PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN


 


En el verano de 1881, don Carlos Holguín, Ministro Plenipotenciario acreditado ante las cortes española e inglesa, y luego Vicepresidente de la República suramericana de Colombia habló en Berna ante el Bundesrat (Consejo Federal) de Suiza y en tal ocasión solicitó a dicho Consejo, en nombre del Gobierno de su pa ís designara a un joven suizo, que debería hacerse cargo de la cátedra de Filosofía e Historia de la Universidad Nacional; en Bogotá, capital del Estado.

En el Bundesrat estuvieron divididas las opiniones sobre la aceptación de ese cometido. Algunos de sus miembros no querían tomar sobre sí la responsabilidad de una misión semejante y del riesgo a que se exponía a quien hubiera de desempeñarla; otros, en cambio, creían se debería corresponder con amabilidad y en un sentido positivo a la confianza demostrada a nuestro país por un Estado extranjero, confianza que encerraba en sí una honrosa preferencia con respecto a Suiza. Los defensores de este último criterio fueron concretamente los señores Consejeros doctor E. Weltiy Bavier.

Por recomendaciones del doctor Hibder, Profesor de Histo­ria de la Universidad de Berna y del entonces Rector de la misma, profesor Dr. Nippold, fui propuesto a las autoridades federales como persona indicada para aquella misión y, así, inesperadamente, comencé a ver en vías de realización mi cordial anhelo de conocer mundo.

Tras largas negociaciones y “bajo los auspicios del alto Bundesrat suizo”, llegó a redactarse un contrato, con la salvaguardia de todos los justos intereses, proyectado de su puño y letra por el señor consejero Federal Welti, quien a todo proveyó con su asesoría y su ayuda. El contrato fuefirmado por el Ministro ypor míen París, en octubre del año mencionado. A principios del curso académico de 1882 debería tomar posesión de mi cargo en aquella lejana parte del mundo.

Quiero expresar públicamente aquí mi más profunda gratitud a cuantos favorecieron el logro de aquella misión, tan decisiva para todo mi futuro.

Las andanzas, experiencias y observaciones de mi actividad de varios años en Colombia aparecen expuestas en el presente libro. Hace mucho, en lo esencial se hallaba terminado. Desu publicación me había abstenido hasta ahora por la acumulación de trabajo a mi regreso a la patria, así como por el temor de ofrecer a los lectores una visión no depurada todavía y demasiado influida, en parte, por amargas pruebas. Sin embargo, no puede decirse que este libro resulte ya anticuado en el momento de su publicación. El relato de los viajes, por ejemplo, lo he puesto en manos de más recientes viajeros a Bogotá, y me han participado que aquél conserva hoy la validez más plena. Además, un país como Colombia es menos rico en acontecimientos que un estado de Europa. Por otra parte, el desarrollo de los hechos se ha estabilizado por algún tiempo desde la memorable transformación de 1885, cuyo escenario fue Colombia. Finalmente, las continuas relaciones mantenidas con mis parientes de alli; con estudiantes y amigos, así como el trato con colombianos en viaje por Europa, me han permitido mantenerme al día y trazar un cuadro que, para el presente futuro inmediato, pueda corresponder suficientemente a la realidad, tanto más cuanto que lo he considerado con calma y lo he proyectado sin apasionamiento.

El Dorado, reza el título principal del libro. Aquel fabuloso país del oro, que los conquistadores españoles, deseosos de botín, esperaban alcanzar en temerarias campañas, fue buscado primeramente en la altiplanicie de Bogotá. La leyenda recibió su primer aliento en la desarrollada civilización de los primitivos habitantes de la Sabana. El cacique cubierto de polvo de oro “dorado” en cierta manera, “El Dorado’; se ha bañado en uno de los pequeños lagos de la montaña de los Andes colombianos en homenaje a la divinidad. Sólo más tarde, en la fantasía febril de los aventureros, se iría desplazando paulatinamente hacia el Este del continente suramericano el lugar del nunca alcanzado país.

Colombia fue para mi; aunque no un El Dorado, sí un país al que, con sus bellezas naturales, su notable evolución histórica, sus contrastes, sus gentes, he cobrado mucho cariño y al que, con toda el alma, deseo un porvenir mejor. Allí se me descubrió una rica fuente de observaciones y experiencias, que invito a compartir conmigo a los propicios lectores.

Exposiciones más vivas alternan aquí con descripciones reposadas. Los hechos y destinos del tiempo pasado sólo son presentados en estampas culturales cuando, mediante el conocimiento de la vida del pueblo en la actualidad, llega a despertarse el interés por el fluir histórico de los fenómenos.

Al muchacho gustoso de correrías, al joven ávido de gloria, al hombre maduro, al maestro, al investigador, lo mismo que a aquellas que injusta mente son llamadas “la mitad curiosona del género humano; confio en poder ofrecer aquí un pequeño obsequio; que no es, ciertamente, un tratado erudito, sino un libro surgido de la vida misma.

Berna, en la noche de San Silvestre de 1896.

El Autor

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