo grave del caso, pasamos las angustias más terribles,
pues nos parecía no llegar á tiempo, á pesar de los postas
continuos que nos llegaban en el camino, comunicándonos los
movimientos del enemigo y las medidas que tomaban nuestros
artilleros para rechazar cualquier ataque antes de nuestra
llegada.
De ternísima alegría se llenaron los corazones cuando nos
abrazamos en la Barrigona. Las cornetas se volvían locas
anunciándolo. y la banda de música de la Artillería sacó de su
repertorio las piezas más adecuadas para las circunstancias y las
tocó con sentimiento patriótico. Nunca habían oído aquellas
soledades tan deliciosas armonías: semejaban más bien entonadas en
celebración del triunfo pacífico del trabajo que por la guerra que
estaba para ensangrentar esas selvas. Esta música arrobadora
llegaba al campamento enemigo, el cual con su silencio respondía al
alborozo nuestro. Intolerable pesadilla debió de ser para Mosquera
nuestra banda, y rumboso y amigo de bambolla como era, se mordería
los labios cada vez que la oía y la comparaba con las suyas, mezcla
informe de músicos de iglesia y tocadores de bunde. Cuando nosotros
las oíamos nos reventábamos de risa: traían chinescos, trompas
abolladas que con clarinetes chillones taladraban los sesos: amén
de que en algunas se entremetían los violines, ¡y qué violines!
pero con todo alelaban á los pobres negros. ¡Qué sabemos si uno de
los sueños dorados de Mosquera al coger la Artillería era echar
mano á los músicos para ostentar una banda digna del Supremo
Director de la Guerra.
El batallón con actividad y destreza había construido un fortín
inexpugnable con trincheras de vástago de plátano y tierra, de
manera que se habría derramado mucha sangre antes de tomárselo: las
bocas de los ocho cañones que llevaba se veían, como cabezas de
mastines, prontas á destrozar al que se acercara, y las troneras
para los fusiles estaban listas para brotar torrentes de fuego.
Estos trabajos de fortificación eran excelentes para un ataque como
el que se esperaba, pero insignificantes para abrigar una división;
ocupando el enemigo la estrechura de esta casi península, aquello
era una trampa imposible de romper, en l:: cual nos podían encerrar
cuanto se quisiera, ú obligarnos á combatir desesperados en las
condiciones desfavorables que el enemigo tuviese á bien imponernos.
Pasada la rabia que debió de experimentar Mosquera con nuestra
unión, pensó sin duda que era para mejor, pues habíamos también ido
á meternos en aquel saco: tomando sus medidas, se creyó vencedor, y
así lo comunicó á sus parciales ausentes: la mejor División de
Ospina está en mi poder. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Ejército del
Cauca! ¡Vivan los Estados Soberanos de la Nueva Granada!
Para tantear la tropa que nos cercaba y mostrar que nada
temíamos de ella, enviamos unas dos guerrillas del batallón 4.° á
tirotearla, acompañadas de algunos jinetes arrojados como D. Simón
Hernández, D, Antonio León y D, Jacobo Martínez, que obraron
prodigios de valor: nuestros soldados, contra la consigna que
llevaban, se dejaron arrastrar de inconsiderado ardimiento, y
avanzaron más de le necesario haciendo gran destrozo en el campo
contrario: una de las guerrillas se vio rodeada por fuerzas
innumerables y tuvo que rendirse, no sin haber vendido caramente
esta humillación: nos cogieron diez prisioneros, entre ellos al
teniente Vargas: tuvimos además tres muertos y cinco heridos. Las
pérdidas del enemigo fueron serias. Esta escaramuza la llamó
Mosquera batalla, por supuesto ganada por él, y la bautizó con el
nombre de Victoria de la Barrigona.
A pesar de estar encendida ya la guerra y excitada la furia con
la sangre derramada, no quiso Mosquera embestirnos y se contentó
con ocupar las veredas que conducen á la Barrigona, confiando en
que, espoleados por el despecho, lo atacaríamos al día siguiente.
El Coronel Gutiérrez Lee era harto avisado para perder la cabeza en
tan crítico lance, y querer romper á viva fuerza la muralla de
bayonetas que nos atajaba. Ya que el Ejército de la Confederación
nos había abandonado, preciso era salir de allí, y salir incólumes.
¿Pero por dónde, si todo estaba ocupado? Los prácticos, después de
estudiar el terreno, indicaron que no había otra salida que el
lecho de uno de aquellos torrentes que forman las lluvias
intertropicales: era angosto, medroso, lleno de piedras y de saltos
y en trechos con charcos de agua rojiza donde se refrigeraban las
culebras y los insectos: salir por ahí sería fácil para infantería
ligera, pero para nosotros con esos cañones, esas cureñas, esas
ruedas, esas cargas de granadas y todo ese servicio de artillería
que á cada paso se ladeaba, se enredaba y aun se caía....; la
caballería misma inspiraba temor, pues un caballo que se espantara
ó que relinchase podría alertar al enemigo y llamarlo sobre
nosotros, con lo cual estaba todo concluido. En una retirada de
estas no hay valor, no hay pericia, no hay nada: el terror saltea
los corazones más templados y no se piensa sino en huir.... Por
fortuna el enemigo era de nuestra misma masa, y dormía como un
lirón cuando en el orden y en el silencio mayor emprendimos la
marcha, pasada la media noche: todos cumplieron allí con su deber,
hasta los caballos, las mulas y las mismas cargas. Al partir el
último soldado fuimos el Coronel Gutiérrez Lee y yo á recorrer el
campo para ver si aun se quedaba algo: los soldados no habían
olvidado nada, nada: hallamos una voluntaria en la cocina de la
casa, que cargada, como un emigrante, nos dijo rompiendo contra una
piedra del fogón la olla que no podía llevar: ¡Ni la olla se la
dejamos á esos malvados! y corrió á reunirse á sus compañeras. El
Coronel Gutiérrez fue esa noche el héroe: estaba dondequiera que
podía haber peligro, dirigía Basta los últimos pormenores y en voz
baja y risueña los animaba á todos. No creo que en los anales de
nuestras guerras civiles se registrará una retirada con más
peligros y mejor dirigida que la que hicimos de la Barrigona:
cuando se escriba la historia militar del país, á aparecer como
proeza digna ole un gran capitán.
Al ver Mosquera al día siguiente que nos habíamos escapado, se
encoleriza y culpa al General Rafael Mendoza (el histórico y
simpático manco Mendosa) de no haber ocupado aquel
sendero, según se lo había ordenado, y más que todo, de no haber
sentido nuestro desfile: que siempre es satisfactorio en nuestros
errores hallar un subalterno á quien cargar con ellos. En todo esto
apareció Mosquera como inepto é indigno del miedo que inspiraba á
algunos: pues él debía saber por sus espías que el Ejército de la
Confederación estaba en incapacidad de moverse rápidamente, y así
podía, sin temor inmediato, dar uno de aquellos golpes de audacia
tan necesarios en los sublevados, destrozando primero el batallón
de Artillería y después á los que íbamos á auxiliarlo; ó si no,
obligar á toda la División, una vez en la Barrigona, á capitular
por hambre ó á sucumbir combatiendo.
Las circunstancias no son, sin embargo, para juzgar á los
hombres, sino para ponderar el alborozo que experimentamos al
vernos libres de ese infierno de la Barrigona, y en camino de la
hacienda del Paraíso, que, según los informes recibidos por
Gutiérrez Lee, iba á ser para nosotros un verdadero paraíso, pues
además de su posición ventajosa, estaba en el camino de Chaguaní,
de donde con toda seguridad podríamos retirarnos á la Sabana ó
aguardar al enemigo en lugares inexpugnables, si era que nuestro
Ejército no venía antes á unírsenos.
Ya de día pasamos por el Puerto de Chaguaní, propiedad entonces
del apreciado caballero D. Carlos Bonitto, quien puso su casa á
nuestras órdenes, y nos proporcionó á sus amigos un desayuno de
café con leche, que nos pareció como bajado del cielo: Bonitto
conocía el Paraíso, como que por allí pasaba con frecuencia, y
corroboró lo que sabíamos de su excelente posición y facilidad para
comunicarnos con el mundo. En la sala, que era espaciosa, y en otra
piezas había voluptuosas hamacas que invitaban á desquitarse en
ellas de las pasadas noches de fatiga y de no dormir; pero el
tiempo no estaba para detenernos, y ¡adiós provocadoras hamacas!
Vicente París, capitán de artillería guapo é impávido como él solo,
no pudo resistir á la tentación de reclinarse en una de la sala, y
quedándose dormido profundamente, no sintió que seguíamos. El mismo
Bonitto, que esa noche había estado en la más cruel incertidumbre,
sabiendo que nos retirábamos se acostó también cuando ya no había á
quien obsequiar, y se durmió. Las diez serían cuando de repente un
tropel de caballería entra en la sala y los despierta: era el
temido negro Victoria con varios soldados. El capitán París salta
de la hamaca, y desenvainando la espada, dijo con su calma
habitual: Mato al que se me acerque. Viendo que no le atacaban,
pero sí le intimaban que se rindiese, lo hizo al fin, diciendo que
lo llevaran á ver á Mosquera, pues era hijo del General en jefe del
Ejército de la Confederación. En triunfo lo condujeron á su
campamento, lo mismo que á Bonitto, á pesar de alegar éste su
calidad de inglés. Mosquera se mostró afable con ellos, y los
soltó, dando á París pasaporte para que volviese á ocupar su puesto
en nuestro Ejército, sin duda con propósito de agradar al General
su padre y hacer ver su magnanimidad á nuestros soldados.
La casa del Paraíso esta situada en la orilla izquierda del
riachuelo ó quebrada de Chaguaní y en el camino de esta población
al ¡Magdalena: la rodeaban entonces espaciosas corra lejas de cerca
de piedra acabada de construir, y al frente había un potrero de
pasto de Guinea donde provocaba ver obrar la caballería. Con sol
ardentísimo y no desprovistos de hambre, llegamos por la tarde á
comer lo que de antemano se había hecho preparar para la tropa.
Nunca he comido carne asada más sabrosa que en esa ocasión, ni me
ha parecido mejor el agua para después de tomar panela. Creo que me
comí mis dos libras de carne y unas tres panelas: no era tanto la
larga privación de alimento lo que aguzaba el hambre, cuanto el
gozo inefable de haber burlado al enemigo: al vernos allí sanos y
salvos no concebíamos cómo no nos había perseguido aunque fuese una
guerrilla de caballería que por punto de honor nos disparase una
docena de tiros. ¿Será, nos preguntábamos, que el Ejército de la
Confederación los viene alcanzando?
La nueva posición se apoyaba á la derecha en la quebrada de
Chaguaní, á la izquierda en unas colinas sembradas de pasto y que
hacían parte del potrero, y al frente en una cerca de piedra que
iba de la quebrada á la cima de las colinas; resguardada nuestra
espalda por espesa montaña, se dilataba al frente, como tengo
dicho, un campo limpio oportunísimo para la artillería y la
caballería. La posición era en apariencia formidable; pero un
enemigo diestro en el arte de la guerra y que quisiese combatir,
viera desde el primer momento que nuestras cercas de piedra estaban
dominadas por las colinas, las cuales no podían ser defendidas
formalmente por las guerrillas que allí se colocaron, y que tenían
que retirarse tan luego como fuesen embestidas por fuerzas
superiores; apoderado de ellas, podría apagar desde allí nuestros
fuegos, y aun, cubierto por el monte, lograra colocarse á nuestra
retaguardia. Las trincheras mismas que tiramos de nuestro centro al
camino, obstruyendo éste y atravesando la quebrada por un puente,
podían fácilmente inutilizarse, abriendo una ligera trocha por
entre el monte. Nosotros veíamos claramente estos defectos y nos
prometíamos subsanarlos del mejor modo posible al principiar el
combate: estos son los inconvenientes naturales de acogerse á
trincheras, pero que el enemigo rara vez llega á conocer: descubrir
los flacos de una posición para dominarla, es de militares
privilegiados. Mosquera en esta ocasión se mostró lerdo como una
petaca, y asustado con las cercas de piedra, no pensó ni en
estudiar el campo; bien es verdad que él tenía que andar aprisa
para no tropezar con el resto de nuestro Ejército, y así resolvió
tomar otro camino más fácil y más acorde con el plan de campaña que
las circunstancias le impusieron. Para no alarmar á sus soldados
les decía que nuestras trincheras no valían nada ante sus cañones
de á doce, que las arrasarían en un instante. Los tales cañones
eran unos obuses de montaña de poquísimo alcance, manejados por
gente inhábil, y que en toda la guerra no acertaron un solo
tiro.
Tan pronto como arribamos y se dio rancho á la tropa, fue
situada ésta en los puntos designados para la defensa:
aspilleráronse las cercas para los cañones y la fusilería: en el
llano se colocaron á distancia conveniente doscientas granadas,
reliquia del dichoso obús, con minas que iban á la cerca: del lado
de la quebrada y del camino se elevaron trincheras de tierra, y
antes de caer la noche ya estábamos en aptitud de desafiar el
arrojo del enemigo. Nuestro jefe mostró una vez más su incansable
actividad, y todos cooperaron á la eficacia de las medidas;
Cornelio Borda, educado en la Escuela Politécnica de París, creía
llegado el caso de poner en planta sus estudios de ingeniero
militar, y era el más ardoroso en el arreglo de los asuntos de
artillería y fortificación: estaba en su elemento. Al acabar, dijo
recreándose en su obra: Somos invencibles: lo malo será que esos
brutos no se atrevan á atacarnos, Imaginaba que se meterían entre
las granadas, que con el pecho irían á tapar las bocas de los
cañones y que él no perdería ni un proyectil. Visto lo incipiente
de nuestro arte militar, nada de imposible tenía que el enemigo
cometiese semejante locura, como no pocas veces ha acontecido en
nuestras guerras civiles, en que ejércitos enteros van á caer al
pie de trincheras, que con un poco de estadio se pudieran evitar.
Pero sea de ello lo que fuere, lo cierto es que nuestro campo
atrincherado quedó al fin formidable para una fuerza bisoña como la
de Mosquera; y para otra mejor organizada, sería escollo que no
vencería sino con la pérdida de sus mejores soldados.
Nuestra tropa dormía sobre las armas, mientras las rondas
recorrían, como sombras, todo el campo. El cielo estaba despejado y
la luna se deshacía en luz vivísima, semejando que con su frescura
virginal quería desquitarnos de los ardores del sol que durante el
día nos había retostado: pero la luna en aquellas soledades
indómitas guarda también veneno, y algunos de los nuestros
enfermaron esa noche, siendo digno de recordarse entre ellos el
simpático teniente de artillería Castrillón, de las buenas familias
de Popayán, quien, quedándose dormido boca arriba y sin cubrirse la
cara, fue atacado de gota serena.
Como si esperáramos una función muy anunciada, tan luego como
nos creímos listos y la luz, de la aurora lo permitía, mandamos
vigías á las colinas para que anunciasen la aparición del enemigo,
despachamos postas, avanzamos partirlas de observación, y los jefes
no cesaban de escudriñar con sus anteojos: se nos figuraba que
íbamos á quedar burlados, que se nos;iba á aguar la fiesta.
-¡Allá vienen ya! anuncian los vigías.
-¡Aquí no más están! llegan diciendo los espías. ¡Aquí no
más!.
Inmediatamente montamos á caballo el Coronel Gutiérrez y. yo y
fuimos hasta la primera avanzada, y oyendo un lejano toque de
cornetas, él puso el oído, y no distinguiendo bien lo ';que
tocaban, se volvió á los que allí estábamos, preguntando:
"Qué tocan?" El sargento de la avanzada da un
paso al frente, se cuadra y dice con gravedad: " Cornetas,
mi Coronel." Todos, menos el jefe, no pudimos menos de
reír; pero él, no siendo el caso para risas, le dijo con sequedad:
" Ya sé que son cornetas, pero lo que se necesita es saber
el toque quedan."
Nosotros estábamos resueltos á pelear, y temiendo que Mosquera
no se atreviese á acercarse, le enviamos guerrillas, ya
aleccionadas con lo que pasó en la Barrigona, á que lo atrajesen;
pero él evitó todo lance, mostrando las pocas ganas que tenía de
estrellarse contra nuestras cercas de piedra. En vista de su
repugnancia y para hacerle patente lo poderoso de nuestra
artillería, avanzamos una culebrina por entre el potrero, hasta
donde se descubría una casa llena de gente. Tan afortunados
anduvimos que el primer cañonazo desbarató el techo y el tercero la
pasó de parte á parte; mas en eso paró el estrago, por haberla
desocupado rápidamente desde el primer tiro. Si hubiéramos
continuado en la campara acertando tan bien nuestros cañonazos,
algo de provecho se hiciera con h: artillería; que para los noveles
y reclutas el cañón es el arma más espantosa, y su detonación los
aterra como cosa sobrehumana: creen con candor que de un cañonazo
nadie escapa, y que cada tiro va dirigida personalmente á ellos.
Estos pocos cañonazos se grabaron en la imaginación de los
mosqueristas y, les hicieron pensar que éramos inatacables. Pero su
jefe no podía ya retroceder y en juego su astucia. Repitiéndose
exactamente lo que hizo en Manizales al día siguiente de su
rechazo, se nos presentó, como á las nueve de la mañana, un
labriego con bandera blanca, diciendo al jefe de la avanzada que
iba de parte del General Mosquera y llevaba por comisión anunciar
que atrás venía el oficial Lucio Estrada en calidad de
parlamentario.
En la situación solemne en que se hallaba la República, cuando
un paso desacertado podría dar el triunfo á la revolución, era
necedad no oír al enemigo: la 6.ª División se hallaba sola, aislada
y sin comunicación con el Ejército: atropellar una batalla es
temerario cuando no hay evidencia de vencer: tal vez el Coronel
Gutiérrez Lee no aceptara el parlamento si r o le hubieran
desmembrado la División quitándole desde antes el batallón 7.° de
Cipaquirá: con estos trescientos hombres se habrían fortificado las
colinas que dominaban la posición y el asaltante sucumbiera sin
falta.
D. Carlos Holguín, que acompañaba al Ejército como Secretario de
Gobierno de Cundinamarca, y que con valor y abnegación se acomodaba
á la vida de soldado, juzgó prudente aceptar la conferencia con
Mosquera: aquí era él quien estaba en su elemento, y la táctica
política, las estratagemas diplomáticas y la astucia para burlar al
enemigo, no podían encontrar allí representante mejor. Gutiérrez
Lee, con todas sus buenas partes, necesitaba tener al lado una
ninfa Egeria, y Holguín poseía á maravilla todas las cualidades
para el oficio: inteligente, despierto, memorioso, de instrucción
vistosa, conocedor de sus compatriotas, práctico en los negocios
públicos y audaz como el primero. Si Escallón y Borda se
lisonjeaban de anonadar á Mosquera con su artillería, Holguín creyó
que lo iba á enredar con su astucia. Él debía tener sed de
ejercitar unas facultades que en el campo militar eran inútiles,
pero que en el de las transacciones debían funcionar
admirablemente.
Toda revolución necesita un pretexto para autorizar sus actos; y
Mosquera, que tenía sus puntas de leguleyo, halló las razones
necesarias para probar que el Presidente Ospina y el Congreso,
hechura suya, habían violado la constitución, y así se declaró
paladín de la soberanía de los Estados y sostenedor de la
destrozada constitución federal. " Como guardián de la
libertad del Cauca, dice en su Alocución del 20 de julio de 1861,
cumplí con mi deber reuniendo á los Representantes del Pueblo para
que me señalasen la línea de conducta que debía observar.
Santander, Bolívar y el Magdalena, en donde los Magistrados
encontraron apoyo popular, se unieron al Cauca para combatir por la
Constitución." Estos representantes del soberano pueblo
eran, ya se entenderá, agentes revolucionarios que pusieron en
manos de Mosquera el poder que se habían delegado ellos mismos: de
este Pacto tomó el agraciado la siguiente retahíla: Presidente
Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada, Gobernador
constitucional del Cauca y Supremo Director de ha Guerra.
El Gobierno federal, por su parte, naturalmente presentaba los
hechos en la forma más aparente para atraerse á los amantes del
orden, y el Presidente en el Mensaje diagnóstico escrito para el
Congreso que debía reunirse el 1.° de Febrero, y que no lo hizo por
falta de quorum, se expresa así con su habitual claridad:
" El Gobierno desde el día de su inauguración ha trabajado
con no interrumpido esfuerzo para mantener y consolidar el orden y
la paz. Respetando escrupulosamente todo los derechos y todas las
garantías, dejando á las libertades de todo género explayarse sin
obstáculo en el ancho campo que la ley les ha otorgado; practicando
la tolerancia más perfecta para con todos los partidos y para con
todas las opiniones; usando de la más cumplida deferencia en sus
relaciones con Gobiernos de los Estados; procediendo con atenta
moderación en todos sus actos; acatando sincera y religiosamente la
escrita, esperó desarmar los rencores más ciegos, y, quitando todo
pretexto á la ambición y á la codicia, confió que podría mantener
sin el freno de la fuerza la tranquilidad pública. ¡Vana esperanza!
La ambición y la codicia cebadas tantas veces en el cadáver de la
República, no necesitan motivos, ni aun pretextos para echarse de
nuevo sobre su presa; ellas mismas son la razón y el motivo de sus
hechos." "Agotados todos los medios de moderación
y, de paciencia, y acometido el Gobierno por los conjurados en
armas, ha tenido que aceptar i:: guerra para salvar la
sociedad."
Comunísimo ha sido entre nosotros tornar como arma de defensa y
ataque- las palabrotas "sociedad,"
"moral,'' " libertad," y demás bienes
preciosos públicos y privados. Si los revolucionarios de la época
que describo se desgañitaban gritando contra la tiranía del
Gobierno (que en verdad era bien leve, sobre todo comparada con las
que hemos visto después), éste por su parte tizna á los
revolucionarios con negrísimos colores: en los dos últimos años de
la Confederación Granadina, se agotaren pública y privadamente las
palabras hirientes para hacer y odioso á Mosquera: los periódicos
no lo bajaban de Ogro del Cauca, de esponja que recogía las
inmundicias de la sociedad para lanzarlas sobre ella y mil frases
que, cuanto más exageradas, menos efecto producían: esa revolución,
como casi todas las que han desolado la República, presentaba fases
repugnantes y no había dejado de mancharse con execrables pasiones:
Mosquera mismo era un elemento temible, y puso cuanto estuvo de su
parte para sacar verdaderos á sus enemigos; pero arropar sin
distinción á los pacíficos é inocentes con negros calificativos, es
injusto y antipatriótico.
Cuando en nuestro campamento se presentó vendado y conducido por
cuatro húsares D. Lucio Estrada, con su barba negra y su cuerpo
hercúleo, yo sentí una impresión opuesta á la que hasta entonces me
enardecía: dejé de ser belicoso para ser pacífico, no por deseo de
envainar mi acero, sino por cierta curiosidad que tenía algo de
mujeril, y era la de ver cómo eran los revolucionarios antes de ser
amarrados. De los del año de cuarenta había oído tales cosas, que
se me grabaron hondamente en la memoria, haciéndome mirar siempre
con recelo á les que en aquel alzamiento habían figurado; con ser
los revolucionarios de 1851 de mi partido, sentí cuando fui á
verlos en el cuartel de San Agustín una desconfianza invencible,
como si hubiesen hecho alguna; y eso que entre las figuras que más
hirieron mi imaginación estaba el originalísimo doctor Sarmiento,
cura del Guamo, del cual sabia cuentos agudos inolvidables: ¡Oh, el
doctor Sarmiento! dije para mis adentros, mirando de los pies á la
cabeza aquel cuerno robusto, aunque doblado por los años, aquella
fisonomía franca llena de arrugas y aquella mirada, mezcla
deliciosa de malicia y de candor. Cuando entré, conversaba con un
caballero alto, de- porte marcial y aire de guapetón, el cual no
era otro que el ponderadísimo Coronel Vargas París, alias el
mocho Vargas, prisionero como el doctor Sarmiento en el
combate de Garrapata, donde un puñado de valientes, entre ellos
varios señores Caicedos y su pariente Vicente Ibáñez, que murió
allí, pelearon con la fuerza veterana del Gobierno, mandada por el
manco Mendoza. En 1854 fui poco después del 4 de Diciembre á la
capilla del colegio de San Bartolomé, y allí estaba el dictador
José María Melo, con esa su cara de ídolo chibcha y su par de
grillos, acompañado de varios de sus secuaces tan despreciables
como él. Con frecuencia veía después llevar al General José María
Obando á la Casa Consistorial, en que. se reunía el Congreso,
mientras duraba el juicio de responsabilidad que le seguían por su
participación en la dictadura de Melo: vile allí sentado con
afectada indolencia entre dos de sus secretarios,;enjuiciados
también; oí lo que contra él declaraban, y tuve el gusto de
aplaudir repetidas veces al doctor Salvador Camacho Roldán cuando
pronunciaba como fiscal su acusación contra él; salido Obando de su
juicio con más humillación que penas, olía yo verle pasar desde mi
almacén. con su levitón verde botella, abotonado, con corbatín de
cuero, que acrecentaba su aire marcial, y con las manos en los
bolsillos del levitón: nadie le hacía caso y estaba tan de caída,
que leyendo una vez por matar el tiempo un aviso en la esquina de
la primera Calle Real, vino un perro é hizo sobre él lo que iba á
hacer sobre la esquina. Obando lo siente, se mira la parte sucia y
dice tranquilamente: "cuando uno está dc malas, hasta los
perros lo m... " Esto pasó en presencia de algunos
caballeros, de los muchos que forman corrillos en aquel lugar, y,
no pudieron menos de condolerse de este caudillo que no mucho
tiempo antes habían recibido sus copartidarios con estrepitoso
regocijo.
Véase, pues, que no me faltaban mis motivos para querer
satisfacer la inocente curiosidad de ver revolucionarios sin
amarrar ya que había visto tantos amarrados. Amén de este deseo
inofensivo, me aguijoneaba la gana de saber si el Mosquera que tan
tremendo nos mostraban era cl mismo de la confitería de Thian, si
aun buscaba pilluelos para que le victoreasen y si la gente ocupada
le huía como los comerciantes de la Calle Real: me parecía
imposible que nuestro hombre fuese un Proteo con formas para todos
los gustos y para todas las épocas. Un humilde ciudadano, como yo,
que sigue la línea recta que le trazó el destino, no comprende que
un hombre pueda subir y bajar, bajar y subir sin menoscabar su
honra ni desmochar sus propias facultades físicas é intelectuales;
así, siempre mira con desconfianza á aquellos magnates, que,
ardiendo en ambición, venden su conciencia á todas las ideas y, á
todos los partidos, y son verdugos hoy de aquellos á quienes ayer
adulaban. Mosquera pertenecía para mí á los hombres que son vistos
ya como petrificados en la historia y que no pueden cambiar: tan
errado andaba yo en mis apreciaciones que varias veces, recordando
á mis jefes la postración en que lo había visto, los exhortaba á
que no le diésemos tanta importancia, que nos arrojásemos sobre él
seguros de vencer. ¿Cómo no hemos de destrozar, les decía, esa
momia? ¡Pero qué desengaño el que me esperaba!
Acordada la entrevista, vestimos nuestros uniformes de parada,
que no podían ser más sencillos, y nos encaminamos al punto de
reunión los siguientes: el Coronel Pedro Gutiérrez Lee, su
Secretario D. Carlos Holguín, el Sargento Mayor Cornelio Borda,
como representante del Ejército y personaje de apariencia, y yo,
como primer ayudante del jefe de la, División y con el grado de
capitán, pero capitán de guardia nacional, por lo que eran
argentados los tres galones de mi kepis; los de los veteranos eran
dorados. Conforme á la ley yo estaba allí como oficial de guardia
nacional al servicio del Gobierno federal, y al acabarse la
revolución quedaba tan ciudadano civil como si no hubiera ceñido
espada; por esto poco ó nada me han desvelado mis servicios
militares.
Nos acompañó un piquete de caballería hasta cerca del lugar
escogido, el cual era un pequeño claro en la extremidad del potrero
del Paraíso, rodeado de árboles y de un aspecto risueño. Cuando
llegamos, ya estaban allí los Generales José Hilario López, con
levita de paño negro y sombrero de paja, y Rafael Mendoza, que
mostraba en la rigidez de su uniforme no distar mucho el tiempo en
que había dejado el cuartel, y aunque de pequeña estatura,
encantaba con su aire de veterano; los dos secretarios de Mosquera,
D. Julián Trujillo y D. Andrés Cerón, personajes nunca mentados
antes, y que se mostraron francos, no desagradándoles que los
conocieran los bogoteños, como dicen las ñapangas de Popayán; luego
cuando el General Mosquera los dejaba hablar, lo hacían lenta y
cuidadosamente, como quien teme salir con una necedad. Al verme el
general Mendoza corrió á abrazarme, diciéndome con su genial
zalamería ¿" Y tú, chino, qué haces por aquí? Pero dime:
¿Qué noticias me traes de las de casa? " No teniendo yo
razón de darlas, me disculpé diciendo que él las tendría más
frescas, pues yo llevaba cosa de un mes de estar fuera de la
capital.
A poco de haber llegado nosotros, se presentó el General
Mosquera con sombrero dé paja, ruana blanca de hilo y botas altas;
iba seguido de uno de sus ayudantes el capitán Juan de Dios
Restrepo, aquel Emiro Kastos cuya reputación literaria fuera mayor
si no le hubieran coleccionado sus artículos: ostentaba éste una
blusa azul ribeteada de rojo; sus orejas encarnadas, la flacura de
sus miembros y su constitución nerviosa producían entre tanta gente
sana y animada un efecto singular; cuando después he visto en Roma
los lobos del Capitolio, que, á pesar de lo mirados que son,
siempre se fruncen ariscos y se retiran huyendo de la gente, me he
acordado de Emiro Kastos en esa ocasión, pues al vernos contestó
con sequedad indomable nuestro saludo, se retiró á un lado, y no
cesó de mirarnos con sus ojos desteñidos y diminutos.
Ágilmente se apeó Mosquera al llegar y fue á dar la mano al
Coronel Gutiérrez Lee, que lo saludaba cortés y dignamente: eran
dos jefes de fuerzas enemigas que no tenían por qué creerse uno más
grande ó más pequeño que otro. Al contrario, Mosquera se esmeró en
mostrarse afable, como para quitar toda preocupación que llevase su
contrario, y poder conseguir lo que buscaba.
Reunidos, pues, todos, me fue fácil apreciar á ese que antes me
parecía una momia. En los bosques seculares que teníamos al lado,
hay árboles que, heridos por la tempestad, parecen muertos, pero
que cuando menos se piensa echan retoños en la cima del tronco, y
creciendo con nueva lozanía, se elevan sobre los otros: Mosquera
representaba ese tronco añejo y carcomido, pero que todavía tiene
savia para producir ramas que sobresalen vigorosas sobre el follaje
que le rodea. Mosquera es allí el héroe y todos lo respetan: su voz
áspera é inarmónica, á causa de la herida que en una mandíbula
recibió en la guerra de la Independencia, acallaba las otras, y
nuestro jefe mismo parecía hablar paso; de los demás no se diga,
pues en todo mostraban su respeto y sumisión. Nuestro jefe había
militado bajo las órdenes de Mosquera, pero tenía bastante
fortaleza de carácter y sobre todo ambición para defender allí su
causa con energía; sin embargo, Mosquera conservaba para ser
acatado los títulos que da un nombre ilustre junto con los años. El
mismo Holguín, que en la liza parlamentaria se le encaraba á todo
el mundo de igual á igual, y se gozaba en herirlos y en vencerlos,
aquí me pareció experimentar el ofuscamiento que produce un hombre
colocado en alto: cuando Mosquera en conversación familiar contó,
mostrándonos un macho bayo que á la vera del monte tenía de la
brida un ordenanza, que ese animal lo acompañaba desde el
Derrumbado y se llamaba el Venado, Holguín le interrumpió
con el aire osado de un niño que se atreve á dirigirse al maestro,
diciendo: "Esto es muy buen agüero para nosotros, General:
indica que ha de correr mucho." Mosquera, picado, repuse:
"Sí corre mucho, pero es para adelante, para donde ustedes
están."
Mosquera y Gutiérrez Lee hablaron solos algunos momentos debajo
del árbol que estaba en el centro del prado, y luego, reunidos con
los secretarios, conferenciaron largamente. Al volver adonde
estábamos los pipiolos reconocidos, Cornelio Borda hizo abrir una
petaca de su repuesto, y nuestro ordenanza, tendiendo en el suelo
un mantel limpio, lo cubrió de conservas, bizcochos y vino.
Alabaron todos nuestra opulencia, y después de devorar lunch tan
oportuno, el General López, poniéndose en pie, pues todos estábamos
sentados en el suelo sobre ruanas, menos Gutiérrez Lee y Mosquera.
que lo estaban sobre la petaca, brindó con el aire declamatorio que
le era peculiar, por la reconciliación de los granadinos, y
concluyó mostrando el árbol frondoso que nos asombraba: -Este árbol
será famoso en nuestra Historia: á su pie, aquí donde estamos
sentados, hay que poner una piedra en que conste el abrazo que nos
damos los granadinos, y la base que ponemos al engrandecimiento de
la República.'' Todos aplaudimos: ¡Bravo! ¡bravo!
Mosquera, que era más sabido que López y cuantos lo rodeaban,
les hizo entender que su misión en esta campaña era misión de paz,
y que esas conferencias nacían de su amor á ella y á la concordia
de los granadinos; y así todos los suyos lo miraban como un segundo
Numa. El General López, que con sus pocos alcances tomaba aquí y
allí frases hinchadas, lo llamaba el Metternich granadino.
lo que naturalmente agradaba al favorecido. El mismo doctor Tomás
Cuenca, cuyos; odios políticos solían ofuscar la claridad de su
ingenio, dice con este motivo en sus Recuerdos de la Campaña de
1861: "Mucha podrá ser la vanidad que se encuentre en
el carácter del General Mosquera por aquellos que luego lo
estudien, pero no se negará la grandeza de su alma."
De esta reunión y de la que tuvieron al otro día salió el
siguiente.
ARMISTICIO DE LA QUEBRADA DR
CHAGUANÍ
Considerando los señores Gobernadores de los Estados de
Cundinamarca y el Cauca que es posible un arreglo amistoso entre
los partidos beligerantes que dé por resultado la paz de la
Confederación, han tenido á bien autorizar competentemente á sus
respectivos Secretarios de Gobierno, señores Carlos Holguín y
Andrés Cerón, para celebrar el presente armisticio
Art. I.°-Se suspenden las hostilidades por seis días entre las
fuerzas comandadas por el Gobernador de Cundinamarca, Comandante en
jefe de la 6.ª División, Coronel Pedro Gutiérrez Lee, y las que
comanda el Gobernador del Cauca, Supremo Director de la guerra,
General Tomás Cipriano de Mosquera.
Art. 2.° -El presente armisticio será sometido á la aprobación
del Presidente de la Confederación, señor Mariano Ospina, y en caso
de obtenerla, se hará extensivo hasta el 1.° de Abril próximo, para
que en este término puedan discutirse por el Presidente de la
Confederación y por el supremo Director de la guerra las siguientes
bases como preliminares de la paz:
I.ª Ambos Ejércitos consentirán en que el Congreso se reúna para
que pueda elegir un. Designado, persona que no inspire desconfianza
á ninguno de los partidos políticos que hoy existen, y que se
encargue inmediatamente del Poder Ejecutivo
2.ª El Congreso expedirá un acto legislativo, mandando elegir
Senadores y Representantes en los Estadas, conforme á la ley
nacional sobre elecciones de 1856.
Art. 3.°-En caso de que no sean aceptadas por el Presidente
de la Confederación las bases establecidas en el artículo anterior,
las fuerzas mencionadas en el artículo I.° podrán recomenzar las
hostilidades cuarenta y ocho horas después de expirado el término
de los seis días fijados para el presente armisticio.
Art. 4.°-Durante el término del presente armisticio y las
cuarenta y ocho horas concedidas para recomenzar las hostilidades,
la 6.ª División se acampará entre los pueblos de Chaguaní, Vianí,
San Juan ó Bituima, á juicio del jefe, y el Ejército del Cauca en
Guaduas.
Art. 5.°-El término del presente armisticio comenzará á contarse
desde las doce de hoy, previa 'a aprobación de los respectivos
Gobernadores.
Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1561.-Carlos
Holguín. Andrés Cerón. - Quebrada de Chaguaní, á 3 de
Marzo de 1861. - Aprobado. - PEDRO GUTIÉRREZ LEE, - El Secretario
de Gobierno, Carlos Holguín. -Quebrada de Chaguaní, á 3 de
Marzo de 1861.-Aprobado.-T. C. DE MOSQUERA.-El Secretario de
Gobierno, Andrés Cerón.
Firmado ya el armisticio, desapareció, como por encanto, el aire
bélico de los semblantes y se animaron como si los halagase una
ilusión: por un momento creyeron los que no estaban en el secreto
de las combinaciones estratégicas, que era la multitud, que la paz
y la concordia volverían á sonreír á la República: los soldados
salieron de su campamento y corrieron á abrazar á los que antes
miraban como enemigos irreconciliables todos nos mezclamos en
animada fraternidad, y cada cual buscaba sus amigos para departir
con ellos sabrosamente. Esto no impidió que se prohibiese á los
mosqueristas pasear nuestro atrincheramiento, ni familiarizarse con
los que lo guardaban.
Siempre hay en nuestros ejércitos un elemento civil
intransigente, que no concibe que se pueda hacer otra cosa que
exterminar al enemigo: este germen existía en el campamento de
Mosquera, y con el armisticio de Chaguaní se exacerbó hasta llegar
á soltar la palabra traición. El doctor Tomás Cuenca
pertenecía á este grupo, lo que es disculpable en el que quiere que
se acabe pronto la guerra para tornar á su casa y cosechar
cuanto antes el fruto de sus fatigas; y así viéndolo todo de color
fatídico, dice en su ya citada Campaña de 1861, después de
varias consideraciones sobre la justicia de la revolución:
"El Ejército acogió con desagrado el armisticio, y al
ardoroso entusiasmo sucedió un desaliento mortal. Entre los jefes
se hablaba de traición, y los negros decían, recordando la antigua
filiación de Mosquera: "Es que el amo Mosquera no le
pierde el amor á los godos."
Con el anhelo de que la seudo-concordia se extendiese fuera de
nuestro campo, convinieron Gutiérrez Lee y Mosquera en que fuese
enviado al Coronel Santos Gutiérrez, que estaba ya en Tunja como
Gobernador del Estado Soberano de Boyacá, un comisionado especial
con el fin de que celebrase un armisticio como el de la quebrada de
Chaguaní: al efecto se despachó al Teniente Coronel Simón Arboleda,
Ayudante de campo de Mosquera, para que se encaminase por Bogotá á
desempeñar su comisión; con el objeto de darle garantías en el
camino lo acompañó el capitán Simón Hernández, Ayudante de campo de
Gutiérrez Lee. Como era de presumirse, de Bogotá hicieron volver á
Arboleda, pues bien se veía que en vez de nuncio de paz iba como
mensajero de guerra para comunicar á los revolucionarios del norte
con los del sur. Mosquera culpó de esto á Gutiérrez Lee, llamándolo
pérfido y desleal.
Con el ejemplar del armisticio destinado al Cuartel general del
Ejército de la Confederación, escribió Mosquera á D. Mariano Ospina
la siguiente carta:
"Señor Presidente doctor Mariano Ospina.
Quebrada de Chaguaní, á 3 de Marzo de 1861
Mi apreciado compatriota y señor:-Me parece que hemos llegado al
término feliz de un avenimiento después de celebrar el armisticio
de que da cuenta á V. el Coronel Gutiérrez, habiendo evitado el
inútil derramamiento de sangre en las circunstancias en que se
encuentra hoy la Nación. Para mí era seguro un espléndido triunfo;
pero él enlutaría muchas familias aumentando el odio y las pasiones
de los partidos.
El Teniente coronel Lucio Estrada acompaña al señor Holguín para
darle seguridad en el tránsito, y que traiga la respuesta
indicándome V. el punto en donde V. quiera que nos veamos para
completar la pacificación de la República.
Con sentimientos de respeto soy de V. atento servidor y
compatriota.
T. C. DE MOSQUERA"
En la respuesta de D. Mariano, larga y algo seca, fechada el 6
de Marzo en Casasviejas, hay este párrafo que parece sintetizar la
conducta política del Gobierno.
"Si V., como lo manifiesta. desea que no se derrame la
sangre granadina, debe buscar la solución pacífica de la contienda
dentro de la esfera legal; fuera de ella es inútil pretender nada
contando conmigo; porque yo seré, como he sido siempre, fiel al
deber que me ordena respetar y cumplir las leyes; esto lo mismo en
la última hora de mi Administración que en cualquiera otra época de
ella."
Esta sumisión ciega á la ley escrita es uno de los bellos
distintivos de D. Mariano Ospina, pero ¿qué vale la ley cuando sus
sostenedores son incapaces de hacerla imperar ? La ley es el muro
contra el cual se estrellan la ambición y la anarquía; pero de qué
sirve su fuerza cuando en los que la defienden hay flojedad é
impericia? Veamos, si no, qué es lo que pasa en nuestro campamento
al tiempo mismo en que el señor Ospina invoca el respete á la ley:
no habían trascurrido muchas horas desde que partieron Holguín y
Estrada en busca del Presidente de la República, cuando recibimos
en el pueblo de Chaguaní, adonde nos habíamos retirado ya, un posta
del Estado Mayor general que llevaba muy cuidadosamente escondido
en el bordón un oficio, en el cual se nos advertía que tuviéramos
cuidado, porque habiendo pasado el río el ejército de Mosquera,
podía ser que pretendiese atacarnos; que debíamos retirarnos y
buscar buenas posiciones mientras acudía el resto del ejercito: y
finalmente que enviásemos á la mayor brevedad noticias de Mosquera,
pues no sabían por dónde andaba. Ocasionó gran desaliento á los
jefes esta comunicación, que les revelaba una vez más la falta de
diligencia y vigilancia que no podía menos de ser ruinosa para la
causa común. Traspapelarse en esas llanuras un ejército de tres mil
hombres que se va á atacar, y durante varios días no saber de su
paradero, es como traspapelarse una catedral.... ¡Y nosotros que
por instantes esperábamos á nuestros compañeros para que nos
sacasen de apuros!....
El Poder Ejecutivo, como era de esperar, no aprobó del
armisticio de la Quebrada de Chaguaní, sino lo estipulado respecto
á suspensión de hostilidades por seis días; y en cuanto al artículo
segundo se extendió largamente probando que el Coronel Gutiérrez
Lee ni ningún. otro ciudadano tenía derecho de intervenir en
asuntos especiales de la Constitución federal, en la que nacía se
encuentra de lo que en el mencionado artículo se estipula; y en
consecuencia ordenó que se cumpliese el artículo tercero, es decir,
que al cesar el armisticio se continuasen las hostilidades.
Sobre lo que pasó en las conferencias, es curioso comparar lo
que aseguran las partes: cada cual lo aprecia á su modo, y según
conviene para realzar su perspicacia y los servicios que con ello
prestó á su causa: pero lo evidente y que salta á primera vista es
que se trataba únicamente de salir de una situación crítica:
Gutiérrez Lee de dar tiempo á que llegara el Ejército de la
Confederación, y Mosquera, de alejarse cuanto antes para no caer
entre dos fuegos. El último en la carta que escribió á Gutiérrez
Lee el 29 de Marzo siguiente con el objeto de probarle que al
acabar el señor Ospina su período presidencial, quedaba rota la
legitimidad, le dice: " V. E. y su Secretario de Gobierno
nos manifestaron á los Generales López y Mendoza y á mí, en
presencia de los Secretarios de Gobierno y de Hacienda del Estado
del Cauca, que al concluirse el período del doctor Ospina, la
cuestión variaba absolutamente y nos podíamos unir para convocar
una Convención, porque en ese día ya había variado el aspecto
político del país, y yo manifesté á V. E. que estaba de acuerdo en
su modo de ver, y aunque de un modo general le expresé el juicio de
la cuestión legal y constitucional en que V, E. y demás jefes del
Ejército se han apoyado para sostener la legitimidad del Gobierno
general." "Yo espero, señor Gobernador, que V. E.
estando solemnemente comprometido con su firma en el armisticio de
3 de los corrientes, y con sus protestas de honor en las
conferencias, jamás dará lugar á que se le atribuya un manejo
torcido para salvarse de un conflicto como ha querido darlo á
entender el doctor Pastor Ospina, hermano del Presidente, en una
hoja que ha publicado en Bogotá con fecha 6 de Marzo, desfigurando
los hechos, y suponiéndome en una situación difícil."
Gutiérrez Lee le rebate los argumentos constitucionales, y
llegando á lo del ofrecimiento en las conferencias, continúa:
" Sea esta la ocasión de replicarle también lo que V, E.
manifiesta que le ofrecimos mi Secretario de Gobierno y yo,
relativamente á lo que pudiera hacerse del I.° de Abril en
adelante. V. E, confunde dos pensamientos diferentes. Nosotros le
dijimos que ese día cesaban nuestros compromisos para con el señor
Mariano Ospina, y V. E. deduce de allí que han cesado para con el
Gobierno legítimo: nosotros le expresamos que en nuestro concepto
era más fácil un arreglo después del I.° de Abril, partiendo de que
la persona del señor Ospina en la Presidencia era para el efecto un
grave obstáculo, atendidos los precedentes de rivalidad personal
que han mediado entre V. E. y él, y V. E. pretende hoy que esta
opinión fue un compromiso de unirnos para convocar una Convención
que reconstituyera el país, por haber variado su aspecto político.
Yo tengo hoy la misma convicción que entonces: creo que V. E. se
someterá á cualquiera que represente el Gobierno legítimo, antes
que al doctor Ospina, de quien lo separa el hondo abismo de esa
tenaz enemistad personal que V, E. le profesa, y que no ha sido la
menor causa de la presente revolución." "Hablamos
de las dificultades que podían surgir de la no reunión del Congreso
y del caso puramente hipotético de que se contestase la
constitucionalidad de la Presidencia del señor Bartolomé Calvo.
Aludiendo á una y otra hipótesis, le manifestamos á V. E. que si la
situación del país llegaba á tal punto que los partidos y los
Ejércitos se desorganizasen, era posible que hubiera de ocurrirse á
la convocatoria de una Convención, como un arbitrio extraordinario
para salvar la unidad nacional y librar el país de los horrores á
que lo condujera una guerra de Estados contra Estados y de supremos
contra supremos. Pero también le manifestamos á V. E. que todos los
hombres honrados estábamos interesados en prevenir tamaños males,
lo cual era muy fácil desde el momento en que todos se convencieran
de que la Presidencia del señor Calvo era tan constitucional como
la del señor Ospina. " " Esto aun en el caso de
que hubiera mediado entre nosotros algún compromiso; que si se
atiende á que nuestras palabras no fueron más que expresiones
vertidas en conversación particular, como antes lo he dicho, y que
no envolvían sino opiniones aisladas, se convencerá V. E, de que no
es del todo exacta la apreciación que de ellas ha hecho, y de las
cuales podría deducírsenos un cargo de inconsecuencia."
" Recuerde además V. E. que una, dos y repetidas ocasiones
le manifestamos de la manera más terminante que no nos obligábamos,
ni queríamos, ni podíamos obligarnos personalmente á nada; que en
todo dependíamos del Poder Ejecutivo y de nuestro General en jefe,
y que por nuestra parte, independientemente de ellos, no nos
comprometíamos sino á mantener en suspenso las hostilidades por el
término fijado en el armisticio."
En esta correspondencia era natural que se tocasen puntos
relativos á los sucesos militares recientes, y así Gutiérrez Lee
dice: "Dada esta explicación, creo inútil decir nada sobre
el cargo que V. E. me hace refiriéndose á una publicación del
doctor Pastor Ospina. Siento no tenerla á la vista para poder
hablar sobre ella con toda exactitud, pero dígase en ella lo que se
dijere, V. E. sabe perfectamente, y no creo necesario repetírselo,
que ni V. E. ni yo tenemos que agradecernos nada de lo que se hizo
en la Barrigona ni en el Paraíso. Ya he tenido ocasión de probarle
otra vez que todo aquello del número de probabilidades de triunfo,
por parte de V. E., atendiendo á su número y á su artillería de á
12, son cosas que no se pueden tomar por lo serio. Hoy tengo la
pena de repetirle lo mismo en cuanto á aquello de la derrota de mi
vanguardia que, según V. E., marchaba llevando un
obús."
Ya en carta anterior (17 de Marzo) había nuestro jefe rebatido
la certeza que decía Mosquera tener de vencernos: " He
visto la larga relación que me hace para probarme la seguridad que
tenía V. de triunfar en el Paraíso. Creo inútil é
inconducente ponerme á demostrarle la exactitud de muchos de los
datos que le sirven de punto de partida. Bástame decirle, que por
cada cosa aproximativamente cierta, tiene V. tres ó cuatro de las
que se encuentra muy mal informado, aunque, le repito, creo eso no
conduce ya á nada. Lo que no puedo admitirle es que V. quiera
desconocer la superioridad que yo tenía sobre V. en la calidad de
mi Ejército y en posiciones. En cuanto á lo primero V. conoce
perfectamente qué clase de Ejército es el mío, porque con él ha
hecho otras campañas, y al establecer la comparación me atrevo á
creer que V. mismo en su interior comprende que no tiene razón. En
cuanto á posiciones es indisputable que las mías suplían la
diferencia del número. Las trincheras de piedra eran inexpugnables;
y en lo que me dice con respecto al ataque que les habría hecho con
su artillería, me atrevo á creer que padece otra
equivocación."
Lo que semejantes discusiones, en verdad bien inútiles, encubren
es el hecho real y positivo de que Mosquera, burlando el ejército
que lo seguía, evitó debilitarse en un combate con la 6.ª División,
y por medio de un armisticio, avanzó triunfante y ocupó la
importantísima población de Guaduas, mientras que nosotros,
abandonados, tuvimos que rodar de pueblo en pueblo, esperando que
los directores del Ejército de la Confederación ordenaran lo que
debíamos hacer. La impericia de aquellos señores llenó de razón á
Mosquera para que se tuviese como el verdadero vencedor en la
Barrigona y en el Paraíso, y aun le dio motivo para afirmar en su
Alocución del 20 de julio de 1861 lo siguiente: "En
Chaguaní perdoné al Gobernador de Cundinamarca y la División que
mandaba." ¡Fanfarrón! Se perdona á un hombre, á diez
hombres, á ciento, á mil, siempre que estén desarmados, pero no á
los que con fusil en mano pueden vencerle, ó por lo menos vender
cara la vida. De haber habido vencedores, lo fuéramos nosotros, que
tuvimos á todo el ejército enemigo encima, que lo desafiamos á un
reto que no admitió y lo obligamos á alejarse con subterfugios de
nosotros: nuestras armas estaban incólumes y listas para
perseguirle unidos con nuestros compañeros.
Los batallones cuando se encaminan en busca del enemigo, van
alegres cerro guiados por el genio de la Victoria, y siguen su
bandera como objeto querido; pero al retrogradar después de haber
visto cara á cara al enemigo y entusiasmádose con el humo
embriagador de las escaramuzas, la cohesión se debilita, el ánimo
flaquea y creen llegado el momento de regresar á su hogar.
Excelentes eran los soldados de la 6.ª División, pero hubo algunos
que no pudieron sacudir el desaliento y comenzaron á desertar: para
moralizar á los impacientes, fue preciso hacer un escarmiento, y al
efecto, el primer desertor apresado por las autoridades civiles de
los pueblos vecinos, fue condenado á muerte. Pertenecía al
Escuadrón de Húsares, y era un mocetón sabanero lleno de vida y
lozanía. El juicio fue rápido como las circunstancias lo requerían
y lo hacía esperar la actividad de nuestro Auditor de guerra el
doctor Francisco Lasprilla, que tan célebre se hizo en su mocedad
por haberse vestido de clérigo y funcionado como tal en la
provincia de Neiva, y cuya frase En qué pararán estas
misas con que consagraba, anda unida al recuerdo de esta
bellaquería de una juventud inexperta. Estando Holguín en su
comisión, yo puse mi firma, como Secretario de Gutiérrez Lee, en el
ejecútese de la sentencia, y. me dolió como si yo fuese el
ajusticiado: quien no ha nacido para estos lances es mejor que no
salga de su casa; la sensibilidad no sirve para la vida pública. En
la plaza de Bituima iba á verificarse la ejecución, y tanto el
Capellán de la División como el Cura del lugar, nos dijeron:
"Conforme á la ordenanza es justo que muera; pero la
desgracia quiere que la sentencia se cumpla en tina alma inocente:
es un mozo de vida ejemplar, hijo único de una viuda á quien
sostiene.... " ¡Infeliz criatura, víctima de nuestras
pasiones políticas! ¡Cuánto mejor fuera que hubiese hallado la
muerte en el campo del honor!.... Según las declaraciones, no pudo
resistir al anhelo de ver á su madre.... Pero nosotros no estábamos
para aguardar otro desertor menos virtuoso, y se llevo adelante la
ejecución. Formada la tropa en la plaza, el condenado salió con
impavidez entre el Cura y el Capellán, y separado de ellos, comenzó
la ceremonia solemne que debe preceder al fusilamiento de un
militar: arrodillado al pie de la bandera que había abandonado,
pide perdón por su delitos degradado y conducido luego por el
frente de su escuadrón con redoble de tambores y cornetas hasta el
asiento que sirve de banquillo en el centro de la plaza: los
eclesiásticos lo reciben, lo auxilian y le abren las puertas de la
eternidad. Entre tanto las campanas de la iglesia tocan á muerto.
Con una descarga no más hubo para que muriera. Gutiérrez Lee arengó
á la tropa en presencia del cadáver, luego desfiló ella por frente
del patíbulo y tornó á sus cuarteles profundamente conmovida. La
deserción se detuvo en nuestro campo con este ejemplar castigo.
Por Chaguaní andábamos cuando nos llegó la noticia de la evasión
de los presos en Bogotá el 7 de Marzo, y del alarma que esto
produjo en la ciudad. Acostumbrados los que mi litábamos por esas
breñas á la rigidez de la ordenanza, tuvimos que culpar á la
guardia, que, por descuido ó traición, fue causa de este suceso
desgraciado, que los partidos en su encono juzgaron de tan diverso
modo. Como debía esperarse, Mosquera, que no desperdiciaba ocasión
de dirigir comunicaciones, pasó una al jefe del Ejército de la
Confederación, en la que afectando suma indignación, pinta el hecho
con tintas infernales, y ofrece dar orden adondequiera que se
extienda su poder para que usen de represalias con los prisioneros
que haya o se hagan en lo sucesivo. A este desahogo de hombre
despótico y presuntuoso, respondió el General París con energía y
dignidad. Como el dicho de este jefe venerable es la verdad misma,
lié aquí cómo refiere lo acaecido el 7 de Marzo.
" Lo que yo sé de oficio, lo que es notorio, lo que
saben amigos y enemigos, es que el 7 del corriente, los reos del
delito de rebelión presos en el Colegio del Rosario, abusando de la
lenidad con que se les trataba dentro del edificio, se alzaron
contra la guardia que los custodiaba, se apoderaron de las armas é
hiriendo gravemente con las barras de los grillos á algunos
soldados, salieron en formación dando mueras al Gobierno
constitucional y legitimo de la Confederación, y victoreando la
revolución y á vos mismo que, con dolor de vuestros antiguos
compañeros y amigos, aparecéis su caudillo y el principal agente
del conflicto que amenaza reducir á cenizas nuestra patria
común.
" Salidos los reos á la calle en formación militar,
tomaron el camino de Guadalupe, esperando el apoyo y protección de
los que, por afecto á vuestras banderas habían ofrecido sostenerlos
en su fuga, y produciendo, con su algazara morisca, alarma y
consternación extraordinarias en los habitantes pacíficos de la
Capital. Pasado el primer momento de sorpresa, y conocido el motivo
de la agitación que se notaba, el pueblo en masa, hombres, mujeres,
y la juventud siempre generosa y decidida, se lanzaron sobre los
prófugos para reducirlos á la prisión de que se habían escapado, y
entonces los reos hicieron fuego sobre sus perseguidores, todavía
sin haber llegado la tropa, que tardó más de media hora en seguir
el movimiento espontáneo del pueblo; fue, pues, preciso hacer uso
de las armas para reducir á los sublevados que con ellas combatían
á los que tenían derecho de perseguirlos y cumplían con un deber al
perseguirlos, trabándose por consiguiente un verdadero combate, en
el que hubo muertos y heridos de ambas partes, hasta que, rendidos
los más de los reos prófugos, cesó la lucha, que ellos los primeros
provocaron." "Tiene esto la menor analogía con el
contenido de vuestra nota? ¿De dónde deducís que hubo asesinatos el
7 de Marzo? ¿No serían más bien los asesinados los muertos y
heridos de los defensores del Gobierno que cumplían con su deber,
ya al ser sorprendidos al salir los reos de la prisión, ya á
balazos en la vigorosa resistencia que opusieron los fugitivos al
ser perseguidos? ¿Y sabéis con qué armas fueron causadas casi todas
las heridas de los prófugos? Con piedras que les tiraron las
mujeres y gentes del pueblo que por allí había."
Los partidos en sus momentos de odio y despecho se valen de
cualquier incidente para recriminar al contrario y probarle que
también es criminal, como diciéndole: 'tan feroz y sanguinario es
usted como yo, y más usted que hizo tal y cual cosa."
Mosquera, que cargaba sobre sí con acciones criminosas, inscribió
el imprevisto suceso del 7 de Marzo entre los cargos de crueldad
que hacía al Gobierno, y se valió de él, como lo veremos al fin,
para sacrificar bárbaramente á un caballero patriota, desinteresado
y virtuoso.
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